Dolor y gloria: Autorretrato como un hombre ahogado

Autoficción. Muchas palabras nos vienen a la cabeza cuando pensamos en el cine de Pedro Almodóvar, pero ninguna llega a ser tan certera como esa a la hora de definirlo. El manchego lleva surcando (y distorsionando) entre los límites del relato personal y la ficción desde sus primeros trabajos cinematográficos. En mayor o menor medida, sus vivencias personales se han visto reflejadas en los actos y el porvenir de gran parte de sus protagonistas. Especialmente destacables son la infancia en un internado católico de Enrique Goded en La mala educación o el desamor a tres bandas de Pablo Quintero en La ley del deseo. A esos dos directores ficticios almodovarianos se les une ahora el caso de Salvador Mallo, el centro de Dolor y gloria.

Con motivo del trigésimo aniversario de su estreno, la Filmoteca Española ha restaurado una copia de ‘Sabor’. Si bien está considerada como una de las obras menores dentro de la obra de Salvador Mallo (Antonio Banderas, chico Almodóvar por excelencia), el film ha envejecido bastante bien, mucho mejor que el hombre que lo firma. Acribillado por las dolencias físicas y del alma y bastante cansado de la vida, Mallo ve en esa reposición la última oportunidad para cerrar uno de los capítulos abiertos de su pasado que más le siguen reconcomiendo: su rifirrafe con Alberto Crespo (Asier Etxeandia, La novia) durante el rodaje de la película de marras y que provocó un distanciamiento entre ambos que se ha extendido hasta la actualidad. El cineasta lo tiene decidido, invitará al actor al coloquio organizado por la Filmoteca y allí cerrarán de una vez por todas el maldito beef.

Pero Dolor y gloria no vive solo de la relación entre el director y su musa. Ese es uno de los muchos reencuentros que Mallo lleva a cabo durante su autoimpuesta etapa crepuscular. Autoimpuesta porque no se está muriendo más de lo normal en un ser humano, ni se plantea suicidarse y acabar con todo, pero él sufre. En la duermevela de sus noches de insomnio, Salvador rememora sus años mozos, cuando vivía con su madre (Penélope Cruz, Volver) y su padre (Raúl Arévalo, La isla mínima) en Paterna. Las canciones de su madre, las friegas, las sesiones del coro, los demonios de la carne en forma de albañil (César Vicente, La otra mirada), los pequeños gestos… El glorioso cineasta vuelve la mirada a su pasado para encontrar el sentido a su doloroso presente. Un juego peligroso, porque todo el mundo sabe que cuando se invoca al pasado, los fantasmas del amor, el desamor y la pérdida no pierden ni un segundo en hacer acto de presencia.

‘Dolor y gloria’ es el compendio de reencuentros, actuales y rememorados, de un hombre obsesionado por la pérdida. Almodóvar realiza su 8 ½ autorreferenciándose más que nunca, convirtiendo a Salvador en su Guido y a Banderas en Marcello. Tanto que, en algunos momentos, el malagueño aparca su comedida interpretación para abrazar la más pura imitación en alguna de las escenas, clavando el acento y el característico ritmo conversacional atropellado del manchego. Dichos momentos son una de las pocas explosiones cómicas del film, pero esa extrema referencialidad llega a actuar como un arma de doble filo, funcionando a la perfección como chanza pero dañando la propia entidad de Mallo como personaje dentro de la película.

En esta su vigésimo primera película, Almodóvar ratifica su condición de amo y señor del melodrama europeo. Pocos cineastas son capaces de exponer temas tan emocionalmente extremos como el deterioro físico y emocional de un ser humano y no caer en ningún tipo de sentimentalismos, pero ninguno es capaz de emular su maestría a la hora de conjugar mil y un giros y algún que otro deux ex machina y no caer en el ridículo. ‘Dolor y gloria’ es el paradigma del realismo almodovariano. En base a casualidades y azares, el cineasta construye una fragmentada historia donde los saltos en el tiempo y las diferentes pantallas se suceden sin confundir al espectador gracias a su impecable estilo de dirección. Puede que el guion no sea tan compacto e interesante como el de Todo sobre mi madre o Hable con ella o incluso el de la irregular Los abrazos rotos, pero el libreto de Dolor y gloria logra mantener la atención del espectador sin fisuras durante la totalidad del metraje, algo que no había conseguido en sus últimas obras.

Junto a Banderas destaca la labor de Penélope Cruz en su sexta colaboración con Almodóvar. Aunque vuelve a ser en un papel reducido, ese regalo de Dios al manchego y al cine realiza una portentosa interpretación como la idílica madre de Salvador. Otra nueva madre coraje y otra lección actoral para la colección de Cruz. Igualmente destacable se encuentra Julieta Serrano (Cuando vuelvas a mi lado) como esa misma mujer décadas después, mucho más quebrada pero igual de preocupada por la incipiente depresión de su vástago. La icónica Lucía de Mujeres al borde de un ataque de nervios no participaba en un film de Almodóvar desde los tiempos de Átame. Esperemos que este buen resultado sirva como primera de muchas. Como es habitual, mil y un rostros conocidos, tanto propios del universo Almodóvar como Cecilia Roth (Todos sobre mi madre) o Susi Sánchez (La enfermedad del domingo) o ajenos Leonardo Sbaraglia (Intacto), Nora Navas (Pa negre) o Rosalía, creadora de El mal querer y causante del ‘Rosalía, guapa, que soy Pedro’ que espetó el director desde un balcón. Pero el gran rostro conocido que merece una mención especial no es otro que Alberto Iglesias. El más laureado compositor de la historia del cine español y habitual de Almodóvar desde La flor de mi secreto, ha creado una preciosa y sutil partitura en la que logra sonar plenamente almodovariano, pero sin caer en la complacencia o en la autorreferencialidad, lo cual en su caso hubiese sido un terrible error.

Dolor y gloria es el epítome de la obra melodramática almodovariana, tanto la que nos ha mostrado en la gran pantalla a través de sus personajes como su propia existencia vital. Si es que hay alguna diferencia… ¡Es todo tan meta!

David Lastra

Nota: ★★★½

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