Muñeca rusa: Mil maneras de morir (y aprender)

Netflix se ha convertido en una caja de sorpresas. Nunca se sabe si te va a tocar una buena o una mala, pero siempre se puede contar con una dosis casi semanal de novedades que explorar en busca de una nueva historia a la que engancharse. Entre los últimos estrenos que aparecen casi de la nada (porque la plataforma los promociona muy cerca de su lanzamiento, si es que lo hace) y nos pillan desprevenidos destaca Muñeca rusa (Russian Doll), una de esas series que no necesitan una gran campaña publicitaria para tener éxito, porque les basta simplemente con ser tan buenas que el boca-oreja hará el resto.

Muñeca rusa vendría a ser algo así una comedia-thriller con tintes de drama existencial y fantasía. La serie está creada y protagonizada por Natasha Lyonne (Orange Is the New Black), que produce junto a Leslye Headland (Despedida de soltera) y nuestra querida Amy Poehler (Parks and RecreationBroad City). Escrita y dirigida por mujeresMuñeca rusa nos ofrece una nueva vuelta de tuerca a un recurso narrativo muy utilizado en el cine y la televisión, el bucle temporal. La historia gira (nunca mejor dicho) en torno a Nadia (estupenda Lyonne, ahora y siempre), una cínica e incorregible neoyorquina que muere una y otra vez, volviendo tras ello a la fiesta de su 36 cumpleaños. A partir de ahí, nuestra carismática matrioshka intentará buscar una explicación a lo que le está ocurriendo para salir del bucle, aprendiendo sobre sí misma y sus relaciones con los demás en el proceso.

Es una premisa que nos recuerda automáticamente a Atrapado en el tiempo, y que se ha usado en muchas otras películas (Corre, Lola, corre, Al filo del mañana, Feliz día de tu muerte…) e infinidad de capítulos especiales de series (Expediente X, Buffy, Sobrenatural…). Se ha explotado tanto que incluso podríamos hablar de un género en sí mismo. Y sin embargo, Muñeca rusa logra que la idea resulte fresca e interesante, que algo viejo parezca nuevo, y no un simple truco. A lo largo de los 8 episodios (técnica y visualmente excelentes y con una banda sonora bestial) que conforman la primera temporada, la serie juega con las posibilidades narrativas del recurso, utilizando la repetición en su favor para construir una historia con muchas capas; un misterio divertido, inquietante y absorbente que no deja de evolucionar, evitando en todo momento caer en lo formulaico. Vamos, que te pide verla del tirón.

Muñeca rusa es técnicamente una comedia, pero a medida que la temporada avanza, se va volviendo más dramática y oscura (es raro la comedia actual que no lo haga). La serie hace gala de una gran creatividad a la hora de idear las muertes (y sus consecuencias al reiniciar el día), resultando muy cómicas en su mayoría. Pero la muerte también se utiliza para tocar cuestiones serias y ahondar en la psique dañada de su protagonista, miembro de una generación perdida y sin rumbo. El bucle en el que se ve envuelta Nadia sirve para que nos planteemos si está en nuestras manos cambiar las cosas, y sobre todo, cambiarnos a nosotros. Se puede tomar como un castigo, un purgatorio que nos enseña que hagamos lo que hagamos, todo seguirá igual, o una oportunidad para corregir nuestros errores.

Es decir, al igual que The Good PlaceMuñeca rusa utiliza la premisa fantástica para reflexionar sobre cómo podemos ser mejores personas. Como en todos los relatos que incorporan saltos temporales, su guion se va complicando y ramificando con cada episodio, dando forma a una historia llena de giros y sorpresas que nos recuerda la importancia de hacer las paces con el pasado y aprender de los errores. Una historia que no ha acabado, ya que la serie está concebida para durar tres temporadas (buena idea, este tipo de series es mejor no estirarlas). Mientras esperamos la continuación, yo he decidido entrar en mi propio bucle y volver a ver la primera temporada. Afortunadamente, no hay que morir para hacerlo.

El candidato: Tenemos los líderes que nos merecemos

Lo vemos todos los días. La política convertida en espectáculo, en farándula y cotilleo. Los rumores y escándalos utilizados como estrategia de desprestigio, como arma para derribar al oponente. Las redes sociales han facilitado la tarea, pero antes de su existencia, los encargados de condenar a un político al ostracismo por sus deslices personales eran los tabloides tradicionales. Jason Reitman (JunoUp in the Air) se remonta a finales de los 80 con El candidato (The Front Runner) para narrarnos lo que vendría a ser el origen de la política como circo mediático del corazón.

La película cuenta el ascenso y caída de Gary Hart (Hugh Jackman), atractivo y carismático senador de Colorado de trayectoria intachable y creciente popularidad entre los votantes jóvenes, que pasó de ser el candidato favorito para la nominación presidencial demócrata de 1988 a ver su carrera política truncada por su fama de mujeriego. En el transcurso de apenas tres semanas, El candidato nos cuenta el desarrollo de la campaña de Hart y cómo esta empieza a hacer aguas al salir a la luz la historia de su relación extramatrimonial con una joven, Donna Rice (Sara Paxton), así como el impacto que esto causa en su matrimonio y la sociedad. Antes de Bill Clinton y Monica Lewinsky, el caso de Gary Hart es considerado la primera vez que el periodismo amarillo se mezcló con el político.

Con un guion preciso y repleto de claroscuros morales (co-escrito por Reitman junto a Matt Bai y Jay Carson), El candidato es una apasionante película en la tradición del mejor cine político norteamericano. Reitman plantea muchas cuestiones interesantes alrededor del caso Hart, ramificando el escándalo para mostrarnos las implicaciones y consecuencias en el personal de su campaña, en los medios de comunicación y en su familia, pero no se olvida de ofrecernos la perspectiva de “la otra mujer”, para componer un retrato lo más completo posible de la situación. Es en la relación entre Donna y la consejera de Hart, Irene (estupenda Molly Ephrain) donde encontramos el alegato más moderno y feminista de la cinta, donde descubrimos que las acciones de Hart tienen consecuencias más allá de su familia y su carrera política.

La película recuerda en ocasiones al Aaron Sorkin de El ala oeste de la Casa Blanca, tratando de navegar un mar de contradicciones y encrucijadas morales siempre guiada por la baliza del idealismo y las buenas intenciones. Podría achacársele a Reitman una visión demasiado parcial del asunto, pero lo cierto es que no deja de cuestionar las acciones de Gary Hart. Si bien parece decirnos que la vida personal y las indiscreciones amorosas no deberían ser un factor a la hora de votar a un candidato, sobre todo cuando es tan supuestamente idóneo como el que nos ocupa, también nos plantea el debate de si una persona con la influencia y el poder de Hart debería iniciar relaciones con chicas más jóvenes, comportamiento a examen desde el origen del movimiento #MeToo.

El candidato no aporta nada necesariamente nuevo, pero es un trabajo afanado y meticuloso en todos los aspectos, desde su lograda ambientación y caracterizaciones ochenteras hasta su excelente trabajo de cámara y fotografía, pasando por su absorbente argumento, sus diálogos cargados y un acertado equilibrio entre drama y comedia. Pero si todas las piezas encajan tan bien es sobre todo gracias a la forma en la que Reitman usa a su amplio reparto para cubrir todos los frentes, obteniendo magníficas interpretaciones, ya sea de los personajes secundarios (como J.K. Simmons, Alfred Molina o la siempre perfecta Vera Farmiga) como, por supuesto, del protagonista. En El candidato Hugh Jackman realiza la que es una de las mejores interpretaciones de su carrera, un trabajo lleno de humanidad y profundidad que debería haber obtenido más reconocimiento en la temporada de premios. Si hay un candidato perfecto, es él.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Alita – Ángel de combate: Una maravilla visual que se queda a medias

El visionario cineasta James Cameron lleva años ocupado en las secuelas de Avatar que parecen no llegar nunca. Entretanto, el director de Titanic también dedica su tiempo al documental y a producir otras películas, como las últimas (y fallidas) entregas de la saga Terminator. El trabajo más reciente que llega avalado por su nombre es Alita: Ángel de combate, adaptación del popular manga GUNNMde Yukito Kishiro, que dirige Robert Rodríguez (Spy KidsPlanet Terror), con quien Cameron también escribe el guion, junto a Laeta Kalogridis (Shutter Island).

Alita: Ángel de combate es la producción de mayor envergadura que Rodríguez ha dirigido hasta la fecha, un carísimo y lustroso espectáculo al servicio de una historia de ciencia ficción clásica. La película nos traslada varios siglos en el futuro, concretamente hasta 2563. La humanidad sobrevive en un entorno post-apocalíptico tras los devastadores efectos de la catastrófica guerra conocida como La Caída. Buscando entre la chatarra que se acumula alrededor de Iron City, situada bajo Zalem, la única ciudad aérea que sigue en el cielo, el Dr. Dyson Ido (Christoph Waltz), cirujano especialista en híbridos de humano y robot, encuentra el cuerpo destrozado de una cyborg, a la que restaura y nombra como a su hija fallecida, Alita. Al despertar, la chica no recuerda nada de su vida pasada, pero a medida que se enfrenta a diversos peligros, los recuerdos empezarán a aflorar, descubriendo que sus impresionantes habilidades esconden un secreto muy importante. Es por ello que un malvado empresario de Zalem, Vector (Mahershala Ali), y la ex mujer de Ido, Chiren (Jennifer Connelly), harán lo posible por acabar con ella.

Alita: Ángel de batalla es sin lugar a dudas una de las superproducciones de Hollywood más ambiciosas del cine reciente. Salta a la vista que Cameron está detrás del proyecto, ya que se puede detectar su impronta visionaria en cada uno de sus planos. El despliegue técnico de la película es impresionante, desde la detallada creación de un universo propio con una mitología compleja e intrincada (incluido un deporte propio a lo Quidditch, el Motorball), hasta el cuidado apartado visual y su irresistible ambientación cyberpunk. Pero el mayor logro de Alita es su protagonista, creación digital que recoge los últimos avances en el terreno de la captura del movimiento, dando resultados absolutamente increíbles. Gracias a su aspecto hiperrealista, un movimiento físico sorprendentemente natural y una integración impecable con su entorno y los actores de carne y hueso, Alita (tras la que se encuentra la interpretación de Rosa SalazarEl corredor del laberinto) es sencillamente una de las creaciones digitales más alucinantes de la historia del cine, con una expresividad facial y corporal que no deja de asombrar.

Viendo Alita es inevitable recordar otros títulos sci-fi con los que guarda muchas similitudes, como Ghost in the ShellA.I. Inteligencia ArtificialBlade Runner, Astroboy o la Metrópolis de RintaroComo todos ellos, la de Rodríguez levanta una sociedad futura que se rige por normas propias (a menudo reflejo de nuestra propia sociedad actual) y trazan un entramado de especies, clases sociales y ocupaciones lleno de posibilidades discursivas. La primera hora y media de la película sirve para establecer las reglas de este universo, mientras nos da a conocer a Alita, caracterizada como una adolescente inocente, curiosa y bondadosa que está descubriendo el mundo y a sí misma. Uno de los mayores aciertos de la película es enfocar su trama principal hacia el relato coming-of-age, lo que añade humanidad a un género que en muchas ocasiones carece de ella.

Sin embargo, Alita acaba descartando la reflexión filosófica y moral de otras historias similares en favor del entretenimiento y el espectáculo más puro, ofreciendo grandes dosis de acción vistosa y trepidante, y un argumento que, a pesar de rebosar emotividad, prefiere quedarse en la superficie de las (interesantes) cuestiones morales que plantea. Esto responde quizá a su naturaleza de preámbulo, de primer capítulo de una historia que promete desarrollarse mejor más adelante, algo que juega indudablemente en su contra sobre todo durante su último acto, en el que la expectación por algo que se promete durante toda la película (la visita a la ciudad aérea Zalem) desemboca en un final anticlimático y un cliffhanger que deja la película literalmente inacabada, incompleta.

Aunque Alita cumple perfectamente como cine escapista y espectáculo de acción, con set pieces y combates extraordinarios, acaba hundiéndose conforme avanza, lastrada por la necesidad constante de explicar su funcionamiento y un evidente exceso de subtramas, que no hacen sino retrasar algo que no llega nunca. Tampoco ayudan sus diálogos, más bien torpes y sobreexplicativos, y una trama romántica adolescente que roza el crepusculismo y nos deja algunas escenas con las que es difícil no sonrojarse. Por todo esto, Alita: Ángel de combate acaba desaprovechando una oportunidad magnífica en un producto tan visualmente prodigioso como narrativamente irregular.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

White Boy Rick: Ascenso y caída en Detroit

Richard Wershe Jr. es un chico listo. Aunque todavía vaya a la escuela, él ya está más que licenciado en la universidad de la vida. Como buen quinqui de Detroit, él sabe dónde encontrar ‘lo bueno’, cómo moverse en una discoteca y hacer que cualquier chica caiga rendida a sus pies. Su maestro ha sido su padre, el mismísimo Richard Wershe Sr. Pobre diablo al que su mujer abandonó, cambullonero profesional especializado en la compra de armas y su posterior reventa a precios exorbitantes a pequeñas bandas organizadas de traficantes y demás delincuentes de tres al cuarto.

Recientemente, el bueno de Rick se ha doctorado en las malas artes gracias a algún trabajillo que otro que hace para los Curry, una de las muchas familias de Detroit que se encargan al innoble arte del tráfico de drogas. Con ellos llega la diversión desenfrenada, las chicas en cada puerto, la pasta a espuertas, los viajes a Las Vegas… A sus catorce años, Rick puede decir con todas las de la ley que el mundo es suyo. Lo malo es que el sueño le dura lo que tarda en cruzarse un coche con dos agentes de FBI en su camino. White Boy Rick retrata el increíble ascenso de un chico del montón a camello de primera, que verá cómo su existencia cambia radicalmente cuando debe elegir entre ser informante del FBI o ver cómo su padre pasa unos cuantos años en la trena.

White Boy Dick es el regreso a la gran pantalla de Yann Demange tras la certera ‘71. En esta ocasión, el realizador británico peca de demasiada rigidez a la hora de recoger la curiosa historia real de Richard Wershe Jr., el informante del FBI más joven de la historia. Para una historia de este tipo, se hubiese agradecido algún tipo de riesgos en su dirección, guion y montaje, y no tanta frialdad. Igualmente, la factura de White Boy Rick no logra ser todo lo sórdida y sucia que debería ser estando ambientada en los bajos fondos de los suburbios de una ciudad tan herida como Detroit en los años ochenta. Esa extrema gelidez, unida a una cierta incapacidad por parte de los autores del film de no saber dejar claras las intenciones del propio film hacen que White Boy Rick no logre entrar en la primera división de clásicos con los que comparte cierto aroma o temática, como El precio del poder, Uno de los nuestros o Boogie Nights. La buena noticia es que toda esa frialdad de Demange se ve compensada con creces con un solvente reparto y un notable acompañamiento musical compuesto por el omnipresente Max Richter (El congreso).

El novel Richie Merritt da vida al Rick del título. El blanquito que tiene que elegir entre ser fiel a sus principios o salvar a los suyos. Su trabajo interpretativo es bastante loable teniendo en cuenta que este es su debut en la gran pantalla y que el mayor peso del film recae sobre sus hombros. Especialmente destacables son sus duelos padre-hijo con Matthew McConaughey (Dallas Buyers Club). Pero si alguien destaca dentro del reparto de White Boy Rick, esos son Bruce Dern (Nebraska) y, especialmente, Bel Powley (The Diary of a Teenage Girl). Aunque fugaces, los exabruptos de Dern hacen que queramos saber más de la relación de Rick y el patriarca de la familia, aunque realmente es bastante probable que no haya nada más y que Rick pase completamente del gruñón de su abuelo. Por su parte, la interpretación de Powley como basura blanca enganchada a la droga es completamente encomiable. Sus pequeños momentos con Rick en los que los dos vuelven a comportarse como dos chicos de su edad real son lo mejor de la película.

White Boy Rick comete el crimen de ser demasiado conservadora para una historia tan rebelde como la de Richard Wershe Jr. Aunque menos mal que tiene buenos contactos dentro y fuera del talego.

David Lastra

Nota: ★★★

High Life: Interior de una nave espacial a la deriva

En el espacio hay un astronauta solo flotando. Aquí en la Tierra, la señal que manda se va apagando. En los albores del fin del mundo, Claire Denis (Una mujer en África) decide enviar a Robert Pattinson (Cosmopolis) al espacio exterior en misión suicida para salvar el futuro de la humanidad. ¡Que no cunda el pánico! Denis no ha dado el salto al blockbuster sci-fi tradicional hollywoodiense, ni mucho menos el otrora Edward Cullen ha roto su intachable expediente cinematográfico post-Crepúsculo. High Life es todo lo marciana que puedes esperar de una cinta de la realizadora francesa ambientada en las estrellas.

Ante la posibilidad de pasar el resto de tu existencia enterrado de por vida entre los muros de una prisión, el ofrecimiento de un viaje por las galaxias es una propuesta que difícilmente rechazable. High Life recoge la accidentada travesía de uno de esos grupos de delincuentes que aceptan conmutar su condena vitalicia en suelo terrestre por una muerte infinita en el vacío. Algunos lo hacen por limpiar el nombre de su familia, otros por simple inercia y unos cuantos porque simplemente son unos puros psicópatas sin nada mejor que hacer. Su objetivo principal es llegar hasta un inmenso agujero negro e intentar descubrir nuevas formas de energía que salven a la humanidad del gran apagón energético final. A su vez, estos ‘héroes’ son utilizados como cobayas para una serie de experimentos de inseminación artificial de la mano de una inquietante doctora (Juliette Binoche, que ya trabajó con Denis en Un sol interior), a la que el juramento hipocrático le chupa un pie.

La distopía presentada en High Life arrasa de una vez por todas con el vacuo halo esperanzador de las últimas cintas de ciencia ficción que han tratado la posibilidad de la extinción de la raza humana en estos años como fueron Interstellar o Marte. En la nave de Monte (Pattinson) y compañía, no hay lugar para ningún deus ex machina que valga. Denis expone a sus personajes ante la mirada del abismo y estos se la devuelven con desdén como buenos millennials que son. Ellos saben que nada es para siempre y que da igual. Millones de recuerdos se borrarán, cientos de sueños se perderán. Nada tiene mucho sentido cuando viajas a la velocidad de la luz y tu raza se puede haber extinguido años ha. Es esa desesperanzadora forma de comportarse (tan buen reflejo de nuestro zeitgeist) lo que hace que esta aventura espacial pueda compartir línea temporal con otros hechos cinematográficos como las expediciones científicas al Área X de Aniquilación de Alex Garland, al de las temibles epidemias de Mala sangre de Léos Carax o Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón, o incluso al de la polémica ley S-14 de Mommy de Xavier Dolan.

Una vez más, Robert Pattinson vuelve a demostrar con creces su valía interpretativa, si es que todavía quedaban bocas por callar tras sus trabajos con David Cronenberg (Maps to the Stars y en la citada Cosmopolis, donde compartía plano con Binoche), James Gray (Z. La ciudad perdida) o los hermanos Safdie (Good Time). Él es Monte, uno de los miembros más equilibrados de la tripulación, una suerte de monje de la generación Y, más preocupado en el cultivo de su huerta y en el buen funcionamiento de la máquina que en sus propios semejantes. Una situación que cambia radicalmente con la llegada de un nuevo pasajero. Esta nueva realidad le hará replantearse su existencia, negar el infinito e intentar mantener las cosas como están. Cueste lo que cueste. Aunque Monte mantenga una postura pasota, cuasi virginal ante el ambiente de represión sexual que atenaza a sus compañeros y compañeras de nave, la carga erótica de su personaje es completamente insostenible. Tanto que como espectador hubiese hecho buen uso del folladero de la nave con sumo gusto en numerosas escenas del film. Ese fuck room es la joya escondida de High Life. Una misteriosa habitación donde los pasajeros dan rienda suelta a su onanismo sin ningún tipo de cortapisas. Es en ese orgasmatrón evolucionado donde ocurre una de las mejores escenas de la película, en la que una muy vaquera Juliette Binoche canaliza su Pagan Poetry interior.

High Life es un sesudo discernimiento sobre el devenir del ser humano, tanto presente como futuro, con una altísima carga poética y erótica. Para esta su primera odisea espacial, Claire Denis decide huir del realismo aséptico del Stanley Kubrick de 2001: una odisea del espacio y abraza de lleno la poesía del Solaris de Andréi Tarkovsky. La filosofía del maestro ruso es el máximo referente de la francesa tanto para sus increíbles diseños del interior de la nave, los trajes de los astronautas y el arrojo de cambiar las leyes naturales del espacio para así lograr escenas extremadamente bellas.

David Lastra

Nota: ★★★★½

La LEGO Película 2: Todo sigue siendo fabuloso

Phil Lord y Christopher Miller, los prolíficos creadores de Lluvia de albóndigas, Infiltrados en clase y más recientemente productores de la revolucionaria Spider-Man: Un nuevo universo sorprendieron al mundo en 2014 con La LEGO Película, genial aventura animada que demostró que se puede hacer buen cine basado en marcas de juguetes. Con el ritmo acelerado y el humor autoconsciente que caracteriza a los trabajos de Lord y Miller, la primera LEGO película conquistó al mundo entero, y su secuela no tardó en anunciarse.

Ha tardado unos años en llegar, pero La LEGO Película 2 ya está aquí. En esta nueva entrega volvemos a vernos las caras con los héroes de LadriburgoEmmet, Lucy, Unikitty, el astronauta Benny y, por supuesto, Batman, la verdadera estrella de la primera película. Han pasado cinco años desde que la pandilla salvó su ciudad del Apocalipsis, y ahora, los ciudadanos de Ladriburgo se enfrentan a una nueva amenaza: invasores LEGO DUPLO provenientes del espacio exterior. Emmet y sus amigos deberán emprender un viaje a través de la galaxia inexplorada para detener la destrucción de su mundo a manos de los extraterrestres, encontrando en su camino nuevos aliados y enemigos que pondrán a prueba su valentía y sus relaciones.

Mike Mitchell (Sky HighTrolls) releva a Miller y Lord como director, mientras ellos permanecen en el control creativo de la secuela, de la que han escrito el guion. Después de la primera película, y los sucesivos spin-offs centrados en Batman y Ninjago, la frescura y la originalidad de la franquicia han disminuido. En La LEGO Película 2 ya no hay factor sorpresa, pero sigue habiendo muchas ganas de divertir y hacer reír, y toda la energía y la creatividad de la saga está intacta. Salta a la vista que la secuela no es un mero trabajo de extensión comercial de franquicia. Miller y Lord se han empleado a fondo para hacer una buena comedia y construir una historia con enjundia, una continuación con sentido (y sensiblidad) para sus personajes.

El ingenio de La LEGO Película 2 no tiene fin. Lo comprobamos en los nuevos escenarios con los que la franquicia se sume en el puro sci-fi distópico: principalmente un divertidísimo erial post-apocalíptico a lo Mad Max y un espacio exterior de desbordante y colorido estilo visual, con el que se introduce la marca LEGO DUPLO (orientada a los más pequeños) de la forma más inteligente. Por lo demás, la segunda parte conserva lo que hizo que la primera conquistase a espectadores de todas las edades: chistes y diálogos brillantes en su surrealismo meta, cameos para gozar, acción trepidante, una animación deslumbrante (es increíble la expresividad que se puede sacar de personajes con un movimiento tan limitado) y un bonito mensaje familiar (en este caso fraternal) que unifica todo con un lazo emocional y nos indica que, efectivamente, la película nos quiere contar algo.

Aunque se excede en el número de canciones (todas ocurrentes, eso sí), que la convierten oficialmente en un musical (muy a pesar de sus protagonistas, que se quejan constantemente de ello), La LEGO Película 2 da en la diana y se erige como una secuela más que digna, evitando el estancamiento y mejorando además algunos aspectos de la original, como el tratamiento de sus personajes femeninos y las escenas en acción real protagonizadas por humanos (Maya Rudolph sustituye a Will Ferrell y, como de costumbre, lo borda). En cuanto a los personajes de la primera entrega, Emmet y Lucy experimentan una evolución que pocas veces se ve en el cine de animación familiar y Batman sigue siendo el mismo robaescenas descacharrante. Mientras que los nuevos ejercen un contrapunto muy interesante con ellos, ayudándolos a ver las cosas de otra manera y crecer.

Como decía, la novedad ha desaparecido, pero Miller y Lord han sabido compensarlo con un guion sólido, lleno de giros, autorreferencias y esa locura optimista e hiperactiva que los diferencia de otros productos animados más convencionales y hace de esta franquicia una fiesta constante. La LEGO Película 2 nos dice con entusiasmo y convicción que la animación es la vía perfecta para dar rienda suelta la creatividad (mensaje muy acorde a la marca que celebra) y demostrar que no hay límites a la imaginación.

Pedro J. García

Nota: ★★★★