Crítica: Lo que esconde Silver Lake

Sam no sabe qué hacer con su vida. Ni siente, ni padece. La ve pasar, como quien ve un accidente de tráfico que no puede parar. Sam está deprimido. Él no lo sabe, aunque presenta todos y cada uno de los síntomas. Sam es uno de los millones de seres humanos aquejados por la gran pandemia del siglo XXI. Compagina su trabajo a tiempo completo como voyeur de sus vecinas de urbanización con su gran vocación: ser un pajero de cuidado. Su existencia de hojas de revistas pegadas y tetas caídas se rompe con la llegada (y posterior desaparición) de Sarah, una enigmática mujer rubia que le inspirará para intentar salir de su rutina… y para lo otro también. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) es el esperadísimo regreso a la gran pantalla de David Robert Mitchell tras aterrorizarnos con la icónica It Follows. ¿Estás preparado para conocer los secretos de la ciudad de Los Ángeles?

Lo que esconde Silver Lake es un viaje, en el sentido más ácido y lisérgico de la palabra. Una crisis psicodélica cinematográfica que convierte el esqueleto de una investigación canónica de cine negro en un surrealista ir y venir de situaciones y personajes estrafalarios. Es por ello que, más allá del evidente y socarrón homenaje a Hitchcock y el Hollywood dorado que recorre todo el film, encontramos cierto hermanamiento entre el detective junior Sam y dos peculiares investigadores que nos han visitado en la última década: Jonathan Ames de la serie Bored to Death o Larry “Doc” Sportello de Puro vicio. Al igual que en la marciana e infravalorada película de Paul Thomas Anderson sobre la novela de Thomas Pynchon, los avances en Lo que esconde Silver Lake se realizan gracias al arbitrio de la (fumada) diosa de la Fortuna. Con semejante modus operandi, Sam comienza una peculiar investigación que le llevará a recorrer los diferentes círculos del infierno angelino. Desde las elitistas fiestas hippiescas de presentación de las promesas musicales más cool del momento (gracioso guiño al mundo de Lana del Rey, Father John Misty y compañía) hasta las intrincadas redes subterráneas por las que se mueven los vagabundos, pasando por la gran mansión del hombre que lo ha hecho todo en la música.

El resultado es un complejo (y completo) thriller surrealista deudor de Mulholland Drive, en el que David Robert Mitchell acierta de lleno al no tomarse para nada en serio, dar rienda suelta a toda su imaginación y no cortarse en ningún aspecto. En las últimas décadas, este nivel de megalomanía y arrojo solo lo habíamos experimentado en Southland Tales, en la que un endiosado Richard Kelly (Donnie Darko) colocaba al reparto más extraño de la historia (Dwayne Johnson, Sarah Michelle Gellar, Sean William Scott, Mandy Moore, Justin Timberlake…) en mitad de un conspiranoico y caótico fin del mundo. El resultado fue un verdadero desastre y otorgó a Kelly el infumable título honorífico de “veneno para la taquilla”. Pero allí donde Kelly fracasó (aunque tengamos cierto cariño a la película y especialmente a Krysta Now, nuestra gran reina del porno), Mitchell logra un equilibrio perfecto en el desequilibrio. Se la juega con un metraje desmesurado, una trama bastante loca, y unos personajes que sobrepasan el absurdo, y consigue un triunfo cinematográfico importante, una apasionada oda a la cultura pop y otra cinta de culto en su haber.

Andrew Garfield (La red social) logra con Sam una de las mejores interpretaciones de su carrera. El candidato al Oscar a mejor actor por Hasta el último hombre es el fiel reflejo de una generación de hombres que no encontramos nuestra conexión. No solo con el universo en un plano más trascendental, sino que tampoco se logra con nuestros coetáneos más cercanos. Garfield logra captar todos y cada uno de los episodios de la psicosis del personaje, producto tanto de la depresión como de su absurda existencia: su rol de stalker de corazón de oro, su obsesión y perpetuo despertar sexual, su incapacidad de llevar a cabo una relación ‘normal’ con nadie… Mención especial merece su vestuario (y no vestuario) durante gran parte metraje. Le acompañan en el reparto Riley Keough (The Girlfriend Experience) como la no tan prototípica hermosa y sensual mujer fatal rubia que desaparece, Topher Grace (Aquellos maravillosos 70) como el mayor embajador de la tontería hollywoodiense, Grace Van Patten (Maniac) como la enigmática chica del globo, y nuestra querida Zosia Mamet (Girls) en un pequeño y muy gracioso papel.

Lo que esconde Silver Lake no es el thriller que esperabas, sino la película de culto que necesitábamos… además de una de las visiones más divertidas y esperanzadoras sobre la depresión masculina y una certera llamada de atención para que dejemos de mirarnos apenados el ombligo. No porque haya algo mejor que hacer, sino porque realmente revolcarnos en nuestras propias miserias no vale para nada.

David Lastra

Nota:★★★★½

‘Aquaman’ es la película que DC necesita, pero eso no quiere decir que sea buena

Arthur, escúchame. Ese mundo está muy mal. La vida bajo el mar es mucho mejor que el mundo allá arriba. ¿No ves que tu propio mundo no tiene comparación? Además, tú eres el verdadero rey de Atlantis y tienes todo el derecho a reclamar el trono, que tu hermano va de mal en peor. Aquaman, tu reino te necesita… y el Universo DC mucho más.

Situada cronológicamente después de los acontecimientos de Liga de la Justicia, Aquaman nos introduce en los orígenes del personaje titular. Desde el romance a lo Un, dos, tres… Splash de sus padres (interpretados por Nicole Kidman y Temuera Morrison, Guerreros de antaño) hasta sus primeros pasos como superhéroe local. Su apacible existencia como levantador de submarinos se resquebraja cuando ve cómo su ciudad es arrasada por una ola gigantesca, al igual que le ocurría a Sosuke en Ponyo en el acantilado. Aunque muchos lo quieran catalogar como desastre natural, esta no es sino una de las primeras acciones de su hermano, que cual líder de extrema derecha no solo quiere elevar el proteccionismo de su villa de las profundidades, sino también arrasar y someter a la población del mundo seco. Para intentar frenarle, Aquaman deberá encontrar el Tridente de Atlán, legendaria arma de su abuelo que le serviría para reclamar su derecho legítimo al trono de Atlantis.

Tras la debacle de crítica y público que supuso Liga de la Justicia, DC mandó al banquillo a su cabeza visible, Zack Snyder, y depositó su confianza en todo un valor en esto de las resurrecciones: James Wan. Máximo artífice del renacer del cine de terror de las últimas décadas gracias a las sagas Saw, Insidious y Expediente Warren. Su nombre está asociado a una cadencia y a un ritmo perfecto hecho por y para el disfrute (o el mal rato voluntario y los sustos) del espectador. Esa ausencia total de ritmo y de equilibrio entre el componente épico y el humorístico eran los puntos más débiles del Universo DC, por lo que la elección de Wan no solamente era una buena apuesta de cara a la taquilla, sino una decisión in extremis para intentar salvar un emporio cinematográfico de capa caída.

¿Ha sido Wan capaz de salvar la papeleta? El resultado es bastante agridulce. No llega a fracasar estrepitosamente como Snyder o David Ayer (Escuadrón Suicida), pero ni de lejos llega al digno trabajo que realizó Patty Jenkins (Monster) con Wonder Woman. Aquaman es ambiciosa en la creación de su universo subacuático, que cobra vida de la forma más asombrosa y exuberante, y además tiene la actitud adecuada, pero acaba incurriendo en todos y cada uno de los errores marca de la casa.

Volvemos a enfrentarnos a una innecesariamente elevadísima duración (que no cuenten conmigo para el director’s cut), exceso de tramas mal conectadas, una historia extremadamente genérica (lo cual no sería un problema realmente si estuviese bien estructurada), una colección de personajes planos y faltos de desarrollo interesante (un saludo en especial para Black Manta, uno de los villanos más insulsos de DC en cine), unos efectos digitales inconsistentes que hacen que la película parezca por momentos un videojuego, otro sobrecargado clímax apocalíptico (cuando de verdad se acabe el mundo no vamos a asustarnos, vamos a bostezar), gags de humor infantiloide y cambios bruscos de tono (no sabe si tomarse en serio o no), unos cuantos momentos de vergüenza ajena (¿Qué le pasa a DC con las madres?) y cierta sensación de tijera a última hora en el montaje (trama recortada de Black Manta recortada, y una sola referencia a la pertenencia e Aquaman a la Liga de la Justicia) seguramente para hacer borrón y cuenta nueva.

Aunque la elección de Jason Momoa (Juego de tronos) como Aquaman chocase a los fans de DC, el aperitivo que tuvimos en Liga de la Justicia hizo pensar que quizá esta versión macarra y socarrona del personaje podría funcionar. Pero de la misma manera que Henry Cavill parecía el Superman perfecto o Jared Leto un potencial buen Joker, a Momoa le falta talento para ir más allá de la superficie. Claro que esto no es completamente culpa suya, sino de un personaje que está escrito así, simple, acartonado y sin ningún tipo de profundidad, reducido a los estereotipos del héroe y aderezado con latiguillos y gracietas irrisorias. Errores que en ocasiones incluso aparecen subrayados con unos riffs de guitarra espantosos (en un intento de emular a Wonder Woman). Pero no es Momoa el único en caer en la maldición de DC: dos intérpretes de la valía de Nicole Kidman y Willem Dafoe (The Florida Project) parecen más preocupados en cobrar sus cheques que en dar vida a sus personajes (aunque vuelva a ser culpa igualmente de lo desdibujados que son sus roles) y Amber Heard (y su peluca) no da la talla, siendo incapaz de hacer creíbles unos diálogos de lo más torpe. Quien sale más airoso es Patrick Wilson (Expediente Warren), chico Wan por excelencia. Aunque su villano no sea más que un Loki de Hacendado, el actor sabe medir el histrionismo necesario para su personaje y aporta aplomo a la película.

Aunque no llegue a ser un despropósito como Escuadrón Suicida y de hecho incluya algunas de las secuencias más épicas que hemos visto en el cine últimamente (el descenso a la fosa es espectacular y el clímax, aunque abarrotado, tiene planos brutales), Aquaman supone otra oportunidad perdida para DC, que esta vez se ha aventurado a hacer un placer culpable con la esperanza de que sea lo que el público busca (y oye, quizá en eso haya acertado). En esta ocasión duele especialmente porque creíamos en que este viaje al fondo del mar tenía mucho potencial para elevar el universo DC, pero aquí estaremos dando oportunidades hasta que el estudio consiga enderezar su rumbo más allá de la Mujer Maravilla.

David Lastra

Nota: ★★½

El regreso de Mary Poppins: Feliz vuelta a la infancia

El legado de Mary Poppins es inmenso, tanto como el fondo del bolso mágico de su protagonista. La película de 1964 enamoró a varias generaciones de niños y adultos convirtiéndose en un clásico imperecedero, marcó un antes y un después en el cine gracias a su revolucionaria fusión de imagen real y animación  y catapultó a la fama a Julie Andrews, sellando su destino como leyenda del cine con una interpretación icónica e inolvidable que le valió un Oscar. La reciente etapa de Disney, caracterizada por la nostalgia y la recreación sus glorias pasadas, ha llevado al estudio a solicitar de nuevo los servicios de la niñera más famosa del cine en El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns), secuela oficial que llega 54 años después de la original.

Por el contrario, en el mundo de los Banks ha transcurrido menos tiempo. El regreso de Mary Poppins se desarrolla en el Londres de 1934, durante la Gran Depresión. Los hermanos Jane (Emily Mortimer) y Michael Banks (Ben Whishaw) han crecido, y ahora se enfrentan a los problemas de la vida adulta. Tras la muerte de la mujer de Michael y ante la posible pérdida a manos del banco de la casa donde crecieron (y crecimos), los Banks vuelven a necesitar a su niñera de la infancia, Mary Poppins (reencarnada en Emily Blunt). La institutriz “prácticamente perfecta en todo” vuelve a sus vidas para ayudarles a recuperar la esperanza y la alegría que han perdido al dejar atrás la infancia, inundando de música, luz y color el sombrío Londres junto a su antiguo amigo, el farolero Jack (Lin-Manuel Miranda).

El regreso de Mary Poppins podría haber salido mal por muchas razones. Continuar una de las joyas de la corona de Disney, tan querida e importante para tantas personas, cuyo papel protagonista se asocia indivisiblemente a una actriz en concreto, era una tarea muy arriesgada. Pero Disney la ha acometido de la mejor manera posible: dejando intacta la esencia de la obra maestra originalEl regreso de Mary Poppins es una película de las que ya no se hacen, un trabajo de tal clasicismo que podría haberse estrenado (casi) tal cual en los 60. El director, Rob Marshall (Chicago), pone su sensibilidad académica y su valiosa experiencia en el género musical al servicio de un film de otro tiempo y a la vez atemporal, en el que apenas hay concesiones a nuestra época o salidas de tono que delaten el año al que pertenece (más allá de los avanzados efectos especiales). Sus créditos iniciales al más puro estilo del Hollywood dorado, su puesta en escena y decorados vintage, sus diálogos inocentes, su mensaje inadulterado… todo en ella desprende el aroma del sistema de estudios y el cine de la vieja escuela.

Con más canciones que su predecesora y la presencia de Lin-Manuel Miranda (creador del fenómeno de Broadway Hamilton y compositor de las canciones de Vaiana), El regreso de Mary Poppins abraza más abiertamente su condición de musical, dejándonos números verdaderamente exquisitos, colando incluso algún que otro rap marca Miranda (como era de esperar). Si bien unos cuantos se desvanecerán fácilmente con el paso del tiempo, hay otros (‘A Cover is Not the Book’, ‘Trip a Little Light Fantastic’) que se quedarán grabados para siempre en la memoria del espectador, de la misma manera que lo hicieron los del clásico original.

Y es que, aunque oficialmente sea catalogada como secuela, El regreso de Mary Poppins es en realidad un remake (no tan) encubierto, ya que además de recuperar símbolos como la cometa, la banda de sufragista de la señora Banks o los objetos mágicos de Mary, reproduce la estructura de la película de Robert Stevenson y evoca una a una sus escenas más emblemáticas, solo que variando los elementos. Si en la original teníamos una canción para ordenar la habitación, en esta hay una para la hora del baño; el viaje a través de la baldosa pintada con tiza de la primera película (donde tiene lugar el “Supercalifragilisticoespialidoso”) aquí tiene su reflejo en una visita al mundo animado poblado por animales parlantes en la porcelana de un jarrón; la parada en casa del tío Albert que acaba con los protagonistas flotando de la risa reverbera en la secuencia de la prima Topsy (breve aparición de Meryl Streep), en la que todo se vuelve del revés… Y así hasta el final.

Un final, por cierto, que seguramente pasará a la historia como uno de los más bonitos que se han hecho jamás. A la película le cuesta coger fuerza y encontrar su ritmo, llegando a tener una primera media hora algo irregular, incluso pesada, en la que sobran varias canciones. Pero desde que Mary Poppins aparece por primera vez entre las nubes, la historia coge impulso y las emociones empiezan a arrollarnos. Sus números musicales, excelentemente ejecutados e interpretados, van de menos a más, aumentando en ambición y espectacularidad a medida que avanza el metraje, pero siempre conservando ese regusto tradicional del que hablábamos. Y después de acompañar a los Banks, a Mary y a Jack en sus extraordinarias peripecias, la historia culmina en un catártico desenlace que hace volar, literalmente. No importa lo cursi que sea, las veces incontables que hemos oído su mensaje (no hay que olvidar al niño perdido que todos llevamos dentro para ser felices), el optimismo y la alegría de este gran final nos embargan, y contener las lágrimas se convierte en una tarea imposible.

Os estaréis preguntando qué hay de Emily Blunt como Mary Poppins. Pues bien, estábamos en lo cierto cuando, ante el anuncio de su fichaje, pensamos en que no había mejor candidata para el puesto. No cabe duda, ella es Mary Poppins. Exudando carisma y presencia escénica, Blunt hace suyo el personaje sin quitárselo a Andrews. Lejos de reinventarla en un rapto de egolatría interpretativa, la actriz británica sigue al pie de la letra las pautas de su insigne precursora y reproduce lo que nos enamoró del personaje, ese carácter estricto (incluso borde) pero divertido y entrañable, dotándola de una profundidad y una riqueza de matices que corroboran el gran talento que ya conocíamos. Junto a ella brilla un elenco inmejorable, en el que destacan Ben Whishaw y Emily Mortimer, que nos convencen de que estamos de verdad ante los Banks con los que crecimos, una gloriosa Julie Walters robando por completo todas las escenas en las que aparece, Colin Firth haciendo exactamente lo que esperamos de él en un papel de villano, y Lin-Manuel Miranda aportando ternura, simpatía y nobleza en uno de los personajes más entrañables del año. Por no hablar de la presencia de los legendarios Dick Van DykeAngela Lansbury, cuyas apariciones van directas al corazón.

El regreso de Mary Poppins funciona como el reloj más infalible. Supone la vuelta del cine familiar que se hacía hace cinco décadas, componiendo un precioso homenaje rebosante de fantasía, magia y amor por los clásicos que transporta directamente a la infancia, te arropa y te canta una canción para que te vayas a dormir sin preocupaciones, proporcionando una sensación de calidez y felicidad que hacía tiempo que no sentíamos en el cine.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El regreso de Ben

Las relaciones materno/paterno-filiales siempre han sido una constante en el cine norteamericano, especialmente en el denominado indie. Pero en los últimos dos o tres años se han convertido en el tema favorito de cineastas, promesas del cine y actores veteranos con ganas de reafirmar su talento ante el público. Mujeres del siglo XXLady Bird, Wonder, Boy Erased, Beautiful Boy… Todas estas películas giran en torno a la figura de un adolescente y las dificultades que conlleva para su madre o padre criarlo y protegerlo. Lo más curioso es que estos títulos han formado una suerte de “colección” en la que muchas comparten intérpretes. Ocurre en la más reciente en sumarse al ciclo, El regreso de Ben (Ben Is Back), protagonizada por Julia Roberts (Wonder) y el it boy nominado al Oscar Lucas Hedges (Lady Bird, Boy Erased).

Es Nochebuena en casa de los Burns. La mañana transcurre con normalidad para todos hasta que algo le hace dar un giro de 180 grados. Ben (Hedges), el hijo mayor de Holly (Roberts), está esperando a su familia en el porche. Su madre le da la bienvenida entusiasmada, como cualquier madre que lleva meses sin ver a su niño, pero el resto de la familia observa con recelo el regreso del muchacho. Es un recibimiento feliz, pero insoportablemente tenso. Ben es drogadicto y debería estar en rehabilitación, pero su buen progreso le ha permitido volver a casa por Navidad. Aunque todo marcha sobre ruedas al principio, pronto queda claro para Holly que su hijo no está bien. Las siguientes 24 horas serán una prueba de resistencia y lealtad sin condiciones en la que Ben tendrá que enfrentarse a su pasado y Holly hará lo posible por salvar a su hijo de las garras de su enfermedad.

El nominado al Oscar a mejor guion por Un niño grande y padre en la vida real del protagonista, Peter Hedges, escribe y dirige este drama familiar que aborda la adicción y la recuperación con mucho tacto y franqueza. Por su temática, la película corre el riesgo de adentrarse en terreno telefilm de Antena 3, pero afortunadamente logra evitarlo gracias a un guion excelentemente construido, diálogos muy matizados, momentos de emotividad sincera y unas interpretaciones soberbias. En este tipo de historias es frecuente recurrir a la moralina y la lección fácil, pero Hedges es mucho más sutil a la hora de mostrar los efectos y consecuencias de la adicción. Su guion y dirección van desgranando la problemática progresivamente y sin prisas, haciendo que el pasado vaya recalando poco a poco sobre el presente, y dosificando la información inteligentemente.

En su recta final, el guion da un giro sorprendente mediante el cual el drama familiar se transforma en thriller. La última media hora de El regreso de Ben es un descenso a los infiernos en el que acompañamos a un adicto entrando en la boca del lobo y a una madre desesperada y aterrorizada en busca de su hijo. La tensión doméstica y emocional se convierte en suspense, y la película toca a su fin con un clímax sobrecogedor. Aunque acabe cayendo en lo obvio durante un desenlace algo efectista que en cierto modo empaña lo visto hasta ese momento, la película brilla la mayor parte del tiempo por su sutileza y honestidad, emocionando y angustiando, como antes decíamos, sin caer en la sensiblería.

Por supuesto, El regreso de Ben no funcionaría tan bien de no ser por las interpretaciones de sus dos protagonistas y el trabajo de sus estupendos secundarios (Courtney B. Vance, Kathryn Newton). Lucas Hedges sigue dando forma a personajes profundamente humanos con tanta fuerza como delicadeza, probando una vez más por qué es uno de los talentos jóvenes de Hollywood más a tener en cuenta. Pero si él está sobresaliente, lo de Julia Roberts es una clase magistral de interpretación. La mítica actriz de Pretty WomanErin Brokovich realiza uno de los mejores trabajos de su carrera en un papel que le permite hacer toda una demostración de su rango interpretativo. Roberts personifica a la perfección el desolador conflicto de la madre que ve impotente cómo su hijo se escapa de sus manos y siente toda la responsabilidad de salvarlo. En su rostro vemos alegría, amor, esperanza, miedo, desesperación, sobreprotección, éxtasis, resignación, dolor, ira, y todas las emociones que caben en 100 minutos. Un recital digno de todos los laureles.

El regreso de Ben te rompe por dentro y su recta final te deja con el corazón en un puño. Eludiendo las sobreexplicaciones y los mensajes simplistas de panfleto motivador, la película compone un retrato precioso y doloroso de una familia rota por la adicción intentando juntar las piezas de su vida. Volver a casa puede suponer un acto muy difícil, incluso poco recomendable según qué circunstancias, pero el regreso al hogar de Ben nos enseña que, a veces, allí es donde podemos encontrarnos y redimirnos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Suspiria: Danzad, danzad, malditas

‘Suzy, ¿sabes algo de brujas?’

Hace cuarenta años, Dario Argento (Phenomena) y Daria Nicolodi (Rojo oscuro) nos introdujeron en el fascinante mundo de las Tres Madres con Suspiria. Puede que ni Inferno, ni mucho menos La madre del mal estuviesen a la altura, pero con la primera acertaron de pleno. Con el paso del tiempo, la bajada a los infiernos de una cándida Suzy Bannion (Jessica Harper, El fantasma del paraíso) se convirtió en objeto de adoración suprema entre los amantes (y no tan amantes) del género. De ahí que la noticia de un remake fuese vista como la peor de las noticias posibles. El primero en atreverse fue David Gordon Green (Joe), cuyo proyecto capitaneaban Isabelle ‘A Esther le pasa algo’ Fuhrman (La huérfana) e Isabelle Huppert (La pianista)… pero todo quedó en agua de borrajas y el director de Superfumaos terminó revisando de manera correcta otro clásico: La noche de Halloween. Sorprendentemente, no fue otro que Luca Guadagnino el que terminó llevándose el gato (negro) al agua. Tras divertirnos (y calentarnos) de lo lindo en Cegados por el sol y enamorarnos (y calentarnos) con Call Me By Your Name, el realizador italiano osaba echar el guante a uno de los clásicos con mayor proyección internacional que ha parido la cinematografía de su país. ¿Estaría su Suspiria a la altura de las circunstancias o supondría esta experiencia el segundo tropezón de su carrera (¿es que alguien se acuerda de la sosísima y desaprovechada Melissa P.?)?

Lejos de caer en la simpleza de repetir fotograma a fotograma el film original (solución únicamente aceptada en caso de troleo máximo como fue el caso de Michael Haneke y su versión para ‘gente estadounidense que no lee subtítulos’ de su Funny Games), Guadagnino decide repetir con David Kajganich (creador de la serie The Terror) tras Cegados por el sol, para descuartizar el manuscrito de Argento y Nicolodi y así poder crear algo novedoso, pero tremendamente fiel al original. En esta Suspiria, Suzy (ahora Susie) vuelve a cometer el error de enrolarse en Tanz, pero en esta ocasión su comportamiento no es tan pasivo e infantil como entonces (recordemos que aunque la productora le negó a Argento un cast de niñas de doce años para dar vida al cuerpo de baile, él siguió manteniendo el tono naif original de los diálogos). La Susie interpretada por Dakota Johnson (que también repite con el director tras Cegados por el sol) es una mujer empoderada, con unos cuantos secretos en su haber y un talento innato para la danza. Su abrupta incorporación a la compañía de danza no es vista con recelo, sino que es acogida por sus compañeras como si de una verdadera hermandad se tratase. La sororidad es plena, incluso la propia Madame Blanc (Tilda Swinton, en su enésima colaboración con Guadagnino) ha caído rendida a sus pies. Guadagnino rechaza el conflicto entre mujeres y nos muestra una Tanz convertida en un matriarcado sin ningún tipo de fisuras aparentes. Aunque exista alguna que otra lucha por el liderazgo, es todo bastante civilizado… a no ser que haya algún tipo de abuso de poder por parte de la lideresa.

Mientras que la Suspiria de Argento y Nicolodi se regocijaba en el placer esteta y sádico del crimen, esta nueva versión se acerca a la violencia de manera más explícita y cruda si cabe. La muerte en esta Suspiria estremece, pero de dolor, no de orgasmos visuales como la de los setenta. Los huesos y tendones que se rompen nos taladran los oídos y las heridas infligidas por esos garfios tan giallo provocan verdaderos escalofríos. De igual manera, el realizador de Yo soy el amor es capaz de lograr una atmósfera malrollera incipiente, de manera sutil, pero sabiendo en qué momentos hacerla explotar (increíbles los ensayos de Volk y las danzas libres sin música) y nos regala un clímax que destrona a (valga la redundancia) Clímax de Gaspar Noé, como viaje más enfermizo y flipante del año. Este agobiante éxito es en parte gracias a la oxidada fotografía de Sayombhu Mukdeeprom (que vuelve a llamar a las puertas de la Academia tras ser injustamente obviado el ejercicio pasado por Call Me By Your Name) y por la increíble banda sonora de Thom Yorke. Puede que el líder de Radiohead haya pegado el salto a la gran pantalla por envidia (sana) a Jonny Greenwood (compañero de Yorke en Radiohead y compositor habitual de Paul Thomas Anderson), pero el resultado es la creación más excelsa del británico desde tiempos de In Rainbows. Tanto en los cortes instrumentales más ruidistas y semi krautrock, como en los más minimalistas o cuando los acompaña con su icónica voz. Guadagnino logra solventar con nota tres de los aspectos más memorables de la original (los crímenes, la fotografía y la música) siendo lo suficientemente inteligente al lograr el perfecto equilibrio entre la fidelidad y la novedad.

Esta nueva Suspiria es mucho más sesuda, visceral, enrevesada y, a la vez, evidente que la original. Mientras que la original se guardaba el as de la brujería bajo la manga hasta la recta final, Guadagnino prefiere mostrarnos la existencia del aquelarre berlinés desde la primera escena. Optando por usar la baza de las brujas como poderosa metáfora del movimiento feminista, así como de la violencia y el abuso de poder que han sufrido desde tiempos inmemorables. De ahí la importancia y el cuidado que pone la compañía a la hora de representar la abrupta Volk (en alemán, pueblo). De esta manera, Suspiria y sus protagonistas se hermanan directamente con cintas actuales que muestran un feminismo combativo y liberador (y violento) como son Crudo (Julia Ducournau) y, especialmente, La bruja (Robert Eggers). Tampoco tiene ningún miedo en situar cronológicamente la acción de la cinta y dotarla de cierta carga política. Estamos en 1977, que no es solo el año de estreno de la cinta original, sino también uno de los más violentos en el Berlín de posguerra. Las chicas se encuentran en pleno Otoño Alemán, semanas en los que la RAF (también conocida como banda Baader-Meinhof) llevó a cabo cruentos atentados, entre ellos el famoso secuestro del vuelo 181 de Lufthansa que aparece retratado en los noticiarios que se escuchan durante toda la película. Igualmente hacen acto de presencia ciertos fantasmas y comportamientos gubernamentales que parecen más propios del supuestamente extinto régimen nazi.

La nueva Suspiria nos atrapa en una espiral de locura desde el momento en que vemos al personaje de Patricia (Chloë Grace Moretz, Kick-Ass) en mitad de una contienda en pleno Berlín mientras intenta llegar a la consulta del Doctor Josef Klemperer (Lutz Ebersdorf, a.k.a. Tilda Swinton). No sabemos a ciencia dónde que nos estamos metiendo, pero tampoco tenemos ninguna prisa por salir, sino que queremos seguir hacia delante, cueste lo que cueste. La misma sensación que sentimos con la otra gran pesadilla de los últimos años, madre! de Darren Aronofsky. Realmente, cuando llegan los títulos finales (no se pierdan la escena postcréditos) terminamos queriendo saber más sobre los personajes que pueblan Tanz. Cómo era la vida de Madame Blanc y Helena Markos en su juventud (si es que alguna vez lo fueron), cómo lograron proteger su matriarcado bajo el yugo del régimen nazi… y cómo será el futuro tras los hechos mostrados en Suspiria.

Hace mucho tiempo que Dakota Johnson dejó de ser simplemente la hija de Melanie Griffith (lo cual no es nada malo, sino todo lo contrario), para pasar a ser considerada como una de las actrices con mayor proyección de su generación. Al más puro estilo Kristen Stewart, ha sabido compaginar trabajos económicos (la trilogía Cincuenta sombras de Grey) con otros más arriesgados y placenteros (Cegados por el sol, Malos tiempos en El Royale) con verdaderos auteurs. En esta su segunda colaboración con Guadagnino, Johnson se da de lleno a un personaje extremadamente complicado como es el de la nueva Susie. No solo por el legado de Jessica Harper, sino por las nuevas dimensiones, secretos y evolución del personaje. Igualmente destacables se encuentran una pluriempleada Tilda Swinton, que brilla especialmente como Madame Blanc, proporcionándonos todos los tildaswintonismos que podemos esperar de ella haciendo de bruja (a la altura de cuando hizo de Eva/vampiresa para Jim Jarmusch en Solo los amantes sobreviven), y una desbarrada Ingrid Caven (El mercader de las cuatro estaciones), cuya presencia no es únicamente un anecdótico guiño a Fassbinder que podíamos esperar, sino que engrandece y aloca aún más el tono estridente del aquelarre.

Suspiria es la pesadilla que no te suelta aunque abras los ojos. Esa que te acompaña durante el día y te hace temer la noche… pero de la que realmente estás completamente obsesionado y, por qué no decirlo, enamorado. Soñad, soñad todos y todas. Dejaos llevar. Dejad que Madre os cuide… ¡es todo tan bonito!

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: Spider-Man – Un nuevo universo

Spider-Man es uno de los personajes de Marvel más queridos de todos los tiempos, así como el superhéroe más popular entre los más jóvenes. En sus más de cincuenta años de historia, la icónica creación de Stan Lee y Steve Dikto ha adoptado muchas formas en las páginas del cómic, y otras tantas en la pantalla. Sin ir más lejos, en los últimos 15 hemos visto cómo tres actores diferentes se ponían las mallas del Trepamuros en el cine, Tobey Maguire, Andrew Garfield y el actual defensor del título, Tom Holland. Lejos de sucumbir a la fatiga de la que tanto hablan los detractores del género, Spider-Man finalmente ha conseguido remontar el vuelo y renovar el interés de una audiencia que sigue regresando para disfrutar de las aventuras de su amigo y vecino de Marvel.

Y la palabra clave en este caso es “renovar”. Con el Spider-Man de Holland, Disney y Sony rompían con las iteraciones anteriores rejuveneciendo al personaje y evitando volver a repetir su historia de orígenes. Esta tendencia hacia la reinvención continúa con otra propuesta diferente que llega no para sustituir al Hombre Araña actual, sino para complementarlo, encontrando nuevas maneras de deconstruir y continuar esa historia de orígenes sin dejar de ser fiel a su espíritu. Se trata de Spider-Man: Un nuevo universo (Spider-Man: Into the Spider-Verse), nueva película de animación producida por Phil Lord y Christopher Miller (La LEGO película) y dirigida por Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman, que aterriza en las salas como un auténtico soplo de aire fresco para el cine de superhéroes y la animación en general. Aunque pueda parecer obvio, es importante no subestimarla por ser animada, porque estamos ante lo que es claramente una de las mejores películas de Spider-Man.

En esta ocasión, el foco se desplaza de Peter Parker a Miles Morales, adolescente latino-afroamericano  de Brooklyn creado por Brian Michael Bendis y Sara Pichelli que irrumpió en Marvel Comics en 2011 para ponerse el nuevo traje de Spider-Man e inaugurar una etapa de la Casa de las Ideas caracterizada por una mayor diversidad e inclusión en sus colecciones. Inspirado por Barack Obama y Donald Glover, Miles fue un éxito entre los lectores y su figura ha sido una constante en varias cabeceras centrales durante los últimos años. Spider-Man: Un nuevo universo supone su debut en la gran pantalla, y lo hace con una carta de presentación inmejorable, un espectáculo de animación innovador, diferente y de desbordante energía y creatividad.

Pero Miles Morales no llega solo. La puesta de largo del personaje viene arropada por viejos y nuevos conocidos del universo arácnido, entre ellos el propio Peter Parker, que se encarga de ceder el testigo generacional a su joven aprendiz. Spider-Man: Un nuevo universo va precisamente de eso, de la posibilidad de que cualquiera pueda llevar la máscara de Spider-Man (porque “siempre acaba encajando”). Y para hacer llegar este oportuno mensaje, tan inherente a la esencia del personaje, el film introduce la noción del Multiverso, o Spiderverso, y con él la existencia de un número indeterminado de dimensiones paralelas en las que diferentes personas (o cerdos) pueden ser Spider-Man, para a continuación reunir a estas identidades arácnidas en un mismo lugar, el Nueva York de Miles Morales.

Empleando el recurso narrativo de la repetición con mucho ingenio y sentido del humor, Un nuevo universo nos presenta a los diferentes personajes que formarán equipo junto a Miles para luchar contra los planes de Kingpin, quien ha creado una máquina para controlar las realidades alternativas del Multiverso. Tras una explosión, el protagonista se topa con un Peter Parker alternativo (ajado y deprimido por su separación de Mary Jane), con el que unirá fuerzas junto a Spider-Gwen, Spider-Man Noir, Peni Parker y Peter Porker (o Spider-Cerdo) para derrocar al villano y poder regresar a sus respectivas dimensiones. Entre ellos se formará una alianza de miembros dispares (y disparatados), hermanados por sus ideales, los poderes que comparten y un enemigo común.

Spider-Man: Un nuevo universo está realizada con un detallismo apabullante y un evidente cariño y respeto tanto por los cómics de Marvel como por sus fans, a los que regala numerosas sorpresas y guiños a la historia de la editorial y a la creación de Miles Morales. La película presenta un look sorprendente, incluso revolucionario, con una paleta de colores que salta de la pantalla, estilos muy diferentes que encajan sin problemas y una animación dinámica y original que mezcla 3D y 2D con los mejores resultados. Los directores sacan todo el partido del medio para componer escenas alucinantes que no funcionarían en acción real e incorporan el lenguaje de los cómics a la puesta en escena con agilidad e inventiva, realizando hallazgos narrativos y cómicos a lo largo de todo el metraje.

Visual y sonoramente, Un nuevo universo es una explosión para los sentidos, pero es mucho más que eso. También cuenta una historia bien construida (a pesar del exceso de información que descarga en el espectador), hace alarde de un sentido del humor inteligente y descarado, tiene mucho ritmo, y lo más importante, profundidad emocional y unos personajes excelentemente caracterizados por los que es imposible no sentir apego (acordaos de esto: Spider-Gwen va a causar sensación).

Otra de las características que hacen de Spider-Man: Un nuevo universo un triunfo es su actitud. La película desprende personalidad a raudales, y esta solo se puede definir con una palabra: cool. Su estética graffitera, su fantástica banda sonora hip hop y el carisma juvenil de sus protagonistas hacen de ella una pieza cinematográfica totalmente moderna, en sintonía con las nuevas generaciones a las que retrata y se dirige. Pero precisamente otro de sus grandes aciertos es que no se cierra a un solo tipo de público, sino que encuentra la manera de satisfacerlos a todos: niños, adolescentes, adultos y fans de Marvel de todas las edades. Encontrar ese equilibrio es difícil y esta película no solo lo hace, sino que lo domina de principio a fin.

Por último, sin nacer con ese propósito, Spider-Man: Un nuevo universo supone la despedida perfecta a los creadores del Hombre Araña, Lee y Dikto, que nos han dejado este mismo año. Tras su fallecimiento, el imprescindible cameo de Lee (el último que hizo en animación) adquiere una nueva dimensión, y la lección que nos regala durante esta breve pero trascendental escena es un broche redondo. Aunque suene a tópico y empiece a correr el riesgo de no significar nada para muchos, Spider-Man: Un nuevo universo revitaliza el cine de superhéroes con una película que no es solo divertidísima, ocurrente, emocionante y espectacular, sino que también es consciente de lo necesario que es llevar el género un paso (o un salto de fe) más allá para explorar todas sus posibilidades. Está claro que Miles Morales ha llegado para quedarse. Bienvenido.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½