Cadáver: Escalofriante noche en la morgue

El cine de posesiones y exorcismos ha dado mucho de sí en los últimos quince años. Cuando una de esas dos palabras forma parte del título de una película de terror, sabemos instantáneamente lo que nos vamos a encontrar en ella. Por eso llama la atención que The Possession of Hannah Grace haya conservado su título original para su estreno en España, Cadáver. Una decisión que, por otro lado, tiene sentido y sirve para diferenciar la película de tantas otras propuestas similares.

Al igual que ocurría en el thriller sobrenatural La autopsia de Jane Doe, la acción de Cadáver transcurre en una morgue. El neerlandés Diederik Van Rooijen dirige otra vuelta de tuerca al subgénero de las posesiones preguntándose qué pasa después de que un exorcismo haya acabado en la muerte de la víctima poseída. Tras un prólogo en el que asistimos al escalofriante ritual que resulta en el fallecimiento de una joven, la historia se centra en lo que ocurre con su cuerpo a partir de su entrada en el depósito de cadáveres, cuando evidentemente el mal todavía no lo ha abandonado.

La heroína de Cadáver es Megan (Shay Mitchell, conocida por Pretty Little Liars), una exagente de policía con pasado laboral traumático y problemas de adicción, que acepta un trabajo en horario nocturno en el hospital para evitar tentaciones y mantener su sobriedad. Sola en su nuevo puesto en el silencioso e inquietante sótano del centro, Megan recibe un cadáver horriblemente desfigurado y cubierto de heridas que pertenece a una chica llamada Hannah Grace, a partir de lo cual comenzará a experimentar sucesos extraños y violentos. A medida que la noche avanza, Megan comprobará que el cuerpo está poseído por una entidad demoníaca y decidirá arriesgar su vida enfrentándose a ella.

Con apenas 85 minutos de metrajeCadáver logra mantener la tensión de principio a fin, con un buen manejo del suspense y un guion que, sin ser nada del otro mundo, sabe acaparar la atención. En este tiempo, la película se toma en serio sin caer en el ridículo, y sobre todo, justificando las acciones de su protagonista con una historia personal que, si bien no es especialmente profunda u original, enlaza temáticamente con los eventos sobrenaturales que transpiran en la película. Es decir, aunque en el fondo no sea más que una simple película de terror para pasar el rato, al menos se han molestado en darle lógica a la historia, algo que no siempre ocurre.

Claro que al final, lo más importante de Cadáver no es el viaje personal de Megan para superar sus miedos y corregir sus errores del pasado, sino el suspense y los sobresaltos que hacen de la película un pasatiempo terrorífico eficaz, que es para lo que fue creada. Afortunadamente, la calificación por edades cambia el habitual PG-13 (siempre preferible por los grandes estudios aunque sea en detrimento del terror) por el Rated-R, lo que permite a Van Rooijen ir un paso más allá a la hora de mostrar imágenes violentas. En este sentido, los primeros planos de los cadáveres resultan especialmente truculentos debido al realismo del maquillaje con el que se crean las heridas, lo que añade un factor creepy bastante conseguido y en ocasiones no apto para estómagos débiles.

Por lo demás y sin ser nada del otro mundo (tampoco se lo pedimos), Cadáver cumple con lo que se propone, y lo hace sin dejar con la sensación de haber timado al espectador, que ya es más de lo que se puede decir de muchas otras cintas de terror de multisala. Con una atmósfera agobiante, tensión constante e imágenes de lo más macabro, muchos se llevarán las manos a los ojos viéndola, tanto por el miedo a lo que puede aparecer en cualquier momento como por lo que decide mostrar.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Robin Hood: El superhéroe de Nottingham

“La historia que conoces, como nunca te la han contado” empieza a ser uno de los tópicos más manidos del cine actual, pero lo cierto es que la nueva revisión moderna de Robin Hood no se puede describir de otra manera. Otto Bathurst, realizador curtido en series de televisión como Peaky BlindersBlack Mirror, debuta en la dirección de largometrajes con esta relectura del mito del folclore inglés que cuenta con Taron Egerton (Kingsman) en la piel del arquero de Nottingham y Leonardo DiCaprio en la producción. En un ejercicio de reinvención similar al que llevó a cabo recientemente Guy Ritchie con Rey ArturoRobin Hood se convierte en un espectáculo de acción que sigue todas las reglas del blockbuster del siglo XXI.

La nueva Robin Hood conserva los elementos más importantes de la conocida leyenda, pero los deconstruye introduciendo novedades que la modifican considerablemente. La película, concebida claramente como una historia de orígenes, nos nuestra a un Robin de Locksley adinerado que regresa de luchar en Las Cruzadas, endurecido por una horrible experiencia que le quita la venda sobre sus ojos para ver la verdadera naturaleza de sus líderes. Dado por muerto en combate, Robin regresa a casa para encontrarse al amor de su vida, Lady Marian (Eve Hewson) comprometida con otro hombre (Jamie Dornan). Tras el duro entrenamiento de otro veterano de guerra, el comandante Little John (Jamie Foxx), el joven arquero se suma a la revuelta en contra de la corona inglesa y el corrupto sheriff de Nottingham (Ben Mendelsohn), para lo que adoptará el alter ego de Robin Hood, manteniendo en secreto su verdadera identidad mientras defiende a los pobres y oprimidos por la tiranía del poder.

La esencia del relato es la misma, pero la historia cambia para ajustarla a los cánones del cine de acción franquiciado. La película actualiza a Robin Hood siguiendo el compás del cine bélico, los superhéroes y las películas de atracos. En su prólogo, vemos al arquero en las trincheras, sobreviviendo a bombas y lanzando flechas como si fueran ametralladoras. A su regreso a Nottingham, Robin comienza su transformación en justiciero, alzándose como una suerte de Batman de Locksley, un hombre rico que se entrena y equipa para defender a su pueblo y erigirse como un superhéroe medieval. Por último, en su recta final, Robin Hood adopta el estilo de las heist movies, con la banda de Hood ya configurada efectuando un gran golpe con el objetivo de dar su escarmiento al sheriff y un respiro a los subyugados habitantes de Nottingham.

Al igual que Rey ArturoRobin Hood cuenta con un ritmo ágil, mucha acción y toques de humor, además de una ambientación más oscura y un acabado visual que recuerda a ficciones como Peaky BlindersTaboo. Aunque se nota que el presupuesto es más bien ajustado (sobre todo en algunos efectos digitales), juega bien la carta del espectáculo, sobre todo durante su explosivo clímax, en el que se suceden las coreografías de lucha y los set pieces más ambiciosos. El diseño artístico es uno de los puntos fuertes de la película. La estética conjuga el clasicismo de los escenarios medievales con un excelente vestuario que incorpora detalles y colores modernos, que hace que parezca que los personajes van vestidos de diseño (el sheriff va a la última moda con su vanguardista chaqueta de piel gris), mientras que la banda sonora podría pertenecer perfectamente a una película de superhéroes.

Aunque aun está verde como actor, a Taron Egerton le viene como anillo al dedo esta nueva versión del personaje. El actor acomete su trabajo con gran energía, entusiasmo y convicción, exudando carisma juvenil y ese punto macarra pero tierno con el que se ganó a la audiencia en Kingsman. Además, salta a la vista que se ha entrenado a fondo, y verlo manejar el arco con tanta destreza y seguridad es uno de los mayores alicientes de la película. No se puede decir tanto del resto del reparto. Foxx se limita a hacer su trabajo y Hewson no convence, a pesar de que su Marian es reconfigurada como mujer de acción y férreas convicciones que lucha por su pueblo, en lugar de la típica damisela en apuros. No ayuda que en su trama romántica con Robin no salten chispas. Mucho mejor Mendelsohn, cuya sola presencia hace que el sheriff sea un villano convincente.

Dejando al margen el debate sobre la necesidad de otra versión de Robin Hood, esta nueva iteración cumple su cometido. Entretiene, es dinámica, da la talla en las escenas de acción y merece la pena aunque sea solo por ver a Egerton disparando flechas (directo al corazón) como si no hubiera mañana. Está claro que la película está concebida como el primer capítulo de una saga, un preámbulo sobre cómo se forjó la leyenda de Robin y su banda de proscritos del Bosque de Sherwood. Por eso su final abre tramas para potenciales secuelas, confiando en que la audiencia moderna quiera saber cómo continúa la historia, aunque esto le haga perder autonomía narrativa. En Robin Hood, el forajido encapuchado de Nottingham vuelve a representar la unión del pueblo contra la tiranía y la corrupción del poder, y ahí es donde encuentra su justificación para contar la misma historia otra vez, en cómo sus ideales siguen siendo necesarios en nuestros tiempos.

Pedro J. García

Nota: ★★★

American Horror Story – Apocalypse: Regreso al futuro

Con ocho temporadas ya en su haber, American Horror Story es una de las mayores instituciones e impulsoras de la nueva antología televisiva. La serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk regresa cada otoño puntual a la cita con sus entregados fans, a los que no les importa las veces que la serie los ha decepcionado o se ha desinflado después de un inicio prometedor. Después del declive que empezó a experimentar con Freak Show Hotel y la división que provocaron las diferentes (y en mi opinión infravaloradas) Roanoke Cult, AHS ha vuelto a sus raíces con uno de los mayores eventos televisivos del año, el crossover entre dos de sus temporadas más populares, Murder HouseCovenAHS Apocalypse es la temporada de los fans, la que recompensa su fidelidad incondicional dándole lo que más deseaban.

Con los primeros dos episodios de AHS Apocalypse, Murphy y Falchuk empezaban despistando. La temporada comenzaba con el fin de mundo, literalmente, planteando un futuro postapocalíptico en el que los supervivientes son en su mayoría mujeres y homosexuales (gracias por tanto), y una trama que no era exactamente lo que nos imaginábamos al pensar en ese prometido crossover. Tras esta suerte de prólogo, el tercer capítulo daba un giro para revelarse como lo que era realmente: una secuela directa de Coven, con elementos temáticos y personajes de Murder House entrelazados. Los gays y las mujeres seguían dominando la temporada (como toda la serie), y esta arrancaba de verdad con la fantasmagórica aparición de Cordelia Goode, Myrtle Snow y Madison Montgomery, que orquestaban el retorno de las brujas más queridas del universo AHS. Y con ellas, el humor más autoconsciente, las frases lapidarias y una mitología fantástica y folklórica que desde que fue introducida hace cinco años, necesitaba desarrollarse más a fondo.

Sin embargo, la trama central de Apocalypse no se construye solo alrededor de las brujas, sino principalmente de un personaje de Murder House, Michael Langdon. El niño diabólico que se dedicaba a masacrar niñeras ha crecido para convertirse en el mago más poderoso del mundo (conocido como el Alfa), y ahora amenaza con hacerse con el título de Supreme, nunca antes ostentado por un hombre (no hace falta explicar la metáfora). A lo largo de la temporada y a través de continuos saltos en el tiempo, asistimos al fascinante desarrollo de un ser de profunda oscuridad y ambición que ha enamorado a la audiencia. La irresistible interpretación de Cody Fern, que ya nos había conquistado meses antes con su participación en otra antología de Murphy, The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, convierte a este perturbado personaje en el plato fuerte de Apocalypse. Con permiso de las brujas, tan divinas como cuando las conocimos (o más).

La temporada ha sido concisa, y su brevedad (diez episodios, la mayoría de menos de 40 minutos) ha evitado que se vaya demasiado por las ramas o descarrile de mala manera como le ha pasado muchas veces a la serie en el pasado. Aunque precisamente por eso también da la sensación de que esta vez se han quedado cortos y podían haber hecho más. No habrían venido mal un par de capítulos más para desarrollar más a fondo ese Apocalipsis con todas sus implicaciones y preparar la batalla final épica que parecía prometer al principio; y ya de paso darle más momentos para brillar a las brujas (sobre todo a las jóvenes, que por momentos parecen figurantes).

Eso no quiere decir que la resolución, el enfrentamiento final del aquelarre contra Michael, no haya sido satisfactoria. Al contrario. Este año, Murphy y Falchuk han sabido conducir la historia hacia un único objetivo y cerrarla con eficacia y trascendencia, que ya es más de lo que se puede decir de muchas temporadas. Aunque el episodio estrella haya sido el sexto (“Return to Murder House”), donde asistimos al esperado regreso de Jessica Lange y otros veteranos de la serie, el último capítulo ha sido el broche de oro a una temporada hecha para los seguidores. Murphy ha abrazado por completo la autorreflexividad y el autohomenaje en la entrega menos independiente de la serie, donde los regresos se han sucedido uno detrás de otro para gozo de la audiencia y las diferentes partes de su caótico universo han convergido para dar lugar a una narrativa más ambiciosa e interconectada, a la que había empezado a apuntar hace unos años.

Tan irreverente, excéntrica, descarada y petarda como en sus mejores momentos, pero ahora además con la gran Joan Collins robots satanistas con la forma de Kathy BatesAHS Apocalypse ha sacado provecho de la cualidad icónica que han alcanzado sus personajes (me atrevería a decir que Myrtle Snow es el verdadero corazón de la serie) y la presencia emblema de su camaleónico reparto (Sarah Paulson y Evan Peters siguen compitiendo por ver quién interpreta más personajes diferentes en una sola temporada y una excelente Billie Lourd se postula como una de las nuevas reinas murphyanas). Con todos ellos ha llevado a cabo el mayor alarde de fan service de la serie hasta la fecha, haciendo que presente, pasado y futuro se den la mano en una celebración del poder femenino.

Apocalypse ofrece clausura, y además lo hace con emoción, pero aun así sabe a poco. La serie está renovada para (al menos) dos temporadas más, y solo queda esperar que una de ellas sea una continuación de este Apocalypse. Llegados a este punto, no puede llegar a su fin sin otro gran crossover que termine por unir definitivamente todas sus temporadas.

Ralph Rompe Internet: Actualización realizada con éxito

En 2012, Disney ofreció algo distinto a lo que nos tenía acostumbrados con sus largometrajes animados, una película esencialmente moderna, cuya historia se vinculaba a la tecnología y los videojuegos. Con Rompe Ralph, el estudio se distanciaba de los cuentos de hadas para narrar la historia de una amistad improbable, ambientada en el mundo interior de las máquinas de un salón recreativo. Seis años después, regresamos a este universo de píxeles y bits para reencontrarnos con Ralph y Vanellope en una nueva aventura que se atreve a adentrarse en terreno inexplorado: Internet.

En Ralph Rompe Internet, Vanellope (Sarah Silverman) está cansada de su rutina diaria en Sugar Rush, por lo que Ralph (John C. Reilly) decide crear para ella un nuevo circuito en el videojuego. Los loables intentos de Ralph por animar a su amiga acaban en desastre cuando el volante del juego se rompe y la máquina tiene que ser desenchufada. Sin hogar propio, Vanellope se introducen con Ralph en el inexplorado y expansivo mundo de Internet a través de un router wi-fi para encontrar un repuesto del volante, misión que será mucho más complicada de lo que esperaban. Dentro de la red de redes se toparán con personajes de lo más pintoresco que les echarán una mano, entre ellos una temeraria piloto de carreras callejeras llamada Shank (Gal Gadot) y la empresaria Yesss (Taraji P. Henson), algoritmo de la web donde están todos los vídeos y memes de moda, BuzzTube.

Ralph Rompe Internet recoge todas las tendencias, hábitos y programas esenciales de Internet en un universo casi imposible de abarcar en su totalidad, en el que haría falta pausar cada frame para ver bien todos los guiños, cameos y marcas que rodean a los protagonistas. El constante bombardeo de imágenes marca el ritmo acelerado de una película muy dinámica, llena de acción y con una trama que no para (solo da un bajón en el pre-clímax). Se pueden detectar en ella trazas de Ready Player One y, por supuesto, Emoji: la película, con la que tiene mucho en común a pesar de pertenecer a ligas radicalmente distintas, pero Ralph Rompe Internet se eleva fácilmente por encima de ambas.

Además de una aventura de acción con énfasis en las carrerasRalph Rompe Internet se construye como un comentario sobre la manera en la que usamos Internet a diario para llevar a cabo todas nuestras actividades en la vida real. Afortunadamente, no hay exceso de moralina ni crítica a la hiperconectividad en ella (los avatares de los humanos conectados tienen la cabeza cuadrada, pero esto no es necesariamente un juicio contra ellos/nosotros), sino un retrato de Internet en su mayor parte positivo, aunque no oculte del todo su lado oscuro (los insoportables pop-ups, el spam, la negatividad de los comentarios en redes sociales, la dark web…). Lo peor de este viaje de Disney a las entrañas de Internet es la abundancia de product placement y autopromoción (inevitable, por otro lado), que por momentos convierte la película en una sucesión de microanuncios sobre las maravillas de diferentes webs y aplicaciones y del Disneyverso (reflejado en la visita de Vanellope a Oh My Disney).

Lo bueno es que, más allá de los guiños a las modas, juegos, celebridades cibernéticas o el funcionamiento de Internet en general (plasmado de forma muy ocurrente y eficaz), Ralph Rompe Internet se sustenta sobre la emoción y la conexión humana. En el centro de la historia se encuentra la relación de Ralph y Vanellope, que evoluciona para ofrecernos un mensaje precioso y sorprendentemente maduro sobre la amistad. Ralph es un hombre adulto feliz en la comodidad de su día a día, mientras que Vanellope necesita nuevas (y fuertes) emociones, concretamente las que le aportan el peligroso videojuego Slaughter Race. El descontento de Vanellope y la reticencia de Ralph dan lugar a una recta final en la que la película nos habla de cómo a veces tenemos que dejar marchar a un amigo para conservar la amistad a largo plazo, y cómo podemos convertirnos en auténticos monstruos con tal de no perder lo que tenemos. Es un mensaje adulto, emocionalmente complejo y no exento de tristeza que aporta el corazón en una película donde el sobreestímulo visual amenaza con dejarlo en segundo plano.

Tampoco podemos obviar la pieza estrella de la película, la reunión de las princesas Disney. Esta escena ha sido la más destacada durante la promoción, y no es para menos. El encuentro de Vanellope con las princesas es épico. La secuencia funciona a todos los niveles, avanza la trama, es divertida, profundamente meta y refleja la tendencia actual de Disney a la autocrítica, aludiendo con mucho sentido del humor a los tópicos de las princesas, sus marcadas personalidades y las críticas a las que siempre se ha tenido que enfrentar el estudio. Aunque narrativamente sea solo una parada más en la misión de los protagonistas, la aparición de las princesas eleva la película, dejando con ganas de verlas interactuar más.

A pesar de ser una buena secuela, Ralph Rompe Internet carece de la cualidad atemporal de otras películas Disney. Es inmediata, actual y captura bien el momento que vivimos, pero su efecto probablemente no será tan duradero como el de otras. Lo que sí se queda grabado es la lección que ofrece tanto a niños como adultos. Aunque puede resultar excesivamente machacona en su metáfora de la búsqueda constante y su mensaje sobre no quedarse estancado, Ralph Rompe Internet acierta de lleno con sus conclusiones: que tengamos intereses distintos no tiene por qué separarnos para siempre, y que algunos se conformen con la rutina y otros necesiten algo más no es necesariamente un impedimento para seguir siendo amigos. Precisamente Internet brinda la solución a esta dificultad que la vida nos pone para mantener algunas amistades, el lugar donde estar en contacto y no perder lo que tenemos.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Animales Fantásticos – Los crímenes de Grindelwald

Hasta cierto punto, Animales Fantásticos y dónde encontrarlos era una película independiente y cerrada. A pesar de los planes que J.K. Rowling tenía para la nueva franquicia del universo mágico de Harry Potter, si la precuela no hubiera rendido lo suficiente en taquilla y no se hubieran hecho más entregas, habría quedado como una curiosidad autoconclusiva. Pero claro, estamos hablando de una de las sagas más populares de todos los tiempos, la Star Wars de las nuevas generaciones. Por supuesto que iba a continuar, y que ese capítulo inicial iba a dar paso a una nueva serie de películas que, como ocurrió con la saga original, se volverían cada vez más complejas y oscuras.

Tras la introducción al mundo de Newt Scamander (Eddie Redmayne), ambientado en los años 30Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald se adentra por completo en la trama que la primera película adelantaba en su desenlace: la amenaza de Gellert Grindelwald, villano interpretado por Johnny Depp que según muchos podría ser más poderoso y malvado que el propio Voldemort. En esta segunda entrega, las criaturas mágicas del título siguen siendo importantes, pero ya no son el foco de la historia, que se ramifica considerablemente con nuevos personajes y nuevas revelaciones sobre los que conocimos hace dos años, y lo que creíamos saber de la saga original.

Al final de la primera parte, Grindelwald era capturado por el MACUSA (Congreso Mágico de los Estados Unidos de América). Los crímenes de Grindelwad arranca con su fuga de la prisión, una secuencia de apertura con la que la película empieza por todo lo alto (literalmente). Una vez en libertad, Grindewald se dedica a reunir seguidores en el mundo de los magos, ocultándoles sus verdaderos planes: crear una legión de hechiceros purasangre con la que gobernar sobre el mundo no mágico. Para detenerlo, un joven Albus Dumbledore (Jude Law) acude a su antiguo alumno, Newt Scamander, que viaja hasta París, donde tratará de encontrar a Credence (Ezra Miler) para intentar impedir el ascenso de Grindelwald con la ayuda de viejos conocidos y nuevos aliados.

En Los crímenes de Grindelwad, Rowling (que vuelve a firmar el guion) y el director David Yates empiezan a construir algo grande con la saga. La relativa sencillez de la primera parte da paso a un relato más ambicioso y retorcido que, sin embargo, por momentos se vuelve en su contra. La autora se ha encargado de llenar la película de guiños y sorpresas para los fans de Harry Potter, que vibrarán especialmente con el regreso a Hogwarts (para conocer cómo fue el pasado) y la reaparición de algún que otro personaje conocido (en su versión joven), pero se ha olvidado de escribir una historia coherente. Con Los crímenes de Grindelwald, Rowling demuestra que, por muy bien que se le dé la literatura, escribir guiones no es lo suyo.

Como no podía ser de otra manera, la película no escatima en imaginación, creatividad y espectáculo, pero falla en el departamento más importante, construyendo una trama confusa y embarullada en la que la autora sale de todos los berenjenales en los que se mete a base de continuidad retroactiva. Por otro lado, y aunque esto pueda sonar absurdo, la película abusa de la magia. Me explico. Rowling muestra una dependencia absoluta de los hechizos como deus ex machina para solucionar sus entuertos narrativos, un truco (nunca mejor dicho) que acaba cansando y demuestra falta de recursos.

Los crímenes de Grindelwald abre multitud de frentes de cara a desarrollarlos en los siguientes capítulos, ampliando así este universo pasado para acercarlo y conectarlo cada vez más al “futuro” de Harry Potter. Uno de ellos es la historia de Credence, que se revela como uno de los personajes más importantes de las precuelas (si no el que más). Otra sería la (polémica) relación entre Dumbledore y Grindelwald, que tal y como desveló Rowling en redes sociales, esconde tintes románticos. Y la palabra clave es “esconde“, porque si bien hay varias escenas que aluden a esta relación, nunca lo hacen directamente, confiando en el que el espectador que posee información al respecto externa a la película, entienda lo que nos están diciendo entre líneas. Es decir, otra oportunidad perdida. A pesar de esto, la elección de Jude Law como Dumbledore es una de las más acertadas de la película, y su trama promete de cara a las próximas películas.

En general, a nivel interpretativo tampoco sale mal parada. Redmayne rebaja los mohínes mientras Newt va saliendo de su cascarón, y tanto el reparto que vuelve como las nuevas adiciones realizan un trabajo correcto (mención especial a la omnipresente Zoë Kravitz, muy emotiva en el papel de Leta). En cuanto a Depp, hay que decir que, polémicas ajenas a la película aparte, da la talla como Grindelwald, huyendo también de los manierismos y la afectación de su papeles más recientes para dar vida a un villano más comedido en el plano físico, pero de presencia amenazante y convincente como alegoría de un dictador. Con él, la saga apunta a una revisión de la Segunda Guerra Mundial con la magia como telón de fondo que, bien desarrollada, puede ser interesante.

También hay que elogiar de nuevo el despliegue técnico y visual, así como el estupendo diseño de producción y vestuario, que se vuelve más variado y estimulante con las nuevas localizaciones (incluyendo bastantes influencias asiáticas, para contentar al mercado cinematográfico más potente del mundo). El principal problema de Los crímenes de Grindelwald no es estético, claro, es su ritmo irregular y la poca claridad con la que está contada. Especialmente durante su recta final, Rowling se pierde en las sobrexplicaciones, el bombardeo de información y los giros argumentales que más que aclarar, confunden, espesan la historia y desdibujan a los personajes. Hay una escena en concreto que tiene lugar en un panteón familiar que hará que más de uno se rasque la cabeza intentando seguir el hilo de lo que la autora nos está contando, y un giro sorpresa final que probablemente dividirá a la audiencia entre el asombro y la indignación. Para bien o para mal, Rowling lo ha vuelto a hacer.

Los crímenes de Grindelwald está hecha especialmente para los fans, pero incluso el espectador más indulgente no es inmune a la caprichosa escritura de la autora. Al final, tras un intenso clímax, la película queda como un capítulo mal contado que sirve sobre todo para poner los cimientos del futuro, es decir, otro preámbulo de algo que parece que va a llegar y no llega, lo cual no deja de resultar frustrante a pesar de ser conscientes de que solo es el comienzo de la historia. Como siempre, habrá que tener paciencia y confiar en que los errores sean subsanados en futuras entregas. Pero algo falla cuando, para disfrutar de una saga haya que perdonar tanto.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Mandy: El viaje lisérgico de Nicolas Cage

Hasta hace aproximadamente una década, Nicolas Cage era uno de los actores más populares y ubicuos del mainstream, pero tanto su carrera como su imagen pública se han ido transformando en algo inclasificable. Ya es un tópico, pero Nicolas Cage se ha convertido en un género en sí mismo. Excéntrico y autoconsciente en la elección de sus proyectos más recientes, el actor se ha labrado su reputación como icono del cine raro, resultando en un renacimiento artístico muy distinto al de Liam Neeson o Keanu Reeves, que se han reinventado como héroes de acción.

Cage ha abrazado al público del fantástico y la serie B con los brazos abiertos, potenciando así su naturaleza de personaje extravagante, cuya mera presencia ya desata vítores enfervorizados entre los aficionados al cine de género. Tras el desvarío irreverente y violento de Mom and Dad, a nueva Era Cage alcanza su máxima expresión con Mandy, de Panos Cosmatos, una auténtica experiencia sensorial que ha recibido el beneplácito más entusiasta por parte de la crítica y los fans del cine fantástico.

La historia gira en torno a Red Miller (Cage), un leñador que vive alejado de la civilización en medio del bosque junto a su mujer, Mandy (Andrea Riseborough). Su apacible existencia se ve interrumpida por la llegada de una secta ambulante, cuyo líder desarrolla una obsesión insana con Mandy. Dispuesto a hacerse con ella, él y su “familia” invocan a una banda de motoristas del infierno para raptarla. Es entonces cuando Red decidirá enfrentarse a la secta y sus secuaces demoníacos armándose hasta las cejas, para a continuación sumirse en una espiral de sangrienta venganza de la que no estará dispuesto a salir hasta acabar por completo con sus enemigos.

Mandy es dos películas en una. La primera mitad se podría describir como una tensa y alucinógena cinta de terror sobrenatural, mientras que la segunda se transforma en un thriller ultraviolento de venganza. Ambas partes juntas conforman la definición de “película de medianoche“, una pesadilla febril, intensa, extraña con espíritu heavy metal y un Nicolas Cage desatado en su recta final, en la que Cosmatos sube el volumen tanto de la acción como del humor. El resultado es una película que parece directamente sacada de un videoclub de los 80.

Lo más destacable de Mandy es sin duda su envolvente e inquietante atmósfera, que sume al espectador en un estado onírico del que se sale a golpe de motosierra. En este sentido juega un papel esencial la brillante banda sonora del tristemente fallecido Jóhann Jóhannsson (Sicario, La llegada), que crea un estado de ánimo permanente subrayando la intensidad y el desconcierto de lo que estamos viendo en pantalla. También marca un ritmo muy pausado, que puede volverse bastante pesado, sobre todo durante el primer acto.

Llegados al clímax de Mandy, el Nicolas Cage más loco y desenfrenado se ha hecho con la película, para descender a los infiernos bautizado en sangre. Aquí es donde Cosmatos descansa demasiado en el chiste fácil que la sola presencia del actor en su faceta más desquiciada proporciona. “Mira, Nicolas Cage ha cogido una sierra mecánica”, “Mira, Nicolas Cage se ha encendido un cigarro con ese cadáver en llamas”, “Mira, Nicolas Cage ha empuñado una espada legendaria“. Tiene su gracia, claro, pero no tanto mérito. Al final, Mandy se convierte en un festival violento de one-liners que opta por lo predecible. Es impactante, turbadora, delirante… hasta que decide darle al público justo lo que se espera de una película de Nicolas Cage.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Millennium – Lo que no te mata te hace más fuerte

El fenómeno literario Millennium ha creado un icono de la ficción y un personaje de culto en Lisbeth Salander. La hacker justiciera sueca regresa a las pantallas en una nueva entrega cinematográfica, que llega siete años después de su primera adaptación norteamericana, dirigida por David Fincher. En Millennium: Lo que no te mata te hace más fuerte (The Girl in the Spider’s Web), Fede Álvarez (No respires) sustituye como director a Fincher (que permanece como productor en la franquicia) y Lisbeth cambia de rostro. Después de haber tenido las facciones de Noomi Rapace y Rooney Mara, el personaje pasa a manos de la mismísima reina Isabel II, Claire Foy.

Sin embargo, todos estos cambios no conllevan un remake o reboot absoluto de la saga, sino más bien una continuación con relevo “generacional”, algo parecido a lo que ocurre con las películas de James Bond. En este caso, estamos ante la primera adaptación directa del best-seller The Girl in the Spider’s Web, cuarto libro de la saga creada por Stieg Larsson que escribió David Lagercrantz tras la muerte del autor en 2004. Es decir, en lugar de presentarnos una historia de orígenes, la película parte de la ventaja de que Lisbeth Salander ya se encuentra instalada en el imaginario colectivo para contarnos un nuevo capítulo de su vida.

Y este capítulo viene fuertemente marcado por el pasado, ya que el nuevo caso de Lisbeth le llevará a revisitar su oscura infancia, empañada por su tumultuosa relación con un padre abusivo y una hermana a la que dejó con él. Salander vive en la clandestinidad absoluta hasta que se ve forzada a salir de su escondite para evitar que un programa informático con el que se pueden controlar todas las armas nucleares del globo caiga en manos equivocadas. A esta misión se suma el regreso de los fantasmas del pasado en forma de su hermana melliza, Camilla (Sylvia Hoeks), de la que Lisbeth no volvió a saber nada desde que escapó de casa cuando aun eran niñas.

Lo que no te mata te hace más fuerte convierte a Lisbeth Salander en una suerte de antiheroína moderna inmersa en una misión a la que perfectamente se podría haber enfrentado el agente 007. De esta manera, la saga va separando sus raíces del thriller nórdico, amplificando la acción y la naturaleza heroica de la protagonista, una justiciera defensora de mujeres y castigadora de hombres maltratadores, como si hubiera sido diseñada para la era #MeToo. La recalibración tiene sentido, tanto desde el punto de vista sociocultural como comercial, pero un guion poco trabajado (basado en un material considerado menor por los fans de la saga) dificulta los esfuerzos por relanzar Millennium de forma interesante.

Álvarez realiza un trabajo notable tras las cámaras, sacando provecho de lo que es evidentemente un presupuesto más ajustado que el que tuvo Fincher a su disposición en 2010. El director se vuelve a mostrar muy solvente filmando potentes secuencias de acción que se benefician de su eficiencia técnica y construyendo planos que evidencian su buen gusto para lo visual. Sin embargo, bajo este cuidado y elegante envoltorio no hay demasiada profundidad, sino más bien una trama medio cruda y genérica que apenas desarrolla psicológicamente a sus personajes y cuyos agujeros y descuidos hacen que sea más difícil entrar en la historia.

La película sale a flote gracias a la labor de Álvarez, pero sobre todo al trabajo interpretativo de Claire Foy, que levanta un material más bien limitado hasta estar a la altura del reto. No se puede decir lo mismo de Sverrir Gudnason, el nuevo Mikael Blomkvist después de Mikael Nyqvist y Daniel Craig. El actor sueco compone una versión del personaje completamente plana y falta de carisma, que además no pinta nada en la película (Lisbeth no lo necesita, y nosotros tampoco). Mucho más interesante es la incorporación de Sylvia Hoeks (la revelación de Blade Runner 2049) como Camilla Salander, aunque tampoco dé tiempo a profundizar demasiado en el personaje (el metraje de Blomkvist debería haber sido para ella).

Lo que no te mata te hace más fuerte habla de cómo el pasado nos define y nos estanca, de cómo moldea nuestras relaciones y nos convierte en quiénes somos, así como de la necesidad de romper con él para seguir avanzando. Con ella conocemos a una nueva Lisbeth Salander con mucho potencial de futuro, interpretada por una actriz comprometida y camaleónica que desprende talento por los cuatro costados. La película no está a su altura, pero ella hace que merezca la pena.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: El Cascanueces y los Cuatro Reinos

El Cascanueces es uno de los cuentos de Navidad por excelencia y uno de los ballets más populares de todos los tiempos. Era cuestión de tiempo que Disney se animase a adaptarlo en forma de superproducción para toda la familia. El cascanueces y los cuatro reinos (The Nutcracker and the Four Realms) está dirigida a cuatro manos por Lasse Hallström (Chocolat) y Joe Johnston (Capitán América: El primer Vengador), quienes ponen sus respectivos estilos como cineastas al servicio de una película a medio camino entre el cuento de hadas clásico y la aventura de acción de la nueva era de la Casa del Ratón.

El cascanueces y los cuatro reinos es una adaptación libre del cuento El cascanueces y el rey de los ratones de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann y el mítico ballet de Tchaikovsky que este inspiró.  La película está protagonizada por Mackenzie Foy (la hija de Bella y Edward en Crepúsculo y de Matthew McConaughey en Interstellar), que da vida la inquieta e inteligente Clara, y cuenta en su reparto con grandes nombres como Morgan Freeman, Helen Mirren y Keira Knightley.

Como regalo de Navidad, Clara recibe una caja en forma de huevo que perteneció a su madre. Para encontrar la llave que la abre se adentra en una extraña dimensión mágica donde descubrirá todo tipo de maravillas y peligros. Allí conoce a un soldado llamado Phillip (Jayden Fowora-Knight), que la ayudará en su misión, un ratón revoltoso perteneciente a un monstruoso ejército de roedores que se ha empeñado en robarle la llave, y los líderes de los Cuatro Reinos, entre los que se encuentra el Hada de Azúcar (Keira Knightley). Clara se dirigirá al Cuarto Reino, donde se enfrentará a la temible Madre Jengibre (Helen Mirren) para recuperar su llave y restaurar el orden en este mundo paralelo.

Con El  Cascanueces y los cuatro reinosDisney reinventa el conocido relato al estilo de su versión live-action de Alicia en el País de las MaravillasLas crónicas de NarniaEl mago de Oz, todas ellas historias protagonizadas por jóvenes que abandonan su realidad para visitar un reino de fantasía. Johnston y Hallström realizan un espectáculo barroco, azucarado y colorista incorporando la tradición teatral al estilo hiperdigital del Disney más reciente, aunque el ballet queda más como un elemento anecdótico y puntual (representado por la aparición especial de la bailarina Misty Copeland) que como algo predominante. En su lugar, la película se centra en las aventuras de Clara en los Cuatro Reinos y su lucha contra el mal para salvarlos, acentuando la fantasía con abundante imaginación, (sobre)estímulo visual y algún que otro toque de oscuridad (los polichinelas de Madre Jengibre son bastante siniestros).

El film aúna el Disney de toda la vida (no falta la figura paterna ausente o la lección sobre encontrar la fuerza en el interior) con el mensaje de empoderamiento femenino y la mayor diversidad racial que ha caracterizado a los títulos recientes de la compañía. Mackenzie Foy realiza un notable trabajo personificando estos valores y convirtiéndose en una heroína Disney tan clásica como moderna, una niña valiente y resoluta sin dejar de ser una princesa de las de toda la vida. La joven actriz tiene sentimiento y presencia, lo que ayuda a que el resto de la película se sostenga sobre sus hombros. Por desgracia, a su alrededor se encuentra un elenco de estrellas que supone uno de los eslabones más débiles de la película: Freeman y Mirren solo están ahí para aportar pedigrí y Keira Knightley nunca ha estado tan mal. Su Sugar Plum Fairy es carne de Razzie.

A pesar de su irregularidad, El Cascanueces y los cuatro reinos no llega al nivel de despropósito de otra película de Disney reciente con la que sin duda también será comparada, Un pliegue en el tiempo. En este caso estamos ante un producto más competente en todos los aspectos, una propuesta que no arriesga pero al menos funciona según lo que se espera de ella, con un envoltorio de lujo (salvo algún que otro croma) en el que sobresalen un suntuoso diseño de producción y vestuario y, por supuesto, la eterna partitura de Tchaikovsky, reinterpretada y aderezada por James Newton Howard. Si bien las licencias que se toma para homogeneizar (o disneyficar) El Cascanueces y convertirla en Alicia en el País de las Maravillas indignarán a más de uno, la película cumple eficazmente su propósito como entretenimiento familiar para inaugurar la temporada navideña. Aunque sea en Halloween.

Pedro J. García

Nota: ★★★