Crítica: El árbol de la sangre

Tus muertos. Los que sufrieron una guerra y pasaron hambre para que tú tengas ADSL y un sueldo indigno. Tu madre, tu padre, tu abuela, tu abuelo, tu bisabuela… y así hasta Lilith. Tus antepasados. Gracias a los que tienes un trasero resultón y unos remolinos indomables en tu cabellera. Pero además de esas taras o ventajas físicas, también hemos heredado de ellos su bagaje emocional. Todos somos producto de nuestras anteriores generaciones y únicamente comprendiendo ese legado, podemos enfrentarnos a nuestro presente. Ante ese profundo ejercicio introspectivo coloca Julio Medem (Los amantes del círculo polar) a todos los personajes de su última película, El árbol de la sangre y ya veremos quién sale escaldado ante tamaño experimento.

Rebeca (Úrsula Corberó, La casa de papel) y Marc (Álvaro Cervantes, Carlos I, Rey Emperador) son pareja. Se conocieron casualmente en un acontecimiento familiar y la fuerza del destino les volvió a unir en otro bodorrio más, en los estudios universitarios… y así hasta el día de hoy. Ana y Otto, perdón, Rebeca y Marc se adoran y morirían el uno por el otro. Tanto que se han propuesto plasmar su gran historia de amor en un libro, que van a escribir a cuatro manos en un antiguo caserío familiar. Han decidido no dejar ningún cabo suelto y dejar que los secretos familiares dejen de serlo de una vez por todas. Así que después de abrazar un árbol, se ponen manos a la obra para escribir la gran historia de amor de sus progenitores. La Maca (Najwa Nimri, con la que se reencuentra diecisiete años después de trabajar por última vez en Lucía y el sexo) es una estrella punk embarazada de no se sabe quién Víctor (Daniel Grao, La catedral del mar) es un fan reconvertido en ángel salvador que acompañará a Rebeca durante los episodios esquizofrénicos de su madre. Nuria (María Molins, El bosque) y Amaia (Patricia López Arnaiz, La otra mirada) son las madres de Marc, pero antes de encontrarse, las dos bebieron (literalmente) los vientos por Olmo (Joaquín Furriel, Cien años de perdón), antiguo matón del padre de Nuria y hermano de Víctor. Casualidades de la vida… o no.

Las relaciones de El árbol de la sangre son más enrevesadas y complicadas que las que podríamos encontrar en el episodio ciento cuarenta y siete de una telenovela venezolana. Pero el problema no es que no resulten creíbles, sino el empeño para nada velado del autor hacerse el listillo, en hacerlas más y más complejas, con un afán de sorprendernos a todos con una pirueta final que termine por unirlas a todas. Pero, así como años ha llegábamos a alabar esos deus ex machina, hace mucho tiempo que Medem perdió el temple y su capacidad para hacernos soñar, por lo que ahora no hace sino el más estrepitoso ridículo, llegando a niveles de Caótica Ana. Él que tan bien había sabido sortear el absurdo en sus primeras obras, no hace sino claudicar ante ello. ¿Polígonos amorosos de innumerables vértices unidos a tramas de mafias georgianas con un puntito de pasado franquista? Todo eso y más en las dos horas y pico de este El árbol de la sangre.

Lejos de emocionarnos con tanta carga dramática, lo único que Medem consigue es que nos pongamos en la misma tesitura que sus protagonistas y comencemos a pensar en nuestro pasado. Pero no tanto en nuestros antecesores, sino en nuestra relación con sus obras anteriores. ¿Éramos conscientes de la toxicidad que escondían sus preciosas historias de amor?, ¿acaso no lleva cosificando a el cuerpo femenino desde tiempos inmemorables? Por lo menos antes nos engañaba con refinados envoltorios (culpa de las geniales composiciones de Alberto Iglesias, ahora sustituido por Lucas Vidal) e interpretaciones de altura (Emma Suárez, Silke, la propia Najwa Nimri o el reparto femenino al completo de Lucía y el sexo). Ahora ya ni eso. Carente de ideas, Medem se dedica al autohomenaje, lo cual no sería un crimen o un error (ahí está Volver de Pedro Almodóvar como ejemplo), pero el realizador vasco no da una. No hay película de su filmografía que no aparezca reflejada en esta El árbol de la sangre, desde los malignos calentones automovilísticos de La ardilla roja, los dimes y diretes de una joven pareja condenados a encontrarse a lo Los amantes del círculo polar, la representación  de sexo lésbico para que el ojo del hombre heterosexual se recree como ocurría en Habitación en Roma, la pasión por lo prohibido Tierra, los polvos acuáticos de Lucía y el sexo, las trágicas operaciones de ma ma, la esquizofrenia de Uno por ciento, esquizofrenia (documental que produjo y montó), la vergüenza ajena que sentí al ver Caótica Ana… ¡si hasta hay un guiño a La pelota vasca cuando la película se acerca a temas de política vasca!

Corberó y Cervantes hacen lo que pueden con unos personajes extremadamente planos como son los dos protagonistas. Especialmente encomiable es el trabajo de la omnipresente actriz, cuyo rostro no se quiebra al tener que lidiar con el personaje con el  comportamiento más ilógico de la temporada (la idealización de su padre adoptivo, las ganas de follarse a su pseudotío… ¡Ese final!), sino que además tiene que pasarse en pelotas en unas cuantas escenas sin ningún tipo de justificación. Y no, con la milésima de segundo de desnudo frontal de Álvaro Cervantes no se compensa esa decisión tan machista. Aunque ya estemos a punto de terminar el año, Medem parece no saber que estamos en 2018. Puede que ni siquiera sepa que estamos en pleno siglo XXI.

Después de unos cuantos años acertando de pleno y habiéndonos regalado estos días una de las mejores interpretaciones del año (Quién te cantará), Najwa Nimri pincha en su interpretación de Maca, aunque puede que gran parte sea una vez más Medem, por no saber hacer consistente un personaje tan potencialmente interesante. Caso aparte es el desaprovechamiento de cuatro grandes de nuestro cine como Ángela Molina (Ese oscuro objeto del deseo), Josep María Pou (El reino), Luisa Gavasa (La novia) y Emilio Gutiérrez Caba (La comunidad), en el papel de abuelos y abuelas de Rebeca y Marc. Puede que entre los cuatro no digan más de doce frases en las numerosas escenas en que aparecen, y únicamente en el caso de Molina está justificado ese silencio.

El cacareado retorno de Julio Medem ha terminado por ser otra losa en su carrera. Nada en El árbol de la sangre emociona, únicamente exaspera y provoca vergüenza ajena confundiendo una vez más lo poético con el absurdo.

David Lastra

Nota: ★

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