Crítica: Mary y la flor de la bruja

Después del enésimo anuncio de (falsa) retirada del maestro Hayao Miyazaki tras el estreno de El viento se levanta, los amantes del anime sentimos una punzada en mitad de nuestros corazones. Un dolor que se fue disipando rápidamente al ver que, a pesar del gran vacío que iba a dejar el padre de El viaje de Chihiro, seguiríamos disfrutando de nuevas creaciones de otros cineastas de calidad como Mamoru Hosoda (Wolf Children) o Makoto Shinkai (your name.). Incluso el maestro Isao Takahata (La tumba de las luciérnagas) nos regaló una preciosa El cuento de la princesa Kaguya antes de despedirse de nosotros para siempre.

Junto a estos directores más curtidos, otro nombre comenzó a despuntar: Hiromasa Yonebayashi. Su debut en largo con su tristona y deliciosa Arrietty y el reino de los diminutos fue toda una revelación, que terminó por convertirse en toda una realidad con la llegada de la pequeña y bonita El recuerdo de Marnie, con la que confirmó que su capacidad de emocionar no era flor de un día. Yonebayashi es el encargado de inaugurar con Mary y la flor de la bruja la producción fílmica de Studio Pocno. Nuevo estudio de animación formado por gran parte de los animadores y cabezas pensantes de las últimas obras de Studio Ghibli. Este es el mundo de Mary Smith, donde las niñas son brujas vengadoras y los niños pequeñas damiselas en apuros… o a lo mejor no tanto.

Aburrida como una ostra, así sobrevive Mary como puede a los últimos días de verano en casa de su tía. No es que el ambiente sea hostil, todo lo contrario, pero el tedio domina las horas diurnas… y las nocturnas también. Todo cambia de buenas a primeras, cuando tras el penúltimo picnic del verano, Mary comienza a seguir a un gato mágico que cambia de color (o no), que cual conejo de Alicia le guiará hasta unas flores bastante peculiares. Sin comerlo, ni beberlo (pero sí tocarlo), aquí comienza la transformación de una malospelos pelirroja en una poderosísima bruja preadolescente. Tamaña es su maestría que no tarda mucho en ser reclutada por Madam Mumblechook para su Hogwarts particular.

Con una excelente escena inicial (el incendio del laboratorio mágico es una de las mejores secuencias de acción en animación de la última década), Mary y la flor de la bruja nos mete en su zurrón y hace que las ansias por estar ante un nuevo clásico se disparen. ¿Estará Mary a la altura de otras heroínas como Ponyo o Mononoke? ¿Estamos ante la nueva Nicky? La respuesta ante ambas cuestiones es la misma: no. No se asusten, el único problema es que Mary y la flor de la bruja no está a la altura de lo que esperamos de los magos que trabajaron en Ghibli (y sus hijos).

La mayor fortaleza de la cinta es su liviandad a la hora de contarnos la historia. Los acontecimientos se suceden de manera rápida, haciendo que el espectador los viva como si de una película de fantasía clásica se tratase. Mary entretiene y no aburre, pero tampoco fascina, ni arrebata. Yonebayashi opta (deliberadamente o no) por trivializar las aventuras de esta pequeña bruja, despojándola del esqueleto de diferentes niveles de interpretación al que nos tienen acostumbrados sus antiguos compañeros de Ghibli. Algo en lo que pensábamos él era bastante docto, viendo la maestría que había profesado a la hora de mostrar los últimos estertores de inocencia en Arrietty o la nostalgia de Marnie.

Otro pequeño resbalón en Mary es el diseño y acabado de los personajes. No en el caso de la niña protagonista, ya que sus facciones y gesticulación son bastante notables, sino en la de los apagados personajes secundarios, más cercanos a la caricatura de antiguos conocidos que a la originalidad que deberíamos esperar. Completamente desdibujados, planos y faltos de carisma. Ausencia de carisma que también es patente en el personaje protagonista. Es muy poco probable que Mary termine convirtiéndose en un modelo de conducta al uso, ya que no transmite enseñanza alguna. Ni valores feministas, ni machistas, ni ecológicos, ni capitalistas, ni nada. Más flagrante es la deficiente utilización de efectos sonoros (una de las excelencias de Arrietty) o la incapacidad de hacer visualmente apetitosa una comida. Un crimen imperdonable.

Mary y la flor de la bruja es un entretenido divertimento que abusa de lugares comunes hartamente conocidos por cualquier espectador de anime. Bastante Miyazaki, algo de Takahata y hasta un poco de Katsuhiro Otomo. Primer strike para Studio Pocno y Yonebayashi.

David Lastra

Nota: ★★★

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