Crítica: Mentes poderosas

Mentes poderosas (The Darkest Minds) es la nueva propuesta de fantasía juvenil que llega desde Hollywood. La directora de animación Jennifer Yuh Nelson (Kung Fu Panda 2 y 3) da el salto a la acción real con esta película basada en la saga literaria escrita por Alexandra Bracken, que cuenta con los productores de Stranger Things y La llegada, Dan Cohen, Dan Levine y Shawn Levy.

La película se ambienta en un futuro post-apocalíptico en el que el 98% de la población infantil de Estados Unidos ha muerto a causa de un extraño virus, y los supervivientes son declarados una amenaza por el gobierno debido a sus misteriosas habilidades. Detenidos y encerrados en campos de trabajo, los adolescentes son catalogados y segregados según el nivel de amenaza que suponen sus poderes (por ejemplo, verde para los más inofensivos, naranja para los más peligrosos).

Ruby (Amandla Stenberg – la pequeña Rue de Los Juegos del Hambre) es una chica de 16 años que logra escapar de su encierro y se une a un grupo de jóvenes fugitivos que huyen del gobierno y los cazarrecompensas en busca de refugio seguro donde poder vivir tal y como son, sin miedo a las represalias. Sin embargo, sus enemigos les pisarán continuamente los talones, y no podrán confiar en nadie, por lo que el enfrentamiento acabará siendo inevitable, lo que llevará a Ruby a desatar el enorme alcance de sus poderes para defenderse a sí misma y a los suyos del régimen opresor que los persigue.

Por si no ha quedado claro con este resumen del argumento, Mentes poderosas es un sucedáneo de todas las distopías adolescentes que hemos visto en los últimos diez años. La película, desprovista de cualquier rasgo de originalidad, es un continuo déjà vu, con elementos que recuerdan demasiado a títulos como Los Juegos del HambreDivergenteEl corredor del laberinto, y también muchas ideas prestadas de cómics como X-Men y Runaways. La fórmula está gastada y el resultado es una obra repleta de clichés, con un estilo fotocopiado de sus antecesoras y poco que aportar al género.

Aun con todo, Mentes poderosas no es mucho peor que otras cintas parecidas. De hecho, cuenta con varios aciertos: un sólido reparto juvenil, personajes con los que uno se acaba encariñando, principalmente su protagonista (Stenberg tiene un gran futuro por delante), escenas de acción vistosas que no abusan de lo digital, proximidad en espíritu al cine teen de los 80, cierta valentía a la hora de abordar los aspectos más escabrosos de la historia y una trama que empieza mal (acelerada y con diálogos muy pobres), pero va ganando fuerza hasta ponerse interesante. El problema es que para cuando esto ocurre, la película termina abruptamente, quedando como una simple introducción alargada, con varios cliffhangers que dejan la sensación de haber visto algo incompleto y corroboran la mentalidad con la que se ha diseñado: pensando en ella como preámbulo a una franquicia antes que como una película en sí misma.

En Mentes poderosas y su protagonista hay mucho potencial. Ruby es como Eleven o Katniss Everdeen, una heroína moderna que no es totalmente consciente de quién es y qué simboliza, y que debe superar el miedo y la desconfianza en sí misma para hallar su valentía. El componente romántico resulta forzado (como casi siempre), pero su conflicto presenta un buen referente para la audiencia más joven. Lo malo es que es muy probable que nunca lleguemos a ver cómo continúa, debido a la escasa recaudación que ha obtenido en Estados Unidos (es el 11º peor estreno de una película exhibida en más de 3.000 cines en su país).

Mentes poderosas se deja ver, pero llega tarde, cuando el fervor por las distopías adolescentes ha dado paso al hastío y la indiferencia por parte de su público objetivo, que ya no parece interesado en ver la misma historia por enésima vez. ¿Será que está madurando?

Pedro J. García

Nota: ★★½

Deja un comentario

Get Adobe Flash player
Abrir la barra de herramientas