Crítica: El hombre que mató a Don Quijote

Pocas películas tienen la suerte (o la desgracia) de acumular tantísimas expectativas a lo largo del tiempo. El hombre que mató a Don Quijote (Terry Gilliam, 2018) ha estado gestándose durante 25 años con múltiples rodajes, cancelaciones, reescrituras y juicios, historias que han dado la vuelta al mundo debido a lo rocambolesco de su naturaleza y que fueron parcialmente recogidas en Lost in La Mancha (Keith Fulton y Louis Pepe, 2002), el estupendo documental sobre uno de los intentos fallidos de Gilliam de rodar la película.

Cuando hace un par de años volvieron a surgir las noticias sobre el reinicio del los preparativos para reanudar el proyecto, Terry Gilliam declaró en una entrevista que, después de tanto tiempo, había perdido totalmente la perspectiva y ya no sabía si quería terminar la película por pasión artística o por  quitarse el peso del proyecto de encima. Por desgracia, esa pérdida de perspectiva salta a la vista a lo largo de todo el metraje y acaba siendo uno de sus mayores enemigos, pues, tirando de un paralelismo tan obvio como cierto, Gilliam es un Quijote que ha sido brutalmente derrotado por el gigante que ha sido su película.

El mayor miedo que podía haber al enfrentarse al Quijote de Gilliam podría ser que no estuviera a la altura del mito forjado durante más de dos décadas, o que se hubiera quedado a medio gas, pero incluso estas posibilidades habrían sido una mejora respecto al pequeño desastre que es el resultado final. Empezando por la historia, se advierten varios cambios respecto a lo que había trascendido del argumento inicial, lo cual es lógico, ya que lo que no habría sido normal es que el guion hubiera permanecido intacto durante 25 años.

Lo más interesante es el juego meta-lingüístico que convierte la película en un cuento de cine dentro del cine, de arte dentro del arte, del proceso de creación de una obra personal. Lo menos interesante y más grave es que aunque no llegásemos a conocer a fondo la premisa original, se puede ver con total claridad que la final es un cúmulo de ideas que se le han ido ocurriendo al director y a su co-guionista, Tony Grisoni, a lo largo de estos años, y a las que no han sabido dar coherencia narrativa (dentro de los parámetros surrealistas e impredecibles de Gilliam, claro). El tramo final es el que lleva la huella del director más pronunciada pero curiosamente, también es el que más se le va de las manos. Hacer que el desencadenante del clímax lo motive la trama de un maligno empresario ruso es arriesgado, ya que no cuaja en ningún momento con el universo Gilliam, aumentando la sensación de caos creativo.

En un momento al comienzo de la película, Toby, el director de cine interpretado por Adam Driver, se refiere al largometraje que realiza como proyecto de fin de carrera diciendo que “hace tanto tiempo que la hizo que es como si la hubiera hecho otra persona”. Sin duda, es Gilliam hablando a través de él, a modo de introducción de todo lo que vamos a ver a continuación. Resulta llamativo y decepcionante que alguien con un estilo tan personal como Terry Gilliam haya hecho una película en la que su personalidad artística esté tan ausente. Quizás haciendo una adaptación más directa de la novela de Cervantes o metiéndose más en la mente del personaje de Don Quijote, su habitualmente intransferible identidad se habría manifestado más intensamente.

Sin embargo, esto no es lo peor de la película. La errática representación de la mujer provoca más de un momento muy desafortunado con los personajes de Olga Kurylenko y Joana Ribeiro. Es como si el guion estuviera escrito por un señor chapado a la antigua estancado en el pasado. Gilliam no es ajeno a las opiniones polémicas (recientemente denunció el Times Up calificándolo como un “movimiento mafioso”), pero aun así, el trato de los personajes femeninos en el film sorprende, porque la misoginia no es algo que se pueda encontrar en sus anteriores películas. Es un misterio de dónde han salido tantas malas decisiones en este departamento.

Algo que sin duda brilla en El hombre que mató a Don Quijote son las interpretaciones de Adam Driver y Jonathan Pryce, probablemente lo único que se puede calificar como realmente destacable de forma positiva. Driver evoluciona de un director de cine desagradable a un desquiciado e inesperado Sancho Panza con todo el talento que lo lleva caracterizando estos últimos años. Pero ante todo hay que arrodillarse ante el Quijote que Pryce, viejo amigo y colaborador de Gilliam, que encarna de una forma profundamente humana y descorazonadora a nuestro icono de la literatura.

Es inevitable pensar que Gilliam ya ha hecho esto muchas veces y con mucho más éxito. Explorar las fronteras entre la realidad y la fantasía, y cómo la locura afecta al ser humano a la hora de discernir entre lo real y lo imaginado siempre ha sido uno de sus temas predilectos. Sin ir más lejos, El rey pescador cuenta prácticamente lo mismo pero con toda la fuerza que le falta a El hombre que mató a Don Quijote. Y por seguir nombrando ejemplos, el ex Monty Python tiene tres obras maestras que giran en torno a esta idea, como son Las aventuras del Barón Munchausen, Doce Monos y Tideland. Volver a recorrer el mismo terreno para no aportar nada hace que la decepción sea mayor.

Es una pena que para muchos de nosotros sea imposible separar la película de la accidentada historia que trae a sus espaldas. No solo es difícil, sino que es escena tras escena podemos contemplar el testimonio de la maldición que ha caído sobre el proyecto durante dos décadas, a través de continuos guiños al proceso real de creación de la película. De hecho, se podría decir que es casi una ficcionalización de Lost in La Mancha, más que una historia inspirada en el Quijote.

Aunque El hombre que mató a Don Quijote fracase en tantos aspectos, el hecho de que exista es un milagro del que alegrarse por dos motivos. Primero, porque todo artista con una visión específica que compartir con el mundo debería tener la oportunidad de sacar adelante su obra, y segundo, porque de esta manera, Gilliam por fin puede dejar atrás este largo y tortuoso capítulo de su vida para pasar a su próximo proyecto.

La maldición del Quijote tiene un lado positivo: nos ha regalado las interpretaciones de Pryce y Driver, pero por lo demás, habrá que seguir soñando con cómo habría sido la película si se hubiera hecho en su día.

Daniel Andréu

Nota: ★★★

Reseña: Call Me by Your Name – Edición Limitada Blu-ray

¿Qué más se puede decir sobre Call Me by Your Name? Los que me leéis habitualmente conocéis de sobra mi obsesión por la película de Luca Guadagnino. Algunos incluso habréis dejado de leerme por mi insistencia a lo largo del último año en hacer referencia al film o a sus actores protagonistas, algo que entendería perfectamente.

Claro que también espero que vosotros me entendáis a mí. ¿Nunca habéis visto una película que os llegue tan adentro, que os cale tanto, que se convierta instantáneamente en una de las películas de tu vida? Esta es una de las mías y eso es Call Me by Your Name, una de esas películas tan especiales que solo aparecen muy de vez en cuando, una historia con un poder arrollador, que ha enamorado, incluso transformado a miles de personas en todo el mundo, suscitando un culto automático y apasionado de un público que la ha acogido de forma muy personal. Es una experiencia que invita a sumergirse en el idílico y romántico verano durante el que transcurre, a soñar con un pasado que nunca tuvimos o reimaginar el que sí tuvimos, a sentirse identificado y vivirlo en primera persona, a desear y morir de amor con sus protagonistas. En definitiva, una película de la que es imposible salir después de los créditos finales.

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Como he dicho en muchas ocasiones, conocer a Elio (Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer) es quedarse con ellos para siempre. Una de las claves principales por las que el público se ha volcado de forma tan profunda con la película es la conexión real que se ha establecido entre ambos actores. Los dos viajaron a Crema, Italia meses antes del inicio del rodaje para familiarizarse con la vida de pueblo, con la naturaleza, y para conocerse el uno al otro. Se desarrolló entre ellos una amistad y una complicidad tan grande que hizo sino beneficiar a su historia de amor en la pantalla. Chalamet y Hammer se entregan el uno al otro de tal manera que es difícil creer que ese amor es ficción.

El trabajo que realizan ambos actores es digno de elogio y admiración, pero lo de Chalamet en particular es prodigioso. El joven actor neoyorquino pasó del anonimato a ser proclamado una de las mayores promesas del cine de los últimos años gracias a su interpretación como Elio. Chalamet personifica de forma sublime la impaciencia, la confusión y el delirio del primer amor, así como el insoportable dolor de perderlo, se abandona a su compañero de reparto en cuerpo y alma (literalmente, se fusiona con él), y nos hace partícipes del recorrido emocional que atraviesa (y que condensa en el sobrecogedor y ya icónico primer plano de los créditos finales). Podría seguir hablando de él eternamente, del atractivo y carisma de Hammer (¿Quién no se enamoraría de Armie Hammer?), de Michael Stuhlbarg y su ya mítico discurso final, de la profunda sensualidad y belleza de las imágenes, del melocotón… Pero lo cierto es que sería repetirme. Os dejo mejor con la crítica que escribí con motivo del estreno en cines, completamente desbordado y embriagado por la experiencia.

Call Me by Your Name: Un clásico moderno que se queda con nosotros para siempre

Aunque no se ha librado de las quejas por la diferencia de edad de los protagonistas (Elio tiene 17 años, Oliver 24) o la supuesta mojigaería a la hora de mostrar escenas de sexo homosexuales, Call Me by Your Name ha conquistado al público y la crítica, culminando su largo trayectoria promocional y comercial en los pasados Oscar, donde se llevó el premio a mejor guion adaptado para James Ivory (un año después del triunfo de otro film con protagonistas gays, Moonlight).

Pero la temporada de premios no fue el final para la película, sino un punto y seguido. Call Me by Your Name se ha ganado en poco tiempo el título de clásico moderno, y su efecto seguirá durando muchos años. Guadagnino ya está preparando la segunda parte junto al autor de la novela en la que se basa la película, André Aciman, en la que veremos a Elio y Oliver viajando por el mundo. Hasta entonces, regresaremos a 1983, al pequeño pueblo de Italia donde todo comenzó, y volveremos a vivir el principio de su historia una y otra vez.

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Sobre la edición

Sony Pictures Home Entertainment ha puesto a la venta Call Me by Your Name en España en Blu-ray, DVD y digital. Además de las ediciones sencillas en Blu-ray y DVD, lanza una edición limitada exclusiva para fnac. Ni que decir tiene que esta es la edición ideal para aquellos que, como yo, están obsesionados con la película, y por tanto, esta es la edición que hoy nos ocupa. En otros países, como Estados Unidos o Reino Unido solo ha habido ediciones simples, así que se agradece que Sony España haya pensado en nosotros y le haya dado un tratamiento más especial.

La edición viene presentada en funda de plástico clásica con slipcover de cartón glossy. El título de la película viene en relieve sobre la funda, lo cual hace que resalte más lo que ya de por sí es una portada preciosa. Además, contrario a otras ediciones internacionales, la portada no viene abarrotada de citas de la crítica, todo un acierto (los carteles llenos de citas mejor para las revistas o la campaña de premios). En el interior, un libreto exclusivo con mensaje del director, notas de producción y entrevistas a Luca Guadagnino, Timothée Chalamet y Armie Hammer. Son 32 páginas de texto que incluyen numerosas imágenes de la película y el rodaje. Un extra que nos hace el apaño mientras esperamos a que se decidan a editar un (obligatorio) libro sobre el rodaje con los cientos de imágenes que se tomaron en Italia.

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En cuanto los contenidos adicionales, la edición no es abundante, pero lo que incluye es bastante jugoso. Un imprescindible making of de 10 minutos de duración con imágenes del rodaje y entrevistas al equipo, que desgrana la relación de Elio y Oliver y el proyecto en todas sus fases, una charla de 25 minutos con Armie Hammer, Timothée Chalamet, Michael Stuhlbarg y Luca Guadagnino, y el precioso videoclip de la canción nominada al Oscar ‘Mystery of Love’, de Sufjan Stevens. Pero lo mejor de los extras es sin duda el magnífico y muy personal audiocomentario con Chalamet y Stuhlbarg, sobre todo por los comentarios del primero, que nos permite entrar en su proceso interpretativo y vuelve a dejar patente su conexión con Hammer, y la admiración que siente por él. Volver a ver la película escuchándolos sirve para descubrir muchos más detalles y resolver dudas que nos puedan surgir viéndola.

Sabemos que hay muchas escenas que se quedaron fuera del montaje final, por lo que resulta algo decepcionante que no se haya incluido ninguna, aunque también es comprensible, porque cabe la posibilidad de que acaben en la secuela a modo de flashbacks. Aun así, contamos con que dentro de unos años aparezca una edición conmemorativa en la que se vierta todo el material que hay. Porque no parece que la pasión por Call Me by Your Name vaya a desaparecer con el tiempo, sino todo lo contrario.

Crítica: Disobedience

El cine LGBTQ está atravesando una época de apogeo en los últimos años. El triunfo de Moonlight en los Oscar y la repercusión de Call Me by Your Name, que también recibió un premio de la Academia en la edición más reciente, son dos de los ejemplos más visibles, pero afortunadamente han dejado de ser excepciones. El cine queer empieza a estar más presente en salas de cine y plataformas de Internet (Netflix ha anunciado recientemente que prepara una película con Jennifer Aniston como presidenta lesbiana de los Estados Unidos), y los títulos son cada vez más diversos entre sí: Tierra de Dios, Con amor, SimonBeach Rats, Basado en hechos realesUna mujer fantástica

Precisamente el director de esta última, Sebastián Lelio, nos hace llegar otra historia de amor protagonizada por dos personas del mismo sexo, Disobedience, drama basado en la novela homónima de Naomi Alderman que narra el romance entre Ronit (Rachel Weisz) y Esti (Rachel McAdams), dos mujeres judías que se ven en la encrucijada de vivir su relación amorosa libremente o seguir las normas de la estricta y tradicional comunidad a la que pertenecen.

Ronit se marchó hace años a Nueva York, donde vive alejada de las imposiciones y prohibiciones de la religión a la que pertenece su familia. Tras la muerte de su padre, el rabino de la comunidad, esta regresa a Hendon, donde se reencontrará con Dovid (Alessandro Nivola), su amigo de la infancia y sucesor del rabino, que le invita a quedarse en casa con él y su esposa. Ronit descubre sorprendida que Dovid se ha casado con su amiga Esti, que ahora trabaja como profesora en una escuela de niñas ortodoxas. La convivencia entre los tres destapa un pasado en común entre las dos mujeres, y un deseo imposible de ignorar.

Con los elogios por Gloria aun resonando y su Oscar por Una mujer fantástica reciente, Lelio confirma con su nuevo trabajo el gran talento que posee para el drama introspectivo y la observación del comportamiento humanoDisobedience nos muestra a un realizador seguro de sí mismo, elegante y preciso. La historia de Ronit y Esti discurre por terrenos ya muy transitados del cine LGBTQ, haciendo que por momentos resulte excesivamente anclada en los lugares comunes un tanto anticuados de las historias de amor homosexual prohibido. Sin embargo, el film escapa de las garras del cliché gracias a la pasión y sinceridad de Lelio como narrador, a sus oportunos toques de humor para aliviar la intensidad, y sobre todo a la entrega absoluta de sus protagonistas.

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Lo de Weisz y McAdams es impresionante. La primera carismática, irresistible, divertida. La segunda vulnerable, delicada, rasgada. Ambas profundamente humanas y reales. La tensión sexual y romántica que se establece entre ellas es arrolladora, y se manifiesta tanto en las escenas dramáticas como en un encuentro sexual que, aunque recatado en cuanto a desnudez, supone una muestra de intimidad y conexión rara vez vista en el cine, y mucho menos protagonizada por dos estrellas de Hollywood (Weisz escupiendo saliva en la boca de McAdams es una imagen que se queda con nosotros). Ambas llevan a cabo sendas y complementarias interpretaciones sobresalientes, en las que componen a sus personajes y su relación mediante un recital de miradas, gestos y matices que no se debería pasar por alto. La vida que dan a los personajes y su relación va más allá de la película.

Pero tampoco hay que subestimar a Alessandro Nivola, cuya interpretación está a la altura de las protagonistas, y cuyo arco argumental nos depara algunos de los momentos más sobrecogedores de la película, en especial su preciosa escena final. El triángulo que forma con Weisz y McAdams es el centro emocional de un film melancólico y profundo que nos habla del deseo, la subyugación, los lazos y sogas de la comunidad y el lugar de la mujer en una sociedad conservadora y patriarcal. A pesar de la especificidad del contexto religioso, la historia de Ronit y Esti es la de muchas personas que deben elegir entre la vida que otros han elegido para ellas o liberarse de las cadenas de la tradición para ser quienes son en realidad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Disobedience ya está a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

Crítica: Han Solo – Una historia de Star Wars

Decir que la producción de Han Solo: Una historia de Star Wars ha sido accidentada es quedarse corto. El anuncio del nuevo spin-off galáctico centrado en la juventud del personaje interpretado originalmente por Harrison Ford, así como la elección de Alden Ehrenreich (¡Ave César!) para sucederlo, no fueron noticias recibidas con entusiasmo unánime por parte del público. Pero eso fue solo el principio. Los rumores del descontento de Lucasfilm ante la película y el trabajo de su protagonista culminaron en el despido de sus directores, Phil Lord y Christopher Miller, a pocas semanas de finalizar el rodaje. Para sustituirlo al filo de la medianoche, Kathleen Kennedy pidió auxilio al bueno de Ron Howard, que en pocos meses tuvo que reconstruir la película casi por completo para que llegase a tiempo a su estreno en cines.

Han Solo: Una historia de Star Wars acude puntual a su cita en salas, y contra todo pronóstico, no es el descalabro que muchos vaticinaban. De hecho, nada más lejos de la realidad. Han Solo alza el vuelo gracias al buen hacer de Howard, que maneja los mandos del Halcón Milenario como si ya hubiera estado antes a bordo de la mítica nave. Con él, el spin-off adquiere un tono aventurero clásico y tradicional (cameos “howardianos” incluidos), seguramente opuesto al enfoque cómico y basado en la improvisación de sus primeros directores. El resultado es una película de Star Wars que se siente como tal, que discurre por terrenos muy familiares y recupera el espíritu clásico de la saga, aunque esto conlleve que también sea más impersonal.

La cinta narra la historia de orígenes del famoso contrabandista años antes de unirse a la Resistencia para luchar contra el Imperio, un trepidante viaje con el objetivo de reunirse con el (primer) amor de su vida, Q’ira (Emilia Clarke), que le llevará de un peligroso submundo criminal hasta el espacio. A su alrededor, personajes conocidos de la saga como Chewbacca (Joonas Suotamo) o Lando Calrissian (Donald Glover), y nuevos/viejos aliados y enemigos que siguen aumentando de forma retroactiva el cosmos de ficción de Star Wars, como Beckett (Woody Harrelson), Val (Thandie Newton), Dryden Vos (Paul Bettany) o la droide L3-37 (Phoebe Waller-Bridge).

Han Solo está repleta de guiños a las películas anteriores que harán las delicias de los fans (de los menos reacios, claro). Entre otras cosas, en ella descubrimos el origen del nombre de Han Solo, disfrutamos de su primera partida de cartas con Lando, vemos cómo se hizo con los mandos del Halcón Milenario y asistimos al emocionante primer encuentro del héroe con su futuro copiloto y amigo inseparable, Chewbacca. Lucasfilm y Howard se han asegurado de que estos hitos tan importantes en la línea temporal de la saga reciban el tratamiento adecuado. Han Solo no se sale en ningún momento de la zona segura, manteniéndose prudente y comedida durante todo el metraje, claramente para evitar la ira de los fans más puristas. Y si bien esto garantiza una experiencia clásica y satisfactoria dentro los parámetros de la saga, también hace que la película vaya a medio gas, como si tuviera miedo a hacer un movimiento demasiado brusco que pueda desconcertar a su audiencia.

En cuanto al reparto, cabe hacerse la pregunta del millón: ¿Cómo lo hace Alden Ehrenreich? El reto de ponerse en la piel de uno de los personajes más icónicos de la historia del cine, interpretado originalmente por uno de los actores más carismáticos de la historia del cine, no era precisamente insignificante, y sorprendentemente (o no), Ehrenreich sale más que airoso. Si el rumor de que tuvieron que contratarle un coach de interpretación es cierto, ha dado buenos resultados. Da la talla físicamente y se pueden reconocer en él los gestos y la voz de Ford, pero acaba escapando de la imitación, haciendo suyo (en la medida de lo posible) el personaje. Ni que decir tiene que le falta presencia y socarronería para igualarse con Ford, pero se le puede pasar por alto si se tiene en cuenta que es una versión más joven e inexperta del personaje del que nos enamoramos en La Guerra de las Galaxias.

El resto el elenco también es sólido, aunque no todos están aprovechados por igual. Duele especialmente el tratamiento que recibe el personaje de Thandie Newton, a la que bien podrían haberse ahorrado en la promoción. Afortunadamente, la Q’uira de Emilia Clarke tiene mucho más peso en la historia y nos reserva un arco con giros interesantes y mucho potencial. Pero quien más se lleva el gato al agua, como esperábamos, es el irresistible y seductor (y supuestamente pansexual) Lando de Donald Glover, con el que queda patente que un spin-off centrado en él ya es una necesidad. Mención aparte merece la genial Phoebe Waller-Bridge como la droide librepensadora y activista L3-37, que nos deja las líneas de diálogo más brillantes y protagoniza los momentos más cómicos del film, en especial gracias a su tensión sexual con Lando.

Sin embargo, y a pesar de su simpatía y buenas intenciones, Han Solo se queda corta en varios aspectos, especialmente en el humor, donde, como adelantaba, parece ir con el freno medio echado (a los diálogos les falta mucha chispa), y el romance (la sombra de Leia es alargada y dificulta la conexión con la relación Han-Q’ira). En el apartado donde sí cumple holgadamente es en el técnico y visual. Aunque parezca mentira, apenas se notan las costuras después del cambio de directores, lo cual tiene un mérito que no debemos subestimar. Después de un arranque titubeante, la película se centra, mantiene un estilo uniforme (si acaso unificado por una fotografía excesivamente oscura que a veces no deja ver bien la imagen) y nos deja planos preciosos (la primera vez que Han ve el Halcón Milenario), así como escenas de acción, persecuciones y set pieces excelentes a la altura de lo que se espera de la saga, que conducen hacia un estupendo tercer acto.

Han Solo: Una historia de Star Wars introduce elementos novedosos en línea con la nueva trilogía (no solo L3-37, atención al sorprendente villano Enfys Nest), pero por lo general, supone un regreso al Star Wars clásico. Howard salva la situación brindando su eficiencia como realizador para filmar una película entretenida y correcta que planta nuevas semillas para una historia que promete continuar y deja suficientes frentes abiertos para hacerlo posible. Rebaja la comedia para potenciar la aventura y, aunque le falta la emoción y la energía de las películas anteriores, supone una incorporación estimable al canon de Star Wars, que ya es mucho más de lo que se esperaba. Sin embargo, su exceso de corrección hace que no llegue al hiperespacio y su prudencia impide que sea memorable.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Deadpool 2

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La primera aventura de Deadpool en el cine supuso un bienvenido revulsivo que aportó un enfoque diferente al que Marvel Studios ya había implantado como institucional en el género de superhéroes. El antihéroe de Marvel debutaba en solitario en el Universo X-Men de Fox con una propuesta violenta, irreverente y pasada de rosca que conquistaba a la audiencia y demostraba que era posible orientar este tipo de cine a un público exclusivamente adulto y aun así replicar su éxito masivo. Dos años más tarde llega la secuela, y lo hace en el momento perfecto, ni un mes después del estreno de la colosal Vengadores: Infinity War. La ligereza y el descaro de Deadpool 2 nos vienen de perlas para relajarnos un poco después del intenso acontecimiento dirigido por los hermanos Russo. Preparen sus chimichangas y disfruten del espectáculo.

David Leitch (John Wick, Atómica) sustituye a Tim Miller en la dirección, pero el cambio de realizador no resulta en ningún cambio evidente en la pantalla. Al contrario, Deadpool 2 es muy similar, por no decir idéntica, a la primera entrega tanto en estilo como en ritmo y tono… Esto se debe quizá a que, antes que nadie, la franquicia pertenece a una persona: Ryan Reynolds, el actor que encontró en el personaje del Mercenario Bocazas la mejor oportunidad para darle un vuelco a su accidentada carrera comercial y salir resucitado y victorioso como uno de los actores más carismáticos del cine de superhéroes actual. Reynolds es el rey de Deadpool, y en su secuela vuelve a probar que lleva el personaje como si fuera una segunda piel.

Aquí es donde habría que decir que Deadpool 2 sigue las normas de las secuelas multiplicándolo todo por dos. Y por muy cliché que sea, sería totalmente cierto. La película toma todo lo que funcionaba de la primera parte y lo duplica, o incluso triplica: el humor meta, el lenguaje sucio, la metralleta de referencias pop, el gore y la ultraviolencia estilizada, las trepidantes y excelentemente ejecutadas escenas de acción, la cámara lenta, la jocosa banda sonora (el tema de Céline Dion sobre los créditos iniciales es pura magia), las rupturas de la cuarta pared; todo vuelve, en mayor cantidad, y, afortunadamente, con la misma gracia y eficiencia. Y aun así, el guion (coescrito por Reynolds) se las arregla para ser impredecible y retorcer algunas de las convenciones de las segundas partes, al más puro estilo Deadpool. Por ejemplo, en lo que se refiere al nuevo grupo de mutantes, Fuerza-X, que quizá no sea lo que el espectador espera, y sobre todo en la escala de la película, que se mantiene al nivel de la primera, esquivando el agotador y enésimo fin del mundo en su tercer acto, lo cual siempre se agradece.

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Además del debut de Fuerza-X, Deadpool 2 introduce otros nuevos personajes. Del eXtraño nuevo supergrupo, quien adquiere mayor protagonismo en la historia es Domino, interpretada por Zazie Beetz (Atlanta), que aporta frescura y carisma con un personaje lleno de posibilidades. Otro fichaje de la secuela es Julian Dennison (la revelación de Hunt for the Wilderpeople), que da vida a Russell, un niño mutante con el poder del fuego cuya historia enlaza con el tema que vertebra la película: la familia. Cuando el protagonista dice que Deadpool 2 es una película familiar, no miente, y es que la secuela lleva a cabo una más que acertada (aunque convencional) reflexión sobre la sensación de pertenencia y la familia creada. Y por último, pero no por ello menos importante, Josh Brolin encarna al villano Cable, un mutante que viene del futuro con la misión de acabar con la vida de Russell y cambiar así el destino de su familia. Brolin se confirma como un acierto de casting mayúsculo (no literalmente, como le recuerda Deadpool), aunque quizá sea conveniente no esperar demasiado del personaje.

Por lo demás, Deadpool 2 recupera a los personajes de la primera parte. Vuelven Vanessa (Morena Baccarin), Comadreja (T.J. Miller), Ciega Al (Leslie Uggams), y el que es probablemente el mejor secundario de la franquicia, el humano Dopinder (Karan Soni). Mención aparte merecen Coloso (Stefan Kapicic) y Negasonic Teenage Warhead (Brianna Hildebrand). El primero por ser un recurso cómico excelente y la segunda por contribuir a romper barreras en el cine de superhéroes. En la secuela, la mutante adolescente tiene novia (una de verdad, no uno de esos “momentos exclusivamente gays” que si parpadeas te los pierdes y no sirven para nada), Yukio (Shioli Kutsuna), lo que, además de proporcionar uno de los running gags más simpáticos de la película, aporta visibilidad a la comunidad LGBT, un paso muy fácil de dar con el que, sin embargo, otros estudios no se atreven. A falta de ver un novio o rollete para Wade Wilson (que sigue manifestando su pansexualidad solo a través de chistes), gracias a NTW y la fluidez sexual que recorre los diálogosDeadpool 2 se convierte en una de las películas de superhéroes más tolerantes y normalizadoras hasta la fecha.

Pero que la palabra “tolerancia” no os dé la impresión equivocada. Deadpool sigue siendo tan cafre y tan bestia como hace dos años. De hecho, más. La secuela vuelve a testear los límites de la calificación Rated-R para ofrecernos una orgía de sangre, desmembramientos y bromas sexuales no apta para mojigatos. ¿Que el humor es en el fondo infantil y no supone innovación alguna con respecto a la anterior? Por supuesto. ¿Que sigue siendo tan eficaz como la primera vez? Sí rotundo. En Deadpool 2 la novedad ha desaparecido, pero la película sabe exactamente cómo compensarlo: yendo a por todas. No todos los chistes funcionan (es lo que pasa cuando bombardeas con cinco seguidos cada dos segundos), pero los que lo hacen, lo hacen a lo grande. La película está llena de geniales golpes de humor y gags memorables que vuelven a elevar lo que es un argumento más bien escueto.

Deadpool 2 hará las delicias de los que disfrutaron de la primera entrega. Reynolds vuelve a realizar una interpretación cómica brillante (da igual con quién comparta escena, la química es palpable y las chispas saltan), el guion no deja títere con cabeza gracias a los salvajes y gratuitos ataques al cine de superhéroes (Reynolds se ensaña consigo mismo y los suyos casi tanto o más que con la competencia), los fans de X-Men se van a llevar sorpresas muy divertidas en forma de guiños y cameos, y puede que las escenas post-créditos sean las mejores que hemos visto hasta la fecha. Es más, es posible que sean lo mejor de toda la película. Simplemente enormes. Con todo esto, además de una considerable dosis de romance y emoción, Deadpool 2 evita la mala suerte de segundas partes como las de las afines Kick-AssKingsman para dejarnos una hilarante secuela a la altura de la original. Si no mejor.

Pedro J. García

Nota: ★★★★