Crítica: La forma del agua

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La imaginación de Guillermo del Toro es uno de los lugares más fértiles del planeta. De su mente han salido algunas de las criaturas más mágicas y terroríficas del cine de los últimos 25 años, así como imágenes que parecen directamente fotografiadas del ámbito de los sueños y las pesadillas. El espinazo del diabloHellboyEl laberinto del faunoPacific RimLa cumbre escarlata, las series The StrainTrollhuntersDel Toro es sinónimo de fantástico, un género frecuentemente relegado a segunda fila por ser considerado menor o no tomarse lo suficientemente en serio (con honrosas excepciones como El Señor de los Anillos). Pero esto ha cambiado este año gracias a su última película, La forma del agua (The Shape of Water), que con 13 nominaciones a los premios Oscar empieza a otorgarle al género la atención y el respeto que hacía tiempo que no se le daba.

La forma del agua es un cuento de hadas para adultos que se desarrolla en el Baltimore de principios de los 60, con la Guerra Fría como telón de fondo. La película cuenta la historia de Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda que trabaja como limpiadora en un laboratorio gubernamental de alta seguridad donde se están llevando a cabo misteriosas investigaciones científicas. Su vida cambia para siempre al descubrir junto a su compañera Zelda (Octavia Spencer) un experimento clasificado como alto secreto: un poderoso hombre anfibio (Doug Jones) atrapado en Sudamérica. Elisa establecerá una conexión especial con la criatura, que como ella, tampoco puede usar la voz para comunicarse, una amistad que se transformará en amor y llevará a la mujer a urdir un plan junto a su vecino y único amigo, Giles (Richard Jenkins), y otros aliados inesperados, para liberar al hombre anfibio de las garras del malvado coronel Strickland (Michael Shannon).

Del Toro recoge influencias de muchos lugares para dar forma a la historia y el universo visual de la película. La forma del agua nace inicialmente de su amor por el clásico de Universal La mujer y el monstruo, pero en ella también encontramos numerosos elementos en común con cuentos clásicos como La Bella y la Bestia La Sirenita (la comparación con Disney es fácil al tratar una relación de amor entre especies) y relecturas de los mismos como Un, dos tres… Splasho evidentes trazas del realismo mágico de Jean-Pierre Jeunet, cuyas películas DelicatessenAmélie han jugado un papel importante en el acabado estético del fabuloso mundo de Elisa Espósito (tanto es así que Jeunet ha llegado a acusar de plagio a Del Toro, aunque esa polémica la dejaremos para otro día). Este cóctel de influencias da lugar a un verdadero regalo para la vista, un magnífico trabajo de diseño artístico, puesta en escena y uso de la luz y el color que nos muestra al director mexicano en la cima de sus posibilidades.

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La forma del agua nos deja también al Guillermo del Toro más soñador y romántico. Con ella, el director establece un paralelismo entre el agua y el amor, dos “materias” maleables que se adaptan a la forma de lo que contenga en un momento dado. Como él mismo explica, “independientemente de la forma que tenga aquello en lo que depositamos nuestro amor, éste se adapta, ya sea a un hombre, a una mujer o a una criatura”. Con la historia de Elisa y el hombre anfibio, Del Toro desarrolla una cura para el cinismo de nuestros días, situando un romance que rompe las barreras de la comunicación y los prejuicios en el contexto de una época de odio entre naciones y discriminación por motivos de raza, género u orientación sexual. Una época que bien podría ser los 60 o 2018. Así, La forma del agua aborda numerosos temas de relevancia presente (acoso sexual, sexismo, homofobia, racismo) con los que añade capas y lecturas a un cuento tan atemporal como actual.

El mundo de La forma del agua es hermoso y cruel, erótico y sangriento, dulce y poético, es un engranaje que funciona con precisión artística gracias a la visión tan específica y personal de Del Toro, pero que alcanza la sublimación con la interpretación que se sitúa en el centro. Lo de Sally Hawkins es de otro mundo. Su capacidad para expresar emociones sin palabras es sin duda merecedora de todos los elogios y reconocimientos que está recibiendo. Pero su recital interpretativo viene además reforzado por el excelente trabajo de los secundarios: Jones, mago de las caracterizaciones monstruosas cuya labor debajo del látex y el maquillaje no debemos subestimar, Shannon abrazando por completo su papel de villano de cuento, Spencer, que aporta la nota más divertida del film, y sobre todo Jenkins, que, con la humanidad que lo caracteriza siempre, da vida a uno de los personajes más entrañables y compasivos que hemos visto recientemente en el cine. Para más señas, un hombre gay de 60 años, colectivo que apenas disfruta de representación positiva en la ficción.

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Aunque estamos quizá ante la cinta más pulida en lo narrativo de la filmografía de Del Toro, en La forma del agua ocurre, a menor escala, lo que suele pasar con prácticamente todas sus películas. El guion no está tan trabajado como la ambientación o el apartado técnico y visual. Aun aceptando que se trata de un cuento de hadas (donde las cosas pasan porque sí y no debemos cuestionarlas demasiado), los agujeros y los trucos del guion pueden chirriar, así como lo precipitado de algunos pasajes, en especial en lo que respecta al enamoramiento entre Elisa y el hombre anfibio. Del primer contacto al segundo hay un salto muy brusco en el que parece haber cambiado todo, y da la sensación de que falta un trozo de historia que nos cuente mejor cómo ha florecido esa relación.

Es un problema, no obstante, que se subsana a base de amor. Viendo a la pareja protagonista interactuar, explorar sus sentimientos y descubrirse físicamente (la escena de su primer encuentro sexual es una buena muestra de la intensa belleza que puede alcanzar el film), acabamos creyéndonos lo que hay entre ellos y luchando contra cualquier incongruencia de guion para protegerlo. Pero ante todo, el amor que eleva la película es el que Del Toro siente por el cine y por el género fantástico, una devoción que como de costumbre, salta a la vista en cada plano (no en vano, Elisa y Giles viven encima de una sala de cine). Es esa pasión ingenua y contagiosa lo que convierte La forma del agua en un trabajo sincero, un precioso acto de amor que renueva la validez de la expresión “la magia del cine”.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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