Crítica: Yo, Tonya

yo-tonya-margot-robbie

La Tonya Harding del cine se presenta a lo Yo, Claudio, como la emperadora del patinaje artístico y la América de los paletos en todo su esplendor trash. Yo, Tonya, asevera con firmeza, sin miedo, y dispuesta a ser ella misma en todo momento, negándose a claudicar ante las normas del buen comportamiento y la imagen impoluta del deporte para el que nació. La Tonya Harding del cine es Margot Robbie. Que es como cuando en una serie a un personaje le preguntan quién protagonizaría una película sobre su vida, y este responde nombrando a la estrella más guapa y de moda que le viene a la cabeza. Es ridículo, pero es parte de la broma.

Porque Yo, Tonya es un biopic que se toma en serio a sí mismo en la justa medida. La película, dirigida por Craig Gillespie (Lars y una chica de verdad), deja claro desde sus créditos iniciales que se trata de una reconstrucción libre de los hechos, basada en las declaraciones contradictorias y probablemente parciales de sus protagonistas. Este disclaimer asienta el tono de la película, donde reina la sorna y la irreverencia. Y es que Harding no es una figura pública que se preste a un biopic en serio. Para contar su historia hay que tener ganas de provocar y la cara muy dura. Afortunadamente, a Yo, Tonya no le falta nada de eso.

yo-tonya-posterLa película está narrada siguiendo las pautas del falso documental, intercalando escenas que reproducen los eventos con reconstrucciones de los certámenes deportivos, noticiarios y entrevistas a los sujetos de la historia. Desmejorándose en la medida de lo posible, Robbie se transforma en Harding para regalarnos su mejor interpretación hasta la fecha. La actriz australiana (nominada por primera vez al Oscar por este papel) está simplemente sensacional. Visceral, divertida, desgarradora, feroz… Un auténtico espectáculo. Lo suyo justifica que volvamos a utilizar la trillada expresión tour de force, porque es justo lo que hace. Pero no está sola, la acompaña un elenco secundario a la altura, del que destacan la todoterreno Allison Janney, magistral e hilarante (ella y su pájaro nos dejan algunos de los mejores momentos cómicos del año), y un sorprendente Sebastian Stan.

Aunque la película puede llegar a estirarse demasiado en su recta final y caer en la repetición (por no hablar de lo mucho que distraen los pobres efectos digitales con los que se superpone el rostro de Robbie en el cuerpo de su doble), la mayor parte del tiempo resulta divertidísima y fascinante, sobre todo teniendo en cuenta que lo que relata está basado en hechos reales, concretamente en uno de los episodios más extravagantes, vergonzosos y mediáticos del deporte estadounidense. Yo, Tonya es un homenaje semi-hagiográfico y muy gamberro al personaje público, a la villana incomprendida (la película insiste en exculpar a Harding y mostrar que no sabía nada de la brutal agresión a Nancy Kerrigan) en el que Gillespie y Robbie indagan en sus sueños y miserias personales para humanizar con éxito a la patinadora más odiada del deporte.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Wonder Women y el profesor Marston

luke-evans-wonder-women

Todo el mundo conoce a Wonder Woman. El éxito e impacto cultural de la película de DC dirigida por Patty Jenkins y protagonizada por Gal Gadot es el principio de una nueva era para el cine de superhéroes, pero también la culminación de 75 años de historia y vanguardia. Diana de Temiscira, Diana Prince o La Mujer Maravilla, como queráis llamarla, es uno de los mayores iconos del tebeo y, sin duda, la superheroína más famosa de todos los tiempos, pero pocos conocen su sorprendente origen. Wonder Women y el profesor Marston llega para cubrir esa laguna.

La película, escrita y dirigida por Angela Robinson (The L WordTrue Blood) y protagonizada por un afinado trío de intérpretes, narra la historia del creador de la popular superheroína, el psicólogo de Harvard William Moulton Marston (interpretado por Luke Evans – La Bella y la Bestia), y las mujeres que le inspiraron a crearla, su esposa, Elizabeth (Rebecca Hall – Vicky Cristina Barcelona) y una de sus estudiantes, Olive (Bella Heathcote – The Neon Demon), con las que mantuvo en secreto una relación amorosa a tres y más tarde acabó formando una familia.

Wonder Women parte de la audiencia de Marston ante el tribunal de censura tras las críticas a su creación por su naturaleza abiertamente sexual y los elementos subversivos y escandalosos de sus páginas (principalmente, imágenes de bondage y matices homosexuales), y a partir de ahí nos lleva más atrás en el pasado para mostrarnos los antecedentes que en última instancia darán lugar a la creación del personaje y su revolucionario universo. Sus provocadoras investigaciones acerca de la sumisión y el poder de la mujer, y el desarrollo junto a su esposa del detector de mentiras, antes de perder su patente, contexto académico en el que el matrimonio conocerá a la joven que cambiará su vida.

Desde el comienzo, Robinson deja claro que el objeto principal de su película no es Diana, sino las personas que contribuyeron a que esta existiera y rompiera los moldes de la época. Su film es un estudio de las relaciones humanas centrado en tres sujetos adelantados a su tiempo, tres mentes brillantes que desafiaron las normas de la sociedad para expresar su amor y su sexualidad, para vivir tal y como les pedía el corazón y el cuerpo, a pesar de que el mundo no estaba (y sigue sin estar) preparado para aceptar algo tan controvertido, y para muchos inconcebible, como es el poliamor.

wonder-women-y-el-profesor-marston

De sus mentes abiertas y libres de prejuicios, de su visión utópica de un futuro más tolerante y respetuoso con las decisiones sentimentales y sexuales de los demás, de un mundo en el que la mujer tome el control y las riendas de su vida, nacía la figura feminista y liberada de Wonder Woman, revulsivo para el cómic en el que el autor depositaba sus ideales, pasiones y fetichismos, fusionando para ello las personalidades de las dos mujeres de su vida. Ver cómo el icono va tomando forma (de su filosofía radical a su emblemático y minimalista uniforme), antes incluso de que se presente como tal en la mente de Marston, es uno de los mayores atractivos de la cinta.

Pero el acto más transgresor que se lleva a cabo con Wonder Women y el profesor Marston es que su historia reciba el tratamiento tradicional del cine biográfico. Robinson podría haber optado por la vía del excentricismo, lo sórdido o lo experimental, pero en su lugar lleva a cabo una película caracterizada por el clasicismo de Hollywood, libre de ornamentos sensacionalistas. Es en última instancia el mejor homenaje que puede hacer a la historia que cuenta, retratarla con normalidad y desde el mismo prisma que se abordan biopics centrados en personas heterosexuales y monógamas, como Una mente maravillosa La teoría del todo.

Wonder Women y el profesor Marston es una obra imprescindible para cualquiera que esté interesado en la historia del noveno arte, pero también una película sensual, delicada y sincera que empuja a celebrar el amor libre y seguir luchando contra aquellos que pretenden silenciarlo.

Wonder Women y el profesor Marston ya está disponible en DVD a través de Sony Pictures Home Entertainment.

Crítica: La forma del agua

la-forma-del-agua-1

La imaginación de Guillermo del Toro es uno de los lugares más fértiles del planeta. De su mente han salido algunas de las criaturas más mágicas y terroríficas del cine de los últimos 25 años, así como imágenes que parecen directamente fotografiadas del ámbito de los sueños y las pesadillas. El espinazo del diabloHellboyEl laberinto del faunoPacific RimLa cumbre escarlata, las series The StrainTrollhuntersDel Toro es sinónimo de fantástico, un género frecuentemente relegado a segunda fila por ser considerado menor o no tomarse lo suficientemente en serio (con honrosas excepciones como El Señor de los Anillos). Pero esto ha cambiado este año gracias a su última película, La forma del agua (The Shape of Water), que con 13 nominaciones a los premios Oscar empieza a otorgarle al género la atención y el respeto que hacía tiempo que no se le daba.

La forma del agua es un cuento de hadas para adultos que se desarrolla en el Baltimore de principios de los 60, con la Guerra Fría como telón de fondo. La película cuenta la historia de Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda que trabaja como limpiadora en un laboratorio gubernamental de alta seguridad donde se están llevando a cabo misteriosas investigaciones científicas. Su vida cambia para siempre al descubrir junto a su compañera Zelda (Octavia Spencer) un experimento clasificado como alto secreto: un poderoso hombre anfibio (Doug Jones) atrapado en Sudamérica. Elisa establecerá una conexión especial con la criatura, que como ella, tampoco puede usar la voz para comunicarse, una amistad que se transformará en amor y llevará a la mujer a urdir un plan junto a su vecino y único amigo, Giles (Richard Jenkins), y otros aliados inesperados, para liberar al hombre anfibio de las garras del malvado coronel Strickland (Michael Shannon).

Del Toro recoge influencias de muchos lugares para dar forma a la historia y el universo visual de la película. La forma del agua nace inicialmente de su amor por el clásico de Universal La mujer y el monstruo, pero en ella también encontramos numerosos elementos en común con cuentos clásicos como La Bella y la Bestia La Sirenita (la comparación con Disney es fácil al tratar una relación de amor entre especies) y relecturas de los mismos como Un, dos tres… Splasho evidentes trazas del realismo mágico de Jean-Pierre Jeunet, cuyas películas DelicatessenAmélie han jugado un papel importante en el acabado estético del fabuloso mundo de Elisa Espósito (tanto es así que Jeunet ha llegado a acusar de plagio a Del Toro, aunque esa polémica la dejaremos para otro día). Este cóctel de influencias da lugar a un verdadero regalo para la vista, un magnífico trabajo de diseño artístico, puesta en escena y uso de la luz y el color que nos muestra al director mexicano en la cima de sus posibilidades.

la-forma-del-agua-2

La forma del agua nos deja también al Guillermo del Toro más soñador y romántico. Con ella, el director establece un paralelismo entre el agua y el amor, dos “materias” maleables que se adaptan a la forma de lo que contenga en un momento dado. Como él mismo explica, “independientemente de la forma que tenga aquello en lo que depositamos nuestro amor, éste se adapta, ya sea a un hombre, a una mujer o a una criatura”. Con la historia de Elisa y el hombre anfibio, Del Toro desarrolla una cura para el cinismo de nuestros días, situando un romance que rompe las barreras de la comunicación y los prejuicios en el contexto de una época de odio entre naciones y discriminación por motivos de raza, género u orientación sexual. Una época que bien podría ser los 60 o 2018. Así, La forma del agua aborda numerosos temas de relevancia presente (acoso sexual, sexismo, homofobia, racismo) con los que añade capas y lecturas a un cuento tan atemporal como actual.

El mundo de La forma del agua es hermoso y cruel, erótico y sangriento, dulce y poético, es un engranaje que funciona con precisión artística gracias a la visión tan específica y personal de Del Toro, pero que alcanza la sublimación con la interpretación que se sitúa en el centro. Lo de Sally Hawkins es de otro mundo. Su capacidad para expresar emociones sin palabras es sin duda merecedora de todos los elogios y reconocimientos que está recibiendo. Pero su recital interpretativo viene además reforzado por el excelente trabajo de los secundarios: Jones, mago de las caracterizaciones monstruosas cuya labor debajo del látex y el maquillaje no debemos subestimar, Shannon abrazando por completo su papel de villano de cuento, Spencer, que aporta la nota más divertida del film, y sobre todo Jenkins, que, con la humanidad que lo caracteriza siempre, da vida a uno de los personajes más entrañables y compasivos que hemos visto recientemente en el cine. Para más señas, un hombre gay de 60 años, colectivo que apenas disfruta de representación positiva en la ficción.

la-forma-del-agua-3

Aunque estamos quizá ante la cinta más pulida en lo narrativo de la filmografía de Del Toro, en La forma del agua ocurre, a menor escala, lo que suele pasar con prácticamente todas sus películas. El guion no está tan trabajado como la ambientación o el apartado técnico y visual. Aun aceptando que se trata de un cuento de hadas (donde las cosas pasan porque sí y no debemos cuestionarlas demasiado), los agujeros y los trucos del guion pueden chirriar, así como lo precipitado de algunos pasajes, en especial en lo que respecta al enamoramiento entre Elisa y el hombre anfibio. Del primer contacto al segundo hay un salto muy brusco en el que parece haber cambiado todo, y da la sensación de que falta un trozo de historia que nos cuente mejor cómo ha florecido esa relación.

Es un problema, no obstante, que se subsana a base de amor. Viendo a la pareja protagonista interactuar, explorar sus sentimientos y descubrirse físicamente (la escena de su primer encuentro sexual es una buena muestra de la intensa belleza que puede alcanzar el film), acabamos creyéndonos lo que hay entre ellos y luchando contra cualquier incongruencia de guion para protegerlo. Pero ante todo, el amor que eleva la película es el que Del Toro siente por el cine y por el género fantástico, una devoción que como de costumbre, salta a la vista en cada plano (no en vano, Elisa y Giles viven encima de una sala de cine). Es esa pasión ingenua y contagiosa lo que convierte La forma del agua en un trabajo sincero, un precioso acto de amor que renueva la validez de la expresión “la magia del cine”.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Black Panther

black-panther-1

La evolución de Marvel a lo largo de la tercera fase de su Universo Cinematográfico ha saltado a la vista. Sin salirse de los parámetros fijos que lo han convertido en una máquina de blockbusters, el estudio ha probado cosas nuevas con sus películas más recientes (exceptuando la secuela de Guardianes de la Galaxia, que fue una prolongación de la fórmula de la primera). Con Doctor Strange introdujeron la magia y lo místico, con Spider-Man: Homecoming hicieron una película de instituto, y con Thor: Ragnarok dieron total libertad al director, que reinventó la franquicia a base de improvisación y comedia absurda.

La nueva entrega de Marvel, Black Panther, continúa por este camino. Ryan Coogler (Creed) dirige una película que, sin dejar de ser Marvel, es totalmente distinta, algo nunca visto en los 10 años de historia del estudio (esta vez de verdad). Aunque es solo en principio y queda mucho por hacer, con Black Panther, Marvel salda una deuda pendiente, la de la diversidad racial, presentando un reparto formado al 90% por personas negrasaumentando el número de personajes femeninos. No podía ser de otra manera teniendo en cuenta que gran parte de la película transcurre en el continente africano y aborda de frente temas como la identidad racial, sus raíces en la cultura indígena y la percepción que los demás tienen de ella.

Black Panther nos invita a conocer la tierra de Wakanda, la Atlantis de África, una nación aislacionista oculta en medio del continente, donde la tradición de las tribus convive con los avances científicos y tecnológicos más punteros, posibles gracias al poderoso material conocido como Vibranium, y el futuro no ha engullido al pasado, sino que se ha fusionado con él. Tras la muerte de su padre, el soberano de Wakanda, T’Challa (Chadwick Boseman) regresa a su hogar para ser proclamado rey y recibir los poderes de Black Panther. Sin embargo, la aparición de un viejo enemigo interesado en hacerse con el Vibranium para construir y vender armas a otros países, dificulta su ascenso al trono, arrastrándolo a él y a sus súbditos hacia un conflicto internacional que pone en peligro el destino de Wakanda.

black-panther-2

Más ambiciosa y comprometida de lo habitual, Marvel ha realizado con Black Panther una película oportuna y políticamente relevante, la cinta de superhéroes necesaria para plantar cara a la América de Trump (de ahí que la extrema derecha haya intentado boicotearla). Y no hay que ser muy avispado para captar sus mensajes: “En tiempos de crisis, los sabios construyen puentes, los necios los destruyen”. Wakanda es tradición, legado y familia, y su historia una exuberante celebración de la cultura africana (que no nos extrañen las comparaciones con El Rey León) y una llamada a su preservación ante la opresión y la apropiación por parte del resto del mundo. Pero también es un canto a la unidad y la comunidad global, a la necesidad de la comunicación y la cooperación internacional por el bien del planeta. Es decir, Black Panther saca las garras para defender su tierra, pero después las extiende para que se las estrechen, ofreciendo así un ejemplo a seguir para dirigentes y nuevas generaciones.

Claro que, además de captar el Zeitgeist como pocas (ahí está la fantástica banda sonora de Kendrick Lamar como prueba), Black Panther no se olvida en ningún momento de que es una película de superhéroes, dándonos la diversión -en este caso con mucho menos humor, aunque siga siendo esencialy acertado- y el espectáculo bien medido que cabe esperar de Marvel. A este respecto, hay que destacar la labor de Coogler a la dirección. En Creed (el spin-off de Rocky) ya demostró tener muy buena mano para la acción y aquí la vuelve a poner en práctica para realizar una de las películas más físicas y potentes de Marvel. A las contundentes y estilosas escenas de acción (de los mejores combates y persecuciones del MCU, más otro clímax impresionante) se suma el poderío visual de la película, de una riqueza estética y cromática que lleva el cine de superhéroes a otro nivel. Wakanda cobra vida gracias a una dirección artística excelente y un diseño de vestuario reflejo de la pluralidad africana que, si hay justicia, será nominado al Oscar.

Por otro lado, nada de esto sería tan importante sin el factor humano. Y en Black Panther, la mayoría de personajes brillan tanto como sus trajes y armas. La película cuenta con un reparto de lujo, encabezado por Chadwick Boseman, que tras su exitoso paso por Capitán América: Civil War, se confirma como otro gran acierto de casting de Marvel, y agraciado por la presencia de Angela Bassett, Forest Whitaker, Martin Freeman, la oscarizada Lupita Nyong’o (aquí por fin dando vida a un personaje humano) o el nominado al Oscar Daniel Kaluuya. A Andy Serkis, el maestro de la motion capture cuyo talento interpretativo suele infravalorarse al “ocultarse” tras los efectos digitales, por fin se le da un personaje para lucirse dando la cara (como a Lupita). Y como adelantaba antes, el papel de la mujer es mucho más amplio, diverso y dinámico que en cualquier película anterior del estudio, en especial gracias a las robaescenas Danai Gurira, que encarna a la impulsiva Okoye, y Letitia Wright como Shuri, la simpática hermana menor de T’Challa. Mención aparte merece Killmonger, interpretado por un imponente Michael B. Jordan, con quien Marvel esquiva (aunque sea momentáneamente) su maldición de los villanos desaprovechados. La intensidad y emoción con la que Jordan aborda el personaje es uno de los puntos más fuertes del film. Un espectáculo en sí mismo.

black-panther-3

Black Panther no es una película perfecta, y no, tampoco es la mejor del estudio. Como le ocurre a muchas entregas de Marvel, al comienzo le cuesta centrarse, la abundancia de tramas y personajes resulta en fragmentación excesiva y fallos de ritmo que pueden hacer que las más de dos horas que dura acaben pesando, y además, los efectos digitales vuelven a dar demasiada sensación de animación en algunas secuencias de acción. Pero defectos aparte, lo que quizá sí sea es la película de Marvel más importante hasta la fecha. La Casa de las Ideas ha encontrado la manera de poner su infalible fórmula no solo al servicio del entretenimiento de calidad, sino también de un bien mayor, haciendo por fin caso a eso de que la representación importa. Por eso, Black Panther está llamada a ser un fenómeno cultural y un bienvenido punto de inflexión en el cine de superhéroes. Wakanda Forever.

 

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: The Florida Project

the-florida-project

Sean Baker es actualmente uno de los realizadores más a tener en cuenta del panorama del cine independiente estadounidense. Habitual del circuito festivalero, el cineasta neoyorquino se convirtió en revelación internacional con su quinta película, Tangerine, conocida sobre todo por la llamativa particularidad de que fue filmada íntegramente en iPhone 5. La avalancha de reconocimientos, premios y buenas críticas que le brindó este film hizo posible su siguiente proyecto, The Florida Project, un trabajo extraordinario en todos los aspectos.

The Florida Project está contada a través de la inquieta y pícara mirada de Moonee (el torbellino Brooklynn Prince), una niña de seis años que vive con su madre, Halley (Bria Vinaite, descubierta a través de Instagram), en el Magic Castle, motel barato situado a las afueras de Orlando, cerca de Disney World. Bajo la resignada supervisión del gerente del motel (Willem Dafoe), lo más parecido a una figura paterna para ella, acompañamos a la pequeña y a sus nuevos amigos en sus travesuras durante un inolvidable verano, mientras su madre intenta sacar dinero de donde puede para no acabar en la calle.

Imbuida de un marcado espíritu pop y repleta de hallazgos visualesThe Florida Project utiliza el optimismo y el humor para contar una historia luminosa pero descorazonadora y concienciar sobre la pobreza y la indigencia oculta en Estados Unidos. Favoreciendo la improvisación, haciendo gala de una energía y naturalidad contagiosas y a caballo entre el realismo crudo y el realismo mágico, Baker da forma a un relato profundamente emotivo y poderoso sobre la infancia que cobra vida gracias a la espontaneidad y la fuerza dramática de Brooklynn Prince, sin la que la película no sería lo que es.

florida-project

En el maravilloso mundo de Moonee es fácil encontrar la belleza y la magia de lo ordinario, los colores más chillones cubren la mugre, los extraños son personajes de nuestro cuento y una casa abandonada es un castillo a nuestra disposición. Pero todo esto sirve para subrayar la devastadora realidad que rodea la burbuja de su niñez, la verdad que nos recuerda constantemente la tristísima mirada de un magnífico Willem Dafoe: una situación de precariedad económica y abandono a las puertas del “lugar más feliz de la Tierra”.

La historia de Moonee y Halley abre los ojos a un problema más extendido de lo que pensamos, a la necesidad de proteger a la infancia desfavorecida y a la juventud abandonada. Pero este no es un drama social al uso, The Florida Project duele, pero también es una película divertida, esperanzadora, visualmente deslumbrante y de belleza conmovedora, una obra casi perfecta que encuentra la luz en la oscuridad y confirma a Baker como uno de los directores más innovadores e interesantes de su país.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½