Crítica: 120 pulsaciones por minuto

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El fallo positivo anunció que el virus que navega en el amor avanza soltando velas, aplastando las defensas por tus venas… De esa manera tan poética comenzaba Ana Torroja su último épico/precioso/vergonzoso discazo junto a Mecano. Aidalai llegaba justo diez años después de la ‘oficialización’ del SIDA como enfermedad. Una década de teorías descabelladas, tratamientos infructuosos, rumores malignos y, especialmente, de estigmatización de los afectados, incomprensión por parte los organismos oficiales (tanto gubernamentales como culturales o religiosos) y muerte. La ignorancia de los demás, vestida de puritana y de santa moral hablaba de divino castigo… Una pandemia que se extendía por las calles de toda ciudad occidental (después de haber arrasado parte del continente africano), cobrándose las vidas de amigos, conocidos y algún que otro ídolo. Una vez más, la sociedad señaló a los homosexuales y drogadictos como los culpables de todo, despreocupándose del mundo heterosexual, hecho que hizo que la epidemia se descontrolase aún más. Esa mezcla de inquina e ignorancia apretaba casi tanto o más que el propio nudo de dolor del VIH. Robin Campillo (Les revenants) nos acerca al día a día de esa estúpida sentencia en 120 pulsaciones por minuto.

Despertar a las masas es una tarea harto difícil, pero se puede conseguir en momentos puntuales. El fallecimiento de Freddie Mercury, el Oscar a Tom Hanks por su papel en Philadelphia… pero lo difícil es hacer que esos ojos del pueblo sigan abiertos, que tome conciencia de la situación y actúe en consecuencia. Si en la actualidad es arduo, imagínense en plena época de desconocimiento (real y alentado) en los noventa. Junto a Campillo nos enrolamos en el Act-Up París, grupo de activistas, portadores o no del virus, encargado de concienciar a la anquilosada y cateta sociedad francesa. 120 pulsaciones por minuto es un relato tan esperanzador como agobiante. Alentador por la fortaleza y cohesión existente entre los miembros (a pesar de los lógicos roces que existen en toda agrupación), por su combatividad y creatividad sin límites. Angustioso por la palpable pasividad tanto del gobierno como del pueblo llano ante la cruda realidad: ellos y ellas se están muriendo. La escena de concienciación (charlas, entrega de folletos y preservativos) en el instituto es completamente desgarradora, ya que los prejuicios, el desconocimiento y la desinformación en un centro de educación son actos humanos imposiblemente crueles.

120-pulsacionesPero los miembros de Act-Up París no solo imprimen folletos, crean eslóganes más o menos acertados (‘moléculas para encular’ forever) y realizan acciones no-violentas contra políticos o laboratorios farmacéuticos, sino que aman. Sean (un genial Nahuel Pérez Biscayart, Stefan Zweig: Adiós Europa) y Nathan (Arnaud Valois, La chica del tren, la de Téchiné, no la otra) son novios. Se conocieron en las reuniones del grupo. Sean es el más combativo y tocapelotas de todos y Nathan es uno de los recién llegados. Ellos se aman. Ellos follan sin parar, como debe de ser. Sean lo tiene, Nathan no. Su relación, tanto dentro del film como ante el espectador actual, es el mejor ejemplo de visibilización de la enfermedad y una forma de acabar de una vez por todas con la estigmatización del afectado.

Fueron los años en que todos los amantes murieron y ninguno sobrevivió. Hoy en día a ojos de la sociedad todo parece más bien un sueño (o una pesadilla) lejana, casi tan pintoresca como una epidemia del siglo XIV. Por ello, 120 pulsaciones por minuto es la película más necesaria de la temporada, no solo por su notable calidad cinematográfica, sino por ese acto de memoria histórica ante la amnesia actual frente al VIH/SIDA que lleva a cabo, por su carácter didáctico (muy patente el legado de La clase) y su alta capacidad de concienciación… porque sin ellos la vida es un cero.

David Lastra

Nota: ★★★★

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