Crítica: El sacrificio de un ciervo sagrado

Pongámonos serios, ¿a quién quieres más, a mamá o a papá? O puede que a la otra mamá o al otro papá. Puede que incluso la respuesta que decidas elegir no sea otra que la arrolladora ‘ninguna de las anteriores’. La cuestión se las trae, ya que cualquiera de las opciones posibles conlleva cierta carga de culpabilidad, ya sea de origen cristiano, occidental o cualquier otro. Pero la cosa se puede poner aún más peliaguda cuando hacemos una pregunta un pelín más oscura: ¿a quién matarías, a mamá o a papá? Ahora no se escucha ninguna voz disonante, si acaso alguna pedorreta de incredulidad. Y si te digo que la supervivencia del otro depende directamente de asesinato del otro. Venga, valiente, contesta. Es la hora de la verdad, llega El sacrificio de un ciervo sagrado.

Yorgos Lanthimos es un perfecto jodecabezas. El realizador griego ya nos las hizo pasar canutas en esa marcianada idiomática y altamente violenta llamada Canino. Puede que las costuras estuviesen demasiado a la vista y que alguna que otra resolución cayese en lo burdo, pero lo que es innegable es su capacidad inventiva y su maestría a la hora de crear mindfucks. A pesar de ese tropezón insulso llamado Alps, volvimos a confiar en él gracias a esa fábula de terror llamada Langosta, donde nos mostraba el drama de ser soltero en nuestros días. En esta El sacrificio de un ciervo sagrado vuelve a hacer gala de ese sentido directo y real que le caracteriza. En el universo Lanthimos las metáforas no tienen cabida y si en el título ya nos ofrece un sacrificio, eso es que va a correr sangre.

Una vez más, Colin Farrell (Minority Report) vuelve a convertirse en la insospechada musa de Lanthimos tras su primer encuentro en Langosta. Si acaso un poco más plano que en aquella, la interpretación de Farrell como el Doctor Steven Murphy supone un paso más por el buen camino en su renacer artístico (La seducción, Animales fantásticos y dónde encontrarlos…). Su crimen en esta ocasión es que comparte escenas con dos animales escénicos que le eclipsan casi en su totalidad: Nicole Kidman y Barry Keoghan.

2017 es el año Kidman, ya se festejó en Cannes y cada uno de sus trabajos que hemos visto estos meses no hacen sino confirmarlo: Big Little Lies, La seducción, Top of the Lake: China Girl y ahora esta El sacrificio de un ciervo sagrado. Para su Anna Murphy, Kidman canaliza a la Alice de Eyes Wide Shut, usando su desdén y erotismo, pero sin ni un solo ápice de jovialidad. Pero el verdadero triunfador de este sacrificio es Barry Keoghan. Si su papel en Dunkerque le colocó en el mapa, su Martin en El sacrificio de un ciervo sagrado le podría valer su primera candidatura a los Oscar (por el momento ya se ha ganado una mención en los Indie Spirit). Keoghan es el ente perturbador casi sobrehumano que lo destroza todo. Él no es un ser humano al uso, ni siquiera es un veinteañero. Más bien es una presencia, similar a la del visitante que encarnaba Terence Stamp en Teorema. Pero allá donde el personaje de Pasolini exploraba los placeres de la carne, el de Lanthimos tiende a la destrucción completa y total de todo aquel que no se atenga a sus normas. Una actitud que le acerca muchísimo a los dos pipiolos de Funny Games de Michael Haneke. Puede que incluso tengan su propio grupo de WhatsApp.

Con El sacrificio de un ciervo sagrado, Lanthimos logra que volvamos a aceptar incondicionalmente sus normas, aunque sea para introducirnos en una pesadilla, contraria a toda la lógica de nuestro mundo moderno. Un absurdo que no nos podría ocurrir nunca, aunque seguro que el matrimonio Smith de la película hubiese pensado lo mismo si hubiese visto la película antes de la visita de Martin.

David Lastra

Nota: ★★★½

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