Crítica: madre!

La transgresión comienza con el título. Es madre!, con minúscula inicial y signo de exclamación al final. Esta película no podía tener un título normal con ortografía convencional, porque es de todo menos esas dos cosas. Si conocéis a Darren Aronofsky, no os sorprenderá que su nueva película sea excéntrica, arriesgada y polémica, y que a la vez trascienda todos esos calificativos. Estamos hablando del inclasificable autor de esa extraña maravilla que es Cisne negro, la divisiva La fuente de la vida o la injustamente vilipendiada Noé, relato bíblico con el que el realizador neoyorquino se constató como uno de los autores más subversivos del Hollywood reciente.

Pero esas películas son tranquilos paseos en el parque comparados con la locura de madre!, un proyecto temerario por naturaleza, que se vuelve completamente surrealista si tenemos en cuenta que ha sido amparado por un gran estudio como Paramount, es decir, los responsables de las franquicias TransformersNinja Turtles. Claro que madre! cuenta con nombres lo suficientemente poderosos como para tirarse a la piscina (de cabeza y sin agua), Aronofsky y Jennifer Lawrence, que por cierto, es su pareja en la vida real, lo que añade más morbo al asunto; además del oscarizado Javier Bardem y dos secundarios de lujo, Ed Harris y Michelle Pfeiffer. Un cóctel de talento al servicio de la idea más demencial que ha salido de una major en muchos años.

Sobre el argumento de madre! es mejor no saber demasiado. Quedémonos con la breve sinopsis que facilita Paramount y que no desvela nada de lo que nos espera en la película: “La relación de una pareja se pone a prueba cuando dos extraños se presentan en su casa, interrumpiendo su tranquila existencia”. La pareja está formada por Lawrence y Bardem, que llevan por nombre Madre y Él. Los extraños son Harris y Pfeiffer (Hombre y Mujer), dos pesos pesados de Hollywood completamente entregados a la propuesta de Aronofsky. Y lo que ocurre en el interior de esa casa es mejor descubrirlo por uno mismo. Una cosa está clara: nada puede prepararte para lo que Aronofsky te tiene reservado, especialmente durante el tercer acto del film.

madre! puede ser muchas cosas y nada a la vez. Es una alegoría de la fama y el culto a los ídolos, un inquietante y escabroso cuento de hadas, otro relato bíblico (Aronofsky es consistente en sus obsesiones), un drama “romántico” sobre la incomunicación y la desconexión en el matrimonio, una hiperbólica crítica social y denuncia al sexismo (la diferencia de edad entre Bardem y Lawrence no solo tiene sentido, sino que es esencial a la historia) y una parábola ecologista. Puede ser todo eso, puede ser algo completamente distinto, o puede estar completamente vacía, dependiendo de la experiencia de cada espectador. Porque madre! no es una película corriente, y por tanto no se puede valorar de forma corriente. Escapa a cualquier tipo de crítica convencional, no se puede calificar de buena o mala, está por encima de eso. Lo único que se puede decir con rotundidad es que es una de esas películas que nos llegan muy de vez en cuando para dividir completamente a la audiencia y no dejar indiferente a nadie. Una película que provoca y zarandea, que hay que ver para creer, pero que no me atrevería a recomendar a nadie, aunque a mí me haya parecido una absoluta genialidad.

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En madre!, Aronofsky ha contado con completa libertad creativa, y salta a la vista. Se detectan en ella claras influencias de Lars Von Trier o de Roman Polanski (el personaje de Lawrence es una mezcla entre Catherine Deneuve en Repulsión y Mia Farrow en La semilla del diablo), pero al final, madre! es 100% Aronofsky, un cineasta que no solo se ha negado a que Hollywood lo domestique, sino que lo ha puesto al servicio de su singular visión. Y luego está Lawrence, una actriz a la que ya creíamos conocer, y que en esta película nos sorprende y nos golpea con su mejor interpretación hasta la fecha, por la que debería y no ganará el Oscar, porque ya se lo llevó por las prisas de la Academia por subirla a lo más alto. Bardem está fantástico, pero Lawrence es el corazón de la película (nunca mejor dicho), el punto de vista a través del que vivimos la pesadilla más enervante y desquiciada que se pueda imaginar. Y por último, merece mención aparte una inconmensurable, magnética y divertida Michelle Pfeiffer, una fiera de la interpretación a la que Aronofsky regala un papel breve pero memorable al que la actriz saca mucho jugo.

madre! es una experiencia visceral (el director eliminó el score de Jóhann Jóhannsson para magnificar la ansiedad y la zozobra), extrema, extenuante, anárquica, punk, como el mismo Aronofsky la califica, una película que se resiste a una definición cerrada y que durante su media hora final se convierte en la locura más inaudita que un gran estudio ha respaldado en mucho tiempo. madre! nos presenta a un autor sin cortapisas dando rienda suelta a su gran sentido del estilo y su vena más freudiana sin miedo a caer al vacío sin red. Sí, las metáforas no son precisamente sutiles y el contenido y la violencia de algunas de sus imágenes son cuestionables, pero lo que no se le puede negar a Aronofsky es su osadía. No hay nada como madre! y por eso el debate sobre su calidad es absurdo e inútil. Lo único que importa es que existe, y esa es su mayor virtud.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Teen Wolf y el síndrome de Estocolmo seriéfilo

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Las llaman “placeres culpables“, pero en muchos casos son algo más que eso. Series que son mejores de lo que parece, que no se llevarán premios o estarán en las listas de lo mejor del año, pero que despiertan pasiones entre un público entregado y fiel. Fue el caso de Teen Wolf durante sus tres primeras temporadas. El (libérrimo) remake  del clásico camp de los 80 protagonizado por Michael J. Fox inauguró una nueva etapa para la cadena MTV, que desechaba el “Music” de su logo para centrarse en las series y los realities. A pesar de tener muchos defectos, en sus primeros años de vida, Teen Wolf se ganó el apelativo de heredera de Buffy, cazavampiros (nadie en su sano juicio la pondría a la altura de la serie de Joss Whedon, pero las coincidencias saltaban a la vista), lo que inevitablemente se le subió a la cabeza a Jeff Davis, el creador y showrunner de la serie, principal responsable de que esta volviera a muchos de sus fans en su contra.

Hasta la tercera temporada, Teen Wolf podía presumir de ser un drama fantástico adolescente divertido, adictivo, con personajes atractivos y buena factura. A partir de la cuarta, la cosa empezó a degenerar. Las tramas se enredaban innecesariamente, alejando la acción de lo que más nos gustaba (el instituto) para crear una mitología confusa y absurda, los personajes aparecían y desaparecían sin ton ni son (perdimos la cuenta de los actores que abandonaron la serie dejando sus tramas a medias), se forjaban y se rompían relaciones sin lógica interna, los villanos se repetían más que el ajo (los dread doctors, los berserkers, los jinetes… era todo lo mismo, pero con diferentes diseños monstruosos) y los guiones, que nunca fueron el fuerte de la serie, pasaban a ser una acumulación de golpes de efecto y diálogos sobreexplicativos con los que Davis se empeñaba en dar clases de mitología y leyenda a sus pacientes espectadores.

Entonces, si la serie no ha hecho más que darnos una de cal y otra de arena, si ha sido tan inconsistente, si ha desafiado nuestra paciencia, nos ha cabreado y nos ha hecho víctimas del queerbaiting más flagrante, ¿por qué nos hemos quedado hasta el final? Muy sencillo. Síndrome de Estocolmo seriéfilo. Seguro que os ha pasado muchas veces (yo no seguí Pretty Little Liars, pero según tengo entendido, sería un ejemplo similar al de Teen Wolf), empezáis una serie, os gusta más de lo que esperabais, os engancha, os encariñáis de los personajes (que además son todos guapísimos y la carne es débil), y a pesar de trataros mal y jugar con vuestros sentimientos, os quedáis con ella, desarrollando una relación amor-odio que os impide ver la realidad. En el caso de Teen Wolf, la culpa es principalmente de Jeff Davis, por ser el peor showrunner que se recuerda en mucho tiempo, pero también nuestra, por ver la bandera roja y no salir por patas.

Eso sí, aguantar acabó teniendo su recompensa. Los que resistimos hasta el final nos llevamos una grata sorpresa con la sexta y última temporada, dividida en dos partes de 10 episodios cada una, de las cuales, la primera tanda nos hizo recuperar la esperanza perdida en la serie. Paradójicamente, fue la marcha de su personaje más querido, Stiles, lo que dio lugar a la temporada más centrada y emocionante en varios años. El grave accidente que sufrió Dylan O’Brien en el rodaje de la tercera entrega de El corredor del laberinto obligó a Davis a reestructurar la serie para dar sentido a la ausencia de Stiles, y el resultado fue una temporada emocionante y narrativamente bien estructurada (parece mentira) que giró por completo en torno al personaje y su conexión a los habitantes de Beacon Hills. La temporada 6A culminó con el reencuentro de Stiles y su pandilla, después de un arco argumental sólido que debería haber sido el final de la serie. Pero no, a Teen Wolf le quedaban 10 episodios. Más que suficiente para volver a caer en los vicios de siempre.

La recta final de Teen Wolf solo se puede definir con un calificativo: anticlimática. Con Stiles definitivamente fuera de la serie (se marchó a la academia del FBI, donde permaneció hasta su regreso para la series finale), Teen Wolf ha vuelto a tropezar en las mismas piedras de siempre. La trama de la temporada 6B recurre a dos tópicos esenciales de la ficción fantástica televisiva: el pueblo contra los seres sobrenaturales y la guerra que se deriva de este conflicto, en este caso auspiciada por el peor villano humano de la serie, Gerard Argent (si hubiera Razzies televisivos, Michael Hogan ya tendría el suyo, y mira que en lo que respecta a malas interpretaciones tiene competencia en la serie).

Sin embargo, Davis no ha conseguido imprimir a estos últimos capítulos esa sensación de Apocalipsis inminente que sí tenía el final de Buffy, acudiendo de nuevo al recurso agotado del villano legendario y lo que yo llamo el Wiki-mito (personajes recitando definiciones de términos fantásticos o médicos para una audiencia que presuponen estúpida), las tramas sin pies ni cabeza, las relaciones forzadas (lo de Scott y Malia ha sido un sinsentido que solo responde a la necesidad de emparejar al protagonista con alguien tras la marcha de sus dos intereses amorosos principales) y los deus ex machina, a lo que se añade una serie de regresos importantes que, por mucho que nos alegre volver a ver a estos personajes (y por mucho que agradezcamos que se complete la trama de Jackson, colgada desde la segunda temporada), no tiene mucho sentido que aparezcan ahora, ejerciendo únicamente como truco y reclamo publicitario.

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Afortunadamente, Davis ha sabido hacer algo de lo que no lo creía capaz: darle un buen final a la serie. Estoy hablando exclusivamente del último capítulo, porque lo que lo precede no ha sido más que relleno para alargar la vida de la serie un año más. “The Wolves of War” (un título muy GoT, por cierto) hace un buen trabajo cerrando ciclo a la vez que prepara el terreno para el relevo generacional. El viaje del héroe de Scott McCall y sus scoobies, perdón, su manada, queda más o menos completo, pero Teen Wolf continuará en forma de spin-off con nuevos personajes, por lo que este desenlace también funciona, apropiadamente, como un “to be continued”. Sorprendentemente, Davis ha sabido encontrar el equilibrio entre resolución narrativa, clausura emocional para los personajes y servicio para extender la vida de la franquicia, dejando hueco para los guiños nostálgicos (el momento Sterek es posiblemente el mejor de toda la serie, mientras que el plano Stydia es la manera más inteligente y sutil de poner la guinda a esa relación) y las escenas para despedirse de casi todos los secundarios. No compensa los vaivenes emocionales, las promesas incumplidas, las mareantes idas y venidas de personajes, la falta de visión y planificación a largo plazo de los guionistas, pero al menos nos recuerda por qué nos hemos quedado hasta el final: por el cariño tan grande que le cogimos a sus personajes a pesar de todo.

Por eso, si para despedirse de nosotros me pones un plano a cámara lenta (muy whedoniano, por cierto) de Scott, Malia, Derek, Liam, Lydia y Stiles caminando en grupo bajo la lluvia, satisfechos y unidos después de haber salvado el mundo, se me olvida todo el sufrimiento que he aguantado para llegar aquí y hasta me planteo volver a caer en la trampa y ver el spin-off. Ha sido un recorrido lleno de baches y decepciones (quizá nos hemos tomado demasiado en serio, tanto los creadores como los espectadores, una serie que no ha sido más que entretenimiento ligero), pero por ese plano, por ver a esos personajes juntos por última vez, me han merecido la pena estos seis años de secuestro.

Crítica: La llamada

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No soy cristiano, no soy creyente, de hecho soy 100% ateo desde que tengo uso de razón, pero esta semana he oído la voz de Dios, y sorprendentemente se asemeja a la de un crooner que canta por Whitney Houston. Este milagro ha sido posible gracias a La llamada, adaptación al cine del fenómeno teatral del mismo nombre creado por Javier Ambrossi y Javier Calvo, conocidos por su faceta como actores y por ser los creadores de la sensación de Internet Paquita Salas. Recuperando al reparto original, los Javis, como ya se les conoce cariñosamente, llevan al cine su aplaudida obra después de cuatro años de éxito en el Teatro Lara de Malasaña, trasladando de forma intacta toda la magia que ha hecho de ella una parada obligada en el Madrid cultural.

Nos echamos la mochila al hombro (dentro, el bronceador para usarlo de micro y una cinta de cassette con nuestros temas electro latino favoritos), y nos subimos en el bus que nos lleva hasta el campamento cristiano La Brújula, en Segovia. Allí conocemos a María (Macarena García) y Susana (Anna Castillo), dos alocadas chicas en el crepúsculo de su adolescencia castigadas sin excursión por escaparse a un concierto. La hermana Bernarda (Gracia Olayo) llega a La Brújula para salvar el campamento con el poder de la música, concretamente su canción ‘Viviremos firmes en la fe’, mientras que la hermana Milagros (Belén Cuesta), una joven monja con dudas sobre su vocación, ejerce como vigilante y confidente de María y Susana, lo que saca a relucir sus propios sueños musicales, los que abandonó para entregarse a la fe. Una noche, Dios (Richard Collins-Moore) se le aparece a María cantándole canciones de Whitney, lo que marcará el comienzo de un fin de semana inolvidable tras el cual la vida de todas cambiará para siempre.

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La llamada llega a las salas de cine precedida de una enorme popularidad en la capital, donde la obra ha creado un auténtico culto entre los aficionados al teatro. Con esta película, los Javis pretenden llevar su creación a un público más amplio, para lo que han efectuado los cambios necesarios para adaptarla al lenguaje cinematográfico conservando toda la esencia de la obra. En la película de La llamada hay nuevas canciones originales, y también nuevos personajes, interpretados por la entrañable María Isabel Díaz (Vis a vis), el siempre eficaz Secun de la Rosa (Aída) y Esty Quesada, la famosa youtuber conocida como Soy una pringada, que sale poco, pero nos deja algunos de los puntazos más hilarantes del film. De la misma manera, el libreto de la obra ha ganado en profundidad, con detalles que ayudan a redondear aun más a unos personajes ya de por sí bastante definidos. Ambrossi y Calvo sacan el máximo partido del medio para enriquecer la historia de estas cuatro mujeres con planos preciosos envueltos en la fotografía impecable de Migue Amoedo, utilizando la cámara y la puesta en escena con inteligencia para descubrirnos matices sobre ellas y sus personalidades que no es posible detectar desde la butaca de un teatro, y que hacen que su sorprendente final adquiera mayor empaque y coherencia.

El resultado de este laborioso trabajo de adaptación es una película casi redonda, un torrente de emociones repleto de diálogos citables para la posteridad, desenfadados números musicales, golpes de humor de una naturalidad pasmosa, y una sensibilidad y energía contagiosas. La llamada sabe cómo tocar la fibra, sabe cómo hacer reír a carcajadas, cómo hacerte chasquear los dedos y mover el pie al ritmo de la música, sabe cuándo es el momento de hacer llorar al espectador, de hacerle reflexionar sobre lo que está viendo y sobre cómo aplicar su valioso mensaje a la experiencia propia. Solo baja la guardia durante los números de Dios, que a pesar de ser esenciales, pueden llegar a interrumpir ligeramente el fluir de la película.

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Ambrossi y Calvo ejercen dominio sobre las emociones, pero son las protagonistas las que lo llevan a otro nivel. Cuatro actrices en estado de gracia y en absoluta sintonía que firman con su mejor letra, como los creadores, la carta de despedida a unos personajes que cobraron vida con ellas, abriéndose en canal para interpretarlas por última vez. Y para siempre. Cuatro intérpretes soberbias de las que, aunque sea injusto elegir favoritas, tengo que destacar a Belén Cuesta y Anna Castillo. La primera por su espontaneidad, gracia natural y esa manera que tiene de comunicar y conmover con cada gesto, y la segunda por ser simplemente un portento de la comedia y el drama (qué mirada, qué sonrisa). Castillo es una de las mejores actrices de su generación y en La llamada demuestra que es capaz de hacer cualquier cosa, y hacerlo siempre bien.

El mensaje de La llamada no se puede entender en ningún caso como adoctrinamiento religioso, y más aun si uno conoce a sus directores (comprometidos a derribar el heteropatriarcado, como ellos mismos han declarado), sino como un llamamiento a la tolerancia y a la libertad para ser lo que cada uno es o quiere ser, valores que deberían estar al frente de la iglesia católica, pero que se olvidan a menudo. La llamada es un canto optimista a la vida, a la juventud, a las segundas oportunidades, a los sueños por los que merece la pena luchar, a la amistad y el “amor transformador”, una película rebosante de humanidad, frescura y talento con la que sus creadores nos invitan a tirarnos a la piscina en tiempos de cinismo, a dejar atrás el miedo al “qué pasará” para perseguir nuestra llamada, la que creemos que nos conducirá hacia la felicidad. “Lo hacemos y ya vemos” es el lema que necesitábamos, y La llamada el milagro que hará creer a los más escépticos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Cine inédito en salas (septiembre 2017)

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Por una circunstancia u otra, cada año cientos de películas se quedan sin estreno en salas comerciales. No importa que estén dirigidas por realizadores de renombre o protagonizadas por grandes estrellas, la cartelera es un lugar muy competitivo y no todas consiguen llegar a figurar en la marquesina de tu parada de bus más cercana. Sony Pictures Home Entertainment sigue rescatando estos films que en muchos casos han cosechado buenas críticas a su paso por festivales o en estrenos limitados en su país, para seguir aumentando su interesante catálogo de títulos directos a DVD y Blu-ray.

Hoy toca repasar los estrenos inéditos en salas del mes de septiembre, y todos tienen una cosa en común: el drama. Cuatro cintas que, desde diferentes perspectivas, géneros y periodos históricos, nos hablan de las dificultades y las penurias del ser humano. Un drama histórico dirigido por el incombustible James Franco, la primera película como directora de Katie Holmes, una película de boxeo protagonizada por un Miles Teller recién salido de Whiplash y un thriller psicológico sobre la anorexia escrito por Troian Bellisario.

En lucha incierta (In Dubious Battle, James Franco)

en-lucha-inciertaActualmente, James Franco protagoniza la nueva serie de David Simon (The Wire) para HBO, The Deuce, en la que interpreta a gemelos por arte de magia digital. Aunque yo tengo la teoría de que en realidad no son efectos especiales, sino que realmente hay dos James Franco. Solo así se explica el volumen de trabajo que acomete el actor. Workaholic autoconfeso, toca todos los palos, actúa, dirige, produce, pinta, ha hecho comedia, drama, documentales… Uno siempre espera cierto nivel de excentricidad y riesgo en sus proyectos, por eso resulta especialmente sorprendente encontrarse con su nueva película como director, En lucha incierta, drama histórico de corte clásico basado en la novela de John Steinbeck sobre un grupo de trabajadores en la California de los años 30 que se subleva en contra de los ricos terratenientes para protestar contra sus injustas condiciones laborales.

En los últimos años, Franco se ha labrado una carrera caracterizada por la provocación y la subversión, pero con En lucha incierta se prueba los zapatos de Steven Spielberg y Ron Howard para llevar a cabo un trabajo academicista, una película clásica con reparto impresionante (Ed Harris, Vincent D’Onofrio, Robert Duvall, Bryan Cranston junto a los jóvenes Nat Wolff y Selena Gomez) en la que no hay ni una salida de tono. Si acaso la única el propio Franco como intérprete, que se reserva el papel protagonista, un sabio y valiente mentor que destapa la vena más narcisista de un actor que se esfuerza demasiado por convencer a la audiencia de que es un héroe. Por lo demás, En lucha incierta supone un trabajo más que correcto del que destacan su conseguida ambientación y su fantástico elenco.

Todo lo que teníamos (All We Had, Katie Holmes)

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Es curioso. En Dawson crece, era Dawson (James Van Der Beek) el que aspiraba a ser director de cine. En cambio, en la vida real, ha sido Joey, es decir, Katie Holmes, quien ha seguido por el camino de la realización. Después de años apareciendo más en la prensa del corazón que en la pantalla, Holmes se pone delante y detrás las cámaras para su opera prima como directoraTodo lo que teníamos, drama independiente que nos muestra un lado hasta ahora inédito de la actriz con un personaje complicado y completamente desprovisto de glamour, una madre que hará todo lo posible por proteger a su hija adolescente.

Rita Carmichael (Holmes) ha tenido una vida muy inestable, saltando de trabajo en trabajo y de hombre en hombre en busca de un hogar para su hija, Ruthie (Stefania Owen). Cuando su intento de afincarse en un nuevo pueblo se ve truncado, deberán luchar juntas por salir adelante, llegando a parar a un diner de poca monta en el que encontrarán nuevas amistades, y la oportunidad de salir a flote. Con Todo lo que teníamos, Holmes desvela una sensibilidad melancólica muy marcada como narradora con una familiar dramedia indie repleta de personajes peculiares que, si bien recurre a todos los clichés del género, destaca por estar hecha con evidente dedicación y, sobre todo, por el trabajo interpretativo de Holmes, que sale mejor parada como actriz que como directora, y de la joven Stefania Owen, un gran acierto de casting.

Eternamente hermanos (Feed, Tommy Bertelsen)

eternamente-hermanosTroian Bellisario es famosa por interpretar a una de las “mentirosas” de la serie Pretty Little Liars, pero más allá del éxito adolescente de la televisión norteamericana, la actriz tiene inquietudes artísticas y creativas que la han llevado a escribir y producir su primer largometraje, Feed, en el que se vuelca personalmente para hablar de un tema que le toca muy de cerca, los desórdenes alimenticios y, en concreto, la anorexia, enfermedad que ha padecido en la vida real.

La mala suerte ha querido que Eternamente hermanos (que es como se titula oficialmente el film en España) haya coincidido en el tiempo con otra cinta de temática similar, Hasta los huesos, película original de Netflix protagonizada por Lily Collins que se ha llevado mucha más prensa (buena y mala). La de Bellisario es, sin embargo, una propuesta diferente. Eternamente hermanos se aproxima a su complicada temática desde el prisma del thriller psicológico para dar forma al trastorno de su protagonista empleando los mecanismos del suspense, incluso del terror. Olivia (Bellisario) y Matthew Grey (Tom Felton – Harry Potter) son dos mellizos de 18 años criados que destacan en el instituto por su popularidad y logros académicos. Después de un trágico accidente, Olivia deberá aprender a vivir sin su otra mitad, lo que le llevará a desarrollar una enfermedad que pondrá en peligro su futuro.

Eternamente hermanos no es ninguna maravilla, pero hay que elogiar su honestidad y el hecho de que Bellisario, comprensiblemente, no glamouriza la anorexia en ningún momento, sino que da voz a un problema muy grave que no suele tratarse en profundidad en la cultura audiovisual.

Sacrificio de leyenda (Bleed for This, Ben Younger)

sacrificio-de-leyendaTras su paso por los festivales de Telluride, Toronto, Londres o Austin, y su premio a la Película del año en el Washington West Film Festival, Sacrificio de leyenda llega a Blu-ray y DVD en España (es la única película de esta entrada que, además de salir en DVD, ve la luz también en alta definición). Ben Younger (El informadorSecretos compartidos) dirige un biopic de boxeo producido por Martin Scorsese y protagonizado por un Miles Teller aun contagiado de la energía agotadora y el poderío físico de su excelente trabajo en Whiplash.

Teller da vida a Vinnie Pazienza, campeón del mundo de boxeo que, tras un accidente en coche queda gravemente lesionado. Negándose a que el accidente trunque su carrera, Pazienza se somete a un duro proceso de rehabilitación para volver a luchar, con la ayuda de los médicos, su familia y su entrenador Kevin Rooney (Aaron Eckhart). Contra todo pronóstico, el boxeador regresa al ring para demostrar la fuerza del espíritu humano e inspirar a toda una generación de deportistas y aficionados al boxeoSacrificio de leyenda sigue al pie de la letra el manual del cine deportivo y los biopics para ofrecer una experiencia que ya hemos visto muchas veces de una forma u otra (RockyMillion Dollar Baby, El luchador), pero que llega a buen puerto gracias a la encomiable labor interpretativa de su protagonista, un actor entregado en cuerpo y alma al personaje y a la película.

Crítica: La LEGO Ninjago película

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Hace unos años, la existencia de algo llamado La LEGO película suscitaba toda clase de dudas. Era lógico que hubiera recelo alrededor del proyecto, teniendo en cuenta que, hasta ese momento, las películas basadas en juguetes o juegos de mesa no pintaban un cuadro muy alentador. Pero detrás de la primera película sobre las minúsculas piezas de construcción se encontraba un tándem que ya había demostrado estar sobrado de creatividad y sentido del humor, Phil Lord y Christopher MillerLa LEGO película acabó siendo una gratísima sorpresa que funcionaba tanto para niños como para adultos gracias a su acertada combinación de acción vertiginosa, inventiva visual y comedia autoconsciente, y su éxito en taquilla, por supuesto, dio paso a una franquicia.

Después de que a comienzos de 2017 llegase el primer LEGO spin-off, Batman: La LEGO película, en el que los héroes y villanos de DC protagonizaban su propia aventura (para muchos, superior a las películas de acción real de DC más recientes), se estrena la tercera entrega de lo que quizá ya deberíamos estar denominando oficialmente el Universo Cinemático de LEGO (hay múltiples secuelas planeadas para los próximos años, como en Marvel y DC), La LEGO Ninjago película, con la que Warner Bros. repite (y mucho) la fórmula de sus dos predecesoras, solo que en esta ocasión se orienta claramente a un público más infantil.

La LEGO Ninjago película cuenta la leyenda de la Ciudad Ninjago, lugar muy parecido (casi igual) al Ladriburgo del primer film y el Gotham del spin-off. Allí vive Lloyd, un chico de 16 años constantemente increpado por sus conciudadanos y compañeros de instituto por ser el hijo del mayor villano que ha amenazado la ciudad, Garmadon, señor de la guerra que lo abandonó cuando era un bebé y ahora planea un gran ataque a Ninjago. Pero lo que no sabe Garmadon ni la ciudad es que Lloyd es en realidad el Ninja Verde, líder (o algo parecido) de un grupo de guerreros secretos adolescentes que defienden Ninjago de las fuerzas del mal haciendo uso de los poderes místicos que les fueron otorgados. Guiados por el maestro del Kung-Fu, Wu, los seis jóvenes emprenderán una odisea para encontrar una pieza mística que les ayudará a derrotar al villano. Sin embargo, la búsqueda les llevará a aliarse a la fuerza con Garmadon, obligando a este y a Lloyd a hacer frente a sus asuntos pendientes como padre e hijo.

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Aunque esté por encima del típico producto de animación realizado para amansar a los más pequeños durante hora y mediaLa LEGO Ninjago película supone un paso atrás en una franquicia que ya empieza a mostrar síntomas de cansancio. Es muy significativo que el film esté dirigido por tres personas y su guion escrito por seis, más otras siete que figuran en el crédito “story by”. Es decir, la fuerza creativa detrás de la película es un monstruo de 16 cabezas, y se nota. La LEGO Ninjago película es la comedia meta e hiperactiva que ya esperamos de LEGO, pero también es una película de instituto, una historia sobre el divorcio, los remordimientos del pasado y las relaciones paternofiliales, una cinta de superhéroes, es Power Rangers (Zords incluidos), es Star Wars… Es como si todos hubieran aportado muchas ideas que funcionan por separado, pero a las que no han sabido darle una unidad cohesiva con una historia bien definida, como si cada uno se hubiera encargado por separado de un aspecto de la película (chistes, acción, mitología, trasfondo dramático) y nadie se hubiera molestado en hacer que encajaran las piezas. Este desorden acaba obligando a desconectar y afectando al ritmo de la película, que llega a alargarse excesivamente durante su segunda mitad.

Aunque la acción pueda aturdir en vez de divertir y la historia esté llena de clichés (algunos bastante machistas, por cierto), no hay nada especialmente horrible en La LEGO Ninjago película (quizá solo el chiste de mariquitas sobre el Ninja fucsia). El film vuelve a contar con una animación excelente y contiene suficientes destellos de ingenio, momentos divertidos, chistes absurdos y la justa profundidad emocional como para considerarlo una digna pieza de entretenimiento infantil, pero se queda muy por debajo de las dos anteriores LEGO películas, lo que hace más que evidente la necesidad de replantear la franquicia de ahora en adelante y buscar enfoques más diversos para evitar el agotamiento.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Kingsman – El círculo de oro

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El éxito de Kingsman: Servicio secreto en 2015 fue todo un soplo de aire fresco en una cartelera monopolizada por las propiedades archiconocidas y las ideas recicladas. Siguiendo la estela de Kick-Ass, Matthew Vaughn presentaba un cóctel de acción exagerada, violencia extrema y humor irreverente que le daba una vuelta de tuerca a James Bond y el cine de espías para lanzar una nueva franquicia original. La idea de Vaughn era la de crear una nueva saga de cómics y películas, y con la secuela, que llega tan solo dos años después de la primera entrega, confirma sus planes. Kingsman: El círculo de oro (Kingsman: The Golden Circle) es continuación, pero también es, a su manera, es un nuevo comienzo.

Nos reencontramos con Eggsy Unwin (Taron Egerton), el irresistible cani inglés convertido en agente especial del servicio secreto de los Kingsman, que ahora ocupa el lugar de su fallecido mentor, Harry Hart (Colin Firth). Eggsy y el especialista tecnológico Merlin (Mark Strong) se enfrentan a una enorme pérdida cuando la base de los Kingsman en el Reino Unido sufre un devastador ataque, lo que les lleva a viajar hasta Kentucky, donde descubrirán otra organización de élite secreta similar a la suya, los Statesman. Los Kingsman deberán aliarse con ellos para enfrentarse a un enemigo común, Poppy (Julianne Moore), la reina global del narcotráfico, una CEO mitad Martha Stewart mitad asesina en serie desquiciada que maneja los hilos de la droga desde su remota guarida, Poppyland. Eggsy, Merlin y sus nuevos socios tratarán de detener el ambicioso plan de la villana, que amenaza con acabar con la vida de millones de personas alrededor del mundo.

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Como dictan las normas de las secuelas, Kingsman: El círculo de oro aumenta la espectacularidad de la acción, extiende su universo de ficción con una nueva rama de espías (y la posibilidad de muchas otras más) y salta de lo local a lo internacional con una aventura que abarca varios continentes. La secuela nos lleva a la Norteamérica de los sombreros de cowboy (satirizada por un Channing Tatum con acento de paleto yanqui) y culmina en un diner de los 50 en medio de la jungla, con paradas en el festival de Glastonbury y en la nieve. Pero como suele ocurrir también con las segundas partes, El círculo de oro se queda muy lejos de su predecesora.

El problema principal de El círculo de oro es la desaparición del factor sorpresa. Si la primera Kingsman funcionaba tan bien era porque no nos la esperábamos, porque no sabíamos hasta qué punto llegaba el exceso de la propuesta de Vaughn. Para la secuela, la novedad se ha desvanecido. Pero no solo eso. En El círculo de oro parece que no se ha puesto tanto esfuerzo e ilusión como en Servicio secreto. En esta nueva entrega, la trama es muy (demasiado) similar a la de la primera (hay escenas calcadas, concebidas como autorreferencias, pero que en realidad solo sirven para provocar déjà vu), el humor no está tan conseguido y el ritmo es atropellado, lo que hace que las 2 horas y 20 minutos que dura la película acaben pasando factura. Vaughn apuesta por la cantidad por encima de la calidad, por el espectáculo por encima del desarrollo de personajes, y se conforma con repetir la jugada, solo que con menos gracia y menos creatividad, resultando en una película sobrecargada que no siempre da con la nota.

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Claro que El círculo de oro posee alicientes de sobra como para, al menos, intentar pasar por alto sus defectos y dejarse llevar una vez más por la propuesta alocada de Vaughn. En primer lugar, la acción. Las peleas cuerpo a cuerpo de la película son impresionantes, desde el primer enfrentamiento entre Eggsy y Charlie (Edward Holcroft) en el asiento trasero de un coche hasta el explosivo clímax. Haciendo un uso adecuado de los efectos digitales, Vaughn orquesta vertiginosos combates de inclinación cartoon que parecen las páginas de un cómic cobrando vida en la pantalla (solo faltan las onomatopeyas a lo Batman). Por otro lado, como adelantaba, hay que elogiar una vez más el compromiso del director por la locura más insolente, aunque esta vez parezca cortarse un poco. El círculo de oro no supera en chifladura a la primera película (con esa polémica masacre en la iglesia y ese clímax con cabezas explotando era imposible), pero tiene escenas, giros argumentales y set pieces pasados de rosca para repartir. Y por último, pero no por ello menos importante, su atractivo reparto logra compensar las carencias de la película. De hecho, es posible que sean sus estrellas (y la debilidad que nosotros podamos sentir por ellas) las responsables de que seamos más indulgentes con ella de lo que se merece.

Taron Egerton está incluso mejor que en la primera parte. Su Eggsy tiene más experiencia y ostenta una posición de mayor responsabilidad en la organización, y con él, Egerton se afianza como protagonista, demostrando que es más que capaz de llevar las riendas de una saga como esta -solo falla en su historia de amor con la princesa Tilde (Hanna Alström), pero no es su culpa, sino del guion, que no consigue que esa vertiente de la película funcione. Dejando esto a un lado, el joven actor está muy bien acompañado. Mark Strong adquiere mayor protagonismo para convertirse en uno de los puntos más fuertes de la secuela y Colin Firth regresa “por sorpresa” para aportar la elegancia y el saber estar que lo caracteriza, aunque esta vez parece un poco más desganado que la primera.

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El reparto aumenta con los norteamericanos Channing Tatum, Halle Berry y Jeff Bridges, fichajes que animan el cotarro, pero que son sobre todo cebo para la audiencia estadounidense. El omnipresente Pedro Pascal es la excepción, con un personaje de mayor peso y un arma especial que da mucho juego en el apartado visual, un lazo de cowboy eléctrico. Pero aquí la que se lleva el gato al agua es Julianne Moore. Su Poppy es la verdadera estrella de la película, una irresistible y divertidísima stepford wife psicópata que nos regala los mejores momentos del film. La actriz lo borda (como casi siempre), está absolutamente genial y solo por ella ya merece la pena ver El círculo de oro. Por ella y por Elton John. Pero sobre su papel en la película es mejor no saber nada, porque es demencial.

Kingsman: El círculo de oro es muy inferior a la primera entrega. Falta riesgo, es más sosa, menos graciosa y su trama está menos trabajada. Además, si en la película original ya chirriaban algunos momentos machistas, la secuela no hace por corregir el curso, sino que lo empeora: más sexualización, clichés tipo “¿No pegarás a una mujer?” o “Eso no es propio de una dama”, más personajes masculinos (Kingsman es un club de nabos, no hay ni una mujer participando en las escenas de acción y a una indignantemente desaprovechada Halle Berry le hacen el favor de invitarla al club, pero cuando ya ha terminado todo), y por último, hay una lamentable secuencia en la que Eggsy tiene que plantarle un dispositivo rastreador a una chica… dentro de la vagina. En fin.

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Afortunadamente, hay disparate y distracción de sobra para, al menos, intentar pasar todo eso por alto y dejarse llevar por su sentido del humor: al fin y al cabo, Vaughn no se toma en serio en ningún momento, y nos pide que nosotros tampoco lo hagamos. Y para ello, vuelve a jugar las cartas que mejor funcionaron la primera vez: acción elegante, violencia hiperestilizada, provocadora sátira política (la guerra contra la droga del presidente de los Estados Unidos es uno de los puntazos más inteligentes del film) y la excentricidad desvergonzada que tanto nos gustó de la original. La película termina con una advertencia: esto es solo el principioEl círculo secreto cumple el propósito de ampliar el universo Kingsman y poner los cimientos para una saga que podría durar hasta que la audiencia se canse. El problema es que los síntomas de agotamiento ya son más que visibles y eso que solo estamos en la segunda parte, así que más les vale ponerle más empeño a la tercera entrega.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Detroit

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Kathryn Bigelow es una de las cineastas más comprometidas y valientes de Hollywood. Así lo evidencian sus dos películas más aclamadas, En tierra hostil (por la que se convirtió en la primera mujer en ganar el Oscar a mejor dirección) y La noche más oscura (Zero Dark Thirty), y así vuelve a demostrarlo con su nuevo trabajo, Detroit, una desgarradora reconstrucción histórica que se adentra (hasta el cuello) en los violentos disturbios raciales de la Norteamérica de los años 60.

Haciendo uso una vez más del estilo cinéma vérité, Bigelow nos lleva al pasado con Detroit para hacernos reflexionar sobre un tema que, tristemente, sigue tan de actualidad hoy como hace cincuenta años: el racismo sistémico, institucional y estructural, y uno de sus síntomas más evidentes, la brutalidad policial en contra de las minorías raciales, males que se han visto magnificados en los últimos años en torno a la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump.

Detroit transcurre durante el verano de 1967 en la malograda ciudad de Michigan, y está basada en hechos reales muy poco conocidos de la historia estadounidense, sobre los que Bigelow arroja luz (mediante unas cuantas licencias dramáticas, todo hay que decirlo). La película sigue a los miembros de un elenco coral mientras en las calles de Detroit se empieza a fraguar uno de los mayores levantamientos civiles del país, y culmina en la redada policial del motel Algiers, en la que un grupo de jóvenes, en su mayoría afroamericanos, sufrieron todo tipo de vejaciones por parte de los agentes locales.

Bigelow, y su guionista habitual, Mark Boal, construyen una durísima historia que se cuece a fuego lento, que comienza de forma relativamente pausada para acabar transformándose durante su bloque central (en el que tiene lugar la redada) en una de las experiencias cinematográficas más intensas, incómodas y demoledoras que vamos a vivir en mucho tiempoDetroit busca la veracidad en su manera de aproximarse a la historia, potenciando el realismo con imágenes documentales y propiciando la inmersión del espectador, que de cumplir su objetivo, se verá completamente abordado por el terror, la rabia y la impotencia a medida que los acontecimientos se van desencadenando.

Una de las mayores bazas de Detroit es su excelente reparto, del que destacan John Boyega (Star Wars: El despertar de la fuerza), que transmite con gran contención dramática la rectitud moral, la inteligencia y el dolor de un personaje profundamente humano, y especialmente un soberbio Will Poulter, que interpreta al agente de policía que convierte la redada en el motel en su sádico juego de tortura. Si existe la justicia, Poulter será debidamente reconocido en la temporada de premios, ya que ostenta el honor de haber creado a uno de los personajes más despreciables y enervantes, y por tanto inolvidables, del cine reciente. Pero es que el resto del cast brilla igualmente: la revelación Algee Smith (en cierto modo, el corazón de la película), una estupenda Hannah Murray (Skins, Juego de Tronos) o Anthony Mackie (Los Vengadores) en un papel pequeño pero intenso son solo ejemplos de la gran labor interpretativa que recorre toda la película, en la que todos están al 100%.

Sin embargo, la verdadera protagonista de Detroit es la magistral dirección de Bigelow, un trabajo audaz, de pulso increíble, que debería garantizarle otra nominación al Oscar. El único inconveniente que se le puede poner a la directora (y a su guionista) es el sensacionalismo con el que recargan algunas escenas, que queda de alguna manera expuesto cuando en los créditos finales se explica que hay muchas lagunas en los documentos sobre la noche del Algiers que Bigelow y Boal se han encargado de rellenar a su antojo. A pesar de esto (o quizá en parte por esa razón), Detroit consigue con creces su propósito de impactar, remover conciencias y estómagos e incitar el debate. Puede que su valor documental no sea el más riguroso, pero su poder como pieza de ficción es enorme y la convierte en la primera película obligatoria de la temporada.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: It

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A pesar de que las novelas de Stephen King siempre han tenido una marcada sensibilidad cinematográfica, su voluminosa obra es una de las que más problemas ha causado a la hora de ser traducida de las páginas a la pantalla. Pocas adaptaciones han dado con la clave, y para muestra, dos de las más recientes: La niebla, serie de Netflix que ha obtenido un recibimiento bastante negativo, y La Torre Oscura, la decepcionante adaptación al cine de la extensísima saga fantástica del mismo nombre que se ha dado un brutal batacazo en taquilla. Afortunadamente, parece que se ha conseguido romper la maldición de las adaptaciones de King con la nueva versión de una de las novelas más populares del de Maine, ItSu primera parte llega a los cines dispuesta tanto a convencer a los nostálgicos que tienen grabado a fuego en la retina a Tim Curry en la miniserie de los 90, como a conquistar a las nuevas generaciones de aficionados al terror.

Dirigida por Andy Muschietti (que debutó en el largo con Mamá), It narra la historia siete jóvenes inadaptados que viven un verano inolvidable en el pequeño pueblo de Derry, Maine a finales de los 80. A los miembros de este “Club de los perdedores”, como ellos se autodenominan, los une ser el blanco de la pandilla de los matones del instituto y haber sido marginados por diversos motivos: problemas familiares, abusos, o en el caso de Bill (Jaeden Lieberher), la pérdida de su hermano. Desde que el pequeño Georgie (Jackson Robert Scott) se desvaneció una tarde lluviosa que salió a perseguir su barco de papel hasta colarse en un desagüe, se han sucedido en Derry numerosas desapariciones de niños en extrañas circunstancias. Todas tienen en común al siniestro payaso Pennywise (Bill Skarsgård), una entidad que emerge desde las alcantarillas cada 27 años para alimentarse de los temores de sus presas. Los Perdedores deberán unir fuerzas para superar sus miedos y poner fin a la pesadilla enfrentándose a “Eso”.

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La historia la conocemos de sobra, tanto si hemos leído la novela como si nos zampábamos las más de tres horas de miniserie cada dos días (no la veáis ahora, es mucho peor de lo que recordáis). Y por eso es todo un alivio y una alegría comprobar que la nueva versión le hace justicia. Con It, Muschietti ha creado una robusta pieza de terror clásico en la que lo más importante y lo mejor no son los monstruos o los sobresaltos, sino los personajes, un excelente grupo de niños cuyo casting está a la altura del de Stranger Things (el film en general, como ya nos adelantaron en su día, está bastante influenciado por el fenómeno de Netflix). Ellos son el alma de una película que, además de ser un eficaz cuento de terror, es una emocionante y emotiva disección de la amistad, los miedos y los traumas de la infancia, así como un relato impregnado de nostalgia sobre los primeros años de la adolescencia y el proceso de madurez con el que se va dejando la niñez atrás.

La sensibilidad de los 80 no solo se ve reflejada en la estética de la película, sino también en su manera de retratar la infancia sin hipervigilancia paternal y la amistad entre los personajes, evocadora de las películas de pandillas de aquella época, y concretamente de otra basada en King, Cuenta conmigoIt saca provecho de su calificación para mayores de 18 años con diálogos cargados de palabras malsonantes y alusiones al sexo (los niños dicen más tacos que en una de Tarantino y es fascinante) que pintan un dibujo de la pubertad más acorde a lo que se hacía (y se vivía) hace 30 años que a lo que se suele ver en el cine protagonizado por preadolescentes hoy en día. Lo mismo ocurre con la violencia, mucho más contundente, más gráfica y sangrienta de lo habitual en el cine mainstream. It contiene imágenes ciertamente impactantes, sobre todo al estar protagonizadas por menores, pero la violencia y la imaginería macabra de la película no se antoja gratuita, sino que es esencial para el desarrollo de los personajes, al servir para manifestar sus miedos, el principal motor de la historia.

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It funciona a todos los niveles, como aventura de terror, como alegoría de crecer, como adaptación, como pieza cinematográfica independiente (la escisión de la novela en dos partes permite dejar bien cerrado este primer capítulo). Es aterradora, divertida, entrañable. Pero esto no quiere decir que sea redonda. Sus virtudes son indudables, pero sus defectos también saltan a la vista. Algunos provienen del material original y otros son exclusivamente achacables a la película. En cuanto a lo primero, aunque no se puede dudar que King creó una gran historia, es difícil pasar por alto su lamentable tratamiento de la única niña del club de los perdedores, Beverly, víctima de abusos, objeto de deseo de sus compañeros y casi siempre asociada al sexo. Muschietti, por su parte, trata de mejorarlo pero no es suficiente, llegando incluso a sexualizarla él también en alguna escena (eso sí, Sophia Lillis está perfecta, que eso quede claro, y Beverly es, a pesar de todo, el personaje más valiente de la película).

El otro problema principal de It es narrativo. Su estructura argumental es más que nada una yuxtaposición de momentos o viñetas, de escenas de suspense que conducen hacia el típico golpe de efecto, y que no forman un todo fluido hasta la parte final, lo que afecta inevitablemente al ritmo. Además, los sustos en los que culminan estas escenas son los de siempre. Sí, cumplen su misión de hacer saltar en la butaca, pero no brillan por su ingenio, abusando de la trampa y las criaturas digitales (excepciones serían la escena de las diapositivas o la visita en grupo a la casa abandonada, geniales). Y en relación a esto, solo queda hablar de Pennywise. Skarsgård cumple. El sueco inquieta e hipnotiza bajo el maquillaje del Payaso Bailarín, pero el efecto no dura demasiado y este acaba pasando a segundo plano, relegado a simple truco y eclipsado por los demás personajes (“Ven por el payaso, y quédate por los niños”). De hecho, el verdadero monstruo de la película no es él, sino los agresores que hacen la vida imposible a los Perdedores, principalmente el líder de los matones, Henry Bowers (Nicholas Hamilton), y el padre de Beverly (Stephen Bogaert), dos odiosos personajes que protagonizan escenas más crueles, enfurecedoras y terroríficas que el payaso.

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A pesar de los problemas citados, It sale a flote en todo momento. Muschietti acierta de pleno creando la atmósfera de Derry, reproduciendo y actualizando los elementos más icónicos de la historia y diseñando con suma atención al detalle imágenes espeluznantes y de gran plasticidad que alimentarán las pesadillas de más de uno (y que crearán una nueva ola de coulrofobia). Además, la película pone muy difícil aburrirse con su acertada combinación de suspense, aventura, drama y comedia. Ya quiera asustarnos, hacernos reír o conmocionarnos, siempre está pasando algo que impide que quitemos ojo de la pantalla.

Pero por encima de todo, It merece los mayores elogios por el magnífico trabajo de su reparto juvenil (todos están fantásticos, pero hay que aplaudir especialmente a Jack Dylan Grazer y Finn Wolfhard, dos robaescenas en toda regla). Al utilizar el terror para hablarnos de los personajes y cómo estos se encaran a sus traumas, It consigue una conexión emocional con ellos que se encuentra en pocas películas de miedo. Nos ponemos en la piel de los Perdedores para ver el mundo a través de sus ojos (los adultos, que son idiotas y en muchos casos los responsables de esos traumas, no ven a Pennywise o las estremecedoras visiones que Eso crea), regresamos a la infancia, revivimos nuestros temores y nos armamos de valor para superarlos con ellos. Ese vínculo, esa celebración de la amistad y el compañerismo ante la adversidad, es lo que hace que la película acabe siendo un triunfo. Y lo que hace que nos preguntemos si el Capítulo Dos será tan bueno como este, sabiendo que ya no estarán los niños.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Free Fire

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¡BANG! Boston no está situado en la costa oeste, pero el lema de su estado no tiene nada que envidiar a ninguna de las máximas pos las que se regía el lejano oeste: “con la espada buscamos la paz bajo la libertad”. ¡BANG! Tampoco estamos en el siglo XIX, sino a finales de los setenta, pero mal que nos pese, algunos siguen pensando que las diferencias se arreglan a palos en vez de dialogando. ¡BANG! Después de hacer que nos devanásemos la sesera con su polémica High-Rise, Ben Wheatley (Turistas) desenfunda para dispararnos a bocajarro una bala de adrenalina y despiporre que tiene grabada nuestro nombre. ¡BA…! (la bala se encasquilla) Bienvenido al lejano oeste bostoniano y setentero de Free Fire! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

De todos es sabido que un almacén abandonado es el lugar más idóneo para llevar a cabo los trapicheos más chungos. Aunque si algo nos ha enseñado el cine sobre este tipo de encuentros noctámbulos es que, a pesar de las condiciones favorables del emplazamiento (privacidad, oscuridad, silencio absoluto…), los planes siempre suelen salir mal. Sino que se lo digan a los pintorescos señores de Reservoir Dogs, cinta con la que esta Free Fire se encuentra hermanada. Pero a pesar de que no rueden orejas, la explosión de violencia de Free Fire supera con creces a la de la ópera prima de Quentin Tarantino, tanto en términos de duración, como de volumen y veracidad.

free-fire-posterCasi sin querer, Wheatley monta un O.K. Corral entre una banda de terroristas irlandeses (en ningún momento se nombra la organización a la que pertenecen, pero presumiblemente estamos ante miembros del actualmente extinto IRA) y los traficantes de armas con los que se han citado. Tras una media hora de tensa calma y humor cafre que exuda testosterona, da comienzo el tiroteo. Durante su hora de duración, este intercambio de balas es una lección magistral de cómo entretener al respetable haciendo que este no pierda la atención ni un solo segundo. Wheatley completa las líneas de diálogo de sus personajes con balas, teniendo éstas tanto valor o más que las propias palabras que salen de sus bocas.

Estas balas divierten, pero también agobian. Desde Green Room, no se sentía un agobio tan puro viendo la película. Pero mientras que el nerviosismo provocado por la obra de Jeremy Saulnier nos provocaba miedo y asco (en el buen sentido), la congoja de la de Wheatley nos provoca carcajadas y cierto interés por ver quién es el próximo en palmarla. Todo lo contrario de lo que sentíamos con cada muerte de Green Room, que dolían y mucho.

Nuestros padrinos principales en el duelo son dos pistoleros que nunca decepcionan: Brie Larson (La habitación) y Cillian Murphy (Peaky Blinders), pero que en esta ocasión se dejan ganar la partida interpretativa por un bellísimo y socarrón Armie Hammer (Operación UNCLE) y un bocazas e insoportable Sharlto Copley, el chico Blomkamp por excelencia. Otras destacables caras conocidas que se dejan disparar son la de Sam Riley (Control) y la del futuro novio de Hollywood Jack Reynor (Sing Street).

Free Fire ni carga, ni apunta, solo dispara… dispara, dispara y dispara hasta que no queda nadie sin una bala entre pecho y espalda.

David Lastra

Nota: ★★★½

American Horror Story Cult: Una nación, bajo el miedo, dividida

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Después de seis temporadas, American Horror Story se mete en política. No es que la serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk no haya sido una ficción comprometida y abiertamente liberal antes, pero este año, la política se convierte en uno de los motores principales de la serieAHS Cult arranca con una escalofriante escena que tiene lugar durante la fatídica y surrealista noche de las más recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos, en la que Donald Trump se alzó con la victoria por encima de Hillary Clinton, inaugurando así una nueva era marcada por el miedo y la incertidumbre. Este es el desencadenante de una historia de terror que, por ahora, prescinde del elemento sobrenatural para situarse en un contexto muy familiar. Ya sabéis, la realidad supera a la ficción, y lo de Trump es la pesadilla definitiva.

Las caras oficiales de AHS, Evan Peters y Sarah Paulson, protagonizan la nueva temporada, representando con sus respectivos personajes las dos vertientes de la nueva Norteamérica, una nación partida por la mitad en la que ha emergido una nueva ola de odio y donde la extrema derecha se ve respaldada por la propia Casa Blanca. Peters interpreta a Kai Anderson, un activista político con los cables cruzados y ansias de poder que ve la victoria de Trump como la oportunidad perfecta para poner en práctica su ideología, mientras que Paulson da vida a Ally Mayfair-Richards, una demócrata lesbiana cuyas mayores fobias afloran a raíz del resultado electoral. Alrededor de ellos, un atroz crimen y un misterio que involucra a una secta de payasos siniestros que se dedican a sembrar el terror en las calles de Michigan.

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Como de costumbre, Murphy y Falchuk llenan la batidora de temas, ideas y referentes para a continuación darle al botón de máxima potencia: las fobias personales (a los payasos, a la oscuridad, a los agujeros), el culto a los líderes mediáticos, la división de la sociedad, la xenofobia, el fanatismo político, la insensibilización que provoca estar constantemente expuestos a la violencia en nuestras pantallas… Cult abarca muchos asuntos, pero encuentra su hilo conductor en el miedo, cómo este nos condiciona y cómo se puede convertir en el arma definitiva para sumir el mundo en las tinieblas. AHS nunca ha sido precisamente sutil a la hora de exponer su discurso, pero Cult va un paso más allá y no tiene miedo a cruzar el límite, construyendo una sátira sobre la situación actual de Norteamérica tan burda y exagerada como valiente y ocasionalmente brillante.

Y esa es una de las mayores virtudes de esta serie, y de toda la obra de Murphy en general, que no se anda con rodeos, sino que dispara a matar, sin importarle en absoluto lo que los demás piensen, con carta blanca para provocar y escandalizar a discreción. No hay filtro, y el personaje de Peters es la prueba. En el primer capítulo, “Election Night”, vemos a Kai follándose a su televisor y pintándose la cara con un “batido” de Cheetos para celebrar el triunfo de Trump (recordemos que al presidente se le conoce “cariñosamente” como Human Cheeto por la característica naranjez de su rostro), lindeces que de ninguna manera impedirán que los fans del actor, más carismático que nunca, vuelvan a babear con su presencia en la serie. Pero no creáis que Cult solo ridiculiza a los republicanos, el liberalismo y el privilegio blanco que va asociado en muchas ocasiones a él también son objeto de burla, en especial esos social justice warriors hasta arriba de egocentrismo y autocomplacencia.

Al igual que en las anteriores temporadas, AHS Cult deja al descubierto sus referentes e influencias. Según vemos en el primer episodio, la serie se apoya claramente en el género de las invasiones domésticas y recuerda inevitablemente a la saga The Purge, sobre todo en las apariciones de los payasos. Por otro lado, Cult también parece estar preparando su propia versión de La mano que mece la cuna con el personaje de Billie Lourd (atención, que podría sorprendernos con su interpretación), que encarna a la nueva niñera del hijo de Ally y su mujer (Alison Pill), una universitaria demócrata despechada por haber malgastado un año haciendo campaña para Hillary que se somete al plan de Kai para infiltrarse en casa del enemigo.

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Para reflejar la histeria que reina en Estados Unidos (y el resto del mundo), Murphy se ha propuesto con la séptima temporada de American Horror Story apelar a uno de los miedos más extendidos (y más de moda), la coulrofobia, haciendo competencia a Pennywise cerca del fin de semana del estreno de It con el regreso del payaso Twisty (John Carroll Lynch). Y además de provocar, muy deliberadamente, la ira de los espectadores que no quieren política en sus series (la mayoría, republicanos), también se la tiene jurada a los que sufren de tripofobia (la aversión a los agujeros pequeños aglomerados en un mismo sitio, una fobia mucho más masiva de lo que creíamos). Es decir, hay munición para todos, y Cult promete ser una de las experiencias, si no más terroríficas, al menos más desagradables e incómodas del año.

AHS está decidida a atormentarnos con la imaginería más siniestra, pero tengo la sensación de que esta va a ser la temporada más cómica y más loca hasta la fecha (Chaz Bono como radical de Trump, ¿cómo te quedas?). Me lo dicen sobre todo las interpretaciones de Paulson y Evans, histriónicos, irritantes y divertidos, las idas de olla marca de la casa y los diálogos llenos de pullas y mala baba. Esta premiere no ha sido de las mejores de la serie, pero con suerte, esto podría dar lugar a una temporada que vaya de menos a más (crucemos los dedos), en lugar de mostrar todas sus cartas en el primer capítulo y desinflarse durante las siguientes semanas, que es lo que suele pasar con esta serie. Por si acaso, porque conocemos a Murphy, es mejor no hacerse demasiadas ilusiones, pero una cosa que está clara es que AHS Cult va a ser la temporada que más va a dividir a su audiencia, lo cual sería muy apropiado teniendo en cuenta que así es precisamente la realidad de la que nos quiere hablar.

Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

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Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.