Crítica: El otro guardaespaldas

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Hace unos meses me encontré con el póster de una supuesta nueva comedia de acción titulada The Hitman’s Bodyguard en el que se podía ver al resucitado Ryan Reynolds (recordemos lo accidentada que estaba siendo su carrera antes de Deadpool) sosteniendo en brazos a Samuel L. Jackson. El cartel en cuestión (que tenéis más abajo) es un jocoso homenaje al póster de El guardaespaldas, el clásico noventero (y casposísimo, no sé si la habéis vuelto a ver) protagonizado por Whitney Houston y Kevin Costner. Pues bien, solo por esta imagen, y quizá influenciado por Deadpool y la divertida personalidad pública de Reynolds, en mi cabeza The Hitman’s Bodyguard se convirtió en una parodia del cine de acción de lo 90 (otros directamente creyeron que se trataba de una broma de Internet). Pero nada más lejos de la realidad.

La película, en España rebautizada El otro guardaespaldas por el mismo avispado departamento de marketing que subtituló Sex Tape, la película de Cameron Díaz, Algo pasa en la nube en nuestro país (esto es una suposición mía, que como todo lo que digo, podría ser errónea), es una buddy film a la vieja usanza. Énfasis en lo de “vieja”. Una película que ha viajado 25 años desde el pasado hasta nuestros días para continuar la tradición cinematográfica de las cintas de acción testosterónica protagonizadas por una pareja de polos opuestos, rebosante de topicazos, estereotipos y sexismo. Todo con mucho humor, sí, pero sin apenas atisbo de ironía o metacomentario. Es decir, El otro guardaespaldas es la misma machirulada de siempre, lo que tiene sentido cuando descubrimos que en la silla del director se sienta el muy macho Patrick Hughes, realizador de Los mercenarios 3.

Volviendo al concepto de buddy film, la película explota adecuadamente la química entre sus dos dispares protagonistas, Ryan Reynolds, que da vida a Michael Bryce, un guardaespaldas de élite, y Samuel L. Jackson, uno de los sicarios más famosos del mundo, Darius Kincaid. Por una serie de desafortunadas circunstancias, Bryce ve cómo su lujoso estatus profesional se desvanece, lo que le llevará a tocar fondo cuando reciba el encargo de proteger a Kincaid, su enemigo mortal, quien ha intentado acabar con su vida en más de veinte ocasiones. Ambos deberán aguantarse durante 24 horas en un trepidante viaje que los llevará desde Londres a La Haya para que Kincaid testifique en un juicio en contra de un despiadado dictador de Europa Oriental (Gary Oldman, en serio), y en el que vivirán alocadas persecuciones, explosiones, huidas en barco y tiroteos a mansalva.

A pesar de lo anticuado de esta historia y su enfoque, lo que delata a El otro guardaespaldas como una película de 2017 es su cuidada factura técnica. Otra cosa no, pero el film al menos cumple en lo que debe cumplir, con secuencias de acción diestramente coreografiadas y filmadas con mucho pulso y gusto por el espectáculo más desmesurado. También se salva el trabajo de Reynolds, reinventado como uno de los actores de comedia más solventes del cine reciente y desbordante de ese tipo de carisma cercano que lo hace tan simpático para la audiencia. Su contrapunto, Jackson, se limita a hacer lo que se espera de él en una película de estas características, sin importarle demasiado hacer el ridículo. Una payasada de las suyas, un “motherfucker” cada dos palabras y Jackson se lleva su cheque más contento que unas pascuas.

elotroguardaespaldasposterY luego están los secundarios… Élodie Yung (Elektra en las series de Marvel/Netflix) hace de agente de la Interpol, pero por mucho que la dibujen como mujer de acción, no es más que la chica del héroe, un personaje que aparece casi exclusivamente para mover la trama romántica del film. Pero esa no es la exhibición de sexismo más flagrante de la película. Para eso está Salma Hayek, la mujer de Kincaid (cómo no, ella es casi 20 años más joven que él), un personaje sumamente vergonzoso que protagoniza un lamentable flashback que se recrea en las tetas y el culo de la actriz (desde el punto de vista de Jackson) mientras esta masacra sádicamente a sus acosadores (¿el feminismo según Hughes?), en un alarde exploit que tiene la gracia en el… bueno, ya sabéis dónde. Y por último, lo de Gary Oldman no tiene nombre. Bueno, sí: hay que pagar las facturas. Su villano, además de obsoleto y ofensivo, es el personaje más plano de la película, que ya es decir.

El último guardaespaldas planteaba una buena oportunidad para reírse de los lugares comunes del género, incluso para intentar reinventarlo y traerlo al siglo XXI, pero la desaprovecha por completo (no creo que la idea ni se les pasara por la cabeza en ningún momento). Además de no tener demasiada gracia y ser pesadísima (dos horas dura, y se nota), es tan rancia, tan arcaica que ni sus explosivas escenas de acción, ni el majete de Reynolds la redimen. Que alguien la devuelva a 1990, donde pertenece.

Pedro J. García

Nota: ★★

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