Crítica: Rey Arturo – La leyenda de Excálibur

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Tenemos que hablar de Guy Ritchie. Hace casi dos décadas, el realizador británico se erigía como una de las grandes promesas del cine de acción, con un estilo propio muy marcado y una desbordante energía creativa que sabía plasmar muy bien en la pantalla. El tiempo pasó, y Ritchie se estancó. Sí, obtuvo un gran éxito con la relectura en clave de blockbuster de Sherlock Holmes y su incluso más taquillera secuela, y recuperó algo de su lustre con la infravalorada Operación UNCLE, aunque fuera un fracaso de taquilla, pero su cine se quedó en el pasado, donde aun era novedad.

Precisamente la gran acogida en todo el mundo de Sherlock Holmes es lo que llevó a Ritchie a realizar otra actualización de un mito de la literatura para llevarla al terreno de la superproducción épica, y lo que condujo a Warner Bros. a volver a jugársela con otra carísima reinvención después del batacazo de Pan: Viaje a Nunca Jamás y La leyenda de Tarzán. Su última película (previa al remake en acción real de Aladdin), Rey Arturo: La leyenda de Excálibur, toma el mito artúrico, lo tritura y lo pasa por el filtro de la fantasía de espada y brujería moderna para dar lugar a un híbrido entre El señor de los anillos y Juego de Tronos con aire a videojuego de última generación. Pero claro, no sería una película de Guy Ritchie si Guy Ritchie no te demostrase cada dos o tres escenas que Guy Ritchie está detrás de las cámaras.

Rey Arturo aúna todas las tendencias del cine de los grandes estudios en una sola película. El espectáculo ruidoso, confuso y sobrecargado digitalmente, la historia de orígenes propia de los superhéroes, la proyección de la historia como un primer capítulo dentro de una saga… Pero para diferenciarla (y ya de paso hacerla más extraña y chocante), Richie incorpora su espíritu gamberro y los ingredientes clásicos de su cine: los diálogos a velocidad de la luz, el acompañamiento rock’n-roll, la turbiedad callejera, las violentas peleas a mamporros, el cansino cameo de David Beckham, y esos montajes espídicos tan suyos, con los que aporta un tipo muy concreto de humor a la historia clásica de Arturo. El problema es que, en esta ocasión, en lugar de ser refrescante, resulta postizo, forzado, y lo único que hace es demostrar que nadie en esta película sabía exactamente qué quería hacer con ella, empezando por su director.

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Si bien es cierto que pocos han acertado trasladando el mito artúrico al ámbito audiovisual, Ritchie fracasa especialmente por querer abarcar demasiado. Su intención es claramente la de acercar la historia de Camelot a la audiencia joven, y para ello se recrea en las licencias creativas, obvia a personajes importantes y da énfasis a otros menos conocidos (creemos que) para evitar contar lo mismo de siempre, magnifica el factor fantástico, y lo más importante, presenta a un Arturo más moderno, rebelde, y atractivo. Este Arturo tiene la cara y el cincelado torso de Charlie Hunnam (Sons of Anarchy), un actor solvente que Hollywood se empeña en vender como leading man y que ha tenido poca fortuna eligiendo proyectos, a pesar de que no se puede negar que pone entusiasmo a su trabajo. Eso sí, por mucho que el actor británico se entregue en cuerpo y alma (sobre todo en cuerpo) al personaje, no es suficiente para que el resto de la propuesta cuaje. Y es que Rey Arturo es un pastiche adrenalínico sin pies ni cabeza que golpea y aturde con pirotecnia vacía, criaturas gigantes que no vienen a cuento (por momentos parece que estamos viendo una adaptación de God of War), o peleas superestilizadas a cámara lenta que hacen pensar que quizá Zack Snyder también metió mano a este proyecto de franquicia.

Inevitablemente, los personajes (sobre todo los olvidables secundarios) se pierden entre todo el frenesí digital, la fantasía abarrotada y la acción ensordecedora, y ni el Arturo de Hunnam, ni el estimable trabajo de Jude Law como su antagonista, Vortigern, pueden salvar la película, haciendo que el factor humano desaparezca en favor de los fuegos artificiales. Rey Arturo: La leyenda de Excálibur es reflejo y síntoma del estado actual del cine de los grandes estudios, un producto aquejado del mal de las franquicias y los universos compartidos que mezcla todo lo que en teoría funciona con la audiencia de hoy en día, pero que falla en su ambiciosa empresa actualizadora por culpa de una absoluta falta de visión e identidad propia.

Pedro J. García

Nota: ★★

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