Mi verano de serie (Primera parte)

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El verano se acaba, y con él los días de libertad. No solo para aquellos que regresan a la rutina laboral o estudiantil después de unas merecidas vacaciones, sino también para los seriéfilos que hemos aprovechado la tranquila temporada estival para ponernos al día con nuestras series. Las altas temperaturas, la escasa oferta cultural y la cartelera más pobre que se recuerda en varios veranos han contribuido a que muchos nos quedemos en casa pegados a la(s) pantalla(s). Aunque la verdad es que no nos hacen falta esas excusas para hacerlo.

Hace unos años, el verano era sinónimo de sequía catódica. Tanto en Estados Unidos como en España, las cadenas suelen programar repeticiones o volcar series de relleno o de menor prestigio en su parrilla. Pero de un tiempo a esta parte, los veranos también albergan series de calidad y productos que no palidecen ante los estrenos de temporada alta. En la era de la Peak TV no hay descanso para el seriéfilo, como ha demostrado sobre todo la poderosa presencia de Juego de Tronos Twin Peaks. Aun así, la cosa sigue estando más serena en los meses de julio y agosto, lo que me ha permitido alternar estas y otras ficciones de estreno con series que llevaba tiempo queriendo ver/continuar/terminar. En algún caso, más de una década.

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Aunque los termómetros nos contasen otra historia, este verano ha sido el más invernal de la historia. Juego de Tronos ha acaparado casi toda la conversación seriéfila de los últimos dos meses. La serie de HBO ha batido récords de audiencia y nos ha tenido en vilo durante siete semanas en las que se ha librado una batalla campal no solo en Poniente, sino también entre sus divididos fans en Internet. Yo ya expresé mi opinión sobre la “nueva” Juego de Tronos en este artículo para eslang, y he hablado tanto del tema en redes sociales y en la vida real que lo doy por zanjado hasta que la serie vuelva con su última temporada. Antes, solo una cosa: FINALAZO. No, espera, dos: CULAZO.

El buque insignia de HBO se ha hecho tan grande que apenas ha dado oportunidad al regreso televisivo más importante de los últimos años (de la historia si me apuras), el de Twin Peaks. Sobre los primeros capítulos del revival de la serie de David Lynch y Mark Frost ya hablé largo y tendido aquí, y lo cierto es que, dos meses después, me reafirmo en todas y cada una de las palabras que escribí.  Si estas últimas semanas han servido para algo es para recordarnos que no hay (y no habrá nunca) nada como Twin Peaks, ni nadie como David Lynch. La recta final de “The Return” está siendo monumental, una descarga eléctrica para los sentidos en la que no está faltando el magnífico humor lynchiano, el terror más inquietante o la emoción a flor de piel. Y es que Lynch sabe cómo jodernos la cabeza, cómo provocarnos pesadillas, pero también cómo enternecernos y hacernos llorar (“Goodbye, Margaret”). A falta de ver el final de “The Return”, solo me queda darle de nuevo las gracias por todo lo que me ha dado este verano, y toda la vida.

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Otra serie de estreno que he llevado al día este verano es Preacher, la ficción de AMC que adapta (libremente) el cómic de Vértigo, y que en su segunda temporada ha dejado el pueblo de Annville para emprender un viaje en carretera y poco después reubicarse en Nueva Orleans. La primera temporada de Preacher estuvo bastante bien, pero en realidad no fue más que un largo preámbulo, una introducción a la serie que este año por fin ha empezado. Esta temporada tiene más humor, más acción y una trama más retorcida y cercana a los cómics, pero a pesar de esto sigue sin encontrar su voz del todo. Aunque empezó con buena letra, la serie ha vuelto a quedarse estancada y perder un poco el norte, con capítulos que difieren bastante en calidad (está claro que es hora de dejar Nueva Orleans), pero su continuado empeño en sorprender y provocar, y sobre todo la presencia de Joe Gilgun, hacen que salga siempre a flote. El vampiro Cassidy es lo mejor de Preacher y mientras él esté en la serie, no importa tanto que esta no logre ubicarse.

Este verano también ha sido el de The Defenders, el esperadísimo crossover de las series de Marvel y Netflix que se ha saldado con un recibimiento más bien tibio por parte de crítica y público, y ha sido eclipsado en la conversación online por Juego de Tronos. En mi entusiasta crítica a los primeros cuatro episodios os conté lo mucho que había disfrutado la primera mitad de la serie, pero vista entera, he de reconocer que pierde fuelle a medida que avanza, y termina con un desenlace correcto pero demasiado light para toda la expectación que había depositada en ellaThe Defenders ha sido más bien como una temporada breve de Daredevil, solo que con el aliciente de ver a los superhéroes juntos en pantalla. Aun así, yo la he disfrutado mucho. Me ha parecido entretenida, compacta (qué bien que no haya apenas relleno), repleta de buenas secuencias de acción y peleas para quitarnos el mal sabor de Iron Fist, y con Jessica Jones siendo básicamente lo mejor. Puede que esperásemos más, pero se ha mantenido fiel al estilo de las series individuales y nos ha dado un producto final más que digno. Ah, una cosa más: no sé vosotros, pero yo sigo esperando a que ese ascensor caiga…

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La comedia también ha tenido cabida en mis tardes pegado al televisor y al aire acondicionado. El verano empezó con GLOW, serie de las creadoras de Orange Is the New Black (por cierto, qué atrasada la llevo y qué pereza me da retomarla) que no ha sido un knockout en su primera temporada, pero tiene potencial de sobra para serlo más adelante (os cuento más aquí). De Netflix también he visto Wet Hot American Summer: Ten Years Later, y me ha parecido la mejor entrega de esta saga absurda y excesiva hasta la fecha. Nunca fui fan de la película (como muchos otros, descubrí su existencia a raíz de que Netflix anunciara su precuela en forma de serie), y a pesar de sus puntazos, First Day of Camp no me hizo demasiada gracia, pero esta secuela ha subido el listón y me lo he pasado en grande. Merece una mención especial ese magnífico desenlace con 80 finales falsos. Deliciosamente meta.

People of Earth ha vuelto con su segunda temporada, y aunque le pasa como a Brooklyn Nine-Nine, que no logra sacar todo el provecho que debería a su premisa, es una serie muy curiosa que merece un poco más de atención. Teniendo detrás a los responsables de The OfficeParks and Recreation, sorprende que esta serie no sea tan abiertamente cómica y ponga más énfasis en el misterio y el drama de los personajes, pero supongo que es lo que pide la historia. Podría ser más interesante, pero es lo suficientemente buena y original como para mantenerme enganchado, y totalmente recomendable para los fans de las series mencionadas. Un buen acompañamiento para otra comedia reciente de similares características, The Good Place.

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Y hablando de enganches… Tenemos que hablar de Younger, comedia del creador de Sexo en Nueva York, Darren Star, que va ya por su cuarta temporada y que estoy seguro de que a muchos y muchas os encantaría si supierais de su existencia (para eso estamos aquí). La historia va sobre una madre divorciada de 40 años (la gran Sutton Foster) que se hace pasar por millennial para conseguir trabajo en una importante editorial de Nueva York y debe mantener su fachada de veinteañera para evitar quedarse en la calle. Dejémoslo claro, Younger es una gran tontería, pero es de esas tonterías que le alegran a uno el día, ya sea por su humor desenfadado y picante, por sus adictivas tramas románticas o por la agradecida presencia del encantador Nico Tortorella, siempre dispuesto a quitarse la camiseta y siempre exudando química con cualquiera que se le ponga por delante. Younger es la definición del (mal llamado) placer culpable, un dulce que no amarga a nadie y que siempre apetece.

También me he puesto al día con otras comedias más “serias”, o más de prestigio, que al fin y al cabo son sinónimos (“¿Desde cuándo las comedias son dramas de 30 minutos?”-Billy Epstein). Insecure, la serie de HBO creada por Issa Rae, está arriesgando más y como consecuencia dejándonos una tanda de capítulos más irregular que el año pasado. Algunos alcanzan cotas altísimas de brillantez y otros (como el de la mamada) nos muestran que todavía le queda para afianzarse. Aun con todo, Insecure es una de las series más frescas, divertidas y atrevidas que hay actualmente en antena.

Todo lo contrario que Casual, una de esas dramedias sobre treinta y cuarentañeros a la deriva que no ofrece absolutamente nada que no hayamos visto en cientos de ocasiones. Lo siento, Casual, pero no eres tan profunda e interesante como crees. Dentro de este mismo subgénero se encuentra Amigos de la universidad, y aunque esta opinión va a ser impopular, me parece bastante superior a Casual, sobre todo porque es menos pretenciosa. Sí, es tremendamente inconsistente y un caos tonal, pero también lo suficientemente divertida como para verla en una o dos sentadas con facilidad, y además, tiene un reparto fantástico. Netflix la ha renovado para una segunda temporada y no os voy a engañar, tengo ganas de seguir conociendo a este tóxico sexteto de adultos estancados y ver en qué disfuncionales aventuras se meten el próximo verano.

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Para terminar, tengo que recomendar encarecidamente otra comedia, Difficult People, una joya absoluta que por desgracia todavía no emite ninguna cadena o plataforma en España (lo cual se entiende, porque es una serie muy localista y llena de referencias a cosas poco conocidas fuera de Estados Unidos). Creada por Julie Klausner y protagonizada por ella y Billy Eichner (aquí rebajando el histrionismo de su trabajo en Parks and Recreation Billy on the Street), Difficult People es actualmente la comedia más irreverente, salvaje y cáustica que hay en televisión. Klausner y Eichner dan vida a dos cómicos en paro que intentan triunfar en la escena neoyorquina, pero se autoboicotean constantemente con su actitud ponzoñosa y despreciable. Ellos se han definido en varias ocasiones como Will y Grace, pero en peores personas (que ya es decir, porque Will y Grace son bastante lo peor), y no podía ser una descripción más certera. Klausner y Eichner no dejan títere con cabeza con sus venenosas pullas a los famosos (Woody Allen, Ryan Murphy y Kevin Spacey se llevan golpes sin piedad en casi todos los capítulos) o sus críticas a otras series y películas (Julie escribe recaps de televisión, así que imaginaos), haciendo de la serie uno de los análisis más sinceros y certeros de la cultura popular. Claro que puede que a mí me guste tanto porque en el fondo me veo reflejado en ellos. Quizá no sea algo de lo que presumir, pero Difficult People es todo lo que se me pasa por la cabeza hecho serie, y Julie y Billy son la voz de mi peor yo, lo cual resulta en una experiencia televisiva egocéntrica y divertidísima.

Hasta aquí mi primera parte del repaso a las series que he visto estos meses. Sí, han sido tantas que me he visto obligado a dividir el especial en dos partes para no desesperaros. En breve publicaré la segunda parte. Mientras, contadme qué series habéis visto vosotros para evitar salir a la calle y/o socializar este verano.

Man in an Orange Shirt: La miniserie LGBTQ que todo el mundo debería ver

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Como parte de los festejos para conmemorar el 50º aniversario de la descriminalización parcial de la homosexualidad en Inglaterra y Gales, la cadena BBC organizó recientemente la Gay Britannia season, programación especial alrededor de la comunidad LGBTQ compuesta de documentales, especiales informativos y series de ficción. De entre todos ellos destaca la miniserie Man in an Orange Shirt, una conmovedora historia de amor en dos partes que, tras arrebatarme por completo, me he propuesto, como reto personal, contribuir a que no se quede solo en la tele británica, sino que llegue al mayor número posible de espectadores fuera de su país.

Man in an Orange Shirt está dirigida por Michael Samuels (Any Human Heart) y escrita por el novelista Patrick Gale, basándose ligeramente en su propia experiencia al descubrir la verdad sobre la relación de sus padres. En la primera parte, la miniserie cuenta el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial, Michael (Oliver Jackson-Cohen) y Thomas (James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero, Flora (Joanna Vanderham en los 40, Vanessa Redgrave en el presente), que decide continuar casada con él tras descubrir su secreto. En una Gran Bretaña en la que, como en el resto del mundo, la homosexualidad se pena con cárcel y el divorcio todavía está estigmatizado (y mucho más si es por ese motivo), Flora y Michael deciden mantener la fachada de un matrimonio feliz mientras él sigue perdidamente enamorado de Thomas.

La segunda parte lleva la historia al Londres actual para presentarnos al nieto de Flora y Michael, Adam (Julian Morris), un joven que se refugia en las apps de sexo y las relaciones con extraños, incapaz de abrir su corazón a nadie hasta que conoce a Steve (David Gyasi), un arquitecto con el que entabla una bonita pero complicada relación mientras trabajan juntos en las reformas de la casa de campo donde el abuelo de Adam vivía su romance secreto. Con su segunda hora, y a través de la relación entre Adam y su abuela, que ignora que su nieto es gay, Man in an Orange Shirt nos muestra lo mucho que ha cambiado la experiencia homosexual en setenta años, oponiendo dos periodos históricos separados por décadas de transformaciones sociales para hablarnos de las consecuencias de la represión del pasado y de la imposibilidad de ser feliz cuando se nos niega (o cuando nos negamos) la oportunidad de ser nosotros mismos.

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Gale realiza un trabajo exquisito con diálogos sutiles y poderosos, condensando en dos horas las múltiples ramificaciones emocionales de la historia y componiendo caracterizaciones redondas con gran sensibilidad. Pero es el reparto el que eleva el material a otro nivel. El trabajo de Oliver Jackson-Cohen y Julian Morris encabezando cada una de las partes de la miniserie es soberbio, lleno de matices, elocuencia en sus miradas y conexión verdadera con sus no menos excelentes parejas. Pero quien acaba destrozándonos por completo es Vanessa Redgrave. La poderosa interpretación de Joanna Vanderham en la primera parte nos hace entender a Flora de joven, mientras que la inconmensurable Redgrave se deja la piel y el corazón en un personaje muy complejo, una mujer atrapada en un matrimonio sin amor que, tras toda una vida de rencor, silencio y represión sexual, se encara al pasado y descubre cómo perdonar a su marido gracias a su nieto.

Man in an Orange Shirt no es solo una pieza de época de elegante factura a la altura de lo que se espera de BBC, es también un relato muy valioso con el poder de acercar la comunidad LGBTQ a todas las audiencias y mostrar las adversidades e injusticias que esta ha atravesado a lo largo de los años. Y también, por supuesto, se trata de una preciosa historia de amor, melancólica, triste pero optimista, profundamente humana y cargada de sensualidad. Mi más sincero agradecimiento a BBC por mostrar las relaciones sexuales entre hombres con naturalidad y realismo, sin reducirlas a un casto beso con la boca cerrada y un fundido a negro, y sin que esto convierta a la miniserie en un producto “para mayores” (su calificación es NR-15). Esperemos que llegue el día en que nuestra televisión pública se atreva a seguir los pasos de la mucho más integradora y progresista cadena británica, y refleje también (y tan bien) la difícil historia de una comunidad, que, a pesar de los avances, continúa oprimida, atacada y poco representada en los medios generalistas. Mientras tanto, celebremos la existencia de Man in an Orange Shirt, y hagamos lo posible por hacerla llegar a todo el mundo.

Hasta que alguna cadena o plataforma nos la traiga a España (espero que así sea), Man in an Orange Shirt está disponible en la web de BBC (con bloqueo geográfico) y sale a la venta en DVD en el Reino Unido el 18 de septiembre.

*Actualización: Ya tenemos fecha de estreno en España. Man in an Orange Shirt llega a Filmin el 28 de noviembre.

Crítica: El otro guardaespaldas

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Hace unos meses me encontré con el póster de una supuesta nueva comedia de acción titulada The Hitman’s Bodyguard en el que se podía ver al resucitado Ryan Reynolds (recordemos lo accidentada que estaba siendo su carrera antes de Deadpool) sosteniendo en brazos a Samuel L. Jackson. El cartel en cuestión (que tenéis más abajo) es un jocoso homenaje al póster de El guardaespaldas, el clásico noventero (y casposísimo, no sé si la habéis vuelto a ver) protagonizado por Whitney Houston y Kevin Costner. Pues bien, solo por esta imagen, y quizá influenciado por Deadpool y la divertida personalidad pública de Reynolds, en mi cabeza The Hitman’s Bodyguard se convirtió en una parodia del cine de acción de lo 90 (otros directamente creyeron que se trataba de una broma de Internet). Pero nada más lejos de la realidad.

La película, en España rebautizada El otro guardaespaldas por el mismo avispado departamento de marketing que subtituló Sex Tape, la película de Cameron Díaz, Algo pasa en la nube en nuestro país (esto es una suposición mía, que como todo lo que digo, podría ser errónea), es una buddy film a la vieja usanza. Énfasis en lo de “vieja”. Una película que ha viajado 25 años desde el pasado hasta nuestros días para continuar la tradición cinematográfica de las cintas de acción testosterónica protagonizadas por una pareja de polos opuestos, rebosante de topicazos, estereotipos y sexismo. Todo con mucho humor, sí, pero sin apenas atisbo de ironía o metacomentario. Es decir, El otro guardaespaldas es la misma machirulada de siempre, lo que tiene sentido cuando descubrimos que en la silla del director se sienta el muy macho Patrick Hughes, realizador de Los mercenarios 3.

Volviendo al concepto de buddy film, la película explota adecuadamente la química entre sus dos dispares protagonistas, Ryan Reynolds, que da vida a Michael Bryce, un guardaespaldas de élite, y Samuel L. Jackson, uno de los sicarios más famosos del mundo, Darius Kincaid. Por una serie de desafortunadas circunstancias, Bryce ve cómo su lujoso estatus profesional se desvanece, lo que le llevará a tocar fondo cuando reciba el encargo de proteger a Kincaid, su enemigo mortal, quien ha intentado acabar con su vida en más de veinte ocasiones. Ambos deberán aguantarse durante 24 horas en un trepidante viaje que los llevará desde Londres a La Haya para que Kincaid testifique en un juicio en contra de un despiadado dictador de Europa Oriental (Gary Oldman, en serio), y en el que vivirán alocadas persecuciones, explosiones, huidas en barco y tiroteos a mansalva.

A pesar de lo anticuado de esta historia y su enfoque, lo que delata a El otro guardaespaldas como una película de 2017 es su cuidada factura técnica. Otra cosa no, pero el film al menos cumple en lo que debe cumplir, con secuencias de acción diestramente coreografiadas y filmadas con mucho pulso y gusto por el espectáculo más desmesurado. También se salva el trabajo de Reynolds, reinventado como uno de los actores de comedia más solventes del cine reciente y desbordante de ese tipo de carisma cercano que lo hace tan simpático para la audiencia. Su contrapunto, Jackson, se limita a hacer lo que se espera de él en una película de estas características, sin importarle demasiado hacer el ridículo. Una payasada de las suyas, un “motherfucker” cada dos palabras y Jackson se lleva su cheque más contento que unas pascuas.

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El último guardaespaldas planteaba una buena oportunidad para reírse de los lugares comunes del género, incluso para intentar reinventarlo y traerlo al siglo XXI, pero la desaprovecha por completo (no creo que la idea ni se les pasara por la cabeza en ningún momento). Además de no tener demasiada gracia y ser pesadísima (dos horas dura, y se nota), es tan rancia, tan arcaica que ni sus explosivas escenas de acción, ni el majete de Reynolds la redimen. Que alguien la devuelva a 1990, donde pertenece.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Death Note

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Netflix continúa elevando el listón de su producción propia con películas originales cada vez más ambiciosas y claramente diseñadas para hacer la competencia directa a las salas de cines. Después de su polémica visita a Cannes con Okja, la plataforma estrena una película que si nos hubieran dicho hace unos años que estaba en desarrollo, habríamos dado por sentado que era para la gran pantalla, y no para ver directamente en el salón de casa. Se trata de Death Note, adaptación norteamericana de uno de los mangas y animes más populares de todos los tiempos.

El largometraje está dirigido por Adam Wingard, un cineasta que en su corta carrera ya ha demostrado que es capaz de hacer cosas muy interesantes (Tú eres el siguienteThe Guest) y cosas, digamos, menos dignas (Blair Witch). Mi curiosidad hacia Death Note no se enfocaba tanto a la manera en la que se ha adaptado el material, sino a si la película entra en la primera o la segunda categoría del cine de Wingard. Vaya por delante que no he leído el manga en el que se basa Death Note, pero sí he visto el anime, por lo que estoy bastante familiarizado con el fenómeno (y su apasionado fandom). Digo esto para aclarar que esta crítica no está escrita por un fan ofendido por los cambios que se han hecho al original, por la americanización de la historia, porque L sea negro o Kira no se parezca a la versión de carne y hueso del personaje que había idealizado en mi mente. Esas cosas no podían importarme menos. Esta es una crítica de la película como pieza audiovisual, de su rendimiento como producto al margen, en la medida de lo posible, de su referente. Y como tal, Death Note es un despropósito.

Empecemos con el argumento, aunque la mayoría seguramente lo conozcáis de sobra. Basada en el manga de Tsugumi Ohba y Takeshi ObataDeath Note narra la historia de un estudiante de instituto, Light Turner (Nat Wolff), que un día se encuentra con un cuaderno sobrenatural que esconde un inmenso poder. Cuando el dueño del cuaderno escribe el nombre de alguien en sus páginas mientras imagina su rostro, esa persona muere. La aparición del cuaderno conlleva la irrupción en la vida de Light de Ryuk (Willem Dafoe), un shinigami o dios de la muerte que le empuja a explorar las siniestras posibilidades de su nuevo poder. Asqueado por su día a día y decidido a cambiar el mundo, Light acabará con la vida de aquellas personas que cree que deben morir, contando con el apoyo de Mia (Margaret Qualley), la chica de sus sueños, y enfrentándose a la oposición del cuerpo de policía y el misterioso L (Lakeith Stanfield), joven detective que oculta su cara para evitar ser aniquilado por su enemigo.

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Death Note es una adaptación estadounidense, y como tal, traduce la historia original, ambientada en Japón, a la idiosincrasia de su país. Para ello, Wingard la concibe como una película de instituto de fantasía y terror en la tradición del cine de adolescentes norteamericano, con un pie en los clásicos del género, otro en cintas de culto como Donnie Darko y la cabeza en el slasher moderno. Tenemos todo lo que define al cine teen, el inadaptado enamorado de la chica popular, los bullies, la presión social, y un pre-clímax que tiene lugar, cómo no, en el “homecoming dance”. Por supuesto, tampoco falta ese toque ochentero y nostálgico que tanto le gusta al director (y a Netflix), y que se manifiesta en una banda sonora electrónica con fuerte presencia del sintetizador y las ubicuas luces de neón como herramienta indispensable para diseñar el acabado cosmético de la película, como ya hiciera con The GuestEl resultado es un trabajo indudablemente jugoso y atractivo, una película que, nos convenza o no narrativamente, cumple a nivel técnico y visual, aunque esté un peldaño o dos por debajo de muchas de las producciones de Hollywood que llegan a los cines.

Lo que la desmarca principalmente de otros films adolescentes es su calificación Rated-R, de la que se saca partido para manifestar la rabia adolescente en forma de violencia extrema. Las muertes de Death Note son brutalmente gráficas, sobre todo las que tienen lugar en la primera mitad de la película, que se recrean atrevidamente en el gore y parecen llevar un paso más allá la perversidad de la saga Destino final. Pero no nos confundamos, que Death Note sea para mayores de 18 años y no tenga miedo a volverse realmente macabra no quiere decir que sea una película adulta, nada más lejos de la realidad. De hecho, es todo lo contrario.

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Apropiadamente, Death Note tiene un tufo emo muy de hace una década. Su pareja protagonista se pasea por el instituto lánguidamente, haciendo reflexiones nihilistas de baratillo, mirando con desdén a sus compañeros, a los que definen como “un rebaño de ovejas”, y lo peor de todo, sin apenas atisbo de humor o ironía. La realidad es que Death Note no es tan reivindicativa como cree, y su provocación es infantil y carece de una base sólida (más allá de V de Vendetta, a la que imita como un adolescente impresionable en busca de guía). El simplismo a la hora de acometer un relato tan moralmente complejo indica que no se ha sabido cómo enfocar los dilemas que este plantea, lo cual desemboca en una película que parece estar hecha a medias.

Pero eso no es lo peor de Death Note. Lo peor es que está muy mal contada. Todo va demasiado rápido, no hay apenas contextualización, y mucho menos caracterización de personajes (algunos de estos defectos los comparte con la serie, todo hay que decirlo). Antes de que haya pasado la primera media hora ya se ha desarrollado la trama a escala global de Kira. Apenas hay tiempo para profundizar, quedándose en la superficie en todos los aspectos, una superficie, por cierto, llena de agujeros y absurdos que hacen que la historia haga aguas por todos lados. Además, los guionistas (tres en total) no saben condensar una mitología enmarañada y una historia con tantas reglas (“¡Hay demasiadas putas reglas!”, y a cada cual más aleatoria) en una hora y cuarenta minutos, lo que hace pensar que quizá habría sido mejor realizarla como serie en lugar de un largometraje.

Y luego está el tema ya mencionado de su reparto, en especial la errática elección de Nat Wolff como Light. El actor simplemente no funciona en el papel, su interpretación es ortopédica, plana y acartonada. Y ya no es que esté haciendo de adolescente pasmado y rarito, es que es imposible empatizar con él. Margaret Qualley (que ya nos enamoró en The LeftoversDos buenos tipos) le saca las castañas del fuego, sobre todo al principio, pero tampoco es suficiente para salvar la película, ya que su química con el protagonista es nula, su relación forzadísima (“Soy una puta animadora, nada importaba hasta que te conocí”, le dice ella a él cerca del final, pero en ningún momento hemos visto o sentido tal cosa) y su personaje es igual de estúpido que el resto del film (una pena, porque es el que más potencial tiene).

Death Note tiene aciertos que la redimen por momentos, sobre todo si no le exigimos demasiado (lo cual es recomendable). Ya hemos mencionado la factura, su mejor cualidad. Otra cosa no, pero Wingard sabe ganarnos creando atmósfera con secuencias iconoclastas y llamativos momentos musicales (consuela saber que no lo hemos perdido del todo). Además, la película cuenta con buenos efectos especiales, entre los que destacan la escena final en la noria (de lo más espectacular que ha hecho Netflix) y la presencia de Ryuk, demonio realizado mediante una fusión de CGI, captura del movimiento y animatronic. Aunque no es una criatura todo lo terrorífica que debería haber sido, el Ryuk de Dafoe (y Jason Lilies, el actor que prestó su cuerpo al personaje), supone una presencia lo suficientemente inquietante como para que uno no deje de mirar a la pantalla.

Eso sí, aunque la película consiga entretener, se acaba yendo al garete por culpa de un guion escuálido y sin pies ni cabeza, un desenlace ridículamente retorcido y confuso, unas interpretaciones muy escasas (o dramáticamente exageradas sin venir a cuento, que no sé qué es peor) y una torpeza inusitada en algunas escenas de acción. Todo ello hace de Death Note un descarrilamiento creativo destinado a enfurecer a los fans del material original y dejar indiferentes (como poco) a los espectadores casuales.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Valerian y la ciudad de los mil planetas

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Atención al dato. El cómic franco-belga Valerian, agente espacio-temporal inspiró a George Lucas en su creación de Star Wars. Esto debería ser credencial suficiente para que el tebeo creado en los 50 por Pierre ChristinJean-Claude Mézières fuera más conocido entre el gran público, pero Valerian no goza del reconocimiento masivo que otras obras fundacionales del cómic moderno sí tienen. Por esto mismo, había que hacer algo al respecto. Había que dar a conocer el material sin el que Star Wars no habría sido igual, qué digo, sin el que el cine no habría sido el mismo. Y quién mejor para acometer esta ambiciosa empresa que Luc Besson.

Con Valerian y la ciudad de los mil planetas regresa el Besson de El quinto elemento, el más desmesurado, imaginativo y hortera. Y para llevar a la gran pantalla su nuevo delirio intergaláctico tuvo que encontrar el apoyo financiero fuera de los grandes estudios, asociando su EuropaCorp con una coalición de productoras independientes que elevaron el presupuesto del proyecto hasta los 180 millones de dólares (según los rumores podría ser más), convirtiéndola en la película europea y la película independiente más cara de la historia. Una jugada suicida se mire por donde se mire, pero que tiene su recompensa: Valerian es un espectáculo visual sumamente impresionante.

En la película, Valerian (Dane DeHaan) y Laureline (Cara Delevingne) son agentes especiales del gobierno de los territorios humanos a cargo de mantener el orden en el universo bajo la dirección de su comandante (Clive Owen). Estos dos policías espaciales son algo más que colegas de profesión, sin embargo, él quiere más de la relación que ella, y ella no está dispuesta a comprometerse hasta que él deje atrás sus prácticas donjuanescas y borre su agenda de contactos femeninos. Pero este tira y afloja romántico tendrá que pasar a segundo plano cuando Valerian y Laureline emprendan una misión en la ciudad de Alpha, un enorme crisol de razas y especies procedentes de todos los recovecos del universo, donde nuestros héroes deberán proteger el último resquicio de una poderosa civilización considerada extinta, destapando así una conspiración que pondrá en peligro a la especie humana.

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Como decíamos, Valerian marca la vuelta de Besson a la ciencia ficción más barroca. El director ha orquestado una space opera reminiscente de El quinto elemento, repleta de hallazgos visuales y caracterizada por una imaginación desbordante. El film establece su tono abriendo con una fantástica secuencia unificadora al ritmo de “Space Oddity” de Bowie en la que Besson nos pone en contacto con la “rareza” y la variedad del universo que se despliega ante nuestros ojos. A partir de ahí, Valerian no cesa de sorprender con ocurrencias que sirven para crear las secuencias de acción más inventivas y divertidas que vamos a ver en mucho tiempo en una pantalla. La película es un constante bombardeo de ideas visuales y artilugios futuristas con los que es difícil no asombrarse, lo cual tiene su mérito teniendo en cuenta la edad del material en el que se basa.

El desorbitado presupuesto de Valerian salta a la vista en todo momento, pero muy especialmente durante las escenas que involucran a los habitantes del planeta Mül, humanoides creados mediante la técnica digital de la captura del movimiento que suponen el siguiente eslabón evolutivo en la revolución digital auspiciada por James Cameron en Avatar. De hecho, cuenta la leyenda que Besson estaba trabajando en Valerian desde antes de que Cameron anunciara su película, y debido a las similitudes en estilo y argumento entre ambas, tuvo que posponerla. Valerian llega cuando el espectador cree haberlo visto todo, cuando la audiencia parece haber perdido la capacidad de sorprenderse con lo que el cine es capaz de hacer en materia digital, pero Besson se las ha arreglado para crear algo con la capacidad de dejar boquiabierto al más reacio. Los colores que saltan de la pantalla, los efectos especiales, las secuencias íntegramente digitales, la integración de los elementos reales con el CGI, la fluidez y el realismo apabullante de las criaturas realizadas por ordenador, todo esto hace de Valerian una película digna de ver en la pantalla más grande posible.

Pero no todo es positivo. Valerian recurre tanto a la baza visual porque no puede sorprender en el departamento narrativo. Juega en su contra que tras los 50 años que han transcurrido desde la publicación del tebeo original, es prácticamente imposible que el público encuentre este tipo de historias novedosas. Es paradójico, pero Valerian no puede reclamar su lugar en la ciencia ficción moderna porque sus discípulas la han aventajado con creces. Es por eso que, por mucho entusiasmo y esfuerzo que se haya puesto en ella (y esto es indudable), puede verse como un producto del montón en lo que respecta a su historia.

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Por otro lado, hay que reconocer que su reparto quizá no sea el más acertado. Obviemos a Ethan Hawke (pasadísimo de rosca), a Clive Owen (muy acartonado) o a Rihanna (que no hace mucho, aparte de interrumpir drásticamente el ritmo de la película con una escena musical análoga a la ópera de El quinto elemento), y centrémonos en la pareja protagonista. DeHaan y Delevingne dan la talla físicamente. Ambos tienen esa belleza extraña e hipnótica que hace que resulten perfectamente creíbles como humanos del futuro, o como extraterrestres descendientes de Bowie. Pero interpretativamente hablando, ninguno de los dos está a la altura de las circunstancias. Sorprendentemente, Delevingne se lleva la mejor parte, ya que la naturaleza descarada y la fuerza de su personaje no permite que se duerma en los laureles. Pero a DeHaan le viene demasiado grande el papel de granuja seductor, quedándose a años luz del carisma de Han Solo. Por esta razón, la dinámica romántica de Valerian y Laureline acaba siendo lo peor del film.

A pesar de estos inconvenientes, Valerian supone una experiencia desenfadada altamente recomendable para los amantes de la épica fantástica y la ciencia ficción más colorista. El hecho de que la película no se tome excesivamente en serio ayuda a que pasemos por alto sus traspiés narrativos (la trama arrastra al final y se resuelve de forma bastante confusa) y su sentido del humor algo infantiloide, y nos centremos en disfrutar de lo que Besson ha creado para el deleite de nuestras retinas, que no tiene desperdicio: acción híper-plástica, criaturas originales (llama la atención un trío de patos alienígenas que son claros precursores de Jar-Jar Binks), efectos digitales alucinantes, un diseño de producción para quitarse el sombrero, imágenes de belleza cegadora, y un vasto universo de ficción riquísimo en detalle.

Eso sí, hay que decir que, aunque Valerian anteponga lo visual a todo lo demás, la película no deja de ser un viaje divertido y trepidante, incluso entrañable (la ilusión depositada en ella es contagiosa), una acertada mezcla de clasicismo aventurero y creatividad visionaria que merecía más suerte de la que ha tenido. El público no la está acompañando, por lo que la expansión de su fascinante universo en forma de saga es una posibilidad cada vez más remota. A los que se nos han salido los ojos de las órbitas viéndola nos queda la esperanza de que, ya que no ha podido ser un blockbuster, al menos se convierta en la obra de culto que merece ser.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Al filo de los diecisiete: Tierra trágame

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“¿Por qué soy tan grotesca? ¿Por qué te gusto? Ni siquiera yo me gusto” -Nadine

Todos hemos sido adolescentes, por eso las películas que abordan esta dificultosa etapa vital a veces nos tocan tan de cerca. Por eso solemos sentirnos tan identificados con personajes de diecitantos aunque rondemos la treintena o la cuarentena. Y por eso, cuando una película de este tipo acierta en su retrato del paso de la adolescencia a la adultez, se hace con todas las papeletas para convertirse en cinta de culto (aunque sea para unos pocos). Es el caso de Al filo de los diecisiete (The Edge of Seventeen), la divertida opera prima de Kelly Fremon Craig que se suma a la cosecha reciente de títulos teen esenciales, a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginado Yo, él y Raquel.

Al filo de los diecisiete es la clásica historia coming-of-age que el cine norteamericano nos ha contado tantas veces. Nadine (Hailee Steinfeld), una adolescente inadaptada y problemática que se define como un “alma vieja”, está atravesando la época más difícil de su vida. Cuatro años después de la muerte de su padre, la chica intenta sobrevivir en el instituto, pero todo le sale mal. Su mejor amiga (Haley Lu Richardson), es decir, su única amiga, empieza a salir con su hermano (Blake Jenner), con el que siempre se ha llevado a matar, su cáustico profesor de historia (Woody Harrelson) no hace más que echar tierra sobre sus preocupaciones, y para empeorar las cosas, le ha mandado por accidente un mensaje muy comprometido (y muy verde) al chico que le gusta. A los diecisiete, cualquier minucia supone el fin del mundo, pero quizá sus problemas no sean tan graves como pensaba. Una serie de infortunios y malas decisiones llevarán a Nadine a ver su situación con más perspectiva y empezar a mirar a los demás con otros ojos.

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En la tradición del cine de John Hughes (referente imprescindible para tantos cineastas modernos y padre del género que no podemos obviar al hablar de este film), Al filo de los diecisiete sobresale dentro de su género porque se toma en serio el doloroso proceso de crecer… pero no demasiado. La directora nos da acceso al mundo interior de Nadine para que lo pasemos mal junto a ella y suframos sus continuas humillaciones y meteduras de pata, pero nunca para convertirla en objeto de burla, siempre tratando al adolescente con entendimiento y compasión, extrayendo comedia libre de condescendencia de lo rara que puede ser la fase del instituto. Esa es una de las cosas que hacen que Al filo de los diecisiete funcione tan bien, cómo equilibra comedia y drama, cómo construye su humor irreverente sobre una base profundamente inteligente y sensible, y por último, cómo afronta la tragedia y el melodrama con gracia y honestidad, sin abusar del almíbar.

Otra cosa que hace que Al filo de los diecisiete esté por encima de la media es su excelente reparto. Hailee Steinfeld (nominada al Oscar por Valor de ley, y al Globo de Oro por este papel) habita la sufrida piel de Nadine para darnos una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. Con ella nos mortificamos, nos desesperamos, nos frustramos, y en última instancia maduramos. La catártica escena en la que Nadine pide perdón a su hermano es el remate perfecto al fantástico recital de emociones que la joven actriz nos vuelve a regalar. Pero Al filo de los diecisiete no es solo la historia de Nadine, también la de una amistad y la de una familia. A este respecto, hay que elogiar al magnífico reparto de secundarios. Woody Harrelson y Kyra Sedgwick construyen personajes adultos que, para variar, no sobran, mientras que el reparto joven brilla con especial intensidad, sobre todo Blake Jenner (que ya destacó en Todos queremos algo) y el divertidísimo Hayden Szeto.

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Al filo de los diecisiete capta la adolescencia a través de una experiencia muy culturalmente específica (las taquillas, las fiestas en casa en ausencia de los padres, los estratos sociales de la secundaria), pero esencialmente universal, ya que Nadine personifica inequívocamente la rabia adolescente, los dolores del crecimiento o la relación con el sexo que todos hemos experimentado durante esta etapa. Con diálogos tan ingeniosos como reveladores, bastante acidezmala leche, pero también oportunas pinceladas de ternura, emotividad y optimismoAl filo de los diecisiete es una buena muestra de lo mucho que puede dar de sí su género, un título sin duda imprescindible para los amantes del buen cine teen.

Al filo de los diecisiete ya está a la venta en DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La edición incluye los siguientes contenidos adicionales: Escenas eliminadas. Tomas falsas. Tráilers.

Contra todos: La buddy movie cerebral

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Tango y CashArma letal, Dos policías rebeldes, Gnomo Cop… La buddy film es uno de los subgéneros imprescindibles del cine de acción. Este tipo de películas descansan principalmente en la química de su pareja protagonista, normalmente dos hombres de personalidades opuestas que deben resolver sus diferencias por un bien común. Aunque vivió su apogeo en los 80 y los 90, edad de oro del cine testosterónico y los héroes de acción supermachos, la buddy film sigue dando guerra en la taquilla, pero ahora desde un prisma más cómico, desafiando estereotipos (Cuerpos especiales) y flirteando con la autoparodia (la próxima El otro guardaespaldas).

Contra todos (War on Everyone) continúa la tradición trazando un puente entre pasado y presente, conservando los lugares comunes del género (para bien y para mal), pero dándole un toque hipermoderno con un aire más autoconsciente e intelectual. Dirigida por el británico John Michael McDonaghContra todos se podría definir como una comedia indie de acción semiparódica. El film nos presenta al dúo dinámico formado por Alexander Skarsgård (True BloodBig Little Lies) y Michael Peña (Ant-Man, Marte), dos policías corruptos que patrullan las calles de Nuevo México como si fueran suyas. Terry (Skarsgård) y Bob (Peña) se dedican a chantajear a todos los criminales que se cruzan en su camino y abusan de su autoridad para salirse siempre con la suya, pero se encontrarán con la horma de su zapato cuando enfrenten a un enemigo mucho más peligroso que ellos, el aristocrático capo de la mafia de Nuevo México Lord James Mangan (Theo James).

Contra todos se beneficia de un reparto fantástico, y en especial de la dinámica en pantalla de Skarsgård y Peña, dos intérpretes más que solventes que forman muy buena pareja, a pesar de que sus personajes puedan resultar más antipáticos de lo normal. Ellos son lo que mantiene en pie una película contra-todos-dvdque, por otro lado, no ofrece mucho más. Contra todos puede recordar a la reciente (y muy superior) Dos tipos buenos, pero la cinta protagonizada por Russell Crowe y Ryan Gosling hallaba el equilibrio perfecto entre comedia tonta e inteligente, mientras que la de McDonagh se pierde en un tipo de humor más cerebral que no termina de dominar. Contra todos busca la risa contraponiendo la violencia más primitiva, el chiste verde o las situaciones disparatadas  a la intelectualidad de las citas filosóficas o las referencias cultas a autores, pero no sale airosa de su empresa, entrando a menudo en el terreno de lo pretencioso.

Por lo demás, Contra todos da justo lo que cabe esperar de una película de estas características, ya que se dedica a reproducir los tópicos del género al que pertenece, con un giro más irreverente y políticamente incorrecto. No falta el machismo inherente al actioner de los 90 (ellos pasean su privilegio masculino y presumen de pistolón mientras ellas cuidan de los niños y ofrecen sexo, gratis o cobrando), como tampoco la homofobia o el racismo casual. Claro que todo esto es contrarrestado mediante la autoconsciencia de la que hablábamos, y un ajuste modernizador (el malo es bisexual, los intereses románticos son una mujer negra y una latina) que le hace sumar puntos. Pero lo más destacable del film es sin duda el buen hacer de su pareja protagonista, un Alexander Skarsgård que es todo presencia y elegancia, y un Michael Peña divertido y carismático.

Contra todos ya está a la venta directa en DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. Como contenido adicional, la edición incluye escenas eliminadas.

Crítica: Rey Arturo – La leyenda de Excálibur

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Tenemos que hablar de Guy Ritchie. Hace casi dos décadas, el realizador británico se erigía como una de las grandes promesas del cine de acción, con un estilo propio muy marcado y una desbordante energía creativa que sabía plasmar muy bien en la pantalla. El tiempo pasó, y Ritchie se estancó. Sí, obtuvo un gran éxito con la relectura en clave de blockbuster de Sherlock Holmes y su incluso más taquillera secuela, y recuperó algo de su lustre con la infravalorada Operación UNCLE, aunque fuera un fracaso de taquilla, pero su cine se quedó en el pasado, donde aun era novedad.

Precisamente la gran acogida en todo el mundo de Sherlock Holmes es lo que llevó a Ritchie a realizar otra actualización de un mito de la literatura para llevarla al terreno de la superproducción épica, y lo que condujo a Warner Bros. a volver a jugársela con otra carísima reinvención después del batacazo de Pan: Viaje a Nunca Jamás y La leyenda de Tarzán. Su última película (previa al remake en acción real de Aladdin), Rey Arturo: La leyenda de Excálibur, toma el mito artúrico, lo tritura y lo pasa por el filtro de la fantasía de espada y brujería moderna para dar lugar a un híbrido entre El señor de los anillos y Juego de Tronos con aire a videojuego de última generación. Pero claro, no sería una película de Guy Ritchie si Guy Ritchie no te demostrase cada dos o tres escenas que Guy Ritchie está detrás de las cámaras.

Rey Arturo aúna todas las tendencias del cine de los grandes estudios en una sola película. El espectáculo ruidoso, confuso y sobrecargado digitalmente, la historia de orígenes propia de los superhéroes, la proyección de la historia como un primer capítulo dentro de una saga… Pero para diferenciarla (y ya de paso hacerla más extraña y chocante), Richie incorpora su espíritu gamberro y los ingredientes clásicos de su cine: los diálogos a velocidad de la luz, el acompañamiento rock’n-roll, la turbiedad callejera, las violentas peleas a mamporros, el cansino cameo de David Beckham, y esos montajes espídicos tan suyos, con los que aporta un tipo muy concreto de humor a la historia clásica de Arturo. El problema es que, en esta ocasión, en lugar de ser refrescante, resulta postizo, forzado, y lo único que hace es demostrar que nadie en esta película sabía exactamente qué quería hacer con ella, empezando por su director.

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Si bien es cierto que pocos han acertado trasladando el mito artúrico al ámbito audiovisual, Ritchie fracasa especialmente por querer abarcar demasiado. Su intención es claramente la de acercar la historia de Camelot a la audiencia joven, y para ello se recrea en las licencias creativas, obvia a personajes importantes y da énfasis a otros menos conocidos (creemos que) para evitar contar lo mismo de siempre, magnifica el factor fantástico, y lo más importante, presenta a un Arturo más moderno, rebelde, y atractivo. Este Arturo tiene la cara y el cincelado torso de Charlie Hunnam (Sons of Anarchy), un actor solvente que Hollywood se empeña en vender como leading man y que ha tenido poca fortuna eligiendo proyectos, a pesar de que no se puede negar que pone entusiasmo a su trabajo. Eso sí, por mucho que el actor británico se entregue en cuerpo y alma (sobre todo en cuerpo) al personaje, no es suficiente para que el resto de la propuesta cuaje. Y es que Rey Arturo es un pastiche adrenalínico sin pies ni cabeza que golpea y aturde con pirotecnia vacía, criaturas gigantes que no vienen a cuento (por momentos parece que estamos viendo una adaptación de God of War), o peleas superestilizadas a cámara lenta que hacen pensar que quizá Zack Snyder también metió mano a este proyecto de franquicia.

Inevitablemente, los personajes (sobre todo los olvidables secundarios) se pierden entre todo el frenesí digital, la fantasía abarrotada y la acción ensordecedora, y ni el Arturo de Hunnam, ni el estimable trabajo de Jude Law como su antagonista, Vortigern, pueden salvar la película, haciendo que el factor humano desaparezca en favor de los fuegos artificiales. Rey Arturo: La leyenda de Excálibur es reflejo y síntoma del estado actual del cine de los grandes estudios, un producto aquejado del mal de las franquicias y los universos compartidos que mezcla todo lo que en teoría funciona con la audiencia de hoy en día, pero que falla en su ambiciosa empresa actualizadora por culpa de una absoluta falta de visión e identidad propia.

Pedro J. García

Nota: ★★

[Reseña Blu-ray] Los Pitufos: La aldea escondida

Los Pitufos recibieron un lavado de cara en 2011 con el relanzamiento del universo creado por Peyo en una película que fusionaba acción real y animación digital al estilo de GarfieldAlvin y las ardillasTras el éxito de la primera entrega, en la que los famosos seres azules compartían pantalla con Neil Patrick Harris, se estrenó una secuela que, si bien recaudó menos en taquilla, tuvo la acogida necesaria para justificar la continuación de la franquicia.

Sin embargo, en lugar de seguir el camino de las anteriores películas, se ha preferido hacer borrón y cuenta nueva y replantear la saga desde otra perspectiva. Así, la nueva película, Los Pitufos: La aldea escondida (Smurfs: The Lost Village), no es exactamente una secuela directa, sino un reboot íntegramente animado que efectúa un rediseño de personajes (ahora menos realistas y más como los dibujos de siempre) y se olvida del mundo moderno para llevarnos de nuevo al bosque mágico donde suelen transcurrir las aventuras clásicas de los Pitufos.

Es decir, La aldea escondida supone un regreso al estilo y al tono de las historias originales de los Pitufos, manteniéndose fiel a la inocencia y las buenas intenciones de la creación belga mientras expande su mitología y la adapta a nuestros días con vistas a alargar su vida comercial. En ella regresamos a la apacible aldea de casas de seta donde, además de reencontrarnos con los personajes de siempre, seguimos conociendo a nuevos Pitufos, exprimiendo bien la idea de que puede haber uno por cada característica, destreza especial o rasgo de personalidad que exista (a las nuevas incorporaciones de las películas anteriores se añaden el Pitufo Cotilla, el Psicólogo o el Muerdemesas, sea lo que sea eso). Todos son diferentes, pero tienen algo en común: son chicos. Con una excepción, Pitufina. Ella es la única mujer de la aldea, y su nombre no indica ninguna cualidad concreta, como ocurre con los demás habitantes. ¿Quién es Pitufina? ¿Qué es Pitufina? ¿Cuál es su propósito?

Este es el desencadenante de La aldea escondida, en la que Pitufina se embarca en una aventura junto a Fortachón, Filósofo y Torpe para encontrar una misteriosa aldea perdida al otro lado del Bosque Prohibido y hallar respuestas que le ayuden a encontrarse también a sí misma. La búsqueda sitúa al Equipo Pitufo en una carrera repleta de acción, peligros y criaturas mágicas para llegar a su objetivo antes que el malvado Gargamel, que como siempre, desea hacerse con los Pitufos para drenar su magia y usarla para convertirse en un poderoso hechicero. Una vez allí, los Pitufos descubrirán el mayor secreto de su historia: nunca estuvieron solos. El hallazgo de un poblado habitado únicamente por pitufas cambiará por completo la vida de los Pitufos, y más concretamente la de Pitufina.

Después de 60 años, Los Pitufos por fin cambian su historia abrazando el feminismo en una película que no solo respeta el origen de Pitufina, sino que le da importancia capital, convirtiendo a la única mujer de la aldea en la protagonista de la historia -escrita por cierto por dos mujeres, Stacey Harman (The Goldbergs) y Pamela Ribon (guionista de la muy feminista Vaiana). Si hasta ahora la aplastante mayoría masculina se había “nivelado” con algún personaje femenino esporádico, la proporción cien a una desaparece con la aparición de una comunidad entera de mujeres, básicamente amazonas, que aportan de golpe la igualdad que siempre ha faltado en este universo azul. De este modo, La aldea escondida se convierte en todo un canto al girl power, reconfigurando el concepto de la Pitufina, siempre reducido al coqueto objeto de deseo de sus congéneres masculinos, para plantear una nueva realidad en la que ellas pueden ser cualquier cosa que quieran.

Ahora bien, por mucho que esto suponga un avance digno de celebrar, La aldea escondida no deja de ser la típica película familiar de consumo rápido. Con un apartado visual muy goloso, humor tontorrón (los obligatorios chistes de gases no faltan), música facilona, acción colorista orientada exclusivamente a preescolares y nuevas criaturas mágicas, La aldea escondida compensa su falta de originalidad (bueno, reconozco que la mariquita-fax-grabadora es un puntazo), ofreciendo reclamos más que suficientes para distraer y divertir a los más pequeños durante una hora y media.

Afortunadamente, el carácter genérico de la película no empaña su valioso mensaje de empoderamiento dirigido especialmente a las niñas. Uno que se integra perfectamente en la filosofía clásica de Los Pitufos, en la que siempre se ha ensalzado el trabajo en equipo, la importancia de la amistad y la camaradería, el amor a la naturaleza y la necesidad de hacer siempre lo correcto (incluso si esto supone ayudar a tu enemigo). Valores en los que esta película se reafirma una vez más y a los que ahora se suma un cambio importante que abre las puertas a un mundo de posibilidades, para pitufos y pitufas por igual.

Nota: ★★★

Reseña del Blu-ray

pitufos-steelbookSony Pictures Home Entertainment pone a la venta Los Pitufos: La aldea escondida en DVD, Blu-ray, edición limitada en caja metálica con combo Blu-ray y DVD, y la más original, una edición limitada en DVD con packaging sostenible de semillas que se puede plantar, exclusiva para fnac. Esta reseña se refiere a la edición limitada en caja metálica, que presenta un diseño precioso y un acabado glossy ideal para coleccionistas.

Las ediciones en Blu-ray vienen cargadas de pitufi-extras orientados a los más pequeños de la casa. Lo habitual es que los contenidos adicionales de las cintas de animación se pierdan en tecnicismos que no interesan a su público objetivo, pero en el caso de La aldea escondida, los niños pueden disfrutar de los extras casi tanto como de la propia película, porque están específicamente diseñados para la audiencia infantil. Os los detallo a continuación.

  • Comentarios del director, Kelly Asbury
  • Escenas eliminadas. Cuatro secuencias reconstruidas usando los storyboards originales de la película. Incluye: “Explosión de pitufimoras” (la escena de apertura original del film), “El experimento de Filósofo” (una narración alternativa del origen de Pitufina), “¡Escapar!” y “La guarida de Gárgamel”.
  • pitufos-dvdPitufando en Los Pitufos: La aldea escondida: Making of de 9 minutos con entrevistas al equipo, que se dirige a los más pequeños para contarles todo sobre el proceso de realización de la película. Un vídeo dinámico y simpático con presencia del cast de voces originales y sus alter egos infantiles.
  • Las audiciones perdidas. Vídeo de 4 minutos con los actores de doblaje en inglés (Joe Manganiello, Demi Lovato, Danny Pudi, Jack McBrayer) haciendo pruebas de cámara para personajes que no son los suyos.
  • Demi Lovato conoce a Pitufina. Entrevista de Pitufina a la actriz que la dobla en versión original.
  • Baila con los Pitufos. Dance-along del tema central de la película, con un cuarteto de bailarinas enseñando la coreografía.
  • Pina tus uñas. Tutorial para pintarse las uñas al estilo de Los Pitufos y su bosque (pitufimoras, setas, mariquitas…).
  • La mini-cocina de Pitufo Panadero. Curioso tutorial de cocina para hacer donuts glaseados tamaño pitufo en una cocina de miniatura.
  • pitufos-la-aldea-escondidaVídeo musical de “I’m A Lady”, el tema musical de Meghan Trainor para la película.
  • Componiendo “You Will Always Find Me In Your Heart”. Featurette sobre el tema musical del final de la película y su importancia en la historia.
  • El sonido de Los Pitufos. La featurette más técnica del Blu-ray, sobre el sonido y la banda sonora de la película, con entrevistas, concept arts e imágenes de la grabación del score.
  • Dibuja tus pitufos favoritos. Tutorial para aprender a dibujar a Pitufina, Filósofo y Torpe.
  • Cuatro trailers de las anteriores películas y mediometrajes de Los Pitufos: Los PitufosLos Pitufos 2Los Pitufos: La leyenda de Smurfy HollowPitufos: Cuentos de Navidad.
  • Adelanto de Emoji La Película

Crítica: Abracadabra

Supercalifragilísticoespialidoso, chalchicomula, flazéda… palabras que no quieren decir nada, pero que nos llenan la boca cada vez que las decimos y que tienen el inmenso poder de provocar sonrisas cuando son escuchadas. Abracadabra es otro de esos palabros que despiertan al ingenuo diablillo que llevamos dentro y nos hacen entrar en trance, expectantes de ser sorprendidos por algo inesperado e increíble. Algo parecido a lo que seguimos sintiendo cada vez que se apagan las luces en la sala del cine. Pablo Berger nos ha hecho sentir eso en dos ocasiones: con su injustamente (algo) olvidada Torremolinos 73 y la multipremiada y arriesgada Blancanieves. Para su tercera película, repite con la protagonista de esta última, Maribel Verdú, y adopta la expresión mágica por antonomasia. ¿El truco de magia definitivo? Sobre el papel sí, pero en el mundo real Abracadabra dista bastante de ser una obra de arte.

Abracadabra es la historia de Carmen (Maribel Verdú) y Carlos (Antonio de la Torre). Ella es una mujer hecha y derecha, una leona de las de antes, gran fingidora, beata y madre. Una señora de muy buen ver, una belleza de las de ayer, pero decente, pura y muy fiel. Se viste con colores imposibles y millones de abalorios. Reina de su casa, tutora de su hija adolescente y gobernanta de la cocina. Ella es la gran khaleesi choni… aunque su marido no le hace ni puñetero caso. Carlos es un cuñao. Amante del Real Madrid, de los bocatas de su señora y de su sofá. Desde su trono, grita, se rasca los huevos e imparte verdades absolutas irrefutables. Él ordena y manda. Guapo, él. Guapa, ella. TQM ♥ El tiempo lo destruye todo, salvo la mediocridad y la arquitectura de un matrimonio desganado cuyo amor hace años desapareció. Ni un ramito de violetas bajo un seudónimo, alguna hostia y un polvo de vez en cuando. Carlos y Carmen, la pareja perfecta. ¡Viva el macho ibérico y las mujeres guapas! ¡Viva España!

España is different. El cutrerío español debería ser nombrado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Abracadabra no solo bebe de ese cutrerío, sino que se embriaga y se vomita encima. Iglesias, salones de bodas, pistas de baile… Berger hace un repaso a la caspa española y no deja títere con cabeza (literalmente). Todo promete, casi ni la presencia de José Mota molesta… pero… ¡ZASCA! ¡Llega el abracadabra! Y todo comienza a irse al garete. La historia comienza a complicarse (o eso cree) y termina por ser más lisérgico que un episodio de Los Simpson de esos que empiezan de una manera completamente diferente a cómo acaban. Pero lejos de tener el brutal gracejo de los seres amarillos, Abracadabra no da la talla como la comedia cáustica que parece aspirar ser.

El problema no es el supuesto giro tenebroso de la sesión de hipnosis, sino el desajustado desarrollo del mismo. En este nuestro país, estamos acostumbrados a grandes comedias negras, negrísimas acertaría a decir. Incluso el propio Berger ya consiguió hacernos reír y ponernos un poquitín nerviosos con el turbio asalto al mundo pornográfico de Javier Cámara y Candela Peña en su debut, por lo que sorprende el desatino de Abracadabra. Puede que las expectativas fuesen demasiado altas por esta tercera cinta, pero no eso no es excusa para el descalabro que Abracadabra termina por llegar a ser.

Ajena a todo ese horror, Maribel Verdú. Hemos crecido con ella, nos hemos enamorado, la hemos querido más que a nada… y ella nos lo ha devuelto a lo largo de estas décadas con creces con papeles memorables (Amantes, La buena estrella, Y tu mamá también o la citada Blancanieves). Su presencia incluso nos obligó a ir al cine a ver ese HORROR llamado Tuno negro, aunque solo se marcase un Drew Barrymore. Ella es una mujer todoterreno, de las que puede con todo, de las que te salva una película… y eso es precisamente lo que hace en Abracadabra. No sería descabellado que la Verdú se llevase su tercer cabezón, ya que su Carmen es un trabajo de altura. Ella es la única que logra pillar el punto al absurdo y casposo tono del film, puesto que hasta Antonio de la Torre está flojo por primera vez en la historia, brillando únicamente en la escena en que la pareja baila ‘Abracadabra’ de Steve Miller Band… de José Mota mejor no decir nada.

Abracadabra es una obra anticuñadista que se regodea en su cuñadismo y cae en todos los errores que parece criticar. Una película que va de arriesgada y complicada, cuando no es sino un truco de magia desafortunado y bastante sencillito. Dejémoslo que es otra película más por la que ir al cine a ver a Maribel Verdú dar otra lección de interpretación. Nada más (y nada menos).

David Lastra

Nota: ★★½