The Defenders (Episodios 1-4): La paciencia es la clave de la victoria

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En 2012 asistimos a uno de los acontecimientos más esperados del cine moderno, la reunión de los superhéroes de Marvel en Los Vengadores, el gran crossover en el que culminaban más de cuatro años de aventuras individuales, cerrando así la Fase 1 del Universo Cinemático Marvel. Pero aquello fue solo el principio. Mientras en el cine estamos inmersos en la Fase 3, la televisión desarrolla su propia versión de Los Vengadores, una réplica más, digamos, modesta, de los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Justicieros que operan a nivel de calle y se enfrentan a amenazas menos grandiosas, pero igualmente peligrosas, y que habitan una zona más oscura y adulta de este universo de ficción.

Son Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist, cuatro humanos con poderes especiales a los que hemos conocido en sus respectivas series de Netflix, y que por fin forman equipo en el crossover televisivo más esperado de los últimos tiempos, The Defenders. Cuatro series, cinco temporadas (recordemos que de momento solo hemos visto la segunda de Daredevil), 65 capítulos. Todo confluye aquí, en el acontecimiento catódico del verano. El camino hasta llegar a The Defenders no ha sido todo lo llano que esperábamos. La calidad de las series individuales ha diferido bastante, con las dos primerasDaredevil Jessica Jones, llevándose el mayor beneplácito de la audiencia, Luke Cage dejando más indiferente en general, y Iron Fist recibiendo las peores críticas del Universo Marvel. Aun así, el descenso en calidad no ha sido suficiente como para mermar las ganas de ver a estos cuatro superhéroes juntos en acción.

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Para cuando vemos a los cuatro ocupando el mismo plano en The Defenders, se nos olvida todo el relleno que hemos tenido que ver para llegar ahí y nos duele menos haber visto Iron Fist. De hecho, junto a Daredevil, la serie del Puño de Hierro es la más importante para seguir la trama central de The Defenders, directamente relacionada con la organización malvada La Mano y los poderes místicos de K’un-Lun. Así que, os haya gustado o no Iron Fist, no os arrepentiréis de haberla visto. Por mi parte, después de ver los cuatro primeros episodios de The Defenders, no solo me alegro de haber visto todas las series de Marvel/Netflix, aun con sus defectos, sino que he empezado a ver a Danny Rand de otra manera.

Como decía, solo he visto la primera mitad de The Defenders (lo que Netflix ha puesto a disposición de la prensa antes del estreno), pero ha sido suficiente para hacerme una buena idea general de lo que es la serie y despertar aun más el apetito por ver el resto. The Defenders cuenta tan solo con ocho capítulos, y aunque a priori se antoje escaso para encajar tantos personajes y tramas, lo cierto es que el resultado final no da la sensación de estar demasiado abarrotado o acelerado. Al contrario, la serie no podía ser más continuista en tono y ritmo, solo que ahora hay menos minutos que llenar, así que la historia se vuelve más compacta y no pierde el tiempo yéndose tanto por las ramas.

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The Defenders comienza con nuestros héroes separados, cada uno en su parcela de realidad de la ciudad de Nueva York. Y no podía ser de otra manera. Aunque nosotros los conocemos a todos, ellos aun no han sido presentados oficialmente (con excepción de Luke y Jessica), así que es lógico que tardemos un poco en ver al equipo tomando forma. En este sentido, los showrunners, Douglas Petrie y Marco Ramirez (afortunadamente, son los responsables de Daredevil los que toman las riendas del crossover), hacen un trabajo excelente estructurando la serie y dibujando la historia para llevarla hacia el emocionante encuentro. Al principio, The Defenders es cuatro series en una. Las respectivas apariciones de cada personaje reproducen el estilo visual, el color característico (rojo-azul-amarillo-verde) y la banda sonora de sus series individuales, así como continúan sus argumentos justo donde los dejó cada una. Esto puede ser chocante al principio, pero funciona, porque el espectador está perfectamente familiarizado con el lenguaje de cada serie, lo que le permite darle cohesión a todo en su cabeza.

A medida que The Defenders avanza, las tramas separadas se van entrelazando, los personajes secundarios de cada serie se empiezan a conocer, y poco a poco, los mundos de cada uno de ellos se van fusionando en uno solo, la Nueva York de los Defensores. Es un proceso que se cuece a fuego lento, pero que compensa enormemente cuando en el tercer episodio por fin vemos a los cuatro protagonistas compartiendo el mismo espacio y viéndose obligados a unir fuerzas por primera vez en la tradiconal y espectacular secuencia de lucha en el pasillo, una de las señas de identidad más distintivas de este universo televisivo. Para entonces, uno se da cuenta de que la espera ha merecido la pena. Vaya si ha merecido la pena.

The Defenders supone una mejora enorme con respecto a la serie que la precede inmediatamente, Iron FistEn la serie colectiva, el listón vuelve a subir. Los secundarios no solo no son una distracción de lo que de verdad nos importa, sino que aportan bastante a la historia (ayuda que se hayan traído a los que más nos interesan y se hayan dejado atrás a los eslabones más débiles), las interpretaciones de los protagonistas están más inspiradas, los diálogos son mejores, las coreografías de acción vuelven a brillar como en Daredevil, la cámara se mueve con más agilidad, se puede detectar más creatividad en los planos, en el montaje (hay unas cuantas transiciones entre las dispares tramas y estilos que son bastante ingeniosas), en el uso del color, y por último, hay más humor. Y es mejor.

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En este sentido, la presencia de Krysten Ritter como Jessica Jones es esencial. Sus chascarrillos sarcásticos funcionan como audiocomentario, apuntando a lo absurdo de la historias de cada héroe y la situación en la que se ven envueltos. Y aquí está lo mejor: Danny Rand se convierte en el hazmerreír del grupoThe Defenders presenta al personaje desde una perspectiva menos seria, y lo convierte en el saco de golpes de sus compañeros, sobre todo de Jessica y Luke. Desde su violento primer encontronazo, Finn Jones y Mike Colter muestran una química sorprendentemente buena, haciendo que Iron Fist y Luke Cage se conviertan en el dúo dinámico de The Defenders. Ver a Jessica pegando cortes a Danny es genial, pero ver a Luke metiéndose con su privilegio blanco o recriminándole su actitud de niño pequeño a la vez que le coge cariño es uno de los puntos fuertes de la serie.

Pero hay mucho más. No faltan los easter eggs (cuidado, que hay que prestar atención para ver el cameo de Stan Lee), las referencias a los cómics (Luke y Danny conversando mientras comen comida china), los divertidos one-liners de Jessica, hay un componente de misterio que recorre toda la trama y engancha, y por supuesto, buenas dosis de acción en todos los capítulos. Mención aparte merece el gran villano de la temporada (con permiso de la omnipresente Madame Gao), en este caso villana, Alexandra, interpretada por la excelsa Sigourney Weaver. Al principio puede parecer que estamos ante otra malvada corporativa (y hasta cierto punto lo es), lo que puede resultar decepcionante o aburrido para los que esperábamos algo más grande, pero Alexandra es más similar a Wilson Fisk que a cualquier otro villano de estas series, una mujer poderosa e influyente que esconde un as en la manga, un plan que podría desembocar en la mayor amenaza a la que se han enfrentado nuestros héroes. Hasta ahora se han visto las caras con enemigos relativamente más pequeños, pero como The Defenders, la escala del peligro aumenta, y estos deberán superar sus diferencias y aprender a trabajar juntos para enfrentarse a un reto más propio de Los Vengadores, un posible Apocalipsis en Nueva York.

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Los primeros cuatro episodios de The Defenders dejan ver una serie sólida, bien estructurada y segura de sí misma, con un acertado equilibrio entre acción y desarrollo psicológico de personajes (el odio de Jessica hacia su naturaleza superhumana, la desconfianza de Matt, el odio de Luke causado por la discriminación a su raza, todo esto es una fuente muy rica de drama, conflicto y humor). Pero nada se puede comparar al placer y la emoción de ver a estos personajes por fin juntos y comprobar la química que tienen como grupo. Puede que al principio The Defenders no esté a la altura del hype, al fin y al cabo, no es Los Vengadores, sino una continuación orgánica de las series anteriores, pero una vez ajustamos nuestras expectativas, hay muchísimo que disfrutar en ella. A falta de ver la segunda mitad, para la que estoy seguro de que se han guardado lo mejor, puedo confirmar que el Capitán América tiene razón. La paciencia recompensa.

Crítica: Atómica

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Los 80, la Guerra Fría, espías, sicarios, mamporros, Charlize Theron y James McAvoy. Combinación ganadora. Con esos ingredientes, es imposible resistirse a los encantos de Atómica (Atomic Blonde), thriller de acción que viene a ser la réplica con protagonista femenina de John Wick. No en vano, la película es la opera prima de David Leitch, uno de los especialistas de escenas de acción más solicitados de Hollywood, y productor y director de algunas escenas de la saga protagonizada por Keanu Reeves (además de realizador de la esperada secuela de Deadpool).

Basada en la novela gráfica La ciudad más fría, de Antony Johnston y Sam Hart, Atómica presenta en sociedad a la nueva gran heroína de acción de la gran pantalla, Lorraine Broughton, agente del servicio de inteligencia británica que es enviada a Berlín para investigar la muerte de uno de sus colegas y recuperar una lista con la identidad de otros agentes secretos que podría acabar con el MI6 de caer en las manos equivocadas. Con los últimos coletazos de la Guerra Fría como telón de fondo, y a un mes de la caída del muro de Berlín, Lorraine llevará a cabo su peligrosa misión en la dividida ciudad alemana con la ayuda de otro agente encubierto, el pintoresco David Percival (McAvoy), embarcándose en una desenfrenada y sangrienta cacería en la que no podrá confiar en nadie.

Parte John Wick, parte James Bond, parte Nikita y 100% Charlize Theron, la letal Lorraine es la principal atracción de Atómica, un personaje con el que la actriz surafricana se consolida en su condición de estrella de acción después de su inolvidable Imperator Furiosa de Mad Max: Furia en la carretera. Theron está simplemente espectacular. Sensual, feroz, carismática, inteligente, absolutamente brutal en las escenas más físicas, una actriz que llena la pantalla y tiene el control de la película en todo momento. Ella es Atómica, y Atómica es ella, una femme fatale por la que volverse loco y un icono instantáneo del cine de acción. Pero Theron está acompañada de un secundario de excepción, James McAvoy, quien vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación con otra interpretación memorable, llena de nervio y sentido del humor.

Eso sí, que quede claro que Atómica no inventa nada, y lo sabe. Lo que hace Leitch es reproducir todos los clichés del cine testosterónico y darles la vuelta poniendo a una mujer al frente, para que veamos lo de siempre, y a la vez algo completamente distinto. Lo mismo que hace con el irresistible estilo (perdón, estilazo) y la atmósfera retro de la película, para lo que utiliza muchos “samples” de otros. La estética y el sonido punk y pop de los 80, con una banda sonora de escándalo, el argumento intrincado y lleno de engaños y giros sorpresa del agente 007 o Misión imposible, el trasfondo político de los thrillers de la Guerra Fría, la violencia extrema de John Wick, y el acabado en neón al que tanto recurren los directores de género últimamente y que da lugar a una fotografía muy atractiva.

El resultado es un espectáculo que entra tan bien por los ojos y los oídos que no importa tanto que en ocasiones se pase de fardona o inverosímil (los malos siempre son más tontos, las balas nunca dan en su blanco, y si son tres contra una, se esperan amablemente a que la heroína acabe con el otro para atacar), como tampoco que la mayor parte del tiempo parezca que estamos viendo un muy sofisticado y larguísimo anuncio de tabaco o que su argumento sea tan tonto y rice tanto el rizo al final que acabe desafiando toda lógica.

Sus defectos no pesan tanto porque sus virtudes nos distraen con eficacia. Atómica es salvaje, elegante, erótica, visceral, una orgía fetichista de puñetazos y patadas que no deja apenas hueco para que pensemos demasiado. Y por encima de todo, una imparable exhibición de acción en la que Leitch saca todo el partido a su dilatada experiencia para ofrecernos las mejores coreografías de lucha (atención a las cosas tan loquísimas que puede hacer Lorraine con una manguera), y alguna que otra de sexo (Theron y Sofia Boutella en la cama, ahí es nada). De hecho, Atómica tiene la que es probablemente la escena de acción más impresionante del año, un prolongadísimo y agotador (falso) plano secuencia en unas escaleras donde todo está planificado, filmado y editado a la perfección, y que por sí solo ya amortiza la entrada. Se sienten tanto los golpes, que cuando termina la escena hay que darse un repaso por si nos ha salido algún moratón.

Si el epílogo de la película es indicio de algo, y si la taquilla acompaña, volveremos a ver a Lorraine Broughton en acción. La secuela de Atómica es inevitable, y la historia de Lorraine tiene mimbres para saga. A ver quién se atreve a decirle que no a la furia de Charlize Theron.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Iron Fist: El cuarto en discordia

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La llegada de Daredevil a Netflix en 2015 supuso el emocionante inicio de una nueva facción televisiva del Universo Cinemático Marvel, réplica más oscura y violenta a las coloristas películas de los superhéroes de La Casa de las Ideas que, a pesar de distanciarse en tono y estética, tomaban prestado de ellas el mismo plan narrativo. Cuatro series individuales que nos presentarían a cuatro superhumanos y sus respectivos microuniversos por separado para posteriormente fusionarlos en un gran evento televisivo similar al de Los Vengadores, el crossover The Defenders.

Sin embargo, la expectación por este acontecimiento se ha visto algo empañada por el descenso gradual en calidad de las series de Marvel y Netflix, algo que se ha notado especialmente en las dos últimas, Luke Cage, y en especial la que hoy nos ocupa, Iron Fist. La serie sobre el Puño de Hierro aterrizó en la plataforma precedida de las peores críticas a las que se ha enfrentado Marvel en su etapa moderna, y de una fuerte polémica en torno a la elección del actor protagonista, el británico Finn Jones (Juego de Tronos). Marvel optó por mantenerse fiel a la historia original y contrató a un actor blanco para dar vida a Danny Rand, despertando acusaciones de whitewashing (a pesar de que el personaje de los cómics es caucásico) y desatando la ira de aquellos que habrían preferido a un actor asiático para el papel. Está claro que, hagas lo que hagas, no puedes contentar a todo el mundo.

Aunque es cierto que de los cuatro actores principales del Universo Callejero de Marvel, Jones es el eslabón más débil, el casting no es lo peor de la serie. Controversias aparte, la primera temporada de Iron Fist, creada por Scott Buck (entre otras cosas, showrunner de la infame segunda mitad de Dexter y la vapuleada Inhumans), no es tan horrible como sus sañudas críticas se empeñaron en decir, pero sí arrastra todos los problemas de las series de Marvel para Netflix, y añade unos cuantos más, haciendo que la primera fase de The Defenders acabe menos por lo alto de lo que nos habría gustado.

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Siguiendo con la idea de diferenciar cada serie de The Defenders dándole su estilo propio inspirado en diferentes géneros cinematográficos (Daredevil era un violento thriller legal, Jessica Jones un noirLuke Cage bebía del blaxploitation de los 70), Iron Fist se construye como un homenaje al cine de artes marciales, concretamente a las cintas de los 80 y 90, en las que, precisamente, un héroe blanco entrenaba para convertirse en un gran luchador. Nuestro protagonista es Danny Rand, un multimillonario heredero que regresa a Nueva York tras muchos años desaparecido. Dado por muerto, en realidad ha estado todo este tiempo en la fortaleza mística de K’un-Lun, situada en las montañas del Himalaya, donde se convirtió en un experto en Kung-fu y desarrolló el poder del puño de hierro. A su vuelta, Danny deberá recuperar su legado familiar mientras se enfrenta a los criminales de la ciudad de Nueva York y, junto a nuevos aliados como Colleen Wing (Jessica Henwick) o Claire Temple (Rosario Dawson), descubrirá los secretos más oscuros de La Mano, la organización secreta que conocimos en Daredevil.

Iron Fist no empieza mal. De hecho tiene una primera mitad bastante resultona y entretenida, sobre todo si no le exigimos demasiado y aceptamos que vamos a ver otra historia de orígenes que no ofrece nada nuevo. Si nos han gustado las entregas anteriores, es fácil encontrar alicientes para disfrutar esta, pero la serie no tarda en perder fuelle y dejar que afloren muchos de los defectos de sus tres predecesoras. En primer lugar, Iron Fist también sufre de un claro exceso de duración. A las anteriores series de Marvel/Netflix no les habría venido mal tener tres episodios menos o capítulos más cortos, y esta no es una excepción (de hecho le sobra el episodio 11 entero, y dos o tres tramas secundarias). En consecuencia, el ritmo va a trompicones y la historia divaga y se repite en varias partes de la temporada, quedando lastrada por mucho relleno, diálogos insustanciales y una estructura muy desorganizada. Por otro lado, de nuevo tenemos el problema de los secundarios. Colleen es de lo mejor de la serie, pero no se puede decir lo mismo de la familia Meachum. Este grupo de personajes tan poco interesantes ocupa un tercio de la serie con soporíferos conflictos familiares y empresariales que la alejan del género superheroico para acercarla al drama corporativo y las sagas de dinastías poderosas, aumentando así la sensación de que nos están dando gato por liebre.

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Además, está otra vez la cuestión de los villanos. Olvidaos de Wilson Fisk o KilgraveIron Fist se asemeja más a Luke Cage en materia de malvados. En lugar de molestarse en construir un antagonista con enjundia, la serie prefiere cantidad por encima de calidad, con varios enemigos desprovistos de carisma, que van y vienen o evolucionan de forma atropellada (Harold Meachum es hasta peor que Diamondback). Y por su eso fuera poco, vuelve a incurrir en el aburrido tópico de los ejecutivos corruptos y los malos vestidos de traje. Menos mal que tenemos a la temible Madame Gao (Wai Ching Ho). Porque ni siquiera esta vez nos ayuda mucho Claire Temple. El personaje de Rosario Dawson es el pegamento que mantiene unidos a Los Defensores, pero en la primera temporada de Iron Fist no le dan mucho que hacer, y eso que tiene más tiempo en pantalla que en el resto de series de Marvel. Nuestra enfermera favorita pasa sin pena ni gloria por el mundo de Danny Rand (viéndola en la serie, parece que va a bostezar en cualquier momento), y desaprovechar así a Dawson debería estar penado.

En cuanto al estilo, Iron Fist tampoco consigue destacar por encima de sus hermanas. Sí, se diferencia con un score electrónico a base de sintetizadores que nos transporta directamente al cine fantástico y de acción de los 80, pero poco más. El resto de la serie no tiene demasiada personalidad o identidad estética, así como tampoco se distingue por sus coreografías de acción o set pieces, que es donde una serie de Kung-fu debería sobresalir. En la primera temporada no falta la ya tradicional pelea en un pasillo, y afortunadamente es tan buena como las anteriores, pero al resto de combates cuerpo a cuerpo son bastante pobres, le falta brío, inventiva, y sobre todo técnica (¿Habéis visto lo mal editadas que están las escenas de lucha? ¿Habéis contado cuántas veces se le ve claramente la cara al doble de Jones?), aunque mejoren ligeramente en la recta final de la temporada. Es una pena ver cómo estas series ha ido bajando el listón de la acción, sobre todo cuando es tan importante. Todas ellas se han quedado por debajo de Daredevil en este aspecto.

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Hay un truco para sobrellevar mejor la mediocridad de Iron Fist: no tomarse a su protagonista muy en serio (algo que parece que están empezando a explotar desde el departamento de marketing de Marvel y Netflix, para darle la vuelta a las malas críticas y usarlas a su favor). Danny es un pringao, un niño, como le dice Madame Gao. Llega a Nueva York creyéndose el rey del mambo, pero no es más que un crío ingenuo que toma malas decisiones y al que rara vez le salen bien las cosas. Precisamente lo que le falta a Iron Fist es un poco más de sentido del humor, chistes que saquen partido del accidentado aprendizaje de Danny, que será un maestro en artes marciales, pero le queda mucho para ser un adulto y saber moverse en el mundo real (le deberían haber caído más palos por enterao). De esta manera, todo el mansplaining, el whitesplaining, la apropiación cultural, el endeble trabajo interpretativo de Jones o los abundantes clichés de la historia se podrían ver desde otra perspectiva. O no. Quizá la serie cambie de aires en la segunda temporada (debería), en la que Scott Buck será sustituido como showrunner por Raven Metzner (guionista de Elektra y productor de las series Falling Skies Sleepy Hollow). Pero por ahora, Iron Fist es el primer gran traspiés de la Marvel callejera, la prueba que hay que superar (a mí me ha costado meses) para llegar a The Defenders.

Pedro J. García

Crudo: Dulce carne de juventud

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Crudo (Grave) supone el debut en el largometraje de Julia Ducournau, parisina de 33 años que ha impresionado a la crítica con su opera prima, galardonada con varios premios en los Festivales de Sitges, Cannes y Londres, entre otros certámenes. Desde luego, el trabajo de Ducournau no dejó indiferente a nadie a su paso por los festivales y las salas comerciales, ganándose pronto la reputación de ser una de las películas más impactantes del año.

Prácticamente todos los años nos llegan noticias de una proyección que ha provocado desbandadas masivas en un festival. Ya sea por la calidad ínfima de la cinta en cuestión, o por el contenido explícito y desagradable de las imágenes, como sería el caso de CrudoAhora bien, en ocasiones, este tipo de información se desproporciona considerablemente (la publicidad es lo que tiene), haciendo que el público espere algo que no es. Por supuesto, el nivel de impacto y rechazo que pueda causar Crudo es relativo, y tiene que ver directamente con el grado de resistencia que cada uno tenga al gore, la violencia o las imágenes asquerosas. Sin embargo, me atrevería a decir que, seáis aprensivos o no, y aunque tiene unas cuantas escenas que revuelven el estómago, lo de Crudo no es para tanto. Se puede soportar, y merece la pena hacerlo.

Crudo es un provocador y aberrante retrato de una juventud sin valores, una historia sobre el paso de la adolescencia a la vida a adulta de una chica, que lleva al extremo los lugares comunes de este tipo de relatos valiéndose de metáforas sangrientas y repugnantes, y también a su manera, una reflexión sobre cómo cambian las relaciones fraternales con el paso del tiempo. Justine (Garance Marillier) es una muchacha de 16 años estrictamente vegetariana, como el resto de su familia. Cuando ingresa en la facultad de Veterinaria, donde estudia su hermana, Alexia (Ella Rumpf), descubrirá un nuevo mundo decadente y seductor donde traicionará los principios de su familia para encajar durante la semana de bienvenida, en la que los estudiantes veteranos llevan a cabo las novatadas más retorcidas contra los recién llegados. En uno de los humillantes rituales para los iniciados, Justine come carne cruda por primera vez, tras lo que deberá enfrentarse a las consecuencias, un terrible apetito que destapará su verdadero yo.

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Ya hemos dicho que Crudo es la opera prima de Ducournau, pero cualquiera lo diría. La confianza y el temple con los que dirige revelan a una cineasta muy segura de sí misma, con las ideas muy claras y un ojo clínico para el encuadre y la puesta en escena. Por momentos, Crudo recuerda al cine de David Cronenberg, quizá un poco también al de David Lynch, incluso al primer Yorgos Lanthimos, pero Ducournau ya tiene su propia voz, y en algunos aspectos, va un paso más allá que sus (supuestas) influencias. Crudo es una experiencia incómoda, visceral, tensa, desconcertante, a veces tremendamente absurda, pero siempre fascinante, un film hipnótico del que es difícil apartar la mirada, aunque lo que aparezca en pantalla sea difícil de ver (personalmente, la prueba de fuego para mí no fue ninguna escena sangrienta, sino la de los pelos).

El rito de paso que atraviesa (y sufre) Justine lleva la película hacia el terreno del body horror, donde la directora compone estilosas imágenes pesadillescas que se quedan en la retina, y la excelente protagonista lleva a cabo una interpretación valiente, feroz, y en definitiva memorable. Marillier aguanta en todo momento el peso de la película sobre sus hombros, comunicando con su mutable lenguaje corporal y su enigmática mirada los cambios que están ocurriendo dentro de su personaje. Observarla puede sumirnos en un trance del que solo se sale durante su desenlace, en el que Ducournau opta por resolver la historia de forma convencional (el final no está a la altura de la película). Hasta ese momento, Crudo no deja de inquietar y estresar, de retorcerse con extraños giros argumentales, de provocar con su sensualidad deformada y su sorprendente humor, ofreciendo así uno de los enfoques más originales y diferentes al clásico cuento de la niña que se hace mujer.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

El bar: Descenso a los infiernos de Madrid

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No cabe duda de que Álex de la Iglesia es uno de los cineastas con más personalidad del panorama nacional. Con El día de la bestia y la que es su gran obra maestra, La comunidad, el director bilbaíno asentó las bases de su cine y se afirmó como una de las grandes esperanzas del fantástico en España. Aquellos días quedan ya lejos, pero no se puede negar el efecto que las primeras películas de Álex de la Iglesia ejercieron en el mercado autóctono (y parte del extranjero), más dispuesto a arriesgar y dar carta blanca a nuevos realizadores de fantaterror que han seguido sus pasos. Que directores como De la Iglesia o Nacho Vigalondo tengan libertad para seguir experimentando y llevando las ideas más demenciales a nuestras pantallas es ya motivo de celebración. Ahora bien, no lo es todo.

Trabajos más recientes de De la Iglesia como Balada triste de trompetaLas brujas de Zugarramurdi Mi gran noche, han permanecido fieles a su visión, pero se han quedado a medias en muchos sentidos, con una cosa muy evidente en común: potencial malgastado. Con su nuevo film, El Bar, el prolífico director sigue ese mismo camino, planteando una premisa genial y llena de posibilidades que nos divierte y nos ilusiona hasta que se va todo al traste y llega el inevitable bajón. Esta es ya la tónica (Schweppes) del director, por lo que es aconsejable hacerse a la idea y disfrutar de todo lo que la película tiene que ofrecer, que, a pesar de la decepción, es mucho.

El bar es un thriller coral en clave de comedia ambientado en el centro de Madrid. Como las últimas obras de Vigalondo (Open Windows) o Eugenio Mira (Grand Piano), la película parte de una idea sencilla para desarrollar un adictivo entramado de misterio que se apoya en los mecanismos narrativos del cine de Hitchcock y el whodunit clásico para luego dinamitarlo a base de acción, paranoia y giros sorprendentes. Son las 9 de la mañana, y un heterogéneo grupo de desconocidos desayunan en una cafetería de toda la vida, regentada por una señora de toda la vida (una de las musas de De la Iglesia, Terele Pávez) y su casi-hijo (Secun de la Rosa): entre otros, una pija que se desvía de su camino a una cita (Blanca Suárez), un hipster barbudo (Mario Casas), un ama de casa con afición por las tragaperras (Carmen Machi) y un vagabundo con los cables cruzados y tendencias proféticas (Jaime Ordóñez). Uno de los clientes se marcha a toda prisa, y al salir por la puerta, recibe un disparo en la cabeza y es tumbado frente al bar. A continuación, las calles se quedan desiertas, y los demás no se atreven a salir, temiendo lo peor. En las noticias hablan de un incendio en el centro de Madrid, pero ellos saben que solo es una tapadera para encubrir la verdad. A partir de ahí y sin moverse del local, todos harán lo posible por descubrirla y sobrevivir.

El bar plantea una situación límite para reflexionar sobre hasta dónde estamos dispuestos a llegar para salvar el pellejo. Un experimento que pone a prueba a un grupo de personajes de procedencias y personalidades muy diversas en un contexto de crisis económica, desinformación y forcejeo entre pasado y presente, en el que no hay enemigos claros, donde el monstruo al que se enfrentan es el miedo y la ignorancia. Ese es el mayor acierto de El bar, que durante sus ágil primera mitad propone un puzle que transcurre a base de diálogos ingeniosos, punzantes y a menudo hilarantes que nos hablan de los prejuicios y la desconfianza que condicionan a la sociedad actual, mientras que, a su vez, se desarrolla como un thriller fantástico en el que todo es posible. Un virus, una invasión extraterrestre, una epidemia zombie… Cualquier opción es tan loca como plausible en El bar, y lo que no sabemos es lo que da forma al misterio. Sin embargo, el whodunit no tarda en resolverse, y lo que sigue a continuación es una lucha de poder entre unos desconocidos convertidos en salvajes por las circunstancias. Asistir al derrumbe emocional de los personajes, a las revelaciones sobre sus personas, a su transformación en bestias, es lo que hace que El bar sea tan eficaz y divertida. Hasta que deja de serlo.

El mejor Álex de la Iglesia parece haber vuelto en la primera mitad de El bar, pero es solo un espejismo. El tercer acto hace que la película se le vaya completamente de las manos. Si la mayoría de sus films culminan en las alturas, el clímax de El bar tiene lugar en las profundidades, concretamente en las alcantarillas de Madrid, donde los supervivientes viven, literalmente, su descenso a los infiernos infestados de ratas y cucarachas. Una oportunidad de oro que De la Iglesia aprovecha para llevar un paso más allá el elogio a la asquerosidad, el feísmo y la mugre que suele caracterizar a su cine y que en esta película se convierte en una sinfonía de fluidos, primeros planos de bocas podridas disparando saliva, colillas y mierda flotante que parece vivirse en 3D y Odorama (para taparse los ojos como en el terror más traicionero). Pero a lo que iba, en este desenlace alargado hasta la extenuación, De la Iglesia favorece la acción por la acción (como de costumbre), con 20 minutos de persecución pesada y repetitiva que dejan algo muy claro: si hay una película que debería haber durado 80 minutos es esta.

No obstante, hasta que la acción se traslada a las alcantarillas, El bar nos da bastantes alegrías. Los que admiramos el cine de De la Iglesia nos encontramos en ella con todo aquello que nos gusta de él, tan excesivoanimal y lleno de mala leche como siempre: su pericia filmando las escenas de acción, una puesta en escena impecable (es un decir, que se regodee tanto en la suciedad no hace sino convertir la experiencia en algo más incómodo, violento y visceral, que es la idea), un manejo de la cámara y un montaje que transmiten a la perfección la tensión, la claustrofobia y la ansiedad de la historia (aunque también se usen para ejecutar una repugnante escena sexista de explotación desde todos los ángulos posibles del físico de Blanca Suárez), un reparto de excepción que pone de manifiesto la buena dirección de actores que siempre lleva a cabo (todos están fantásticos, en especial Pávez, De la Rosa y Machi). Y hasta que se atrofia, un ritmo muy solvente que invita a dejarse llevar y disfrutar.

El bar está lejos de ser un descalabro (su primera parte es brutal y en general supone una mejora considerable con respecto a Mi gran noche), pero no es la gran película que podría haber sido. Por culpa de un guion sin pulir (escrito como de costumbre junto a Jorge Guerricaechevarría) y la falta de autocontrol de De la Iglesia, esta supone otra oportunidad desaprovechada.

Pedro J. García

el-bar-blu-rayEl Bar ya está a la venta en España en formatos Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

La edición incluye los siguientes contenidos adicionales:

  • Tráiler

  • Fotos exclusivas del rodaje

  • Vídeo comentario del director Álex de la Iglesia y del guionista Jorge Guerricaechevarría

  • Guion de script de El bar

  • Cómo se hizo. Documental dividido en cuatro partes: El Vermut (Localizando El bar); Unas aceitunas (Personajes y director); Un café (Dentro de El Bar); Copa y puro: Making of.

Manchester frente al mar: Sobrevivir al dolor

¿Cómo se explica el dolor más profundo? ¿Cómo se sobrevive a él? ¿Cómo se convierte en cine? Kenneth Lonergan (Margaret) responde a estas cuestiones con Manchester frente al mar (Manchester by the Sea), conmovedor drama sobre un hombre roto que nos habla del peso asfixiante del pasado, de los lazos familiares y la necesidad de mirar hacia delante. Una película que, de no ser por el aluvión de premios y nominaciones que le ha caído, habría pasado quizá más desapercibida por su naturaleza quieta y su manera tan seca de afrontar el melodrama. Pero que su enfoque aparentemente desapasionado no os engañe, estamos ante una película que cala muy hondo, que casi sin que nos demos cuenta se mete en los huesos como el peor de los fríos y nos sacude de arriba a abajo.

Manchester frente al mar nos lleva hasta la costa de Massachussets para contarnos la historia de los Chandler, una familia de clase obrera azotada por la tragedia. Tras la muerte de Joe (Kyle Chandler), su hermano menor, Lee (Casey Affleck), regresa al pueblo para gestionar su funeral y hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges). Ante la posibilidad de convertirse en el tutor legal del chico y dejar su residencia actual en Boston para volver a instalarse en el pueblo, Lee se ve obligado a enfrentarse a un terrible pasado que lo llevó a separarse de su esposa, Randi (Michelle Williams), así como de la comunidad en la que se crió. Allí, Lee debe revivir una vez más el recuerdo más lacerante que uno pueda imaginar, mientras decide la mejor manera de ayudar a su sobrino, ahora que no cuenta con sus padres.

La primera hora de Manchester frente al mar transcurre en los márgenes del costumbrismo. Conocemos a Lee, un hombre atormentado y parco en palabras que sobrevive a duras penas trabajando como conserje y parece deambular por la vida como si estuviera esperando su hora para marcharse. Lo acompañamos en su viaje de regreso al hogar donde creció (uno de los lugares comunes más fértiles del cine independiente), para descubrir hacia la mitad del metraje el hecho que lo cambió, y que lo cambia, todo. Un punto de inflexión que obliga a reevaluar lo visto hasta ese momento, que hace que de repente entendamos el carácter de Lee y apreciemos de forma casi retroactiva la magistral interpretación de Casey Affleck. Es entonces cuando el grito ahogado que recorre toda la película rompe en un alarido insoportable, y las emociones que han estado bullendo bajo su fría fachada empiezan a subir a la superficie.

Pero Lonergan no deja que estas se apoderen del film, sino que se asegura de que sea el espectador quien tenga el control en todo momento de lo que siente con respecto a sus personajes, de lo que este quiere sacar en claro de ellos. Para esto, el director aborda el drama con temple absoluto, llevando a cabo una narración magistralmente sutil, subrayada por un inteligente montaje con el que se construye un brillante relato no lineal. Los actores, por su parte, son el pegamento que une las piezas dispersas en el tiempo. La interpretación contenida y matizada de Affleck es el núcleo emocional de la película, mientras que son Williams y Hedges los que aportan los necesarios momentos de catarsis, estallando en sendas escenas de prodigioso naturalismo que bien justifican sus nominaciones al Oscar (el desgarrador encuentro de Randi con Lee al final, y el derrumbe de Patrick frente al congelador).

Y a pesar de la devastadora tristeza que recorre la película y del sufrimiento que caracteriza a sus protagonistas, Lonergan trata a sus personajes con el cariño y la compasión que necesitan, ayudando a paliar el dolor (suyo y nuestro) con acertadas pinceladas de humor (muchas cortesía de Patrick y su ajetreada vida amorosa) y momentos entrañables (a la hora sobre todo de mostrarnos la preciosa relación entre tío y sobrino), y permitiéndoles ver la luz al final del túnel. Por todo esto, Manchester frente al mar es una película que emociona sin que se le vean las costuras, una de esas historias que nos dicen tanto con tan poco, y que del mismo modo que hacen un angustioso nudo en el estómago, lo liberan con un también sutil mensaje de ánimo y esperanza.

Pedro J. García

manchester-frente-al-mar-blu-rayManchester frente al mar ya está a la venta en Blu-ray y DVD.

La edición en incluye los siguientes contenidos adicionales:

  • Escenas eliminadas.
  • Las emociones de la vida: Cómo se hizo Manchester frente al mar.

Audio: Castellano, francés, alemán, italiano y ruso DTS Digital Surround 5.1

Subtítulos: Inglés para sordos, castellano, árabe, holandés, francés, alemán, hindi, italiano, ruso y mandarín.

Tres operas primas inéditas llegan a DVD

Ya os he hablado en varias ocasiones de la estupenda labor que Sony Pictures Home Entertainment está llevando a cabo recuperando estrenos inéditos en nuestro país para lanzarlos directamente al formato doméstico. Títulos que, en muchos casos, generan mucha expectación al ser anunciados, pero acaban relegados a segundo (o tercer plano). Y no precisamente porque su calidad sea inferior, de hecho muchos de ellos son bastante superiores a los films que nos acaban llegando a las salas. Por ejemplo, recientemente hemos podido ver joyas como Hunt for the Wilderpeople, de Taika Waititi (Thor: Ragnarok), la nominada al Oscar Mujeres del siglo XX o la festivalera Certain Women, a las que ahora se unen los siguientes lanzamientos directos a DVD, tres interesantes películas que tienen en común ser las operas primas de sus respectivos directores.

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Indignación (James Schamus)

Basada en la novela de Philip RothIndignación es el primer largometraje como director de James Schamus. Pero si no lo parece, es porque este lleva 35 años trabajando como guionista y productor en Hollywood (entre sus créditos se encuentran La tormenta de hieloBrokeback Mountain). La película, protagonizada por Logan Lerman (Las ventajas de ser un marginado, Corazones de acero) y Sarah Gadon (Una noche real22.11.63), es una reflexiva crónica de la Norteamérica de los años 50, un inteligente (e intelectual) drama romántico que se opone a otras películas similares que presentan esta misma época de forma idealizada y nostálgica, para ahondar mejor en las preocupaciones de una sociedad al borde del cambio.
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En ella, Marcus (Lerman), un joven brillante de educación judía pero autoproclamado ateo y grandes inquietudes culturales, inicia sus estudios universitarios en el conservador campus de Winesburg, donde se enamorará de la hermosa y complicada Olivia Hutton (Gadon), con la que iniciará una relación que desafiará las convenciones sociales y sus propias creencias. Mientras, sus atribulados padres viven preocupados a distancia por la posibilidad de que su hijo sea llamado algún día a filas para luchar en la guerra, y por tanto, de perderlo para siempre, al igual que le ha ocurrido a tantas familias cercanas a ellos.

Indignación es una estimable opera prima que, si bien tarda en arrancar, tiene una segunda mitad sobresaliente, en especial gracias a las reflexiones sobre la familia, la hipocresía moral y cómo se percibían el sexo y la religión en la sociedad norteamericana de hace sesenta años, pero también a las interpretaciones de Lerman, Gadot, y Linda Emond, que supone la mayor revelación del film dando vida a la madre de Marcus. Indignación no es la mejor película para ver en un mal día, ya que su tristeza puede causar estragos, pero sí es aconsejable no dejarla pasar. Se trata de un relato de muchas capas, imbuido de la literatura clásica estadounidense y muy cercano a la obra de J.D. Salinger, un film tan melancólico como estimulante.

Indignación es una exclusiva de fnac, solo disponible en sus puntos de venta físicos y online. Incluye los extras: ‘Deconstruyendo una escena’ y ‘Trajes de época’.

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Frank & Lola (Matthew Ross)

Frank & Lola es también la opera prima de Matthew Ross (no confundir con Matt Ross, de Silicon Valley Captain Fantastic), su debut en la dirección de largometrajes después de varios años curtiéndose en el arte del corto. La película tiene todas las señas frank-lola-dvdde un primer trabajo para la gran pantalla, pero también la confianza y el temple de un cineasta que lleva ya tiempo practicando su salto a la larga duración.

Ross nos lleva a Las Vegas para realizar un noir moderno, una atípica historia de amor protagonizada por dos personas tan carismáticas y prometedoras como perdidas en sí mismas. Michael Shannon (Take ShelterAnimales nocturnos) e Imogen Poots (FilthGreen Room) interpretan a una pareja a priori chocante (y no solo por la diferencia de edad) que acaba sorprendiendo por su química en pantallaFrank & Lola cuenta la historia de dos personas sumidas en una espiral de pasión, sexo y obsesión, marcadas por un pasado violento que condiciona sus vidas y trunca su felicidad. Un film oscuro y enigmático sobre el amor y la dominación que, si bien no ofrece nada nuevo, se beneficia de las estupendas interpretaciones de Shannon y Poots, dos actores que deberían disfrutar de mayor reconocimiento.

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Kicks: Historia de unas zapatillas (Justin Tipping)

Dirigida por el también debutante Justin TippingKicks es un intenso y exuberante retrato de la juventud en las zonas más pobres de Los Ángeles. La película cuenta la historia de Brandon (Jahking Guillory), un adolescente de 15 años que sueña con tener unas zapatillas Jordan para escapar de su realidad. El chaval se las apaña para conseguirlas, pero pronto se convertirá en el blanco de los matones de su kicks-dvdbarrio, que se las roban, no sin antes darle una paliza. Junto a sus dos mejores amigos, Brandon se embarca en una peligrosa aventura para recuperar las zapatillas, un viaje sin retorno hacia la madurez.

Kicks presenta una llamativa mezcla de estilos, del realismo callejero más crudo a la ensoñación poética, de la crítica social al realismo mágico, con una selección musical compuesta por clásicos del hip hop que marcan el ritmo y de los que además se extraen citas que funcionan como epígrafes de la historia. Rebosante de energíaKicks habla de la dificultad de crecer y prosperar en un mundo caracterizado por la precariedad, el peligro y la masculinidad tóxica de los projects, en el que las drogas, la violencia y la objetificación femenina son el día a día. En este entorno, Brandon se verá obligado a dejar la infancia atrás para adaptarse al entorno en el que le ha tocado vivir, en el que la imagen que uno proyecta lo es todo.

Como curiosidad, Kicks cuenta con la participación del oscarizado Mahershala Ali, en un papel similar al que realiza en Moonlight, el de mentor del joven protagonista (aunque aquí no tan protector o cariñoso como su Juan).

Kicks es una exclusiva de fnac, solo disponible en sus puntos de venta físicos y online. Contenidos adicionales: minidocumental ‘Kicks: Uno a uno’.

Los Hollar: La gran familia americana

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A John Krasinski lo conocemos sobre todo por dar vida a Jim Halpert durante las nueve temporadas de The Office. Después del final de la comedia de NBC, el actor se ha centrado en el cine (donde trabaja su mujer, Emily Blunt), no solo delante de las cámaras (Aloha, 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi), sino también detrás. Su ópera prima como director, Brief Interviews with Hideous Men (2009), pasó sin pena ni gloria, y ahora, justo antes de volver a la televisión para protagonizar el reboot de Jack Ryan, Krasinski presenta su segunda película como realizador, Los Hollar (The Hollars), dramedia indie que él mismo protagoniza junto a un reparto de excepción.

Los Hollar nos lleva una vez más hacia uno de los lugares comunes más explorados del cine independiente norteamericano: el regreso a casa, contextualizado y magnificado por la actual situación económica y laboral que encuentra a muchos treinta y cuarentañeros sin rumbo. Krasinski da vida a John Hollar, un dibujante de novelas gráficas en horas bajas que se ve obligado a marcharse de Nueva York para volver a su ciudad natal al enterarse de que su madre padece de cáncer. Para ello, John tiene que dejar en Manhattan a su novia (Anna Kendrick), que está a punto de dar a luz al primer hijo de la pareja. Perdido y sin futuro profesional en Nueva York, este regresa a regañadientes a la vida que se esforzó por dejar atrás, reencontrándose con su disfuncional familia, su ex novia y el marido de esta, que no es otro que su rival del instituto (Charlie Day). Una vez allí, John reconectará con todos ellos y hará balance de su vida para recordar de dónde viene y averiguar hacia dónde se dirige.

Otra cosa no, pero Los Hollar es una prueba fehaciente de que Krasinski sabe lo que hace. Su sensibilidad como director no es precisamente novedosa u original, pero sí consistente. Estamos ante un crowd-pleaser de manual, una comedia con tintes dramáticos de las que tanto gustan en Sundance y que los yanquis dominan como nadie. Krasinski controla los mecanismos narrativos y las argucias sentimentales propias del género, explorando con confianza, melancolía y sensibilidad las ideas de las que se suele nutrir este tipo de cine (se nota que hay mucho de autobiográfico en la historia). Ahora bien, que Los Hollar sea el trabajo de alguien que tiene las ideas claras o un ejemplo paradigmático de su género no lo convierte en un film excepcional. De hecho, esta una película que hemos visto en infinidad de ocasiones, en la que las reflexiones y conclusiones sobre la vida, la familia y el paso del tiempo nos sonarán mucho.

los-hollar-dvdSí, Los Hollar acumula clichés hasta quedarse sin espacio para más (“espontáneo” momento musical incluido), pero su calidez y sus buenas intenciones compensan que todo sea tan predecible. Claro que lo que salva la película de caer en las redes del hastío no es eso, sino su excelente reparto, del que destacan los veteranos Margo Martindale (siempre magnífica) y Richard Jenkins (no hay papel que este brillante actor no pueda elevar), y que también cuenta con un notable Sharlto Copley (habitualmente oculto bajo capas de CGI, como en Distrito 9 o Chappie), Anna Kendrick, Mary Elizabeth Winstead, Josh Groban, Randall Park y Charlie Day, la mayoría protagonistas de subtramas que recuerdan a las de una sitcom (formato del que bebe mucho la película, quizá por deformación profesional de Krasinski).

A pesar de los numerosos tópicos que la componen y del sentimentalismo que la caracteriza, la película resulta entrañable la mayor parte del tiempo, y en ocasiones realmente divertida, en especial gracias a un acertado elenco que parece muy cómodo a las órdenes de Krasinski. Los Hollar no descubre América, desde luego, pero la vuelve a presentar como ese lugar reconfortante al que a algunos nos gusta regresar de vez en cuando, ese hogar que a veces solo existe en la pantalla.

Pedro J. García

Los Hollar ya está a la venta en España en formato DVD. La edición incluye los siguientes contenidos adicionales: Comentarios con John Krasinski y Margo Martindale. Confianza familiar: Los Hollar. Visión persistente: Margo Martindale. Rueda de prensa en el festival de cine de Los Ángeles con John Krasinski, Margo Martindale y Anna Kendrick.

GLOW: Luchadoras dentro y fuera del ring

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Los 80 han vuelto. Sí, otra vez. Y esta vez para quedarse. Después del enorme éxito de Stranger Things, Netflix sigue explorando los claroscuros de esta década en GLOW, serie inspirada en el breve programa de lucha libre femenina del mismo título, cuyas siglas quieren decir “Gorgeous Ladies of Wrestling”. Creada porn Liz Flahive (HomelandNurse Jackie) y Carly Mensch (Nurse Jackie, WeedsGLOW viene avalada por la producción de Jenji Kohan, responsable de Orange Is the New Black, y parte del equipo de la dramedia carcelaria de Netflix, uno de los primeros grandes éxitos de la plataforma.

GLOW cuenta la historia de Ruth Wilder, interpretada por Alison Brie (Community, Mad Men), una actriz en paro que trata de abrirse camino sin suerte en el Hollywood de los 80. Desesperada y sin ningún papel a la vista, Ruth encuentra su última oportunidad en el casting de un programa de lucha libre para televisión, donde coincidirá con su ex mejor amiga, Debbie Eagan (Betty Gilpin), una actriz de telenovela que dejó la industria para criar a su bebé, pero decidió volver al trabajo al descubrir que su marido le está siendo infiel. Allí, Ruth y Debbie se unirán a un variopinto grupo de mujeres de muy diferentes procedencias, personalidades y aspiraciones profesionales que entrenan para convertirse en las próximas estrellas de la lucha, diosas enfundadas en licra y bañadas en purpurina que trabajan a las órdenes de Sam (Marc Maron), una vieja gloria de la serie B que ha dejado el cine atrás para guiar a este grupo de mujeres hacia la fama catódica.

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Que parte del equipo de Orange Is the New Black forma parte de GLOW es algo que cualquiera podría intuir con solo ver el primer capítulo. La diversidad del reparto es una de las mayores bazas de la serie: mujeres de distintas razas, edades y físicos que conforman un fresco femenino mucho más completo que casi cualquier otra ficción televisiva. Pero hay un aspecto clave en el que GLOW se distancia considerablemente de OITNB, y es uno que algunos espectadores agradecemos: los episodios, 10 en total para la primera temporada, duran media hora. Esto hace que GLOW se consuma fácil y gustosamente, sin dar lugar a la sensación de alargamiento que arrastran otras series de Netflix. Claro que, como toda cara tiene su cruz, la brevedad de la temporada puede hacer que la serie (por ahora) sepa a poco.

El título de GLOW pone fácil su descripción. La serie es deslumbrante y resplandeciente. La ambientación ochentera es una de las mejores que hemos visto en televisión, desde el diseño de producción hasta los fieles estilismos, pasando por supuesto por la excelente selección musical, que transporta directamente a esta década. Pero lo que hace que GLOW transpire 80s por los cuatro costados es cómo refleja la sociedad del momento y el tratamiento que da a la industria del cine. La serie no solo nos habla de un grupo de mujeres luchando dentro del ring para ganarse la vida, también es la crónica de su lucha por encontrar su hueco en una industria dominada por el hombre. Desde el primer momento en el que vemos a Ruth leyendo el protagonista masculino durante una audición en la que realmente opta al papel de secretaria, GLOW sienta las bases de su discurso feminista, a través del cual destapará la peor cara del mundo del espectáculo, una cara que hoy en día nos sigue mirando desde Los Ángeles, como demuestran las constantes noticias sobre la brecha salarial en Hollywood y los testimonios de actrices sobre audiciones repugnantemente sexistas en las que son tratadas como prostitutas o trozos de carne.

La crítica al sexismo de Hollywood es uno de los pilares de GLOW, pero por supuesto, el corazón de la serie se halla en sus personajes. La historia nos va dando a conocer a las luchadoras poco a poco, sus historias personales, sus secretos y sus ambiciones, descubriendo un reparto coral de mujeres, unas más carismáticas que otras, con las que es fácil encariñarse. Sin embargo, GLOW tiene dos protagonistas claras, Alison Brie y Betty Gilpin, dos portentos de la interpretación que ya habían despuntado en otras series (Brie en Community Mad Men, Gilpin en Nurse Jackie) y que aquí por fin tienen una plataforma a su medida para dar rienda su talento. Observar a Brie hacer el ridículo una y otra vez, tocar fondo e intentar salir a flote es una de las experiencias más hipnóticamente incómodas y fascinantes que nos ha ofrecido la televisión reciente, pero Gilpin es la verdadera robaescenas de la serie, un animal escénico del que no se puede apartar la mirada. También merecen su mención los dos personajes masculinos principales, Sam y Bash (Chris Lowell), el primero por representar lo más negativo de la serie con humanidad, sin caer en la categoría de villano, y el segundo por ser completamente adorable.

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La primera temporada de GLOW se pasa en un suspiro. Esta se centra en los entrenamientos de las chicas y la preparación del primer combate que será grabado como piloto del programa para la cadena, oportunidad que se aprovecha para contar una historia de superación y camaradería femenina que no tiene miedo a golpearse con el suelo. En el transcurso de los diez episodios, la serie nos deja momentos divertidos, pero también puede llegar a ser bastante cruda (a veces las dos cosas a la vez, como todo lo que tiene que ver con los horribles estereotipos culturales y raciales asignados a las luchadoras), ofreciendo un contraste muy interesante y agridulce. Eso sí, como adelantaba antes, la primera temporada no alcanza todo su potencial, sino que parece reservárselo para más adelante, dejando que sus flaquezas se apoderen de ella por momentos. Por ahora, GLOW no ha demostrado toda su fuerza, sino que solo está entrenando, tanteando el ring. Pero por lo que hemos podido ver, nos promete un gran espectáculo.

Crítica: Dunkerque

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A lo largo de los años, el cine de Christopher Nolan ha generado algo más que un culto, ha creado una religión. El nolanismo existe, y no hay que darlo por sentado, porque tiene una fuerza arrolladora, como se suele comprobar en la taquilla, y en los incesantes debates que suscitan su figura y su trabajo. Desde su película revelación, Memento (2000), el director británico se ha visto catapultado hacia lo más alto de Hollywood, gracias a su particular maridaje entre cine de autor y superproducción, lo que para muchos ha supuesto la dignificación definitiva del blockbuster. Hasta ahora, sus películas han transcurrido en el terreno de la fantasía, la ciencia ficción o el cine de superhéroes, pero con su nueva obra, Dunkerque (Dunkirk), Nolan se adentra por primera vez en el género bélico. Es la prueba de fuego que puede consagrarlo definitivamente como sucesor del ecléctico y siempre magistral Stanley Kubrick, con el que ha sido comparado en muchas ocasiones.

A partir de un guion escrito por el propio Nolan, Dunkerque es la recreación de uno de los episodios históricos más escalofriantes del siglo XX, la evacuación de más de 300.000 soldados británicos y aliados que quedaron atrapados en las playas de Dunkerque (Francia) ante el avance de las tropas nazis en el país galo a finales de mayo de 1940. Mientras los soldados hacían lo posible por sobrevivir a los continuos ataques del enemigo, desde Gran Bretaña partían hacia Dunkerque todo tipo de embarcaciones inglesas, muchas de ciudadanos privados, con el objetivo de rescatar a sus compatriotas y llevarlos de vuelta a casa. Con Dunkerque, Nolan realiza su película más depurada y minimalista hasta la fecha sin perder su cualidad épica, pero no sería él si no añadiese un toque narrativo que la hiciera destacar entre las demás. La historia está contada desde tres puntos de vista distintos (tierra, mar y aire), y estas tramas no transcurren de forma simultánea, sino que van dando saltos atrás y adelante en el tiempo para mostrarnos los acontecimientos desde diferentes perspectivas, entrelazándose y estrechándose cronológicamente hasta converger en el clímax. Aunque al principio la narración no lineal pueda resultar confusa o efectista, la planificación, el guion y el soberbio montaje de la película convierten este “truco” en un arma bien calibrada para crear tensión, facilitar los giros argumentales, y ofrecer en última instancia un relato muy completo.

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La película, filmada en localizaciones reales utilizando una combinación de IMAX y 65 mm, requiere ser vista en las mejores condiciones posibles. Dunkerque es una obra extraordinaria en el apartado técnico, visual y sonoro, con una fotografía bellísima, una producción artística que aporta gran realismo a la recreación histórica, efectos digitales y prácticos en los que no se ven las costuras, y un diseño de sonido apabullante y atronador, esencial para crear la experiencia envolvente que Nolan propone. Desde su primera secuencia, Dunkerque te arroja en el centro de la acción, se mete directa en las entrañas y no da tregua durante los (agradecidos) 106 minutos que dura, haciendo que sintamos en nuestra piel cada disparo y cada estallido alrededor de Tommy (Fionn Whitehead), el joven soldado que protagoniza la sección terrestre del film y se alza como personaje principal de la historia. Los portentosos planos y movimientos de cámara de Nolan favorecen la inmersión del espectador, con la idea de que este viva junto a los personajes el horror de la guerra en primera persona.

Mención aparte merece la banda sonora de Hans Zimmer, un score igualmente visceral y de enorme precisión que acompaña a las potentes imágenes en un excelente ejercicio de sincronización, subrayando la tensión hasta hacerla insoportable, y acentuando la desesperación de los protagonistas con el continuo tic tac de un reloj, sonido enervante que se acaba metiendo en los huesos. Tampoco podemos obviar el trabajo del reparto, aunque en este caso las interpretaciones más bien se fundan en la maquinaria nolaniana, como piezas del engranaje tan esenciales como la cámara o el sonido. El recién legado Fionn Whitehead transmite a la perfección la angustia y desorientación de su personaje mientras intenta escapar del infierno, la estrella del pop Harry Styles sorprende dando la talla holgadamente en su primer papel cinematográfico, un personaje con más peso y entidad de lo esperado, y los veteranos Mark Rylance y Kenneth Branagh aportan aplomo y distinción. Tom Hardy, por su parte, lleva a cabo un trabajo eficaz a pesar de pasarse todo el metraje detrás de los mandos de su avioneta y con la cara medio tapada (la catarsis de su escena final es uno de los momentos más destacados del film), y Cillian Murphy protagoniza una de las tramas más pequeñas, pero también más impactantes y conmovedoras. Juntos componen un poderoso fresco sobre la fortaleza del espíritu humano que se aleja de las convenciones del género y el tributo hagiográfico para dar lugar a una película de guerra diferente.

Si se le puede reprochar algo a Nolan es el hecho de que su meticulosidad y perfeccionismo pueden traducirse en frialdad durante algunos tramos de la película. Dunkerque es un triunfo cinematográfico se mire por donde se mire, pero en ocasiones, su academicismo impide llegar realmente al fondo de los personajes, de su humanidad. La cinta se desarrolla con muy pocos diálogos entre ellos, un silencio aterrorizado entre el ruido ensordecedor de la guerra que dice mucho sin apenas pronunciar palabra, y asimismo, un respiro de la tendencia de Nolan a retorcer y sobreexplicar todo (afortunadamente, aquí confía más en la inteligencia del espectador). Ahora bien, el director no puede evitar incluir varias líneas al final para articular las ideas que vertebran la película y definen a los personajes, frases efectivas (o efectistas) que tienen indudable fuerza, pero que pueden antojarse algo obvias, y acaban sacando conclusiones por el espectador.

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Es un inconveniente que no empaña en ningún caso la experiencia, una de las más intensas que se pueden vivir en una sala de cine. Dunkerque es un espectáculo cinematográfico realizado con increíble atención al detalle e incontestable prodigio técnico, una película impresionante, que conmociona con sus brutales imágenes bélicas, sin recurrir en ningún momento a la violencia gratuita o la pornografía, ni caer en los tópicos del género, que deja sin aliento ante sus planos aéreos y sus secuencias en el mar, en las que la tensión alcanza cotas insoportables. A pesar de distanciarse considerablemente de lo que ha hecho hasta ahora, Dunkerque supone el perfeccionamiento del estilo de Nolan, caracterizado por la experimentación en el montaje, el sonido y la estructura narrativa. Pero también es una de sus películas más humanistas, un descarnado y esperanzador homenaje a los héroes de guerra del siglo pasado, no solo a los que ganaron, sino también a los que lo único que hicieron fue sobrevivir, y a aquellos que les ayudaron a hacerlo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

[Crítica] ‘Spider-Man: Homecoming’: El día libre de Peter Parker

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Que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” es algo que Marvel Studios tiene muy claro. Sobre todo desde que llegó a su acuerdo con Sony Pictures para compartir a uno de los superhéroes más populares de todos los tiempos, Spider-Man. Con Capitán América: Civil War, el Trepamuros hizo su esperado debut en el Universo Cinemático de Marvel, después de dos franquicias y dos iteraciones diferentes (y muy recientes) bajo el techo de Sony. El gran crossover dirigido por los hermanos Russo llegaba abarrotado de superhéroes, pero el nuevo Hombre Araña se las arregló para destacar entre todos ellos. La introducción de Tom Holland en el UCM se saldó con una reacción muy positiva por parte del público, y la consiguiente expectación por ver cómo se desenvolvía en su primera aventura en solitario dentro de este universo en expansión.

Pues bien, Spider-Man: Homecoming aprueba con nota su primer curso, continuando la racha imparable de Marvel Studios. Dirigido por Jon Watts, este nuevo reboot nos lleva de vuelta a las aulas para presentarnos a un Peter Parker adolescente y descubrirnos cómo es su vida después de pelear por primera vez junto a Los Vengadores. Con Tony Stark (Robert Downey Jr.) y Happy (Jon Favreau) como mentores y supervisores, Peter regresa a la normalidad en su barrio de Queens, donde espera a que lo llamen para embarcarse en su próxima misión con los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Pero esa llamada tan deseada nunca llega, por lo que el muchacho tendrá que explorar sus poderes y su nueva responsabilidad como justiciero enmascarado por su cuenta. Así, Peter deberá compaginar su vida como estudiante con su labor como superhéroe y hallar su propia identidad antes de poder unirse oficialmente a Los Vengadores. Por supuesto, sus problemas cotidianos y la irrupción en su vida de un villano, El Buitre (Michael Keaton), le dificultarán considerablemente la tarea.

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Tal y como Kevin Feige, el mandamás de Marvel Studios, adelantó hace meses, Spider-Man: Homecoming es la primera entrega en una saga que toma prestada la idea de una película por curso de Harry Potter. Por tanto, estamos ante el primer año de Spider-Man, el curso en el que todavía no tenemos muy claro quiénes somos, o cómo llegar a ser quienes queremos ser. Sin embargo, Homecoming no es exactamente una origin story, más que nada porque la película evita contarnos de nuevo el origen del Hombre Araña. En su lugar, la picadura de araña o la muerte del tío Ben se mencionan casi de forma anecdótica, sin apenas darle peso en el relato, en lugar hacer que el espectador tenga que verlo por tercera vez en tan poco tiempo (tampoco esperéis oír el famoso lema con el que empieza esta crítica). El origen de Spider-Man es conocido por todos, así que Marvel se ha permitido obviarlo para centrarse en las novedades del personaje y su afiliación a Los Vengadores.

Y las novedades que plantea Homecoming son numerosas y sirven para reinventar el personaje y su historia a base de licencias creativas, eso sí, sin traicionar su esencia. Para empezar, el nuevo traje de Spider-Man es un híbrido del uniforme clásico y la armadura de Iron Man que sugiere una variación más tecnológica del héroe arácnido (con IA incluido, Karen, voz de Jennifer Connelly). Los personajes a su alrededor también han cambiado con respecto a sus versiones más icónicas. La tía May (Marisa Tomei) ya no es la anciana de siempre, sino una AILF en toda regla, el bully Flash Thompson ahora tiene el aspecto de Tony Revolori (totalmente opuesto a su imagen tradicional), y no hay rastro de Mary Jane, J.J. Jameson o el archienemigo más emblemático de Spider-Man, El Duende Verde. Todo esto responde a esa necesidad de hacer de esta aventura el Año Uno del que hablaba, un Primer Curso de la Escuela de Superhéroes de Queens, para esquivar así el hastío de la repetición antes de introducir todos los elementos más reconocibles del personaje, cuando este esté asentado en su nueva piel.

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El rejuvenecimiento de Spider-Man aporta frescura y energía al Universo Marvel, con un planteamiento menos grandilocuente, rebajando la escala del peligro para no empezar la casa por el tejado y dejar espacio para tirarla por la ventana en el futuro de la franquicia. Por encima de todo, Spider-Man: Homecoming es una película de instituto, es decir, algo distinto a lo que hemos visto hasta ahora en el UCM. Y como tal, Watts y el equipo de Marvel han visto oportuno realizar con ella un homenaje al cine de John Hughes, el padre del cine teen moderno (El club de los cincoTodo en un día, La mujer explosiva). Homecoming es lo que sería una cinta de superhéroes si estuviera dirigida por Hughes. Estratificación social entre taquillas, dolores de crecimiento, geeks que se enamoran de la chica más guapa del instituto y se convierten en los héroes de la historia, alianzas amistosas ante la adversidad, escapadas a media noche por la ventana del dormitorio, el siempre trascendental baile anual… todo magnificado por las preocupaciones propias de la edad y el peligro de los villanos de cómic, y actualizado para adaptar los estereotipos del género a nuestros tiempos con un reparto más diverso (cabe destacar a Zendaya, que interpreta a Michelle, un homenaje directo al personaje de Ally Sheedy en El club de los cinco).

De hecho, más que el trepidante despliegue de acción, son las escenas del día a día en el instituto, la entrañable amistad entre Peter y Ned (Jacob Batalon), las clases, la imprescindible sala de detención, o las conversaciones con May (Tomei está espléndida y muy juguetona), lo que hace que Homecoming sobresalga (quien esto escribe echó de menos más escenas de este tipo). Si acaso, el único pero a este respecto (y no es pequeño) es el hecho de que los personajes femeninos tienen poco peso en la historia, siendo relegadas en todo momento a un segundo plano, algo que esperamos que se corrija en siguientes capítulos.

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Volviendo a nuestro protagonista, en Homecoming Tom Holland confirma lo que ya sospechamos viéndolo verlo en Civil War: Es un Peter Parker perfecto. Puede que el Peter Parker definitivo. Natural, ingenioso, hiperactivo, y muy divertido. A pesar de la participación de Tony Stark como reclamo o cebo para la audiencia (ojo, tampoco sale tanto y su presencia está bien justificada), es Holland quien lleva las riendas de la historia en todo momento, brillando tanto en las escenas cómicas como en las dramáticas (su mejor momento es el más vulnerable, solo, desesperado, intentando salir de debajo de los escombros, como en una de las viñetas más memorables del cómic). Pero como no hay héroe sin villano, hay que destacar también a Michael Keaton como Adrian Toomes, un malo de Marvel en condiciones, para variar. Rizando el rizo de lo meta al volver a hacer de hombre pájaro después de ser Batman e interpretar a un actor a la sombra del superhéroe que le dio la fama en Birdman, Keaton da vida a un villano más real, un enemigo con presencia, entidad y motivación, alejado del tópico del megalómano con sed de poder. Su enfrentamiento con Peter nos conduce a un clímax de gran tensión que, afortunadamente, no recurre a la destrucción de una ciudad o el enésimo fin del mundo, sino que transcurre a un nivel mucho más personal y dramático.

Eso sí, el factor espectacular está ahí, con ambiciosas e imaginativas escenas de acción que sirven como esqueleto narrativo y van aumentando progresivamente en asombro e intensidad. Los set pieces de Homecoming son sencillamente soberbios, especialmente el que tiene lugar en el obelisco de Washington, y también el que transcurre durante un accidente de ferry (Spider-Man en estado puro). Pero lo que hace que la película se desmarque de otras entregas superheroicas es, más que sus stunts, su espíritu jovial y su humanidad. Peter Parker no ha hecho más que empezar, está aprendiendo, y por tanto, tropezará con muchas piedras antes de poder equipararse a sus mayores. Aunque Homecoming satisface como película individual, se deja muchas cosas en el tintero -personajes por explorar (solo hemos rozado la superficie de Flash, May o Michelle), poderes a desarrollar (el sentido arácnido no aparece), la relación de Spidey con Los Vengadores-, dando una buena muestra de su potencial que no gasta todos sus cartuchos y deja con ganas de más.

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Spider-Man: Homecoming es el mejor baile de bienvenida que Marvel podía organizarle al Trepamuros. Una película en la tradición marveliana, donde no falta la inalterable fusión de humor, acción y emoción que ha llevado al estudio a lo más alto, los abundantes guiños (tanto a los cómics como al futuro del Universo Marvel), y sus ceremoniosas escenas post-créditos (la segunda es una de las mejores del UCM, si no la mejor). Todo con un aire más desenfadado y ligero, lo que supone un respiro de la vertiente más épica del género. Poco se le puede reprochar a Spider-Man: Homecoming (si acaso su larga duración, de más de dos horas, aunque lo cierto es que tampoco le sobra nada, o el mencionado problema de la representación femenina); no es perfecta o grandiosa (porque no aspira a serlo), pero sí intachable en lo que se propone. Estamos ante una película de superhéroes ágil, luminosa y colorista, como manda el manual de Marvel, con buenas interpretaciones, diálogos ocurrentes, situaciones divertidas, muchos detalles escondidos que la hacen muy apta para el revisionado, y en la que se puede respirar el amor por los cómics en los que se basa (a pesar de los cambios, con los que los más puristas del tebeo quizá no comulguen).

Nuestro amigo y vecino Spider-Man ha vuelto a la forma, con más entusiasmo e ilusión que nunca, logrando lo imposible: renovar el interés del público por un personaje que empezaba a ser sinónimo de agotamiento. Yo ya estoy contando los días para la próxima vuelta al cole de Peter Parker y todo lo que nos tenga reservado su segundo curso escolar.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Una noche fuera de control

Rough Night

La comedia adulta estadounidense lleva años exprimiendo la premisa del fin de semana de desfase, llegando a convertir las películas sobre escapadas juerguistas o despedidas de soltero/a en un subgénero en sí mismo, y además uno muy prolífico. Desde que Resacón en Las Vegas (The Hangover) impulsara la producción de este tipo de films, y La boda de mi mejor amiga (Bridesmaids) llevara con éxito a los cines la variación femenina de la misma fórmula, son muchas las comedias cortadas por el patrón de estas dos cintas las que han llegado a la cartelera.

Una noche fuera de control (Rough Night) se suma a la corriente actual de comedias Rated-R protagonizadas por mujeres en los papeles habitualmente reservados a los hombres en este tipo de proyectos (Mejor…solteras, Mike y Dave buscan rollo serioMalas madres), una tendencia que afortunadamente no muestra síntomas de aminorar. Scarlett Johansson continúa explorando su vis cómica encabezando el reparto de esta película dirigida por Lucia Aniello (guionista, productora y directora de la serie Broad City), una historia sobre un grupo de amigas de la universidad que se reúnen diez años más tarde para celebrar la despedida de soltera en Miami de una de ellas, Jess (Johansson). La desenfrenada celebración se tuerce cuando una de ellas mata accidentalmente a un stripper, y todas deben buscar la manera de cubrir el desastre.

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Efectivamente, la película “toma prestada” la idea de la comedia negra de 1998 Very Bad Things, pero su falta de originalidad no se detiene ahí. Una noche fuera de control es un pastiche de varios films, una suerte de Frankenstein fílmico hecho con partes de otros: las mencionadas ResacónBridesmaids, el clásico Este muerto está muy vivo y el remake cinematográfico de 21 Jump Street (Infiltrados en el instituto). El resultado de esta combinación matemática es una película formulaica repleta de tópicos y giros “sorpresa” de lo más predecible.

Por suerte, esta falta de personalidad propia se ve compensada por un reparto fabuloso y totalmente entregado. Johansson ya ha demostrado varias veces que la comedia no se le da nada mal (en Don Jon estaba soberbia dando vida a una choni de Jersey), y aquí vuelve a dar la talla como comediante, resultando divertida en las escenas cómicas y aportando el dramatismo adecuado a los momentos más serios (los que tienen que ver con el desarrollo de su amistad con las chicas, tan central como la camaradería masculina en las películas de James Franco, Seth Rogen o Channing Tatum). Johansson está rodeada de un elenco coral de actrices que forman un gran equipo: la robaescenas Kate McKinnon haciendo sus marcianadas de siempre (con el añadido de un acento australiano muy payaso), Jillian Bell practicando la deadpan comedy por la que se caracteriza, Ilana Glazer continuando el espíritu de su personaje en Broad City y Zoë Kravitz, que hasta ahora se había centrado sobre todo en drama o fantasía, ejerciendo un sorprendente dominio sobre la comedia (su trío con Demi Moore -sí, habéis leído bien- y Ty Burrell es una de las escenas más hilarantes del film). Si no fuera por la química de las actrices, y lo mucho que se comprometen a hacer el loco y pasarlo bien, la película se hundiría.

Pero Una noche fuera de control tiene otras virtudes que contrarrestan la sensación de déjà vu. Por ejemplo, la forma en la que invierte los estereotipos de género. De hecho, uno de sus mayores hallazgos cómicos es el contraste entre la juerga de las chicas y la despedida de soltero del prometido de Jess (Paul W. Downs -sí, hay mucha gente de Broad City aquí metida), una velada tranquila en una cata de vino, donde los amigos del novio muestran una gran sensibilidad y su subtrama reproduce los lugares comunes del cine romántico tradicionalmente asociados a los personajes femeninos. Un cambio de roles que no solo genera buenos gags, sino que también pone de manifiesto la naturaleza progresista de la película. Por otra parte, y en relación a esto, el hecho de que una mujer esté tras las cámaras ayuda a eliminar la mirada masculina, algo que salta a la vista en la forma tan refrescante y natural de tratar la homosexualidad femenina (ni rastro de objetificación o fantasía lésbica para el público masculino).

Claro que por muy transgresor que sea todo esto, al final lo más importante es si la película hace reír o no. Y en este departamento, Una noche fuera de control cumple por los pelos. Que su humor sea ramplón es de esperar (no lo querría de otra manera, de hecho), pero también es tremendamente irregular: hay situaciones descacharrantes aisladas, chorradas muy graciosas (me quedo con “The Human Friendtipede”) y escenas con las que es difícil no soltar una carcajada, pero también momentos de tierra trágame y muchos chistes sin chispa (Bell sobre todo es un gusto adquirido, si comulgas con su estilo de comedia, bien, si no, mal vamos). Esta inconsistencia hace que, a pesar de divertir gran parte del tiempo, nunca desarrolle su verdadero potencial, dejándonos a medias, y obligándonos a fijarnos más de la cuenta en sus agujeros de guion.

Una noche fuera de control no es Bridesmaids, ni siquiera Malas madrespero podría haber sido mucho peor, y desde luego, para un momento tonto puede venir muy bien (que, para ser justos, es a lo que aspira). Se trata de un producto ligero, de consumo rápido, una película irreverente y desenfadada, con un entusiasmado reparto (incluidos los estupendos secundarios) que quiere que te unas a su fiesta. Una fiesta salvaje y pasada de rosca que hará que rememores otras noches locas, y cuyo recuerdo se fundirá con las demás en tu memoria. Si es que no desaparece por completo.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Siete deseos

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Que el terror light es uno de los géneros más lucrativos del cine reciente es algo que Hollywood tiene muy claro. Por eso, prácticamente todos los meses nos llega una o varias cintas de miedo orientadas a adolescentes con ganas de sustos y emociones fuertes (pero no demasiado fuertes, por si acaso). Siete deseos (Wish Upon) se ajusta a esta descripción, una película que se presenta con la etiqueta de “cine de terror”, pero cuya calificación PG-13 impide que su historia se lleve hasta las últimas consecuencias, resultando en un quiero y no puedo difícil de defender.

John R. Leonetti, responsable de la inofensiva y completamente olvidable primera parte de Annabelle, se pone detrás de las cámaras para dirigir esta suerte de fusión entre Destino finalChicas malas, con guión de Barbara Marshal (Viral)Lo sé, suena bien, pero ni es lo suficientemente creativa como la primera, ni remotamente tan petarda e inteligente como la segunda, sino más bien un episodio de Pesadillas actualizado a nuestro tiempos. De nuevo, puede que hasta os suene atractivo, pero creedme, Siete deseos no es el clásico trash en potencia que podía haber sido, es simplemente un fail de lo más cutre, se mire por donde se mire.

La historia no tiene mucha complicación. Clare Shannon (Joey King) es una chica de 17 años que, tras la muerte de su madre, sobrevive como puede al infierno del instituto, donde es una de las mayores parias. La chica se enfrenta a diario al acoso de sus compañeros más populares, y lo hace con la ayuda de sus amigas, Meredith (Sydney Park) y June (Shannon Purser, la actriz nominada al Emmy por interpretar al fenómeno de Internet Barb de Stranger Things). Cuando un día su padre (Ryan Phillippe) le regala una vieja caja de música china que ha encontrado en la basura, su vida da un giro de 180 grados. La caja concede siete deseos, pero a cambio, por cada uno se lleva la vida de alguien cercano a ella. Siendo ajena a esta sangrienta condición, Clare empieza a pedir deseos para cambiar su vida: dinero, popularidad, el chico de sus sueños (Mitchell Slaggert)… Cuando se da cuenta de lo que está pasando, deberá deshacerse de la caja antes de que sea demasiado tarde.

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Como comedia involuntaria para disfrutar irónicamente en grupo, Siete deseos puede pasar. Pero por los pelos. La película es un despropósito continuo, una historia de instituto que no va más allá de la superficie de los tópicos más manidos y una cinta “de miedo” a la que difícilmente se le puede atribuir ese apelativo. Exceptuando un par de sobresaltos muy mal ejecutados, el terror y el suspense es prácticamente inexistente, y la historia no podría ser más predecible y trillada (sobre todo su desenlace, perezoso donde los haya). Ni siquiera las muertes, que van de lo blandengue a lo completamente inverosímil, ofrecen el aliciente necesario para dejarse llevar y disfrutar de la propuesta, por muy tonta que sea.

Lo único positivo a destacar de Siete deseos es su protagonista, Joey King (Chloë Grace Moretz fue un primer boceto, King es la buena), una adolescente real que aporta al personaje la inocencia y la frustración propia de esa etapa vital, en la que la opinión de los demás es lo único que importa. Salvando el buen trabajo de la actriz, Siete deseos nunca alcanza (ni siquiera roza) su potencial para convertirse en una mamarrachada divertida (o una franquicia con cuerda, que es lo que evidentemente buscan sus responsables), constituyendo así una oportunidad perdida, es decir, un deseo malgastado.

Pedro J. García

Nota: ★★

‘Transformers: El último caballero’ es tan mala que es casi buena

Diez años después de que la primera Transformers reventara la taquilla mundial, ya vamos por la quinta entrega de la exitosa franquicia basada en los juguetes de Hasbro, Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight). Michael Bay vuelve a la silla del director en la que podría ser su última película como realizador de la saga, mientras que Mark Wahlberg repite como Cade Yeager, protagonista de otro explosivo espectáculo de acción y efectos digitales made in Bay que ofrece exactamente lo mismo que las anteriores películas de la saga.

Solo que en esta ocasión se agitan los cimientos de la historia (por llamarlo de alguna manera) mediante la muy socorrida continuidad retroactiva, recurso con el que se sigue reescribiendo la mitología de los Transformers. En esta ocasión nos trasladamos a la Europa de las cruzadas para descubrir no solo que las leyendas del Rey Arturo y Merlín son ciertas, sino que sus aventuras contaron con la ayuda de una legendaria raza de Transformers, que formaron parte de los Caballeros de la Mesa Redonda. Fast forward al futuro, nuestro presente, donde los humanos y los Transformers están en guerra y un Optimus Prime convertido en villano ha desaparecido. La salvación de la Tierra depende de una clave enterrada en nuestro planeta, y una alianza imposible entre Yeager, un Lord inglés (Anthony Hopkins) y una profesora de Oxford (Laura Haddock), que deberán unir fuerzas con los Autobots para impedir que una gran amenaza acabe destruyendo el mundo para siempre.

Si esta breve sinopsis os parece una locura, esperad a ver la película. El anterior párrafo solo rasca la superficie de lo que es Transformers: El último caballero, un inconcebible batiburrillo de ideas, leyendas y tramas que marean más que las vertiginosas escenas de acción de la saga. El último caballero es mil películas en una, un caos narrativo en el que todo tiene cabida: acción postapocalíptica, trama militar, cine de catástrofes, Camelot, dinosaurios, dragones, viajes intergalácticos, secuencias bélicas, invasiones extraterrestres, nazis, profecías milenarias, ¡Pangea! ¡Stonehenge! ¡Submarinos! Parece que estamos citando elementos al azar, pero no, todo esto forma parte de la película. Ver para creer.

En un momento de la película, Vivian, el personaje interpretado por la nueva Megan Fox de la saga, Laura Haddock (una profesora universitaria directamente salida de una fantasía porno hetero), dice “La lógica ha abandonado el edificio”. Ese es uno de los muchos guiños que hace la película al absurdo que la recorre de principio a fin. Seamos sinceros, Transformers: El último caballero no pretende engañar a nadie. Si vamos a ver esta película habiendo visto las cuatro anteriores es porque sabemos exactamente lo que quiere darnos: acción ruidosa y mareante, destrucción, explosiones, vorágine de efectos digitales, argumento sin sentido y humor tontorrón. Eso es Transformers, y eso es El último caballero. Pedirle otra cosa sería estúpido.

Y eso es lo que salva esta película (por los pelos), a pesar del despropósito continuo que es, su autoconsciencia, que Bay sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo vemos en el humor, muy autorreferencial y bobalicón, lo vemos en los diálogos, generalmente insufribles, pero con destellos de agudeza que hacen referencia jocosa a los defectos más reconocibles de Bay: el machismo, la incoherencia narrativa, la forma en la que “roba” de otros… En esta entrega en concreto, salta a la vista la influencia de Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza, con la incorporación de la joven Isabela Moner, que interpreta a una suerte de Rey infantil, con su propia versión de BB-8, un Transformer Vespa llamado Sqweeks. Y la inspiración en la saga galáctica de George Lucas en la nueva Transformers no se detiene ahí, porque otro nuevo robot, el mayordomo con demencia y problemas de control de ira (insisto, no me estoy inventando nada) Cogman, es una copia de C-3PO, como reconoce la propia película en uno de sus diálogos más meta.

Estos detalles son los que invitan a que tratemos a Transformers: El último caballero con más indulgencia. Esto y la presencia de Sir Anthony Hopkins, que se presta (aparentemente) encantado a la locura de la propuesta y nos deja algunos de los mejores momentos cómicos de la película (ver a Hopkins aguantando el tipo y riéndose de sí mismo en medio de este remolino de fuego y metal suma puntos al film). Pero no es solo él, todos parecen formar parte conscientemente de la broma, Wahlberg, Haddock (que por cierto, no hacen mala pareja cómica), John Turturro… Si hasta hay un cachondísimo guiño a Shia LaBeouf, el protagonista original de la saga, que no ha tenido reparos en criticarla en numerosas ocasiones. En definitiva, Transformers: El último caballero es tan chiflada y pasada de rosca en todos los sentidos y se toma tan poco en serio que es fácil disfrutarla si uno decide dejarse llevar. Es eso o morir en el intento.

Huelga decir que todos los defectos de la franquicia siguen ahí, y además aparecen multiplicados por cinco. La confusión de tonos y estilos, la objetificación femenina (esta vez suavizada, y compensada por abajo con un chistoso momento de cosificación masculina), el product placement, las incongruencias y los deus ex machina, fragmentación excesiva de la historia (no hay guión, solo momentos amontonados), tramas que no aportan nada (los personajes de Josh Duhamel y John Turturro no podrían sobrar más) o no van a ninguna parte (la banda de Decepticons malotes, presentados con rótulos al estilo Escuadrón Suicida para desaparecer enseguida), los chistes pueriles, y por encima de todo, su excesiva duración. De nuevo, no debería sorprendernos si hemos visto las anteriores películas, pero habría ayudado mucho que en esta ocasión se hubieran recortado unos 30 minutos del metraje, los que hacen que el clímax se alargue hasta el paroxismo y toda la diversión que se puede haber experimentado durante las dos disparatadas horas anteriores se disipe. Transformers: El último caballero es un espectáculo desenfadado y muy distraído, hasta que se convierte en lo más plomizo que uno pueda imaginar.

Y a pesar de dejar exhausto y con mal sabor de boca, la película cumple su cometido la mayor parte del tiempo. Ofrece la acción descerebrada y sobrecargada sin descanso que esperamos de la saga, con batallas épicas y stunts imposibles que desafían la lógica y la gravedad en pos del espectáculo, realiza otro despliegue digital asombroso (diréis lo que queráis sobre Transformers, pero los efectos casi siempre son brutales), y su irregular sentido del humor lo mismo te hace morir de vergüenza ajena que soltar una carcajada. El pobre resultado de taquilla de la película en Estados Unidos indica que la audiencia ya se ha cansado de Transformers, y es perfectamente lógico, el agotamiento ya era inevitable. Pero El último caballero es tan fascinantemente absurda y delirante que puede llegar a resultar muy divertida si se ve con la predisposición adecuada, una película tan ridícula que roza lo sublime.

Lo mejor: Su autoconsciencia y sentido del humor, y que no tiene miedo de hacer el ridículo. Anthony Hopkins haciendo el ganso. Y los efectos digitales.
Lo peor: Su trama, tan confusa y enrevesada que llega un momento que uno se satura con tanta información, objetos mágicos y profecías sin sentido conectadas al azar. Y sobre todo la duración. El clímax se hace insoportablemente largo.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Su mejor historia

Se apagan las luces del cine y comienza la cabecera del noticiario. Una estridente voz nasal empieza a gritar el texto sobre unas imágenes en blanco y negro de sonrientes mujeres vestidas con unos gastados monos de trabajo que saludan a cámara

– ¡Mujeres! Ellas han tomado las cadenas de montaje de nuestras potentes fábricas y los pasillos de nuestras oficinas cuando nuestros hombres han tenido que marchar al frente para defendernos de la amenaza nazi. Ellas han arrimado el hombro como nadie para que nuestro país no sucumba y siga prosperando en estos duros tiempos de contienda. Ellas han copado el mundo laboral…

– Por lo que también merecen su espacio dentro de la industria del ocio – piensa para sus adentros el director centroeuropeo que se encuentra en el lateral del patio de butacas – pero nada de ‘chick-flicks’, ni mucho menos una cinta de esas que pasa por los pelos el test de Bechdel o el de Pitufina. ¡Lo que necesitamos son monsergas! Tonterías de esas de las que hablan las mujeres cuando se juntan entre ellas. Ya sé que no contratamos a un perro para escribir ladridos, pero necesitamos a una mujer para que escriba todas esas chorradas…

El noticiario sigue, pero ya no logramos diferenciar nada de lo que dice… el público se desespera y no para de hablar. La película por la que religiosamente han pagado está a punto de comenzar… Abandonamos la sala junto al director…

Tras sus años de correrías junto a sus amigotes del movimiento Dogma (Italiano para principiantes), Lone Scherfig se reconvirtió al melodrama con películas como la aplaudida (y sosa) An Education y la fallida One Day (Siempre el mismo día), un género en el que sigue afianzándose con Su mejor historia: una correcta cinta de época cuya protagonista femenina eclipsa todos los agujeros dramáticos del film, algo parecido a lo que hizo Carey Mulligan en An Education.

Catrin Cole es la mujer elegida para ser la voz femenina del cine británico durante la II Guerra Mundial… pero sin ningún cariz revolucionario, ella ha sido contratada para escribir los diálogos de chicas. Todos los episodios románticos, con sus correspondientes besos castos y miradas de cordero degollado. ‘The Nancy Starling’ está llamada a ser el taquillazo de la temporada y la película que levante los ánimos a los habitantes de un Londres asesiado por los bombardeos. Cole se une al equipo de guionistas formado por el correcto y talludito Raymond Parfitt (Paul Ritter, Inferno) y el joven y talentoso Tom Buckley (Sam Claflin, Los juegos del hambre)… No hace falta decir con cuál de los dos hombres comenzará la bella Catrin un bonito toma y daca romántico… ¿Sorprendente? No. ¿Tópico? Sí. ¿Es justamente lo que queremos que pase? ¡Por supuesto! Su mejor historia se construye en base a los tópicos más universales del cine, tanto como la propia película que Cole y compañía están escribiendo. Una decisión lógica ya que ambas están buscando crear un sentimiento de esperanza en tiempos oscuros.

El optimismo de Su mejor historia es tremendamente idealista y contagioso, pero la directora danesa no pierde de vista tampoco la tragedia, ya que como buena historia basada en tópicos, esta tiene sus episodios más o menos siniestros. Ya sea de la mano de la pareja oficial de Catrin, un egocéntrico pintor herido en la Guerra Civil española (Jack Huston, Ben-Hur) o con algún que otro choque con Buckley. Pero ante esos momentos dramáticos, tenemos el consiguiente alivio cómico, personificado en el ‘comic relief’ británico por excelencia: Bill Nighy (Love Actually). Con sus altos y bajos, Su mejor historia destaca sobre la media de la cartelera gracias al trabajo de una de las mejores actrices británicas de su generación: Gemma Arterton (Byzantium). Una vez más, ella vuelve a ser lo mejor de una película en la que participa y sigue haciendo que nuestras esperanzas por verla recoger un gran premio no se pierdan por el momento. Lo único que le queda es encontrar un proyecto a su altura, tener un poco más de suerte cuando se pone a hacer superproducciones (Quantum of Solace, Ira de titanes, Prince of Persia…) y saber torear a los mirones y cuñaos que tanto abundan en el cine.

Su mejor historia no es simplemente un canto de amor al cine, sino toda una declaración de amor a la mujer trabajadora desde una óptica optimista y feminista. Vamos, como tiene que ser.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: Cars 3

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Desde que cambiara para siempre el cine de animación con Toy Story en 1995, Pixar ha tenido muy pocos baches comerciales (se podría decir que El viaje de Arlo es lo más parecido a un fracaso en taquilla para la compañía, y aun así recaudó 332 millones de dólares en todo el mundo), pero sí podemos distinguir unos cuantos bajones creativos a lo largo de sus 20 años de trayectoria. Casi todos coinciden con la llegada de una secuela de uno de sus grandes éxitos originales, continuaciones que, con la excepción de Toy Story 3, palidecen comparadas con sus predecesoras, y se distancian considerablemente de la originalidad y creatividad de películas como Up, WALL-E o Del revés (títulos todavía si secuela).

La saga Cars es sin lugar a dudas la mayor representante de esta faceta más comodona de Pixar. Aunque para muchos supone romper con la idea romántica que se tiene del estudio, lo cierto es que no podemos culparles de seguir exprimiendo la franquicia de los coches parlantes, ya que es enormemente lucrativa, sobre todo gracias a las ventas de juguetes. Lo que sí podemos reprocharles es haber bajado tanto el listón para su primera secuela. Cars 2 sigue siendo lo más bajo que ha caído Pixar, su peor título con diferencia. Por eso, el anuncio de Cars 3 se encontró con la lógica desconfianza del público adulto (los niños encantados, y estas películas son sobre todo para ellos, así que callaos un poco, y dejadlos disfrutar), y por tanto, la necesidad de hacer algo para que esta vez no se notase tanto que la película es un mero vehículo para seguir vendiendo juguetes. Es decir, esta vez había que encontrar una buena historia que contar, y afortunadamente, lo hicieron.

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Cars 3, dirigida por Brian Fee, supone un regreso al estilo y el espíritu de la primera entrega, y por tanto un distanciamiento del concepto con el que se reinventó la saga en su segunda parte. Olvidaos de las tramas de espías y la acción bondiana a escala internacional. Volvemos a Radiador Springs (aunque sea para dejarla pronto atrás), volvemos a las carreras de siempre, volvemos al pasado para preguntarnos qué nos depara el futuro. Esa es la idea que vertebra la muy nostálgica Cars 3, un viaje divertido, pero también melancólico, en el que Rayo McQueen se enfrenta a su peor enemigo: la obsolescencia. El famoso bólido de carreras sigue triunfando en los mejores circuitos, pero un día se ve sorprendido por una nueva generación de corredores, más jóvenes y mucho más rápidos que él. Cuando un aparatoso accidente en la pista (la escena más impactante del film) lo obliga a retirarse temporalmente, el número 95 trazará un plan para volver a las carreras a tiempo para probar su valía en la Copa Pistón y superar en velocidad a los nuevos coches. Para ello requerirá los servicios de Cruz Ramírez (Cristela Alonzo), una joven mecánica de carreras que se dedica a entrenar a los competidores empleando las técnicas más modernas, después de haber abandonado su sueño de convertirse en corredora.

No era difícil superar a la segunda parte, pero Cars 3 no solo lo hace, sino que consigue que la carrocería de la saga vuelva a brillar como en la película original, una de las cintas más infravaloradas del estudio. Lo mejor de Cars 3 es que podemos encontrar en ella un sentido del propósito, un rumbo fijado, uno que nos lleva de vuelta hasta el principio para cerrar ciclo. Como Toy Story 3Cars 3 nos habla del paso del tiempo, de la necesidad de hacer hueco a las nuevas generaciones mientras celebramos nuestros triunfos, nuestro legado. Esta es la idea que recorre toda la película, un homenaje a la historia original, en el que volvemos a ver a Doc Hudson -y a escuchar a Paul Newman en la versión original (por arte y magia digital)-, mentor y modelo a seguir de Rayo McQueen, así como su inspiración para convertirse en una leyenda como él.

Cars 3 no deja de ser Pixar en horas bajas y con el piloto automático (lo siento, era necesario), pero hay que reconocer que, a pesar del agotamiento, esta vez han puesto empeño y corazón en la historia, que es justo lo que faltaba en la anterior película, y lo que en esta ayuda a amortiguar la secuelitis. Además (y esto es quizá lo más importante), en esta ocasión han relegado a Mate a un papel muy secundario, así que los que no soportan al Jar Jar Binks de Cars (como yo) están de enhorabuena. Los nuevos vehículos que ocupan su lugar aportan frescura a la saga, como el villanesco Jackson Storm (Armie Hammer), la salvaje Miss Fritter (Lea DeLaria) y especialmente Cruz, la nueva estrella y verdadera protagonista de la película, con permiso de McQueen. Ya era hora de que un personaje femenino desempeñara un rol destacado en esta franquicia tan eminentemente masculina.

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Para ser una película infantil, Cars 3 lleva a cabo reflexiones bastante adultas (básicamente trata sobre hacerse viejo), pero no abandona nunca su estupendo sentido del espectáculo, ni su deber para con los más pequeños de la casa. La película se ve beneficiada por el lavado de cara (o sea, un considerable upgrade técnico) que apuesta por el hiperrealismo de los entornos, hace que los personajes luzcan aun más radiantes y le da una apariencia más estilizada y sofisticada. Por la misma razón, las escenas de acción, las carreras (sobre todo la que tiene lugar en el barro), los muy diversos escenarios naturales y el humor físico resultan más contundentes en el apartado visual, el mayor punto fuerte del film.

Contra todo pronóstico, y aun estando por debajo de la media de Pixar, Cars 3 no solo no es una mala continuación, sino que es la entrega más madura de la saga, una película entrañable, acogedora y divertida que compensa el horroroso traspiés de su predecesora y supone un cierre muy apropiado a la historia de Rayo McQueen, una digna última vuelta (no se descarta que sigan estirando la propiedad, claro, pero a nivel narrativo, se ha completado el circuito). En resumen, para ser la secuela que nadie pidió de la saga peor considerada de Pixar, Cars 3 llega victoriosa a la meta.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Llega de noche: El miedo y el otro

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Son buenos tiempos para el terror. El género sigue demostrando ser uno de los más rentables en taquilla, títulos como Expediente Warren han elevado el listón creativo de las películas de miedo, y paralelamente, todos los años surge alguna cinta que, al alejarse de la norma o salirse de la corriente principal (o simplemente por ser mucho mejor que la media), parece contribuir a reformular el género. Títulos como La bruja, No respiresDéjame salir han demostrado que otro cine de miedo es posible, uno que se apoya menos en trucos baratos para asustar y encuentra el verdadero terror en la incertidumbre y la sugestión. Sería también el caso de Llega de noche (It Comes At Night), escrita y dirigida por Trey Edward Shults (Krisha), thriller psicológico que pone el énfasis en los personajes, en sus dilemas morales y sus emociones, y en el que no hay monstruos deformes o espíritus vengativos, solo el miedo ante lo que no se ve, ante lo que puede arrebatárnoslo todo.

Llega de noche se desarrolla en un escenario post-apocalíptico resultado de un virus mortal que ha acabado con casi toda la humanidad y amenaza a los pocos que sobreviven. Paul (Joel Edgerton) y Sarah (Carmen Ejogo) viven con su hijo adolescente, Travis (Kelvin Harrison Jr.), en una remota granja en medio del bosque. Siempre armados y alerta, la familia trata de aislarse del virus mientras protege los pocos recursos que tiene de posibles asaltantes. Una noche, un intruso (Christopher Abbott) se cuela en su casa buscando ayuda para él, su mujer (Riley Keough) y su hijo pequeño. Tras mucha deliberación, Paul y Sarah deciden acoger a la familia. Aunque los visitantes parecen tener buenas intenciones, pronto la desconfianza y la paranoia se apodera de ambas familias, haciendo que el horror que hay en el exterior empiece a hacer estragos también en el interior.

Aunque Llega de noche pueda catalogarse como cine de terror, es en realidad un relato de misterio, un juego de suspense en el que la violencia proviene de lo más profundo del ser humano y el miedo se manifiesta físicamente a través del lenguaje y la imaginería onírica (a un lado y otro de la puerta roja). Shults lleva a cabo un soberbio ejercicio de tensión y atmósfera con el que da forma a una escalofriante historia sobre lo que somos capaces de hacer para proteger a nuestra familia, y la complementa con imágenes perturbadoras procedentes del subconsciente de Travis (excelente trabajo de Harrison Jr. transmitiendo la curiosidad y la incertidumbre del adolescente), dando como resultado una inquietante pesadilla de la que cuesta despertar, al menos hasta que su desgarrador clímax nos obliga a hacerlo.

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Con un guion sencillo pero rico en matices y profundidad psicológica, y unas interpretaciones sobresalientes por parte de todo el reparto, Llega de noche demuestra que no hacen falta muchos elementos para contar una buena historia de miedo. De hecho, Shults apenas da información sobre lo que está sucediendo en el mundo y evita explicar cómo se propagó el virus, centrándose exclusivamente en sus efectos, explorándolos en el microcosmos creado por ambas familias. La tensión y la desconfianza que reina entre ellas es lo que acaba desatando al monstruo de la película, el terror de la familia, el miedo al otro, provocado por la idea de perder lo nuestro. Y es esa la fuente en la que el director indaga para enervar y comprometer a la audiencia, apelando a nuestros temores más profundos para ponernos en el lugar de los protagonistas y hacer que nos preguntemos cómo actuaríamos en su lugar.

Con Llega de noche, Shults ofrece una lección de terror minimalista, tensión y ambientación, para hablarnos de la pérdida de la humanidad en un contexto de desesperación por preservarla. En la película no se concreta qué es exactamente lo que llega de noche, pero intuimos que es la temible criatura que despierta en el interior del ser humano en los momentos en los que este se encuentra más amenazado e indefenso.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Baby Driver: Edgar Wright y la película de culto instantánea

Ansel Elgort;Jamie Foxx

Con su trilogía del Cornetto, formada por Shaun of the Dead (2004), Hot Fuzz (2007) y The World’s End (2013), y la adaptación del cómic Scott Pilgrim contra el mundo (2010), Edgar Wright se ha ganado un lugar privilegiado entre los directores de culto más prominentes del panorama cinematográfico actual. Sus películas suelen destacar en un mar de clones manufacturados por los estudios gracias a un estilo muy personal y una visión muy idiosincrásica, con la que se ha abierto camino en la industria a pesar de no dejar demasiada huella en taquilla. Pero esto último está a punto de cambiar.

El cine de Wright nunca ha calado hondo en el mainstream, pero sus títulos han demostrado tener las piernas largas. Si los estudios han seguido confiando en él es porque su originalidad (incluso cuando está adaptando el material de otros) acaba enganchando a la audiencia y creando fidelidad. El buen rendimiento en la taquilla estadounidense de su último trabajo, Baby Driver, es la recompensa tras más de una década insistiendo en hacer cine a su manera (recordemos que fue despedido de Marvel por diferencias creativas con respecto a Ant-Man). Con Baby Driver, Wright disfruta de las merecidas mieles del éxito, allanando quizá (y con suerte) el camino para que Hollywood haga hueco a más directores jóvenes con voz propia.

Ansel Elgort;Kevin Spacey

A simple vista, la premisa de Baby Driver puede resultar demasiado similar a la de Drive (2011), pero en forma y fondo se aleja considerablemente del film de Nicolas Winding Refn, con más énfasis en la acción fardona y la comedia, y una mayor predisposición a agradar a todos los públicos. En este estiloso y frenético homenaje a clásicos del cine de atracos y persecuciones como Bullit, Un trabajo en Italia Contra el imperio de la droga, Baby (Ansel Elgort) es un joven y portentoso conductor especializado en fugas que trabaja para un capo del crimen (Kevin Spacey) con el objetivo de saldar una deuda. Cuando conoce a la chica de sus sueños, Debora (Lily James), Baby ve una oportunidad de abandonar la vida criminal, pero su jefe se niega a dejarlo marchar, forzándolo a seguir trabajando para él. Cuando un golpe no sale como estaba previsto, la vida de Baby correrá peligro, lo que empujará al muchacho a tratar de huir para empezar una nueva vida con Debora alejados del crimen.

Baby Driver no destaca tanto por la novedad de su historia (que hemos visto en numerosas ocasiones), sino por cómo está contada. Una de las particularidades que definen a Baby es que, tras sufrir un accidente cuando era pequeño, ha desarrollado un trastorno auditivo que bloquea escuchando música con su iPod constantemente. El joven depende del ritmo y la percusión de su propia banda sonora para llevar su destreza y sus reflejos al máximo nivel y realizar las fugas con prodigiosa eficiencia. Esta genial idea proporciona a Wright y su equipo una oportunidad de oro para lucirse, sobre todo en las escenas de acción y los stunts. Las persecuciones de Baby Driver son una gozada absoluta, gracias a la extraordinaria labor de cámara de Wright y al impresionante montaje rítmico de Jonathan Amos y Paul Machliss (si hay un caso en el que hay que destacar obligatoriamente el nombre de los editores de un film es este), que utilizan los beats de la música para componer una pegadiza sinfonía fílmica de acción repleta de grandes temas, convirtiendo así la película en uno de los musicales más originales de los últimos tiempos.

Ansel Elgort;Jon Hamm;Eiza Gonzalez;Jamie Foxx

Pero si Baby Driver funciona más allá de su reluciente carrocería es porque su motor viene bombeado por los personajes, en especial por su protagonista, interpretado por un espectacular Ansel Elgort en el que es el papel que arranca definitivamente su carrera. Elgort ya demostró su talento dando sus primeros pasos como protagonista de Bajo la misma estrella, pero a las órdenes de Wright alcanza su máximo potencial hasta ahora con una interpretación rebosante de carisma, firmeza y sensibilidad que nos hace pensar que habría sido un Han Solo perfecto (quizá que el uniforme de Baby se parezca tanto al del héroe de Star Wars no sea coincidencia).

El resto del reparto incluye a gente como Kevin Spacey, Jon Hamm, Jon Bernthal y Jamie Foxx, un más que eficaz plantel de lujo para complementar, nunca eclipsar, a la joven estrella, que sabe cómo moverse en el volátil ambiente de tensión creado por sus compañeros (Hamm, que sobresale como villano sádico en el último acto, consigue el papel más memorable de su etapa post-Don Draper). El único pero de Baby Driver a este respecto es la representación femenina, con tan solo dos mujeres en el reparto principal, la talentosa Lily James y la explosiva Eiza González, ocupando los reductivos roles de “chica de” y objeto sexual (muy encantadora la primera y muy molona la segunda empuñando una metralleta, pero injustamente desaprovechadas). Wright siempre ha tenido un problema con sus personajes femeninos, y ya va siendo hora de que haga algo al respecto.

Ansel Elgort;Lily James

A pesar de este inconveniente, y también de un desenlace algo anticlimático que rompe el ritmo de la película y no la despide tan por lo alto como debería, estamos ante un incontestable triunfo del cine de acción, una cinta creativamente ambiciosa e inspirada en la que se puede respirar el entusiasmo y la dedicación de su director en cada planoBaby Driver es una máquina de gran precisión técnica y emocional, una película imposiblemente cool, divertida, romántica e iconoclasta que está llamada a convertirse inmediatamente en un clásico de culto moderno.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

El siglo de las mujeres

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En su ya continuada labor rescatando títulos que no llegan a las salas comerciales para su distribución en el mercado del vídeo doméstico en nuestro país, Sony Pictures Home Entertainment sigue añadiendo interesantes propuestas independientes a su catálogo, como es el caso de Mujeres del siglo XX (20th Centurty Women) y Certain Women: Vidas de mujer, dos cintas con acento femenino a reivindicar.

Dos de los cineastas más reconocidos del panorama independiente actual, Mike Mills y Kelly Reichardt, nos traen sus últimos trabajos cinematográficos, películas que tuvieron una excelente acogida en los circuitos festivaleros y los certámenes de premios más importantes de la pasada temporada. De hecho, el caso de Mujeres del siglo XX es especialmente llamativo, puesto que estuvo nominada a un Oscar (mejor guion original) y dos Globos de Oro (mejor comedia, mejor actriz de comedia), pero ha tardado un año en ver la luz en nuestro país. Más vale tarde que nunca, porque es uno de los films más hermosos y cautivadores del año pasado.

"Tú lo has visto como persona ahí afuera, en el mundo. Yo nunca lo haré".

“Tú lo has visto como persona ahí afuera, en el mundo. Yo nunca lo haré”. Bening personifica prodigiosamente el anhelo prematuro y la melancolía de la madre que ve cómo su hijo se transforma en un adulto.

Mujeres del siglo XX nos traslada a California a finales de la década de los 70 para presentarnos a Dorothea Fields (Annette Bening), una mujer divorciada que cría a su hijo adolescente, Jamie (Lucas Jade Zumann), en un ambiente de amor, libertad y feminismo, con la ayuda de Abbie (Greta Gerwig), una fotógrafa que vive en su casa, William (Billy Crudup), un carpintero también inquilino de Dorothea, y Julie (Elle Fanning), la magnética mejor amiga del chico. La película narra el proceso de crecimiento de Jamie y la importancia de la influencia femenina en su educación y su manera de ver el mundo, pero la experiencia del chico es en realidad un pretexto para llevar a cabo el retrato de tres mujeres en etapas muy distintas de su vida, tres personajes femeninos fascinantes en el que es uno de los años más importantes de sus vidas.

Rebosante de encanto bohemio y un lirismo nostálgico embriagadorMujeres del siglo XX tiene el poder de transportar al espectador directamente a la época en la que transcurre, y contagiarlo así de su espíritu reivindicativo y liberador. La película destaca sobre todo por el buen hacer de su reparto coral: sus estupendos protagonistas adolescentes, ese torbellino de energía y carisma que es Greta Gerwig y sobre todo la siempre infalible Annette Bening, en el que es uno de los mejores papeles de su carrera (y también de los más infravalorados, porque a pesar de las nominaciones y premios que recibió, no se le prestó la suficiente atención). Mills (Thumbsucker) firma otro de esos pequeños grandes relatos norteamericanos sobre el paso del tiempo, la búsqueda de uno mismo, la familia y la conexión humana capaces de remover, incluso de cambiar algo por dentro a quien se tope con ellos.

Por otro lado, Kelly Reichardt (Wendy and Lucy, Night Moves) continúa cimentando su reputación de auteur laureada con su más reciente trabajo, Certain Womenuna historia de vidas cruzadas, basada en tres relatos cortos de Maile Meloy, sobre los avatares de cuatro mujeres enfrentándose al día a día de sus vidas en Montana. Un fresco íntimo, minimalista y costumbrista interpretado impecablemente por un elenco encabezado por cuatro grandes actrices: Laura Dern, Michelle Williams, Kristen Stewart y Lily Gladstone.

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Las cuatro mujeres de Certain Women son Laura (Dern), una abogada resignada al sexismo diario por parte de sus clientes y colegas de profesión que se ve envuelta en una peligrosa situación con rehenes; Gina (Williams), una esposa y madre cuyo empeño por construir el hogar de su vida le acaba enfrentando con su marido; Beth (Stewart), una joven licenciada en Derecho que conduce cuatro horas todas las semanas para dar clases en un pueblo remoto, donde se hace amiga de la cuidadora de caballos de un rancho cercano (Gladstone), nuestra cuarta mujer, quien desarrolla una fuerte atracción por la visitante.

Mientras Mills utiliza con mucho éxito el humor, la poesía visual, la música y la nostalgia para llevar a cabo su retrato femenino colectivo en Mujeres del siglo XX, Reichardt opta por una mirada más fría y distante en Certain Women, en la que sus mujeres brillan de forma natural opuestas al entorno árido y deprimente en el que les ha tocado vivir. Aunque Dern y Williams cumplan como de costumbre, son Stewart y, sobre todo, la desconocida Gladstone las auténticas revelaciones del film (si es que a estas alturas podemos seguir calificando con ese apelativo a Stewart, muy consagrada ya como musa del cine indie), protagonistas de una preciosa historia de enamoramiento contada en el contexto de la soledad más acuciante con la sutilidad y la aspereza que caracteriza a la cineasta.

Mujeres del siglo XXCertain Women son perfectos ejemplos de cine de mujeres y hecho por mujeres para todo el mundo, y ya están disponibles en formato DVD de forma exclusiva en los puntos de venta físicos y online de fnac.