Crítica: Un don excepcional (Gifted)

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Marc Webb debutó en la dirección de largometrajes con (500) días juntos, una de las grandes sorpresas de 2009, y también una de las comedias románticas más influyentes de los últimos años. Como suele ocurrir con los directores más prometedores, los grandes estudios de Hollywood se fijaron en él para ponerlo al frente de una superproducción, y así es como Webb acabó dirigiendo las dos entregas de la truncada segunda franquicia cinematográfica de Spider-Man. Tras el tibio recibimiento de The Amazing Spider-Man y su secuela, Webb se centró en televisión (Crazy Ex-GirlfriendLimitless), para regresar este año al cine con su cuarta película como director, Un don excepcional (Gifted).

Webb deja atrás el blockbuster para volver al cine de corte indie, con un proyecto de menor envergadura que, curiosamente, está protagonizado por uno de los superhéroes más famosos del cine, Chris Evans (Capitán América). Claro que su alianza profesional tiene mucho sentido, ya que ambos han hecho caja con el cine de superhéroes, pero sus inquietudes artísticas se acercan más al drama íntimo y personal, que es justo como se podría definir Un don excepcional, cinta que recoge influencias de títulos como El pequeño TateKramer contra KramerEl indomable Will Hunting.

En la película, Frank Adler (Evans) es un hombre soltero que, tras la muerte de su hermana, cría a su sobrina, Mary (Mckenna Grace), en una pequeña ciudad de Florida. Mary es una brillante niña prodigio cuya inteligencia superdotada y extraordinario dominio para las matemáticas siempre le ha dificultado la tarea de vivir su infancia con normalidad. Empeñado en que su sobrina lleve una vida como la de los demás niños, Frank se niega a mandarla a una escuela avanzada, encontrándose pronto con la oposición de la abuela de Mary, Evelyn (Lindsay Duncan), una estricta y acaudalada bostoniana que nunca ha mostrado interés por su nieta, pero regresa para separarla de su hijo con la intención de darle la educación necesaria para convertirla en una estrella de las matemáticas. Mientras las tensiones familiares van en aumento, Frank y Mary encuentran apoyo, y una familia, en Roberta (Octavia Spencer), su cariñosa casera, y Bonnie (Jenny Slate), la profesora de Mary, cuyo interés por su fascinante alumna desembocará en una relación con su tío.

Un don excepcional es la definición de crowd-pleaser, una de esas películas confeccionadas a medida para sumir al espectador en una montaña rusa de emociones. Webb sabe exactamente qué teclas tocar para que nos involucremos en la historia de Frank y Mary, combinando astutamente comedia y drama para hacer pasar de la sonrisa (incluso alguna carcajada) al llanto sin esfuerzo aparente. Si bien incurre en todos los lugares comunes de la dramedia familiar y el indie norteamericano, y peca de excesivamente almibarada por momentos, el sentimiento que recorre toda la película es genuino, por lo que es fácil enternecerse con su conmovedora historia y su mensaje sobre la familia y la infancia.

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Claro que para que una película como esta funcione y no nos ahogue en la sensiblería lacrimógena, debe contar con un reparto que sepa trasladar esos sentimientos del papel a la pantalla de manera convincente. Y en este sentido, Un don excepcional no podría salir mejor parada. Por un lado tenemos a Chris Evans en un papel contenido que culmina durante la recta final una de sus mejores interpretaciones dramáticas hasta la fecha, gracias en gran medida a su contrapunto interpretativo, la pequeña Mckenna Grace, un auténtico prodigio infantil con el que el actor tiene toda la química del mundo y del que es imposible apartar la mirada. Y por otro la siempre eficiente Octavia Spencer, todo fuerza y corazón, Jenny Slate en un papel que le viene como anillo al dedo, y la distinguida Lindsay Duncan encarnando con amenazante porte y elegancia a la villana de la película, una mujer a la altura de las institutrices y madrastras más estrictas de la ficción.

Aunque no se libre en ningún momento de ese aire de melodrama televisivo de sobremesa y se puedan ver los hilos con los que se mueve al espectador hacia la emoción deseada, sus evidentes buenas intenciones hacen de Un don excepcional una de esas películas con las que no cuesta dejarse llevar (como ocurría con Criadas y señorasFiguras ocultas, casualmente ambas con Octavia Spencer). Gracias a la simbiosis entre sus protagonistas y el acertado equilibrio de tonos, Webb escapa de las redes del telefilm para ofrecernos un trabajo cálido, humano y rebosante de inteligencia emocional con el poder de ablandar a cualquiera.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Okja

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Bong Joon-ho es uno de los cineastas más personales del panorama actual. El realizador surcoreano se ha labrado una gran reputación en el género fantástico y la ciencia ficción con propuestas tan aclamadas y originales como Crónica de un asesino en serie, The Host o la reciente Snowpiercer (Rompenieves), arriesgada adaptación de la novela gráfica francesa del mismo título que dejó indiferentes a muy pocos. El cine de Bong es inconformista, reivindicativo y libre de convencionalismos, características que definen también su última obra como director, Okja.

Esta película original de Netflix puede suponer un antes y un después para la plataforma de vídeo online, que hasta ahora no ha logrado demasiada repercusión con sus producciones cinematográficas propias (y eso que ha contado con estrellas del calibre de Brad Pitt -que, por cierto, figura entre los productores de esta película). Claro que el revuelo que ha causado Okja no proviene tanto de la película en sí como de la polémica que suscitó en el más reciente Festival de Cannes, donde por primera vez se proyectaba una película de Netflix. Los cinéfilos más puristas y conservadores rechazaron la presencia del film en el certamen, y su proyección, que se encontró con “problemas técnicos”, fue recibida con abucheos por parte de aquellos que consideran que Netflix está perjudicando el consumo del cine en salas. Sin embargo, Okja recibió buenas críticas, y su accidentado paso por Cannes no ha hecho sino aumentar la expectación por la película.

Claro que no hacía falta que Okja protagonizase una controversia (la enésima en la que se enfrasca Netflix este año) para llamar nuestra atención, especialmente si ya conocíamos la obra de Bong, y sobre todo si nos habíamos enterado de qué iba la película. Okja es una fábula futurista, escrita por el propio Bong junto a Jon Ronson, que nos cuenta la preciosa amistad entre una niña de Corea del Sur, Mija (An Seo Hyun) y su mascota, el cerdo gigante Okja, un imponente animal genéticamente modificado que vive apaciblemente con la niña y su padre en una granja en las montañas. Diez años después de llegar al hogar de Mija, la multinacional responsable de la creación del animal, Mirando Corporation, regresa con grandes planes para el animal. Sin embargo, estos ocultan un macabro secreto: Mirando creó a los súper-cerdos para que una década después abastecieran de comida de bajo coste al mundo y así seguir enriqueciéndose a costa de los animales (tranquilos, no es ningún giro de guión, se explica en el prólogo). Esto llevará a la niña a embarcarse en una aventura desde Seúl hasta Nueva York para salvar a su mejor amigo.

Okja se adscribe a la tradición de las películas familiares protagonizadas por un niño y su mejor amigo fantástico o imaginario. E.T. El Extraterrestre, El gigante de hierroPeter y el dragón, Mi amigo el gigante, todas ellas tienen en común la fuerte amistad entre dos seres muy distintos que deben sortear multitud de dificultades para no perderse el uno al otro por culpa de los (idiotas de los) adultos. En el caso de Okja, una niña y una especie de híbrido entre un cerdo y un hipopótamo que evoca inconfundiblemente al ser peludo y adorable de Mi vecino Totoro, con escenas que parecen directamente sacadas del clásico del Estudio Ghibli (la estampa de Mija durmiendo en la panza de Okja no puede no ser un homenaje).

Claro que, aunque Okja pueda recordar al cine familiar de los 80/90 o a los relatos de Roald Dahl, en realidad se trata de una variación incluso más oscura y escabrosa de este tipo de cuentos. Fusionando comedia de acción y sátira, Bong lleva a cabo una feroz crítica contra el capitalismo y las grandes corporaciones con la que enhebra un mensaje de amor a la naturaleza y respeto a los animales. Para ello, el director saca partido de la entrañable amistad entre Mija y Okja con una primera sección en la que abundan los momentos simpáticos y costumbristas, para a continuación golpear al espectador con imágenes truculentas del maltrato animal al que Okja y el resto de su especie es sometida por la Mirando Corporation. Puede que con Okja Bong consiga lo mismo que Jonathan Safran Foer logró hace unos años con su libro Comer animales, convertir en vegetariano a todo el que se tope con ella.

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Okja rebosa originalidad y derrocha energía a raudales, sobre todo gracias a las fantásticas secuencias de acción y a los efectos con los que Okja cobra vida e interactúa con el mundo a su alrededor. El animal es una creación digital que, sin llegar al nivel de realismo de los mejores personajes CGI de Hollywood, resulta bastante convincente. Pero tampoco podemos obviar el estupendo reparto humano de la película, que cuenta con la siempre genial Tilda Swinton en otro papel hecho a su medida (con permiso de Okja, Lucy Mirando es la principal atracción y verdadera protagonista de la película), Jake Gyllenhaal en el que es su rol más extravagante y sobreactuado hasta la fecha, Paul Dano, Steve Yeun y Lily Collins, miembros del divertidísimo grupo de terroristas ecológicos que ayudan a Mija a rescatar a Okja, responsables de algunos de los momentos cómicos más inspirados del film, y por último Giancarlo Esposito, haciendo de Giancarlo Esposito.

Okja es una película llena de imperfecciones, como lo era la anterior obra de Bong. La ambición narrativa del director conduce inevitablemente hacia el exceso y el caos, y Okja sufre por ello de una estructura irregular, llena de agujeros y elipsis mal ejecutadas que afectan seriamente al ritmo de la película. Pero como ocurría con Snowpiercer, es precisamente su deseo de arriesgar y su habilidad para sorprender lo que la convierte en una experiencia tan satisfactoria y vibrante a pesar de sus problemas. La creatividad de las escenas de acción, el acertado sentido del humor y el mensaje de amor a los animales compensan con creces sus defectos, haciendo de ella uno de esos casos extraños de cine arrolladoramente excéntrico y caricaturesco que no se olvida de la importancia de las emociones.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Wonder Woman: La superheroína que necesitábamos

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Los problemas creativos de Warner Bros. para hacer despegar su Universo Extendido de DC han sido, y son, de los temas más escrutados por parte de los medios especializados y los espectadores en los últimos años. Con el estreno de El hombre de acero en 2013 daba comienzo la saga superheróica con la que Warner/DC pretendía hacer frente a su rival directa, Marvel Studios, pero el tibio recibimiento por parte de crítica y público auguraron un camino más dificultoso de lo que se preveía.

La llegada en 2016 de Batman v SupermanEl amanecer de la justicia confirmaba las peores sospechas: DC no tenía muy claro qué quería hacer con sus propiedades, además de romper récords de recaudación. Escuadrón Suicida terminaba de cimentar la mala reputación de esta nueva etapa cinematográfica de la editorial, con un desastre de proporciones épicas que solo los fans más acérrimos se atrevieron a defender. Sí, estas películas recaudaron cantidades ingentes de dinero en taquilla (especialmente las dos últimas), pero no lograron conectar con el público a un nivel más profundo.

El Universo DC necesitaba alguien que lo salvase urgentemente. Alguien con la capacidad de volver a emocionar a la audiencia, de ofrecer un cambio de aires, de quitar ceños fruncidos. Alguien como Wonder Woman. No un superhéroe, sino una superheroína. La Mujer Maravilla irrumpe como un rayo de luz multicolor rasgando la capa de oscuridad y solemnidad que cubre al DCEU, aportando optimismo, sentido del humor y corazón a la sombría e hiperestilizada visión de Zack Snyder. Patty Jenkins (Monster) se encarga de dirigir la primera película en acción real para el cine protagonizada por Diana Prince desde que el personaje fuera creado en 1941, una hazaña que ha costado mucho más de lo que debería, pero que ya podemos celebrar como un antes y un después en el cine de superhéroes moderno.

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A pesar de efectuar variaciones en su historia, Wonder Woman se mantiene fiel en esencia a los orígenes del personaje, vinculados a la mitología y el contexto bélico, solo que en este caso, la acción transcurre durante la Primera Guerra Mundial en lugar de la Segunda, donde se encuentran sus raíces en el cómic. El film nos lleva al pasado para conocer su vida en la recóndita isla paradisíaca de Temiscira, tierra de amazonas que vive en paz muchos años después de librar la más cruenta de las guerras con los hombres. Diana crece bajo la protección de su madre, Hippolyta (Connie Nielsen), quien se opone a que la niña sea entrenada para la guerra como el resto de habitantes de la isla. Sin embargo, la inquietud de la pequeña llevará a que la mejor de las guerreras amazonas, Antíope (bravísima Robin Wright), la prepare en secreto para luchar. Cuando años después un piloto estadounidense llamado Steve Trevor (Chris Pine) se estrelle en la costa de Temiscira, Diana (Gal Gadot), ya convertida en una poderosa guerrera adulta, descubrirá que en el mundo exterior se está librando un conflicto masivo que amenaza con arrasar la humanidad. La joven abandonará la isla convencida de que Ares, el Dios de la Guerra, está detrás de todo, y luchará incansablemente con la ayuda de Steve y sus hombres para poner fin a la guerra, descubriendo tanto el alcance real de sus poderes como su verdadero destino.

Hay mucho que elogiar de la visión de Wonder Woman que ofrece Patty Jenkins, pero todo se puede resumir en una palabra: feminismo. El film rompe radicalmente con lo que hemos visto hasta ahora en la mayoría de películas de superhéroes (y con lo que nos tiene acostumbrados el cine de Hollywood) aportando cambios revolucionarios a la plantilla del género: un gran número de mujeres fuertes, guerreras leales y de considerable diversidad (las dos más prominentes tienen más de 50 años), representación positiva del sexo, eliminación (o suavización) de la mirada masculina y la objetificación femenina, un protagonista masculino que no hace sombra a la mujer, y por encima de todo, una mujer protagonista que no es comparsa del hombre, y que nunca se plantea que no es capaz de ser algo solo por el mero hecho de pertenecer a su género. Así es como Wonder Woman lanza su mensaje de empoderamiento a niñas y mujeres de todo el mundo, uno que nos hacía mucha falta.

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Pero además de romper el techo de cristal superheróico, Wonder Woman es un producto de entretenimiento muy eficaz, una película que, la mayor parte del tiempo, evita los errores más graves de sus predecesoras, que confundían seriedad con profundidad y padecían de esquizofrenia narrativa. En esta ocasión, Jenkins tiene más claro qué quiere contar y quién es el personaje que está manejando, así como cuáles son sus motivaciones, sus preocupaciones y sus virtudes. Un icono al que Gal Gadot insufla vida y dota de humanidad con una vigorosa interpretación. Aparte de bordarlo en el apartado físico, la actriz israelí da con las notas perfectas de optimismo, ilusión, perseverancia, energía, compasión, y en definitiva todas las cualidades que siempre han hecho de Diana Prince un modelo a seguir, una mujer “maravilla” más allá de sus superpoderes.

Ahora bien, Wonder Woman está lejos de ser una película perfecta. De hecho están a punto de hacerle sombra varios problemas que esperamos sean pulidos de cara a la inminente secuela. Aunque suponga una evidente y mayúscula mejora con respecto a El hombre de acero Batman v SupermanWonder Woman arrastra varios de los defectos más preocupantes de estos films, como cierto caos expositivo, que se manifiesta sobre todo durante el embarullado arranque y en la predecible recta final, en la que se insiste en la fórmula del ya fatigado enfrentamiento híperviolento y destructivo. Aunque este guion está mejor organizado, da la sensación de que se ha omitido información, sobre todo con respecto al origen de Diana y sus poderes (tema que quizá se esté reservando para la segunda parte), algo que potencia un montaje abrupto que hace que parezca que faltan trozos (paradójico, teniendo en cuenta que Jenkins aseguró que no hay escenas eliminadas, sino que todo el metraje entró en la versión final).

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Por último, Wonder Woman abusa enormemente de los efectos digitales, haciendo que las potentes escenas de acción y los combates se apoyen demasiado (a veces únicamente) en el CGI, a pesar de la evidente destreza de las actrices. Los cromas durante la sección en Temiscira chirrían sobremanera, los humanos digitales son muy artificiales (videojueguitis aguda) y lo peor, se explota en exceso el recurso de la cámara lenta, en lo que es claramente un residuo del estilo snyderiano que no aporta nada, que se agota enseguida y no hace más que aumentar la sensación de falsedad al hacernos distinguir clara y constantemente a la doble digital de Gadot. El uso de los efectos digitales puede parecer secundario, pero es muy importante en una película de estas características, y en este caso puede distraer mucho, además de deslucir el acabado visual y estético del film.

Habiéndome sacado estas quejas de mi sistema, solo me queda seguir elogiando Wonder Woman como el incontestable triunfo que es. En el fondo se trata de una película de superhéroes tradicional, ya que repite los lugares comunes del género (incluido los villanos decepcionantes y los secundarios intercambiables), y además esta vez lo hace tomando ejemplo de Marvel (esta parece por momentos una fusión entre ThorCapitán América) y de Disney (atención al primer encuentro de Diana y Steve, sacado directamente de La Sirenita), con más humor, emoción y conexión real entre los personajes. En este sentido, Gadot y Pine no podían estar más sensacionales en sus papeles. Ella vibrante, adorable, un torbellino de energía; él carismático y divertido; ambos una pareja divertida, sexy y entrañable que mantiene una relación basada en el respeto y apoyo mutuo, y en cuya química reside gran parte del éxito de la película.

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Wonder Woman es un espectáculo de acción radiante, tiene una sección central antológica, diálogos especialmente inspirados (“Los hombres son esenciales para la procreación, pero innecesarios para el placer”), nos regala imágenes para la posteridad (ver a Diana avanzando en el campo de batalla mientras recibe el fuego enemigo pone los vellos de punta), nos cuenta una historia motivadora y apasionante (de la que queremos saber más), y además nos trae el mensaje de igualdad, esperanza y fe en la humanidad que necesitábamos en estos momentos, insistiendo en que debemos combatir el odio con amor, en lugar de con más odio. Pero esto no es un final feliz, no es la erradicación del problema, es solo el principio. Necesitábamos a Wonder Woman, y no nos ha fallado. Ahora necesitamos a más como ella.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Billy Lynn: la incómoda verdad de Ang Lee

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Billy Lynn pasó por las salas de cine el año pasado, pero poca gente le prestó atención. La película más reciente de Ang Lee nació de la sinergia creada entre la inquietud artística del director taiwanés y los esfuerzos comerciales de Sony Pictures por llevar el cine al futuro a través de la tecnología más puntera. Billy Lynn fue injustamente recibida en su estreno, pero su llegada al mercado doméstico es la segunda oportunidad que la película necesitaba para brillar y encontrar su público.

Una de las razones por las que Billy Lynn no causó impacto en taquilla es quizá el tema que trata. O más que el tema en sí, la forma en la que lo aborda y las respuestas que da. La película cuenta la historia de un soldado estadounidense de 19 años (el debutante Joe Alwyn) que, junto a sus compañeros del escuadrón Bravo, regresa a casa de la guerra de Irak convertido en un héroe para realizar la “gira de la victoria” y formar parte del espectáculo de la Super Bowl.

A través de una serie de flashbacks que ocurren durante la antesala del show, descubrimos la verdad sobre lo ocurrido en el campo de batalla, estableciendo así una reveladora comparación entre la realidad de la guerra y la percepción distorsionada que los estadounidenses tienen de lo que allí ocurre, así como de sus aclamados héroes. Una verdad incómoda y comprometida que ningún patriota yanqui quiere escuchar (en especial los de los estados más conservadores como Texas), no porque menosprecie a sus militares (cosa que la película no hace ni remotamente), sino porque los humaniza, obligando a los que se quedan en casa a afrontar la realidad. De ahí que, a pesar de no ser abiertamente una película anti-bélica, y de la sensibilidad y el tacto con el que está hecha, el público estadounidense prefiriera hacer oídos sordos, evitar la reflexión y continuar viviendo en la fantasía de las medallas de honor, los héroes perfectos y los fuegos artificiales.

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Con Billy LynnLee lleva a cabo un excelente estudio de personajes para hablarnos del síndrome postraumático que experimentan muchos soldados a su regreso de la guerra, y oponerlo a la fantasía heroica, de la que muchas empresas intentan sacar partido económico, sobre todo en Hollywood (entre otras cosas, el film narra el desalentador proceso para llevar la historia de Lynn y su tropa al cine). Para ello, el director se vale de un estupendo reparto, encabezado por el recién llegado Joe Alwyn, que realiza un trabajo excepcional transmitiendo a la perfección las complejidades del personaje y expresando su profunda melancolía y preocupación con la mirada, y Garrett Hedlund, en la que es una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha.

Pero Billy Lynn es ante todo un experimento, una inversión de futuro. Se trata de la primera película presentada en 60 frames por segundo (recordemos que El Hobbit se hizo en 48), un formato revolucionario con el que Sony Pictures busca que el público se vaya familiarizando con lo que ellos llaman el futuro del cine en casa. Y es que si Billy Lynn pasó desapercibida en cines, quizá es porque en realidad estaba diseñada para su disfrute en los televisores 4K, donde encuentra la segunda vida para la que fue pensada. El aspecto de la película en 60fp, su resolución cuatro veces superior a la de un HD normal, así como los colores más vivos y el mayor contraste que facilitan el HDR (High Dynamic Range) proporciona una experiencia hiperrealista que puede chocar al principio (la sensación tradicional de cine se pierde en favor de una definición que asusta), pero que, una vez acostumbrados, empuja a sumergirse en la acción.

Sin embargo, lo más importante sigue siendo lo que se nos cuenta, y afortunadamente, Billy Lynn no es solo una demostración tecnológica, sino también una nueva prueba de la creatividad y la capacidad emotiva de Lee, quien utiliza las nuevas tecnologías para presentar una historia muy familiar bajo una mirada más original y estimulante.

billy-lynn-4kSony Pictures Video presentó Billy Lynn en Ultra-HD el pasado jueves 8 de junio en Madrid, en un evento en el que, además de proyectar la película en sus equipos más avanzados, reiteró el compromiso de la distribuidora con la recuperación de películas inéditas en nuestro país para su lanzamiento directo a vídeo, trabajos aclamados que por una razón u otra no llegaron a las salas.

A las recientemente editadas Hunt for the WilderpeopleUn gato callejero llamado BobSiempre amigas se sumarán próximamente The Edge of Seventeen, Bleed for ThisFree Fire, y la nominada al Oscar a mejor guion original 20th Century Women.

Crítica: La promesa

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El genocidio armenio es uno de los pasajes históricos más atroces de la humanidad. Y sin embargo, el cine no le ha prestado tanta atención como al holocausto judío o la guerra de Vietnam, contribuyendo así a que permanezca desconocido para muchas personas. En 2015, Fatih Akin se propuso arrojar luz sobre el tema con la película El padre (The Cut), aunque no logró la repercusión deseada. Este año, Terry George (Hotel Rwanda, Un cruce del destino) acomete la misma misión con La promesa, drama épico en el que continúa la lucha contra el olvido de una cultura y el intento de su destrucción en una de las mayores masacres del siglo XX.

La promesa nos lleva hacia Constantinopla en el año 1914, a las puertas de la Primera Guerra Mundial. El poderoso Imperio Otomano se desmorona por el conflicto global y a consecuencia, la antigua Estambul pierde su característico esplendor. Michael Boghosian (Oscar Isaac) llega a la ciudad con la intención de estudiar medicina y ejercer como doctor de vuelta a su pequeño pueblo al sur de Turquía, donde musulmanes turcos y cristianos armenios han vivido en paz hasta el momento. Su destino cambiará con la llegada a su vida de Ana (Charlotte Le Bon), una sofisticada artista armenia con la que entabla una relación a espaldas de la pareja de ella, el periodista norteamericano Chris Myers (Christian Bale).

Lo que comienza como un idilio furtivo y apasionado se torna en tragedia y lucha por la supervivencia cuando Turquía forja una alianza con Alemania y el Imperio Otomano empieza a dar caza a sus minorías étnicas. Con su familia en peligro y el país desapareciendo en una vorágine de muerte y dolor, Michael deberá separarse de Ana. No sin antes prometerle que volverán a encontrarse una vez pasada la guerra.

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Al igual que Akin, George aborda el conflicto desde una perspectiva cercana al estilo hollywoodiense, haciendo honor a la cultura y la geografía que retrata, a la vez que la reviste de un velo épico que recuerda a los grandes dramas históricos de la edad dorada del cine o clásicos modernos como El paciente inglés, sensación reforzada por la presencia de dos galanes como Oscar Isaac y Christian Bale. Pero La promesa no huye de la crudeza intrínseca de lo que cuenta, ni la disfraza de romance edulcorado para que el espectador pueda digerir mejor el horror en el que se enmarca el relato. Aunque no llegue a la dureza de La lista de Schindler (obra maestra con la que es fácil compararla), el film consigue poner más de un nudo en el estómago, especialmente durante su descorazonadora recta final.

La promesa es a todas luces un drama histórico de los de siempre, nada extraordinario si lo comparamos con otras obras similares. Su inexplicablemente elevado presupuesto (90 millones de dólares) se refleja en una producción lujosa que recrea al detalle los últimos días de Constantinopla y un cast internacional (que incluye a los españoles Alicia Borrachero y Daniel Giménez Cacho), y se beneficia enormemente del buen hacer de sus protagonistas, en especial de Oscar Isaac, que lleva a cabo a una interpretación matizada, profunda y conmovedora. Más que el guion o la ambientación, es el gran talento dramático y la humanidad que el actor confiere al personaje lo que nos hace partícipes del sufrimiento y lo que consigue que realmente seamos testigos (a través de sus tristes ojos) de uno de los capítulos más devastadores del ser humano.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Siempre amigas: “Esta es la chica”

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Esa es una de las enigmáticas frases que se repiten como leitmotiv en Mulholland Drive (2001), la consigna que indica a Adam, el director de cine interpretado por Justin Theroux, que debe escoger a la actriz que tiene delante para el papel (Melissa George). En el caso de Siempre amigas (Always Shine), esa chica es Caitlin FitzGerarld (Masters of Sex), la elegida para la gloria. Pero como suele ocurrir, siempre hay otra chica, la que queda rechazada, la que se tiene que conformar con permanecer a la sombra mientras otras disfrutan de la luz de candilejas. En este caso, esa otra chica es Mackenzie Davis (Halt and Catch FireBlack Mirror, Marte).

Siempre amigas es la historia de una rivalidad, la de Beth (FitzGerarld) y Anna (Davis), dos actrices igualmente preparadas pero con suerte muy distinta (como Naomi Watts y Laura Elena Harring) que deciden hacer una escapada de fin de semana a las montañas de California con la idea de arreglar una amistad que se ha deteriorado tras años de competición. Beth ve los frutos del éxito, es reconocida por extraños y no deja de recibir ofertas de trabajo, mientras que Anna no logra que su carrera en Hollywood despegue, a pesar de que tanto una como la otra creen (y saben) que su talento es mucho mayor que el de Beth.

A lo largo del fin de semana, Beth y Anna intentarán mantener la fachada de su amistad, tarea que resulta ser más difícil de lo que creían. Beth menoscaba sus propios logros para proteger a su amiga, mientras Anna pierde los papeles por los celos. Inevitablemente, las tensiones entre ambas irán en aumento hasta abandonar el control y sacar a la luz la verdadera naturaleza de su relación, construida a base de rencor y falsa camaradería. A consecuencia de esto, se difuminarán las líneas que separan la identidad entre la una y la otra, e incluso los límites entre la realidad y la ficción.

siempre-amigas-dvdSiempre amigas es el segundo largometraje como directora de Sophia Takal (Green), un thriller íntimo, sensual y enigmático que no hace precisamente por ocultar sus referentes. En el film se puede respirar la influencia del cine Alfred Hitchcock, David Lynch o Brian De Palma, echando mano de algunos de los elementos más distintivos de la obra de estos realizadores: el juego del suspense, la mujer fatal (aquí las dos rubias, en vez de una rubia y una morena) o el desdoble de identidades.

Con dos inspiradísimas interpretaciones centrales y un metraje de apenas 80 minutos, Siempre amigas se construye como un thriller psicológico envolvente y perturbador, un trabajo elegante en el que la tensión contenida y los diálogos combustibles no solo sirven para trazar el oscuro retrato de una amistad tóxica y su descenso a la locura, sino también para arrojar luz sobre la industria de Hollywood, el sexismo, el espejo deformado de la realidad y los monstruos que crea.

Con Siempre amigas, Sony Pictures continúa editando interesantes propuestas recientes directamente a vídeo. La película ya está a la venta en España en formato DVD.