Crítica: Amar

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¡Ay amor, que despierta a las piedras! ¡Ay de aquel que no te sienta alrededor! El amor, el sentimiento más puro, placentero y dañino que puede (y debe) experimentar un ser vivo a lo largo de su existencia. ¡Tantas veces nos quitas la pena, como tantas es amargo tu sabor! Amar de Esteban Crespo se acerca a ese sentimiento en una de sus etapas más volubles: la adolescencia. La etapa en que amar es morirse de amor.

En este su debut en largo, el ganador de un Goya y candidato al Oscar a mejor cortometraje de ficción por Aquel era yo, nos muestra la relación amorosa entre Laura y Carlos a lo largo de un año. Puede que esta no sea su primera incursión en terrenos románticos, pero sí que es la primera vez que ambos sienten ese nosequé que vulgarmente denominamos como amor. Un amor absoluto, un sentimiento supremo que no tiene fin… hasta que lo tiene. Pero no adelantemos acontecimientos. Conocemos a estos dos adolescentes en pleno acto sexual, en un preciosista prólogo en el que no todo sale como estaba planeado, pero que nos convierte en cómplices de su relación. A medida que vamos viendo más encuentros (tanto sexuales como no), nos vamos dando cuenta de que algo no va bien y nuestra complicidad se diluye por momentos. La relación entre Laura y Carlos dista de ser tan idílica como ellos piensan, sino que se acerca más bien a terrenos obsesivos. Una persona madura, como somos nosotros como espectadores o la propia madre de Laura (Natalia Tena, 10.000 km, Juego de Tronos), afirmaría que su amor es altamente tóxico y nada recomendable.

Esa obsesión está presente en todos los juegos y diálogos de Laura y Carlos, y hace que nos preguntemos si estos tortolitos son unos flipados o más bien idiotas y ridículos. Por supuesto que lo son, tan idiotas y ridículos como cualquier pareja enamorada, como los mismísimos amantes de Teruel. El espectador que pueda molestarse debe ser lo suficientemente inteligente como para saber retrotraerse a su adolescencia y recordar esa sensación. Esa incomodidad despertada en el público es uno de los grandes triunfos de la película. El realizador retrata a sus dos protagonistas como lo que realmente son: un niño y una niña que comienzan a jugar en la liga adulta. Puede que su analfabetismo emocional les haga cometer errores y sonar ridículos a oídos de un adulto, pero eso es justamente lo buscado, porque Crespo quiere que sus adolescentes hablen como lo que son, no como treintañeros resabiados, que es como suele representarse a este segmento de población. Esa voz encuentra cuerpo a la perfección en sus dos protagonistas, María Pedraza (que pasa de Instagramer a un más que posible premio Goya revelación por este papel) y Pol Monem (Los niños salvajes) que transmiten a la perfección el apollardamiento adolescente de sus personajes.

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La adolescencia al desnudo de Amar es un retrato puro, bello y amargo en el que es difícil no sentirse identificado, con todos sus placeres y cagadas, conmoviendo sin necesidad de recurrir a artificiosos trucos dramáticos en forma de suicidios y demás muertes, tópicos muy habituales en este género. Pero el verdadero triunfo es que la película no se centra únicamente en el amor, sino en el preciso momento en que esa persona deja de ser la luz que brilla en la oscuridad. El momento en que ‘morir de amor’ cambia de significado. Un giro nada complaciente en el que Crespo vuelve a hacer gala de una pulcritud ejemplar, mostrando los hechos tal y como son. Sin tomar partido por ninguno de los dos personajes, dejándonos esa labor a nosotros como espectadores… aunque tampoco somos nadie como para juzgar los actos de estos chicos, ya que como la madre de Laura, seguimos haciendo las mismas cagadas emocionales que cuando éramos más jóvenes.

Amar es amar. Amar es morir de amor, sentir tanto que ya ni sientes el corazón… aprender de los errores y volver a caer en otros diferentes. Hasta hacer callo.

David Lastra

Nota: ★★★★½

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