Crítica: John Wick – Pacto de sangre

John Wick es uno de los mayores sleepers de 2014. El sorprendente éxito de la película de Chad Stahelski y el buen recibimiento que obtuvo por parte de la crítica especializada contribuyeron a revitalizar la carrera de Keanu Reeves, ex estrella de los 90 reconvertida en héroe de acción testosterónica, algo parecido a lo que le ha ocurrido a Liam Neeson con la saga TakenReeves goza ahora de una segunda vida comercial gracias a este asesino a sueldo que se embarca en una odisea de violencia motivada por el asesinato del perro de su esposa fallecida. Una premisa que muchos pueden tomarse a chufla (desde luego en la película lo hacen), pero que dio lugar a una de las películas de venganza (género en sí mismo) mejor recibidas de los últimos años.

Tras la buena acogida de la primera parte, Reeves no podía decir que no a volverse a enfundar el traje hecho a medida para una secuela. Así llega John Wick: Pacto de sangre (John Wick: Chapter 2), un nuevo capítulo en las aventuras del legendario sicario, que esta vez se enfrenta a un número imposiblemente mayor de enemigos. En Pacto de sangre, Wick se ve obligado a abandonar su retiro tras los acontecimientos de la primera película cuando un antiguo socio, Santino D’Antonio (Riccardo Scamarcio), trama con hacerse con el control de la sociedad internacional de asesinos a la que perteneció. Un juramento de sangre efectuado en el pasado obliga a John a acometer una nueva misión para acabar con los planes de D’Antonio, emprendiendo así una búsqueda internacional que le llevará a enfrentarse a los asesinos más letales del mundo.

John Wick: Pacto de sangre toma lo que funcionó de la película anterior y lo multiplica por dos. La acción desmesurada y la violencia estilizada son las verdaderas protagonistas de un actioner espectacularmente realizado y de gran empaque visual. Aquí, las persecuciones y las confrontaciones son incluso más contundentes, más sangrientas, y las coreografías cuerpo a cuerpo más sofisticadas y sin costuras a la vista. John Wick es una pieza de entretenimiento muy cuidada en todos los aspectos, un thriller elegante que saca el mayor partido de la sencillez de su propuesta y su concepto: Un hombre solo que avanza sin miedo aniquilando a todo el que se pone por delante para absorber las injusticias que lo han llevado a donde está. Ver a Reeves recorrer el globo enfrentándose a sus enemigos, uno a uno, provoca un placer primario y visceral que solo los fans del mejor cine de acción pueden experimentar.

Pacto de sangre sobresale por su minimalismo y autoconsciencia (Stahleski sabe el tipo de película que está haciendo y no evita reírse de sí mismo o apuntar a los aspectos más exagerados de la historia con humor). Reeves se apodera de su personaje por completo, con una interpretación intensa, silenciosa y contenida que engloba perfectamente el espíritu del film. El ciclo de violencia sin fin de John Wick lleva al asesino hacia un tercer acto para quitarse el sombrero, con un una traca final de órdago en la que John protagoniza un épico uno contra todos, como hizo en su día Neo (atención a la gloriosa reunión de Matrix) y un enfrentamiento con el “jefe de la última fase” en una galería de arte moderno que hace las veces de casa de los espejos y nos deja las mejores imágenes de la saga hasta la fecha (deliciosamente bañadas en neón, claro, que es la moda). Hay que elogiar la magnífica planificación y ejecución de estas secuencias, que hacen que esta segunda parte supere con creces a su antecesora, y cuya resolución pone los cimientos para una tercera parte que promete elevar aun más el listón. John Wick: Pacto de sangre no es una película para todos, pero sí un título imprescindible para los amantes del género.

Pedro J. Gacía

Nota: ★★★½

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