Crítica: Ghost in the Shell – El alma de la máquina


La animación japonesa, y concretamente el anime de ciencia ficción, vivió una auténtica época de esplendor desde finales de los 80 hasta el cambio de siglo, con el auge y consagración de autores cinematográficos de renombre como Katsuhiro Ôtomo, Rintaro, Satoshi Kon o Mamoru Oshii. A este último pertenece una de las cintas japonesas de culto más veneradas de los 90, Ghost in the Shell, basada en el no menos aclamado manga escrito e ilustrado por Masamune Shirow. Más de veinte años después del estreno del anime, se ha llevado a cabo una nueva adaptación en acción real con la que el universo futurista creado por Shirow cobra nueva vida en una gran superproducción hollywoodiense.

Sostiene las riendas del remake Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador), que dirige un espectáculo de acción e intriga protagonizado por Scarlett Johansson y un reparto internacional en el que figuran Juliette Binoche y Takeshi Kitano. La famosa actriz se pone en la piel (sintética) de Mayor, un híbrido cyborg y humano único en su especie. No sabemos si de manera intencionada o no, Johansson continúa interpretando personajes que desafían o se cuestionan su propia condición humana (LucyHerUnder the Skin), estableciendo así un discurso sobre su propia imagen (distante, idealizada y a menudo deshumanizada) como estrella de Hollywood.

Pero a lo que íbamos, Mayor es un ser sintético cuya avanzada cáscara artificial alberga el espíritu y la mente de una persona real. Esta está al cargo de un grupo de élite llamado Sección 9, junto al que se encarga de detener a los criminales más peligrosos de la ciudad. Tras un año llevando a cabo operaciones con éxito, Mayor se encuentra con un amenazante enemigo decidido a acabar con los avances de Hanka Robotic, la compañía que le dio su nueva vida cuando su anterior cuerpo ya no podía mantenerla. En su búsqueda de este misterioso adversario, Mayor empezará a recordar su pasado, lo que le llevará a enfrentarse a la horrible verdad sobre su creación.

La influencia de Blade Runner en las anteriores versiones de Ghost in the Shell es indudable, pero en la película de Sanders se hace incluso más evidente, con numerosos planos aéreos de la urbe futurista dominada por gigantes hologramas publicitarios, que nos transportan directamente al clásico de Ridley Scott. Y como Blade Runner, y todas las historias sobre robots e inteligencia artificial, Ghost in the Shell explora los claroscuros morales de la creación sintética, los peligros del avance tecnológico, la esclavitud de y a la máquina, y por encima de todo, lo que nos hace humanos -no nuestro pasado, ni el material del que esté hecha nuestra piel, sino nuestros actos, lo que diferencia a los héroes (sintéticos) de los villanos (de carne y hueso) de la película. Ideas que se condensan en la figura de Mayor y su lucha interior, personificada a la perfección por Johansson. La actriz manifiesta la presencia y fortaleza de las mejores heroínas de acción, la fría precisión de un arma letal como Mayor, así como la vulnerabilidad y confusión necesarias para dar vida a alguien que desconfía constantemente de aquellos a su alrededor y duda tanto de la realidad como de sí misma.

Ante todo, Ghost in the Shell es una maravilla técnica y visual. Ya desde su prólogo (que precisamente remite a la mencionada Under the Skin), muy bien acompañado de la música de Clint Mansell y Lorne Balfe, queda claro que estamos a punto de asistir a una exhibición portentosa. Y eso es justo lo que recibimos: imágenes de gran belleza y plasticidad, asombrosos efectos digitales de última generación, brutales secuencias de acción y acrobáticos combates cuerpo a cuerpo, una puesta en escena elegante y sofisticada que acentúa la estética japonesa y una atmósfera envolvente que transmite la melancolía y la oscuridad del futuro distópico que el film representa. Claro que, aunque pueda parecerlo, Ghost in the Shell no es solo una cáscara reluciente. Debajo hay un cerebro inteligente y un alma que evitan que la película se estanque en el mero alarde digital.

A esto contribuye el hecho de que la historia se haya hecho más accesible. Se ha criticado mucho la elección de Johansson como Mayor, en lugar de una actriz asiática, cuando en realidad la mayor occidentalización que se lleva a cabo en la película es narrativa, con un guion simplificado y más comprensible (reconozcamos que el anime puede ser bastante denso). En cuanto a la polémica del supuesto whitewashing, es perfectamente lógico que haya críticas por la falta de representación y oportunidades, pero precisamente en el contexto de Ghost in the Shell, el hecho de que Mayor sea un modelo basado en una mujer no oriental (al igual que en el manga y el anime) resulta coherente con el discurso (posible spoiler: ella es el producto de una corporación malvada liderada por un científico blanco que busca crear al humano perfecto, a sus ojos occidental, aunque esto suponga borrar su origen asiático. Una alegoría, seguramente involuntaria, de la supremacía blanca. Fin del spoiler). Controversias aparte, la película maneja acertadamente los dilemas éticos de la historia, empleándolos para reflexionar sobre la deshumanización de un futuro “artificial” en el que el hombre (blanco) juega a ser Dios y los individuos se preguntan hasta qué punto son reales. En este sentido poco se le puede reprochar.

Ghost in the Shell funciona mejor cuanto menos se compare con su referente (o cuanto más lejos quede una de otra en la experiencia del espectador). Aunque la nueva versión se mantiene fiel y respetuosa en esencia, recreando escenas clave, reproduciendo meticulosamente su ambientación (los edificios superpoblados, el entorno cibernético, los artilugios) y conservando sus cuestiones filosóficas (la búsqueda del yo, la existencia del espíritu, lo que nos convierte en personas), también se construye de forma autónoma, efectuando cambios sustanciales (entre ellos el origen de Mayor) para adaptarla al lenguaje del blockbuster de acción moderno.

Sin embargo, que la historia se haya “traducido” para un público más amplio no quiere decir que se hayan borrado todas sus señas de identidad o sus consideraciones metafísicas, las mismas que la conectan a otros relatos distópicos sobre inteligencia artificial. Aunque se haya perdido complejidad en la traducción, esta relectura ha ganado en claridad y profundidad emocional, gracias sobre todo al alma que aporta su actriz protagonista. Ghost in the Shell podría haber sido un desastre, pero nada más lejos de la realidad. Se trata de una película estimulante, enigmática y visualmente alucinante que sabe aprovechar las posibilidades de la ciencia ficción como espectáculo cinematográfico.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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