Santa Clarita Diet: Cuando la comedia se indigesta

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Hemos perdido ya la cuenta de las diferentes formas que han adoptado las historias de zombies en el cine, la televisión y la literatura. Del terror, su hábitat natural, hemos saltado a la comedia gamberra (Shaun of the Dead), el cine teen (Warm Bodies), el blockbuster (Guerra Mundial Z), el cine de época (Orgullo + Prejuicio + Zombies) o el drama “humano” (Les RevenantsIn the Flesh), por nombrar unas cuantas variantes modernas. Y cuando parece que hemos hecho tope, llega una nueva vuelta de tuerca. La última en sumarse a la reinvención de este género es Santa Clarita Diet, comedia de Netflix protagonizada por Drew Barrymore y Timothy Olyphant que le da un giro a la clásica mitología alrededor del no-muerto y la lleva hacia el terreno de la sitcom familiar, produciendo así una aleación cuanto menos extrañamente curiosa.

Sheila (Barrymore) y Joel Hammond (Olyphant) son un matrimonio de agentes inmobiliarios que llevan una vida rutinaria e insatisfactoria en Santa Claita, el típico pueblo apacible de vallas blancas a las afueras de Los Ángeles. Su vida transcurre con aburrida normalidad junto a su hija adolescente, Abby (Liv Hewson), hasta que Sheila experimenta un cambio radical: al parecer, ha muerto, pero sigue viva, y ahora necesita alimentarse de carne cruda para sobrevivir. Al principio, Sheila disfruta de los beneficios de su nueva dieta: una piel más resplandeciente que nunca, energías renovadas para afrontar cualquier cosa y una libido por las nubes (sinónimo intencionado de la nueva etapa profesional de Barrymore que inicia esta serie). Sin embargo, cuando pruebe su primer bocado de carne humana se dará cuenta de que no hay marcha atrás. Ahora Sheila necesita adoptar la dieta caníbal para no perder el control y convertirse en un monstruo, y lo hará con ayuda de su marido, junto a quien decide que la única opción es convertirse en asesinos. A ser posible de gente horrible, al más puro estilo Dexter. La familia que mata unida…

Hasta aquí, todo bien. Santa Clarita Diet parte de una idea muy simpática y gamberra que nos presenta la clásica comedia familiar suburbana desde un prisma más satírico e irreverente. El diseño de producción se asemeja al de las sitcoms de ABC y la banda sonora es un calco de la de Mujeres desesperadas (de la que también toma prestado a Ricardo Chavira). Pero las vísceras y los litros de sangre y vómito le dan otro barniz. Sin embargo, más allá de esta alocada premisa, la serie no tiene demasiado que ofrecer. Si dejamos a un lado su componente fantástico y el gore, lo que nos queda es la enésima comedia de enredos plagada de clichés, y en este caso, además llena de situaciones inverosímiles que desafían toda lógica interna (incluso para su disparatada propuesta y el género al que pertenece) y hacen que más que divertida, resulte irritante por momentos. Hablando claro, Santa Clarita Diet es una tontería mayúscula. ¿Que podría ser una tontería de las buenas? Claro. Pero su primera temporada malgasta terriblemente su potencial con tramas intrascendentes y absurdas que no van más allá del chiste fácil, uno que se estira a lo largo de los 10 episodios que la componen.

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Y mención aparte merece su reparto, al que parece que están obligando a trabajar bajo amenaza. A Barrymore le debieron decir “Netflix ha resucitado la carrera de la ex it girl Winona Ryder. ¿Quieres ser la siguiente?”, y no se lo pensó dos veces. ¿Pero quiere estar ahí de verdad? Desde luego no lo parece. La actriz tiene sus buenos momentos aislados (cuanto más loca se vuelve Sheila, mejor está Barrymore), pero su interpretación no podría ser más inconsistente y desentonada. Claro que al lado de su co-protagonista, Drew está de Emmy. Lo de Olyphant es increíble. El pobre está fatal, ortopédico y excesivamente artificial. Al menos Barrymore parece tomarse un poco más en serio lo que está haciendo, pero él no consigue disimular sus ganas de estar haciendo otra cosa. Y no me hagáis hablar de la hija, porque una cosa es ser la obligatoria adolescente insoportable de cualquier serie, y otra estar tan forzada y sobreactuada como Hewson (además, más que hija de Barrymore parece su hermana. Mayor). Aquí el único que se salva es Skyler Gisondo (descubierto en Vacaciones), que interpreta al vecino experto en zombies que instruye a los Hammond al más puro estilo Jóvenes ocultos. La serie debería hacer un Cosas de casa y convertir a su nerd local en el protagonista de la historia. Nos harían un gran favor.

Hacia la mitad de la temporada, Sheila define la poesía de su primer “convertido”, A Blade of Grass (versión violenta de Hojas de hierba de Walt Whitman), como “a twist on the familiar”, un detalle autorreferencial con el que la serie nos guiña un ojo (antes de salírsele de la cuenca). Sin embargo, de nada sirven las intenciones cuando el guion no está a la altura de las circunstancias. La trama se desarrolla de la forma más tópica y convencional posible, el humor va a medio gas y nos tienen que explicar los chistes o repetirnos varias veces las cosas por si no las hemos pillado. En consecuencia, la desesperación se puede oler a través de la pantalla. Lo que no se le puede negar a la serie es su atrevimiento a la hora de darnos ese “giro a lo familiar” sobre un género muy hastiado, una sitcom de toda la vida con bien de gore, palabrotas y ordinarieces, un producto ligero y desenfadado que para pasar un rato de desconexión bien puede servir. Claro que solo con esto no se hace una buena serie. Y sí Santa Clarita Diet se deja ver fácilmente, pero también podía haber sido buena. Detrás de los simplones chistes y el rancio slapstick está escondida la interesante sátira sobre la familia y la vida suburbana que (quizá) querían hacer. A ver si la encuentran en la segunda temporada.

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