Crítica: La vida de Calabacín

El cine de animación proporciona a sus creadores un lienzo en blanco en el que todo es posible, donde cualquier cosa imaginable se puede hacer realidad. Muchos utilizan la animación para dar vida a mundos increíbles y criaturas fantásticas, para contar cuentos maravillosos o asombrar a los niños de todas las edades con visiones espectaculares. Otros optan por reflejar la realidad mundana e ir más allá del mero entretenimiento. El cine de animación es tradicionalmente asociado al público infantil, pero siempre ha habido cineastas que han utilizado esta forma de expresión para contar historias más adultas, dramas humanos como La tumba de las luciérnadasCuando el viento sopla Animalisa, por nombrar unas pocas. Aunque su propuesta no llega a los confines del melodrama o la tragedia de los títulos citados, La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette) viene a sumarse a esta lista, con una obra de rebosante emoción e inteligencia que los adultos apreciarán de forma especial y que ha sido reconocida por sus numerosos galardones y una merecida nominación al Oscar a mejor película de animación.

Dirigida por Claude Barras a partir de la novela de Gilles Paris Autobiographie d’une courgette, La vida de Calabacín está realizada mediante la técnica del stop-motion (la misma de Kubo y las dos cuerdas mágicas, con la que comparte categoría en los Oscar), utilizando simples escenarios y “marionetas” de plastilina para crear el mundo de su protagonista, un dulce niño de 9 años apodado Courgette (Calabacín) con una tumultuosa vida interior. Tras la repentina muerte de su madre, una mujer abandonada a la televisión y el tabaco que no prestaba atención a su hijo, Courgette va a parar a la comisaría, donde se hace amigo de Raymond, un amable policía que lo acompaña a su nuevo hogar de acogida, en el que conocerá a otros huérfanos de su edad. La vida de Calabacín nos narra el proceso de adaptación del niño a su nuevo entorno y a la ausencia de su madre, encontrándose inicialmente con un ambiente hostil y teniendo que lidiar con una nueva familia a la que cuesta abrir su corazón. Pero con la ayuda de Raymond y los adultos que trabajan en el centro, Courgette aprenderá a confiar en ella, por muy rota que esté y extraña que sea, y así vivir su nueva realidad.

A pesar de su estética preescolar, La vida de Calabacín no es una película infantil. Aunque sí es una película sobre la infancia con inclinación pedagógica que los niños pueden ver (bajo supervisión de un adulto, ya que contiene temas e imágenes que pueden ser consideradas demasiado oscuras para determinadas edades). En ella, Barras lleva a cabo un retrato de la niñez muy honesto, cargado de emotividad e inocencia pero sin sentimentalismos o remilgos, abordando temas que podrían resultar escabrosos con absoluta naturalidad, poniéndose a la altura del niño para ver el mundo desde sus ojos y, por tanto, tratando a la audiencia más joven con el respeto que merece. La vida de Calabacín está llena de vida, y esta se refleja en los ojos de Courgette y los maravillosos niños del orfanato, cuyas miradas de plástico dicen mucho más que todas las palabras (ver el plano debajo de este párrafo, el que resume mejor la elocuente sencillez y profundidad psicológica de la película). Utilizando sabiamente las traumáticas experiencias de cada uno de ellos para formar sus caracteres y forjar sus relaciones, el film dibuja personajes impresionantemente reales, lo cual resulta especialmente llamativo teniendo en cuenta de que se trata de caricaturescos muñecos de plastilina.

Junto a Courgette y sus nuevos amigos nos adentramos en un entrañable universo de descubrimiento, no exento de dolor y crueldad, pero optimista y profundamente conmovedor (la punzada en el corazón cada vez que Béatrice sale gritando “Mamá” cuando oye un coche acercarse al orfanato es real), donde observamos a los pequeños enfrentándose a la soledad, la amistad, el amor, el miedo y la sexualidad en experiencias que definirán su personalidad y los ayudarán a ver posible un futuro feliz. La vida de Courgette es una rareza dentro del cine de animación, un drama íntimo y agridulce que esconde una melancolía arrebatadora bajo su sencillez de colores pastel y nos habla con gran sutileza y delicioso sentido del humor sobre la infancia (su vulnerabilidad, su fortaleza y capacidad de adaptación) y la familia. En definitiva, una pequeña gran joya del cine reciente.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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