Crítica: Jackie

Con su quinta película, El club, el chileno Pablo Larraín se ganó la atención de todo el mundo. Con Neruda, el trabajo que la sucedió, se consolidó como uno de los cineastas más personales del panorama latinoamericano actual, algo que no podía pasar por alto Hollywood. La película sobre el poeta chileno nos presentaba un biopic atípico que escapaba de la rutina que en gran medida define (y constriñe) a este género. Y esa era justamente la aproximación que le hacía falta a un film como Jackie, con el que Larraín demuestra una vez más su enorme sensibilidad para la narración, la puesta en escena y la construcción psicológica de personajes.

Recurriendo al gastado tópico, Jackie trata sobre la gran mujer detrás del hombre, o en este caso, la gran mujer que sostuvo al hombre y vio cómo su vida se apagaba entre sus brazos durante uno de los acontecimientos más definitorios de la historia de Estados Unidos. Este elegante y delicado drama se centra en la figura de Jacqueline Kennedy, interpretada por Natalie Portman, durante los cuatro días siguientes al asesinato de su marido, el presidente de EEUU. Larraín y Portman nos dejan observar desde una esquina la vida de Jackie y el impacto que el trágico suceso causó en ella, mientras a su alrededor, el gobierno y la sociedad se sumen en el caos y el luto nacional. Todos los ojos están puestos en la Primera Dama, en su mirada perdida y su icónico Chanel rosa, salpicado de la sangre de su marido, mientras ella experimenta el momento más difícil de su vida.

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Larraín está interesado en indagar en ese proceso de pensamiento que Jackie atraviesa inmediatamente después del asesinato del presidente, en mostrarnos la faceta más humana y visceral del icono, y llevar a cabo un retrato psicológico de una mujer que a lo largo de la historia ha sido reducida a un vestido y una tragedia. Para humanizar la figura de Jackie (para la sociedad de los 60 un referente de moda, de estilo de vida, y en definitiva, un maniquí), Larraín pone a la Primera Dama frente a un reportero de investigación (Billy Crudup), reconstruye el famoso especial televisivo en el que la esposa del presidente hacía un tour por su Casa Blanca a los estadounidenses (escenas que sirven su cometido de enseñarnos la realidad desde el otro lado, pero que añaden demasiado falseamiento al film), e imagina un mundo interior que se exterioriza con imágenes cargadas de poesía visual -gracias a una fotografía preciosa, con planos de luz natural como suspendidos en el tiempo, un sublime acompañamiento musical compuesto por Mica Levi, y un diseño artístico impecable. Todo para servir a un drama construido a base de instantes esparcidos y reordenados para descifrar la personalidad de la Primera Dama.

Una mujer rota, pero fuerte. Destrozada, deambulando por las vastas estancias de su hogar sumida en su duelo y llena de incertidumbre, pero aun así con el control de su papel en la administración de su marido, preocupada por la imagen, y sobre todo protectora de su familia. Una dama con todas las letras encarnada por una portentosa Natalie Portman (encuadrada siempre en el centro, ocupando el punto de fuga, el lugar que le corresponde), que se mimetiza en Jackie, reproduciendo sus ademanes, su forma de andar, su dicción y su distinguida presencia para dibujar un personaje de un millón de matices, rebosante de emotividad e inteligencia. Larraín rasca la piel de Jackie hasta verla sangrar a ella también, para mostrarnos tanto su vulnerabilidad como su fortaleza. Pero Jackie no es solo un retrato de la Primera Dama, a su vez es uno del presidente visto a través de los ojos de su mujer, un biopic encubierto de JFK que nos habla de la breve pero ajetreada presidencia de Kennedy y el legado de su familia y su administración, “la de la gente bella”, los reyes de la tierra de Camelot.

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Con la historia de Jackie, Larraín reflexiona sobre la necesidad de líderes fuertes y perfectos, y de cómo, a pesar de tener que mantener en pie la fachada idealizada a través de la que el público los percibe, estos también son seres humanos que se plantean las grandes cuestiones. “Hay un momento en la vida de toda persona en el que se da cuenta de que no hay respuestas. Entonces lo asumes o te suicidas”. Jackie lo asume y sigue adelante (“Solo la gente vulgar se suicida”), nos recuerda cómo las personas afrontamos la pérdida, cómo debemos hacernos a la idea de vivir con ella. La clave nos la da, muy significativamente, el recientemente fallecido John Hurt, que interpreta al cura que asesora a la Primera Dama tras la tragedia: “Me acuesto todas las noches y miro a la oscuridad preguntándome ‘¿Esto es todo?’. Pero a la mañana siguiente te vuelves a despertar pensando en tomarte tu café”. Efectivamente, Jackie no es solo el retrato de Jackie Kennedy más allá del glamour, como tampoco se puede reducir simplemente a una gran interpretación, también se trata de un excelente ensayo sobre la pérdida y el legado, sobre la fuerza que nos empuja a vivir un día más. Uno que no nos ofrece respuestas definitivas (porque no las hay), pero sí nos da razones suficientes para entender la necesidad de seguir en pie, como Jackie, serena, preparada para todo, con las manos entrelazadas y mirando hacia delante.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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