Crítica: Manchester frente al mar

¿Cómo se explica el dolor más profundo? ¿Cómo se sobrevive a él? ¿Cómo se convierte en cine? Kenneth Lonergan (Margaret) responde a estas cuestiones con Manchester frente al mar (Manchester by the Sea), conmovedor drama sobre un hombre roto que nos habla del peso asfixiante del pasado, de los lazos familiares y la necesidad de mirar hacia delante. Una película que, de no ser por el aluvión de premios y nominaciones que le ha caído, habría pasado quizá más desapercibida por su naturaleza quieta y su manera tan seca de afrontar el melodrama. Pero que su enfoque aparentemente desapasionado no os engañe, estamos ante una película que cala muy hondo, que casi sin que nos demos cuenta se mete en los huesos como el peor de los fríos y nos sacude de arriba a abajo.

Manchester frente al mar nos lleva hasta la costa de Massachussets para contarnos la historia de los Chandler, una familia de clase obrera azotada por la tragedia. Tras la muerte de Joe (Kyle Chandler), su hermano menor, Lee (Casey Affleck), regresa al pueblo para gestionar su funeral y hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges). Ante la posibilidad de convertirse en el tutor legal del chico y dejar su residencia actual en Boston para volver a instalarse en el pueblo, Lee se ve obligado a enfrentarse a un terrible pasado que lo llevó a separarse de su esposa, Randi (Michelle Williams), así como de la comunidad en la que se crió. Allí, Lee debe revivir una vez más el recuerdo más lacerante que uno pueda imaginar, mientras decide la mejor manera de ayudar a su sobrino, ahora que no cuenta con sus padres.

La primera hora de Manchester frente al mar transcurre en los márgenes del costumbrismo. Conocemos a Lee, un hombre atormentado y parco en palabras que sobrevive a duras penas trabajando como conserje y parece deambular por la vida como si estuviera esperando su hora para marcharse. Lo acompañamos en su viaje de regreso al hogar donde creció (uno de los lugares comunes más fértiles del cine independiente), para descubrir hacia la mitad del metraje el hecho que lo cambió, y que lo cambia, todo. Un punto de inflexión que obliga a reevaluar lo visto hasta ese momento, que hace que de repente entendamos el carácter de Lee y apreciemos de forma casi retroactiva la magistral interpretación de Casey Affleck. Es entonces cuando el grito ahogado que recorre toda la película rompe en un alarido insoportable, y las emociones que han estado bullendo bajo su fría fachada empiezan a subir a la superficie.

Pero Lonergan no deja que estas se apoderen del film, sino que se asegura de que sea el espectador quien tenga el control en todo momento de lo que siente con respecto a sus personajes, de lo que este quiere sacar en claro de ellos. Para esto, el director aborda el drama con temple absoluto, llevando a cabo una narración magistralmente sutil, subrayada por un inteligente montaje con el que se construye un brillante relato no lineal. Los actores, por su parte, son el pegamento que une las piezas dispersas en el tiempo. La interpretación contenida y matizada de Affleck es el núcleo emocional de la película, mientras que son Williams y Hedges los que aportan los necesarios momentos de catarsis, estallando en sendas escenas de prodigioso naturalismo que bien justifican sus nominaciones al Oscar (el desgarrador encuentro de Randi con Lee al final, y el derrumbe de Patrick frente al congelador).

Y a pesar de la devastadora tristeza que recorre la película y del sufrimiento que caracteriza a sus protagonistas, Lonergan trata a sus personajes con el cariño y la compasión que necesitan, ayudando a paliar el dolor (suyo y nuestro) con acertadas pinceladas de humor (muchas cortesía de Patrick y su ajetreada vida amorosa) y momentos entrañables (a la hora sobre todo de mostrarnos la preciosa relación entre tío y sobrino), y permitiéndoles ver la luz al final del túnel. Por todo esto, Manchester frente al mar es una película que emociona sin que se le vean las costuras, una de esas historias que nos dicen tanto con tan poco, y que del mismo modo que hacen un angustioso nudo en el estómago, lo liberan con un también sutil mensaje de ánimo y esperanza.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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