Crítica: T2 Trainspotting

En 1996, Reino Unido era la Tierra Prometida, paraíso musical donde la electrónica irrumpía con fuerza mientras se desarrollaba la guerra civil más importante de la era moderna, la lucha por la corona del BritPop entre Oasis y Blur, y por supuesto, escenario de una de las películas más influyentes de la década, Trainspotting. Toda una generación de veinteañeros a la deriva encontraron su Biblia particular en el film de Danny Boyle, que con su estilo marcó tendencia y definió la cultura musical de la época (su banda sonora fue un pelotazo de ventas cuando el CD era el futuro). Una cultura de descontrol, desinhibición y hedonismo empapada de coca y caballo que el director plasmaba mediante un estilo psicodélico, mugriento y desenfrenado con el que llevaba a cabo una representación revolucionaria del consumo de drogas, exenta de melodrama barato o moralinas.

Han pasado 20 años, y como está haciendo en estos momentos cualquiera que viviera su post-adolescencia a mediados de los 90, al cine también le toca echar la vista atrás, hacer balance, y reflexionar sobre dónde estuvimos y dónde estamos ahora. Ese es el propósito de la secuela, T2 Trainspotting, que llega dos décadas después de la primera entrega, en plena eclosión de la nostalgia en la industria audiovisual, para mostrarnos dónde han acabado sus personajes, e intentar averiguar hacia dónde se dirigen. Una mirada al pasado divertida pero profundamente melancólica, llena de anhelo, arrepentimiento y dolor, con la que Boyle (que vuelve a la dirección) orquesta un emotivo reencuentro del público con los personajes de la película original, Renton (Ewan McGregor), Simon (Jonny Lee Miller), Begbie (Robert Carlyle) y Spud (Ewen Bremner), para comprobar que, aunque el mundo se haya transformado por completo, algunas cosas no cambian.

La reflexión sobre el paso del tiempo es el hilo conductor de T2 Trainspotting, la idea que vertebra la historia y con la que Boyle justifica volver a las vidas de estos personajes, al igual que Richard Linklater hiciera con la segunda y tercera partes de su Trilogía Before. Regresamos a las calles de Edimburgo para acompañar a Renton y sus viejos amigos en un recorrido por una ciudad llena de fantasmas, y comprobamos lo que el paso de los años ha hecho con ellos, y con el mundo que un día se pusieron por montera. Simon se dedica al “negocio” de la extorsión y tiene aspiraciones de proxeneta, Begbie se escapa de la cárcel y vuelve a las andadas, esta vez intentando instruir a su hijo adolescente en el arte criminal que le dio la gloria a su padre, y Spud sigue luchando contra su adicción a las drogas, mientras encuentra un refugio en la escritura, recordando sobre papel sus lisérgicas y excesivas aventuras junto a los otros. Y mientras otros se aferran al pasado o siguen encadenados a él, quien ha experimentado el mayor cambio es Renton, que a sus 46 años y con un aspecto envidiable (sin huella de sus excesos de juventud) ha dejado atrás las drogas y la delincuencia para llevar una vida “normal” (gimnasio, ejercicio al aire libre, comida sana, todo lo que cualquier miembro de provecho de la sociedad actual debe hacer).

Aunque Trenton sigue siendo el foco principal de la historia, uno de los mayores aciertos de T2 Trainspotting es otorgar mayor protagonismo al personaje de Ewen Bremner. Spud no es solo el miembro más entrañable de la pandilla, también es quien une pasado y presente a través de sus relatos, dando forma a la película. Por otro lado, también hay que elogiar a Boyle por no optar por el camino fácil y limitarse a repetir la jugada. Lo bueno de T2 Trainspotting es que no es exactamente un refrito de la original. En ocasiones podría parecerlo, ya que recupera su personalidad visual, movimientos de cámara y montaje epiléptico (aunque todo muy suavizado, que ya somos maduros) y utiliza constantemente imágenes de la película del 96, pero lo hace no solo para tocar las teclas más sensibles del respetable, sino también, y sobre todo, para componer el discurso de esta nueva historia. Oponiendo los recuerdos al presente, observamos cómo los personajes han evolucionado (o no), analizamos su amistad y nos llenamos de ese sentimiento de añoranza y tristeza que nos ayuda a abrir los ojos ante nuestra realidad pasajera, aunque sea por un momento.

Ahora bien, a pesar de su eficiencia como ejercicio nostálgicoT2 Trainspotting no consigue alcanzar la trascendencia que se propone. Y la razón es que las conclusiones a las que llega durante la historia no están a la altura del experimento que plantea, ni del impacto cultural del film original. En su lugar, Boyle utiliza a Renton para hacer una crítica a la sociedad moderna que se antoja perezosa, carca y manida, una reprimenda a las nuevas generaciones (y a las viejas) por su entrega absoluta al capitalismo y el narcisismo, y su dependencia de las redes sociales, que parece uno de esos absurdos posts de Facebook con los que se nos pretende abrir los ojos a la realidad que ya conocemos. Para compensar, la película es consciente de su condición de producto hecho para capitalizar la nostalgia de la generación que esta recuerda. La generación que necesita recordar para seguir adelante. “Nostalgia, por eso estás aquí. Eres un turista de tu propia juventud”, le dice Sick Boy a Renton, y obviamente a la audiencia, exponiendo así, de forma digna y honesta, sus intenciones.

Aun así, T2 Trainspotting no tiene tanto que ofrecer como querríamos y acaba desaprovechando un poco la oportunidad. El placer provocado por asistir al reencuentro de los personajes y comprobar qué ha sido de ellos en todo este tiempo es innegable, y por sí solo ya es suficiente para satisfacer a los miembros del culto de Transpotting. Además, la película tiene momentos verdaderamente divertidos, a pesar de parecer sketches inconexos (la escena musical en el bar, la fuga de Begbie, el encuentro de Renton y Simon con el capo de la mafia proxeneta de Edimburgo). Pero más allá de eso, no hay mucho más. La excusa para retornar a las vidas de Renton y compañía era buena, pero lo que nos encontramos una vez pasada la euforia nostálgica no es especialmente interesante o revelador, como tampoco verdaderamente destacable desde el punto de vista cinematográfico. No es más que la enésima reflexión sobre lo efímera que es la vida, la importancia de las decisiones que tomamos y cómo estas siempre vuelven para pasar factura, una conclusión para la que no necesitábamos volver a ver a estos personajes (aunque nos guste hacerlo). Eso sí, si para algo ha servido esta reunión es para que algunos comprobemos que, efectivamente, el tiempo nos cambia y ya no somos tan fácilmente impresionables.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Santa Clarita Diet: Cuando la comedia se indigesta

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Hemos perdido ya la cuenta de las diferentes formas que han adoptado las historias de zombies en el cine, la televisión y la literatura. Del terror, su hábitat natural, hemos saltado a la comedia gamberra (Shaun of the Dead), el cine teen (Warm Bodies), el blockbuster (Guerra Mundial Z), el cine de época (Orgullo + Prejuicio + Zombies) o el drama “humano” (Les RevenantsIn the Flesh), por nombrar unas cuantas variantes modernas. Y cuando parece que hemos hecho tope, llega una nueva vuelta de tuerca. La última en sumarse a la reinvención de este género es Santa Clarita Diet, comedia de Netflix protagonizada por Drew Barrymore y Timothy Olyphant que le da un giro a la clásica mitología alrededor del no-muerto y la lleva hacia el terreno de la sitcom familiar, produciendo así una aleación cuanto menos extrañamente curiosa.

Sheila (Barrymore) y Joel Hammond (Olyphant) son un matrimonio de agentes inmobiliarios que llevan una vida rutinaria e insatisfactoria en Santa Claita, el típico pueblo apacible de vallas blancas a las afueras de Los Ángeles. Su vida transcurre con aburrida normalidad junto a su hija adolescente, Abby (Liv Hewson), hasta que Sheila experimenta un cambio radical: al parecer, ha muerto, pero sigue viva, y ahora necesita alimentarse de carne cruda para sobrevivir. Al principio, Sheila disfruta de los beneficios de su nueva dieta: una piel más resplandeciente que nunca, energías renovadas para afrontar cualquier cosa y una libido por las nubes (sinónimo intencionado de la nueva etapa profesional de Barrymore que inicia esta serie). Sin embargo, cuando pruebe su primer bocado de carne humana se dará cuenta de que no hay marcha atrás. Ahora Sheila necesita adoptar la dieta caníbal para no perder el control y convertirse en un monstruo, y lo hará con ayuda de su marido, junto a quien decide que la única opción es convertirse en asesinos. A ser posible de gente horrible, al más puro estilo Dexter. La familia que mata unida…

Hasta aquí, todo bien. Santa Clarita Diet parte de una idea muy simpática y gamberra que nos presenta la clásica comedia familiar suburbana desde un prisma más satírico e irreverente. El diseño de producción se asemeja al de las sitcoms de ABC y la banda sonora es un calco de la de Mujeres desesperadas (de la que también toma prestado a Ricardo Chavira). Pero las vísceras y los litros de sangre y vómito le dan otro barniz. Sin embargo, más allá de esta alocada premisa, la serie no tiene demasiado que ofrecer. Si dejamos a un lado su componente fantástico y el gore, lo que nos queda es la enésima comedia de enredos plagada de clichés, y en este caso, además llena de situaciones inverosímiles que desafían toda lógica interna (incluso para su disparatada propuesta y el género al que pertenece) y hacen que más que divertida, resulte irritante por momentos. Hablando claro, Santa Clarita Diet es una tontería mayúscula. ¿Que podría ser una tontería de las buenas? Claro. Pero su primera temporada malgasta terriblemente su potencial con tramas intrascendentes y absurdas que no van más allá del chiste fácil, uno que se estira a lo largo de los 10 episodios que la componen.

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Y mención aparte merece su reparto, al que parece que están obligando a trabajar bajo amenaza. A Barrymore le debieron decir “Netflix ha resucitado la carrera de la ex it girl Winona Ryder. ¿Quieres ser la siguiente?”, y no se lo pensó dos veces. ¿Pero quiere estar ahí de verdad? Desde luego no lo parece. La actriz tiene sus buenos momentos aislados (cuanto más loca se vuelve Sheila, mejor está Barrymore), pero su interpretación no podría ser más inconsistente y desentonada. Claro que al lado de su co-protagonista, Drew está de Emmy. Lo de Olyphant es increíble. El pobre está fatal, ortopédico y excesivamente artificial. Al menos Barrymore parece tomarse un poco más en serio lo que está haciendo, pero él no consigue disimular sus ganas de estar haciendo otra cosa. Y no me hagáis hablar de la hija, porque una cosa es ser la obligatoria adolescente insoportable de cualquier serie, y otra estar tan forzada y sobreactuada como Hewson (además, más que hija de Barrymore parece su hermana. Mayor). Aquí el único que se salva es Skyler Gisondo (descubierto en Vacaciones), que interpreta al vecino experto en zombies que instruye a los Hammond al más puro estilo Jóvenes ocultos. La serie debería hacer un Cosas de casa y convertir a su nerd local en el protagonista de la historia. Nos harían un gran favor.

Hacia la mitad de la temporada, Sheila define la poesía de su primer “convertido”, A Blade of Grass (versión violenta de Hojas de hierba de Walt Whitman), como “a twist on the familiar”, un detalle autorreferencial con el que la serie nos guiña un ojo (antes de salírsele de la cuenca). Sin embargo, de nada sirven las intenciones cuando el guion no está a la altura de las circunstancias. La trama se desarrolla de la forma más tópica y convencional posible, el humor va a medio gas y nos tienen que explicar los chistes o repetirnos varias veces las cosas por si no las hemos pillado. En consecuencia, la desesperación se puede oler a través de la pantalla. Lo que no se le puede negar a la serie es su atrevimiento a la hora de darnos ese “giro a lo familiar” sobre un género muy hastiado, una sitcom de toda la vida con bien de gore, palabrotas y ordinarieces, un producto ligero y desenfadado que para pasar un rato de desconexión bien puede servir. Claro que solo con esto no se hace una buena serie. Y sí Santa Clarita Diet se deja ver fácilmente, pero también podía haber sido buena. Detrás de los simplones chistes y el rancio slapstick está escondida la interesante sátira sobre la familia y la vida suburbana que (quizá) querían hacer. A ver si la encuentran en la segunda temporada.

Crítica: La vida de Calabacín

El cine de animación proporciona a sus creadores un lienzo en blanco en el que todo es posible, donde cualquier cosa imaginable se puede hacer realidad. Muchos utilizan la animación para dar vida a mundos increíbles y criaturas fantásticas, para contar cuentos maravillosos o asombrar a los niños de todas las edades con visiones espectaculares. Otros optan por reflejar la realidad mundana e ir más allá del mero entretenimiento. El cine de animación es tradicionalmente asociado al público infantil, pero siempre ha habido cineastas que han utilizado esta forma de expresión para contar historias más adultas, dramas humanos como La tumba de las luciérnadasCuando el viento sopla Animalisa, por nombrar unas pocas. Aunque su propuesta no llega a los confines del melodrama o la tragedia de los títulos citados, La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette) viene a sumarse a esta lista, con una obra de rebosante emoción e inteligencia que los adultos apreciarán de forma especial y que ha sido reconocida por sus numerosos galardones y una merecida nominación al Oscar a mejor película de animación.

Dirigida por Claude Barras a partir de la novela de Gilles Paris Autobiographie d’une courgette, La vida de Calabacín está realizada mediante la técnica del stop-motion (la misma de Kubo y las dos cuerdas mágicas, con la que comparte categoría en los Oscar), utilizando simples escenarios y “marionetas” de plastilina para crear el mundo de su protagonista, un dulce niño de 9 años apodado Courgette (Calabacín) con una tumultuosa vida interior. Tras la repentina muerte de su madre, una mujer abandonada a la televisión y el tabaco que no prestaba atención a su hijo, Courgette va a parar a la comisaría, donde se hace amigo de Raymond, un amable policía que lo acompaña a su nuevo hogar de acogida, en el que conocerá a otros huérfanos de su edad. La vida de Calabacín nos narra el proceso de adaptación del niño a su nuevo entorno y a la ausencia de su madre, encontrándose inicialmente con un ambiente hostil y teniendo que lidiar con una nueva familia a la que cuesta abrir su corazón. Pero con la ayuda de Raymond y los adultos que trabajan en el centro, Courgette aprenderá a confiar en ella, por muy rota que esté y extraña que sea, y así vivir su nueva realidad.

A pesar de su estética preescolar, La vida de Calabacín no es una película infantil. Aunque sí es una película sobre la infancia con inclinación pedagógica que los niños pueden ver (bajo supervisión de un adulto, ya que contiene temas e imágenes que pueden ser consideradas demasiado oscuras para determinadas edades). En ella, Barras lleva a cabo un retrato de la niñez muy honesto, cargado de emotividad e inocencia pero sin sentimentalismos o remilgos, abordando temas que podrían resultar escabrosos con absoluta naturalidad, poniéndose a la altura del niño para ver el mundo desde sus ojos y, por tanto, tratando a la audiencia más joven con el respeto que merece. La vida de Calabacín está llena de vida, y esta se refleja en los ojos de Courgette y los maravillosos niños del orfanato, cuyas miradas de plástico dicen mucho más que todas las palabras (ver el plano debajo de este párrafo, el que resume mejor la elocuente sencillez y profundidad psicológica de la película). Utilizando sabiamente las traumáticas experiencias de cada uno de ellos para formar sus caracteres y forjar sus relaciones, el film dibuja personajes impresionantemente reales, lo cual resulta especialmente llamativo teniendo en cuenta de que se trata de caricaturescos muñecos de plastilina.

Junto a Courgette y sus nuevos amigos nos adentramos en un entrañable universo de descubrimiento, no exento de dolor y crueldad, pero optimista y profundamente conmovedor (la punzada en el corazón cada vez que Béatrice sale gritando “Mamá” cuando oye un coche acercarse al orfanato es real), donde observamos a los pequeños enfrentándose a la soledad, la amistad, el amor, el miedo y la sexualidad en experiencias que definirán su personalidad y los ayudarán a ver posible un futuro feliz. La vida de Courgette es una rareza dentro del cine de animación, un drama íntimo y agridulce que esconde una melancolía arrebatadora bajo su sencillez de colores pastel y nos habla con gran sutileza y delicioso sentido del humor sobre la infancia (su vulnerabilidad, su fortaleza y capacidad de adaptación) y la familia. En definitiva, una pequeña gran joya del cine reciente.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Kill Your Friends

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Elige la vida. Elige un empleo. Elige un grupo musical. Elige un artista. Elige un festival grande que te cagas. Elige un emepetrés, un iPod, un iPhone y un Pono. Elige tu disco, tus canciones y un guilty pleasure. Elige pagar entradas en la reventa virtual. Elige una demo. Elige a tus amigos. Elige tu camiseta y tus zapas a juego. Elige pagar a plazos una chupa en una amplia gama de putos tejidos. Elige un rompepistas y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos musicales que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo en la primera fila de un concierto miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que han engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes música?

Año 1997. El mundo ha sobrevivido a ‘La Macarena’ y al grunge. El britpop es el nuevo mainstream y el acid revienta las pistas de baile… y las cabezas de los que lo toman. La industria musical está en plena etapa de bonanza y el pirateo no es ni la sombra de la epidemia que pondrá todo patas arriba en los años venideros. Eran los tiempos en los que las compañías discográficas creaban grupos de usar y tirar con el fin de crear el hit de la temporada, sin pensar en ningún momento en el futuro del artista. Década gloriosa de one hit wonders y juguetes rotos. Año glorioso en que se enfrentaron el ‘Blur’ con el ‘Be Here Now’, cuando The Verve intentó chulear a los Rolling con ‘Bitter Sweet Symphony’, el año del seminal ‘OK Computer’ y de las girl bands que cantaban aquello de ‘Spice Up Your Life’ y ‘ Never Ever’… y de ‘Barbie Girl’. Sí, la del I’m a Barbie girl in the Barbie world. Life in plastic, it’s fantastic! Canción elegida como peor single del año por la revista NME pero que vendió más de ocho millones de copias en el mundo (casi dos solo en Reino Unido). Kill Your Friends nos muestra las entrañas de la industria musical y (nos) deja bien clarito a los sabiondos la verdadera clave del negocio musical: habiendo vendido millones de copias, ¿a quién cojones le importa una mala crítica?

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Owen Harris, director del icónico ‘San Junipero’ de Black Mirror y de algún que otro episodio de Misfits, debuta en el largo con la historia de Steven Stelfox, uno de los responsables de A&R (Artists and Repertoire, a.k.a. cazatalentos) en una compañía discográfica británica a finales de los noventa. Él es una de las mentes maquiavélicas que crea y manipula las necesidades musicales del gran público de la era pre-MySpace. Con la consiguiente (falsa) democratización que supuso la llegada de esa red social y el big-bang de la blogosfera musical, la figura de personas como Stelfox perderían (algo de) su poder… pero eso es cosa del futuro y este es el año 1997. Él es el hombre que decide cuáles van a ser los cuatro discos que compra anualmente el inglés medio. El hombre que decide qué canción venderá millones… o por lo menos aspira a serlo. Ya que por ahora es un cazatalentos más que busca hacer méritos para convertirse en el jefe de todo. Pero hallar una Whigfield (la del ‘Saturday Night’ y el consiguiente bailecito) es casi tan difícil como encontrar en Santo Grial, Stelfox decide optar por una vía más rápida, pero también más drástica e ilegal: el asesinato.

Stelfox se convierte de esa manera en una suerte de Patrick Bateman (más cercano al de la sobrevalorada adaptación de Mary Harron con Christian Bale que al original de Brett Easton Ellis) que hará todo lo posible por llegar a lo más alto, aunque se tenga que cargar a todos sus colegas de profesión. Nicholas Hoult (SkinsMad Max: Fury Road) retrata de manera intachable y desquiciada a este Stelfox, que más que un Bateman en potencia es un Tony Stonem más crecidito, en un universo paralelo donde no le hubiese atropellado un autobúsHoult se apropia de la pantalla desde el primer minuto y se engrandece con cada uno de sus monólogos interiores a lo Trainspotting sobre la industria musical y la inexistente libertad de decisión del consumidor. Una fórmula que igualmente remite a los soliloquios shakesperianos de uno de los mayores villanos catódicos de la última década: Frank Underwood de House of Cards. Como si de su Hank McCoy de la saga X-Men se tratase, Hoult sabe cómo y cuándo sacar su Bestia si la ocasión lo requiere o no. Puede que sobre el papel (y por sus acciones) el personaje de Stelfox sea un capullo integral, pero sabe cómo tocarnos en sus momentos de bajona (impagable catarsis con el videoclip de ‘Karma Police’) y nos alegremos en cierta manera con sus momentos de victoria, ya que, ¿a quién no le va a gustar un hijo de puta con el arte (y cuerpo) de Nicholas Hoult?

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Aunque la presencia de Hoult lo eclipse todo, cabe destacar el encasillamiento indie de Craig Roberts (Submarine) como el ayudante de Stelfox, tan encantador y poca cosa como siempre, Georgia King (The New Normal), como Rebecca, una secretaria que sabe más de música que todos sus superiores juntos, un pasado y anecdótico James Corden (Into the Woods y famoso por su carpool karaoke), un espídico Moritz Bleibtreu (Corre, Lola, corre) como dj/productor de pura mierda y una simpática y reivindicativa Rosanna Arquette (Pulp Fiction). Pero si alguien está a la altura de Hoult, esa es la selección musical de la película. Blur, Oasis, The Chemical Brothers, Primal Scream, Radiohead, The Prodigy… el impecable soundscape de una era. Kill Your Friends es una dulce mixtape para todo aquel amante de la música de los noventa, que se partirá de risa con las referencias de la búsqueda del nuevo pelotazo indie, la mercantilización del girl power, de lo ridículo y poco genuino que era lo experimental, de la cultura rave y, especialmente, con el hilarante y políticamente incorrecto name dropping.

Aunque a Stelfox y compañía les podría parecer una mierda. Kill Your Friends tiene todas las papeletas para terminar en el saco de películas de culto de esta década, como Lost RiverGreen RoomGod Help the GirlMemorias de un zombie adolescente (que también protagonizó Hoult). Cintas que no han roto la taquilla en ningún país pero que han tenido alguna buena crítica, como la que acabas de leer. Puede que al gran público no le interese lo más mínimo, pero a nosotros sí.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: Jackie

Con su quinta película, El club, el chileno Pablo Larraín se ganó la atención de todo el mundo. Con Neruda, el trabajo que la sucedió, se consolidó como uno de los cineastas más personales del panorama latinoamericano actual, algo que no podía pasar por alto Hollywood. La película sobre el poeta chileno nos presentaba un biopic atípico que escapaba de la rutina que en gran medida define (y constriñe) a este género. Y esa era justamente la aproximación que le hacía falta a un film como Jackie, con el que Larraín demuestra una vez más su enorme sensibilidad para la narración, la puesta en escena y la construcción psicológica de personajes.

Recurriendo al gastado tópico, Jackie trata sobre la gran mujer detrás del hombre, o en este caso, la gran mujer que sostuvo al hombre y vio cómo su vida se apagaba entre sus brazos durante uno de los acontecimientos más definitorios de la historia de Estados Unidos. Este elegante y delicado drama se centra en la figura de Jacqueline Kennedy, interpretada por Natalie Portman, durante los cuatro días siguientes al asesinato de su marido, el presidente de EEUU. Larraín y Portman nos dejan observar desde una esquina la vida de Jackie y el impacto que el trágico suceso causó en ella, mientras a su alrededor, el gobierno y la sociedad se sumen en el caos y el luto nacional. Todos los ojos están puestos en la Primera Dama, en su mirada perdida y su icónico Chanel rosa, salpicado de la sangre de su marido, mientras ella experimenta el momento más difícil de su vida.

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Larraín está interesado en indagar en ese proceso de pensamiento que Jackie atraviesa inmediatamente después del asesinato del presidente, en mostrarnos la faceta más humana y visceral del icono, y llevar a cabo un retrato psicológico de una mujer que a lo largo de la historia ha sido reducida a un vestido y una tragedia. Para humanizar la figura de Jackie (para la sociedad de los 60 un referente de moda, de estilo de vida, y en definitiva, un maniquí), Larraín pone a la Primera Dama frente a un reportero de investigación (Billy Crudup), reconstruye el famoso especial televisivo en el que la esposa del presidente hacía un tour por su Casa Blanca a los estadounidenses (escenas que sirven su cometido de enseñarnos la realidad desde el otro lado, pero que añaden demasiado falseamiento al film), e imagina un mundo interior que se exterioriza con imágenes cargadas de poesía visual -gracias a una fotografía preciosa, con planos de luz natural como suspendidos en el tiempo, un sublime acompañamiento musical compuesto por Mica Levi, y un diseño artístico impecable. Todo para servir a un drama construido a base de instantes esparcidos y reordenados para descifrar la personalidad de la Primera Dama.

Una mujer rota, pero fuerte. Destrozada, deambulando por las vastas estancias de su hogar sumida en su duelo y llena de incertidumbre, pero aun así con el control de su papel en la administración de su marido, preocupada por la imagen, y sobre todo protectora de su familia. Una dama con todas las letras encarnada por una portentosa Natalie Portman (encuadrada siempre en el centro, ocupando el punto de fuga, el lugar que le corresponde), que se mimetiza en Jackie, reproduciendo sus ademanes, su forma de andar, su dicción y su distinguida presencia para dibujar un personaje de un millón de matices, rebosante de emotividad e inteligencia. Larraín rasca la piel de Jackie hasta verla sangrar a ella también, para mostrarnos tanto su vulnerabilidad como su fortaleza. Pero Jackie no es solo un retrato de la Primera Dama, a su vez es uno del presidente visto a través de los ojos de su mujer, un biopic encubierto de JFK que nos habla de la breve pero ajetreada presidencia de Kennedy y el legado de su familia y su administración, “la de la gente bella”, los reyes de la tierra de Camelot.

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Con la historia de Jackie, Larraín reflexiona sobre la necesidad de líderes fuertes y perfectos, y de cómo, a pesar de tener que mantener en pie la fachada idealizada a través de la que el público los percibe, estos también son seres humanos que se plantean las grandes cuestiones. “Hay un momento en la vida de toda persona en el que se da cuenta de que no hay respuestas. Entonces lo asumes o te suicidas”. Jackie lo asume y sigue adelante (“Solo la gente vulgar se suicida”), nos recuerda cómo las personas afrontamos la pérdida, cómo debemos hacernos a la idea de vivir con ella. La clave nos la da, muy significativamente, el recientemente fallecido John Hurt, que interpreta al cura que asesora a la Primera Dama tras la tragedia: “Me acuesto todas las noches y miro a la oscuridad preguntándome ‘¿Esto es todo?’. Pero a la mañana siguiente te vuelves a despertar pensando en tomarte tu café”. Efectivamente, Jackie no es solo el retrato de Jackie Kennedy más allá del glamour, como tampoco se puede reducir simplemente a una gran interpretación, también se trata de un excelente ensayo sobre la pérdida y el legado, sobre la fuerza que nos empuja a vivir un día más. Uno que no nos ofrece respuestas definitivas (porque no las hay), pero sí nos da razones suficientes para entender la necesidad de seguir en pie, como Jackie, serena, preparada para todo, con las manos entrelazadas y mirando hacia delante.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Luke Cage: ¿A prueba de balas?

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Ya queda menos para ver en acción a Los Defensores, el equipo de superhumanos de pie de calle de Marvel, formado por Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist. Mientras esperamos a conocer a Danny Rand y a asistir al crossover más importante de la Marvel televisiva, repasemos lo que dio de sí la primera temporada de la entrega en solitario más reciente de NetflixLuke Cage. Después de darnos a conocer los rincones más oscuros de Hell’s Kitchen en DaredevilJessica Jones, Marvel Television nos sube en el metro y nos lleva hasta Harlem para contarnos la historia de Luke (Mike Colter), forzudo creado a principios de los 70 por Archie Goodwin y John Romita Sr., respuesta de La Casa de las Ideas al auge del cine de explotación protagonizado por actores negros.

Hasta ahora, Marvel Television ha mostrado una clara inquietud por diferenciar sus series individuales en Netflix dotándolas de un estilo marcado según los dictados de varios géneros cinematográficos. Así, Daredevil se construye como una cinta de artes marciales con toques de cine negro, mientras que Jessica Jones se adentra en el noir más clásico, tomando notas de las novelas de detectives y el pulp. Como no podía ser de otra manera, Luke Cage se presenta como un homenaje al blaxploitation, subgénero que la serie recrea excelentemente a través de la estética, la banda sonora de aire setentero y las escenas de acción (torponas hasta rozar el camp), y que adereza con los ingredientes tradicionales del cine de gángsters y guiños al western. Es decir, ya desde el primer episodio, Luke Cage deja patentes sus intenciones, marcando desde los primeros compases una personalidad fuerte y una identidad definida, lo cual se convierte en su mayor acierto.

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Contándonos la historia de Carl Lucas, un prófugo de piel tan dura como el titanio, Luke Cage lleva a cabo un retrato de la comunidad negra en Nueva York y una oda al barrio de Harlem, narrándonos las vicisitudes de los pequeños negocios y las dificultades de la población afromericana en un panorama de hostilidad y violencia creciente, así como la corrupción política del sistema, pero también celebrando su cultura en sus facetas más artísticas e innovadoras. Luke Cage vendría a ser el reflejo del movimiento Black Lives Matter en el género superheroico, una estilizada reconstrucción de la realidad en clave de ficción aumentada que nos habla de la brutalidad policial y los prejuicios, y que por encima de todo, reivindica la necesidad, y la responsabilidad, de reclamar, proteger y conservar para las siguientes generaciones una cultura de la que otros se han apropiado para explotarla con fines comerciales o para perpetuar el racismo. Con este objetivo en mente, la serie utiliza inteligentemente la música negra (rap, hip hop, blues, soul) para dibujar el contexto y la acción (el enfrentamiento final de Luke Cage y Diamondback está concebido como una batalla de rap) y da forma a un férreo discurso sobre la identidad y el legado de la población afroamericana en Estados Unidos.

“No soy un héroe, solo un tipo normal” -Luke

Pero más allá de su condición de símbolo, Luke Cage también representa el clásico dilema que define a casi todos los relatos superheroicos: ¿Qué hace al superhéroe? En este caso, la respuesta es más ambigua que la que podemos extraer de la facción cinematográfica de Marvel, ya que en la televisiva, las zonas grises están más extendidas y la diferencia entre el bien y el mal no se manifiesta de forma tan clara. Para responder a la pregunta tenemos que recurrir al personaje que ejerce como nexo de unión entre los Defensores, Claire Temple (Rosario Dawson). En esta ocasión, la enfermera adquiere un peso mayor en la historia (para alegría de todos) y aparece más tiempo en pantalla que en DaredevilJessica Jones, demostrando que es capaz de tener una química brutal con quien se le ponga delanteClaire es en el fondo la mayor heroína de la Marvel callejera, ya que carece de superpoderes, pero arriesga su vida igualmente para ayudar a los demás. Y esa es la lección que deja tras su (caldeado) paso por la vida de Luke Cage, a quien demuestra que no es necesario llevar armadura o capa para ser un superhéroe, que con llevar una sudadera con capucha y estar dispuesto a hacer lo correcto sin importar las consecuencias y sacrificarse por los demás es suficiente.

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Y hablando de arriesgar, otro de los aspectos más destacables de Luke Cage es su contenido para adultos, muy alejado de lo que acostumbramos a ver en las películas de Marvel, orientadas a todos los públicos. Ya desde antes del estreno, los responsables de la serie se aventuraban a definirla como “la The Wire de Marvel”. Y aunque la comparación le viene grande (enorme, de hecho), tiene parte de verdad, ya que Luke Cage aborda temas similares (la naturaleza del poder, la ambición, la corrupción del sistema, el crimen organizado) y se apoya fuertemente en el ritmo pausado y la crudeza de la aclamada ficción de David Simon. En Luke Cage se lleva un paso más allá lo que se hizo en Daredevil Jessica Jones, aumentando las dosis de violencia y las palabras malsonantes (otra cosa que reclama la serie es el uso del término “nigga”, que se repite constantemente), en un intento por explorar hasta dónde son capaces de llegar sus personajes, y también Marvel, que afortunadamente no parece poner trabas a la naturaleza más osada y adulta de estas series.

Pero no todo es positivo en la serie. De hecho, a pesar de sus aciertos, Luke Cage es la entrega de Marvel/Netflix más desigual hasta ahora. El principal problema que perjudica a la serie es algo que también afecta a DaredevilJessica Jones: que, aunque parezca mentira, 13 episodios de alrededor de una hora de duración es excesivoLuke Cage empieza con fuerza, pero se va desinflando por la necesidad de estirar las tramas para justificar la duración, y se resiente irreversiblemente hacia la mitad de la temporada, con la desaparición de Cottonmouth (Mahershala Ali), el mayor error de la serie. Con esta decisión se sacrifica un villano con presencia y carisma para cambiarlo por uno que parece una parodia, y dar más énfasis a otros rivales de Cage (la villana principal de la temporada es evidentemente Mariah Dillard), oponiendo al héroe a más de un enemigo. Pero en este caso, más no es mejor. Los prescindibles personajes secundarios, el superávit de malosos y la dilatación de los acontecimientos provoca demasiados puntos muertos y minutos de relleno que desfavorecen el conjunto.

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Por otro lado, el argumento es demasiado convencional y los diálogos son muy obvios, cayendo en la sobre-explicación y tocando todos los clichés posibles, algo que, por mucho que sea coherente con el estilo al que rinde homenaje, resulta en algo torpe y superficial. Y por último, su reparto no está al mismo nivel. Por un lado, Rosario Dawson, Mahershala Ali y Simone Missick hacen un estupendo trabajo, pero por otro, Alfre Woodard se pierde en la sobreactuación y construye a un personaje que roza el ridículo, mientras que a Mike Colter, nuestro protagonista, le falta mucha fuerza, paradójicamente. Colter tiene un físico impresionante que se ajusta como anillo al dedo a la imagen del personaje, pero su capacidad interpretativa está mucho menos desarrollada que sus músculos, y carece del carisma necesario para ser Power Man en todas sus dimensiones.

A pesar de todo, hay mucho margen para mejorar, más allá de la valiosa aportación que la serie realiza en un género eminentemente blancoLuke Cage parte con una gran ventaja, que no necesita tiempo como otras ficciones para afianzar su estilo, sino que arranca siendo muy consistente en su discurso, su voz y su estética diferente de los demás. Ahora hace falta que los guionistas se esfuercen un poco más al escribir los diálogos, construir la historia, y dotarla de profundidad más allá de los topicazos de género, para poder así llenar 13 capítulos con material de calidad, en lugar de tener que alargar las 6 horas interesantes que tienen. Porque aunque parece que Marvel está hecha a prueba de balas, en ocasiones no le viene mal que le digan que no es así.

Emerald City: No me cuentes cuentos

Totó, creo que ya no estamos en Kansas. Pero este sitio me suena. De hecho, me recuerda sospechosamente a Barcelona, pero como si un día la Ciudad Condal se hubiera despertado en una dimensión alternativa parecida a Poniente. Sus habitantes me son muy familiares, hasta conozco sus nombres, pero no son exactamente como los recordaba. Y en general tengo una sensación continua de déjà vu, de haber estado ya aquí, quizá en sueños…

Así es Emerald City, la nueva revisión en clave moderna de los libros del mundo de Oz, serie que reinventa la mitología imaginada por L. Frank Baum e inmortalizada en la cultura popular por la película de 1939, y la acerca al género de la fantasía épica y adulta que en estos momentos domina Juego de Tronos. Esta ficción de NBC, que llevaba varios años intentando salir adelante y ha acabado en ese vertedero de la programación estadounidense que son los viernes, viene de la mano de Matthew Arnold (Siberia) y Josh Friedman (Terminator: Las crónicas de Sarah Connor), y su primera temporada, que consta de 10 episodios, está íntegramente dirigida por Tarsem Singh, realizador indio-americano conocido por sus peripecias visuales en películas como La celdaThe Fall o Mirror, Mirror.

La mano de Singh se puede notar claramente en la puesta en escena. El diseño de producción, el suntuoso y extravagante vestuario, el uso del color y la cualidad plástica de la serie recuerdan inevitablemente a sus trabajos para el cine. El director ha encontrado un escenario ideal en España para recrear un Oz como soñado por Gaudí, en el que el Park Güell ejerce como corazón de la Ciudad Esmeralda. Pero la serie también se ha grabado en parte en tierras andaluzas (Guadix, Antequera, el Real Alcázar de Sevilla), que han hecho las veces de Texas y los diferentes páramos y poblados de la tierra de Oz. Lógicamente, la ambientación no llega al nivel de Juego de Tronos (su presupuesto es muy inferior al de la serie de HBO), pero afortunadamente tampoco cae en la caspa de otra de las series con las que no se puede evitar compararla, Once Upon a Time, quizá porque opta por lo artesanal en lugar de depender de lo digital.

Emerald City - Season 1

Emerald City se propone contarnos de nuevo la historia de El mago de Oz (y ya van…), pero desde una perspectiva más “oscura, sexy y dramática”, y ampliando sus fronteras según el resto de libros de Baum, algo que ya hizo hace más de dos décadas Gregory Maguire con su novela Wicked, a la que Emerald City debe mucho. Para ello primero se hacen los oportunos cambios, realizando una vuelta de tuerca en la que se conservan los nombres y la esencia de los personajes originales, pero se les da un aspecto y una biografía alterada. Así, Dorothy (Adria Arjona) es una mujer adulta (de origen latino, para más señas) que trabaja en Kansas como enfermera, antes de ser trasladada por el tornado junto a Totó (que ahora es un pastor alemán) a la mágica, y sobre todo peligrosa, tierra de Oz. Allí se encontrará con Lucas (Oliver Jackson-Cohen), versión mucho más apuesta y (en principio) totalmente humana del Espantapájaros, con el que viajará a la Ciudad Esmeralda para reunirse con el Mago de Oz (un horroroso Vincent D’Onofrio), quien prepara a su reino para la inminente llegada de la Bestia.

En el camino (un tenue rastro de polen de amapola en lugar de las famosas baldosas amarillas) nos topamos con enemigos y aliados sacados de las páginas de Baum, brujas, monos voladores y seres misteriosos que esta vez se mueven en un universo sombrío y hostil que nada tiene que ver con el clásico technicolor de Victor Fleming. Y así es como quedan a la vista las intenciones de este remake, que utiliza el gancho de algo icónico y conocido por todos, y lo reviste de una capa de violencia y grandiosidad, con tribus salvajes, burdeles, romance, acción y traiciones palaciegas, para atraer al espectador ávido de ficciones similares a Juego de Tronos. Sin embargo, la estrategia no ha salido bien, porque si quitamos el envoltorio, lo que nos encontramos es una caja hueca. Y de nada sirve tener los derechos de una propiedad tan querida y un universo fantástico tan fértil si no se sabe cómo hacerlo interesante más allá de la estética.

Emerald City - Season 1

Emerald City tiene potencial, pero se pierde en el tedio y la seriedad de una historia que apunta alto pero carece de profundidad, que parece transcurrir sin estructura, y sobre todo, que pone difícil la conexión con sus protagonistas, saltando de manera confusa entre localizaciones y tramas. No se puede decir que Dorothy, Tip, las brujas o el mago, sean personajes totalmente planos, pero no son lo suficientemente interesantes como para que nos involucremos en sus historias. Por esta razón, Emerald City acaba resultando a ratos impenetrable, a pesar de lo atractiva que pueda ser (y lo es bastante) o lo arraigada que esté su mitología en nuestra conciencia colectiva. Lo que podía haber sido una digna serie fantástica se queda en la enésima reinvención oscura de cuento de hadas (¿No ha habido ya suficientes fracasos como para dejar de intentarlo?), un producto vacío y aburrido que sumamos a la lista de reboots televisivos que no interesan a nadie.

Legion: Lo nunca visto

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Is this real life? ¿O estamos en Matrix? ¿Podéis estar completamente seguros de que lo que ven vuestros ojos es la realidad? ¿Cómo sabéis que no estamos viviendo en el sueño de una babosa gigante que flota sobre el espacio? ¿O en el delirio psicótico de Buffy Summers? ¿Por qué el amarillo es amarillo? ¿Es posible tener series de superhéroes que puedan sumarse al drama de calidad propio de la Peak Television? No, no estáis viviendo un sueño (que sepamos). Después de las series de Netflix que conforman el mundo de Los Defensores, nos llega Legion, la primera serie de Marvel y Fox perteneciente al universo mutante de X-Men, una ficción que se suma a la corriente más ambiciosa y adulta de la televisión superheroica, y cuyo piloto nos ha volado completamente la cabeza.

Legion está basada en el cómic de Chris Claremont y Bill Sienkiewicz, y viene de la mano de Noah Hawley, el creador de la aclamada Fargo, con producción ejecutiva de Bryan Singer y sus sospechosos habituales de Fox/Marvel. Ver el nombre de Hawley asociado a una adaptación de Marvel ya era motivo de entusiasmo suficiente, gracias a su excelente labor en FargoPero al ver el resultado, podemos decir con satisfacción que se han dinamitado las expectativas: Legion es completamente diferente a todo lo que hemos visto hasta ahora en su género, un producto elegante que ya desde el principio manifiesta una personalidad muy definida y una seguridad en sí mimo que solo se da cuando las personas que están al cargo saben lo que están haciendo.

Entrar en Legion es entregarse a la incertidumbre y la posibilidad. La serie nos cuenta la desquiciada historia de David Haller (Dan Stevens), un hombre con extraños poderes psíquicos al que se le diagnosticó en la adolescencia esquizofrenia paranoide. Internado en un hospital psiquiátrico, David vive sus días encerrado en la rutina de la vida hospitalaria, viendo el tiempo pasar junto a su amiga Lenny, una chiflada drogadicta (grande Aubrey Plaza). Sin embargo, todo cambia con la llegada de Sydney (Rachel Keller), una nueva paciente con aversión a ser tocada, por la que David se sentirá inevitablemente atraído, y que como él, también podría ser algo más que humana. Ambos entablarán una amistad dentro del hospital que desatará una complicada trama cuyas ramificaciones se desarrollarán entre la realidad y la fantasía, sin saber dónde está la frontera entre ambas.

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Y ese es uno de los mayores atractivos de la serie, el juego que plantea al espectador, que como su protagonista, se cuestiona constantemente si lo que está viendo está teniendo lugar en la realidad o en la cabeza de David mientras este vegeta en una silla del hospital. Esto convierte a la serie en una pizarra en blanco en la que es posible dibujar cualquier cosa, una que Hawley utiliza para explorar el alcance de la imaginación y llevar a cabo uno de los productos televisivos más visualmente estimulantes que podemos ver en la actualidadLegion derrocha inventiva y energía por los cuatro costados y su acabado estético a lo ’60s es impecable. Los efectos digitales, la fantástica iluminación y paleta de colores, el simbolismo y la simetría, los planos aberrantes, incluso los cambios de frame, todo indica una inquietud máxima por convertir la serie en un espectáculo visual acorde a la atormentada y bulliciosa mente de David.

Por no hablar de la música. Un intenso score electrónico por pare de Jeff Russo (Fargo, The Night of) que recuerda a la obra de Cliff Martinez (The Knick), salpicado de temas rock perfectamente puestos al servicio de la imagen y el espíritu psicodélico de la serie. De hecho, Hawley ha reconocido que una de sus principales inspiraciones para Legion es el disco de Pink Floyd Dark Side of the Moon, continuando así la visión de Claremont y Sienkiewicz (no en vano, el nombre de Sydney es un homenaje al fundador de esta mítica banda, que se dice que padeció esquizofrenia). Y salta a la vista. El “Chapter 1” de Legion está plagado de momentos excéntricos (genial número de baile incluido), inquietantes, incluso terroríficos, en los que se utilizan las herramientas fantásticas para contar una historia humana y reflexionar sobre qué es “lo normal”, y hasta qué punto ser diferente conlleva estar loco o ser un freak (“¿Y si los problemas no están en tu cabeza? ¿Y si no son problemas?”). Discurso que, como en las películas de X-Men, llevará a la formación de un grupo de mutantes opuestos al sistema que los persigue por ser distintos, en este caso reunido bajo la supervisión de la misteriosa figura de Melanie Bird (Jean Smart).

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El primer episodio de Legion es la mejor carta de presentación posible, un aperitivo abundante (70 minutos de delicioso desvarío) donde ya podemos ver lo mucho que podría dar de sí la serie si juega bien sus cartas (y sinceramente, yo ya creo en Hawley a pies juntillas). Con solo un capítulo, la de Dan Stevens ya es una de las mejores interpretaciones del Universo Marvel/mutante (esperemos que vaya a más, y no al contrario) y la serie no es solo un regalo para los sentidos, sino que su historia es sólida y da alicientes de sobra para atraparnos: un camino de autoconocimiento, una trama conspiranoide, un precioso chico-conoce-chica-mutante (el beso en el reflejo del cristal es uno de los planos más bonitos que he visto en mucho tiempo), y la acción más imaginativa (esa literalmente explosiva y mágica fuga del hospital, magníficamente filmada). Lo que hemos visto hasta ahora no podría ser más prometedor. Pero queremos más, mucho más. Este solo el principio del viaje alucinante de David Haller. Nosotros también le estrechamos la mano, y que nos lleve adonde quiera.

Crítica: Batman La LEGO Película

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Parece mentira, pero La LEGO Película acabó siendo una de las mejores cintas de animación de 2014, y en general una de las más gratas sorpresas cinematográficas de ese año. Mientras esperamos la “LEGO secuela”, el mismo equipo detrás de aquella alocada aventura ambientada en el mundo de las famosas piezas de construcción, nos trae Batman la LEGO Película, spin-off dirigido por Chris McKay y producido por Phil Lord y Christopher Miller, que nos da la bienvenida al universo superheroico de DC Comics en su versión más autoparódica y, paradójicamente, menos cuadriculada. Los superhumanos de DC ya formaron parte de la primera LEGO Película, así que es lógico que Batman, el Joker y los demás icónicos héroes y villanos de la editorial pasen a primer plano para protagonizar su propia historia. Pero como es obvio, los de esta película nada tienen que ver con las encarnaciones en acción real que hemos visto hasta ahora en el serio y oscuro Universo Extendido de DC.

Batman (doblado en su versión original por Will Arnett) fue el gran robaescenas de La LEGO Película. Ahora, esta versión exagerada y cómica del Hombre Murciélago vive su propio viaje personal, en el que profundizamos en la identidad del personaje (“un héroe con nombre y máscara de villano”) más de lo que cabía esperar. Claro que este Batman es muy diferente al que han llevado a la gran pantalla Michael Keaton, Christian Bale y Ben Affleck, una proyección aumentada y extremadamente autoconsciente, un Batman egocéntrico y narcisista hasta el paroxismo, y con inclinación a expresarse rapeando hard rock (no le deis más vueltas, claro que tiene sentido). A pesar de esto, Batman La LEGO Película se las arregla para llevar a cabo una exploración de este icono de los cómics más interesante, con más aristas y más lógica interna que la que nos encontramos en Batman v Superman (algo que no era muy difícil, pero que merece mención), respetando el material de DC y entendiendo mejor al personaje.

En Batman La LEGO Películael millonario Bruce Wayne disfruta de una vida de lujo y exceso, aderezada por la gloria que le supone ser en secreto el superhéroe más famoso de Gotham. Sin embargo, cuando la hija del comisario Gordon releva a su padre como jefe de la policía, esta desvelará una gran verdad que sacudirá sus cimientos: Batman nunca acaba con sus enemigos definitivamente, todos vuelven, y por tanto, el nivel de criminalidad de la ciudad nunca baja. Este jocoso detalle autorreferencial es el punto de partida para una aventura en la que Batman tendrá que enfrentarse al Joker y su retorcido plan para liberar a los villanos más peligrosos que se encuentran encerrados la Zona Fantasma, personajes malvados de otras sagas (la mayoría propiedad de Warner Bros.) que dejan a los de Gotham en evidencia y hacen que la película alcance niveles de crossover capaces de hacer cortocircuitar a fanboys y fangirls de cualquier edad ([Posible spoiler] Harry Potter, Godzilla, Matrix, Doctor Who, King Kong, El Mago de Oz, Gremlins y DC, todos mezclados en la misma historia = NERDGASM [Fin del posible spoiler]).

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Batman La LEGO Película hace gala del mismo ritmo espídico y tono hiperactivo y tontorrón de su predecesora. Los chistes y gags visuales se suceden con tal velocidad que 1) es muy fácil perderse muchos la primera vez, y 2) puede llegar a saturar y hacer que el humor acabe resultando repetitivo. Dejando esto a un lado, Batman LEGO es un gran triunfo a todos los niveles: es una comedia divertidísima, una cinta de acción espectacular, una parodia muy inteligente, una película de superhéroes ejemplar, y la mejor entrega de Batman y DC desde El Caballero Oscuro (que de nuevo, no es decir mucho, pero hay que decirlo).

Pero sobre todo, y como adelantaba antes, se trata de una exploración del mito de DC mucho más completa de lo que cabía esperar de una película hecha a base de ladrillos de juguete. El conflicto central de Batman LEGO es la superación de la propia personalidad solitaria e independiente del Hombre Murciélago, que le ha llevado a convertirse en un individuo frío y recogido en sí mismo, un hombre egoísta que no necesita a nadie más para llevar a cabo su cometido. Ni siquiera a su archinémesis, el Joker, que herido en el corazón por la indiferencia de su enemigo hacia sus fechorías decide poner en marcha su maquinación para conquistar Gotham (y reconquistar a su enemigo). Este es uno de los aspectos más hilarantes de la película, la dinámica Batman distante-Joker despechado, abordada cómicamente (pero nunca de manera ofensiva) como si se tratara de una relación romántica. Pero serán los viejos amigos (Alfred) y los nuevos aliados (Barbara Gordon y Robin) los que le ayuden a darse cuenta de lo importante que es aprender a trabajar con los demás, idea con la que la película enarbola un emotivo mensaje de celebración de la familia elegida (es decir, los amigos), especialmente importante para Batman y Robin, que tienen en común haber crecido sin la biológica.

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Por supuesto, todo está envuelto en un aire de guasa que invita a no tomarnos demasiado en serio la película, pero que esto no nos haga obviar algo importante: un guion y una construcción de personajes que ya quisieran para ellos Zack Snyder o David Ayer. Y es que además de hacer reír y asombrar/marear como el mejor de los blockbusters y el cine familiar más infalible, Batman LEGO realiza una muy oportuna e irreverente metarreflexión sobre el género con la que se ríe de forma cómplice de las convenciones del cine de superhéroes y en concreto de la historia audiovisual de Batman (algo parecido a lo que hizo recientemente Deadpool, con “audiocomentario” desgranando el proceso de creación de una película, pero en su versión para todos los públicos) mientras divierte con una ametralladora de referencias, guiños (alguno disparado a la competencia) y cameos que harán las delicias de los fans de DC, y del cine y los cómics en general.

Aunque no llega (por poco) al nivel de La LEGO Películaesta nueva entrega de Batman ha resultado ser mucho más que un subproducto. Tan cuidada en el aspecto visual como la primera (esas increíblemente realistas texturas de plástico, esa gloriosa animación que simula la técnica del stop-motion sin fisuras, ese diseño de producción que nos deja una Gotham y una Batcueva para babear), y con el mismo tipo de humor desenfadado, absurdos momentos musicales y una tendencia más progresista reflejo de la evolución del cine mainstream (Batman celebra ante la audiencia que su relación con Batgirl es solo amistosa), Batman La LEGO Película supone un irresistible delirio pop que nos deja con ganas de otras aventuras LEGO/DC. En especial una centrada en ese cretino de Superman, doblado en su versión original por Channing Tatum (se da por sentada), y sobre todo otra para seguir disfrutando del mejor personaje de la película: Robin.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Moonlight

Moonlight

“No dejes que los demás decidan quién eres”. Esta es la idea que recorre Moonlight, de Barry Jenkins, una conmovedora e inteligente historia sobre el amor, las raíces y el perdón que se ha erigido como una de las mejores películas del año. Avalada por críticas espectaculares y 8 nominaciones a los OscarMoonlight representa un cambio en el panorama de Hollywood, un cine mayoritario más abierto e inclusivo, que ha situado una cinta de “temática gay” protagonizada por un reparto casi íntegramente negro entre lo más destacado de la temporada de premios. Pero que no nos engañe este dato, Moonlight no está ahí para cumplir una cuota o enmendar errores del pasado, sino que ha llegado adonde está por méritos propios, por ser uno de los films más arrebatadoramente bellos y sensuales que hemos podido ver recientemente.

Moonlight es la historia de una vida. De una vida definida por los demás. La de Chiron, un muchacho negro de los suburbios de Miami que busca su lugar en el mundo mientras crece rodeado de problemas: una madre drogadicta, un padre ausente y acoso escolar por ser gay, mucho antes de que él mismo sea consciente de lo que esa palabra significa. Moonlight es la crónica de una vida, un viaje de autoconocimiento de la infancia a la adultez en el que observamos cómo alguien va moldeando su personalidad según sus experiencias, según las conexiones que realiza a través del camino, y siempre condicionada por el pasado, por la familia, la biológica (el lastre de una madre enferma) y la elegida (el refugio que supone encontrar a Juan -Mahershala Ali- y Teresa -Janelle Monáe). Contada en tres secciones que corresponden a tres etapas distintas de la vida de Chiron (infancia, adolescencia, vida adulta), Moonlight lleva a cabo una inspirada reflexión sobre la identidad y la masculinidad cargada de poesía y emoción.

La forma en la que Jenkins trata a la historia y los personajes denota un profundo respeto y amor por lo que está contando. Salta a la vista que se trata de un trabajo personal, un relato procedente de las entrañasMoonlight nos da a conocer a un cineasta de una sensibilidad a flor de piel, un director con tanta buena mano para profundizar en los sentimientos de sus personajes como para exteriorizarlos a través de una puesta en escena que acaricia los sentidos. Todo en la película está cuidado con sumo cariño para arropar al espectador en una experiencia profundamente íntima y reveladora. La vibrante fotografía de James Laxton, que juega con los tonos cromáticos (azules y violetas asaltándonos en la oscuridad) para regalarnos unas noches cinematográficas de ensueño, la magnífica banda sonora de Nicholas Brittell, salpicada de momentos musicales que remiten al mejor cine de Almodóvar y Wong Kar-wai, y una cámara que sabe siempre dónde ponerse para hacernos sentir, componen un sobresaliente ejercicio de estilo que nunca sacrifica lo que está contando a favor de la estética. En parte gracias también a la increíble labor de su reparto: la magnética presencia de Mahershala Ali, la calidez reconfortante de Janelle Monáe y la desgarradora interpretación de Naomie Harris. Sin desmerecer a los actores jóvenes, en cuyas interpretaciones descansa la mayor parte de la película.

En Moonlight acompañamos a Chiron, excelentemente encarnado en respectivas etapas biográficas por Alex R. HibbertAshton Sanders y Trevante Rhodes, en un recorrido que le lleva de la desorientación y el desamparo de una infancia difícil hasta una juventud criminal, resultado directo de sus vivencias. Y en el centro, una historia de amistad, deseo y exploración. Una cuya aceptación con todas sus implicaciones representa el final de un trayecto y el inicio de otro. Jenkins nos narra la relación entre Chiron y Kevin a base de momentos casuales, enriquecida por los silencios y los roces, por una desbordante tensión sexual, y culminante en una escena final entre Trevante Rhodes y André Holland en la que las miradas y el lenguaje corporal cuentan lo que miles de palabras no son capaces de expresar. Una conclusión que, si bien parece contenerse demasiado al privarnos de una catársis romántica, resume perfectamente el camino de Chiron y el discurso de la película sobre la identidad.

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Moonlight nos cuenta una historia de crecimiento y superación con la particularidad de situarla en la comunidad negra, donde la homosexualidad encuentra más obstáculos que en otros entornos. A través de Chiron y de las personas que dan forma a su personalidad, interpretados por un elenco de talento inconmensurable, Jenkins nos habla de los corsés que oprimen y de la necesidad de liberarnos de los prejuicios, de perdonar a quienes nos fallaron (incluidos nosotros mismos) para decidir ser quienes queremos ser, y no quienes los demás esperan que seamos. Una valiosísima lección de vida convertida en la más hermosa de las experiencias cinematográficas.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Manchester frente al mar

¿Cómo se explica el dolor más profundo? ¿Cómo se sobrevive a él? ¿Cómo se convierte en cine? Kenneth Lonergan (Margaret) responde a estas cuestiones con Manchester frente al mar (Manchester by the Sea), conmovedor drama sobre un hombre roto que nos habla del peso asfixiante del pasado, de los lazos familiares y la necesidad de mirar hacia delante. Una película que, de no ser por el aluvión de premios y nominaciones que le ha caído, habría pasado quizá más desapercibida por su naturaleza quieta y su manera tan seca de afrontar el melodrama. Pero que su enfoque aparentemente desapasionado no os engañe, estamos ante una película que cala muy hondo, que casi sin que nos demos cuenta se mete en los huesos como el peor de los fríos y nos sacude de arriba a abajo.

Manchester frente al mar nos lleva hasta la costa de Massachussets para contarnos la historia de los Chandler, una familia de clase obrera azotada por la tragedia. Tras la muerte de Joe (Kyle Chandler), su hermano menor, Lee (Casey Affleck), regresa al pueblo para gestionar su funeral y hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges). Ante la posibilidad de convertirse en el tutor legal del chico y dejar su residencia actual en Boston para volver a instalarse en el pueblo, Lee se ve obligado a enfrentarse a un terrible pasado que lo llevó a separarse de su esposa, Randi (Michelle Williams), así como de la comunidad en la que se crió. Allí, Lee debe revivir una vez más el recuerdo más lacerante que uno pueda imaginar, mientras decide la mejor manera de ayudar a su sobrino, ahora que no cuenta con sus padres.

La primera hora de Manchester frente al mar transcurre en los márgenes del costumbrismo. Conocemos a Lee, un hombre atormentado y parco en palabras que sobrevive a duras penas trabajando como conserje y parece deambular por la vida como si estuviera esperando su hora para marcharse. Lo acompañamos en su viaje de regreso al hogar donde creció (uno de los lugares comunes más fértiles del cine independiente), para descubrir hacia la mitad del metraje el hecho que lo cambió, y que lo cambia, todo. Un punto de inflexión que obliga a reevaluar lo visto hasta ese momento, que hace que de repente entendamos el carácter de Lee y apreciemos de forma casi retroactiva la magistral interpretación de Casey Affleck. Es entonces cuando el grito ahogado que recorre toda la película rompe en un alarido insoportable, y las emociones que han estado bullendo bajo su fría fachada empiezan a subir a la superficie.

Pero Lonergan no deja que estas se apoderen del film, sino que se asegura de que sea el espectador quien tenga el control en todo momento de lo que siente con respecto a sus personajes, de lo que este quiere sacar en claro de ellos. Para esto, el director aborda el drama con temple absoluto, llevando a cabo una narración magistralmente sutil, subrayada por un inteligente montaje con el que se construye un brillante relato no lineal. Los actores, por su parte, son el pegamento que une las piezas dispersas en el tiempo. La interpretación contenida y matizada de Affleck es el núcleo emocional de la película, mientras que son Williams y Hedges los que aportan los necesarios momentos de catarsis, estallando en sendas escenas de prodigioso naturalismo que bien justifican sus nominaciones al Oscar (el desgarrador encuentro de Randi con Lee al final, y el derrumbe de Patrick frente al congelador).

Y a pesar de la devastadora tristeza que recorre la película y del sufrimiento que caracteriza a sus protagonistas, Lonergan trata a sus personajes con el cariño y la compasión que necesitan, ayudando a paliar el dolor (suyo y nuestro) con acertadas pinceladas de humor (muchas cortesía de Patrick y su ajetreada vida amorosa) y momentos entrañables (a la hora sobre todo de mostrarnos la preciosa relación entre tío y sobrino), y permitiéndoles ver la luz al final del túnel. Por todo esto, Manchester frente al mar es una película que emociona sin que se le vean las costuras, una de esas historias que nos dicen tanto con tan poco, y que del mismo modo que hacen un angustioso nudo en el estómago, lo liberan con un también sutil mensaje de ánimo y esperanza.

Pedro J. García

Nota: ★★★★