Crítica: Lion

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La construcción de la identidad personal supone el viaje más importante de todo ser humano. Esa odisea comienza desde la más tierna infancia y llega a su consecución cuando el sujeto llega a una etapa de madurez. Esa identidad hace que el sujeto sea único, aunque comparta afinidades a diferentes grupos sociales. Las figuras paternales son el elemento clave en las primeras etapas de este viaje, ya que el sujeto crea la base de su identidad a través de la reflexión y la observación de sus actos. La consecución de la identidad no es un acto certero y permanente, ya que al ser un proceso dinámico, puede variar a lo largo de los años o puede no verse completada hasta una etapa más avanzada de adultez. Tanto esos cambios como la imposibilidad de encontrar unos rasgos o características diferenciadas provocan una crisis de identidad. Lion se acerca a ese preciso momento del conflicto en que todo se rompe y la sensación de vacío se hace insoportable.

Al adentrarse en su tercera década de existencia, Saroo sufre una crisis de identidad. A pesar de contar con un entorno positivo y acogedor, tanto por parte de su familia de adopción como de su pareja, y un futuro halagüeño, la melancolía que le atenaza es atroz. Aunque haya madurado y se haya convertido en una persona adulta, Saroo no ha logrado encontrarse a si mismo. Puede que haya logrado construir una identidad propia, pero esa misma no le sirve a sus treinta años. Por ello, debe encontrarse a sí mismo y para ello debe desenterrar su origen. Saroo fue adoptado a los cinco años por una pareja australiana después de haber aparecido perdido en las calles de Calcuta. Es ese pasado pre-australiano el que cohibe la creación de la identidad de Saroo y es por ello que decide encontrar a su madre y a sus hermanos.

Mediante un parsimonioso inicio, Garth Davis (Top of the Lake) nos muestra la infancia de Saroo: las condiciones precarias de su hogar, los pequeños robos junto a su hermano, su sufrida madre,… Una situación que se rompe cuando el pequeño Saroo (interpretado por el efectivo debutante Sunny Pawar) se queda dormido dentro de un tren con destino a Calcuta, a unos dos mil kilómetros de su ciudad natal. Aunque arriesgado, este prólogo sin apenas diálogos y que sobrepasa los veinte minutos de extensión, es todo un acierto por parte de Davis ya que logra tanto sentar el tono del film como que el espectador se imbuya de lleno en la pérdida de Saroo y se emocione con el proceso de adopción.

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Tras un salto temporal, Lion se olvida de esa cadencia y opta por un ritmo más vertiginoso y fragmentado, descuidando en demasía la narración. Esa decisión provoca la sensación de estar viendo pequeños tráilers o resúmenes de las escenas que realmente tendríamos que estar visionando. Este desbarajuste se ve solventado gracias a la carga emocional intrínseca de la historia. Es completamente imposible no emocionarse a medida que las investigaciones vía Google Earth van dando sus frutos y, especialmente, con el climax final.

Es bonito ver hasta dónde ha llegado un viejo amigo como Dev Patel (Slumdog Millionaire. ¿Quieres ser millonario?). Diez años hace ya que le conocimos en la primera generación de Skins. Diez años en los que le hemos visto crecer, tanto profesional (ha sido chico Boyle, Shyamalan, Sorkin…) como físicamente (su cambio en Lion es sorprendente). Como colofón a esta década de amistad y para que no sufra una crisis de identidad como la de su personaje, Patel ha conseguido su primera candidatura a los Oscar como mejor actor secundario. Galardón que no logrará por el alto nivel de sus competidores, pero es una mención que se agradece dado su trabajo interpretativo en este film. Igualmente irreprochable es la conseguida por Nicole Kidman (Moulin Rouge) por su papel como madre adoptiva de Saroo. Esperemos que este papel le haya servido a Nicole para centrarse y volver a elegir mejor sus papeles, ya que desde su retorno solo había vuelto a dar en la diana en Los secretos del corazón y Stoker.

Lion es un melodrama tremendamente efectivo y bastante efectista, que aunque muestre en demasía tanto sus costuras como su hoja de ruta, emociona de lo lindo hasta al espectador más hierático.

David Lastra

Nota: ★★★

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