Crítica: Toni Erdmann

“¿Eres feliz?”. Esa es la pregunta que hace que te lo plantees todo, que te hace caer. No es que tú no te lo plantees a diario. Incluso cada dos horas. Pero cuando alguien te lo pregunta, de repente sales de tu propio cuerpo e intentas mirar tu vida desde fuera para emitir una valoración. Lo que ves, muy probablemente, casi seguro, no sea lo que pensaste que sería tu vida a estas alturas. Y por si eso no fuera ya tortura suficiente, cuando la pregunta te la hace uno de tus progenitores, la cuestión adquiere dimensiones abrumadoras. Un padre o una madre no suele preguntarte “¿Eres feliz?”, pero lo piensa constantemente, te lo dice con la mirada, le preocupa día y noche, piensa en las dos respuestas posibles y se atormenta y responsabiliza cuando le toca la negativa. Aunque quizá no deberíamos, padres e hijos somos hasta cierto punto responsables de la felicidad mutua, y así tiene lugar el ciclo sin fin. La búsqueda de la felicidad es una de las máximas del ser humano, y también, a grandes rasgos, el tema central de la última comedia revelación del cine europeo, Toni Erdmann.

Ines Conradi (Sandra Hüller) trabaja en una importante empresa alemana con sede en Bucarest. Su vida es a todas luces la de una joven triunfadora. La visita de su padre, Winfried (Peter Simonischek) pondrá patas arriba su existencia al plantearle la pregunta. La que un padre o una madre puede dejar caer de forma casual como si no estuviera pensando constantemente en hacerla. “¿Eres feliz?”. Ines lo tiene todo. O al menos tiene una vida laboral tan ajetreada que hace que lo que no tiene no pese tanto. Incapaz de contestarle, y por tanto, respondiendo a su padre sin dejar lugar a dudas, Ines se ve obligada a reevaluar su vida. Winfried es lo que se podría describir como un payaso tranquilo, un grandullón travieso que se ha autoadjudicado la responsabilidad de hacer reír y empujar a los demás a ver el lado positivo. Ines no puede evitar sentirse avergonzada de su padre, sobre todo cuando este irrumpe sin avisar en su entorno laboral durante unos días decisivos para su carrera. Aunque al principio se muestra reticente a dejarse llevar, Ines acaba cediendo gracias a un personaje imaginario creado por su padre, un life coach con pelos de loco y dentadura prominente llamado Toni Erdmann.

La de la alemana Maren Ade es una propuesta cuanto menos original, una película excéntrica pero profundamente humana que tiene el poder de hacer reír mientras nos obliga a reflejarnos en su historia y pensar (da igual que no trabajéis como ejecutivos en una gran compañía cuya función nunca sabréis explicar a los demás, el sentimiento es universal). La película aborda con ingenio, gran sentido del humor y discreta pero aplastante emoción la relación entre un padre y una hija, pretexto para hablarnos de temas como la brecha generacional o la sociedad y el trabajo en el siglo XXI y elaborar una crítica al capitalismo y el sexismo. Y lo hace casi en segundo plano, a base de detalles que pueden pasar desapercibidos, planos que muestran las diferencias de clase o la pobreza en la que se asienta la riqueza de las multinacionales, así como detalles en las interacciones sociales que componen observaciones agudas, y en muchos casos descorazonadoras, sobre el ser humano en la actualidad. Todo mientras se nos está contando una historia aparentemente ligera a base de humor absurdo y situaciones extravagantes.

Ade construye la película a base de episodios, algunos más divertidos que otros, que fluctúan constantemente entre el drama y la comedia, y pueden resultar tan livianos como conmovedores. Su intención a la hora de utilizar el humor parece ser la de servir como terapia no solo para su protagonista, sino también para el espectador, al que se dirige sin condescendencia, buscando la risa y la complicidad, pero también desconcertado, incomodando. Véase por ejemplo la (muy aplaudida) secuencia de la fiesta de cumpleaños nudista de Ines, la escena más magistral e hilarante de la película. En ese momento, Ade está actuando como el propio Toni Erdmann, buscando la risa, liberando tensiones, a la vez que compone un gag extendido que debería estudiarse en las escuelas de cine. Pero si bien la película incluye esta y muchas otras secuencias memorables (la que da lugar al cartel, sin ir más lejos), también acumula escenas que se podrían haber cortado sin problemas. Con un metraje que asciende a casi tres horasToni Erdmann tiende a divagar y a repetirse demasiado, prolongando su historia más de la cuenta.

Este es el principal problema (y no es baladí) de un film que, por otra parte, no debería perderse nadie que se precie de llamarse cinéfilo. Aunque no consiga justificar su larga duración, al menos siempre tenemos en pantalla a Hüller y/o Simonischek, que nos ofrecen dos trabajos interpretativos sublimes, en especial la primera, que está inconmensurable. En los actores se puede ver el riesgo, la emoción y la inteligencia que caracteriza al proyecto, una comedia insólita y valiente, pero también extenuante, que si bien no nos desvela la fórmula de la felicidad, nos invita a seguir buscándola.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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