Crítica: La tortuga roja

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Cuando Hayao Miyazaki se retiró (por enésima vez) y Ghibli anunció que iba a dejar de realizar largometrajes animados debido a una situación económica insostenible, su ferviente comunidad de fans en todo el mundo lloró una pérdida muy importante para el cine. El estudio que nos ha dejado joyas increíbles como La princesa Mononoke, La tumba de las luciérnagasEl viaje de Chihiro se despedía con la promesa de (quizá) volver algún día, y a continuación se embarcaba en nuevos proyectos (entre ellos un cortometraje para el museo Ghibli dirigido por Miyazaki que podría convertirse en largo). Bajo este nuevo orden en Ghibli llega La tortuga roja (La tortue rouge), primera producción del estudio nipón fuera de Japón, un proyecto que se lleva gestando desde 2008.

Dirigida por el animador holandés Michael Dudok de WitLa tortuga roja se distancia de la estética clásica de Ghibli, pero conserva hasta cierto punto el espíritu de sus obras más arriesgadas (es decir, las del genio en la sombra Isao Takahata). Combinando técnicas tradicionales y digitales, La tortuga roja aúna sensibilidades japonesa y europea para llevar a cabo una preciosa fábula continuadora de los valores del estudio, presentando en esta ocasión una particularidad que la diferencia de sus anteriores títulos: está narrada sin diálogos. La película nos cuenta la historia de un náufrago atrapado en una isla desierta que tratará de escapar, viendo cómo sus esfuerzos son en vano cuando una misteriosa tortuga roja que parece custodiar la isla insiste en destruir su balsa. Rodeado de aves, cangrejos y otros animales marinos, el hombre deberá hacerse a la idea de que tendrá que vivir su vida en la naturaleza, pero lo que no espera es que la tortuga la cambie para siempre.

Como muchas de las obras maestras de Ghibli, La tortuga roja inculca el amor por la naturaleza y el medioambiente, como base de un cuerpo de valores que ensalzan la amistad, la familia, la tolerancia y el respeto. Y lo hace mediante un relato imbuido del la-tortuga-roja-postermisticismo propio de las leyendas folclóricas, envuelto en un romanticismo (en la acepción más amplia de la palabra) y un sentido de la magia y el asombro que nos recuerdan a los cuentos japoneses. Pero a su vez, La tortuga roja posee ese aire experimental del cine de animación que se hace en Europa (y en parte de Estados Unidos), y que le da un aspecto diferente, único. La maravillosa fluidez del movimiento tanto en el agua y la vegetación como en la anatomía humana y animal (que recuerda a la técnica clásica de la rotoscopia, aunque sorprendentemente no fue usada en el film), la simple pero elocuente paleta de colores y el trazo limpio y elegante convierten en máxima la mínima expresión, reclamando con pasión y convencimiento el arte de la sencillez.

Pero este minimalismo no solo se manifiesta en las formas, sino también en el fondo, en una historia profunda y trascendental, llena de ternura y magistralmente narrada sin hacer uso de la palabra. La imagen y el sonido (magnífica banda sonora de Laurent Perez del Mar, si bien demasiado acentuadora) son las herramientas con las que Dudok de Wit traza un poema visual desnudo de emociones para ilustrarnos el ciclo de la vida y sumergirnos de lleno en la hermosa experiencia de la naturalezaLa tortuga roja es una conmovedora aventura que prueba que el espíritu de Ghibli sigue vivo en el cine, y que la animación puede contarnos las historias más esencialmente humanas.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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