Crítica: Silencio, de Martin Scorsese

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La última vez que nos encontramos con Martin Scorsese en el cine fue para asistir a la vorágine de sexo, droga y oro verde que protagonizaba Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street. Para su siguiente largometraje, Silencio, el aclamado director pasa del exceso del Wall Street de los 80 a la más absoluta contención del Japón feudal. Este radical cambio de aires proporciona a Scorsese un terreno para explorar la que podría ser una de las historias más profundas y espirituales de su filmografía. Pero que el “silencio” y la austeridad de la propuesta no os engañen, Silencio también manifiesta la ambición característica del realizador estadounidense, solo que esta vez se refleja en pantalla de otra manera.

Basada en la novela homónima de Shushaku Endo, que ha sido adaptada para la gran pantalla por Jay Cocks (guionista que ha colaborado con Scorsese en La edad de la inocencia y Gangs of New York), Silencio nos traslada a Japón durante la segunda mitad del siglo XVII para contarnos una increíble historia de resistencia y sacrificio. Dos jóvenes jesuitas, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garrpe (Adam Driver), viajan a este país en busca de su mentor, Ferreira (Liam Neeson), un misionero que, tras ser perseguido y torturado por los japoneses, ha renunciado a su fe. Ocultos en una vieja cabaña, donde subsisten a duras penas gracias a los furtivos habitantes cristianos del pueblo cercano, los dos religiosos comprueban el horror que los japoneses ejercen sobre los practicantes de esta fe, y en última instancia vivirán en sus propias carnes el suplicio y la violencia que tantos otro han sufrido por profesar lealtad a una religión distinta a la imperante.

silencioEn SilencioScorsese prescinde de florituras estilísticas (y de DiCaprio), optando por una narración mucho más pausada y contenida. Tanto es así que las casi tres horas de metraje (como veis, el director se mantiene fiel a sí mismo) se convertirán en un ejercicio de resistencia que acentúa el calvario que viven sus protagonistas durante la segunda mitad del film, y que con suerte invitará a reflexionar junto a ellos sobre las complejas cuestiones que la historia plantea. De esta manera, Scorsese lleva a cabo un apasionante tratado sobre la fe que puede resultar extenuante, que exige un esfuerzo extra por parte del espectador, pero que le recompensa con momentos de auténtica y dolorosa belleza.

Como decía, aunque Silencio es una de las obras más sobrias y aparentemente sencillas del autor, se trata también de uno de sus trabajos más ambiciosos. Meticulosamente realizada, visualmente sobrecogedora (incluso en los momentos más duros) y de una gran carga poética, el film supone un viaje espiritual que transcurre entre la épica emocional y la intimidad más desgarradora. El brutal trabajo interpretativo de Andrew Garfield y Adam Driver, que se abandonan física y espiritualmente a sus personajes, facilita la inmersión en la historia, un relato intenso y difícil de digerir, pero del que se sale de alguna extraña manera purificado.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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