Riverdale: La reinvención de Archie merece ser vuestra nueva obsesión

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Lo reconozco. Soy como un niño o un adolescente que se obsesiona por algo durante un periodo (más bien breve) de tiempo, y no puede pensar en otra cosa. Y mi mayor obsesión actual se llama Riverdale, el ambicioso nuevo drama de la cadena CW que en España emite Movistar+, y que ha llegado pisando fuerte para satisfacer mi naturaleza de quinceañero forracarpetas, y la de todos los que disfruten de las buenas series de adolescentes, tengan la edad a la que (en principio) se dirigen, o sean un público más talludito, como es mi caso. Sea como sea, Riverdale está hecha para enganchar, para enamorar como un primer cuelgue, para excitar en todos los sentidos posibles de la palabra, y yo os aconsejo que os dejéis llevar, porque a nadie amarga un dulce.

La CW es probablemente la cadena que mejor conoce a su audiencia. Su parrilla está compuesta de ficciones orientadas al público más joven, con énfasis en el drama, los superhéroes y el romance teen, y a lo largo de los años ha perfeccionado su fórmula. Por eso sabían exactamente cómo tenían que acometer esta reinvención de uno de los iconos más populares del tebeo norteamericano, Archie. En este sentido, el piloto de Riverdale es toda una declaración de intenciones, tan tradicional en su aproximación al género como evolucionado. En él nos encontramos a un Archie muy distinto al que conocíamos pero a la vez muy familiar, y lo mismo ocurre con sus amigos, Betty, Veronica o Jughead, que en la serie pasan por el filtro CW para convertirse en el prototipo de adolescente millennial que se ha convertido en bandera para la cadena.

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Creada por Roberto Aguirre-Sacasa (guionista entre otras de LookingSupergirl) y producida por Greg Berlanti (el arquitecto de las series juveniles de DC Comics), Riverdale lleva las historietas de Archie al siglo XXI, convirtiéndolas en un electrizante misterio en el que se pueden detectar fácilmente sus numerosas (auto)influencias. El piloto nos presenta una fusión matemática de Dawson crece, la serie teen que dio forma al género en televisión a finales de los 90, Veronica Mars, uno de los mayores títulos de culto de la cadena, y Gossip Girl, la evolución natural de las series juveniles en la era de las redes sociales. Así, los personajes de Archie se convierten en adolescentes resabiados e hipersexuales que hablan como guionistas de 40 obsesionados por la cultura popular (exactamente como Dawson Leery y sus amigos), y la historia nos remite a otras ficciones sobre pequeñas comunidades llenas de secretos, como Neptune, y por encima de todo, Twin Peaks (ahí está Mädchen Amick como nexo de unión). Aunque por supuesto también recuerda a Pretty Little Liars (cómo no, le debe mucho a CW), e incluso contiene trazas de ese manual imprescindible del género que es Mean Girls.

Esta fuerte intertextualidad que asienta los cimientos de Riverdale sostiene una carta de presentación astutamente pensada, un producto iconoclasta que entra muy bien por los ojos, que engancha con su misterio y que presenta de forma interesante a sus personajes, dándonos la información pertinente para atraparnos a la vez que plantea interrogantes que nos obligarán a volver al pueblo para desvelar sus mil y un enigmas. Por otro lado, la factura de la serie es impecable. Se trata sin duda de uno de los proyectos más cuidados de CW en el apartado técnico y visual, como atestigua su fotografía etérea y salpicada de neón, las localizaciones fantasmagóricas de los alrededores de Riverdale, el diner sacado directamente de Twin Peaks o el instituto, escenario casi irreal en el que jocks y animadoras pululan al servicio de la visión más idealizada por la ficción de los institutos norteamericanos. Todo envuelto en un aura noctura y onírica que le da un estilo diferenciado a pesar su amalgama de referentes.

Y luego está lo que no puede fallar en ninguna serie CW, que está plagada de gente atractiva para enganchar a adolescentes enamoradizos (valga la redundancia) y hacer aun más llevadero su visionado. Como mandan las normas de la cadena, los protagonistas de Riverdale son guapos, visten como si salieran de un catálogo de moda y lucen unos cuerpazos que poco tienen que ver con el aspecto que normalmente tiene alguien de 16 años en la vida real (como podemos comprobar las innumerables ocasiones en las que la serie les quita la ropa). Pero lo mejor es que saben que estás al tanto, y lo explotan con una autoconsciencia deliciosa. Sin ir más lejos, el nuevo Archie Andrews se aleja considerablemetne del clásico. Como dicen Betty y Kevin al ver a su amigo por la ventana después de las vacaciones, “¡Archie se ha puesto macizo!” Efectivamente, ahora Archie tiene la cara y el cuerpo de un Zac Efron pre-anabolizantes, cortesía del recién llegado KJ Apa, moldeado por los dioses de Tumblr para conquistar Internet y nuestros corazones (en realidad es más guapo que Efron, todo hay que decirlo). Pero mientras Archie se lleva toda la atención de sus compañeros sorprendidos por el cambio (una de las meta-referencias mejor hiladas en el piloto) y del espectador (que lo ve metido en una caliente trama muy “Pacey Witter Season 1”, ya me entendéis), son ellas las que llevan las riendas de la historia. En especial Veronica (una fusión de Jen Lindley y Serena Van Der Woodsen autocoronada reina de las referencias pop) y la mean girl Cheryl Blossom (Regina George mezclada con Lydia de Teen Wolf).

En resumen, Riverdale traslada los cómics de Archie al presente, y aunque conserva elementos clave de la historia, personajes y nombres, nos ofrece una versión totalmente renovada, mucho más oscura, sexy, y tan provocadora y progresista como cabía esperar (en esta relectura, la icónica girl band Josie and the Pussycats es íntegramente afroamericana, los personajes queer no faltan y el sexo carga el ambiente). Y es que ya nadie se escandaliza por algo tan inocente como Betty y Veronica dándose un morreo en plena audición para el equipo de animadoras. Ni que estuviéramos en 2004. Además de divertir con este tipo de momentos y su verborrea pop, la serie seduce con unos personajes bien definidos desde el principio, una potente banda sonora (Johnny Jewel, Santigold, M83) y una excelente ambientación, además de plantear un whodunit (“¿Quién mató a Jason Blossom?”) que promete muchos giros y sorpresas. Como suele ocurrir con este tipo de ficciones, Riverdale corre el riesgo de degenerar en algún momento, pero por ahora no cabe duda de que es un caramelo. Todavía es pronto para saber si está envenenado, así que mientras lo descubrimos disfrutemos de su efervescente sabor.

Pedro J. García

Crítica: Lion

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La construcción de la identidad personal supone el viaje más importante de todo ser humano. Esa odisea comienza desde la más tierna infancia y llega a su consecución cuando el sujeto llega a una etapa de madurez. Esa identidad hace que el sujeto sea único, aunque comparta afinidades a diferentes grupos sociales. Las figuras paternales son el elemento clave en las primeras etapas de este viaje, ya que el sujeto crea la base de su identidad a través de la reflexión y la observación de sus actos. La consecución de la identidad no es un acto certero y permanente, ya que al ser un proceso dinámico, puede variar a lo largo de los años o puede no verse completada hasta una etapa más avanzada de adultez. Tanto esos cambios como la imposibilidad de encontrar unos rasgos o características diferenciadas provocan una crisis de identidad. Lion se acerca a ese preciso momento del conflicto en que todo se rompe y la sensación de vacío se hace insoportable.

Al adentrarse en su tercera década de existencia, Saroo sufre una crisis de identidad. A pesar de contar con un entorno positivo y acogedor, tanto por parte de su familia de adopción como de su pareja, y un futuro halagüeño, la melancolía que le atenaza es atroz. Aunque haya madurado y se haya convertido en una persona adulta, Saroo no ha logrado encontrarse a si mismo. Puede que haya logrado construir una identidad propia, pero esa misma no le sirve a sus treinta años. Por ello, debe encontrarse a sí mismo y para ello debe desenterrar su origen. Saroo fue adoptado a los cinco años por una pareja australiana después de haber aparecido perdido en las calles de Calcuta. Es ese pasado pre-australiano el que cohibe la creación de la identidad de Saroo y es por ello que decide encontrar a su madre y a sus hermanos.

Mediante un parsimonioso inicio, Garth Davis (Top of the Lake) nos muestra la infancia de Saroo: las condiciones precarias de su hogar, los pequeños robos junto a su hermano, su sufrida madre,… Una situación que se rompe cuando el pequeño Saroo (interpretado por el efectivo debutante Sunny Pawar) se queda dormido dentro de un tren con destino a Calcuta, a unos dos mil kilómetros de su ciudad natal. Aunque arriesgado, este prólogo sin apenas diálogos y que sobrepasa los veinte minutos de extensión, es todo un acierto por parte de Davis ya que logra tanto sentar el tono del film como que el espectador se imbuya de lleno en la pérdida de Saroo y se emocione con el proceso de adopción.

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Tras un salto temporal, Lion se olvida de esa cadencia y opta por un ritmo más vertiginoso y fragmentado, descuidando en demasía la narración. Esa decisión provoca la sensación de estar viendo pequeños tráilers o resúmenes de las escenas que realmente tendríamos que estar visionando. Este desbarajuste se ve solventado gracias a la carga emocional intrínseca de la historia. Es completamente imposible no emocionarse a medida que las investigaciones vía Google Earth van dando sus frutos y, especialmente, con el climax final.

Es bonito ver hasta dónde ha llegado un viejo amigo como Dev Patel (Slumdog Millionaire. ¿Quieres ser millonario?). Diez años hace ya que le conocimos en la primera generación de Skins. Diez años en los que le hemos visto crecer, tanto profesional (ha sido chico Boyle, Shyamalan, Sorkin…) como físicamente (su cambio en Lion es sorprendente). Como colofón a esta década de amistad y para que no sufra una crisis de identidad como la de su personaje, Patel ha conseguido su primera candidatura a los Oscar como mejor actor secundario. Galardón que no logrará por el alto nivel de sus competidores, pero es una mención que se agradece dado su trabajo interpretativo en este film. Igualmente irreprochable es la conseguida por Nicole Kidman (Moulin Rouge) por su papel como madre adoptiva de Saroo. Esperemos que este papel le haya servido a Nicole para centrarse y volver a elegir mejor sus papeles, ya que desde su retorno solo había vuelto a dar en la diana en Los secretos del corazón y Stoker.

Lion es un melodrama tremendamente efectivo y bastante efectista, que aunque muestre en demasía tanto sus costuras como su hoja de ruta, emociona de lo lindo hasta al espectador más hierático.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: Múltiple (Split)

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Mucho se ha escrito sobre M. Night Shyamalan, su cine y su accidentada trayectoria profesional. El que fuera hace más de una década uno de los realizadores más populares de Hollywood estuvo a punto de caer en el ostracismo después de encadenar varios proyectos fallidos y perder el favor de un público que ya no comulgaba con sus trucos narrativos. Hace un par de años, Shyamalan orquestó su comeback asociándose con la casa de éxitos del todopoderoso Jason BlumBlumhouse Productions (la productora detrás de InsidiousThe Purge), y sorprendió con su visión personal de un género aparentemente moribundo, el found footageLa visita nos devolvió al genio del suspense que conocimos gracias a El sexto sentido, pero bajo un envoltorio digital aparentemente desnudo de adornos estilísticos. Con su nueva película, Múltiple (Split), Shyamalan continúa fiel a sus designios pero deja la cámara en mano para volver a fijar su cine de meticulosos encuadres, fueras de campo y simbolismo visual.

Es decir, aunque no llegue al nivel de sus títulos más celebrados, Múltiple supone un regreso a la forma en toda regla. Este intenso thriller psicológico no pierde el tiempo en preámbulos y prácticamente nos introduce de lleno en la acción, el secuestro de tres adolescentes a manos de Kevin (James McAvoy), un hombre de mente fracturada que padece el trastorno de identidad disociativa y en cuya cabeza habitan hasta 23 personalidades diferentes. Con su identidad primaria enmudecida por la guerra dialéctica interna que su sufrida psicóloga (magnífica Betty Buckley) trata de moderar, son varios álter ego en concreto los que toman el control de su cuerpo y llevan sus pulsiones más oscuras hasta las últimas consecuencias. Mientras las chicas hacen lo posible por intentar escapar, una última identidad amenaza con emerger en Kevin, un ser monstruoso conocido como La Bestia que pretende dominar a las otras 23.

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Shyamalan lleva a cabo una filigrana de guion repleta de pasajes retorcidos, rincones sombríos y detalles semi-ocultos que dan lugar a un relato de misterio que atrapa de principio a fin. Y si lo lleva a buen puerto es gracias a unos diálogos bien construidos y dosificados para mantener la incertidumbre y la confusión sin que se pierda el hilo, a su excelente aprovechamiento del claustrofóbico espacio (similar a Calle Cloverfield 10) y a su capacidad para generar terror sin recurrir a sustos baratos (curioso teniendo en cuenta el estudio que lo avala). Shyamalan vuelve a transcurrir en los márgenes del fantástico, jugando a sembrar la duda en el espectador sobre si lo que está viendo tiene su base en la ciencia (se cree que algunos casos llegan a manifestar atributos físicos únicos correspondientes a cada personalidad) o si nos estamos adentrando en el terreno de lo sobrenatural. Ese tira y afloja es una de las máximas del cine de Shyamalan y lo que hace que Múltiple sea tan absorbente. No importa si las respuestas a los enigmas que plantea no son excesivamente sorprendentes, o si la explicación de la naturaleza del trastorno decepciona a quienes buscaban una respuesta u otra. Lo importante es que para llegar hasta ahí, Shyamalan nos ha sumergido en un juego perverso que nos ha mantenido en vilo, planteándonos un puzle adictivo y guiándonos hacia la resolución sin caer en las obviedades o las sobre-explicaciones, dejando que el espectador se encargue de unir las últimas piezas por sí mismo.

Pero este viaje al fondo de la mente no sería ni la mitad de fascinante si no se hubiera escogido al actor adecuado para ponerse en la piel de Kevin. Y en este sentido, el mayor acierto de Múltiples su protagonista, James McAvoy, talento todoterreno que ofrece un brillante recital interpretativo al saltar de una personalidad a otra (a veces en la misma escena y en cuestión de segundos), valiéndose tanto de su amplio abanico de registros como de su capacidad física para transformarse y su soltura con los acentos. McAvoy desconcierta, seduce, divierte, enerva, y en definitiva resulta absolutamente convincente haciéndonos creer en la existencia separada de un psicópata, una señora estirada fan del cuello vuelto, un gay experto en moda (esos estrereotipos, Shyamalan…) o un niño inocente con frenillo que, sorprendentemente, comparten la misma cara.

Y si lo de McAvoy es antológico (nunca mejor dicho), no hay que obviar el trabajo de Anya Taylor-Joy, la revelación de La bruja, una actriz de mirada expresiva y fuerte magnetismo que ejerce como contrapunto perfecto a Kevin. A través de una serie de flashbacks que nos llevan hacia la infancia de Casey (Taylor-Joy), Shyamalan nos muestra la conexión que existe entre ella y su captor, un vínculo primario y visceral que tiene su razón de ser en el tema central de la película: la lucha contra los propios monstruos que se originan a partir de un evento traumático del pasado. Si bien los flashbacks, esparcidos a lo largo del metraje, funcionan a medias (interrumpen la acción para aportar información que se podía haber añadido con menos incursiones en el pasado), sirven para completar el discurso de Shyamalan y conducirnos hacia ese clímax en el que todo cobra sentido. A su manera.

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Un desenlace en el que es aconsejable intentar no pensar demasiado durante la película. A pesar de su indudable talento para la construcción del suspense, la puesta en escena y la narración visual, el aspecto más definitorio del cine de Shyamalan sigue siendo el ya obligatorio “giro final”. En este caso, más que un giro argumental, se trata de una puntilla que lo cambia todo sin cambiar nada de lo que hemos visto durante las dos horas anteriores. Así que lo ideal, aunque sea complicado, es dejarse llevar por la experiencia y disfrutar (o sufrir) del camino sin obsesionarse con el destino.

Aunque Múltiple suponga hasta cierto punto una reversión a los días de El sexto sentidoEl protegido, la película muestra claros síntomas de evolución en un cineasta que con su anterior película había dinamitado las expectativas sobre lo que es “una película de Shyamalan”. La visita nos introdujo a un director renovado, más libre y dispuesto a volverse loco. En Múltiple nos reencontramos con el Shyamalan de siempre, seguro de sí mismo y de lo que está haciendo a cada paso, pero también con el nuevo, el que ha encontrado un filón en el humor negro y la sátira, el que se permite sumergirse en el exceso para divertir a la vez que inquieta (Múltiple es a ratos una comedia borderline, cuyo humor puede ser percibido como una debilidad cuando es una de sus mayores fortalezas) y quiere que no sepas hasta qué punto debes tomarlo en serio o no. Y lo más importante es que este Shyamalan híbrido no se ha olvidado de lo esencial, de la emoción que suele impregnar todos sus relatos y la humanidad que define a sus personajes. Incluso a los que son monstruos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

[Reseña DVD] ‘Born to Be Blue’ y ‘Equity’, agitando los géneros

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Sony Pictures Home Entertainment estrena en exclusiva dos películas que no hemos podido disfrutar en salas de cines, Born to Be Blue Equity, dos propuestas diferentes entre sí, pero igualmente interesantes que tienen algo en común: se salen considerablemente de los parámetros del tipo de cine en el que se inscriben, llevando sus respectivos géneros a nuevos territorios que merece la pena explorar.

En Born to Be Blue, el nominado al Oscar Ethan Hawke (Antes de amanecer, Boyhood, Bocados de realidad) se pone en la piel del mítico Chet Baker, la leyenda del jazz cuya tumultuosa vida recrea el director Robert Budreau. En los años 50, Baker era uno de los trompetistas más famosos del mundo, un icono de estilo y pionero de la escena jazzística de la Costa Oeste, pero a Budreau no le interesa tanto narrar la historia de su ascenso a los cielos del jazz, sino su descenso a los infiernos y posterior resurgir en la década de los 60.

Born to Be Blue nos muestra a un Chet Baker en horas bajas, destrozado por su adicción a las drogas y luchando por regresar a sus años de éxito, motivado por su deseo de seguir viviendo para compartir su arte, y por el apasionado romance con una actriz a la que da vida en la película Carmen Ejogo (SelmaAnimales fantásticos y dónde encontrarlos). De esta manera, Budreau escapa de las normas del biopic clásico para firmar una película en la que la realidad y la ficción se fusionan y sus personajes quedan liberados de reglas narrativas, tal y como si se tratase de una sesión de jazz fílmica.

Se podría decir que Born to Be Blue es un anti-biopic, una película biográfica que está más interesada en hacer sentir el espíritu de su protagonista y su arte que en informar sobre su vida. Y para ello, Hawke ofrece una interpretación visceral y entregada que fue elogiada a su paso por los festivales de cine del año pasado, y que nos recuerda por qué es uno de los intérpretes más versátiles y con más talento de su generación.

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Por otro lado nos llega también la primera visión 100% femenina de Wall Street en el cine, Equity, dirigida por Meera Menon. La ganadora al Emmy por Breaking Bad Anna Gunn protagoniza esta película hasta ahora inédita en España sobre una agresiva ejecutiva de banca de inversión que dirige la controvertida salida a bolsa de una compañía tecnológica justo tras la crisis financiera mundial. Este intenso thriller sobre Wall Street nos habla ofrece una perspectiva diferente a lo que el género nos tiene acostumbrados.

Michael Douglas o Leonardo DiCaprio nos invitaron a conocer las presiones y los excesos del mundo financiero en Nueva York, desde un prisma puramente masculino y sin escatimar en sexismo y misoginia. Equity, escrita, dirigida, producida y protagonizada por mujeres, nos presenta el punto de vista femenino de este despiadado y asfixiante mundo laboral que puede acabar con la cordura, incluso con la vida de más de uno, y lo hace con un claro mensaje feminista: “Las mujeres también podemos ser ambiciosas y no hay que avergonzarse de desear y disfrutar el éxito y el dinero”. Pero Equity no esquiva los problemas que suelen condicionar a la mujer en su entorno laboral, sobre todo en puestos de alta responsabilidad, mostrando su lucha para poder tener las mismas oportunidades que sus compañeros y denunciando el sexismo al que aun se enfrentan, incluso las que han superado (supuestamente) el techo de cristal, como el personaje de Gunn.

Así, Equity se construye como un drama con toques de suspense y thriller cibernético que sigue las normas de este tipo de cine, pero a su vez lo presenta desde un prisma innovador, rompiendo el monopolio masculino de las películas sobre Wall Street.

Born to Be Blue (DVD)

Duración: 97 minutos. Contenidos adicionales: Cómo se hizo

Equity (DVD)

Duración: 96 minutos. Contenidos adicionales: Líneas grises: Así se hizo Equity; Grupo de chicas: la equidad del poder; Rueda de prensa del Festival de Cine de Los Ángeles con Anna Gunn, Meera Menon, Alysia Reiner, Sarah Megan Thomas y Samuel Roukin

Crítica: Toni Erdmann

“¿Eres feliz?”. Esa es la pregunta que hace que te lo plantees todo, que te hace caer. No es que tú no te lo plantees a diario. Incluso cada dos horas. Pero cuando alguien te lo pregunta, de repente sales de tu propio cuerpo e intentas mirar tu vida desde fuera para emitir una valoración. Lo que ves, muy probablemente, casi seguro, no sea lo que pensaste que sería tu vida a estas alturas. Y por si eso no fuera ya tortura suficiente, cuando la pregunta te la hace uno de tus progenitores, la cuestión adquiere dimensiones abrumadoras. Un padre o una madre no suele preguntarte “¿Eres feliz?”, pero lo piensa constantemente, te lo dice con la mirada, le preocupa día y noche, piensa en las dos respuestas posibles y se atormenta y responsabiliza cuando le toca la negativa. Aunque quizá no deberíamos, padres e hijos somos hasta cierto punto responsables de la felicidad mutua, y así tiene lugar el ciclo sin fin. La búsqueda de la felicidad es una de las máximas del ser humano, y también, a grandes rasgos, el tema central de la última comedia revelación del cine europeo, Toni Erdmann.

Ines Conradi (Sandra Hüller) trabaja en una importante empresa alemana con sede en Bucarest. Su vida es a todas luces la de una joven triunfadora. La visita de su padre, Winfried (Peter Simonischek) pondrá patas arriba su existencia al plantearle la pregunta. La que un padre o una madre puede dejar caer de forma casual como si no estuviera pensando constantemente en hacerla. “¿Eres feliz?”. Ines lo tiene todo. O al menos tiene una vida laboral tan ajetreada que hace que lo que no tiene no pese tanto. Incapaz de contestarle, y por tanto, respondiendo a su padre sin dejar lugar a dudas, Ines se ve obligada a reevaluar su vida. Winfried es lo que se podría describir como un payaso tranquilo, un grandullón travieso que se ha autoadjudicado la responsabilidad de hacer reír y empujar a los demás a ver el lado positivo. Ines no puede evitar sentirse avergonzada de su padre, sobre todo cuando este irrumpe sin avisar en su entorno laboral durante unos días decisivos para su carrera. Aunque al principio se muestra reticente a dejarse llevar, Ines acaba cediendo gracias a un personaje imaginario creado por su padre, un life coach con pelos de loco y dentadura prominente llamado Toni Erdmann.

La de la alemana Maren Ade es una propuesta cuanto menos original, una película excéntrica pero profundamente humana que tiene el poder de hacer reír mientras nos obliga a reflejarnos en su historia y pensar (da igual que no trabajéis como ejecutivos en una gran compañía cuya función nunca sabréis explicar a los demás, el sentimiento es universal). La película aborda con ingenio, gran sentido del humor y discreta pero aplastante emoción la relación entre un padre y una hija, pretexto para hablarnos de temas como la brecha generacional o la sociedad y el trabajo en el siglo XXI y elaborar una crítica al capitalismo y el sexismo. Y lo hace casi en segundo plano, a base de detalles que pueden pasar desapercibidos, planos que muestran las diferencias de clase o la pobreza en la que se asienta la riqueza de las multinacionales, así como detalles en las interacciones sociales que componen observaciones agudas, y en muchos casos descorazonadoras, sobre el ser humano en la actualidad. Todo mientras se nos está contando una historia aparentemente ligera a base de humor absurdo y situaciones extravagantes.

Ade construye la película a base de episodios, algunos más divertidos que otros, que fluctúan constantemente entre el drama y la comedia, y pueden resultar tan livianos como conmovedores. Su intención a la hora de utilizar el humor parece ser la de servir como terapia no solo para su protagonista, sino también para el espectador, al que se dirige sin condescendencia, buscando la risa y la complicidad, pero también desconcertado, incomodando. Véase por ejemplo la (muy aplaudida) secuencia de la fiesta de cumpleaños nudista de Ines, la escena más magistral e hilarante de la película. En ese momento, Ade está actuando como el propio Toni Erdmann, buscando la risa, liberando tensiones, a la vez que compone un gag extendido que debería estudiarse en las escuelas de cine. Pero si bien la película incluye esta y muchas otras secuencias memorables (la que da lugar al cartel, sin ir más lejos), también acumula escenas que se podrían haber cortado sin problemas. Con un metraje que asciende a casi tres horasToni Erdmann tiende a divagar y a repetirse demasiado, prolongando su historia más de la cuenta.

Este es el principal problema (y no es baladí) de un film que, por otra parte, no debería perderse nadie que se precie de llamarse cinéfilo. Aunque no consiga justificar su larga duración, al menos siempre tenemos en pantalla a Hüller y/o Simonischek, que nos ofrecen dos trabajos interpretativos sublimes, en especial la primera, que está inconmensurable. En los actores se puede ver el riesgo, la emoción y la inteligencia que caracteriza al proyecto, una comedia insólita y valiente, pero también extenuante, que si bien no nos desvela la fórmula de la felicidad, nos invita a seguir buscándola.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Loving

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La carrera de Jeff Nichols ha estado hasta ahora caracterizada por cierto inconformismo tranquilo. El joven director originario de Arkansas ha evitado adherirse a la corriente, insistiendo en las historias peculiares, contadas desde un punto de vista muy personal que ha demostrado su talento para abordar géneros muy distintos sin salirse de sus parámetros como autor. Con Take Shelter, el cineasta se ganó el favor de la crítica y el público, manifestando una sensibilidad muy especial para la ciencia ficción. Aquella película, protagonizada por Michael Shannon y Jessica Chastain consolidaba desde bien temprano un estilo que podemos reconocer en sus siguientes trabajos, el cuento americano a lo Mark Twain Mud, la nostálgica revisión del cine sci-fi de los 70-80 Midnight Special, y este año, su primera incursión en el biopic, Loving.

El cine de Nichols se ha movido hasta ahora en la periferia del cine comercial, satisfaciendo a la crítica y a una pequeña porción de la audiencia, pero sin llegar a estallar en el mainstream como algunos de sus contemporáneos, Denis Villeneuve o Damien Chazelle, por nombrar un par de ellos. Loving es su ticket para entrar en los círculos más prestigiosos del cine de Hollywood. Una historia de corte más academicista que narra un hecho histórico en la lucha por los derechos civiles en Norteamérica, y con la que Nichols se coló al principio de la carrera de los Oscar. Con el paso de los meses y la llegada de competidores más fuertes, Loving ha pasado a segundo plano, pero eso no quiere decir que no siga siendo una de las cintas más destacables del año.

Basada en hechos reales e inspirada en el documental de HBO The Loving Story, la película nos cuenta la preciosa historia de amor de Mildred y Richard Loving (Ruth Negga y Joel Edgerton), una pareja interracial que se casó en Virginia en 1968. Poco después de comenzar su vida en común, el matrimonio es arrestado y encarcelado, ya que su relación es ilegal en el estado donde siempre han vivido, y donde sueñan con formar una familia. Las autoridades les dan un ultimátum, o se divorcian o se marchan del estado, teniendo prohibido volver en 25 años. Los Loving optan por el exilio y abandonan su hogar para mudarse a Washington D.C. Pero el anhelo de la vida en el campo y sus familias les llevan a luchar por su regreso a casa, para lo que inician un proceso legal con la intención de abolir la ley, que va en contra de los derechos humanos.

Comparada con su filmografía previa, Loving es el trabajo decididamente más convencional de Nichols. Aquí no hay pasajes de realismo mágico, ni ciencia ficción destilada en el drama, sino lo que cabe esperar de una película biográfica. Sin embargo, Loving posee una sinceridad y una inteligencia emocional que no encontramos en la mayoría de biopics de Hollywood. La historia de los Loving (no me detendré a hablar de lo convenientemente mágico de su apellido) está contada con la característica intensidad contenida de Nichols, situando a sus personajes al borde de la erupción, sin que estos lleguen nunca a estallar en grandes gestos melodramáticos. En este sentido, es necesario elogiar la soberbia labor interpretativa de sus protagonistas, Ruth Negga y Joel Edgerton, dos actores completamente entregados a sus papeles y a la causa de sus personajes. Negga borda la inocencia combatiente de Mildred, el dolor del amor que se puede ver reflejado en sus ojos, mientras Edgerton construye a un personaje silenciosamente apasionado y visceral de forma muy elocuente, a base de sutiles matices que nos dicen todo lo que está pensando, y demostrando así una vez más que es uno de los talentos más infravalorados del cine actual.

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Loving es una película de tenue belleza y gran delicadeza, sobria pero cálida, tan tranquila a la hora de hablar de temas tan tumultuosos que la fuerza que hay bajo su elegante fachada puede pasar desapercibida. Pero si intentamos ponernos en la piel de los Loving entenderemos que el objetivo no es realizar un gran drama hollywoodiense con fanfarrias y discursos motivadores para desatar la lágrima fácil, sino simplemente hacer llegar un mensaje que no necesita aditivos: Lo único que los Loving quieren es que les dejen amar y ser amados, y poder construir un futuro donde han vivido felices su pasado. Para ellos, cambiar el mundo es un (afortunado) hecho colateral que allana el camino para las causas que a día de hoy seguimos luchando. Y por eso Nichols nos lo presenta arropado en un manto de ternura, con mucho tacto y mesura, rindiendo tributo al amor entre los sujetos reales de la historia. Loving cuenta un hecho de suma importancia histórica desde una perspectiva muy humana, y ahí es donde encontramos al Nichols de siempre.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Figuras ocultas

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Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres no vende”. También Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres negras no le interesa a nadie”. Los medios: Figuras ocultas, película protagonizada por tres actrices afroamericanas, es un éxito con más de 20 millones de recaudación en su primer fin de semana en Estados Unidos. Hollywood: Esto…

Después del #OscarsSoWhite del año pasado, Hollywood se está poniendo las pilas para tratar de arreglar el problema de representación racial que hay en la industria del cine. En este panorama de cambio (intensificado en respuesta al temible cambio que a su vez está ocurriendo en el poder), llega oportunamente Figuras ocultas (Hidden Figures), drama dirigido por Theodore Melfi (St. Vincent) que nos narra un importante capítulo en la lucha por los derechos civiles de las mujeres y la población afroamericana en Estados Unidos, donde la segregación racial todavía era una realidad amparada por la ley.

Figuras ocultas cuenta la historia de un equipo de élite de mujeres negras que trabajaron en la década de los 60 como matemáticas en la NASA, las brillantes mentes en la sombra que ayudaron a Norteamérica a ganar la carrera espacial contra su mayor rival, la Unión Soviética, propulsando así un importante movimiento de igualdad de derechos. La película, basada en el libro de Margot Lee Shetterly, se centra en tres de estas mujeres en concreto, Kaherine G. Johnson (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe), “figuras ocultas” de la NASA, tan importantes como los astronautas que recibieron la gloria, pero que no se enseñan en las clases de historia, a pesar de ejercer como los “ordenadores humanos” que hicieron posibles los viajes espaciales en el umbral de la nueva era informática.

A través de estos inspiradores personajes presenciamos el viaje a las estrellas de un grupo de mujeres pioneras en el contexto de una nación deseosa de superarse a sí misma y rebasar a las demás potencias. La lucha por los derechos civiles, la Guerra Fría y el avance tecnológico funciona como telón de fondo de un relato muy humano, lleno de emoción y humor, y confeccionado a medida según los parámetros del cine biográfico. Efectivamente, Figuras ocultas es todo lo que cabe esperar de un biopic histórico, tanto es así que es posible recitar los diálogos antes de que estos tengan lugar. Y ese es su mayor defecto, que se ajuste de manera tan convencional a las reglas del género, reproduciendo las mismas charlas motivadoras de siempre, los mismos clichés de superación y las mismas situaciones lacrimógenas que hemos visto en tantos otros films parecidos, y que la acercan peligrosamente a territorio telefilm.

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Sin embargo, esto no puede (o no debe) distraernos del gran valor de una película como esta, de su necesidad, por desgracia tan vigente. Aunque Figuras ocultas se las arregle en un par de ocasiones de convertir al hombre blanco en el héroe de esta historia (que el director y guionista sean blancos quizá tenga que ver, quizá no), son Dorothy, Mary y sobre todo Katherine, las que nos conmueven, cuyos triunfos celebramos con más entusiasmo. Es cierto que la emoción está tan matemáticamente calculada que se pueden ver los hilos desde lejos, pero es fácil dejarse llevar por la naturaleza de crowdpleaser de la película, por sus buenas intenciones y el clasicismo con el que está realizada (que a muchos recordará a Criadas y señoras, aunque no le llegue a la suela de los zapatos a aquella).

Secundadas por un reparto de lujo que incluye a Kevin Costner, Kirsten Dunst, Glen Powell, Jim Parsons y Mahersala Ali, las protagonistas elevan la película de categoría con loables interpretaciones, en especial Henson, que está sencillamente espectacular, desprendiendo ternura, espíritu luchador y fuerza por los cuatro costados. Tres mujeres negras, tres grandes talentos, tres estrellas que simbolizan una lucha del pasado que puede extrapolarse a nuestro resquebrajado presente, que nos dejan una historia que se tenía que contar precisamente en estos momentos, y que su protagonista real, la verdadera Katherine Johnson, ha vivido para verla en el cine a los 98 años. No importa que sepamos que nos están tocando las teclas más fáciles, es imposible no emocionarse.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La tortuga roja

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Cuando Hayao Miyazaki se retiró (por enésima vez) y Ghibli anunció que iba a dejar de realizar largometrajes animados debido a una situación económica insostenible, su ferviente comunidad de fans en todo el mundo lloró una pérdida muy importante para el cine. El estudio que nos ha dejado joyas increíbles como La princesa Mononoke, La tumba de las luciérnagasEl viaje de Chihiro se despedía con la promesa de (quizá) volver algún día, y a continuación se embarcaba en nuevos proyectos (entre ellos un cortometraje para el museo Ghibli dirigido por Miyazaki que podría convertirse en largo). Bajo este nuevo orden en Ghibli llega La tortuga roja (La tortue rouge), primera producción del estudio nipón fuera de Japón, un proyecto que se lleva gestando desde 2008.

Dirigida por el animador holandés Michael Dudok de WitLa tortuga roja se distancia de la estética clásica de Ghibli, pero conserva hasta cierto punto el espíritu de sus obras más arriesgadas (es decir, las del genio en la sombra Isao Takahata). Combinando técnicas tradicionales y digitales, La tortuga roja aúna sensibilidades japonesa y europea para llevar a cabo una preciosa fábula continuadora de los valores del estudio, presentando en esta ocasión una particularidad que la diferencia de sus anteriores títulos: está narrada sin diálogos. La película nos cuenta la historia de un náufrago atrapado en una isla desierta que tratará de escapar, viendo cómo sus esfuerzos son en vano cuando una misteriosa tortuga roja que parece custodiar la isla insiste en destruir su balsa. Rodeado de aves, cangrejos y otros animales marinos, el hombre deberá hacerse a la idea de que tendrá que vivir su vida en la naturaleza, pero lo que no espera es que la tortuga la cambie para siempre.

Como muchas de las obras maestras de Ghibli, La tortuga roja inculca el amor por la naturaleza y el medioambiente, como base de un cuerpo de valores que ensalzan la amistad, la familia, la tolerancia y el respeto. Y lo hace mediante un relato imbuido del la-tortuga-roja-postermisticismo propio de las leyendas folclóricas, envuelto en un romanticismo (en la acepción más amplia de la palabra) y un sentido de la magia y el asombro que nos recuerdan a los cuentos japoneses. Pero a su vez, La tortuga roja posee ese aire experimental del cine de animación que se hace en Europa (y en parte de Estados Unidos), y que le da un aspecto diferente, único. La maravillosa fluidez del movimiento tanto en el agua y la vegetación como en la anatomía humana y animal (que recuerda a la técnica clásica de la rotoscopia, aunque sorprendentemente no fue usada en el film), la simple pero elocuente paleta de colores y el trazo limpio y elegante convierten en máxima la mínima expresión, reclamando con pasión y convencimiento el arte de la sencillez.

Pero este minimalismo no solo se manifiesta en las formas, sino también en el fondo, en una historia profunda y trascendental, llena de ternura y magistralmente narrada sin hacer uso de la palabra. La imagen y el sonido (magnífica banda sonora de Laurent Perez del Mar, si bien demasiado acentuadora) son las herramientas con las que Dudok de Wit traza un poema visual desnudo de emociones para ilustrarnos el ciclo de la vida y sumergirnos de lleno en la hermosa experiencia de la naturalezaLa tortuga roja es una conmovedora aventura que prueba que el espíritu de Ghibli sigue vivo en el cine, y que la animación puede contarnos las historias más esencialmente humanas.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La luz entre los océanos

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Derek Ciafrance se dio a conocer con Blue Valentine, drama romántico protagonizado por Ryan Gosling y Michelle Williams que asentaría las bases de su cine posterior. A aquella dolorosa disección del amor y el desamor le siguió Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines), un ambicioso retrato multi-generacional con el que el director se asentaba en su forma de narrar, intensa y contenida. Para su nueva película, La luz entre los océanos (The Light Between the Oceans), adaptación del best-seller homónimo de M.L. Stedman, Ciafrance vuelve a poner bajo su foco a una pareja para contarnos empleando el mismo estilo otra historia de amor empañada por la angustia y la tragedia, protagonizada de nuevo por dos de las mayores estrellas del momento, Michael Fassbender y Alicia Vikander.

En La luz entre los océanos viajamos a Australia en el año 1926 para conocer a Tom Sherbourne (Fassbender), un farero parco en palabras que es contratado para llevar el faro de una pequeña isla remota. Allí conocerá a Isabel (Vikander), la hija de su jefe, enamorándose perdidamente el uno del otro desde el primer momento en que se ven. Tom e Isabel se casan y viven unos primeros años de idílica felicidad junto al mar, sin embargo los problemas comienzan cuando ella tiene problemas para concebir hijos. Habiendo perdido la esperanza, durante una noche de tormenta, Tom avista desde el faro un bote a la deriva. En él encuentran a un hombre muerto y un bebé que llora con desesperación. El matrimonio entierra el cadáver y decide criar al bebé como si fuera suyo sin informar a las autoridades. Sin embargo, todo se complica cuando años más tarde conocen en el pueblo a Hannah (Rachel Weisz), una mujer atormentada por un trauma del pasado que les hará ver que sus acciones tienen consecuencias.

Aunque está un peldaño (o dos) por debajo de sus anteriores trabajos, La luz entre los océanos es otro ejemplo del buen hacer de Ciafrance a la hora de abordar el melodrama sin caer en sensacionalismos o grandes aspavientos narrativos. Pero esto es un arma de doble filo, como veremos a continuación. Lo que tenemos aquí es otro relato romántico que nos habla de nuevo de la corta distancia que hay entre la felicidad más eufórica y la tristeza más profunda, entre el inicio de una relación y el momento en que esta se ve abocada a un pozo sin fondo, en este caso potenciada por un hecho desafortunado que sella para siempre el destino de sus protagonistas. En La luz entre los océanos Ciafrance nos habla de lo que somos capaces de hacer ante la imposibilidad de amar, así como de la culpabilidad, el sacrificio y el perdón. Y lo hace de forma sincera, pero controlada, explorando los vericuetos emocionales de sus personajes sin dejar que estos se acaben desbordando.

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Sin embargo, esto puede llegar a ser un problema, sobre todo durante la segunda mitad del film, en la que esperamos algún tipo de catarsis que nos ayude a liberar la tensión acumulada. Ciafrance no parece interesado en complacer al espectador (nunca lo ha estado), y aunque ofrece una correcta resolución a esta interesante fábula moral, esa represión emocional nos mantiene al otro lado de la pantalla, separados de sus personajes. Esto no hace sino envolver la cinta en una capa de frialdad que impide discernir si tras las bellas imágenes que nos presenta Ciafrance, tras la luminosa fotografía de Adam Arkapaw o bajo la muy medida partitura del ubicuo Alexandre Desplat, hay emociones genuinas. Además, Fassbender y Vikander, quizá condicionados por esta aproximación aséptica al drama del realizador, no pueden dar lo mejor de sí mismos (a pesar de que en algunas escenas se puede detectar claramente su enamoramiento en la vida real), manifestando cierta desconexión interpretativa (él está excesivamente inerte, ella desmedida) que pone difícil ir más allá de la lustrosa superficie.

A pesar de contar una buena historia y presentar un precioso acabado, La luz entre los océanos no logra atrapar a todos los niveles, condenándose a sí misma a ser recordada en el futuro simplemente como la película en la que Michael Fassbender y Alicia Vikander se enamoraron.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: La ciudad de las estrellas – La La Land

Después de asombrar (y poner de los nervios) a todo el mundo con Whiplash, Damien Chazelle se embarcó en un proyecto de pasión que, según ha confesado el propio director, no habría sido posible de no ser por el éxito de su anterior película. Hollywood no es muy dado a respaldar musicales con canciones originales (“Eso es trabajo de Broadway”, deberán pensar), por eso hubo que mover cielo y tierra para que La ciudad de las estrellas – La La Land fuera una realidad. Tras muchos contratiempos, baches creativos y una temporada en la que se pensó que el proyecto estaba abocado al desastre, la película nos llega ya coronada como una de las grandes sorpresas cinematográficas del año, una obra aclamada por la crítica que despierta pasiones entre el público. Y con razón.

La La Land aúna sensibilidades clásica y moderna para contar una historia de amor universal ambientada en la Meca del Cine. La película arranca con un impresionante número musical en la autopista de Los Ángeles del que se seguirá hablando dentro de muchos años, de esas secuencias tan originales e iconoclastas que entran automáticamente en la historia del cine. La La Land atrapa desde el primer minuto y se pone el listón muy alto a sí misma, pero lo que viene después es igualmente irresistible (si creéis que el principio es insuperable, esperad al abrumador montaje final). Esta es la historia de Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling), dos soñadores estancados que sobreviven gracias a la ilusión y la esperanza que alimenta la ciudad de las estrellas. Mia quiere ser una actriz de éxito y Sebastian quiere montar un local para preservar el arte del jazz tradicional (el de verdad, no el de ascensor). Entre descorazonadoras jornadas al piano, audiciones fallidas y fiestas en chalets con piscina, ambos continúan topándose el uno con el otro, hasta que ocurre lo que tiene que ocurrir: se enamoran.

La La Land no quiere ambigüedades al respecto. Esta es una película para soñadores. “Dices ‘romántico’ como si fuera una palabra sucia”, se puede oír en un momento del film. Efectivamente, a Chazelle no le preocupa ser tachado de idealista o sentimental, porque de eso se trata precisamente. Si la desnudamos de ornamentos, la de La La Land no es una historia particularmente profunda u original, sino un sencillo cuento romántico que homenajea a la Edad de Oro de Hollywood y encuentra la conexión emocional con el espectador a través de la música, el movimiento y la puesta en escena, en todo su esplendor CinemaScope. Es decir, Mia y Sebastian nos enamoran no porque sean únicos, sino porque el escenario que los envuelve y los eleva (literalmente) también los convierte en una idea en la que queremos creer. El precioso viaje en el que se embarcan juntos nos deja imágenes y melodías para el recuerdo, números musicales en los que los protagonistas no solo son Stone y Gosling, sino también el propio Chazelle, cuya portentosa cámara se convierte en la tercera en discordia de esta embriagadora relación.

Los vigorosos planos secuencia, el vestuario, el uso de colores tan vivos que saltan de la pantalla y los contrastes de luz y sombra, la resplandeciente fotografía de Linus Sandgren, el exquisito diseño de producción, las deliciosas coreografías, y la desbordante imaginación al unir todo para crear el espectáculo hacen de La La Land todo un triunfo artístico y visual, una obra en la que se puede respirar el cine en cada plano. El cine, como decía, de los años 40 y 50, los populares musicales de las majors y los romances protagonizados por la ingenue de turno y el galán impertinente. Stone y Gosling se ponen en la piel de estos dos arquetipos para deslumbrar en las distancias cortas y en las largas, demostrando una vez más la dinámica tan armoniosa que existe entre ellos, tanto en los números más ambiciosos como en los momentos más íntimos. En los swings a lo Ginger Rogers y Fred Astaire, en las imágenes que encuadran Los Ángeles en postales eternas o en los primeros planos que nos arrebatan, como la audición final de Mia, sobrecogedora escena en la que Stone nos convence definitivamente de que la suya es una de las interpretaciones del año.

Y por supuesto, las canciones. Melodías imposibles de sacarse de la cabeza (en especial “City of Stars”) que revisten la película de ese aire irreal, convirtiéndola en un sueño reconfortante y melancólico del que no queremos despertar. La La Land es una agridulce oda al cine, a la ciudad de Los Ángeles, a sus atardeceres, a sus celebridades (como concepto abstracto, nunca personas concretas, para no romper la ilusión), a sus soñadores, a todos los soñadores. Una hermosa carta de amor al amor que sabe cómo usar las palabras de siempre para decir algo nuevo, que halla el equilibrio perfecto entre nostalgia e innovación para en última instancia llevar la historia de Mia y Sebastian más allá del cliché hollywoodiense, donde debemos decidir entre la ilusión y la realidad. Sea cual sea la elección, lo que está claro es que nos quedamos con ellos para siempre.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Monster Trucks

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Hasta ahora, Chris Wedge había concentrado sus esfuerzos creativos en el cine de animación, destacando gracias a títulos como Ice AgeRobots. El director da el salto a la acción real con su primera película “de carne y hueso”, Monster Trucks. Sin embargo, Wedge no se aleja demasiado del terreno donde ha trabajado todos estos años, firmando así otra aventura especialmente orientada a los más pequeños de la casa en la que la animación por ordenador tiene mucho peso. Y lo cierto es que de algo ha debido servir su experiencia en este tipo de cine, porque Monster Trucks es una sorpresa. Y de las buenas.

La película cuenta la historia de Tripp (Lucas Till), un estudiante que se siente atrapado en su pueblo y se evade gracias a su pasión por el motor. En sus ratos libres, Tripp construye un monster truck a partir de piezas y restos de coches de desguace. A su vez, en un yacimiento cercano a su taller, donde se realizan perforaciones en busca de petróleo, tiene lugar un accidente, tras el cual aparece una extraña criatura subterránea semi-acuática que ha vivido al margen de los humanos durante miles de años. El joven se topa con el “monstruo”, que se oculta bajo el chasis de su camioneta, demostrando así su habilidad para la velocidad. Desde ese momento, Tripp y la criatura, a la que apoda Creech, trabajan juntos para escapar de la malvada empresa petrolera que busca al curioso animal y enfrentarse al villano de la función (Rob Lowe), desarrollándose así una preciosa e inesperada amistad entre ellos.

Esta es una de esas películas cuya premisa suena tan disparatada y absurda que es fácil descartarla pensando que se trata de un despropósito. Pero nada más lejos de la realidad. Monster Trucks no es ninguna obra maestra, eso por descontado, pero sí es una infalible película monster-trucks-posterinfantil/juvenil al más puro estilo Nickelodeon, una aventura llena de acción y diversión que nos remite directamente al cine para toda la familia de los 80 y los 90, en concreto a aquel que se centraba en la amistad entre un niño y un ser no humano. Pero lo más curioso es que Monster Trucks no se ha vendido como un revival ochentero o un producto nostálgico, cuando en realidad lo es, y más que muchas otras películas y series que se presentan con esa etiqueta. Quizá si se hubiera explotado más este aspecto de la cinta de cara a la promoción (el estupendo póster al estilo Drew Struzan que tenéis aquí al lado salió muy tarde), el público estaría más inclinado a darle el voto de confianza que se merece.

Gracias a la combinación de efectos digitales (mucho mejores de lo que cabe esperar de un producto de estas características) y acción explosiva, así como a su contagioso sentido del humor, su buen rollo y su mensaje ecologista, Monster Trucks acaba funcionando contra todo pronóstico. Sin desmerecer a Creech, una criatura digital absolutamente adorable que hace que nos olvidemos de lo rocambolesco y formulaico de la propuesta. Con Monster Trucks, Wedge ha llevado a cabo una película sencilla, efectiva y entrañable que tiene todos los ingredientes para hacer las delicias de los niños y sorprender a los adultos, incluso a los más escépticos.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Silencio, de Martin Scorsese

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La última vez que nos encontramos con Martin Scorsese en el cine fue para asistir a la vorágine de sexo, droga y oro verde que protagonizaba Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street. Para su siguiente largometraje, Silencio, el aclamado director pasa del exceso del Wall Street de los 80 a la más absoluta contención del Japón feudal. Este radical cambio de aires proporciona a Scorsese un terreno para explorar la que podría ser una de las historias más profundas y espirituales de su filmografía. Pero que el “silencio” y la austeridad de la propuesta no os engañen, Silencio también manifiesta la ambición característica del realizador estadounidense, solo que esta vez se refleja en pantalla de otra manera.

Basada en la novela homónima de Shushaku Endo, que ha sido adaptada para la gran pantalla por Jay Cocks (guionista que ha colaborado con Scorsese en La edad de la inocencia y Gangs of New York), Silencio nos traslada a Japón durante la segunda mitad del siglo XVII para contarnos una increíble historia de resistencia y sacrificio. Dos jóvenes jesuitas, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garrpe (Adam Driver), viajan a este país en busca de su mentor, Ferreira (Liam Neeson), un misionero que, tras ser perseguido y torturado por los japoneses, ha renunciado a su fe. Ocultos en una vieja cabaña, donde subsisten a duras penas gracias a los furtivos habitantes cristianos del pueblo cercano, los dos religiosos comprueban el horror que los japoneses ejercen sobre los practicantes de esta fe, y en última instancia vivirán en sus propias carnes el suplicio y la violencia que tantos otro han sufrido por profesar lealtad a una religión distinta a la imperante.

silencioEn SilencioScorsese prescinde de florituras estilísticas (y de DiCaprio), optando por una narración mucho más pausada y contenida. Tanto es así que las casi tres horas de metraje (como veis, el director se mantiene fiel a sí mismo) se convertirán en un ejercicio de resistencia que acentúa el calvario que viven sus protagonistas durante la segunda mitad del film, y que con suerte invitará a reflexionar junto a ellos sobre las complejas cuestiones que la historia plantea. De esta manera, Scorsese lleva a cabo un apasionante tratado sobre la fe que puede resultar extenuante, que exige un esfuerzo extra por parte del espectador, pero que le recompensa con momentos de auténtica y dolorosa belleza.

Como decía, aunque Silencio es una de las obras más sobrias y aparentemente sencillas del autor, se trata también de uno de sus trabajos más ambiciosos. Meticulosamente realizada, visualmente sobrecogedora (incluso en los momentos más duros) y de una gran carga poética, el film supone un viaje espiritual que transcurre entre la épica emocional y la intimidad más desgarradora. El brutal trabajo interpretativo de Andrew Garfield y Adam Driver, que se abandonan física y espiritualmente a sus personajes, facilita la inmersión en la historia, un relato intenso y difícil de digerir, pero del que se sale de alguna extraña manera purificado.

Pedro J. García

Nota: ★★★★