Crítica: Passengers

Por separado, el poder de Jennifer Lawrence y Chris Pratt es imparable. Imaginaos lo que pueden hacer juntos. O mejor no os lo imaginéis, porque ya podéis comprobarlo con vuestros propios ojos. Morten Tyldum (The Imitation Game) reúne a dos de las mayores estrellas del Hollywood actual (¿quizá las mayores?) en Passengers, una odisea de ciencia ficción hecha a medida para los dos rubísimos y guapísimos actores, que se aguantan sobre sus tersos y tonificados hombros casi la totalidad de la película. Passengers es un carísimo vehículo de lucimiento para Lawrence y Pratt, y no se oculta en ningún momento. Pero hay mucho más. Despierten y vean.

Jim Preston (Pratt) y Aurora Lane (Lawrence), un brillante mecánico y una periodista en busca de nuevos retos, son dos de los pasajeros a bordo de la Avalon, una nave espacial que se dirige hacia otro planeta para iniciar una colonia humana. Los 5.000 pasajeros que viajan en ella se encuentran en estado de criogenización, en cápsulas programadas para despertarlos cuando la nave llegue a su destino, después de 124 años de trayecto. Sin embargo, el viaje toma un giro inesperado cuando las cápsulas de hibernación fallan misteriosamente y despiertan a Jim y Aurora 90 años antes de tiempo. Con la única compañía de un barman androide (Michael Sheen) llamado Arthur, ambos intentarán averiguar el motivo que se esconde tras el fallo y arreglarlo para reanudar su hibernación y poder sobrevivir. Sin embargo, la situación se complica y los dos se enfrentan a la posibilidad de tener que vivir el resto de sus existencias solos en el espacio. Por supuesto, el roce (y la soledad) hace el cariño, y la innegable atracción que hay entre ambos resulte en un romance de proporciones intergalácticas.

Sin embargo, un oscuro secreto amenaza con salir a la luz y truncar la relación de Jim y Aurora. Y ahí está el quid de la cuestión. Passengers esconde algo que no se ha mostrado en ninguna promoción y que se mantiene en secreto para conservar el factor sorpresa (o para evitar el posible rechazo de los espectadores). Por eso es recomendable subirse a bordo de la Avalon sin tener demasiada información sobre lo que allí va a ocurrir. Ese punto de inflexión cambia nuestra percepción de la historia y los protagonistas por completo, y transforma el tono simpático y romántico del film en algo más escabroso de lo que anticipábamos. Una decisión creativa que puede resultar controvertida (y que generará muchas críticas), pero en la que no nos podemos detener, primero para evitar los spoilers, y segundo porque Passengers es mucho más que ese gimmick narrativo.

Ante todo, Passengers es una película divertida, y sobre todo un regalo para los ojos. Ya hemos dejado claro que, los que disfruten con simplemente mirar a Lawrence y/o Pratt, tienen aquí todo lo que siempre soñaron, ya que la cámara se recrea constantemente en sus estupendos físicos. Gracias al impresionante fondo de armario de la Avalon, los actores se lucen a base de bien (y ojo, que también hay desnudos, como anunció Pratt durante la promoción: “Venid por mi culo, quedaos por la historia”), pero este no es el único reclamo de la película. El magnífico diseño de producción y los excelentes efectos digitales convierten Passengers en un espectáculo de ciencia ficción de factura impecable que recoge su inspiración sofisticada y minimalista de películas del género como 2001: Una odisea del espacioMoon, incluso WALL-E, además de hacer algún que otro guiño a El resplandor (las conversaciones de Jim con Arthur recuerdan a las escenas de Jack Torrance en el bar de la película de Kubrick). Es decir, Passengers es una gozada en el aspecto técnico y visual.

Pero además, la película propone algo distinto a lo que estamos acostumbrados dentro de la ciencia ficción y las superproducciones de Hollywood, con una historia que es en esencia una comedia romántica ambientada en el lugar más imposible, un escenario poco frecuente y lleno de posibilidades. Es más, aunque sus protagonistas ya no sean adolescentes (Lawrence tiene 26 años y Pratt 37), Passengers puede ser considerada una película young adult, incluso un cuento de hadas futurista (obviamente, el nombre de Aurora, la Bella Durmiente, no está escogido al azar, aunque en realidad tiene mucho más que ver con La Bella y la Bestia). Es cierto que puede pecar de simplona y que su guion no es precisamente ninguna filigrana (más sobre este tema después), pero por fin nos llega un blockbuster original. Como hemos dicho, está claro que la película bebe de muchos otros títulos sci-fi y su premisa (un humano despierta solo en el mundo/la supervivencia de la humanidad depende de una persona) se ha hecho muchas veces, pero aun recordando a muchas cosas a la vez logra tener su propia personalidad, y además, está el refrescante añadido de no estar ante una revisión, secuela o refrito. No lo es todo, por supuesto, pero es un aliciente importante.

Sin embargo, Passengers no consigue aguantar el tipo hasta el final, por culpa de una historia muy cogida con pinzas. La primera mitad de la película funciona mucho mejor que la segunda. En ella, Pratt insiste en hacer el mismo personaje de siempre (ese canalla simpático con un punto infantil, con showdown musical a lo Starlord incluido), pero también da señas de estar evolucionando como actor (destaca en las escenas dramáticas) y se consolida como un protagonista infalible, protagonizando su propia mini-Náufrago (o mini-Marte), y demostrando que se vale él solito para mantenernos enganchados a la historia. Gracias a él, Passengers funciona perfectamente como comedia durante su primer acto, donde Pratt despliega todo su arsenal para hacernos reír y conectar con su personaje. En el segundo, el film vira hacia el romance puro y se beneficia de la enorme química que hay entre los dos protagonistas. Las chispas saltan desde la pantalla cuando Pratt y Lawrence están juntos. Cabía la posibilidad de que el carisma similar de estos actores se anulara mutuamente, pero nada más lejos de la realidad, hacen una pareja perfecta. Su historia de amor, aunque edulcorada y moralmente problemática, convierte Passengers en algo muy sexy y magnético.

Pero como decía, todo se tuerce durante la recta final. El clímax da énfasis a la acción, dejando sin explorar debidamente las consecuencias de los actos de sus personajes, y resolviendo su historia de forma torpe y precipitada. No solo eso, sino que a medida que la película se acerca a su desenlace, quedan al descubierto cada vez más agujeros narrativos que no se consiguen tapar (quizá no os extrañe que el guionista de Passengers, Jon Spaihts, co-escribiera Prometheus) y la intensidad de las escenas de acción desata lo peor de Lawrence, cuya interpretación se vuelve de repente excesivamente histriónica y sobreactuada (como en Los Juegos del Hambre, solo que aquí está más fuera de lugar). En definitiva, no se aprovechan todas las posibilidades de la historia, recurriendo a la acción por la acción sin molestarse en desanudar debidamente el argumento, con un final confuso y lleno de deus ex machina que anula las posibilidades de profundizar de verdad en los temas que trata la película.

Después de todo, Passengers resulta ser mucho más tonta de lo que creíamos. Pero se le puede perdonar porque también es irresistible, y porque hasta que se pierde en su tercer acto, juega muy bien sus cartas. A pesar de sus defectos, hay mucho que disfrutar en ella. Sus atractivos protagonistas, su sentido del humor, su imponente factura visual e imaginativas secuencias de acción, su naturaleza pop (ese guiño a Dirty Dancing es toda una declaración de intenciones, un indicio de que la película está hecha para formar parte del mainstream en el que reinan Pratt y Lawrence), sin olvidar la fantástica banda sonora de Thomas Newman, hacen de Passengers un espectáculo cinematográfico muy efectivo, casi un placer culpable. Tanto énfasis en lo de “placer” como en lo de “culpable”.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

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