Crítica: Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge)

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Han pasado diez años desde la última vez que Mel Gibson se puso tras las cámaras para dirigir una película. Apocalypto vio la luz en 2006, el mismo año que el actor y director desató la polémica con unas controvertidas declaraciones antisemitas realizadas mientras era detenido bajo los efectos del alcohol, palabras que le han seguido, y le seguirán, hasta el final, y que son solo uno de los muchos escándalos que ha protagonizado. Hollywood condenó a Gibson al ostracismo profesional (según él mismo) y su popularidad descendió estrepitosamente. Desde entonces, el oscarizado director de Braveheart ha intentado enmendar sus errores y se ha embarcado en un viaje personal que le ha llevado a la que es su primera película en una década, Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge), cinta bélica ambientada en la II Guerra Mundial con la que el director realiza su comeback y pide absolución.

Aunque es difícil separar al artista de la obra, y en este caso en particular prácticamente imposible (no solo por su bocaza, sino también porque se respira su ideología en cada plano), Gibson nos da suficientes razones como para que dejemos a un lado su personalidad y nos centremos en su talento como cineasta. Hasta el último hombre es cine bélico de inclinación académica, un trabajo clasicista y 100% hollywoodiense en el que se nos habla sobre los horrores de la guerra a través de la sobrecogedora historia real de Desmond Doss (Andrew Garfield), un cristiano objetor de conciencia que salvó a 75 hombres durante la sangrienta batalla de Okinawa sin llevar una sola arma encima. Doss se alistó al Ejército movido por su convicción de que la guerra está justificada, pero se niega a matar. De esta manera se convirtió en el único soldado norteamericano que luchó en primera línea de la II Gerra Mundial sin tocar un arma, no sin antes enfrentarse al rechazo de sus compañeros de batallón y la resistencia de sus superiores. Tras ganar un juicio de guerra por su negativa a coger un arma, Doss ejerció como médico del ejército en Japón, curando a soldados mientras esquivaba el fuego enemigo y evacuando él solo a sus compañeros heridos, labor que le llevó a convertirse en el primer objetor de conciencia galardonado con la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos.

Con Hasta el último hombre, Gibson lleva a cabo una emocionante e inspirada reflexión sobre la guerra y el pacifismo, para la que se vale de las escenas más violentas y viscerales que hemos visto últimamente en una pantalla de cine. La primera mitad de la película se dedica a construir detenidamente la personalidad del protagonista, brillantemente interpretado por Andrew Garfield, que refleja con absoluta maestría el recorrido personal de Doss, su profunda y hasta inocente convicción, su ilusión por vivir, la perseverancia, el terror al entrar en el campo de batalla, y en última instancia el valor, y el sacrificio. Respaldado por un excelente reparto de veteranos y jóvenes talentos (de los que destacan el prometedor Luke Bracey y una fantástica Teresa Palmer), Garfield realiza la que será sin duda una de las hasta_el_ultimo_hombre_poster_oficial_jpg_85interpretaciones de su carrera, un trabajo comprometido y encarnado en el que Gibson encuentra el perfecto vehículo para transmitir sus ideas y sumergir al espectador dentro de una experiencia cinematográfica tan horrible como envolvente y desbordante, una pesadilla real de la que se sale con el corazón en un puño.

Eso sí, como hemos adelantado, la pasión de Gibson a la hora de contar la historia deja al descubierto su indudable fanatismo religiosoHasta el último hombre es un film decididamente adoctrinador, un relato hagiográfico sobre un héroe cristiano que, haciendo honor a las sagradas escrituras, está dispuesto a sacrificarse por el bien de la humanidad. Afortunadamente, esto no estropea la brutal experiencia que supone la película, ya que al final, las ideas que subyacen de la historia son universales y no particulares a ningún dogma concreto. Durante sus perfectamente coreografiadas y montadas secuencias en el campo de batallaHasta el último hombre supone un golpe sin miramientos al espectador, un mazazo que aturde y remueve por dentro. El horror que vivimos junto a Doss se va transformando en esperanza, en fe. Pero no fe en la religión o el ser divino que motiva al protagonista y que Gibson claramente presenta convencido de ser la verdad absoluta, sino en la bondad innata del ser humano y su capacidad para el sacrificio, la compasión y la paz. He ahí la verdad absoluta que hay en Hasta el último hombre, una idea que Gibson transmite de manera tan eficaz, con un dominio tal de la cámara y la tensión narrativa, con tanta emoción, que no queda más remedio que darle esa segunda oportunidad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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