Crítica: Animales nocturnos

Actores que se meten a estrellas de pop, cantantes que persiguen el Oscar en interpretación, novelistas que prueban a ser guionistas… La industria del espectáculo, como cualquier otro ámbito, siempre ha estado llena de gente que intenta salir de su zona de confort profesional para probar a ver si puede hacer lo mismo que los demás. Intrusismo, nepotismo, oportunismo… Muchos de ellos no nos dan razones para justificar el salto a lo “desconocido” más allá del mero capricho, pero hay unos pocos que lo argumentan con pruebas convincentes. Sería el caso de Tom Ford, el famoso diseñador de moda que en 2009 sorprendió gratamente con su primera película como director, Un hombre soltero (A Single Man), una obra sensible y profunda que atestiguaba que, además de su evidente talento para lo estético, Ford tenía muy buena mano para contar historias y caracterizar personajes.

Han tenido que pasar unos años para que el modisto/realizador se aventure con su segunda película, Animales nocturnos (Nocturnal Animals), pero la espera ha merecido la pena, ya que con ella demuestra que lo suyo no fue la suerte del principiante, sino que efectivamente Ford tiene verdadero talento cinematográfico. Oscura, sensual y elegantemente imperfecta, Animales nocturnos continúa la disección que Ford inició de las esferas más altas de la sociedad con su opera prima, de la gente distinguida y refinada que se ahoga en sus jaulas de diseño y deambula en sus acomodados vacíos existenciales (ya sabéis lo que dicen, “escribe sobre lo que conoces”). Pero amplía sus horizontes como autor añadiendo un componente de suspense que al final (y afortunadamente) acaba dominando la película.

Basada en la novela Tony and Susan de Austin WrightAnimales nocturnos se centra en Susan Morrow, una exitosa galerista de Los Ángeles interpretada por Amy Adams (este año de nuevo en racha gracias a esta y La llegada) que comparte su privilegiada vida con su segundo marido, un empresario y heredero con aspecto de príncipe azul moderno (Armie Hammer). Un fin de semana en el que este se encuentra en uno de sus viajes de negocio, Susan recibe un paquete en el correo. Se trata de un borrador de la novela escrita por su ex marido, Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal), del que lleva diecinueve años sin saber nada. Susan comienza a leer el libro, que Edward le ha dedicado personalmente, y se ve inmediatamente atrapada y devastada por su contenido. La novela, titulada Animales nocturnos, es un thriller violento y demoledor que obliga a Susan a recordar su historia de amor con el autor, truncada por la diferencia de clases y la ambición, y revivir las decisiones que la han llevado hasta el lugar en el que se encuentra. Así, Susan descubrirá que las palabras que ha escrito Edward son en realidad dardos envenenados dirigidos hacia ella, el resultado de un plan vindicativo gestado a lo largo del tiempo.

Animales nocturnos es dos películas en una. Por un lado un drama psicológico centrado en explorar la psique de una mujer arrepentida en plena crisis de mediana edad y la confeccionada realidad en la que vive, y por otro un crudo e intenso thriller de venganza clásico. El choque de estilos provoca un contraste muy interesante, aunque también desconcertante. Y es que a Ford le cuesta dar cohesión a los dos segmentos entrelazados del film, resultando en un ritmo descompasado y una mayor dificultad para conectar con la historia de su protagonista. Pero en el fondo, se trata de eso precisamente: las escenas que transcurren en la realidad se experimentan como interrupciones de la asfixiante historia de ficción que la condiciona, poniendo en perspectiva los problemas de Susan. Es decir, Animales nocturnos (el libro) es un castigo para ella, una horrible tragedia vivida por una familia de clase media creada no solo para hacer daño a Susan (Isla Fisher, siempre comparada con Adams, interpreta en un giro muy astuto y meta a su “alter ego” en el libro), sino también para hundirla aun más en sus rich people problems. Y eso es lo que, en última instancia, da coherencia al film, que sus dos partes, por muy dispares que sean, hablan de lo mismo, que ambas forman una inquietante historia de venganza.

Para pertenecer al 1%, Tom Ford tiene una visión muy autoconsciente del mundo privilegiado en el que vive y una gran capacidad como observador social. Aunque a veces sea difícil distinguir entre la pretensión y la autocrítica, la película posee cierta maliciacualidad satírica que se manifiesta en los pequeños detalles. Un iPhone hecho añicos que no hace ni pestañear a su dueña, compañera de la galería de Susan interpretada por Jena Malone (“Da igual, de todos modos mañana salía el nuevo”), un discurso sobre la relatividad de la tragedia según la posición social que suena tan autocomplaciente como cínico (que seamos ricos no quiere decir que no suframos por nuestras cosas), un rostro esperpénticamente modificado por la cirugía estética que se convierte en objeto de burla, o la impactante exposición con la que Ford abre la película, ¿provocación sublime o arrogante? En realidad no importa, ya que resulta igualmente fascinante.

En cualquier caso, el verdadero golpe que Ford asesta al espectador ocurre durante la parte “ficticia” del film. Como hemos dicho, el director lleva a cabo una película dentro de otra, un intenso y grotesco thriller, que, como no podía ser de otra manera, se ambienta en la América profunda (Texas para ser más concretos), ese decadente e insalubre escenario en el que se desarrollan los crímenes más atroces, las cacerías más sanguinarias, donde la locura es tan común como la obesidad mórbida. Allí, Ford lleva a cabo un sobresaliente ejercicio de tensión narrativa y puesta en escena con el que sume al (segundo) personaje de Gyllenhaal, Tony (y por ende al de Adams, y al espectador), en una horrible pesadilla sin salida. Le acompañan un mayúsculo Michael Shannon y un explosivo Aaron Taylor-Johnson, que apunta directamente a los nervios dando vida a un paleto desquiciado en la que es una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. La historia de Tony (desgarrador Gyllenhaal) es tan absorbente e implacable, que cada vez que Susan tiene que dejar el libro desbordada por sus páginas, debería suponer un respiro para el espectador, pero en realidad nos saca violentamente de lo que verdaderamente nos interesa.

Es cierto que, a pesar de filmar con un gusto indudablemente exquisito, Ford no hila ambas partes de la historia de la manera más fluida, además de que la de Adams puede resultar excesivamente fría, incluso superficial, por no hablar de los numerosos clichés que la componen. Sin embargo, aun con sus problemas, Animales nocturnos es una obra cinematográfica profundamente estimulante y embriagadora, un trabajo de altura con el que Ford deja clara su ambición y desvela que su talento solo es equiparable a su crueldad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

Comentarios (2)

 

  1. Nieves dice:

    Qué crítica tan buena! Has expresado de maravilla la historia, con sus dobleces y matices sin caer en la pedantería, me ha encantado! Y ya vi la película y concuerdo en todo lo que has dicho. Saludos!

Deja un comentario

Get Adobe Flash player
Abrir la barra de herramientas