Crítica: La llegada (Arrival)

El canadiense Denis Villeneuve se ha convertido por méritos propios y en poco tiempo en uno de los realizadores más destacados y de mayor proyección en Hollywood. Tras las aclamadas (en grados diferentes) Incendies, Prisioneros Enemy, el director se consolidó como un valor seguro con Sicario. Su nueva película, La llegada (Arrival), confirma el talento imparable y prolífico de Villeneuve, un cineasta tremendamente personal que está sabiendo aunar su sensibilidad idiosincrásica con un tipo de cine más accesible. La llegada es una de esas películas de ciencia ficción que llegan cada ciertos años para demostrar que este puede ser uno de los géneros más estimulantes y reveladores, un trabajo excelente en todos los aspectos que se presta como pocos al debate, y que supone una experiencia cinematográfica imprescindible.

La llegada aborda un tema muy familiar en la ciencia ficción, la visita de una raza alienígena a la Tierra y lo que esto supone a nivel estratégico, político y humano. Mientras el cine suele contar este tipo de historias apoyándose en la acción y el espectáculo del blockbuster, Villeneuve se aproxima al tema desde una perspectiva menos frecuente en Hollywood, la del sci-fi cerebral y el drama introspectivo, más interesado en el realismo y la reflexión que se pueda extraer de la historia que en los rayos láser o los edificios saltando por los aires. En La llegada, doce misteriosas naves aterrizan a lo largo y ancho del mundo y permanecen estáticas, mientras la Tierra se pregunta para qué están ahí y a qué están esperando. La particularidad más destacable de La llegada en relación al resto de cintas que tocan el mismo tema es que esta arroja en el centro del conflicto a una experta lingüista, Louise Banks (Amy Adams), encargada de investigar junto al físico teórico Ian Donnelly (Jeremy Renner) las intenciones de los visitantes a la Tierra.

De esta manera, Villeneuve se centra especialmente en desarrollar, a contrarreloj pero con paciencia, el diálogo entre especies, mientras construye en segundo plano un trasfondo sociopolítico (percibido sobre todo a través de las noticias, mientras apenas nos separamos de Louise) en el que la especie humana se encuentra al borde de una nueva guerra mundialLa llegada gira en torno a la mediación entre humanos y extraterrestres que determinará si la Tierra acabará sumida en una devastadora contienda en la que claramente no posee la superioridad estratégica, mostrándonos brillantemente la enorme fragilidad que conlleva el intento de arbitraje con una especie desconocida. Louise es la elegida para contactar con los extraterrestres dentro de una de las naves, claustrofóbico y aturdidor espacio diplomático donde se desarrolla una fascinante relación en la que, con la ayuda de Ian, la lingüista tratará de descifrar la compleja lengua de los alienígenas mientras les enseña su propio idioma.

Claramente, La llegada es un relato sobre la comunicación, a pequeña y gran escala, sobre la importancia del diálogo y el esfuerzo por llegar al entendimiento para evitar un mal mayor. Es sin duda una situación fácilmente extrapolable a nuestra realidad, a este mundo en el que los malentendidos o las negativas a emprender una conversación resultan en problemas que se podrían evitar usando únicamente el poder de las palabras. O al menos intentándolo. La llegada entiende y explica el lenguaje (y concretamente la lengua inglesa) como el código a través del cual vivimos y compartimos experiencias, el vehículo sobre el que percibimos y entendemos el mundo a nuestro alrededor. Llegar a un punto en común, es decir, traducir correctamente esa experiencia, decidirá el destino desde una pequeña interacción social hasta un conflicto de proporciones intergalácticas. Es decir, “la lengua puede ser un arma o una herramienta”, y La llegada nos habla de cómo usarla para que sea lo segundo.

Y además lo hace sin excederse en las sobre-explicaciones y sin subestimar al espectador, trazando un relato inteligente, sobrecogedor y delicadamente construido para facilitar la inmersión en la experiencia que propone y vivirla en continua tensión; un puzle abstracto “sin principio ni final”, tan sencillo como complejo, en el que Villeneuve estructura la narración de forma que esta refleje su discurso y las potentes revelaciones que dan forma al magnífico personaje de Amy Adams. Todo en La llegada, empezando por su protagonista (Adams está inconmensurable) y continuando con su envolvente atmósfera, la acertada intensidad y afectación de su narración, la elegante puesta en escena o la sublime música de Jóhann Jóhannsson (más una preciosa pieza de Max Richter), dan lugar a una obra cinematográfica superlativa, un trabajo bellísimo, profundamente magnético y emocionalmente desbordante que ha llegado para quedarse entre nosotros.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

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