Crítica: El Principito

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“Crecer no es el problema, el problema es olvidar”

Hay obras universales que, además de sagradas, son complicadísimas de adaptar. Por eso, a la hora de hacer una película de El Principito no solo hay que ser valiente, sino también tener una buena idea y ejecutarla correctamente para hacer justicia al material. Mark Osborne, director de Kung Fu PandaBob Esponja, se atrevió a llevar al cine de animación el cuento eterno de Antoine de Saint-Exupéry, con una idea que resolvía bien la papeleta de traducir al lenguaje cinematográfico las palabras del autor francés: la película cuenta la historia de una niña que se muda con su madre a un nuevo barrio, y descubre que su vecino es el mismísimo Saint-Exupéry, con el que entablará una bonita amistad que la llevará a descubrir el maravilloso mundo del Principito y el Aviador. Es decir, la película no es una adaptación directa del libro, sino una nueva historia sobre el poder que ejerce el libro en las personas.

Para llevar a cabo este planteamiento, el film fusiona animación digital en 3D y stop-motion. La primera para dar forma al gris y cuadriculado mundo de la protagonista, una niña con desbordante imaginación (o sea, una niña normal) enjaulada por las normas y los planes de futuro de una estricta madre que le obliga a crecer demasiado rápido; y la segunda para dar vida a las páginas del libro y salpicar la película de fragmentos del mismo, transformados en coloridas y preciosas imágenes de papel cargadas de lirismo. En sus escenas digitales, la animación de la película no tiene la sofisticación visual de Pixar o Dreamworks, y sus diseños resultan demasiado convencionales, pero a medida que la historia avanza y el mundo de la niña y el Principito se van fundiendo en uno, la película se vuelve cada vez más hermosa y visualmente sorprendente. Hasta culminar en un conmovedor clímax de belleza arrebatadora en el que el CGI se pone a la altura del stop-motion.

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Osborne trata el libro de Saint-Exupéry con respeto y reverencia, manteniéndose fiel a su espíritu mientras lo traslada a la sensibilidad del cine de animación actualEl Principito es por tanto a la vez un homenaje y una relectura modernizada que, sorprendente y afortunadamente, funciona en ambos aspectos (gracias a su ingenioso guion, muy por encima de la media, y a su riqueza temática). A través de la historia de la niña, el film enhebra un mensaje muy potente sobre el poder de la imaginación y la importancia de recordar que todos fuimos niños, un consistente alegato peterpanesco que capta la esencia del libro y tiene la capacidad de atrapar tanto a niños como a adultos, que la disfrutarán a niveles distintos. Al fin y al cabo, al igual que el País de Nunca Jamás o el País de las Maravillas, el asteroide B-612 es uno de esos lugares imaginarios que todos anhelamos visitar, que nos recuerdan, especialmente a los adultos y sobre todo en esta época de desilusión y conformismo, el deseo de regresar a la infancia. Esto convierte a El Principito en una película idónea para ver en compañía de los más pequeños de la casa, para ponerla a los hijos, sobrinos, alumnos (la cinta esconde un mensaje especial para padres y docentes que hoy en día exigen demasiado a los niños), y compartir con ellos este sentimiento universal.

Quizá El Principito eche para atrás a los más puristas del clásico de 1943, ya que lo adapta de forma muy libre, omitiendo pasajes importantes e inventando alguno que otro nuevo. Sin embargo, Osborne compensa este “sacrilegio” llevando a cabo un homenaje que hasta los más cínicos reconocerán que conserva el espíritu de Saint-Exupéry, una película con corazón que capta y despierta el asombro y el entusiasmo infantil característico de esta obra y otros clásicos de la literatura para niños -que en realidad no son tan para niños. Las imágenes que hay en El Principito tienen el poder de maravillar y, acompañadas del precioso score de Hans Zimmer y las dulces canciones de Camille (que recuerdan a la banda sonora de Los mundos de Coraline), facilitarán las exuberantes emociones que transmite la película (incluida la tristeza), sobre todo durante su arriesgado acto final. Un pasaje que se sumerge de lleno en la ciencia ficción y bebe de BrazilDark City (sí, habéis leído bien) para llevar su mensaje hasta las últimas consecuencias, y si se ha conectado con ella, hacernos llorar como bebés.

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El Principito habla el mismo idioma tanto para los adultos que quedaron cautivados por el libro de pequeños como para las nuevas generaciones. En ambos casos, hoy en día es especialmente difícil ver que “lo esencial es invisible a los ojos”, y la película consigue que despertemos a las maravillas que no sabemos que tenemos delante.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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