Crítica: Tarde para la ira

Con Grupo 7 y La isla mínima, Alberto Rodríguez no solo se ha consolidado como uno de los mejores directores nacionales de los últimos tiempos, sino que ha sabido dignificar en España un género que llevaba en horas bajas desde finales de los noventa: el thriller. Aunque fue Enrique Urbizu el que pusiese la primera piedra de este revival con la notable La caja 507 y continuase ahondando en el tema con la sobrevaloradísima No habrá paz para los malvados, Rodríguez debe ser considerado el verdadero regenerador del thriller estatal. Ha conseguido crear una marca de autor potente gracias a una inteligente mezcla entre el estilo del nuevo cine negro policíaco de las últimas décadas, tanto estadounidense (David Fincher, Martin Scorsese) como asiático (Bong Joon-ho), y ese realismo sucio que ya había mostrado en sus obras anteriores. Su Sevilla corrupta no tiene nada que envidiar a los bajos fondos de la ciudad ficticia de Seven, ni mucho menos las marismas del Guadalquivir a los campos surcoreanos. Antes de seguir, que quede bien claro que esto no es una introducción a la crítica de El hombre de las mil caras (que ya llegará), sino una pequeña presentación de Tarde para la ira, la ópera prima del primogénito de los hijos bastardos de Rodríguez: Raúl Arévalo.

Sí, Raúl Arévalo. Parece ser que no estaba contento con ser uno de los actores fetiche de cineastas como Daniel Sánchez-Arévalo (desde AzulOscuroCasiNegro hasta la tumba) o el propio Alberto Rodríguez (La isla mínima), trabajar con Pedro Almodóvar (Los amantes pasajeros) o ser una de las caras más habituales en las producciones nacionales (tanto en pantalla grande como en televisión) de la última década, él ha tenido que probar suerte también tras la cámara. Como es normal (que no justificado), los chascarrillos ante la noticia se dispararon. ¿Sería un capricho de actor endiosado…o una secuela apócrifa de La isla mínima? Ajeno a todo eso (y bastante reservado durante el proceso de creación), Arévalo se ha centrado en el trabajo y ha callado todas esas bocas con Tarde para la ira.

Ya desde su primera secuencia (un plano sucísimo y lleno de grano en el que vemos a Antonio de la Torre de espaldas andando hasta un bar), Arévalo se quita el sambenito de actor metido a director y se coloca como gran favorito en la carrera por el Goya a mejor dirección novel. ¿Exageración ante una escena bien rodada? Podría ser, pero lejos de ser un espejismo, ese realismo sucio, tanto temático como estilístico, se acrecienta a medida que va avanzando el metraje. Tarde para la ira es de un feísmo atroz. Sus personajes y hogares hieden. Todo es de un gusto espantoso (esa utilización de La Húngara se merece todos los halagos del mundo). Todo es abominablemente real. Arévalo no realiza concesión alguna, sino que opta por la sobriedad y un par de huevos.

Partiendo de una serie de acontecimientos comunes (una caña, una partida de mus, una comunión, un polvo,…), Arévalo construye una enfermiza historia en la que el odio contenido termina convirtiéndose en una furia desbocada que lo arrasa todo. Ante esa vorágine, muchos cineastas se dejan llevar por los acontecimientos, pero Arévalo no comete el error de apresurarse, sino que juega sus cartas de una manera mucho más inteligente: dosificando la información e introduciendo los giros y golpes de efecto de manera perspicaz. Esa agudeza hace que Tarde para la ira entretenga, sorprenda y, lo que es muy importante en una película de sus características, suelte un puñetazo al espectador en la puta cara cuando menos se lo espere.

Pero Tarde para la ira no funcionaría tan bien sin una colección de perdedores. Su reparto es un abanico perfecto de caras normales. Pobres hombres pobres, mujeres perdidas, patanes, yonkis y raterillos de tres al cuarto… una caterva entre la que destaca Luis Callejo (Cien años de perdón) como pequeño hijo de puta que al salir de la cárcel se ve metido en un embolado que no se olía para nada y ese monstruo llamado Antonio de la Torre (otro chico Rodríguez y Sánchez-Arévalo). De la Torre es un monumento al español medio y como tal habría que honrarle, ya sea vía aplausos, una calle en su nombre o todos los premios interpretativos existentes. Su pobre hombre con secreto es un híbrido entre el tronado (semi)educado de Travis Bickle de Taxi Driver y el silencioso Ryan Gosling de Drive, todo bajo el embrujo habitual de la interpretación de De la Torre. Este protagonista seguramente le deparará su novena candidatura a los Goya y muy probablemente otro cabezón que hará compañía al que consiguió como secundario por AzulOscuroCasiNegro.

Con Tarde para la ira, Raúl Arévalo no solo no ha copiado a uno de sus padres cinematográficos, sino que ha demostrado que ha aprendido mucho y bien durante estos años y ha logrado construir una voz muy potente y con un futuro muy prometedor.

David Lastra

Nota: ★★★★½

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