Crítica: Elle

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Qué bestia cinematográfica tan extraña es el neerlandés Paul Verhoeven. A lo largo de su ecléctica carrera nos ha dejado cintas de una diversidad enorme, casi todas ellas caracterizadas por el riesgo y la inconformidad, y en muchos casos trabajos que no son lo que parecen. Verhoeven es un provocador muy inteligente, un cineasta subversivo que ha realizado obras polémicas que muchos no toman en serio y otros consideran obras maestras, films que exploran los límites de los géneros y del espectador, trabajos polarizantes o directamente vilipendiados que requieren tiempo para ser apreciados por lo que son. En este sentido, Showgirls sería quizá el pináculo de su carrera, una obra maestra trash que, tras su desastroso recibimiento, se convirtió en una de las mayores películas de culto del cine moderno. A simple vista, su último trabajo, Elle, no tiene nada que ver con la película protagonizada por Elizabeth Berkley, pero si la miramos de cerca, nos revelará una inquietud y deseo de escandalizar que la conectan a aquel descomunal melodrama erótico.

Basada en la novela de Philippe Djian, Elle es la primera película que Verhoeven rueda en Francia, un thriller oscuro y retorcido que nos introduce en la turbulenta mente de Michèle (Isabelle Huppert), exitosa e implacable ejecutiva que trabaja en una compañía de software, donde coordina a un grupo de jóvenes programadores y técnicos inmersos en el desarrollo de un nuevo videojuego de alto contenido en erotismo y violencia, y se aproxima con la misma dureza tanto a su trabajo como a su vida personal y familiar. Un día, Michèle es asaltada por un intruso en su propia casa. En lugar de llamar a la policía, elimina todo rastro del ataque y continúa con su vida mientras busca al hombre que la violó para tomarse la justicia por su propia mano. Su sed de venganza se transforma en un arriesgado juego de deseo sexual que poco a poco nos irá mostrando la verdadera cara de Michèle, un ser complejo y fascinante que nos tragará por completo.

Con Elle, Verhoeven ha llevado a cabo una auténtica hazaña, una película que irrumpe en un panorama caracterizado por la hipervigilancia y la corrección política, atreviéndose a hacer cosas que muchos consideran ya fuera de límites. Y lo hace con un descaro y una elegancia increíbles, incomodando, desafiando, alborotando, difuminando la línea entre lo aceptable y lo inadmisible. Con Elle, elle-verhoevenVerhoeven nos sitúa en una posición en la que nos encontramos a nosotros mismos disfrutando de la violencia y el comportamiento desviado que vemos en pantalla, reflejándolo en nuestro propio punto de vista en un alarde a lo Michael Haneke, solo que con mucho más humor. Porque Elle es el crudo y deslumbrante retrato de una sociópata que además de removernos constantemente y empujarnos a reflexionar, nos hace reír. Una película inquietante, de la que es imposible apartar la mirada, perversa, malsana, y por encima de todo divertida.

Pero por muy buena labor que desempeñe Verhoeven tras las cámaras (y lo hace; qué tensión más bien llevada, qué giros más cabrones, qué pulso tan medido), esta hipnótica comedia negra (negrísima) no sería lo mismo sin su protagonista, Isabelle Huppert. La francesa es una de las actrices más valientes del cine y no cabe duda de que Michèle estaba hecha para ella y nadie más. Solo Huppert, con su refinada frialdad y su distinguida sensualidad, podía dar vida a un personaje como este y llevarlo de forma tan sublime hasta el final. Con Michèle, la actriz nos deja su mejor interpretación desde La Pianista, un controvertido estudio de personaje con el que actriz y director exploran las pulsiones y parafilias de una mujer sorprendente para regalarnos una película deliciosamente mórbida y enfermiza que golpea con fuerza.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: El Principito

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“Crecer no es el problema, el problema es olvidar”

Hay obras universales que, además de sagradas, son complicadísimas de adaptar. Por eso, a la hora de hacer una película de El Principito no solo hay que ser valiente, sino también tener una buena idea y ejecutarla correctamente para hacer justicia al material. Mark Osborne, director de Kung Fu PandaBob Esponja, se atrevió a llevar al cine de animación el cuento eterno de Antoine de Saint-Exupéry, con una idea que resolvía bien la papeleta de traducir al lenguaje cinematográfico las palabras del autor francés: la película cuenta la historia de una niña que se muda con su madre a un nuevo barrio, y descubre que su vecino es el mismísimo Saint-Exupéry, con el que entablará una bonita amistad que la llevará a descubrir el maravilloso mundo del Principito y el Aviador. Es decir, la película no es una adaptación directa del libro, sino una nueva historia sobre el poder que ejerce el libro en las personas.

Para llevar a cabo este planteamiento, el film fusiona animación digital en 3D y stop-motion. La primera para dar forma al gris y cuadriculado mundo de la protagonista, una niña con desbordante imaginación (o sea, una niña normal) enjaulada por las normas y los planes de futuro de una estricta madre que le obliga a crecer demasiado rápido; y la segunda para dar vida a las páginas del libro y salpicar la película de fragmentos del mismo, transformados en coloridas y preciosas imágenes de papel cargadas de lirismo. En sus escenas digitales, la animación de la película no tiene la sofisticación visual de Pixar o Dreamworks, y sus diseños resultan demasiado convencionales, pero a medida que la historia avanza y el mundo de la niña y el Principito se van fundiendo en uno, la película se vuelve cada vez más hermosa y visualmente sorprendente. Hasta culminar en un conmovedor clímax de belleza arrebatadora en el que el CGI se pone a la altura del stop-motion.

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Osborne trata el libro de Saint-Exupéry con respeto y reverencia, manteniéndose fiel a su espíritu mientras lo traslada a la sensibilidad del cine de animación actualEl Principito es por tanto a la vez un homenaje y una relectura modernizada que, sorprendente y afortunadamente, funciona en ambos aspectos (gracias a su ingenioso guion, muy por encima de la media, y a su riqueza temática). A través de la historia de la niña, el film enhebra un mensaje muy potente sobre el poder de la imaginación y la importancia de recordar que todos fuimos niños, un consistente alegato peterpanesco que capta la esencia del libro y tiene la capacidad de atrapar tanto a niños como a adultos, que la disfrutarán a niveles distintos. Al fin y al cabo, al igual que el País de Nunca Jamás o el País de las Maravillas, el asteroide B-612 es uno de esos lugares imaginarios que todos anhelamos visitar, que nos recuerdan, especialmente a los adultos y sobre todo en esta época de desilusión y conformismo, el deseo de regresar a la infancia. Esto convierte a El Principito en una película idónea para ver en compañía de los más pequeños de la casa, para ponerla a los hijos, sobrinos, alumnos (la cinta esconde un mensaje especial para padres y docentes que hoy en día exigen demasiado a los niños), y compartir con ellos este sentimiento universal.

Quizá El Principito eche para atrás a los más puristas del clásico de 1943, ya que lo adapta de forma muy libre, omitiendo pasajes importantes e inventando alguno que otro nuevo. Sin embargo, Osborne compensa este “sacrilegio” llevando a cabo un homenaje que hasta los más cínicos reconocerán que conserva el espíritu de Saint-Exupéry, una película con corazón que capta y despierta el asombro y el entusiasmo infantil característico de esta obra y otros clásicos de la literatura para niños -que en realidad no son tan para niños. Las imágenes que hay en El Principito tienen el poder de maravillar y, acompañadas del precioso score de Hans Zimmer y las dulces canciones de Camille (que recuerdan a la banda sonora de Los mundos de Coraline), facilitarán las exuberantes emociones que transmite la película (incluida la tristeza), sobre todo durante su arriesgado acto final. Un pasaje que se sumerge de lleno en la ciencia ficción y bebe de BrazilDark City (sí, habéis leído bien) para llevar su mensaje hasta las últimas consecuencias, y si se ha conectado con ella, hacernos llorar como bebés.

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El Principito habla el mismo idioma tanto para los adultos que quedaron cautivados por el libro de pequeños como para las nuevas generaciones. En ambos casos, hoy en día es especialmente difícil ver que “lo esencial es invisible a los ojos”, y la película consigue que despertemos a las maravillas que no sabemos que tenemos delante.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Nuevas series 2016: Parte III

Sigo con mi repaso a los primeros estrenos televisivos de la temporada 2016-17. Haciendo estos especiales me he dado cuenta de una cosa: no tiene demasiado sentido titularlos “Pilotos”, así que he decidido rebautizar las entradas bajo la denominación “Nuevas series”. La razón es la siguiente: el modelo del piloto como episodio de prueba para vender una serie a las cadenas es cada vez menos frecuente, sobre todo desde el auge de los canales premium y en especial de las plataformas de contenido por Internet. Aunque se sigue practicando, sobre todo en las networks, muchas series reciben directamente el encargo de una temporada completa, como signo de confianza en el productor que las avala o como estrategia de fidelización (“no os vayáis, os garantizamos que, aunque la audiencia de la serie sea horrenda, va a haber al menos una temporada completa para satisfacer vuestro TOC televisivo”). Y luego están las series de Amazon, Crackle o Netflix, cuyas temporadas se ofrecen completas de una vez, lo que hace que el término piloto no se pueda aplicar a todas (sí a las de Amazon, que precisamente elige las series que va a comprar ofreciendo un montón de pilotos a sus suscriptores a ver cuáles funcionan mejor).

Todo este rollo para deciros eso, que cambio el título de la entrada, porque “Nuevas series” me parece que engloba mejor lo que estoy haciendo aquí. Aunque, curiosamente, en esta tercera tanda hay mayoría de series de network que han nacido de forma tradicional, es decir, con un piloto como los de siempre. Bueno, algo tenía que escribir en la introducción, ¿no? Empezamos.

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Pitch

No me habría acercado a Pitch de no ser porque Mark-Paul Gosselaar es uno de los miembros fijos del reparto. Se trata de un drama deportivo de la cadena Fox sobre la primera mujer que consigue jugar en una gran liga profesional de béisbol en Estados Unidos, una premisa que por desgracia todavía entra dentro de la categoría de ciencia ficción y que, afortunadamente, se suma a la corriente de series que apuestan por la diversidad, el feminismo y la visibilización. Es cierto que el género deportivo nos ha dejado un puñado de buenas películas, pero no es uno de mis favoritos. Antes de empezar el piloto de Pitch me convencí imaginando que quizá sería algo en la línea de Friday Night Lights, lo que me dio más motivaciones para verla además de Zack Morris con barba. Sin embargo, Pitch no tiene mucho que ver con la aclamada serie protagonizada por Kyle Chandler, sino que se asemeja más, aunque salvando las distancias, a lo que sería una Empire del deporte.

Y digo “salvando las distancias” porque Pitch no es tan loca como Empire (que se emite en la misma cadena). Pero sí tiene ese toque de espectáculo melodramático algo exagerado, con personajes de armas tomar, provocación y toques de humor efectista (cortesía principalmente del caricaturesco personaje de Ali Larter). Eso hace que la serie resulte más entretenida de lo que esperaba, pero también que corra el peligro de volverse ridícula y culebronesca muy pronto. El piloto empieza muy bien, captando la atención del espectador con el frenesí mediático alrededor de la protagonista, y se desarrolla correctamente (a base de clichés deportivos, como era de esperar) hasta culminar en un giro argumental que reescribe el episodio (parece que este es el año de los pilotos con sorpresa final). Sin embargo, dudo de su potencial a largo plazo. Me quedaré para comprobarlo, porque no está mal como pasatiempo sin exigencias, porque la protagonista, Kylie Bunbury, es muy buena, y para seguir viendo a Gosselaar con esos pantalones que… Bueno, que el chico tampoco está nada mal interpretativamente hablando.

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High Maintenance

Hay series que se emiten, como dicen los angloparlantes, “under the radar”. Es decir, que no tienen apenas publicidad, ni buzz, ni hype, ni nada por el estilo. Series que pasan desapercibidas y, en muchos casos, no llegan a formar parte de “la conversación”, aunque tengan méritos de sobra para hacerlo. Este sería el caso de High Maintenance. Tanto es así que una semana después de su estreno todavía no tenía su ficha en IMDb. Se trata de una comedia de HBO basada en la webserie del mismo título creada en 2012 por el matrimonio Ben Sinclair y Katja BlichfieldHigh Maintenance sigue a un hombre llamado simplemente “The Guy” (interpretado por el propio Sinclair) que trabaja como repartidor a domicilio de marihuana en el área de Nueva York.

La primera temporada en HBO tiene seis episodios, y cada uno de ellos se centra en un grupo de personajes distintos, los clientes de “The Guy” y las personas a su alrededor, es decir, “una ciudad de extraños con una persona en común”. No es un formato revolucionario, pero tampoco es el tipo de serie de media hora que acostumbra a hacer HBO, lo cual resulta refrescante. High Maintenance ofrece un terreno creativo muy fértil, una libertad para contar historias que resulta en un retrato costumbrista de la sociedad neoyorquina muy interesante y diverso. El personaje de Sinclair ejerce como pegamento, nexo de unión entre los “bocados de realidad” que se interconectan en la serie, mientras que el énfasis narrativo se pone en los personajes episódicos (interpretados por gente como Amy Ryan, Dan Stevens y otros actores menos conocidos), a los que les basta media hora para dar lugar a historias completas y sustanciales, breves relatos cómicos con un poso de melancolía que pueden ser más trascendentales de lo que aparentan. Con tan pocos episodios, me atrevería a decir que High Maintenance es una de las mejores nuevas propuestas de un año que nos está dejando grandes comedias de autor.

(Dato: Colby Keller aparece en la serie. Si no tenéis que googlear para saber quién es quizá debáis echarle un vistazo).

MacGyver

A los dos minutos del piloto de MacGyver ya estaba mirando el móvil. A los dos minutos y medio ya tenía clarísimo que no iba a seguir viendo la serie. Pero como soy un profesional, dejé el móvil y aguanté el episodio entero para escribir esto con conocimiento de causa. Y vaya suplicio.

Hablando claro: el remake televisivo de MacGyver es un despropósito mayúsculo. No voy a comprarla demasiado con la serie original, porque a) No la tengo precisamente reciente, b) Lo que recuerdo no la convierte en un referente intocable y c) No tiene sentido, a este bodrio se le debe juzgar por méritos propios. Desde la primera escena, la serie huele que apesta a procedimental clónico y hecho sin ganas o ímpetu creativo, una primera misión que nos presenta torpe y tópicamente al nuevo MacGyver (arrogante, mujeriego y con el aspecto aniñado de Lucas Till, sin duda un error de casting). Tenéis al héroe sobrado, al compañero gracioso, a la analista que monitoriza la misión delante de un ordenador y a la jefaza fría e implacable (ellas tienen un montón de títulos universitarios y son las mejores en su profesión, pero a una se la reduce a “por cierto, me la estoy tirando”, y a la otra a “por cierto, me tiré a su madre”. Bravo). Efectivamente los clichés y estereotipos se acumulan sin atisbo de originalidad (el mejor amigo negro parece sacado directamente de los 90), y lo peor de todo, para aburrir soberanamente.

El piloto de MacGyverque tuvo que ser regrabado después de los pobres resultados del original y que cuenta con el mismísimo James Wan en la dirección (aunque no se nota, así que no me extrañaría que le pagasen por usar su nombre mientras él seguía con Aquaman), es un claro ejemplo de cómo no arrancar una serie: demasiada información metida con calzador en 40 minutos, personajes que actúan como si los conociéramos de toda la vida, y cuya química resulta forzada, diálogos sin chispa, sobredosis de escenas de acción para engatusar… Pilotitis aguda, vamos. Los productores de MacGyver se han propuesto modernizar el clásico televisivo con una relectura de ritmo acelerado, mucha acción “espectacular” (muy entre comillas, porque los efectos en algunas escenas son criminales), detalles contemporáneos como rótulos sobre la pantalla a lo Sherlock y un protagonista joven que garantice, si la serie funciona en los índices de audiencia, muchas temporadas. Pero lo que les ha salido es la enésima serie formulaica a lo Hawaii 5.0, un producto cutre, ligeramente machista, y paradójicamente anticuado con un protagonista sin carisma. Pasando.

Mr. Robot (Primera temporada): Hackeo al drama televisivo

Cuando el pasado 18 de septiembre Rami Malek se subía al escenario del Microsoft Theater para recibir su primer Emmy a Mejor Actor de Drama, su rostro reflejaba la sorpresa e incredulidad que muchos sentíamos al verlo o al enterarnos a la mañana siguiente. El trabajo de Malek en Mr. Robot ha sido universalmente aclamado, pero el Emmy estaba lejos de ser una garantía para él. Digamos que el joven actor, al que ya habíamos visto en la saga CrepúsculoLas vidas de Grace entre muchas otras películas, era la opción improbable, el candidato underground. Pero como demuestra este galardón (y el de Tatiana Maslany en la misma noche) nada es imposible y Malek ha visto recompensado, sorprendente, pero muy justamente, su excelente labor dando vida al fascinante Elliot Alderson en la primera temporada de Mr. Robot.

La serie creada por Sam Esmail (un nombre muy propio teniendo en cuenta las circunstancias) se convirtió el verano pasado en una de las mayores revelaciones catódicas del año, con una primera temporada que por fin está disponible en España en Blu-ray y DVD. Oportunidad perfecta para revivir el intenso, oscuro y absorbente viaje a lado oscuro del subconsciente protagonizado por Elliot, un ingeniero de ciberseguridad de día, que de noche ejerce como justiciero hackeando las vidas de criminales para castigarlos o entregarlos a la policía. Por esta premisa, la serie fue rápidamente relacionada con Dexter, y lo cierto es que la comparación no es para nada descabellada (Mr. Robot también nos deja entrar en la psique de su protagonista mediante su voz en off). Elliot trata de llevar una vida normal de día, se esfuerza por conectar, cultivar relaciones y actuar como un miembro más del rebaño, a pesar de su ansiedad social y trastorno paranoide, mientras que de noche se pone su capucha para tomarse la justicia por su mano. Sin embargo, la serie se desmarca rápidamente del “oscuro pasajero” para convertirse en algo más complicado, un juego de apariencias y espejos deformados que hará que nos planteemos qué es real y qué existe únicamente en la cabeza del protagonista.

La vida de Elliot se complica cuando sus “cacerías” nocturnas le llevan a cruzarse con el líder de un misterioso grupo de hackers, el Mr. Robot del título (Christian Slater, que también produce la serie). Este lleva mucho tiempo observando al muchacho y lo ficha para que destruya la empresa en la que trabaja, E Corp (o Evil Corp), la misma que se supone que debe proteger. Impulsado por sus creencias personales y asqueado con la “vida moderna”, en la que las personas viven esclavizadas a la maquinaria capitalista, Elliot se une a Mr. Robot y su fsociety (grupo de hackers ubicado en Coney Island) para hundir a los directivos de las multinacionales que, según él, están controlando y destruyendo el mundo. A medida que se ve cada vez más implicado en la trama contra E Corp, el tumulto interior de Elliot crece, haciendo que su vida personal, su pasado, y quizá también su cordura, se fusionen peligrosamente con los designios de la fsociety.

Con tan solo 10 episodios, la primera temporada de Mr. Robot presenta una historia compacta que atrapa de principio a fin, desde su redondo piloto hasta su intensa recta final, y por tanto se hace perfecta para su visionado en maratón. Pero además de ser un thriller psicológico adictivo con grandes interpretaciones, Mr. Robot es una de las series más técnica y visualmente impecables del panorama actual. Con una magnífica fotografía cinematográfica y encuadres memorables (cuanto más aire por arriba, mejor), el trabajo de Sam Esmail sido comparado con el de David Fincher, cuyo cine (y en especial El club de la lucha) salta a la vista que es una de las principales influencias de la serie.

Mr. Robot es un alegato anti-capitalista que, a través de los incendiarios monólogos de Elliot, lanza agresivas proclamas con las que pretende destapar los absurdos de la vida moderna, poner en tela de juicio la democracia y denunciar la manipulación de las grandes empresas sobre nuestro homogéneo estilo de vida. Su discurso quizá no sea el más original o novedoso, pero su historia está contada con mucho estilo y no pierde fuelle a lo largo de la temporada, es más, mejora a medida que pasan los capítulos. Mr. Robot es uno de los dramas de los últimos años, una serie ya de culto que entra muy bien por los ojos y por los oídos (vaya música), que engancha con su enigmático argumento y su tono de constante inquietud, y nos tiene reservados unos cuantos mindfucks en el camino. Si todavía no os habéis dejado hackear por Elliot, hacedlo cuanto antes.

mr-robot-t1-blu-rayMR. ROBOT – TEMPORADA 1

CARACTERÍSTICAS TÉCNICAS
Contenido 2 Discos. 10 Episodios
Imagen 1.78:1 1080p
Audio Inglés – DTS-HD Master Audio 5.1
Castellano – DTS 5.1
Francés – DTS 5.1
Subtítulos Castellano, Francés, Holandés, Inglés para sordos

EXTRAS
Escenas inéditas (13 min).
Tomas falsas (5 min).
C0mo_S€_h!z0_Mr_R0b0t.mov (12 min).

Crítica: El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

Que el cine de Tim Burton ya no es lo que era es algo que tenemos bien asumido. Sin embargo, el director no parece demasiado preocupado por recuperar la fe del público que un día lo consideró uno de los directores más visionarios, originales y subversivos del cine. En su lugar, Burton se ha acomodado en la última década eligiendo proyectos que se ajustan como anillo al dedo a su personalidad y estética, contando/adaptando historias que, antes de pasar por su filtro particular, ya eran marcadamente burtonianas (lo que viene a llamarse “moverse por inercia”). Este es el caso de su nueva película, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, basada en el best seller homónimo de Ransom Riggs, y con la que Burton regresa a sus excéntricos mundos de fantasía después de rebajar la burtonidad con el biopic Big Eyes.

El hogar de Miss Peregrine es la historia de Jake (Asa Butterfield), un adolescente asocial que ha crecido escuchando los cuentos maravillosos de su abuelo, Abe (Terence Stamp), relatos fascinantes sobre niños con poderes especiales que convivían en un orfanato en la costa de Gales. Tras la muerte de Abe en circunstancias misteriosas, Jake decide viajar al Reino Unido para comprobar con sus propios ojos si este lugar existe en realidad. Allí descubrirá el refugio secreto donde los niños de los cuentos de su abuelo, conocidos como Peculiares, permanecen ocultos en 1943 gracias a un bucle temporal creado por Miss Peregrine (Eva Green), la enigmática institutriz que los mantiene a salvo de los peligros que los acechan. A medida que conoce a sus nuevos amigos y las reglas que rigen el hogar de Miss Peregrine, Jake se dará cuenta de que no todo es lo que parece, ni siquiera él, y será clave en la lucha contra los monstruos que quieren hacer daño a los Peculiares.

Miss Peregrine ofrece a Burton la oportunidad de volver a dar rienda suelta a su particular sentido de la magia y la aventura para hablarnos una vez más de esos inadaptados, freaks o seres peculiares por los que siempre ha sentido predilección. Y el director la aprovecha para realizar otro trabajo visualmente estimulante que fusiona el color y la oscuridad, lo luminoso y lo tenebroso, como solo él sabe hacerlo. Otra cosa quizá no, pero este sigue sabiendo cómo construir una fantasía que nos entre fácilmente por los ojos y no nos deje apartar la mirada de la pantalla gracias a su inconfundible imaginario. Efectivamente, Miss Peregrine está llena de imágenes deliciosas, planos iconoclastas rebosantes de romanticismo al más puro estilo del autor (Jake tirando de la cuerda que evita que Emma salga volando, las hermosas secuencias bajo el agua) y momentos de gran asombro que conquistarán sobre todo a los más jóvenes. Y es que, a pesar de dejar escapar unos cuantos momentos verdaderamente grotescos y terroríficos (que la hacen no apta para niños pequeños) y de algún que otro destello del Burton más ácido y extravagante, Miss Peregrine es una película de marcado corte familiar, en la que el director parece esforzarse por mantenerse dentro de unos parámetros de seguridad. Los mismos que, a la larga, acaban perjudicándola.

Pero ese no es el principal problema de Miss Peregrine. Lo cierto es que durante la primera hora la cosa parece prometer bastante, incluso nos hace recuperar por momentos la esperanza en un verdadero regreso a la forma del director, pero se trata solo de una ilusión. A medida que la historia avanza se ponen de manifiesto los defectos de la película. Principalmente un ritmo irregular, que hace que esta se haga demasiado larga (con 127 minutos técnicamente lo es, pero es que además da la sensación de que dura media hora más), el triunfo del estilo sobre la sustancia (con lo que queda una película bonita, pero más vacía de lo que querríamos), y sobre todo un guion que empieza bien y acaba descarrilando hasta no saber por dónde cogerloMiss Peregrine presenta una intrincada mitología que la guionista Jane Goldman (Kingsman: Servicio secreto) no ha sabido exponer de forma clara, haciendo que las reglas de su universo, el desarrollo y los giros argumentales resulten confusos y tiendan excesivamente a la omisión y el deus ex machina. Esto se pone de manifiesto especialmente durante el alocado clímax, cuando el caos se apodera del guion y se trata de cerrar de forma apresurada todo lo que se ha abierto en la primera parte. Es decir, Miss Peregrine sabe cómo captar nuestra atención, pero no es capaz de mantenerla y se/nos pierde enrevesándose demasiado.

El reparto es otro de los aspectos más inconsistentes de Miss Peregrine, tanto por el nivel interpretativo como por el uso que se hace del mismo. Aunque sobre decirlo, Eva Green es una de las mayores bazas de la película. Ella fue lo mejor de Sombras tenebrosas, así que es un absoluto placer volverla a ver a las órdenes de Burton dando vida a otro personaje que permite a la actriz francesa hacer lo que mejor se le da: hipnotizar con su magnética presencia y expresiva mirada turquesa (aunque a ratos se confunda con Vanessa Ives de Penny Dreadful). Sin embargo, su Miss Peregrine queda desdibujada y relegada a segundo plano, desapareciendo literalmente durante el tercer acto de la película, para regresar a última hora sin aportar mucho al desenlace (no corren mejor suerte Judi Dench y Allison Janney, cuyos talentos son dramáticamente desaprovechados). Por otro lado, y esto es lo más importante, Asa Butterfield (muy prometedor en El juego de Ender) no es capaz de sostener sobre sus hombros el peso de la película, llevando a cabo una interpretación plana con la que no logra transmitir apenas emociones. Y por último, Samuel L. Jackson chirría con un villano caricaturesco que debería haber sido divertido, pero en su lugar resulta algo ridículo. Afortunadamente, suplen las carencias del cast principal el encantador grupo de niños peculiares, un plantel de adorables secundarios de entre los que destaca una exquisita Ella Purnell. Es una pena que el guion no sepa aprovechar mejor sus poderes (¿quizá se lo están guardando para una secuela/saga? Daría para ello, desde luego).

El hogar de Miss Peregrine no es un desastre, nada más lejos de la realidad. Esta mezcla de Mary Poppins, Harry PotterX-Men homogeneizada a través de los ojos de Burton es un film de imaginación desbordante, lleno de humor y buenas intenciones, y técnicamente impecable, con diseño de producción, vestuario y efectos de primera (todo lo que cabe esperar del autor). Sin embargo, la magia e ilusión inicial de la propuesta se diluye por culpa de un tratamiento narrativo que no saca partido de su material y una falta de riesgo por parte de Burton, que sigue atrapado en su propio bucle. Con esta película tenía una oportunidad de oro para recuperar el esplendor, pero ha vuelto a dejarla marchar en favor de la mentalidad de estudio.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Nuevas series 2016: Parte II

Os traigo mi segunda ronda de reviews de los pilotos de esta temporada 2016-17 (podéis leer la primera aquí). Y os recuerdo que no estoy siguiendo un orden en particular, así como tampoco estoy agrupando las entradas según los tipos de serie, género o cadenas. De hecho, esta selección de estrenos es especialmente diversa. Tenéis dos series de plataforma digital (una comedia y un drama), una sitcom familiar de ABC y un drama de la cadena de Oprah Winfrey. Descarto una y me quedo con tres. A ver si adivináis cuál es la que no pasa la criba.

One Mississippi

¿Recordáis aquella escena de Ghost World (tanto en el cómic como en la película) en la que Enid y Rebecca están viendo en la tele a un humorista híper-deprimente que habla como si se acabara de despertar de la siesta y a ellas les parece lo peor? Era una escena satírica que nos hablaba de cómo la comedia y los gustos estaban cambiando, virando hacia lo excéntrico, lo triste y lo puramente patético, pero vista hoy en día se puede aplicar, sin ironía alguna, al panorama actual de la comedia de autor en Estados Unidos.

One Mississippi es una de las nuevas comedias en primera persona desarrolladas por un/a humorista que nos llegan este año (y ya van unas cuantas). Creada y protagonizada para Amazon por la conocida monologuista y locutora de radio Tig Notaro, producida por Louis C.K. (el actual rey de la comedia deprimente y existencialista, también co-creador de Better Things) y escrita por Diablo Cody. Total ná. Los que han seguido la carrera de Notaro previa a One Mississippi saben perfectamente qué encontrarse en ella, porque incide en los temas y el estilo de su monólogo más famoso, en el que narra su experiencia después de serle diagnosticado un cáncer de mama y habla de la muerte de su madre. Efectivamente, One Mississippi, al igual que Transparent y tantas otras, difícilmente puede catalogarse como comedia. Pero lo es. Una comedia personal, singular, devastadora, con la misma tendencia a irse hacia el lado oscuro que al luminoso, una serie que se enfrenta a la tragedia con humor, para reír llorando. O viceversa.

StartUp

No tengo reparos en admitirlo: empecé a ver StartUp únicamente por dos de sus protagonistas principales, Martin Freeman (SherlockFargo) y Adam Brody (The OC, Jennifer’s Body). Esa era seguramente la intención de Crackle, la Netflix de Sony Pictures, que ha decidido aventurarse en la producción original, empezando por este drama tecnológico de gran pedigrí, y se ha asegurado de contar con nombres que funcionasen como reclamo para el público. Pues bien, vi el primer episodio totalmente predispuesto a que no fuera para mí, preparado para dejarla ipso facto (aunque me doliese despedirme tan pronto de Freeman y Brody), pero qué sorpresa me llevé al verme totalmente enganchado a la serie desde el principio.

StartUp nos lleva a Miami para contarnos la interesante coalición de varios personajes de muy diversas procedencias (un banquero que debe ocultar dinero robado, un “gang lord” que busca la manera de hacer legal su “profesión”, y una hacker que tiene una idea revolucionaria), que se ven forzados a trabajar juntos para fabricar el nuevo sueño americano, un sistema de moneda digital que supone el futuro del dinero y, sin proponérselo, les lleva a crear una nueva versión del crimen organizado. Aunque tenga unos cuantos glitches (como la necesidad de meter con calzador escenas provocativas y sexuales para dejar claro que es una serie adulta, al estilo de Showtime), StartUp es sin duda una ficción de calidad, un prometedor tech-drama que se suma a Mr. Robot Halt and Catch Fire, diferenciándose con un punto de arrogancia a lo House of Lies o Billions (pero sin pasarse, como ellas) y un toque a lo cine de Michael Mann. Un thriller estiloso, elegante, con buenas interpretaciones, y por encima de todo, con una historia y un ritmo que atrapan.

Queen Sugar

A priori, Queen Sugar no me interesaba nada. Pero empecé a leer cosas sobre ella, y a ver posts en Tumblr que me llamaron la atención, y decidí echarle un vistazo. Se trata de un melodrama creado, producido y dirigido por Ava DuVernay (Selma) para la cadena de Oprah Winfrey, OWN. La serie cuenta la historia de tres hermanos que se reencuentran en Nueva Orleans tras la muerte de su padre y nos introduce en las vidas de la comunidad negra de Louisiana para hablarnos de sus luchas personales: trabajo, drogas, amor/desamor y conflictos familiares.

Personalmente, aplaudo cómo la televisión norteamericana está aumentando la representación y la diversidad racial con sus series en estos últimos años, en especial con la nueva hornada de 2016 (después del pelotazo de Empire, las cadenas han despertado), pero Queen Sugar no es para mí. No es más que una telenovela con factura de quality series que se toma demasiado en serio a sí misma (no sé qué esperaba de una serie de Oprah). Ni siquiera conseguí terminar el primer episodio, de ritmo desesperante, diálogos mediocres y un tono de melodrama romántico afectado que me sacó por completo. Por no hablar de la selección musical, canciones mal elegidas y peor utilizadas. Terrible. Sinceramente, no entiendo el prestigio de DuVernay, por ahora no me ha demostrado ese talento del que tanto hablan (ella incluida).

Speechless

ABC sabe lo que le funciona, y no se corta en copiarse a sí misma y repetir la misma fórmula una y otra vez. Desde el éxito de Modern Family, la cadena del alfabeto no ha dejado de producir sitcoms familiares de corte similar, pero desordenando los ingredientes en pos de la diversidad y la inclusiónblackish introdujo a una familia negra a la parrilla de la cadena (ya era hora), Fresh Off the Boat hizo lo propio con la población chino-americana, y The Real O’Neals puso a un adolescente gay como protagonista y punto de vista principal de la historia. Este año, ABC nos presenta a su primera persona discapacitada protagonista con Speechless, comedia sobre una familia con un hijo que vive con parálisis cerebral.

Como adelantaba, Speechless es pura fórmula familiar ABC, pero ya desde su estupendo piloto desprende un encanto absoluto, una química entre personajes y un gran corazón, elementos que la mayoría de sitcoms necesitan unos cuantos capítulos (o una temporada) para perfeccionar. El mérito es principalmente de Minnie Driver, que lo borda como madre excéntrica y sobreprotectora, y de Micah Fowler, el hijo que va en silla de ruedas y se comunica con la ayuda de sus hermanos y de un programa informático (y posteriormente con un asistente contratado). La serie está cargada de clichés, de un buenrollismo a lo Little Miss Sunshine que puede echar para atrás a los más cínicos, y en el fondo no es más que otra propuesta de network en la que uno o varios miembros tienen algo que los diferencia de otros clanes televisivos sin dejar de formar parte de una familia nuclear tradicional (ABC apuesta por la diversidad, pero siempre dentro de un esquema de “normalidad”). Claro que, como decía, Speechless rebosa encanto, sabe tocar la fibra, es divertida, y garantiza buenos momentos. Aun queda mucho por hacer, pero un fuerte aplauso a ABC por un (otro) piloto que da en la diana, y por la importante labor inclusiva que está realizando.

Crítica: Florence Foster Jenkins

Que Meryl Streep hace mejor todo lo que toca es un hecho. La laureada y venerada actriz de talento camaleónico sin límite se pone esta vez en la piel de la peor cantante de ópera de la historia en Florence Foster Jenkins. Stephen Frears, director de Alta fidelidad o las biográficas La reina Philomena, firma este encantador biopic sobre la heredera neoyorquina de la alta sociedad de los años 40 que persiguió su sueño de convertirse en una gran soprano, sin ser consciente de que en realidad cantaba como un gato al que le están pisando la cola.

La película, de ambientación exquisita y tono cómico con toques de drama en los momentos adecuados, nos introduce en el particular universo de Florence, una socialite neoyorquina de excéntrica pero afable personalidad a la que todo el mundo adora (porque es adorable, pero también porque es sinónimo de dinero e influencia). Florence se emplea a fondo por mantener su impecable imagen como anfitriona y mecenas de las artes escénicas en la Gran Manzana, mientras lucha contra una enfermedad y el agotamiento que esta conlleva. Para ello cuenta con el apoyo de su “marido” (énfasis en las comillas) y manager, St. Clair Bayfield (Hugh Grant), aristocrático actor inglés de poca monta que no solo la ayuda a sostener su lujosa fachada en pie, sino que la protege de su autoengaño, orquestando la gran mentira: una realidad confeccionada en la que Florence es un prodigio de la ópera y todos así lo creen.

Envuelta en la espiral de falsos elogios y mirando la realidad a través de un cristal deformado, Florence decide dar un concierto en el prestigioso Carnegie Hall, un recital abierto ya no solo a su círculo social, sino al público general que no forma parte del universo de ficción levantado alrededor de la “soprano”. En su viaje la acompaña, además de su marido, su pianista personal, un joven y talentoso músico contratado por St. Clair para asistirla en sus clases de canto, aunque a oídos de todos, y para asombro y diversión del muchacho, ella no necesita mejorar, porque ya es perfecta. Este juego de apariencias convierte a la película en un pasatiempo delicioso repleto de momentos divertidos y escenas entrañables en las que Frears se aproxima a lo patético de la historia y el personaje con ojo para la comedia, y grandes dosis de sensibilidad y corazón.

Eso es lo que hace que Florence Foster Jenkins destaque a pesar de su condición de biopic académico, la manera en la que se nos presenta a su protagonista, tratando al personaje con gran compasión y humanidad. Eso sí, como adelantaba al principio, el mérito es sobre todo de Meryl Streep, que personifica de forma prodigiosa la doble lectura de su personaje: por un lado (se) divierte y nos provoca la risa cantando horrorosamente mal, y por otro nos hace admirar su perseverancia y nos conmueve profundamente cuando el velo que le tapa los ojos cae ante ella durante el emocionante clímax. Claro que, aunque el film es casi enteramente de Streep, no podemos desmerecer a Simon Helberg (The Big Bang Theory), que en cierto modo ejerce como nuestro punto de vista, entendiendo poco a poco a la protagonista mientras va creciendo como personaje, y sobre todo a Hugh Grant, que sin esperarlo nos deja una de sus mejores interpretaciones, un trabajo en el que el actor británico deja constancia de que es mucho más versátil y tiene más talento de lo que muchos creíamos.

Es cierto que Florence Foster Jenkins es una película excesivamente formulaica y rutinaria para la figura tan poco convencional que retrata, pero la gran labor de su protagonista compensa el comodón tratamiento del director. Florence Foster Jenkins está hecha para agradar, sabe qué teclas tocar en todo momento, y aunque puede que técnicamente no sea nada del otro mundo, Streep, con su maravillosa gesticulación y perfecta sincronización cómica y dramática, hace que se convierta en una de las citas ineludibles de la temporada previa a los Oscar.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Los Siete Magníficos

Dejémoslo claro desde el principio: nadie quería un remake de Los Siete Magníficos. Nadie lo pidió. Pero Sony Pictures nos lo dio de todos modos. Así que no tiene mucho sentido quejarse, no va a cambiar nada. Eso es, tenemos un remake de Los Siete Magníficos, y hay dos opciones: ver la película o no verla. Quizá hacerle el vacío sirviera para que Hollywood se estrujase la sesera buscando más ideas originales y dejase de hacer tantos reboots. Quizá no. Da igual, el remake de Los Siete Magníficos es algo que existe, que ha llegado a los cines, y hoy toca hablar de ella. Y resulta que, después de todo, no solo no está tan mal como esperábamos (o como muchos querían), sino que es un buen remake, y una buena película. Sorpresa.

Dirigida por Antoine Fuqua, que puede gustar más o menos (a mí me gusta menos), pero tiene ya en su haber unos cuantos éxitos (Training Day, Objetivo: La Casa Blanca, The Equalizer), Los Siete Magníficos es una relectura del clásico del oeste adaptada para las nuevas audiencias. Recordemos que la película original ya era un remake. En 1960, John Sturges llevaba la historia de Los Siete Samuráis de Kurosawa al terreno más comercial del momento en Estados Unidos, el western. De la misma manera, Bichos de Pixar hacía lo propio en los 90 convirtiendo la misma historia en una fábula para niños (y no tan niños). Y no son las únicas versiones. Con esto quiero decir que el cine es algo cíclico y remakes ha habido siempre, desde tiempos inmemoriales. Pero este es otro tema para desarrollar en otra ocasión. Sigamos. Fuqua, que se ha especializado en dirigir cintas de acción con “enjundia”, moderniza el clásico de la Metromanteniéndose fiel a su historia y a las reglas de su género pero convirtiéndola en un blockbuster actual.

Los Siete Magníficos nos da la (nada cálida) bienvenida Rose Creek durante la llegada del industrial Bartholomew Bogue (Peter Sarsgaard), que irrumpe en este pequeño pueblo para bañarlo de sangre y adviertir de su regreso junto a la caballería con la intención de hacerse con él y sus recursos. Desesperada, la gente de Rose Creek contrata la protección de siete peculiares “defensores”, cazarrecompensas, tahúres, sicarios y forajidos que forman un equipo de lo más variopinto: Sam Chisolm (Denzel Washington), Josh Farraday (Chris Pratt), Goodnight Robicheaux (Ethan Hawke), Jack Horne (Vincent D’Onofrio), Billy Rocks (Byung-Hun Lee), Vasquez (Manuel García Rulfo) y Red Harvest (Martin Sensmeier). Los Magníficos se preparan junto al pueblo para la violenta batalla que les espera cuando Bogue y sus hombres regresen para reclamar el dinero que no es suyo.

Como veis, a pesar de los cambios (necesarios para evitar comparaciones donde menos convendría), el esquema narrativo es exactamente el mismo. Solo que Fuqua se esfuerza por convertirla en una película del siglo XXI (aunque esto sea en realidad contra natura), imprimiéndole un ritmo más dinámico, para luchar contra el déficit de atención del público de hoy en día (seguramente en vano), y elevando las cotas de acción con una enérgica (aunque irregular) realización que culmina en un brutal y excelente clímax. Pero eso no es todo, también detectamos claras trazas de modernización en el tratamiento del único personaje femenino importante de la historia, Emma Cullen (la prometedora Haley Bennett), una mujer que se niega a esconderse y se prepara para empuñar la escopeta junto a los siete machotes, con el propósito de vengarse ella misma de la muerte de su marido (Matt Bomber) a manos de Bogue. Afortunadamente, no es algo que chirríe demasiado, al contrario, Emma Cullen es la prueba de que se puede hacer una película muy ruda y masculina por naturaleza sin que esta tenga apenas un ápice de machismo.

Y por supuesto, el reclamo más importante para atraer a los espectadores que disfrutan de los superhéroes como sus abuelos lo hacían con el western es un reparto de estrellas acorde a las circunstancias. Es decir, un protagonista que ha demostrado ser un valor seguro, Denzel Washington (ese actor que te gusta a ti, a tu madre y a tu tío abuelo), y uno de los actores más queridos y vendibles del Hollywood actual, Chris Pratt, que en esta ocasión vuelve a ser Andy Dwyer interpretando a otro canalla irresistible de buen corazón y con un punto infantil (es decir, Pratt haciendo de Pratt, para gozo de sus fans y de los estudios). Estos dos actores adquieren un mayor peso en la trama, por obvias razones comerciales, pero están rodeados de un reparto… bueno, digamos magnífico, del que destacan Ethan Hawke, un caricaturesco Vincent D’Onofrio, y sobre todo Manuel García Rulfo como Vasquez, la revelación de la película. Pero en general, la pandilla al completo se compenetra fantásticamente, con encanto y química a raudales, personalidades bien definidas con apenas un par de rasgos, y grandes dosis de carisma, lo que hace que una película que no tenía que funcionar tan bien, lo haga.

Los Siete Magníficos no reinventa nada (ni tiene por qué), no va a volver a poner de moda el western (me temo que eso es algo imposible), pero su condición de crowd-pleaser bien hecho la convierte en un divertimento más que digno, una superproducción perfectamente calibrada para agradar a todos los públicos y dejar con buen sabor de boca, por poco que dure. En este caso, tampoco hace falta más.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Nuevas series 2016: Parte I

Aquí estamos un año más. Un nuevo curso escolar que viene cargado de series de estreno. Pilotos que se suman a las series que ya seguimos y a las que tenemos acumuladas para convertir el mes de septiembre en el más estresante del serieadicto. ¿Qué nuevas series deberíamos catar? ¿Cuáles descartar antes de caer en la espiral de “ya que he visto X capítulos, voy a seguir aunque no me guste demasiado”? ¿Cuáles no tocar ni con un palo?

Este año, como los dos o tres anteriores, he hecho criba para ver solamente los pilotos que más me interesaban, ya fuera por su equipo creativo y artístico, su género, el hype o el buzz que han generado en Internet. Por ahora he probado con casi una decena de series, de las que selecciono cuatro para empezar a desmenuzar la nueva oferta catódica (en breve, la segunda parte). Y aunque los resultados varían bastante, en general se puede decir que está siendo un buen comienzo de temporada, lo que me hace pensar dos cosas. Uno, las cadenas, tanto networks como de cable o por Internet, se siguen poniendo el listón más alto y la burbuja de series de calidad continúa haciéndose más grande, sin saber cuándo explotará. Y dos: este 2016 me voy a quedar con más nuevas series que el año pasado, que cayeron como moscas, por lo tanto tendré que reducir mis horas de sueño a cuatro.

Sin más dilación, empiezo mi repaso a las nuevas series de la temporada. Estas primeras cuatro las pienso seguir viendo, así que podéis tomarlas como recomendaciones.

This Is Us

Drama al estilo de las historias corales de vidas cruzadas con un punto buenrollista y con mimbres para tocar la fibra más sensible y golpear duro al estómago. Habla de la conexión entre varias personas que nacieron el mismo día, lo que a priori recuerda inevitablemente a Sense8. Pero This Is Us no contiene ningún elemento fantástico (así como ninguna orgía, por ahora), así que se aleja bastante de la serie de las Wachowski. El reparto es una de sus mayores bazas: Milo Ventimiglia (que rompió Internet este verano enseñando el culo en el trailer) tiene una química adorable con Mandy Moore (que nos va a demostrar que es mejor actriz de lo que creíamos, ya veréis); Justin Hartley sorprende con un personaje con más aristas de lo que parece (y no lo digo solo porque se pase el episodio sin camiseta), un actor de sitcom harto de la vacuidad que define su vida; y creo que voy a emocionarme mucho con Chrissy Metz y su trama sobre la lucha contra la obesidad. Los protagonistas tienen 36 años, y estar más cerca de los 40 que de los 30 sin tener tu vida en orden (es decir, lo que le pasa al 90% de la humanidad) da para historias muy jugosas (y potencialmente deprimentes).

El piloto ha encantado al público y los índices de audiencia han sido muy buenos. A mí no me ha gustado tanto como al resto de Internet (me ha parecido un poco pastel), pero sí lo suficiente para ver unos cuantos capítulos más y hacerme una idea más clara de si es mi tipo de serie o no. Gustará seguro a los fans de Parenthood.

The Good Place

Serie creada por Michael Schur, que está detrás de algunas de las mejores comedias televisivas de la historia, The OfficeParks and Recreation The Comeback, protagonizada por Ted Danson y nuestra querida Kristen Bell, y con piloto dirigido por Drew Goddard (La cabaña en el bosque, Daredevil). Con esas credenciales, como para perderse The Good Place. Aunque tenga mucho que mejorar, la premisa es bien alocada y tiene potencial para rato: Después de morir, Eleanor Shellstrop (Bell) va a parar al “Buen Sitio”, algo así como el Cielo, pero nada que ver con lo que las religiones nos han vendido. Allí le espera una eternidad viviendo en una comunidad apacible y con todas las comodidades del mundo (yogur helado por encima de todo). El problema es que ha habido un error, y en realidad Eleanor no debería estar en el Buen Sitio, sino en el Malo, porque en vida fue básicamente la peor persona del mundo. Su presencia en el paraíso hace que el tejido de la realidad que lo sostiene empiece a resquebrajarse y ocurran fenómenos extraños (mariquitas gigantes, gambas voladoras) que amenazan con destapar el secreto de Eleanor.

El piloto (doble) de The Good Place es un work-in-progress. Mucho mejor la primera mitad que la segunda (salta demasiado a la vista que pasó bastante tiempo entre el rodaje de ambas) y en general algo inconsistente. Repleto de ideas muy creativas, ocurrencias visuales muy ingeniosas y coloristas, y diálogos inteligentes, pero que no funcionan al mismo nivel. Eso sí, imprescindible para los fans de Parks and Rec. Aunque son personajes hasta cierto punto opuestos, Eleanor tiene prontos a lo Leslie Knope, y el humor es muy afín al de la serie de Amy Poehler. Solo que en este caso la propuesta es mucho más disparatada y surrealista (atención a los fantásticos efectos digitales del primer episodio, todo un alarde de originalidad). Auguro una gran interpretación cómica por parte de Danson y Bell, y un reparto estupendo cuando la serie tome forma (la NBC ha encargado directamente 13 episodios, por cierto). Espero que no le pase como a Brooklyn Nine-Nine y sepa sacarse partido.

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Atlanta

Donald Glover se marchó de Community dejando desolado a Abed y a todos los espectadores de la comedia de Dan Harmon. Supuestamente, el actor se marchaba porque estaba teniendo una crisis artística y necesitaba concentrarse en su música y encontrarse a sí mismo. Después de un pequeño papel en Magic Mike XXL (gran cambio de aires donde los haya), Glover estrena su primera serie como creadorAtlantaY lo hace la cadena que nos está dando algunas de las mejores comedias de los últimos años, FX (hogar de LouieIt’s Always Sunny in Philadelphia).

Atlanta lleva pocos capítulos emitidos, pero son los suficientes para reconocer el gran talento de Glover como guionista y productor. No podría ser de otra manera, se formó en 30 Rock. Pero Atlanta no tiene nada que ver con la serie de Tina Fey. Es una comedia dramática sobre dos primos intentando sobrevivir en la escena rap de Atlanta mientras se enfrentan a sus decepcionantes vidas. La serie tiene diálogos brillantes y momentos divertidos, pero el tono es más cercano al del drama contemplativo, y es de esas series en las que parece que no está pasando mucho, pero está pasando todo. Glover está fantástico interpretativamente hablando y creo que vamos a conectar mucho con su Earn. La inteligencia y puntos de vista de su personaje (“la sexualidad es un espectro”), así como su actitud ante la vida (entre la apatía y la resignación, y con un adorable deje ganso a lo Troy Barnes), prometen muchas alegrías (y tristezas, que en este tipo de series también son alegrías).

Atlanta se puede adscribir a la nueva comedia millennial que tantas buenas series nos está dando (Girls, Master of None), pero ofrece un punto de vista distinto dentro de este género, el de la comunidad negra, la pobreza y el mundo del rap. No solo me quedo, sino que estoy seguro de que va a ser una de las mejores series de 2016.

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Better Things

Y para terminar, nos quedamos en FX, con la serie creada por Pamela Adlon (CalifornicationLouie) y el incombustible Louis C.K.Better Things. C.K. dirige el piloto, que muestra todas señas de identidad del genial humorista, por encima de todo esa fusión de acidez y dulzura, y el rechazo al convencionalismo narrativo (cualquiera diría que C.K. es el Godard de la tele actual). Better Things está hecha a base de viñetas, momentos sin necesaria correlación que se yuxtaponen libremente para contar una historia. Concretamente la de Sam, una actriz cuarentañera que sobrevive en Hollywood aceptando papeles de mierda mientras educa ella sola a sus tres hijasBetter Things se suma a la corriente de comedias feministas y nos demuestra (una vez más) el gran talento cómico de Adlon, solo que esta vez además le otorga una voz que tiene muchas cosas que decir. Algunas son chorradas que te harán reírte de las cosas más pequeñas, otras te tocarán la fibra existencial como hace Louie. Tan solo por la escena en la que Sam rompe el tabú de la regla y se adueña de él durante un discurso motivacional en el colegio de su hija, la actriz ya se merece una ovación en pie. Pero no solo ella, sino también las tres niñas que interpretan a sus hijas, que parecen de la escuela de los prodigios infantiles de LouieBetter Things ya me parece interesante, pero me quedo para ver lo buena que puede llegar a ser.

FX ya ha renovado Atlanta Better Things para el año que viene, así que la cadena confía plenamente en ellas, y después de ver sus primeros episodios, nosotros también deberíamos.

Agents of S.H.I.E.L.D. Ghost Rider: Cambio de identidad

Empieza oficialmente el otoño, y ¿qué quiere decir eso? Que nos enfrentamos un año más a un nuevo aluvión de estrenos televisivos y al regreso de nuestras series favoritas. Desde hace un tiempo, mi serie más esperada al volver de las vacaciones ha sido Agents of SHIELD La ficción de ABC y Marvel Television no es ni de lejos una de las mejores actualmente en antena, pero sí es una de las que más me hace sentir en casa cuando la veo. Como suelo decir, es mi lugar feliz, esos cuarenta minutos a la semana que, sean mejores o peores, siempre me reconfortan. Por eso, el estreno de la cuarta temporada de la serie creada por Joss Whedon se me ha hecho raro. Ha sido como volver al hogar y verlo completamente cambiado. Más desorganizado, más extraño, y sobre todo más oscuro.

Esto tiene un motivo. En su cuarta temporada, Agents of SHIELD se muda a un nuevo horario en su emisión original en Estados Unidos. De los martes (el día maldito para la cadena) las 21:00h al mismo día a las 22:00h. Puede que una hora de diferencia no suene demasiado importante, pero lo es. Las 10 pm es la hora del prime time estadounidense en la que las cadenas generalistas se permiten subir el tono de sus programas y orientarlas a un público más adulto. Después del éxito de crítica y público de Daredevil Jessica Jones en Netflix, los ejecutivos de ABC y Marvel han debido pensar que quizá acercar SHIELD al tono de ambas sería una buena jugada. Pero de momento solo es desconcertante.

La season premiere de la cuarta temporada se titula “The Ghost”, principalmente en referencia a la flamante nueva incorporación a la serie, Robbie Reyes, aka Ghost Rider (en español el Motorista Fantasma, aunque en esta ocasión conduzca un coche). La aparición de este popular personaje de Marvel Comics (en su versión más moderna, dejando atrás al clásico Johnny Blaze) ha causado expectación, pero también dudas. A priori y después de ver el episodio, no parece que este anti-héroe encaje en el estilo y las tramas de la serie tal y como la conocíamos. Pero es que, como decía, SHIELD vuelve cambiada, con una actitud más atrevida que en un principio debería acomodar mejor al justiciero de la calavera en llamas.

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Sin embargo, el cambio no ha sido gradual, sino más bien forzado. Da la sensación de que Maurissa Tancharoen y Jed Whedon, los showrunners de la serie y guionistas del episodio, han visto el cambio de horario como una imposición, y en lugar de dejar que la transformación fluya de forma natural, han metido con calzador los nuevos ajustes: referencias casuales al consumo recreativo de drogas, un plano explotador del trasero de Chloe Bennet en ropa interior, una escena de seducción de más alto voltaje de lo normal entre Mack y Yo-Yo, violencia más gráfica y sangrienta… No es que yo me escandalice con tan poco, ni que la serie se haya convertido en Preacher, pero estos pequeños (grandes) detalles desvirtúan en cierta manera la esencia e identidad de la serie. Mi consejo como humilde espectador a Whedon y Tancharoen es: Que puedas, no quiere decir que debas. Pero eh, puede que sea cosa mía, y puede que esta nueva actitud acabe cuajando. No seré yo quien se cierre a lo que SHIELD me quiera proponer, que para eso me ha demostrado que hasta ahora ha sabido lo que estaba haciendo en todo momento. Además, los actores parecen cómodos con el cambio, paradójicamente se les ve más naturales y relajados (sobre todo a Clark Gregg), así que habrá que intentar seguirles el rollo.

Pero los problemas de “The Ghost” no acaban ahí. En general, el episodio ha sido algo confuso y abarrotado. El “fantasma” del título no solo se refiere a Robbie Reyes, sino también a Daisy Johnson, que después de los acontecimientos de la tercera temporada es una fugitiva y está atravesando una fase emo. Nuestra querida Quake es una heroína, y sabemos que es buena por naturaleza, por eso resulta tan raro verla de esta guisa y con esta actitud macarra, que chirría mucho con el personaje. No nos cabe duda de que es temporal, que su camino de redención tendrá una meta y recuperaremos a la Daisy de siempre (o incluso a una versión mejorada), pero por ahora choca bastante, y no en el buen sentido. La trama de Daisy para esta primera parte de la temporada está ligada a la de Reyes, al que ya hemos conocido en el primer capítulo. Los efectos digitales para dar vida a su alter-ego demoníaco son excelentes y Gabriel Luna parece buen actor, pero el personaje por ahora es una especie de Punisher de saldo. Veamos cómo se desarrolla.

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Por lo demás, “The Ghost” presenta un nuevo status quo dentro de S.H.I.E.L.D. Phil Coulson deja de ser director de la agencia para volver a ser simplemente el Agente Coulson, existe una nueva jerarquía y sistema de seguridad (por colores), donde, sorprendentemente, Jemma Simmons tiene mayor rango que Melinda May. Mientras, Fitz tiene más recursos a su disposición y sus investigaciones dan mayor peso a uno de los temas que la serie pretende explorar este año: la inteligencia artificial. Esta trama conlleva el regreso de Holden Radcliffe (John Hannah) y la incorporación de un nuevo personaje, Aida, IA súper realista interpretada por Mallory Jansen (Galavant). Whedon y Tancharoen han prometido profundizar en los dilemas morales que conlleva la creación de un humano sintético, y a juzgar por la presentación de Aida, esto incluirá un factor sexual. Espero que sepan tratarlo y no se les vaya de las manos.

El salto de tiempo y la cantidad de tramas abiertas hace que reine el caos en este inicio de temporada, pero quizá deberíamos tomarnos “The Ghost” como un piloto en sí mismo y darle un poco de tiempo para que la serie se vuelva a enderezar y encuentre otra vez su voz en este nuevo emplazamiento. Al fin y al cabo, SHIELD siempre ha sido esclava del gran plan, y en lugar de hundirse ante las imposiciones (de la cadena, de Marvel, del discurrir narrativo del UCM), ha sabido usarlas en su beneficio, encauzar todas sus tramas de forma admirable y erigirse como un producto digno y satisfactorio por méritos propios. A pesar del desconcierto inicial, nada indica que esta vez no vaya a pasar lo mismo.

American Horror Story Roanoke: Una nueva pesadilla

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Este año pocos artículos tipo “Todo lo que sabemos de…” os habréis encontrado con respecto a la sexta temporada de American Horror Story. Y si habéis visto alguno, poco o nada os habrá desvelado de la nueva iteración de la exitosa serie de FX, porque toda información sobre su historia, reparto, personajes, subtítulo y tema central se ha mantenido bajo estricto secreto hasta la mismísima noche del estreno en Estados Unidos. Esa ha sido la ingeniosa base de la campaña promocional del regreso de AHS, hecha este año más que nunca para confundir y despistar. Hasta 36 teasers con un centenar de referencias a películas de terror que han hecho que Internet se estruje la sesera para adivinar de qué iba este año la serie. Un esfuerzo en vano, porque como decía, todo ha sido un señuelo, un juego para aumentar la expectación y obligar al espectador a acudir a la inauguración para ser testigo de la retirada del velo.

La sexta temporada de American Horror Story se estrenó el pasado 14 de septiembre, y para sorpresa de todos los que esperábamos una nueva locura desfasada al estilo de las anteriores, la serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk regresaba con un formato novedoso, muchos cambios, y un título… que no nos quedaba claro de buenas a primeras: American Horror Story: My Roanoke NightmareMy Roanoke Nightmare: An American Horror Story, o como la conoceremos oficialmente American Horror Story: Roanoke. La confusión reinaba durante la season premiere, porque nos encontrábamos con algo radicalmente distinto a lo que habíamos visto en las decepcionantes Freak ShowHotel. Además del cambio de estilo, esta temporada tendrá menos episodios, diez en concreto, haciendo que la historia se cierre antes de Acción de Gracias y evitando así el parón de Navidad. Por otro lado, los episodios se titulan simplemente “Chapter 1”, “Chapter2″… y no hay títulos de crédito propiamente dichos. Está claro que después del exceso de las anteriores temporadas, Murphy y Falchuk han optado por simplificar, por el “menos es más” (les habrá costado la vida), y el resultado, aunque desorientador, es muy refrescante dentro del universo AHS.

Al menos esto es lo que ocurre en el primer episodio de la temporada, que viene con un formato interesante. Roanoke está rodada al estilo del falso documental, en la tradición de los seriales de crímenes reales. En ella, los protagonistas “reales” de la historia narran su terrorífica experiencia en la colonia de Roanoke, con testimonios mirando a cámara, mientras que por otro lado vemos una reconstrucción ficticia de los hechos con actores. Los primeros están interpretados por Lily Rabe, André Holland y Adina Porter, mientras que sus alter egos ficticios están encarnados respectivamente por Sarah Paulson, Cuba Gooding Jr. y Angela Bassett, que protagonizan la recreación de los eventos para el documental My Roanoke Nightmare. Al principio puede resultar bastante desconcertante ver a estas parejas de actores interpretando al mismo personaje, pero eh, aunque venga con un envoltorio distinto, esto es American Horror Story, y no sería la misma serie sin su buena dosis de meta.

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Roanoke es en realidad un sencillo regreso a los orígenes de AHS que nos recuerda a la primera temporada de la serie, Murder House, la que (nunca mejor dicho) puso los cimientos de este universo en constante expansión y cada vez más conectado. La historia de Roanoke también parte de una mudanza, la de un matrimonio que se va a vivir a Carolina del Norte, concretamente a un viejo caserón situado en medio de un tenebroso bosque y cuyos vecinos más cercanos son una familia de rednecks que no les dan la bienvenida más cálida precisamente. Es decir, el destino ideal para empezar una nueva vida. Allí, Shelby Miller (Paulson), prototípica blanca privilegiada yogamaníaca, empieza a experimentar acontecimientos extraños en ausencia de su marido, amenazas terroríficas y presencias fantasmales fuertemente ligadas a la tormentosa historia del lugar. Comienza el clásico dilema: huir de allí o reclamar el lugar como “nuestra casa” y no dejarse intimidar (para que la serie continúe). Se han gastado todos sus ahorros en ella, así que la decisión se toma sola. Está claro: nos quedamos.

Así comienza Roanoke, una temporada que, a priori, parece haberse acordado de que también puede dar miedo y recurrir al terror tradicional, un elemento que en los tres años anteriores ha brillado por su ausencia en la serie la mayor parte del tiempo. En “Chapter 1” hay claros (por no decir atronadores) ecos de El proyecto de la bruja de BlairLa matanza de Texas, películas que, como Roanoke, hunden sus raíces en la América más profunda, la del folklore colonial y los paletos de dentaduras carniceras rodeados de moscas, y en las que la serie se inspira para definir su imaginería decididamente macabra (el hombre con cabeza de cerdo, cadáveres de animales, la lluvia de dientes). Es decir, aunque sea muy pronto para sacar conclusiones, Roanoke es por ahora la temporada de AHS más “American” y más “Horror”. Pero es que se podría decir que es incluso la más “Story” en mucho tiempo. Ya sabemos que las series de Murphy suelen divagar my pronto y, con alguna excepción, acaban perdiendo el norte. Pero Roanoke parece más interesada en narrar la historia de forma más tradicional, ciñéndose únicamente a lo necesario. El buen resultado de American Crime Story y la decepción del público ante las anteriores temporadas de AHS parece haber empujado a Murphy a reformular su serie antológica de forma inteligente y oportuna. Quizá por eso la carta de presentación de Roanoke es tan austera y la temporada comienza con solo tres personajes principales (con breve y contundente primera toma de contacto con los de Kathy Bates y Denis O’Hare, que prometen), sin violentos saltos temporales o geográficos, sin número musical (todavía). Lineal, sobria, contenida.

Aunque la confusión aun nos dure y no debamos comernos de vista a la serie con un solo capítulo, el primer episodio de Roanoke ha hecho algo de manera formidable: presentar una historia atractiva sin gastar demasiados cartuchos, recordarnos que se puede pasar miedo viendo una serie y dejarnos con ganas de saber qué pasa después. Un arranque sólido e intrigante para una serie que necesitaba urgentemente un cambio de dirección.

Crítica: Tarde para la ira

Con Grupo 7 y La isla mínima, Alberto Rodríguez no solo se ha consolidado como uno de los mejores directores nacionales de los últimos tiempos, sino que ha sabido dignificar en España un género que llevaba en horas bajas desde finales de los noventa: el thriller. Aunque fue Enrique Urbizu el que pusiese la primera piedra de este revival con la notable La caja 507 y continuase ahondando en el tema con la sobrevaloradísima No habrá paz para los malvados, Rodríguez debe ser considerado el verdadero regenerador del thriller estatal. Ha conseguido crear una marca de autor potente gracias a una inteligente mezcla entre el estilo del nuevo cine negro policíaco de las últimas décadas, tanto estadounidense (David Fincher, Martin Scorsese) como asiático (Bong Joon-ho), y ese realismo sucio que ya había mostrado en sus obras anteriores. Su Sevilla corrupta no tiene nada que envidiar a los bajos fondos de la ciudad ficticia de Seven, ni mucho menos las marismas del Guadalquivir a los campos surcoreanos. Antes de seguir, que quede bien claro que esto no es una introducción a la crítica de El hombre de las mil caras (que ya llegará), sino una pequeña presentación de Tarde para la ira, la ópera prima del primogénito de los hijos bastardos de Rodríguez: Raúl Arévalo.

Sí, Raúl Arévalo. Parece ser que no estaba contento con ser uno de los actores fetiche de cineastas como Daniel Sánchez-Arévalo (desde AzulOscuroCasiNegro hasta la tumba) o el propio Alberto Rodríguez (La isla mínima), trabajar con Pedro Almodóvar (Los amantes pasajeros) o ser una de las caras más habituales en las producciones nacionales (tanto en pantalla grande como en televisión) de la última década, él ha tenido que probar suerte también tras la cámara. Como es normal (que no justificado), los chascarrillos ante la noticia se dispararon. ¿Sería un capricho de actor endiosado…o una secuela apócrifa de La isla mínima? Ajeno a todo eso (y bastante reservado durante el proceso de creación), Arévalo se ha centrado en el trabajo y ha callado todas esas bocas con Tarde para la ira.

Ya desde su primera secuencia (un plano sucísimo y lleno de grano en el que vemos a Antonio de la Torre de espaldas andando hasta un bar), Arévalo se quita el sambenito de actor metido a director y se coloca como gran favorito en la carrera por el Goya a mejor dirección novel. ¿Exageración ante una escena bien rodada? Podría ser, pero lejos de ser un espejismo, ese realismo sucio, tanto temático como estilístico, se acrecienta a medida que va avanzando el metraje. Tarde para la ira es de un feísmo atroz. Sus personajes y hogares hieden. Todo es de un gusto espantoso (esa utilización de La Húngara se merece todos los halagos del mundo). Todo es abominablemente real. Arévalo no realiza concesión alguna, sino que opta por la sobriedad y un par de huevos.

Partiendo de una serie de acontecimientos comunes (una caña, una partida de mus, una comunión, un polvo,…), Arévalo construye una enfermiza historia en la que el odio contenido termina convirtiéndose en una furia desbocada que lo arrasa todo. Ante esa vorágine, muchos cineastas se dejan llevar por los acontecimientos, pero Arévalo no comete el error de apresurarse, sino que juega sus cartas de una manera mucho más inteligente: dosificando la información e introduciendo los giros y golpes de efecto de manera perspicaz. Esa agudeza hace que Tarde para la ira entretenga, sorprenda y, lo que es muy importante en una película de sus características, suelte un puñetazo al espectador en la puta cara cuando menos se lo espere.

Pero Tarde para la ira no funcionaría tan bien sin una colección de perdedores. Su reparto es un abanico perfecto de caras normales. Pobres hombres pobres, mujeres perdidas, patanes, yonkis y raterillos de tres al cuarto… una caterva entre la que destaca Luis Callejo (Cien años de perdón) como pequeño hijo de puta que al salir de la cárcel se ve metido en un embolado que no se olía para nada y ese monstruo llamado Antonio de la Torre (otro chico Rodríguez y Sánchez-Arévalo). De la Torre es un monumento al español medio y como tal habría que honrarle, ya sea vía aplausos, una calle en su nombre o todos los premios interpretativos existentes. Su pobre hombre con secreto es un híbrido entre el tronado (semi)educado de Travis Bickle de Taxi Driver y el silencioso Ryan Gosling de Drive, todo bajo el embrujo habitual de la interpretación de De la Torre. Este protagonista seguramente le deparará su novena candidatura a los Goya y muy probablemente otro cabezón que hará compañía al que consiguió como secundario por AzulOscuroCasiNegro.

Con Tarde para la ira, Raúl Arévalo no solo no ha copiado a uno de sus padres cinematográficos, sino que ha demostrado que ha aprendido mucho y bien durante estos años y ha logrado construir una voz muy potente y con un futuro muy prometedor.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: No respires


Fede Álvarez entró por la puerta grande del terror bautizado por Sam Raimi en 2013. Su remake de Posesión infernal resultó ser una de las películas más brutales y enervantes de los últimos años, lo que hacía que muchos siguiéramos de cerca los pasos del director uruguayo. Tres años después, Álvarez regresa, pero se queda en el mismo género con el que se dio a conocer (y con el mismo productor, Raimi). Sin embargo, para su segundo largometraje, No respires (Don’t Breathe), ni rehace ni se basa en nada, sino que presenta una idea original (aunque familiar), con guion escrito por él mismo junto a Rodo Sayagues (co-guionista de Evil Dead). No respires destaca en un mar de propuestas clónicas y cintas de terror en cadena con una premisa que no recurre a lo sobrenatural para asustar, sino que da lugar a un tenso thriller de emociones fuertes capaz de provocar más angustia y mejores sobresaltos que la mayoría de historias de fantasmas que nos llegan frecuentemente a la cartelera.

Aunque me repita, cabe destacar que estamos ante una de esas películas de las que es mejor no saber nada de antemano. Una cita ineludible para los fans del terror de las que nos llegan de vez en cuando, y que debemos hacer lo posible por que sea una cita a ciegas (en este caso nunca mejor dicho). Para no estropear demasiado la experiencia que supone No respires, me limitaré a reproducir la breve sinopsis oficial ofrecida por Sony Pictures (que claramente tampoco quiere spoilearos más de la cuenta): “Un grupo de amigos asaltan la casa de un hombre rico, y ciego, pensando que lograrán el robo perfecto. Están equivocados”. Ahí está. No necesitáis saber más. Haced como el trío de incautos formado por Rocky (Jane Levy, que repite con Álvarez después del calvario que vivió en Evil Dead), Alex (Dylan Minnette) y Money (Daniel Zovatto), y entrad en la casa sin saber qué os vais a encontrar entre sus pasillos.

No respires se ha convertido en la gran sorpresa de la temporada, y ha encumbrado a su director en la lista de promesas de Hollywood (pronto le lloverán las propuestas para dirigir blockbusters). Y no es para menos. Lo más destacable de la película es sin duda su trabajo tras las cámaras. La labor de Álvarez es tan sobresaliente que consigue distraer de la verdad que oculta la película: su guion no es nada del otro mundo. Es más, está lleno de agujeros y tiene tramos que exigen un considerable acto de fe por parte del espectador. Por un lado, No respires se esfuerza en anclar su historia en la realidad (no en vano se ambienta en la decadente Detroit y funciona como comentario de la actual situación económica), cuidando detalles que otras películas obvian y haciendo que su premisa resulte coherente y factible, lo cual se agradece mucho. Pero por otro, se acaba sacrificando esa verosimilitud para provocar golpes de efecto y empujar la historia hacia donde Álvarez y Sayagues quieren. Concretamente hacia un tercer acto que desafía constantemente la suspensión de la incredulidad y culmina en un clímax sobre-explicativo y excesivamente sensacionalista con el que se diluye el impacto que el film ha provocado en sus dos primeros tercios, llegando a rozar el ridículo por momentos. Haciendo alusión a la teoría de la caja de J.J. AbramsNo respires es mejor cuando no sabemos exactamente qué hay dentro de ella.

Claro que, a pesar de todo, hay que elogiar la forma en la que el misterio está llevado antes de llegar a ese problemático final. Desde que los protagonistas entran en la casa y Álvarez nos regala un soberbio plano secuencia para ponernos en situación, la película hace que uno se agarre de la butaca y no la suelte en ningún momentoNo respires es un excelente ejercicio de tensión, estilo y pulso narrativo que mantiene el interés a base de constantes giros, magníficos planos, y contundentes golpes de violencia, y que saca gran provecho del limitado espacio donde se desarrolla la acción. La cámara de Álvarez se mueve y encuadra con inteligencia para jugar con la oscuridad, aprovechar las esquinas, los rincones y los “pasadizos secretos” de la casa, construyendo así un inmersivo y claustrofóbico juego del gato y el ratón que tiene el control absoluto sobre nuestros nervios.

No respires le da la vuelta al home invasion (cine de allanamientos) y lo convierte en un survival crudo y sádico, un thriller de factura impecable que se apoya indudablemente en Hitchcock para construir el suspense y manipular al espectador. Como hemos dicho, su guion es muy inconsistente, sus diálogos tienden al cliché, y sus personajes son más finos que el papel de seda, pero la mano firme y la elegante dirección de Álvarez, que pone énfasis en la narración visual, compensa estas carencias y antepone con éxito la experiencia visceral a la intelectual. Cuando uno ve la película se da cuenta de lo bueno que es su título: los protagonistas no dicen “no respires” ni una vez, pero tú lo estás pensando en todo momento. Y cuando lo haces, te estás dirigiendo a ellos, pero también a ti mismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★½