Crítica: Kubo y las dos cuerdas mágicas

A pesar del monopolio de la animación realizada íntegramente por ordenador, todavía hay quien se empeña en mantener vivo el arte de la animación tradicional, y concretamente del stop-motion, técnica enraizada en los orígenes del cine que vivió una época de esplendor en los 90 gracias a Pesadilla antes de NavidadDesde 2005, el estudio LAIKA se ha dedicado a realizar largometrajes en stop-motion siguiendo el patrón de la película de Henry Selick y se ha ganado la devoción de miles de fans de la animación con su magia artesanal. Su última película, Kubo y las dos cuerdas mágicas, es sin duda el proyecto más ambicioso del estudio hasta la fecha, una obra monumental que no solo es una de las mejores cintas de animación del año, sino también una de las mejores películas de 2016.

Los anteriores trabajos de LAIKA se pueden considerar triunfos cinematográficos en diferentes grados. Coraline y ParaNorman sorprendieron sobre todo por sus singulares propuestas (películas de “terror infantil” con elementos transgresores que se alejaban de la norma), mientras que Los Boxtrolls supuso un pequeño paso atrás al presentar una historia algo más convencional (aunque igualmente brillante en el apartado visual, como todas). Con Kubo y las dos cuerdas, LAIKA remonta el vuelo para alcanzar una mayor sofisticación, tanto visual como narrativa, y dejarnos su obra más redonda, un auténtico regalo para los sentidos que no solo asombra por lo fastuoso y hermoso de sus imágenes, sino también por llegar a un nuevo nivel de épica y emoción para el estudio.

Kubo supone el debut en la dirección de Travis Knight, animador jefe y presidente de LAIKA, y nos traslada a un mágico Japón feudal, donde acompañamos a Kubo en una extraordinaria odisea de fantasía y peligros. Kubo (doblado en inglés por Art Parkinson) es un niño inteligente y bondadoso que vive con su madre enferma en lo alto de una formación rocosa junto al mar y se gana la vida contando historias fantásticas a los habitantes del pueblo de al lado, a los que maravilla con los poderes mágicos de su shamisen, un instrumento que controla el papel y forma figuras de origami con vida propia con las que el niño ilustra sus relatos. La tranquila (aunque atribulada) existencia de Kubo se ve interrumpida cuando las malvadas hermanas de su madre regresan para llevar a cabo una venganza milenaria. El pequeño no tiene más remedio que huir y emprender un viaje junto a dos aliados improbables, Mona (Charlize Theron) y Escarabajo (Matthew McConaughey), con los que se enfrentará a dioses y monstruos y tratará de descifrar el misterio de su familia para desempeñar su destino heroico.

Knight amasa en la película una gran cantidad de referentes del cine asiático, desde las historias de fantasmas como Kwaidan (1964) hasta el J-Terror, pasando por las películas de samuráis y el imaginario de Hayao Miyazaki. El resultado de esta combinación de influencias es una obra impregnada de folclore y tradición desbordantemente imaginativa e impresionante a nivel técnico (qué escenarios, qué fluidez de movimientos), un hito con el que LAIKA casi alcanza la perfección formal. Pero es que más allá de suponer un espectáculo precioso (visual y sonoro, no nos olvidemos de la maravillosa música de Dario Marianelli), Kubo es una película de una sensibilidad enorme, cargada de magia y emoción (y melancolía, como los mejores cuentos infantiles), con la que Knight nos habla de la familia, el legado, la tradición, los recuerdos, y especialmente de las historias. Porque Kubo es, por encima de todo, una historia de historias, un relato sobre el poder de la narración, sobre el proceso de creación y cómo los cuentos y las leyendas sirven para preservar la memoria y guiarnos en el mundo.

Además de ser una cinta aventuras impecable, un film familiar entrañable y con sentido del humor, y de contener algunas de las mejores escenas de acción que se han visto en el cine de animación recienteKubo establece (a través de las cuerdas del shamisen) una importante conexión emocional con el espectador que resulta en una mayor implicación que las anteriores películas del estudio, y culmina en un poderoso clímax que completa el viaje de su bondadoso héroe y legitima sus mensajes y valores. No es una película perfecta, pero sí una obra de arte digna de ser revivida y recordada, que es mucho mejor; un trabajo hecho con corazón (LAIKA lo tiene en las manos), en el que la técnica está al servicio de lo más esencial, lo que da forma a la realidad: la narración.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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