Crítica: Heidi

La de Heidi es una de las historias más conocidas de la literatura infantil y la cultura audiovisual. La pequeña huérfana de los Alpes se instaló para siempre en el imaginario colectivo gracias al anime de los 70, en el que trabajaron los maestros de Ghibli Isao Takahata y Hayao Miyazaki, una serie que pequeños y mayores vimos una y otra vez, hasta interiorizarla por completo. Pero antes del anime, el popular libro de 1880 escrito por Johanna Spyri ya había sido adaptado varias veces, y posteriormente unas tantas otras (incluidas series, una película Disney y un remake del anime en animación por ordenador). Este año llega a los cines la nueva y enésima versión de Heidi, una adaptación en forma de largometraje de acción real que opta por la sencillez, el realismo y la naturalidad para volver a contarnos uno de nuestros cuentos favoritos de la infancia.

La nueva Heidi, dirigida por Alain Gsponer, está hecha en parte para apelar a la añoranza de la infancia de los espectadores entrados en años, y podría adscribirse a la corriente de cine nostálgico que estamos viviendo estos años. Pero es que en eso radica precisamente la esencia de la novela de Spyri, que nos habla de la niñez, la inocencia, la curiosidad, la aventura de descubrir el mundo, algo que inevitablemente nos retrotrae a la infancia y nos recuerda los ojos con los que mirábamos entonces a nuestro alrededor. Por eso, esta nueva versión de Heidi no solo se dirige a los nostálgicos (eso en realidad era inevitable, lo hicieran como lo hicieran), sino que está hecha especialmente para introducir la historia inalterada e inadulterada a las nuevas generaciones, a los niños que (perdónenme el arrebato carca) hoy en día han perdido la capacidad del asombro por las cosas más simples.

La de Heidi es la historia de siempre, tal cual, una adaptación muy fiel del relato que muchos conocemos de memoria, paso por paso, sin alterar nada, y sin aditivos ni artificios (no esperéis ningún elemento que la acerque a las fórmulas comerciales del cine familiar actual). La particularidad que la distancia de las anteriores versiones es que está hecha con tal cuidado y detallismo que se trata de la Heidi más arraigada en el lugar y la época en la que transcurre, la Heidi más esencialmente europea. La película nos traslada a los Alpes suizos junto a la frontera con Austria y nos sumerge en un mundo familiar y a la vez completamente ajeno al nuestro, desprovisto de distracciones o acontecimientos espectaculares, con impresionantes paisajes y localizaciones reales y un estupendo diseño de producción y vestuario que la convierten en la iteración más visualmente estimulante y acogedora hasta la fecha. Allí nos reencontramos con nuestros queridos personajes (Pedro, Clara, Blanquita, Diana, tristemente solo falta Niebla), convertidos en personas (y animales) de carne y hueso. En este sentido, hay que elogiar la excelente labor de casting de la película. La niña Anuk Steffen no podía estar mejor elegida para dar vida y representar todo lo que significa Heidi, el testarudo cabrero Pedro (Quirin Agrippi) parece directamente sacado del anime, y por supuesto la imponente presencia de Bruno Ganz (que lo mismo hace de Hitler que de abuelo entrañable, y con la misma intensidad) garantiza que la relación principal que bombea la historia funcione muy bien.

Pero aquí es donde viene el problema. Sí, Heidi es una adaptación más que correcta, realizada con esmero y sensibilidad, con un reparto muy bien escogido, pero se queda ahí, en la superficie, y no le saca jugo a las posibilidades dramáticas que brinda la historia. Se podría achacar a un deseo de mantener la simpleza del relato intacta, pero quizá esa prudencia ha hecho que la película se conforme con poco, con ser simplemente adecuada, y que no se exija mucho a sí misma. Gsponer se apoya principalmente en lo mona que es su protagonista, y hace bien, porque Steffen es el corazón de la película, como debe ser, pero podría haber ido más allá (por ejemplo, ahí tenía un arco muy interesante para desarrollar con la Srta. Rotenmeyer, pero el personaje se queda casi en nada). Es decir, Heidi es indudablemente bonita y tierna, pero le falta emotividad, profundidad, y aunque por un lado consigue transmitir los valores humanos y el amor a la naturaleza inherentes al relato de Spyri, por otro se limita a reproducir sus elementos y pasajes más conocidos esperando que con eso sea suficiente para establecer esa necesaria conexión emocional. Esto, junto a un metraje demasiado estirado, puede jugar en contra de su propósito de llegar a los niños de hoy en día, aunque contentará sin duda a los que busquen revivir la Heidi de siempre con un envoltorio diferente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

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