Crítica: Cuerpo de élite

Tres hombres, un catalán, un vasco y un madrileño, se pierden en la selva y son capturados por unos caníbales… Un madrileño entra en un bar en Barcelona y pide una caña… Esto va un andaluz y le pregunta a su amigo catalán… Murcia. Los chistes regionales han existido desde el principio de los tiempos y nunca nos abandonarán. Su éxito popular se basa en una ¿acertada? mezcla de tópicos racistas, machistas, homófobos y en su corta duración. Esa pequeña dilatación en el tiempo y la rapidez a la hora de contarlo son dos aspectos clave para que el chiste regional funcione. De esa manera, se podrán despertar los instintos primarios (de australopithecus ni más ni menos) del receptor, impidiendo que este analice la gracieta de manera objetiva y/o civilizada. Son golpes humorísticos que subrayan las supuestas diferencias de filosofía y comportamiento entre los múltiples territorios autonómicos y marcan de manera taxativa la visión exterior de sus oriundos en el resto del territorio.

Estos chistes regionales han protagonizado grandes momentos en reuniones familiares y/o escolares, y aunque el arte de contar un chiste haya pasado un poco de moda (este tipo de humoristas ya no tiene cabida en televisión y la edad de oro del monólogo terminó de una vez por todas) ha sabido reconvertirse en un subgénero cómico en sí mismo. De un par de frases que se jactaban de la tozudez vasca y el gracejo andaluz, hemos pasado a una saga de películas taquilleras que tienen como base ese tipo de chistes. La fórmula funcionó tan bien que se ha convertido en la moda actual de la ficción española. Tanto en televisión como en cine, se explota ese aspecto tan español que es el humor basado en tópicos con cierto toque caca, culo, pedo, pis. Mientras nos mantenemos a la espera de la tercera parte de la saga Ocho apellidos vascos, llega a nuestras pantallas Cuerpo de élite, la comedia regional de la temporada, ideada por Adolfo Valor y Cristóbal Garrido (guionistas de Promoción fantasma y El club de los incomprendidos).

Partiendo de una premisa similar a la de Amanda Waller, este equipo intenta reunir lo mejorcito de las fuerzas y cuerpos de seguridad para hacer frente a una supuesta amenaza terrorista. Un excelente punto de partida para realizar la comedia regional definitiva. Un ertzaintza aburrido entre papeles tras el cese de hostilidades de ETA, un mosso de esquadra especialista en negociaciones, una guardia civil andaluza religiosa, un legionario ecuatoriano más español que la cabra de la susodicha fuerza militar y un agente de movilidad madrileño tan íntegro en su trabajo como machista en sus quehaceres diarios. En esta andadura, les acompañan una científica murciana gangosa, un técnico gallego indeciso y dos políticos. Ya tenemos los jugadores, ahora la aventura. Tras la creación de este grupo de especialistas, empezamos a entrever que algo huele a podrido en el gobierno estatal. Comienza entonces un juego de dobles caras, grandes giros, sorpresas, personajes resucitados y un final explosivo. ¿Estamos entonces ante la gran película de gags regionales? No, rotundo.

El guión del tándem Valor-Garrido es una sucesión de chistes alargados y sin gracia. Únicamente algún que otro momento destacable se cuela a lo largo de la cinta, especialmente la recreación del momento en que Esperanza Aguirre arrolló la moto de un agente de movilidad o algún que otro momento políticamente incorrecto relacionado con ETA. Este humor acartonado lastra (y se alimenta de) el ritmo de la película. Joaquín Mazón (Con el culo al aire, Allí abajo) no logra que su película fluya en ningún momento, dando la sensación de avanzar a bandazos, mediante una concatenación de momentos de relleno para que el ‘one punch line’ de turno llegue. El verdadero drama viene cuando ese chiste no tiene ninguna gracia.

Pero el mayor crimen de Cuerpo de élite es desperdiciar al ‘dream team’ del humor televisivo en España de las últimas dos décadas: Joaquín Reyes y Carlos Areces de La hora chanante y Muchachada nui, Silvia Abril de Homo Zapping y Andoni Agirregomezkorta de Vaya semanita. Verdaderos iconos del humor absurdo, injustamente desaprovechados (una vez más) en la gran pantalla. Completan la terna de cómicos malgastados Jordi Sánchez (La que se avecina, Plats bruts), Vicente Romero (Con el culo al aire), César Sarachu (Camera Café), Miki Esparbé (Divendres) y Pepa Aniorte (Los Serrano). Una vez más, Areces vuelve a ser de lo más salvable como Ministro del Interior, aunque sea repitiendo su registro de malvado que tan bien le funcionó en Anacleto. Agente secreto. Pero si hay alguien que destaca especialmente esa es María León. Ganadora de un Goya por hacernos llorar de lo lindo en La voz dormida, ratifica su título de mejor actriz cómica del año (realmente ya lleva unos cuantos siéndolo) y se especializa en brillar en películas fallidas (como ya hizo en Rey gitano). León es la única que sabe coger el punto al tópico que le corresponde. Su guardia civil andaluza, muy religiosa y visceral tiene algún que otro momento gracioso, aunque su personaje termine reducido a lo que justamente critican en varios momentos de la película.

A pesar de contar con todos los ingredientes, este Escuadrón Suicida patrio no logra salvar la papeleta, ni mucho menos dignificar la comedia española actual. Otra oportunidad perdida.

David Lastra

Nota: ★★

Crítica: Café Society

Llegó el momento de nuestra cita anual con Woody Allen, sin duda uno de los realizadores más prolíficos y puntuales del cine. Para su nueva película (lo de “nueva” en su caso pierde sentido rápidamente, porque para cuando se estrena ya tiene casi terminado su próximo proyecto), Café Society, el afamado director se cambia de costa y nos hace viajar del Nueva York de los años 30 a Los Ángeles, para ofrecernos su particular homenaje a Hollywood en los albores de la edad de oro del cine, una película en la que se respira el profundo amor que Allen siente por el celuloide.

Café Society está protagonizada por el ubicuo y para muchos antipático Jesse Eisenberg, que encarna al enésimo alter ego de Allen, Bobby Dorfman, un joven neoyorquino de familia problemática (sus padres son una pesadilla y su hermano –Corey Stoll– está metido en la mafia) que decide marcharse a Los Ángeles para probar fortuna en Hollywood. Allí, Bobby contacta con su tío Phil (Steve Carell), un poderoso agente y pez gordo cinematográfico, que le da trabajo como chico de los recados en su estudio, y le ofrece la oportunidad de ampliar horizontes y hacer contactos en la industria. Es entonces cuando Bobby conoce a la chica de su vida, Vonnie (Kristen Stewart), que también trabaja en el estudio de Phil y, desafortunadamente para el protagonista, tiene una relación amorosa con un hombre casado. Esto no impide que ambos desarrollen una estrecha amistad que abrirá la puerta a un posible romance. Aunque como suele ocurrir en el cine de Woody Allen, las cosas no salen exactamente como uno imagina y los enredos y las complicaciones no tardan en suceder, llevando a Bobby y Vonnie por caminos inesperados.

Allen vuelve a contar con un interesante elenco coral formado por intérpretes veteranos (Carell, Ken Scott, una muy divertida Jeannie Berlin, o su actriz fetiche Parker Posey, como siempre fantástica) junto a estrellas de moda, como Eisenberg, Stewart, Corey Stoll (como siempre también, estupendo) o la emergente Blake Lively, que aporta etérea belleza y elegancia a una cinta a la que no le falta precisamente ninguna de esas dos cualidades. Café Society nos transporta a los 30 recreando la mágica atmósfera de la época, tal y como quedó inmortalizada a través del cine de las majors, y el ambiente lujoso y embriagador de los más exclusivos clubs sociales. Para ello, Allen filma a sus personajes como si en efecto fueran estrellas del Hollywood dorado, encuadrándolos (o mejor dicho, encuadrándolas) en primeros planos luminosos y vaporosos que reproducen la estética refulgente del cine clásico. Esto, añadido a la inteligente forma en la que Allen siempre coloca y mueve la cámara para narrar, hace de Café Society otro trabajo bien calibrado del autor, además de un ejercicio nostálgico muy eficaz.

Sin embargo, como le ocurren a la mayoría de películas de su etapa más reciente, falta trabajo en el guion, que es en el departamento en el que Allen se ha descuidado más últimamente, tendiendo a moverse por inercia e irse por las ramas: la trama de Corey Stoll, por divertida que sea, se antoja demasiado descolgada, y hay cierto caos tonal y genérico (nunca llega a cuajar ni como romance ni como comedia de gángsters). La de Café Society es una historia con mucho potencial, pero parece carecer de propósito y avanzar de forma improvisada, sin saber muy bien hacia dónde se dirige. Tampoco ayuda que los dos protagonistas estén más bien desubicados, tanto en la historia como en la época que se recrea, y no lleguen a conocer y controlar del todo a sus personajes. En especial Stewart parece excesivamente tensa e incómoda (la actriz ha reconocido que pensó que Allen la estaba odiando durante el rodaje, preocupación que paradójicamente afecta a su interpretación y salta a la vista), lo que afecta a su relación con los dos co-protagonistas, con los que no se crea la química necesaria.

Aun con todo, Café Society cumple airosamente con lo que uno espera de un trabajo de Woody Allen. La película deja constancia una vez más de la sabiduría de un director que tiene un don natural para contar historias, y nos recuerda por qué siempre es un placer reencontrarse con él, aunque el trabajo en cuestión no sea extraordinario (y este está lejos de serlo). Además, en este caso el film se beneficia de ese aire de carta de amor al cine que, a pesar de su condición efímera, la convierte en una experiencia muy disfrutable para los amantes de Allen y el séptimo arte.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Kubo y las dos cuerdas mágicas

A pesar del monopolio de la animación realizada íntegramente por ordenador, todavía hay quien se empeña en mantener vivo el arte de la animación tradicional, y concretamente del stop-motion, técnica enraizada en los orígenes del cine que vivió una época de esplendor en los 90 gracias a Pesadilla antes de NavidadDesde 2005, el estudio LAIKA se ha dedicado a realizar largometrajes en stop-motion siguiendo el patrón de la película de Henry Selick y se ha ganado la devoción de miles de fans de la animación con su magia artesanal. Su última película, Kubo y las dos cuerdas mágicas, es sin duda el proyecto más ambicioso del estudio hasta la fecha, una obra monumental que no solo es una de las mejores cintas de animación del año, sino también una de las mejores películas de 2016.

Los anteriores trabajos de LAIKA se pueden considerar triunfos cinematográficos en diferentes grados. Coraline y ParaNorman sorprendieron sobre todo por sus singulares propuestas (películas de “terror infantil” con elementos transgresores que se alejaban de la norma), mientras que Los Boxtrolls supuso un pequeño paso atrás al presentar una historia algo más convencional (aunque igualmente brillante en el apartado visual, como todas). Con Kubo y las dos cuerdas, LAIKA remonta el vuelo para alcanzar una mayor sofisticación, tanto visual como narrativa, y dejarnos su obra más redonda, un auténtico regalo para los sentidos que no solo asombra por lo fastuoso y hermoso de sus imágenes, sino también por llegar a un nuevo nivel de épica y emoción para el estudio.

Kubo supone el debut en la dirección de Travis Knight, animador jefe y presidente de LAIKA, y nos traslada a un mágico Japón feudal, donde acompañamos a Kubo en una extraordinaria odisea de fantasía y peligros. Kubo (doblado en inglés por Art Parkinson) es un niño inteligente y bondadoso que vive con su madre enferma en lo alto de una formación rocosa junto al mar y se gana la vida contando historias fantásticas a los habitantes del pueblo de al lado, a los que maravilla con los poderes mágicos de su shamisen, un instrumento que controla el papel y forma figuras de origami con vida propia con las que el niño ilustra sus relatos. La tranquila (aunque atribulada) existencia de Kubo se ve interrumpida cuando las malvadas hermanas de su madre regresan para llevar a cabo una venganza milenaria. El pequeño no tiene más remedio que huir y emprender un viaje junto a dos aliados improbables, Mona (Charlize Theron) y Escarabajo (Matthew McConaughey), con los que se enfrentará a dioses y monstruos y tratará de descifrar el misterio de su familia para desempeñar su destino heroico.

Knight amasa en la película una gran cantidad de referentes del cine asiático, desde las historias de fantasmas como Kwaidan (1964) hasta el J-Terror, pasando por las películas de samuráis y el imaginario de Hayao Miyazaki. El resultado de esta combinación de influencias es una obra impregnada de folclore y tradición desbordantemente imaginativa e impresionante a nivel técnico (qué escenarios, qué fluidez de movimientos), un hito con el que LAIKA casi alcanza la perfección formal. Pero es que más allá de suponer un espectáculo precioso (visual y sonoro, no nos olvidemos de la maravillosa música de Dario Marianelli), Kubo es una película de una sensibilidad enorme, cargada de magia y emoción (y melancolía, como los mejores cuentos infantiles), con la que Knight nos habla de la familia, el legado, la tradición, los recuerdos, y especialmente de las historias. Porque Kubo es, por encima de todo, una historia de historias, un relato sobre el poder de la narración, sobre el proceso de creación y cómo los cuentos y las leyendas sirven para preservar la memoria y guiarnos en el mundo.

Además de ser una cinta aventuras impecable, un film familiar entrañable y con sentido del humor, y de contener algunas de las mejores escenas de acción que se han visto en el cine de animación recienteKubo establece (a través de las cuerdas del shamisen) una importante conexión emocional con el espectador que resulta en una mayor implicación que las anteriores películas del estudio, y culmina en un poderoso clímax que completa el viaje de su bondadoso héroe y legitima sus mensajes y valores. No es una película perfecta, pero sí una obra de arte digna de ser revivida y recordada, que es mucho mejor; un trabajo hecho con corazón (LAIKA lo tiene en las manos), en el que la técnica está al servicio de lo más esencial, lo que da forma a la realidad: la narración.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Heidi

La de Heidi es una de las historias más conocidas de la literatura infantil y la cultura audiovisual. La pequeña huérfana de los Alpes se instaló para siempre en el imaginario colectivo gracias al anime de los 70, en el que trabajaron los maestros de Ghibli Isao Takahata y Hayao Miyazaki, una serie que pequeños y mayores vimos una y otra vez, hasta interiorizarla por completo. Pero antes del anime, el popular libro de 1880 escrito por Johanna Spyri ya había sido adaptado varias veces, y posteriormente unas tantas otras (incluidas series, una película Disney y un remake del anime en animación por ordenador). Este año llega a los cines la nueva y enésima versión de Heidi, una adaptación en forma de largometraje de acción real que opta por la sencillez, el realismo y la naturalidad para volver a contarnos uno de nuestros cuentos favoritos de la infancia.

La nueva Heidi, dirigida por Alain Gsponer, está hecha en parte para apelar a la añoranza de la infancia de los espectadores entrados en años, y podría adscribirse a la corriente de cine nostálgico que estamos viviendo estos años. Pero es que en eso radica precisamente la esencia de la novela de Spyri, que nos habla de la niñez, la inocencia, la curiosidad, la aventura de descubrir el mundo, algo que inevitablemente nos retrotrae a la infancia y nos recuerda los ojos con los que mirábamos entonces a nuestro alrededor. Por eso, esta nueva versión de Heidi no solo se dirige a los nostálgicos (eso en realidad era inevitable, lo hicieran como lo hicieran), sino que está hecha especialmente para introducir la historia inalterada e inadulterada a las nuevas generaciones, a los niños que (perdónenme el arrebato carca) hoy en día han perdido la capacidad del asombro por las cosas más simples.

La de Heidi es la historia de siempre, tal cual, una adaptación muy fiel del relato que muchos conocemos de memoria, paso por paso, sin alterar nada, y sin aditivos ni artificios (no esperéis ningún elemento que la acerque a las fórmulas comerciales del cine familiar actual). La particularidad que la distancia de las anteriores versiones es que está hecha con tal cuidado y detallismo que se trata de la Heidi más arraigada en el lugar y la época en la que transcurre, la Heidi más esencialmente europea. La película nos traslada a los Alpes suizos junto a la frontera con Austria y nos sumerge en un mundo familiar y a la vez completamente ajeno al nuestro, desprovisto de distracciones o acontecimientos espectaculares, con impresionantes paisajes y localizaciones reales y un estupendo diseño de producción y vestuario que la convierten en la iteración más visualmente estimulante y acogedora hasta la fecha. Allí nos reencontramos con nuestros queridos personajes (Pedro, Clara, Blanquita, Diana, tristemente solo falta Niebla), convertidos en personas (y animales) de carne y hueso. En este sentido, hay que elogiar la excelente labor de casting de la película. La niña Anuk Steffen no podía estar mejor elegida para dar vida y representar todo lo que significa Heidi, el testarudo cabrero Pedro (Quirin Agrippi) parece directamente sacado del anime, y por supuesto la imponente presencia de Bruno Ganz (que lo mismo hace de Hitler que de abuelo entrañable, y con la misma intensidad) garantiza que la relación principal que bombea la historia funcione muy bien.

Pero aquí es donde viene el problema. Sí, Heidi es una adaptación más que correcta, realizada con esmero y sensibilidad, con un reparto muy bien escogido, pero se queda ahí, en la superficie, y no le saca jugo a las posibilidades dramáticas que brinda la historia. Se podría achacar a un deseo de mantener la simpleza del relato intacta, pero quizá esa prudencia ha hecho que la película se conforme con poco, con ser simplemente adecuada, y que no se exija mucho a sí misma. Gsponer se apoya principalmente en lo mona que es su protagonista, y hace bien, porque Steffen es el corazón de la película, como debe ser, pero podría haber ido más allá (por ejemplo, ahí tenía un arco muy interesante para desarrollar con la Srta. Rotenmeyer, pero el personaje se queda casi en nada). Es decir, Heidi es indudablemente bonita y tierna, pero le falta emotividad, profundidad, y aunque por un lado consigue transmitir los valores humanos y el amor a la naturaleza inherentes al relato de Spyri, por otro se limita a reproducir sus elementos y pasajes más conocidos esperando que con eso sea suficiente para establecer esa necesaria conexión emocional. Esto, junto a un metraje demasiado estirado, puede jugar en contra de su propósito de llegar a los niños de hoy en día, aunque contentará sin duda a los que busquen revivir la Heidi de siempre con un envoltorio diferente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Nunca apagues la luz

Con las sagas Saw, InsidiousExpediente Warren, James Wan ha dado forma al terror comercial de hoy en día, y mientras él concentra sus esfuerzos actuales en el cine de acción (dirigió Fast & Furious 7 y está a cargo de Aquaman), deja que sus acólitos continúen su labor terrorífica. Lo comprobamos en Nunca apagues la luz (Lights Out), producida por el solicitado director australiano. Se trata del primer largometraje de David F. Sandberg, en el que el director (cuyo siguiente proyecto es Annabelle 2) convierte su propio corto viral de 2013 en una nueva cinta de terror estilizado con mimbres para saga. Es decir, Nunca apagues la luz lleva el sello Wan, que en este caso es lo mismo que decir que lleva el sello de cualquier cinta de miedo diseñada para multisalas.

Estamos ante otra historia de fantasmas con asuntos pendientes que atormentan a una familia y aterrorizan al respetable con mil y un sobresaltos atronadores. En este caso, la familia es el paradigma de lo disfuncional, lo que da pábulo al componente melodramático que últimamente tampoco puede faltar en el terror mainstream. Rebecca (Teresa Palmer) se fue de su casa hace años, huyendo de sus miedos de la niñez y de los problemas con su madre (Maria Bello), que sufre trastornos mentales desde muy joven. Cuando su hermano pequeño, Martin (Gabriel Bateman), experimenta los mismos sucesos inexplicables que ella cuando era pequeña, Rebecca revive su terrorífico pasado y decide proteger a su hermano de un ente aterrador que tiene una conexión muy estrecha con su madre.

Lo que hace que Nunca apagues la luz se desmarque del resto de títulos similares es lo que los angloparlantes llaman su “gimmick“, es decir, una particularidad o un truco que la define y (en un principio) la distingue de entre un mar de clones. En este caso, la gracia de la película es que su monstruo o fantasma solo puede verse y materializarse para atacar a sus víctimas en la oscuridad. Es decir, Diana, que es como se llama la dulce criatura, queda impedida por la luz, principal arma que los protagonistas usarán para defenderse de ella. Esto proporciona a Sandberg un campo de juego muy interesante, que desafortunadamente no aprovecha del todo. Sobre todo al principio, el truco de apagar y encender las luces una y otra vez hasta dar el susto de muerte resulta efectivo y deja un par de imágenes espeluznantes y momentos ingeniosos, pero a la larga no es suficiente para sostener una película que de base no tiene mucho más que ofrecer.

Donde Nunca apagues la luz sale más airosa es en la construcción de personajes y la labor interpretativa de su reparto (Palmer y Bello están estupendas). Aunque Rebecca y su familia no dejan de ser clichés a la altura del mismo misterio de siempre, al menos Sandberg se esfuerza por trabajar a sus protagonistas, algo en lo que la mayoría de películas de miedo actuales no destacan (y una de las características que ha hecho que Expediente Warren sea un éxito de público y crítica). Al hacer énfasis en la vulnerabilidad de una familia desintegrada y no caer en el esquema del slasher (donde las víctimas intercambiables van cayendo una a una), Nunca apagues la luz busca una conexión con el espectador que consigue por momentos (a pesar de ese niño insoportable, sobreactuado y empalagoso que demuestra la importancia de elegir bien a los actores infantiles). Sin embargo, aun con sus loables esfuerzos, Sandberg no puede evitar que su atractiva premisa se convierta en el enésimo cuento de miedo cortado exactamente por el mismo patrón de casi todas sus coetáneas, un déjà vu fílmico que bebe del J-Horror para construir otra película-casa del terror o mejor dicho, el equivalente cinematográfico a uno de esos vídeos con susto que se solían mandar por Whatsapp.

Nunca apagues la luz va por buen camino al concretar los demonios personales de la familia protagonista (como Babadook, pero más de diseño), mientras apela al miedo irracional a la oscuridad, a esa silueta que nos asusta y desaparece cuando encendemos la luz y, como Freddy Kruger, nos mantiene desvelados toda la noche. Sin embargo, en lugar de emplear estos interesantes elementos para crear un producto que de verdad se nos meta en la piel, cae en el convencionalismo del terror en cadena (que da mini-infartos, pero no miedo) y nos deja un film a medio cocer que sí, puede servir para pasar un rato, pero se olvida nada más terminar. Algo ha fallado cuando, la noche después de ver la película, uno no necesita encender la luz para dormir.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Al final del túnel

Puede que Alfred Hitchcock no inventase el suspense, pero su reconocible silueta siempre reina en todo escrito o película que se acerque a dicho género. Las comparaciones siempre son odiosas, pero es humanamente imposible no encontrar similitud alguna entre cualquier película de suspense con su cine. Piensa en el último cliffhanger que te haya desvelado últimamente, en cualquier crimen, misterio, doble cara, giro, que pueda te venir a la cabeza… Hitch lo hizo antes. Sin él, el cine de Fincher, Villeneuve o del propio Scorsese no sería el mismo. Los métodos del maestro del suspense siguen siendo revisitados (y saqueados) hasta la saciedad en el cine actual. Como buena película de suspense, Al final del túnel bebe directamente de la filmografía de Hitchcock, y no solo por compartir protagonista en silla de ruedas.

A la hora de realizar una cinta de suspense en la actualidad, existen tres opciones: crear una propuesta 100% original (y fracasar en el intento), hacer un remake (y aburrir al personal) u optar por revestir una estructura argumental clásica con un manto resultón y aderezarla con un par de sorpresas (y contentar tanto al público como a la crítica). Esa tercera vía es la que ha elegido Rodrigo Grande (Cuestión de principios) en Al final del túnel. La historia presentada por el cineasta argentino sigue paso por paso el ABC del suspense, sabiendo dosificar la información e introduciendo las revelaciones en el instante adecuado. Desde su inicio, juega de manera acertada con el suspense de la relación amorosa entre Joaquín y Berta, el pasado de todos ellos y los tejemanejes de los vecinos. Un comienzo un tanto parsimonioso que sirve para descolocar y situar al espectador justo donde quiere. Puede que la verdadera razón que mueve a los personajes no sea sorprendente, pero para el momento en que ocurre, Grande ha conseguido que estés dentro de la historia y con una inteligente inclusión de elementos de acción, más propios del thriller, logra que Al final del túnel no solo no se desinfle, sino que funcione aún mejor. Su tramo final es ejemplar por cómo mantiene la tensión de la trama y el interés del espectador, además de un bonito (y explícito) homenaje a otro cineasta que ama a Hitchcock, Quentin Tarantino.

Al final del túnel pósterCon su acertado trabajo en este film, Leonardo Sbaraglia (Intacto, Relatos salvajes) consigue la que podría ser su mejor interpretación hasta la fecha. Su Joaquín toma prestada la silla de ruedas de James Stewart en La ventana indiscreta, pero cambia el telescopio por cámaras y micrófonos para espiar a sus vecinos y adopta un papel mucho más activo que el bueno de Jimmy, intentando reventar él mismo los planes de sus vecinos. Sbaraglia transmite a la perfección la desesperación de su personaje y logra estar más que a la altura en las escenas de acción bajo tierra. Más caricaturizados, pero igualmente destacables, encontramos a Pablo Echarri (Plata quemada, El método) como malo malísimo de la función, y a una Clara Lago con acentazo argentino como femme fatale de extrarradio. A destacar la malévola presencia de Federico Luppi, que a pesar de sus ochenta años, sabe cómo dar vida a la perfección a un cabrón integral.

Puede que Rodrigo Grande no sorprenda con Al final del túnel, pero lo que sí que consigue con creces son dos horas de continuo suspense… y eso haría muy pero que muy feliz al propio Hitchcock.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crítica: Peter y el dragón

Peter y el dragón se basa en el clásico Disney de 1977 Pedro y el dragón Elliot, pero no es exactamente un remake, al menos no como lo ha sido recientemente El Libro de la Selva o lo será el año que viene La Bella y la Bestia. En lugar de “rehacer” fielmente la película original (que habría sido mala idea), un musical de tono ligero que combinaba acción real y animación tradicional, Disney ha optado por el camino de la relectura casi total, manteniendo a los dos personajes del título en español e ideas de la trama para relatar el cuento originalmente escrito por S.S. Field y Seton I. Miller de una forma completamente distinta. Para esta labor, el estudio del ratón Mickey escogió a un director cuanto menos sorprendente, David Lowery, conocido sobre todo por el drama indie En un lugar sin ley (Ain’t Them Body Saints). Lowery, que también co-escribe el guion, ha resultado ser una elección ideal, ya que se ajusta sin problemas al canon de Disney a la vez que conserva su estimulante personalidad fílmica, hallando una perfecta comunión de estilos que saca el máximo provecho de la historia y evita en todo momento que el cineasta se pierda en la fórmula del estudio.

Es decir, Peter y el dragón es una película Disney, pero también es una película de David Lowery. Y a la vez, sin dejar de ser homogénea y consistente en ningún momento, es muchas otras películas. Es un drama familiar con cierto aire a Sundance (no en vano, ahí está Robert Redford, aportando clase como secundario y cuentacuentos), un relato muy arraigado en la Norteamérica de los pueblos pequeños (a pesar de estar filmada en Nueva Zelanda), acogedor, cálido y entrañable (refuerza esta sensación la banda sonora de inclinación country, que sustituye a las canciones de la original), y también una aventura clásica que sigue el patrón de las películas con niño y amigo extraordinario de origen no humano. En ella encontramos trazas inconfundibles de títulos como E.T. El extraterrestreEl gigante de hierroDonde viven los monstruos Cómo entrenar a tu dragón. Sobre todo de las dos primeras repite numerosos lugares comunes y un esquema que hemos visto en muchas otras fábulas cinematográficas. Pero lejos de utilizar los referentes más arraigados en la memoria colectiva para realizar un pastiche nostálgico, Lowery extrae de ellos la esencia y la utiliza para crear una película intemporal, una que retrotrae a la infancia y recuerda al cine familiar de hace varias décadas sin recurrir en ningún momento al guiño específico.

De una manera u otra, todas las películas mencionadas manejan el concepto del amigo imaginario, que en Peter y el dragón es descrito en un momento dado como “alguien que te inventas para tener con quien hablar y evita que te sientas solo”. Esa es una de las ideas que bombea el (enorme) corazón de esta película, y que a la vez da paso a uno de sus temas centrales: la magia existe siempre y cuando nos permitamos a nosotros mismos verla. Elliot no es imaginario (como tampoco lo es E.T. o el Gigante de Hierro), es real como la vida misma, pero que solo Peter lo vea durante gran parte de la historia (el dragón se camufla haciéndose invisible), sirve a Lowery para hablarnos entre otras cosas de la niñez, la fe, la ignorancia (el gran villano de la película, como bien dice la cantante St. Vincent en su acertadísima mini-crítica en Twitter y con permiso de un más bien acartonado Karl Urban) y la necesidad de tener a alguien con quien compartir la soledad.

Porque Peter y el dragón es una aventura con una gran carga de emotividad, momentos luminosos y significativas dosis de optimismo e idealismo, pero también está construida enteramente sobre un poso de tristeza y melancolía (tono que se establece desde el magnífico prólogo, escena de gran impacto emocional similar al magistral inicio de Buscando a Nemo). Los instantes más simpáticos los aporta Elliot, una criatura digital absolutamente impresionante (no os dejéis engañar por los tráilers) que está ahí de verdad y se puede sentir (su aliento, su peso, su esponjosidad), lo que añade empaque visual al film y hace que su mensaje sea aun más efectivo (Elliot es real y todos lo queremos como amigo). Si en Cómo entrenar a tu dragón Desdentao estaba hecho a imagen y semejanza de un gato, Elliot es un perro verde gigante. El dragón, que en lugar de escamas tiene una deslumbrante y suave capa de pelo que lo convierte en un compañero de siestas perfecto, se mueve, actúa, reacciona y se comunica exactamente como un can, uno extra adorable, majestuoso, y volador, claro (un poco como Fujur de La historia interminable, que viene a la mente cuando vemos a Peter volar a lomos de él). Y si bien la preciosa relación entre Elliot y Peter es la principal atracción de la película, quizá los momentos más conmovedores se dan entre el niño y el personaje de Bryce Dallas Howard, Grace, la guardabosques que lo encuentra y lo acoge en su casa. La actriz ofrece una interpretación muy sólida y afectiva en plena sintonía con el no menos fantástico Oakes Fegley, que borda a este nuevo Peter con parte de Mowgli y parte de Jack de La habitación. Al final, Peter y el dragón no es solo una historia sobre la amistad, sino también el relato de la creación y unión de una familia (tradicional y nuclear, todo hay que decirlo), formada por diferentes miembros que han perdido o andan buscando ese sustituto del amigo imaginario para dejar de sentirse solos.

En este sentido, la película cae por momentos en el exceso de almíbar, pero su naturaleza es tan sincera y exenta de ironía o manipulación, que es fácil perdonarle los deslices sentimentaloides. Ante todo, estamos ante un trabajo de un equilibrio absoluto, un film sencillo, bien contado y excelentemente dirigido. La labor de Lowery nos confirma a un director de considerable talento para narrar visualmente, un cineasta con temple y visión que ha sabido conjugar con suma elegancia la sensibilidad del blockbuster actual (es su primer película “de estudio”) con el intimismo de un cine más “pequeño”, dando tanta importancia a la dirección de actores como al espectáculo. Todo sin dejar de cumplir con la etiqueta disneyana de “cine para toda la familia”. Efectivamente, Peter y el dragón es una película hecha para el disfrute de grandes y pequeños, hecha para ahora y para durar en el tiempo, una de esas aventuras clásicas (en el mejor sentido cinematográfico de la palabra) que captan el asombro y la magia de la infancia, tal y como nos la mostró el mejor cine familiar de los 80 y los 90.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El caso Fischer

La de Bobby Fischer es una de las figuras más fascinantes del siglo XX. El ajedrecista más famoso de la historia ha protagonizado varias películas, de las cuales la más conocida sería En busca de Bobby Fischer (1993), centrada en la infancia del personaje. Ahora Edward Zwick, director entre otras de Leyendas de pasión, El último samuráiDiamante de sangre, nos trae una nueva visión del héroe norteamericano caído y fenómeno mundial con El caso Fischer (Pawn Sacrifice), biopic que recorre la vida del maestro del ajedrez desde su infancia hasta su histórico enfrentamiento con Boris Spassky en 1972 en Reikiavik.

Ambientada principalmente en los 70 y con la Guerra Fría como telón de fondo, la película nos muestra el improbable ascenso de Fischer (Tobey Maguire) al estrellato global, e ilustra cómo su fama convirtió el ajedrez, un juego de inteligencia y estrategia que a priori no incluía el factor espectacular de otros juegos o deportes, en el pasatiempo favorito de una sociedad en jaque. Zwick indaga en la conflictiva y antipática personalidad de Fischer a medida que la arrogancia a raíz del éxito se apodera de él y su estado mental se va deteriorando a causa de la paranoia contra los soviéticos, lo que resultaría en su imparable declive y auto-exilio. El enfrentamiento contra Spassky (Liev Schreiber), calificado como la “Partida del Siglo” funciona como culmen de un relato sobre la auto-destrucción de un hombre en guerra consigo mismo y perfecta metáfora del enfrentamiento mundial que definió esta década.

Sin embargo, a pesar de tener en el guion a uno de los talentos más interesantes del cine y la televisión británica actual, Steven Knight (Promesas del este, Locke, Peaky Blinders), El caso Fischer no consigue alcanzar la trascendencia que pretende y se queda en la superficie, trazando un simplemente correcto retrato del personaje que contiene momentos aislados de lucidez e introspección, pero que en general resulta excesivamente superfluo y convencional. Gran parte de la culpa de que El caso Fischer no cause apenas impacto es de su protagonista, Tobey Maguire, un actor que sigue aproximándose a sus papeles con la técnica de un principiante. Su interpretación, aunque ocasionalmente acertada y decididamente comprometida e impetuosa, acaba siendo demasiado inconsistente, lo que desdibuja al personaje y pone una barrera insalvable entre él y el espectador (a su favor, Fischer es un personaje tremendamente difícil). Afortunadamente, el trabajo de Maguire queda bien complementado por los secundarios Peter Sarsgaard y, especialmente, Liev Schreiber. La (siempre) magnética presencia del actor de Spotlight y Ray Donovan refuerza considerablemente la interpretación de Maguire durante la recta final, lo que nos deja un enfrentamiento enervante y emocionante que eleva de nivel la película y al menos la concluye satisfactoriamente.

Pero si El caso Fischer no es un biopic especialmente memorable es sobre todo porque no es capaz de profundizar en la psicología de su protagonista. Zwick maneja bien el tono tragicómico de la historia, e incluso brilla cuanto más deja que el humor se apodere de ella (el film llega a ser bastante divertido por momentos), pero en definitiva se queda corto a la hora de transmitir la complejidad de una personalidad tan horrible y apasionante como la de Fischer.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

 

Crítica: Nerve (Un juego sin reglas)

Seguimos buscando la próxima gran saga young adult después del final de Los Juegos del Hambre, el batacazo de Divergente y los mil y un intentos frustrados de iniciar nueva franquicia en los últimos años (Cazadores de SombrasLa Quinta Ola, The Giver, The Host y un largo etcétera). Para la siguiente apuesta, eOne Films (que curiosamente está detrás de muchas de estas películas) cambia de tercio y abandona los universos distópicos abiertamente fantásticos para regresar al mundo real con Nerve (Un juego sin reglas). Pero lo de “mundo real” no hay que tomarlo al pie de la letra, porque la película, protagonizada por Emma Roberts y Dave Franco, se puede considerar igualmente una historia arraigada en la ciencia ficción, solo que es una ciencia ficción digamos más realista, ambientada en nuestra preciosa era de la hiperconectividad y la deriva adolescente (rollo Black Mirror teen), donde la distopía se desarrolla online.

Nerve se basa muy libremente en el libro homónimo de Jeanne Ryan y cuenta la historia de Vee (Roberts), una chica tímida y prudente que sus amigos consideran un muermo por no atreverse a soltarse y declararse al chico que le gusta. Para demostrarles que puede salir de su caparazón, Vee decide concursar en Nerve, un juego anónimo de retos que se retransmite online, y “es como una partida de ‘beso, atrevimiento o verdad’, pero con énfasis en el atrevimiento”. Para participar en él, uno debe escoger entre ser “observador” o “jugador”. Los primeros son espectadores de los segundos, que aceptan retos, se graban en todo momento realizándolos y ganan dinero de una fuente anónima a medida que los superan y van ganando más observadores. Nada más entrar en Nerve, el juego empareja a Vee con Ian (Franco), supuestamente su chico ideal. Ambos empiezan a superar retos juntos y se convierten en la “power couple” del juego, pero los desafíos son cada vez más arriesgados e Ian esconde un secreto que está directamente relacionado con el funcionamiento del juego y la misteriosa organización que hay detrás.

El planteamiento de Nerve no es nada del otro mundo, de hecho es bastante tonto, pero a la vez absolutamente infalible de base, ya que apela directamente y con mucho éxito a ese conformista deseoso de hacer el loco sin importar las consecuencias que casi todos, adolescentes y adultos, llevamos dentro. Convertidos en observadores de Vee, Ian y los demás concursantes de Nerve (Roberts y Franco son muy agradables a la vista, pero aquí la revelación es Emily Meade), aceptamos las condiciones del juego y a partir de ahí es fácil dejarse llevar por la corriente, no importa lo implausible que sea todo (que puestos a pensarlo, no lo es tanto). Porque ante todo, Nerve es un film simple y desenfadado que engancha de principio a fin, que divierte cosa mala, y que maneja con sorprendente eficiencia el suspense y la adrenalina, lo que compensa con creces los defectos y agujeros de un guion al que en este caso tampoco le podemos pedir mucho más. Henry Joost y Ariel Shulman, los directores de la cinta, utilizan con atino la experiencia universal del adolescente -y en muchos casos el adulto- del siglo XXI para hablar de tú a tú a su audiencia y dar forma a la aventura (el narcisismo 2.0, la presión de los amigos, la nuevas formas comunicación y socialización, el voyeurismo de las redes sociales, la fama efímera de Internet, la importancia de la validación de los desconocidos, el camino autodestructivo al que puede llevar todo eso), pero lo diluyen correctamente en un llamativo cóctel de thriller, romance de cuento de hadas moderno y acción.

Además, Nerve viene presentada en un envoltorio muy atractivo visualmente y con una banda sonora perfectamente seleccionada (como no podía ser de otra forma) que recoge el espíritu pasajero de las tendencias actuales. La película se apunta a la moda cinematográfica del neón (DriveThe GuestLost River) y la lleva al terreno young adult para darle la capa de lustre que necesitaba. ¿Original? No demasiado. ¿Irresistible? Un rato. Pero lo mejor de Nerve, lo que acaba reforzando su propuesta, es que la mayor parte del tiempo evita las lecciones manidas sobre la dependencia de los aparatos móviles del adolescente o los peligros de Internet. La razón para huir del tono sermoneador y condescendiente es evidentemente no alienar a su público objetivo a base de moralina, pero haciendo esto acaba beneficiando a la historia, que invita a desconectar (pun intended) y disfrutar sin pensar demasiado. Aunque se construye como una entrega independiente y cierra su historia (algo precipitadamente) en caso de no continuar, la película está claramente hecha para continuar. Si mantiene el mismo tono y estilo, y consigue no convertirse en la enésima saga clónica de adolescentes contra el régimen autoritario de turno, adelante, yo renuevo mi suscripción como observador para la próxima ronda del juego sin pensármelo dos veces.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Hello, My Name Is Doris

Doris Sally Field

Hay veces que una sola interpretación sostiene una película entera. Ese es el caso de Hello, My Name Is Doriscomedia con tintes dramáticos de Michael Showalter (guionista y director de series como Wet Hot American SummerLoveGrace and Frankie) que está protagonizada por una inconmensurable Sally Field, esa gran actriz que, a pesar de sus dos Oscar, no suele recibir el reconocimiento que merece. No es que Hello, My Name Is Doris sea una mala película y ella sea lo único bueno, es que es una película bastante aceptable que ella sola eleva de categoría hasta convertirla en un visionado altamente recomendable.

Con aire Sundance y reparto casi enteramente televisivo, Hello, My Name Is Doris nos cuenta la historia de Doris Miller, una entrañable señora de más de 60 que ha dedicado toda su vida al cuidado de su madre, con la que ha compartido una vieja casa y un síndrome de Diógenes al más puro estilo Grey Gardens (pero light). Doris, que luce un aspecto muy peculiar (gafas estilo 60s, alto moño postizo, lazo enorme y colorido vestuario) y es de carácter retraído y algo lunático (vive entre ensoñaciones y parece sufrir ansiedad social), viaja todos los días a Manhattan para acudir a su trabajo en una empresa que la mantiene en su puesto solo por su veteranía. Allí, Doris es la compañera que nadie conoce, la señora rara escondida en su cubículo con la que nadie habla. Hasta que un día su vida da un vuelco con la llegada de su nuevo jefe, John Freemont (acertado Max Greenfield), un treintañero atractivo y moderno que desde su primer mágico encuentro en el ascensor, la trata de forma distinta a los demás.

Cual adolescente que anota en su diario cada movimiento del chico que le rozó el brazo en el pasillo, Doris se enamora locamente de John, y, motivada por un seminario de autoayuda, pide consejo para conquistarlo a la nieta de su mejor amiga, Roz (maravillosa Tyne Daly), que le abre un perfil falso en Facebook para investigar su vida. Haciendo caso omiso a sus familiares y amigos, que le instan a comportarse como una señora de su edad, Doris se propone enamorar a John, a pesar de sacarle más de treinta años. El plan de Doris la acerca cada vez más a John y le hace integrarse en el universo hipster de Williamsburg, al que él pertenece. Con su llamativo estilo (adaptado a los gustos de John que aparecen en su perfil) y sus renovadas energías, Doris se convierte en una musa para los modernos, y mientras socializa con ellos acaba conociendo mejor a su príncipe azul, que parece genuinamente interesado en conocerla a ella. Pero como no podía ser de otra manera, las cosas se complican y la verdad acaba saliendo a la luz, provocando el inevitable punto de inflexión en la relación.

Como veis, técnicamente Hello, My Name Is Doris es una comedia romántica prototípica de los pies a la cabeza. Solo que el hecho de que su pareja protagonista esté compuesta por una mujer de 60 y un hombre de 30 la convierte en una de las más transgresoras que hemos visto en los últimos años (aunque suene triste, es así). Podía haber ido un paso más allá y haberse convertido directamente en una revolución, pero nos conformamos con lo que consigue (aplausos a ese ingenioso y esperanzador final) y lo celebramos como se merece. Además, como decía al principio, Field logra que sus defectos queden en segundo plano, que su inconsistencia tonal no importe tanto, o que los tópicos no sean un problema. La actriz lo vuelve a dar todo y brilla espectacularmente tanto en comedia como en drama, componiendo un personaje tan cinematográfico como humano y real. Field protagoniza situaciones y gags físicos muy divertidos, pone su expresividad al servicio de la comedia para hacernos reír con el gesto adecuado en el mejor momento (qué guapa está, además), y hace que hasta los momentos más ridículos funcionen perfectamente. Pero es que también se deja la piel en las escenas más dramáticas y conmueve al desvelar la tristeza y la frustración que se esconde bajo su adorable fachada. En definitiva, una interpretación portentosa en todos los sentidos.

Hello, My Name Is Doris es una comedia que aborda temas importantes de forma ligera. Además de hablarnos de cómo afecta paso del tiempo a la familia y la amistad, su parodia del mundo hipster esconde ideas interesantes sobre la vacuidad de nuestros días (en la línea de Noah Baumbach) que Showalter utiliza para complementar su oportuna reflexión sobre la madurez en tiempos modernos y el lastre del edadismo. Además de ser una película bonita y simpática, My Name Is Doris demuestra no solo que se puede contar una historia romántica en el cine con una mujer considerablemente mayor que el hombre, sino también que nos hace falta ver más películas así para que el mundo deje de verlo como algo tan extraño.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Mascotas

Mascotas

¿Qué hacen tus mascotas cuando las dejas solas en casa para afrontar tu rutina diaria? Esa es la premisa de Mascotas (The Secret Life of Pets), la nueva película de Illumination Entertainment, el estudio de animación detrás de las exitosas GruLos Minions. La película, dirigida por Chris Renaud y Yarrow Cheney, toma prestada la idea principal de Toy Story y la lleva al mundo de los animales de compañía, para trazar otra aventura de “regreso a casa” repleta de humor, acción y momentos entrañables, diseñada especialmente para enloquecer a los más pequeños.

La acción de Mascotas transcurre en Nueva York, donde un terrier llamado Max vive cómodamente junto a su dueña, Katie, hasta que esta rescata a un enorme mestizo, Duque, que trastoca su apacible vida como “el perro más afortunado de Manhattan”. Movido por los celos, Max intenta deshacerse de Duque durante uno de sus paseos matutinos, pero ambos acaban separándose del cuidador de perros y embarcándose en una odisea que empieza en la perrera y les lleva al submundo de Nueva York, donde conocerán a la peligrosa sociedad de las mascotas abandonadas, “Los Desechados”. Mientras Max y Duque intentan volver a casa, desde su edificio en Manhattan, sus amigos (una pomerana enamorada de Max, un pug hiperactivo, una gata con sobrepeso, una cobaya extraviada, un periquito mudo…) forman equipo para investigar su desaparición y traerlos de vuelta a casa.

Además de beber (¿demasiado?) de la primera película de Pixar, Mascotas recuerda también a uno de los Clásicos Disney más infravalorados, Oliver y su pandilla, y a la vez a casi todas las cintas de animación por ordenador que hemos visto en los últimos años. Y es que la película es todo fórmula. Y ahí es donde está su mayor debilidad, en la ausencia de una historia que vaya más allá de los clichés, los patrones que hay que seguir y los gags de siempre. Mascotas no tiene apenas conflicto narrativo, y esto salta a la vista sobre todo durante su clímax, que confirma que más que a una historia hemos asistido simplemente a una correlación de situaciones tipo del cine de animación familiar.

PrintPero a pesar de su carácter de película Happy Meal, sería injusto no reconocerle sus virtudes. Mascotas no está llamada a ser un clásico, pero al menos divierte, sus personajes son muy graciosos (la pandilla del edificio de Max forma un equipo cómico infalible) y, sobre todo, está muy bien hecha. En el apartado técnico y estético es sobresaliente, y no solo por la estupenda animación estilo cartoon, los simpáticos diseños de las mascotas (Duque parece salido directamente de la mente de Jim Henson), las texturas esponjosas que se pueden sentir en los dedos, o el hipnótico pelo de los animales, sino también por su diseño de producción, que nos presenta un Manhattan de postal animada, una versión preciosa de esa ciudad idealizada a través del cine en la que todos hemos soñado con vivir alguna vez. Y eso es lo mejor de Mascotas, lo tremendamente acogedora que es. No será una gran película, no será original, pero compensa sus carencias con una calidez que invita a relajarse y disfrutar.

Mascotas es una buddy movie bastante prototípica, sus gags funcionan como un reloj suizo, aunque los hayamos visto ya demasiadas veces (el conejo peluchín adorable que resulta ser un temible camorrista de voz ronca), pero en lugar de aspirar a más, se conforma con una historia más bien escuálida y sin profundidad, apoyándose sobre todo en los gags y las cucamonas. Como película hecha para vender juguetes y generar miles de secuelas (no han tardado en anunciar la segunda parte para 2018), está por encima de la media, pero, aunque técnicamente no tenga mucho que envidiar a las todopoderosas Pixar, Disney y a la DreamWorks buena, le falta convencernos de que es algo más que un producto.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Escuadrón Suicida

Escuadron Suicida 1

Cuando con tus héroes no consigues conectar del todo con la audiencia, pide ayuda a tus villanos. Sobre el papel, Escuadrón Suicida (Suicide Squad) tenía todo lo necesario para ser la gran película de “superhéroes” que situaría a DC en el buen camino. Un cóctel explosivo de acción y humor gamberro con un buen cast y lo más granado de su villanía reunido para repartir mamporros a ritmo de rock’n’roll y hip hop. ¿Qué podía salir mal? Pues todo. O casi todo. Bajo la batuta de David Ayer (guionista de A todo gas y director de Fury), Warner/DC trata de corregir el curso de su Universo Extendido, pero cae en todos los errores posibles (y unos cuantos extra) haciendo que nos preguntemos varias cosas: ¿Cómo es posible estropear un material tan jugoso? ¿Qué es exactamente lo que pretende el estudio? Y, ¿cuándo se van a dar cuenta de que necesitan un cambio urgente de equipo creativo?

Escuadrón Suicida se postulaba como una alternativa corrosiva e irreverente a los superhéroes de DC ya presentados en cine, pero ni es tan graciosa como parecía (“publicidad engañosa” se queda corto), ni tan loca como se empeña en hacerte verni todo lo cafre que debería. Y es que es muy difícil dar rienda suelta a la locura y el sadismo de estos psicópatas cuando la película está restringida por una calificación por edades errónea (es bastante violenta, pero se nota que no todo lo que quería, y si hubiera obtenido la R, como Deadpool, habría sacado mucho más partido de su material). Pero este es solo uno de sus problemas, y ni siquiera es el más importante. Lo que hace que Escuadrón Suicida se desmorone completamente es su total y absoluta falta de coherencia, sentido y estructura. Simplemente no hay historia, solo un caos narrativo en el que se acumulan momentos, escenas, clichés y viñetas sin ton ni son, algo que pone de manifiesto sus fallos de base: esa dependencia de la iconoclastia vacía como herramienta para (no)narrar y una evidente carencia de visión general.

Escuadrón Suicida 2

Ayer, que además de dirigir escribe el “guion” (énfasis en las comillas), forcejea para dar forma a la película, algo que el montaje -y el obvio remontaje urgente– potencia incluso más: salta a la vista la desconexión entre cineasta y estudio, la mano negra de Warner, los retoques de última hora, y todo lo que hace que la película esté tan fragmentada y parezca un producto inacabado. Pero empecemos por el principio, que es justamente algo que la película no hace. Sin ningún tipo de contextualización o preámbulo, la agente del Servicio de Inteligencia Amanda Wallis (Viola Davis) presenta su plan para reunir al Task Force X, formado por los psicópatas, monstruos y asesinos más peligrosos del mundo, para… para nada en concreto, solo porque sí. ¿En qué consiste el plan exactamente? ¿Cuál es la razón para ponerlo en marcha? ¿Contra qué deben luchar? No lo sabemos. No se nos cuenta. Como mucho se justifica con un “por si acaso”. No existe una amenaza como tal, sino que se va creando sobre la marcha, de hecho, se inventa a mitad de la película. Es como una paradoja temporal. Primero se crea la solución a un problema inexistente (aun a sabiendas de que la cura puede ser peor que la enfermedad) y a partir de esa solución nace el problema. Solo que no parece que esté pensado así, sino que más bien da la sensación de ser el resultado de una planificación narrativa desastrosa.

Con el plan de Amanda llegan las presentaciones. Rótulos cuquis en la pantalla, y énfasis en varios personajes por encima de los demás, lo que desde el principio aporta un gran desequilibrio, que será la tónica del resto del film. Deadshot (Will Smith), Harley Quinn (Margot Robbie) y El Joker (Jared Leto) son los que más interesan (por el star-power de sus actores o por lo icónico de sus personajes), y a ellos sobre todo se dedican los primeros 20 minutos de caótica y repetitiva sobre-exposición. Si hay que presentar a Harley Quinn dos veces, o tres, se hace, aunque eso suponga que el resto de personajes tengan que ser introducidos con calzador en los lugares menos indicados y nunca lleguen a tener entidad: “Por cierto, esta es Katana, tiene una katana. Ah, y casi se me olvidaba, este es… (esperad que googlee, porque no me acuerdo de su nombre)… Slipknot. No os hace falta saber demasiado sobre él, es un mero recurso narrativo”. Así es el tratamiento de los personajes en Escuadrón Suicida. Unos aparecen y desaparecen aleatoriamente (Joker), otros son el colmo de lo unidimensional (Capitán Boomerang, Killer Croc, reducidos a un par de chistes), algunos se quedan a medias (la propia Amanda, verdadera villana del film, cuya personalidad queda sin explorar como se merecía) y la mitad son relleno. Una cosa es que sea difícil manejar un reparto numeroso (uno de los mayores obstáculos del cine de superhéroes) y que esto juegue en detrimento de la película, otra muy distinta este despropósito. Y entonces empieza la acción de verdad, pero no sabemos cómo, por qué, o hacia dónde exactamente se dirige la trama y sus personajes.

Escuadrón Suicida 3

Esto es lo que pasa cuando quieres empezar a construir la casa por el tejadoEscuadrón Suicida es una película que debería existir sobre un universo de ficción mucho más asentado y definido. Y a esto me refería con lo de “falta de visión general”. DC quiere construir un completo universo expandido en dos días, y para ello está forzando las conexiones entre entregas. Lo vimos en Batman v Superman, y lo volvemos a ver en Escuadrón Suicida, donde los cameos son incluso más gratuitos y peor encajados. Al final, más que una película, parece que estamos viendo un checklist de ingredientes imprescindibles del cine de superhéroes que hay que ir tachando. Una lista que empieza a tomar más items prestados de Marvel. Seguramente no andaríamos desencaminados si pensásemos que DC creía tener entre manos su propia Guardianes de la Galaxia. El planteamiento (“los peores héroes de la historia” forman equipo), el humor más desenfadado o el clímax forzadamente emotivo (en el que tenemos que creernos que los malotes tienen corazón y son una familia a su manera) así parecen indicarlo, pero en lugar de beneficiar a la película, lo que hace este extraño “tuning” es dejar constancia de su desdoble de personalidad y esquizofrenia tonal. De nuevo, esto podría haber sido intencionado, incluso conveniente (¡la película está protagonizada por un puñado de locos!), pero no es más que otro reflejo de la confusión que impera en DC.

Y ahora, detengámonos en uno de los aspectos más lamentables de la película, la guinda sobre el pastel: su flagrante machismo. Acepto sin problemas que la imagen explosiva e hipersexualizada de Harley Quinn sea inherente al personaje, pero eso no justifica el tratamiento tan denigrante y pueril que recibe, con el único objetivo de abastecer de material masturbatorio a los fanboys. Pero no es solo Harley Quinn y sus shorts metidos hasta el útero, o los doscientos planos de su culo. La película en general parece hecha por unos “machotes” que son incapaces de ver a la mujer como algo más que “esa cosa diferente a nosotros” que está ahí para ponernos cachondos o poseer (a menos que sea nuestra madre). Y esto salta a la vista por muchas cosas, que van de lo indignante a lo directamente repugnante: los continuos comentarios babosos a cualquier mujer que aparezca en pantalla (sea un personaje importante o una guarda de seguridad sin diálogo) sin que estas respondan; los incontables apelativos “cariñosos” con los que los personajes masculinos recuerdan constantemente a las mujeres que son solo eso, mujeres, mientras ellos pueden ser todo lo que les plazca, que para eso son los machos alfa; el hecho de que las tres “meta-humanas” de la película hayan de tener a la fuerza tramas románticas y sean definidas en gran medida por esto; o los vergonzosos diálogos tipo “No creas que no te pegaré porque seas mujer” o “¡Es tu mujer, ve a darle un palo en el culo y arregla esto!” (Deadshot animando a Flag a que dome a su hembra, que está a punto de acabar con el mundo), que van más allá de la caracterización disfuncional de los anti-héroes y son una base importante del humor de la cinta. Sencillamente inaceptable.

Escuadrón Suicida 4

Sin embargo, el reparto de Escuadrón Suicida está a punto de salvar la función. Entre todo lo malo, los actores son de lo poco que funciona, pero aun así tampoco cumplen las expectativas y no pueden compensar el hecho de que la mayoría de personajes, incluso los más carismáticos, sean tan planos. Contra todo pronóstico, Will Smith es quien hace mejor trabajo de todo el cast, mientras Jay Hernandez (Diablo) se podría catalogar como la sorpresa del grupo y Margot Robbie y Jared Leto no están a la altura del hype. Ella tiene momentos muy resultones (la mayoría ya se habían visto en la promoción), pero la forma en la que está planteado su personaje (ver párrafo anterior) no le deja apenas trascender la caricatura, y él también construye al Joker de forma muy superficial (quizá en parte por el poco tiempo en pantalla que tiene y lo mal usado que está), quedándose muy lejos de lo que vaticinaba tanta interpretación del método y demás sandeces que el actor hizo durante el rodaje para meterse en el personaje. O sea, mucho lirili, poco lerele, como la película en general. De los demás, cabe mencionar a la inexpresiva Cara Delevingne, que estropea un personaje potencialmente muy interesante, Encantadora, con una interpretación demasiado pobre, y Jai Courtney, que a pesar de su ubicuidad vuelve a demostrar que es un actor perfectamente intercambiable. El resto, bueno, no dan para comentar mucho más.

Afortunadamente, en el apartado visual Escuadrón Suicida cumple (en esto no nos engañan los tráilers). Aunque una vez más no se tenga claro que el cómic y el cine son medios distintos (qué bonitos son algunos planos-viñeta, pero qué poco aportan), la película tiene una estética muy atractiva, un sonido potente (obviemos lo irritante que puede ser la banda sonora), y está repleta de imágenes jugosas, estallidos de acción fardona y espectacular en un envoltorio que fusiona mugre y psicodelia, oscuridad y color, de forma acertada, con lo que al menos aporta dinamismo y evita el aburrimiento. Claro que de nada sirve tener componentes individuales de primera y ocasionales buenos momentos si van a formar parte de algo tan inconsistente, desordenado, arrítmico, confuso… y además tan poco original. Porque ese es uno de sus mayores delitos, actuar como si fuera distinta para acabar haciendo exactamente lo mismo que el resto de películas de superhéroes (con diálogos plantilla y el enésimo Apocalipsis y agujero gigante sobre una gran metrópolis, aunque parezca mentira), pero peor. Después de todo, sus promesas quedan en agua de borrajas y Escuadrón Suicida no es la película que esperábamos, sino la que temíamos. Es una pena que DC haya desaprovechado así esta oportunidad de oro. ¿Cuántas más le vamos a dar?

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Cazafantasmas (2016)

El tráiler de la nueva Cazafantasmas se convirtió en el más odiado de la historia de YouTube. Las redes sociales se transformaron en un hervidero de comentarios destructivos y críticas definitivas a la película meses antes de que nadie la viera. Desde el anuncio del proyecto, su mera existencia ha generado una ola de odio y una campaña de desprestigio inaudita, a pesar de que es “solo” el enésimo reboot que nos llega en los últimos años. Sí, la película original es una de las más veneradas de los 80, pero reducirlo a eso es estar muy ciego. ¿Por qué lo llaman “arruinar mi infancia” cuando quieren decir “machismo”? El problema ha estado claro desde el principio, por mucho que se haya intentado disfrazar de territorialismo nostálgico (que no sé qué es peor), y la animadversión que ha desatado no ha hecho sino reforzar la necesidad de una película como esta. Pero qué os voy a contar que no sepáis. La que se ha montado alrededor de ella es señal de que no hemos avanzado tanto como creíamos. Algunos se defienden diciendo que su boicot no tiene nada que ver con que las protagonistas sean cuatro mujeres (y en algunos casos será cierto), pero me gustaría saber por qué no han hecho lo mismo con los muchos reboots que ya hemos visto, o que están por venir. No respondáis, conozco la respuesta (la que se usa como excusa y la verdadera).

Por todo esto, a priori parece complicado aproximarse a la película de Paul Feig silenciando el ruido desagradable que se ha creado en torno a ella (o escribir una crítica sin introducir la polémica como factor). Pero lo cierto es que no cuesta tanto como creíamos desconectar de los meses de agotador y absurdo debate para verla, y disfrutarla (otra cosa es hacerlo para escribir sobre ella). Una vez se apagan las luces de la sala y comienza el prólogo de Cazafantasmasqueda claro que el principal propósito de la película es hacerlo pasar en grande, ni más ni menos. Resulta que al final es solo eso, una película. Y además una mucho mejor de lo que parece. Cazafantasmas aúna varias tendencias imperantes del cine actual: el homenaje nostálgico, el blockbuster formulaico y la comedia de la escuela SNL y derivados. El resultado es una mezcla explosiva (y bañada en mocos verdes) que funciona tanto como comedia como superproducción de aventuras para todos los públicos. Y además lo hace respetando y reverenciando en todo momento al clásico de 1984 (algo que muchos se negarán a ver incluso cuando lo tengan delante de sus narices), con cameos que celebran la original sin entorpecer el camino de la nueva, conservando la característica jerga pseudo-científica, adoptando su esquema (quizá demasiado) y adaptándolo a la sensibilidad del cine evento actual, llevándolo incluso hacia el terreno de los superhéroes (al fin y al cabo, esta Cazafantasmas se construye como una origin story, e incluso las protagonistas hacen referencia a su condición de superequipo justiciero; solo falta un guiño a Spider-Man).

Cazafantasmas no es perfecta ni de lejos (creo que ni los que la hemos defendido a capa y espada de los haters lo esperábamos), pero sí es un producto muy digno, una comedia infalible y una cinta de acción muy atractiva visualmente. La película se divide claramente en tres actos, como todo blockbuster que se precie. La primera hora nos muestra la formación del nuevo cuarteto de investigadoras de lo paranormal. En esta sección, Feig hace lo que mejor se le da, sacar oro de la presencia, química y talento cómico de sus actrices. Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon y Leslie Jones forman un equipo fantástico, se divierten (y divierten) con solo estar ahí, clavan los diálogos y lo dan todo en los gags físicos. La segunda parte se centra en desarrollar el plan del villano (más o menos el de siempre) y nos muestra a Abby, Erin, Holtzmann y Patty como grupo en acción, adoptando la identidad de Cazafantasmas con todo lo que ello conlleva (vehículo, uniformes, impacto en los medios y la opinión pública, enfrentamiento a las autoridades, aquí parodiadas por Charles Dance y Cecily Strong). Y por último, el clímax desata el obligado Apocalipsis -con el típico portal gigante que se abre sobre Nueva York- y es cuando la acción se vuelve más vertiginosa, estruendosa y a gran escala.

Aunque pierde fuelle en su segunda mitad por tener que ajustarse necesariamente a la fórmula preestablecida y adolece de un montaje algo brusco (se nota demasiado la tijera), Cazafantasmas se las arregla para mantener su frescura y energía en todo momento. Y esto es gracias sobre todo a sus cuatro protagonistas, pero también al gran robaescenas de la película, Kevin Beckman, el secretario de las Cazafantasmas interpretado por Chris Hemsworth. Algunas de las escenas más descacharrantes del film están protagonizadas por el actor de Los Vengadores, que vuelve a dejar constancia de su instinto para la comedia y la improvisación. La escultural presencia de Hemsworth, que interpreta a un rubio tonto que es contratado solo por estar bueno (ironía que muchos no han pillado y tachan de sexista, así está el patio), pero al que jamás se trata tan repugnantemente como a la variación femenina de este arquetipo, da rienda suelta a la maravillosa capacidad de Kristen Wiig para hacer el ganso, dejándonos algunos de los mejores momentos del film, pero sobre todo confirma al actor australiano como algo más que Thor (por favor, ved los créditos finales completos, dedicados casi enteramente al tesoro que es Kevin).

Hay que decir que, como suele ocurrir en el cine de Feig, no todos sus chistes funcionan con la misma eficacia (muchos son geniales, aunque también hay alguno que se estrella contra el suelo), pero en general, Cazafantasmas es otra sólida entrega cómica de Feig y compañía, una película con carcajadas aseguradas (al menos en mi sala no pararon en toda la proyección) y que, como dictan las reglas de su cine (y el de sus contemporáneos), también contiene una carga emocional bastante considerable, con énfasis en la bonita amistad y contagiosa camaradería entre estas mujeres. Si se tiene la suerte de entrar en sintonía con la propuesta, es muy fácil pasarlo bomba con la película, gracias a sus golosas y coloristas imágenes (aunque se vean en 2D, saltan de la pantalla como si fuera 3D), a sus entrañables personajes, o a su humor desenfadado.

Pero es que además, Cazafantasmas cumple una función social muy valiosa. En primer lugar, ofrece referentes heroicos femeninos para las niñas (y para los niños, que hay que educarlos a todos en esto por igual, y hay que tener en cuenta a todos los chavales que se identifican más con ellas), no una, ni dos, cuatro mujeres que ni son comparsa ni asumen el rol de interés romántico (no hay conflicto amoroso en la película), sino que están a cargo de su propia aventura. Y en segundo lugar, presenta a mujeres en su mayoría de más de 40 y con diversidad de físicos pateando culos de fantasma y salvando el mundo sin ser hipersexualizadas en ningún momento para satisfacer la mirada del público masculino heterosexual (ojo, eso no quiere decir que no sean seres sexuales, que ahí está Wiig como el pico de una plancha o la marciana McKinnon y su Holtzmann, siempre magnética y siempre seduciendo). O sea, que es justo la película feminista que necesitábamos.

En resumen, Cazafantasmas ha tenido que sortear obstáculos a los que otros productos similares (reboots nostálgicos o relecturas de clásicos) no se han tenido que enfrentar, ha atravesado un mar de odio en Internet (atención a los dos oportunos guiños con los que se empequeñece a los detractores machistas en la película) y ha salido a flote con un producto hecho para callar muchas bocas (no quiero ni pensar cuántos disfrutarán de esta película en secreto pero no lo reconocerán), con una película que cumple holgadamente con su principal propósito: divertir. Y ya de paso relanza una franquicia con mucho potencial desempeñando una labor que, como tristemente se ha demostrado, hacía falta urgentemente en el cine de Hollywood. Así que solo queda una cosa que decir: Haters Gonna Hate.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La correspondencia

la correspondencia imagen 1

Mantener una correspondencia es uno de los actos más íntimos que un ser humano puede establecer con otro. Una acción más privada que un DM por Twitter, más perdurable que una conversación por WhatsApp protegida por una buena copia de seguridad y casi tan bonita como un mensaje por Facebook a lo largo de los años. Este intercambio de misivas une emocionalmente a sus dos interlocutores, haciendo que el desconocimiento y la complementación inicial se convierta en una concordancia total y completa entre ambos. Para este tipo de evolución, no importa si las personas se hayan conocido a priori o no se hayan desvirtualizado, esta correspondencia hace que ambos, valga la redundancia, se correspondan, es decir, se pertenezcan y se conviertan en inseparables. Esa acción une a los dos protagonistas de La correspondencia (La corrispondenza) más que todos los polvos que han echado durante sus años como amantes.

Antes que director, Giuseppe Tornatore es un cuentacuentos. Desde su carta de amor cinematográfico Cinema Paradiso a ese pastiche de ladrones de arte con el que disfrutamos tanto hace un par de temporadas, La mejor oferta, pasando por sus cuentos costumbristas Malèna o Baaria, Tornatore siempre ha sabido cómo contar (con mayor o menor tino) una historia que emocione y que como toda buena fábula, tenga cierto toque moralizante. En esta ocasión se centra en la relación amorosa entre una estudiante y su profesor, interpretados por Olga Kurylenko (Quantum of Solace, Un día perfecto) y Jeremy Irons (Inseparables, High-Rise), y la correspondencia que surge tras la bomba de humo y posterior huida de este último. Cartas, flores, archivos de vídeo en CD-R, cualquier medio es bueno si así logra mantenerse la comunicación. El problema es cuando no se sabe dónde enviar la respuesta. La solución a ese problema la ofrece Tornatore al final del primer acto. Al no guardarse ese giro para el final, el cineasta italiano acierta y dota a la historia de un interés renovado e inesperado, aunque no resulte tan sorprendente como Tornatore se cree.

la_correspondencia_52667Como resultado de esta desaparición, las apariciones de Irons resultan casi anecdóticas, haciendo que la verdadera triunfadora de La correspondencia sea Olga Kurylenko. La actriz ucraniana logra captar la fragilidad y la fortaleza de su personaje, mostrando de manera loable la evolución de sus sentimientos a medida que va descubriendo los entresijos del sistema epistolar. Ante lo que no puede hacer nada la actriz es ante cierto tufillo machista que desprende su personaje. Aspecto que podríamos considerar como marca de autor del propio Tornatore o más bien parte intrínseca de la cultura de su país de origen. Si bien es una novedad que a la parte femenina de la pareja se le permita no solo tener inquietudes sino ser toda una investigadora en astrofísica, la relación de La correspodencia no es sino puramente conservadora. Aunque no se dude en ningún momento del amor sapiosexual entre ambos (gracias a la citada labor de Kurylenko), no es sino el enésimo romance entre hombre maduro y mujer arrebatadoramente bella a la que casi dobla en edad (36 Kurylenko y 62 Irons). ¿Acaso alguien se atrevería a preparar un remake de esta misma historia con Glenn Close (69) y Jake Gyllenhaal (35) invirtiendo los géneros de los personajes?

La correspondencia es una fábula aleccionadora que entretiene, pero no enamora, ni sorprende, aunque por lo menos no chirría tanto como la partitura que Ennio Morricone ha ¿escrito? para ella.

David Lastra

Nota: ★★★