Crítica: Mi amigo el gigante (The BFG)

THE BFG

Mi amigo el gigante (The BFG) supone el regreso de Steven Spielberg al cine familiar después de varios dramas históricos seguidos. Basada en el popular libro infantil escrito por Roald Dahl, la película trata de recuperar el espíritu clásico de Amblin, la mítica productora de Spielberg. De hecho, Mi amigo el gigante ha sido comparada en más de una ocasión con E.T. El extraterrestre, ya que cuenta la historia de una amistad imposible, en este caso entre una niña y un anciano de más de 15 metros de altura. El director de Parque Jurásico se ha mantenido fiel al libro de Dahl, a la vez que ha tratado de llevar la sensibilidad del autor británico a su terreno personal y al del cuento de hadas Disney. El resultado de esta simbiosis, sin embargo, no es tan perfecto como cabía esperar, sino que más bien pone de manifiesto a un Spielberg a medio fuelle que no es capaz de reproducir la magia nostálgica de Amblin. No es que Mi amigo el gigante sea una mala película, nada más lejos de la realidad. Es lo suficientemente bonita y entrañable como para salvarse, pero no es un trabajo a la altura del “Spielberg para toda la familia” que más nos gusta.

Mi amigo el gigante nos cuenta la historia de una pequeña huérfana londinense, Sofía (Ruby Barnhill), niña revoltosa y con insomnio que todas las noches se queda despierta en el orfanato leyendo hasta las 3 de la mañana, es decir, la que para ella es la Hora de las Brujas (contrario a la creencia popular de que es a medianoche). En una de esas noche en vilo, Sofía ve por su ventana a un gigante deslizándose de incógnito por las calles de Londres. El gigante la rapta y se la lleva a su país para evitar que la niña desvele al resto del mundo su existencia. Enfrentada a la idea de pasar el resto de sus días junto a él en el País de los Gigantes, Sofía entabla una bonita amistad con el BFG (siglas de “Big Friendly Giant”), que resulta ser un hombre bonachón y apacible cuyo cometido en la vida (desde que la Tierra es Tierra) es enviar sueños a la gente del mundo. Sofía llegará para ocupar un vacío muy grande en el corazón del BFG, al que ayudará a librarse de sus propios bullies, un grupo de gigantes (mucho más grandes que él) que le hacen la vida imposible. Para ello, la niña tratará de convencer a la Reina de Inglaterra (divertidísima Penelope Wilton) para que le preste su ejército con la idea de derrocar a los gigantes abusones.

A la película no le sobran momentos entrañables, sobre todo gracias al gigante interpretado mediante la captura de movimiento por un fantástico Mark Rylance (El puente de los espías), que personifica a la perfección lo que hace al BFG tan peculiar y simpático: su carácter inicialmente retraído y refunfuñón, y su forma tan singular de comunicarse, nullinventándose palabras y retorciendo el lenguaje hasta crear el suyo propio. Como decía, la interpretación de Rylance (muy visible bajo las mil capas de CGI del personaje, íntegra e impecablemente realizado por ordenador) es lo que bombea la película, pero no es suficiente. Falta algo. Quizá sea que el exceso de efectos digitales o lo irregulares que son (la textura y expresividad del BFG es maravillosa, pero la integración de la niña en el entorno digital es inaceptablemente tosca) truncan el asombro que las imágenes deberían proporcionarnos, o quizá sea que el cuento de Dahl no es lo suficientemente robusto como para llenar una película de casi dos horas (metraje innecesariamente extenso). En su empeño por permanecer fiel a la esencia de Dahl, Spielberg y su guionista Melissa Mathison se olvidan de algo importante: darle ritmo y estructura cinematográfica a la película. Esto provoca que Mi amigo el gigante caiga en lo que menos debería permitirse Spielberg con un film de estas características: el aburrimiento.

Mi amigo el gigante no está desprovista de escenas divertidas (las primeras interacciones entre Sofía y el gigante en casa de este último, los tronchantes encuentros con la Reina, los pasajes flatulentos), emotivas (Sofía descubriendo el triste secreto del gigante, la despedida), 100% Spielberg (Sofía leyendo bajo la manta con una linterna, símbolo cinematográfico por excelencia de la infancia en su/el cine), o simplemente hermosas (cuando el BFG enseña a Sofía su trabajo repartiendo sueños). Además, como adaptación dahliana se podría considerar precisa y adecuada (lo que no se puede negar es que las historias de Dahl son especiales y Spielberg captura sus idiosincrasias sin problemas). Sin embargo, al producto final le falta fuerza, resulta soso. Spielberg echa mano de todo lo que lo convirtió en un mago del cine familiar (incluidos el imprescindible score de John Williams, evocador de E.T. y otras aventuras del Rey Midas de Hollywood, y la etérea fotografía de Janusz Kaminski, que le otorga ese aspecto onírico tan característico). Pero detrás de la vorágine digital y la tramoya del asombro no encontramos ese corazón spielbergiano que nos arropaba cuando éramos pequeños, sino a un director trabajando por inercia para sacar a la superficie una magia que no está ahí.

Pedro J. García

Nota: ★★★

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