Crítica: Demolición

Jake Gyllenhaal Demolition

Jake Gyllenhaal… ¿qué clase de nombre es ese? Suena a superhéroe o algo por el estilo. Esa pregunta nos la hacíamos hace quince años cuando conocimos a un adolescente apocado y bastante tocado de la cabeza en Donnie Darko. Pronto nos aprendimos cómo se escribía ese apellido y nos prometimos no fallarle para que nunca estuviese solo. Durante estos años, le hemos visto salvar dramas indies (The Good Girl, El compromiso), dar visibilidad (Brokeback Mountain), enseñar cacho (Amor y otras drogas, Jarhead) y pegársela con blockbusters (El día de mañana, Prince of Persia o Everest). Gyllenhaal ha sabido construir una notable carrera gracias a una serie de varones duros cortados por el mismo patrón: el desquicio. Sus papeles en Nightcrawler, Enemy, Zodiac o Prisioneros lo han afianzado como uno de los intérpretes más solventes de su generación, y a su colección de hombres más o menos desequilibrados se le une Davis, protagonista de Demolición, la nueva cinta de Jean-Marc Vallée.

Davis es un hombre que de buenas a primeras ve cómo su vida perfecta se va al garete. La desaparición de su esposa en un accidente de tráfico en el que él mismo conducía lo deja sumido en un estado cuasi zen que le impide reaccionar de manera normal ante la pérdida. Esta ausencia de sentimientos le lleva a obsesionarse con un hecho tan nimio y común como una barrita atorada en una máquina expendedora en el hospital donde su mujer acaba de fallecer. Lejos de dejarse llevar por la rabia (emoción lógica ante el aperitivo perdido y la muerte de un cónyuge), Davis decide escribir una reclamación a la empresa que gestiona la máquina. De esa manera, conoce a Karen, peculiar encargada de responder ese tipo de misivas, interpretada por Naomi Watts (Mulholland Drive, Birdman), y sobre la cual empieza a construir una especie de segunda vida. Pero para tener una nueva oportunidad, hay que terminar el pasado de una vez por todas. Demolición narra la destrucción completa del viejo Davis y el inicio de un nuevo Davis, pero, ¿se puede hacer desaparecer de una vez por todas los demonios del pasado?

La cinta de Vallée se centra en la idea de que puede que Davis crea que haya podido acabar con el pasado, pero lógicamente el pasado no ha terminado con él. Demolición muestra un Davis trastornado, alejado de la realidad, que actúa por impulsos sin importar las consecuencias. Un comportamiento que puede llegar a provocar alguna que otra sonora carcajada en el espectador más insensible, pero su enajenación no es ninguna tontería. He aquí uno de los grandes problemas del film: no saber posicionarse, ni saber jugar sus bazas. El director de Dallas Buyers Club intenta crear el melodrama de superación definitivo. Para ello cuenta con un actor especialista en este tipo de papeles (Gyllenhaal), la mujer que mejor llora en toda la historia del cine (Watts) y ciertas secuencias espectaculares (el accidente, la demolición real del hogar), ¿por qué razón entonces no consigue su cometido? La razón tiene nombres y apellidos: Jean-Marc Vallée. Encumbrado hace una década con la sobrevalorada C.R.A.Z.Y., el realizador canadiense se ha consolidado como un gran director de actores, o por lo menos los premios y las candidaturas lo avalan: Matthew McConaughey y Jared Leto hicieron doblete en los Oscars con Dallas Buyers Club, Reese Whiterspoon consiguió otra candidatura con Alma salvaje y dio el espaldarazo definitivo a la que va a ser la nueva Mary Poppins, Emily Blunt en La Reina Victoria. Para seguir con esa tónica, Vallée eligió a Gyllenhaal para dar vida a Davis. Esta conjunción debería haber colocado de una vez por todas en la terna de candidatos al Oscar a mejor actor, pero todo ha quedado en agua de borrajas… Gyllenhaal recurre una vez más a sus trucos más conocidos pero no logra en ningún momento llegar a ese punto de genialidad que sí consiguió en Enemy o Nightcrawler. En esta ocasión se acerca más a su experiencia en Southpaw, otro papel hecho por y para los premios que fue justamente ninguneado. Al no lograr la excelencia interpretativa en esta ocasión, la película se desmorona, pero no solo por culpa de Gyllenhaal (él es lo más salvable), sino por las labores artísticas de Vallée como director.

Demolición

Todo pierde fuelle a medida que Vallée va dejando al descubierto su verdadera naturaleza. Su sentimentalismo desbarata el posible interés que debería tener la enajenación del personaje y hace que la oscuridad de Davis tenga la misma profundidad psicológica que la de un protagonista de una película de sobremesa. Como espectador, se puede aceptar todo tipo de comportamientos ante la pérdida, pero lo que no se debe aceptar es dejarse tomar el pelo (o por lo menos no de manera consciente). En vez de ahondar en el conflicto emocional de Davis, Bryan Sipe, guionista de la cinta y encargado de la adaptación cinematográfica de una novela de Nicholas Sparks (dato nada gratuito), decide incluir subtramas que resultan tan innecesarias que parecen buscar únicamente las lágrimas y/o los tags a la hora de catalogar la película (homosexualidad, bullying, mujer, etc.). y un tramo final que sobrepasa todos los límites de la pornografía sentimental.

Vallée entrega otra película a medio hacer, ya que sigue estando más preocupado en provocar esa lágrima fácil y vacua que en causar un impacto mayor. Demolición nos vende una especie de guía de autoayuda semibuenrollista que no sabe (o no se atreve a) hacer una reflexión adulta sobre la incomunicación y/o la paulatina ausencia de sentimientos que sufrimos en nuestra generación.

David Lastra

Nota: ★★½

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