Crítica: Malas madres

BAD MOMS

Yo no lo sé por experiencia propia, pero me lo puedo imaginar porque soy hijo y ya tengo mis años: ser madre es difícil. Y si encima tienes que ser la madre que los demás esperan, la que las revistas te dicen que debes ser, la que otras madres opinan que es el ideal de madre, la tarea se vuelve aun más frustrante e imposible (corregidme si me equivoco, solo soy un hombre). Esa es a grandes rasgos la ideal principal en la que se basa Malas madres (Bad Moms), alocada y empoderada comedia que cuenta la historia de Amy (Mila Kunis), una de esas madres modernas que parece que lo tienen todo, pero en realidad se están ahogando tratando de seguir las reglas de la maternidad del siglo XXI.

Amy es la prototípica madre americana perfecta, cumple una agenda apretada que incluye un trabajo donde no la valoran, unos hijos hasta arriba de actividades extra-escolares que dependen demasiado de ella y un marido que es más bien otro de sus churumbeles (y probablemente el más pequeño), es decir, cuida de todos menos de sí misma. Y lo hace sin dejar de estar guapa (porque a ver, es Mila Kunis, una de las mujeres más bellas del cine actual), y además sin perder la sonrisa o las buenas formas. Amy es eficiente, comprensiva, diplomática, paciente. Hasta que llega al límite, y lógicamente, estalla. Cuando el mundo a su alrededor se va a la mierda y las cosas salen mal a pesar de estar haciéndolo todo como supuestamente debe, solo queda una opción: tirar la toalla y comportarse como una “mala madre”, a ver cómo se las arreglan los demás sin ella. Para ello arrastra a otras dos madres, la sumisa Kiki (Kristen Bell) y la salvaje Carla (Kathryn Hahn) en una vorágine de alcohol, fiestas, desenfreno, y sobre todo, libertad. Libertad para hacer lo que les plazca sin remordimientos ni culpabilidad, sin importarles lo que los demás piensen de ellas. En especial la presidenta de la asociación de padres y madres de alumnos, la Regina George de esta película, Gwendolyn (Christina Applegate), que se convertirá en su archinémesis y hará lo posible por destruirlas.

Si el argumento de Malas madres os suena demasiado formulaico y predecible, es porque lo es. No en vano, el film está dirigido por Jon Lucas y Scott Moore, guionistas de una de las comedias Rated-R más exitosas e influyentes de los últimos años, Resacón en Las Vegas. Últimamente, parece que todas las comedias para adultos tienen que seguir el patrón de aquella cinta, y Malas madres no es la excepción. Solo que en esta ocasión (y como ya hemos visto afortunadamente en varias películas en los últimos años), el reparto está formado por mujeres, haciendo lo que tradicional e injustamente estaba reservado para ellos. Malas madres es una auténtica carta de amor (más bien verde y llena de sal gruesa) a las madres (concretamente a las malas, que son todas siempre a ojos de alguien) y una nueva reivindicación feminista del derecho de la mujer a ser tan cafre en el cine como el hombre. Podría haber salido mal, pero Lucas y Moore han hecho un buen trabajo con un guion que no solo saca partido de la idea para hacer reír, sino que hila sorprendentemente bien una serie de mensajes y lecciones morales “para todos los públicos”.

BAD MOMS

Malas madres no supone ninguna revolución (bebe mucho de Chicas malas y Bridesmaids), su argumento avanza de la manera más predecible, siguiendo los dictados del género, discurriendo por sus lugares más comunes. Pero aun así funciona. Y lo hace principalmente por dos cosas: los gags son infalibles y el reparto es muy sólido. Kunis es una leading woman espléndida, cálida, cercana y creíble a pesar de sus ojos de otro mundo, Bell sigue demostrando que es uno de los mayores talentos de su generación (y eso que su personaje tampoco le da para lucirse demasiado), Hahn es la puta bomba, la verdadera estrella de la película, y Applegate no podría clavar mejor a la mean girl amargada (Jada Pinkett Smith y Annie Mumolo también cumplen). Puede que las locuras en las que se ven envueltas estas mujeres resulten demasiado cliché, pero las carcajadas están aseguradas gracias a la precisión cómica y el encanto con el que sus actrices las acometen. El film no destacará por su originalidad o profundidad, no, pero los momentos descacharrantes son incontables y sus diálogos y one-liners tienen potencial para convertirse en memes y gifs que dentro de unos meses utilizaremos a diario para reaccionar o dar un corte a más de un despistado o machista en Internet (quiero enmarcar el discurso que Amy da a su hijo para explicar lo que significa la palabra “entitled”).

A pesar de ser una comedia simple, orgullosamente tonta, y muy similar a otras, Malas madres también sabe ser amable y emotiva cuando toca (tiene mérito haber tejido bien esos momentos en una comedia tan excesiva como esta). Yo pienso recomendársela a un par de madres que conozco (y que quiero), porque está hecha sobre todo para ellas (atención a los preciosos créditos finales), como reverencia y mea culpa por lo mucho que tienen que aguantar (algunos la acusarán de “feminazi”, a esos idiotas ni caso). Estoy seguro de que mis madres favoritas se divertirán viéndose reflejadas en ella, y puede que hasta se convierta en una de sus películas de cabecera. ¿Que está hecha para capitalizar el feminismo en taquilla? Sí, ¿y qué? Yay feminism!

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Star Trek – Más Allá

null

En 2009, la longeva saga de ciencia ficción y aventuras Star Trek recibía un lavado de cara con un reboot capitaneado por el solicitado J.J. Abrams. Sin dejar de rendir homenaje y ser fiel a la Star Trek clásica, la nueva película y su muy notable secuela, Star Trek: En la oscuridad, conducían la propiedad creada por Gene Roddenberry hacia el campo de las superproducciones actuales para rejuvenecer la saga e insuflar nueva vida a sus populares personajes. Con la tercera entrega de esta etapa moderna (decimotercera en total), Star Trek: Más Allá (Star Trek Beyond), la franquicia continúa su evolución hacia el puro blockbuster veraniego de acción bajo la batuta de un nuevo director, Justin Lin, conocido sobre todo por la saga Fast & Furious, de la cual ha dirigido cuatro películas.

Como adelantaban los tráilers, el humor y el tono han virado hacia terreno Guardianes de la Galaxia (no es solo una ilusión de la campaña promocional, hasta hay una escena análoga al “dance-off” de Star-Lord, pero más a lo grande y con los Beastie Boys de fondo, una secuencia formidablemente vistosa pero algo fuera de lugar). Y como también era de esperar, Más Allá da más énfasis a la acción desmedida y el despliegue espectacular, lo que en este caso juega en detrimento de la estructura de la película y los personajes, que están puestos al servicio de la acción, y no al contrario, como ocurría en las entregas previas.

En este nuevo capítulo, la tripulación de la USS Enterprise es atacada por una avanzada alienígena en forma de colmena que destruye la nave y deja a los héroes atrapados en un planeta hostil, donde se enfrentan a un nuevo enemigo, Krall (Idris Elba), que amenaza con destruirlos a ellos y a la Federación por razones que solo él conoce (énfasis en esto, porque aunque él tenga muy claro su plan y podamos intuir de qué va la cosa, la mayor parte del tiempo no sabremos qué está haciendo o por qué). La separación de la tripulación al “naufragar” en el planeta facilita la creación de “parejas”, cuyas interacciones son la base de la mitad del metraje. Y si bien las combinaciones Bones-Spock, Kirk-Chekov o Uhura-Sulu nos dejan buenos momentos (la mayoría cómicos), el esquema general de la historia y la evolución de los personajes sufre por un tratamiento más ligero y superficial.

null

Es decir, Más Allá antepone la acción y el humor facilón al verdadero desarrollo de sus personajes, con chistes a base de topicazos, frases lapidarias que hemos oído en infinidad de ocasiones (y que aquí suenan más vacías que de costumbre), y diálogos del montón. Así, Uhura (Zoe Saldana) queda relegada a un muy distante segundo plano, y hace (o dice) más bien poco durante la película; las interacciones entre Kirk y Spock (el núcleo emocional de las dos anteriores películas) se mantienen al mínimo, y a cambio Más Allá se convierte por momentos en una buddy film con el vulcano (Zachary Quinto) y McCoy (Karl Urban) como “la extraña pareja” de Star Trek, y el siempre simpático Scotty (Simon Pegg, del que esperaba más al guion) con la flamante nueva incorporación de la saga, Jaylah (Sofia Boutella), sin duda lo mejor de Más Allá. En este sentido, hay momentos divertidos aislados, pero en general falta cohesión, y aunque el reencuentro de los tripulantes y la puesta en marcha del plan contra Krall hace que el ritmo mejore, la visión global falla y huele a refrito, el villano flojea (Elba, como Oscar Isaac en X-Men: Apocalipsis, es otro actor de gran talento desaprovechado y sepultado bajo kilos de látex) y el guion funciona a base de una aturullada acumulación de momentos desconectados, multitud de guiños para los trekkies de siempre y set pieces que cuesta dar forma en la cabeza. El resultado es una película sin duda enérgica, pero visiblemente descentrada.

Ahora bien, si la analizamos como puro espectáculo y pasatiempo escapista, que parece ser la intención, Más Allá puede considerarse un éxito dentro de este género o modalidad del cine comercial. Es vertiginosa, es visualmente apabullante, los efectos digitales están muy por encima de la media (increíble la llegada a la base estelar Yorktown, la destrucción de la Enterprise o las batallas espaciales), y aunque la acción resulta excesivamente mareante, la película contiene imágenes para sacar los ojos de las órbitas y además funciona muy bien en los combates cuerpo a cuerpo, haciendo gala de un gran empaque visual y una contundencia física de la que la mayoría de aventuras hiper-digitales de hoy en día carecen -es decir, aunque lo digital lo domine casi todo, Más Allá no parece un videojuego todo el ratogracias en parte a su lealtad a los efectos de maquillaje y a la importancia del diseño de producción.

Pero claro, el despliegue técnico y visual y la diversión evasiva no lo es todo, como nos demostró Abrams con las dos anteriores películas (o con la nueva Star Wars, o Joss Whedon con Los Vengadores). Hace falta algo más, y Más Allá parece haber perdido lo que le había hecho conectar con los nuevos espectadores, suponiendo un paso atrás con respecto a sus predecesoras, para seguir el camino del blockbuster sin exigencias, del cine que no se molesta en ir “más allá” de su condición de evento. No hay nada de malo en una superproducción como esta, que ofrece aventuras sin pretensiones y sin engaños, y por suerte siempre nos quedará el buen hacer del excelente reparto (aunque aquí esté peor empleado) liderado por un segurísimo Chris Pine interpretando a un no tan seguro Kirk. Pero la decepción es inevitable si se busca ese “algo más”. Algo que sabes que puede darte, porque lo ha hecho anteriormente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Lolo, el hijo de mi novia

lolo

Actúa, escribe, dirige, canta, compone, baila… Julie Delpy es todo un hombre del Renacimiento y una verdadera mujer del siglo XXI. Debutó a lo Lolita en Detective de Jean-Luc Godard, explotó en Mala sangre de Léos Carax y aún siendo lo perra que era Dominique en el episodio central de la trilogía de los colores de Kieślowski, se convirtió en una verdadera obsesión. Pero lo mejor estaba por llegar: ella es la Céline de la saga Antes de... De su increíble interpretación en las películas de Linklater se podrían escribir muchos más de los caracteres que ocupan este texto, pero hoy no es el día, si acaso nos quedamos con sus manos. Esas que le han valido dos candidaturas a los Oscar y le han colocado como un valor seguro a la hora de crear guiones ágiles y cotidianos, capaces de acercarse a temas trascendentales y/o desagradabes pero siempre con un poso de humor. Siguiendo esa tónica, Delpy nos trae su nueva obra: Lolo, el hijo de mi novia. En ella, la Delpy intérprete abraza el absurdo y lo excesivo, dos rasgos de la comedia más pura, pero tanto su desdoblamiento como directora y guionista no están tan de acuerdo con que esta historia sea una chanza cualquiera.

Vista desde fuera, Lolo es una comedia francesa al uso, con grandes dosis humor chabacano (propio del no tan sofisticado humor francés), desentendidos y cierto adoctrinamiento familiar (aunque sea disfuncional), pero como ya se ha adelantado en el párrafo anterior, no hay que dejarse engañar por las apariencias. Lolo es la historia de un sociópata con un complejo de Edipo de campeonato. Esa naturaleza le hace destrozar todo tipo de relación amorosa que su madre intenta llevar a cabo. Imbatible durante casi dos décadas, Lolo ve peligrar su status de intocable con la llegada de Jean-René, un paleto bonachón con el corazón de oro que pasa de ser un polvo de una noche a un futurible compañero de por vida para Violette, la madre de Lolo, una mujer de mediana edad, con un envidiable éxito laboral y un tremendo hambre genital. Como es normal en este tipo de películas, la parte cómica termina predominando en el resultado final, aunque una simple sustitución de la música de Matthieu Lamboley por una partitura más intensa y estaríamos ante una envenenada cinta de suspense a lo Claude Chabrol.

Lolo pósterJulie Delpy se regodea en uno de sus roles favoritos: la snob parisina. Su Violette es una creación muy divertida, especialmente cuando más bruta y malhablada se pone. Este desquiciado personaje es una caricatura y un fiel reflejo de cómo se trata a toda mujer que sigue soltera habiendo superado los cuarenta en este nuestro Primer Mundo. Como ya hizo con Chris Rock en Dos días en Nueva York, Delpy vuelve a elegir a un cómico como su partenaire. En esta ocasión lo hace con todo un revientataquillas en el país galo: Danny Boon. Además de solventar notablemente su Jean-René, el protagonista de Bienvenidos al Norte sorprende al no estomagar en ningún momento del metraje. Algún mérito tendrá la Delpy directora cuando ya obtuvo ese mismo éxito con Rock en la citada aventura neoyorquina. Vincent Lacoste (protagonista de Hipócrates y que repite con Delpy tras formar parte de la multitudinaria El Skylab) es el encargado de ponerse en la piel del parásito humano que da nombre a esta película. En vez de optar por crear un Lolo cautivador y magnético, él es un personaje bufonesco, que rompe con la imagen estilizada por la que suelen inclinarse las producciones estadounidenses. El conseguido tono risible y extravagante de los protagonistas (y de una gran Karin Viard en un papel muy Samantha Jones de Sexo en Nueva York) dignifica algún que otro agujero en la historia.

Lolo es un pasatiempo cómico muy negro, fiel a la marca de autora de su creadora, que no llega a sorprender, pero sí que entretiene y cumple su función sin ningún tipo de fisuras. Touché, Madame Delpy.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Ahora me ves 2

Ahora me ves 2 1

Ahora me ves… se convirtió en una de las sorpresas del verano de 2013. En la temporada de los blockbusters y las secuelas, era la película que nadie esperaba, de la que no se sabía demasiado, y sin una gran campaña promocional, acabó siendo un éxito. Todo un logro en los tiempos que corren para una propuesta “original”. Desde luego, su fórmula era refrescante: cuatro magos son reclutados por un misterioso benefactor y reaparecen convertidos en “Los Cuatro Jinetes”, un supergrupo de ilusionistas que llevan a cabo grandes hazañas a lo Robin Hood ante un público mundial que los adora. La ilegalidad de sus “trucos” (como robar un banco en Las Vegas, su primer gran golpe), les pone en el punto de mira del FBI, dando lugar a un juego del gato y el ratón en el que nada es lo que parece, y “cuando más cerca miras, menos ves”. Con esta idea, Ahora me ves… trataba de resucitar la gloria de los grandes magos de los 90 (no en vano, David Copperfield está entre los productores) para adaptarla a la escéptica y resabiada audiencia moderna.

Tres años después, los Jinetes vuelven a las andadas en la secuela, titulada Ahora me ves 2 (todos coincidimos en que habría sido mejor título Now You Don’t – Ahora no me ves), en la que se ponen todas las cartas sobre la mesa: Ahora me ves vuelve más franquiciada, convertida ya completamente y sin reparos en saga cinematográfica con mimbres para durar muchos años y generar múltiples secuelas, incluso spin-offs (si la jugada le sale bien a eOne Films, claro). En la primera película, Ahora me ves se presentaba como una especie de Ocean’s Eleven de la magia, y en esta segunda entrega se sigue insistiendo en el esquema del cine de golpes y atracos, pero se añade un componente aun más espectacular y trepidante, acercándola asimismo a los blockbusters y las películas de acción protagonizadas por grupos de especialistas que llevan a cabo misiones peligrosas alrededor del mundo. Es decir, Ahora me ves 2 es en parte Ocean’s Eleven, en parte película de superhéroes, en parte Fast & Furious.

Y es que si la primera parte ya era una película autoconsciente y desenfadada que pedía un acto de fe a cambio de pasar un buen rato, en Ahora me ves 2 la implausibilidad y el sinsentido se convierten en armas arrojadizas contra el cinismo. Aquí hemos venido a pasarlo bien, no a buscarle los tres pies al gato (porque si nos ponemos, le sacamos trescientos y nos perdemos todo lo bueno que nos ofrece). La película sabe de sobra lo inverosímil que es, lo mucho que desafía la suspensión de la incredulidad, y no solo le da igual, sino que lo enfatiza, con la intención de que sus ganas de pasarlo en grande sin importar lo demás se contagien al público. Con un ritmo endiablado, set pieces divertidísimos (el robo del chip es tan tan sumamente tonto que se vuelve épico), diálogos de gran velocidad cargados de humor, y grandes dosis de aventura y acción (cortesía del nuevo director, John M. Chu), Ahora me ves 2 no da apenas tiempo para pensar las cosas demasiado, conquistando con su descaro irresistible y triunfando como pasatiempo ligero pero digno.

Ahora me ves 2 2

Uno de los puntos fuertes de Ahora me ves… era su excelente reparto. El casting de esta saga no podía ser mejor, y continúa acertando en la secuela, con dos fantásticas incorporaciones. Lizzy Caplan, que se une al divertido equipo formado por Jesse Eisenberg, Dave Franco, Woody Harrelson y Mark Ruffalo, en sustitución de Isla Fisher, y no solo hace que no la echemos de menos, sino que se alza como una de las mejores bazas de la película, con un timing cómico impecable y una chispeante personalidad ante la que es imposible no caer rendidos (con ella uno casi se olvida del déficit de personajes femeninos de estas películas). Por otro lado, Daniel Radcliffe se lo pasa en grande interpretando al villano de la película, un “niñato” prodigio de la tecnología que rapta a los Jinetes para que lleven a cabo el atraco más imposible hasta la fecha, y que los magos usarán para exponer las prácticas poco éticas de la mente maestra que está detrás de todo. Y por si eso fuera poco, vuelven los grandes Morgan Freeman y Michael Caine, y Harrelson hace doblete interpretando a su hermano gemelo de gigante dentadura, otro experto en hipnosis con el que tiene una rivalidad muy chistosa. Una locura todo, vamos.

Ahora me ves 2 toma la fórmula de su predecesora, le añade un puñado de nuevos y atractivos ingredientes y agita la mezcla para elevar las cotas de espectacularidad y distracción (nunca mejor dicho). La acción se vuelve más fardona, los espectáculos de ilusionismo más imposibles, los trucos más rebuscados. Ahora me ves 2 flirtea constantemente con el ridículo, sí, pero es que justo ahí está la gracia, en su desvergüenza. Es el juego que propone, y si uno se presta a él, acabará fácilmente hipnotizado por su carisma y su divertidísima propuesta.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: La leyenda de Tarzán

La leyenda de Tarzán 1

Hay dos maneras de hacer un remake o volver a contar por enésima vez una historia en el cine: haciéndolo muy bien o aportando algo nuevo, algo distinto a lo que hemos visto en las anteriores iteraciones de la historia. La leyenda de Tarzán opta por la segunda vía. La película dirigida por David Yates (responsable de las cuatro últimas películas de Harry Potter y su spin-off Animales fantásticos y donde encontrarlos) toma al famoso personaje creado por Edgar Rice Burroughs y nos lo presenta bajo una nueva luz, tratando de no repetir la misma historia que se ha llevado al cine en varias ocasiones, y que el clásico Disney de 1999 se encargó de inmortalizar para las nuevas generaciones. Así, La leyenda de Tarzán se construye como secuela que se inicia presentándonos la faceta menos explorada del personaje: su vida burguesa en Inglaterra después de abandonar la jungla y adoptar la identidad de John Clayton III.

La historia de Tarzán forma parte del imaginario colectivo, por lo que el film no se detiene demasiado en sus orígenes, únicamente mostrándonos varios flashbacks necesarios para unir pasado y presente. De esta manera, La leyenda de Tarzán se centra en contar el regreso a la jungla de John, conocido en Londres como Lord Greystoke (Alexander Skarsgård), junto a su amada Jane (Margot Robbie). Clayton, convertido en leyenda en la capital británica, es invitado al Congo para servir como emisario comercial del parlamento, pero no acepta hasta que un diplomático norteamericano, George Washington Williams (Samuel L. Jackson) le desvela que los belgas están esclavizando a la tribu que hace años fue su familia. Junto a él y su mujer, Clayton regresa a su verdadero hogar para acabar con los planes de Leon Rom (Christoph Waltz), el corrupto capitán detrás de la trama homicida del rey belga para hacerse con el Congo y sus recursos naturales, un plan malvado que conecta directamente con el pasado de Tarzán y destapa heridas que no llegaron a cicatrizar nunca.

La leyenda de Tarzán 2

A partir de las historias de Burroughs, Yates y sus guionistas componen una película que trata por todos los medios de ofrecer algo distinto, de mostrarnos a un Tarzán de los Monos más oscuro, más violento, una versión de la historia en cierto modo más actualizada, con mucha acción “moderna” (es decir, pensada para el 3D). Tanto es así, que por momentos La leyenda de Tarzán parece una película de superhéroes, en la que un justiciero con poderes extraordinarios recupera su súper-identidad después de permanecer inactiva (pero latente) durante años. Pero los esfuerzos son en vano, y a pesar de contarnos algo relativamente nuevo, el déjà vu es inevitable, y acabamos teniendo la sensación de que estamos viendo lo mismo de siempre. La razón es una aproximación excesivamente convencional, superflua y carente de fuerza creativaLa leyenda de Tarzán es una película insípida, sin verdadero interés, un trabajo que no aporta nada interesante al canon cinematográfico del personaje, ni a la actual corriente de puestas al día de los cuentos clásicos.

Si al menos hubiera otros alicientes que compensasen esta monotonía y falta de ímpetu, podríamos intentar salvarla. Pero La leyenda de Tarzán renquea en todos sus departamentos. Su reparto es cuanto menos irregular: la presencia física de Skarsgård es indudablemente imponente y el actor hace buen uso del lenguaje corporal para componer al personaje, pero aun con esas su interpretación resulta inexpresiva, escasa, algo parecido a lo que pasa con el impresionante Djimon Hounsou; Robbie es buena actriz, pero está muy mal escogida para este papel, y su aspecto indudablemente contemporáneo chirría con el entorno (además, el tratamiento de su personaje deja mucho que desear, insistiendo de boquilla en que Jane no es ninguna damisela, para ponerla en este rol durante la mitad del metraje y reducirla a eso; no chirriaría tanto si no lo dijera tanto, porque una cosa es decirlo, y otra demostrarlo -y no le estoy hablando a Jane, sino a los guionistas); Jackson ejerce como alivio cómico interpretándose a sí mismo, pero sus momentos 100% jacksonianos, por muy simpáticos que sean, son poco oportunos y revelan una gran desesperación por hacer que la película tenga algo de chispa; y por último, el de Waltz es el enésimo villano desdibujado y aburrido que nos deja el blockbuster actual, un personaje que a su vez es la enésima prueba de que el repetitivo y afectado actor austríaco siempre ha hecho y seguirá haciendo lo mismo una y otra vez.

La leyenda de Tarzán 3

Aunque no lo creáis después de todo esto, La leyenda de Tarzán no es del todo mala película (podría haber sido mucho peor). Lo que sí es es una película muy mal hecha. Parece mentira que su presupuesto ascendiera a 180 millones de dólares, porque en pantalla no se nota por ninguna parte. La inconsistencia visual del film es increíble (parecen tres películas de diferentes estilos mal pegadas). Por un lado, tiene ocasionales destellos de fuerza y contundencia que atronan los sentidos, y los escenarios naturales africanos dejan estampas preciosas, pero por otro, el empaque que la cinta podía haber tenido (y que tiene por momentos) se va al traste por culpa de una gran cantidad de planos pixelados y desenfocados, imágenes nocturnas con un nivel de grano inaceptable, zooms artificiales que estropean la imagen, un montaje torpe que en lugar de cubrir estos defectos los acentúa, y lo peor de todo, unos efectos digitales lamentables (flaco favor le ha hecho tener tan cerca El Libro de la Selva de Disney), con cromas chirriantes y falsísimas criaturas CGI (incluyendo un Tarzán de videojuego que parece hecho en 2001). En definitiva, la película no funciona a ningún nivel, ni siquiera como pasatiempo o espectáculo, que es lo mínimo a lo que debería aspirar, y parece una versión inacabada que todavía no estaba preparada para su proyección en cines.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Théo & Hugo, París 05:59

Theo y Hugo

Théo (Geoffrey Couët) explora los cuartos oscuros de un club nocturno. Se pasea en silencio, observando a los hombres enzarzados en el sexo más sudoroso y jadeante, tanteando el terreno desde relativa distancia, dejándose besar ocasionalmente por un extraño que lo desea. Hasta que su mirada se cruza con la de Hugo (François Nambot). De repente, la marea de cuerpos desnudos se abre entre ellos cual aguas del Mar Rojo para Moisés. Posan su mirada el uno en el otro y no la apartan. Se descubren. Una luz rojiza los baña. Están solos, porque alrededor no hay nada, solo oscuridad, y gente que no son Théo ni Hugo. Sin mediar palabra sus cuerpos se conocen, se fusionan, y se follan. Théo y Hugo conectan a un nivel primario, es impulso, pasión, pero también es algo más que sexo y nosotros podemos verlo, es una conexión que va más allá de la mera atracción animal, que solo es el principio.

Así comienza Théo y Hugo, París 05:59, con una colosal escena de sexo explícito y real que durante casi 20 minutos envuelve, embriaga, incomoda, y aturde. Una secuencia en la que los directores Olivier Ducastel y Jacques Martineau coreografían un memorable “chico conoce chico” en un escenario normalmente ajeno al cine romántico, creando una atmósfera lúbrica y martilleante en la que el destello del amor a primera vista brilla y contrasta con extraña fuerza. La excelente puesta en escena, la iluminación, la música entumecedora, la disposición teatral de los cuerpos desnudos, el atrevimiento de los primeros planos de sexo no simulado, todos estos elementos hacen que Théo y Hugo atrape con vehemencia. Esta es una escena que va más allá de aquellos famosos 9 minutos de éxtasis en La vida de Adèle, que hace que Shortbus se quede corta. Pero como decíamos, se trata solo del prólogo a una preciosa historia de amor, el inicio de una relación a tiempo real durante una noche, en la calles vacías de la madrugada parisina.

Pasados estos primeros 20 minutos, Théo y Hugo empieza a recordar en muchos aspectos a Weekend de Andrew Haigh (comparación tan obvia como necesaria). Sin embargo, su propuesta es más arriesgada, y a la vez más inocente. Ducastel y Martineau nosTheo Hugo cartel cuentan una fábula de deseo y de amor floreciendo ante nuestros ojos, enfrentándose desde su nacimiento al desengaño y al miedo (a la enfermedad por un descuido irresponsable), una vez pasada la exaltación del primer encuentro. El romanticismo de Théo y Hugo es decididamente naíf, sus conversaciones rozan el cliché y lo cursi por momentos, los protagonistas no son precisamente unos portentos de la interpretación, pero la conexión entre ellos es indudable y es inevitable dejarse llevar por el entusiasmo con el que Ducastel y Martineau nos la retratan.

Théo y Hugo es una película magnética, de una ingenuidad romántica irresistible y un realismo sin ningún tipo de inhibiciones. Una experiencia íntima, de erotismo desaforado y espíritu sorprendentemente entrañable que plantea una historia de amor a flor de piel, con énfasis en la piel. En una de las escenas más potentes de la película, Hugo se agacha para admirar y elogiar con ternura el sexo desnudo de Théo. A su manera, es como si le estuviera mirando a los ojos, diciéndole que quiere estar con él toda la vida. Y es cuando deseamos que tengan su final feliz juntos (con o sin diagnóstico negativo), o mejor aun, un futuro más allá de las 5:59, aunque no lo veamos.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Election – La Noche de las Bestias

Purge: Assassins

Después de una muy decepcionante primera entrega que tomaba una premisa con mucho potencial para malgastarla por completo en una inepta película de home invasion, The Purge salía a las calles con Anarchy, la segunda parte de la saga de la todopoderosa Blumhouse Productions (el estudio detrás de éxitos como Insidious o Paranormal Activity). De esta manera, el director James DeMonaco corregía los errores de la primera película y sacaba mucho más provecho de la disparatada idea detrás de la franquicia de acción y terror: Una noche al año, el crimen es legal en Estados Unidos, y los ciudadanos pueden matar, torturar, saquear o violar a sus anchas, sin repercusiones legales. Esa noche ha llegado de nuevo con Election: La noche de las bestias (The Purge: Election Year), una tercera parte que, de forma muy oportuna (y oportunista), se ambienta en las vísperas de unas elecciones generales en el país.

Election nos muestra a dos candidatos pugnando por el poder en un país sumido en un estado neofascista que busca erradicar a las clases pobres y enriquecer más aun a las pudientes. De un lado el ultra-conservador padre Edwidge Owens, respaldado por los Nuevos Padres Fundadores (responsables de instaurar el ritual anual de La Purga), y de otro la candidata demócrata Charlie Roan (Elizabeth Mitchell, nuestra Juliet de Perdidos), que desea llegar al poder para abolir la sangrienta tradición (lo que vendría a ser Trump vs. Hillary en una situación hipotético-distópica que hiperboliza la realidad actual del país). Al cuidado de Roan se encuentra el que se convirtió con Anarchy en el héroe oficial de The Purge (una buena idea cohesionar la saga a través de un personaje), Leo Barnes (Frank Grillo), ahora trabajando como jefe de seguridad de la senadora y ejerciendo de su protector durante la noche de La Purga, en la que el nuevo gobierno se ha propuesto acabar con ella. Repitiendo el esquema de la segunda película, Election nos lleva en un desenfrenado viaje nocturno, en esta ocasión por las calles de Washington D.C., junto a un grupo de personas de diferentes orígenes (uno de los puntos fuertes de la película) que tratan de sobrevivir a la masacre, transformándose en justicieros de la noche de las bestias.

Con Election, DeMonaco lleva la franquicia hacia el extremo (sí, más todavía), realizando una entrega incluso más violenta y exagerada que la anterior, y definitivamente más inmersa en el torture porn y el puro exploitation. La (burda) sátira sobre las clases sociales y el circo de la política sigue ahí, pero los Election posterresponsables de estas películas saben lo que el público quiere: liberar tensiones, experimentar la catarsis de lo prohibido, purgarse disfrutando de la violencia en pantalla. La película funciona perfectamente como escapismo perverso, y por supuesto es totalmente consciente de lo absurdo y descabellado de su propuesta (de hecho, ahí está la gracia), volviéndola a abordar con cierto sentido del humor. Pero aun teniendo esto en cuenta, Election cruza el límite del ridículo aceptable, y se vuelve excesivamente risible, con diálogos y reflexiones que provocan auténtica vergüenza ajena. Sin llegar al despropósito absoluto de la primera película, Election también desaprovecha otra oportunidad de oro para hacer un producto verdaderamente incisivo, y se conforma con repetir la jugada. La culpa es mía, por esperar algo más de una franquicia que no está tan interesada en darlo como parecía.

Sin embargo, si nos centramos en lo que es, y no en lo que podría ser, Election cumple holgadamente, ofreciendo evasión divertida y retorcida (para quien disfrute con este tipo de cine, claro), construyendo un survival con abundancia de acción (eficientemente ejecutada) y buen pulso por parte de DeMonaco. Pero sin duda, lo más destacable de Election es su apartado visual, su atmósfera perturbadoramente violenta y malsana (para algo son Blumhouse los reyes del bajo presupuesto) y sus imágenes deliciosamente macabras (la siniestra aparición de las chicas de la tienda en el coche de luces es cuanto menos memorable). Si somos capaces de quedarnos con eso y no darle más vueltas, Election: La noche de las bestias hace bien su papel convirtiendo nuestras pulsiones más oscuras en puro entretenimiento pulp.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Infierno Azul (The Shallows)

Blake Lively Infierno azul The Shallows

Infierno Azul (The Shallows) se anunciaba con la promesa de ser “la Tiburón para las nuevas generaciones”. Una auto-definición que le hacía flaco favor en cuanto a las expectativas sobre la película. Hay que ser muy crédulo para ir a ver la última cinta del catalán internacional Jaume Collet-Serra (La huérfana, Sin identidad) pensando que de verdad podría compararse remotamente con el clásico de Steven Spielberg, pero también hay que ser muy temerario para incitar a esta comparación desde la misma campaña de promoción. Claro que tampoco se iba a ignorar la conexión entre ambas películas: la lucha a vida o muerte del hombre (en el caso de Infierno Azul, la mujer) contra un escualo. Sin embargo, Infierno Azul no tiene tanto en común con aquel revolucionario thriller de 1975, más allá de la inevitable influencia narrativa que demuestra, sino que más bien se adscribe a la corriente reciente de películas sobre una persona intentando sobrevivir sola a la naturaleza, como serían 127 horas, Gravity o Todo está perdido.

En el caso de Infierno Azul, es la estrella en alza Blake Lively (Gossip Girl, El secreto de Adaline) la que se queda sola ante el peligro en un playa de México, donde ha acudido para evadirse de sus problemas y reconectar con su madre fallecida, que solía llevarla a ese paraje paradisíaco cuando era pequeña. El primer acto del film transcurre entre el vídeo deportivo, toda una oda a la religión del surf que parece hecha para ser publicada en GQ o similares, y el spot publicitario, con bien de explotación del cuerpo de Lively, a la que la cámara recorre descaradamente acentuando sus encantos para deleite del “respetable”. Cuando Nancy (Lively) se queda atrapada en una roca a apenas 180 metros de la orilla desierta, la película comienza de verdad, así como el reto al que se enfrentan Collet-Serra y su guionista, Anthony Jaswinski: buscar la manera de sacar provecho a la situación a pesar de sus limitaciones y mantener el interés y el suspense hasta el final. Con un metraje de unos escasos 85 minutosInfierno Azul no saca todo el partido que podría a la idea, pero sí consigue ofrecer un más que decente pasatiempo veraniego.

nullAunque no alcanza su máximo potencial (engancha, pero termina a la baja), Infierno Azul es un thriller muy eficiente gracias a la simpleza de su planteamiento y el buen hacer de su protagonista, que se entrega por completo a la tortura y se alza como toda una heroína autosuficiente y digna de admiración (más allá de la lasciva). Pero además de manejar bien el suspense, el film tiene toques de humor muy acertados: las (muy naturales) conversaciones de Nancy con el personaje de Óscar Jaenada, lo que ocurre en la orilla mientras Nancy pide auxilio a gritos, o la estrella robaescenas y sidekick Steven Seagull, una gaviota que si hubiera categoría de los Oscar a Mejor Interpretación Animal o Ave Revelación estaría nominada seguro. Por otro lado, hay que destacar lo bien empleado que está el bajo presupuesto de la cinta. Se nota que hay poco dinero, sobre todo en los inconsistentes efectos digitales, pero se suple con creatividad y buen trabajo de cámara (Collet-Serra no es un virtuoso, pero su energía y acrobacia filmando es innegable). No obstante, el desenlace de la película empaña sus méritos, con un enfrentamiento climático entre Nancy y el tiburón que cae en el ridículo, y un epílogo excesivamente edulcorado. Una pena.

En la temporada de los blockbusters y las películas de acción descerebrada, Infierno Azul propone un regreso al thriller sencillo y atmosférico que se desarrolla con paciencia y tensión (ahí es donde más tendría en común con Tiburón), una experiencia sin demasiadas exigencias que ofrece escapismo puro sin más. No pasará a la historia, pero desempeña su papel sin problemas.

Pedro J. García

Nota: ★★★

En defensa de ‘Wayward Pines’

Wayward Pines 1

Por regla general (los que podemos) utilizamos el verano para descansar y desconectar. El cine lo sabe, y desde siempre nos ha reservado los títulos menos exigentes para la temporada estival, dando por sentado que a las salas también vamos (además de por el aire acondicionado) a poner el cerebro en piloto automático (aunque no sea siempre así y con esta excusa nos cuelen cualquier bazofia). Hasta hace poco, en televisión ha pasado algo parecido. El plato fuerte de las televisiones se ofrece durante el “curso escolar”, reservando el verano para ficciones de relleno, series más ligeras o pasatiempos desenfadados a los que no le exigimos lo mismo que a las de otoño (True Blood sería el paradigma de este tipo de productos). Es decir, el verano es el gran viernes televisivo del año. Pero de un tiempo a esta parte esto está cambiando. Muchas cadenas están aprovechando la temporada baja para introducir en su parrilla dramas de calidad que destacan especialmente en este ambiente poco competitivo. Ese fue el caso el año pasado de las sorpresas UnREALMr. Robot, y, en un principio, Wayward Pines.

La serie de misterio y terror de Fox venía avalada por el nombre de M. Night Shyamalan en la producción. Teniendo en cuenta que la marca Shyamalan hace tiempo que no convence (a mí me chifló La visita, pero sé que no es el sentimiento generalizado), su presencia en la serie no era garantía de nada, pero eso no impidió a la cadena venderla en 2015 como la próxima gran serie estival, la parada obligatoria para todo seriéfilo en vacaciones. Descrita como un cruce entre Twin PeaksEl bosqueWayward Pines inició su andadura el verano pasado con índices de audiencia aceptables y un misterio que, sin ofrecer nada realmente nuevo u original, enganchaba: Después de un accidente durante una misión para encontrar a dos compañeros desaparecidos, un agente del Servicio Secreto estadounidense, Ethan Burke (Matt Dillon), se despierta en un pequeño pueblo entre las montañas llamado Wayward Pines, una especie de Stars Hollow versión siniestra. Ethan intenta ponerse en contacto con su familia y marcharse del pueblo, pero sus extraños habitantes y una valla electrificada se lo impiden. Algo extraño ocurre dentro y fuera de Waywayd Pines, y Ethan se propone averiguar de qué se trata, aunque la verdad sea difícil de digerir.

Wayward Pines 2

Hasta ahí todo bien. La audiencia estaba intrigada y la historia transcurría satisfactoriamente. Pero entonces hacia la mitad de la temporada empezó a destaparse la verdad y llegó lo que sería el “Shyamalan ending” en formato televisivo. Es decir, el giro sorpresa con el que la historia viraba 180º, pero en este caso no terminaba. (A partir de aquí, no sigáis leyendo si no habéis visto la primera temporada). No había que ser muy listo para imaginarse a grandes rasgos lo que estaba pasando. Aunque sí había que ser retorcido para adivinar todos los detalles: en realidad, Wayward Pines es el proyecto de un científico loco que predijo una catástrofe mundial y creó su propia Arca de Noé en forma de típico pueblecito americano, criogenizó a un montón de personas (él incluido) y los despertó 2.000 años después. Es decir, Wayward Pines transcurre en el año 4.028, y los habitantes de WP son los únicos humanos que quedan en la faz de la Tierra, a excepción de unas “aberraciones” sanguinarias llamadas Abbies que amenazan en el exterior. WHAT? Eso. Wayward Pines llevó el Shyamalan ending hasta las últimas consecuencias, con un giro que podría catalogarse entre los más impactantes y WTF de la televisión. Pero gran parte del público no comulgó con este descubrimiento, y la serie perdió adeptos.

Wayward Pines ha vuelto este verano con energías renovadas. Pero lejos de corregir su curso para contentar a aquellos que buscaban un producto más serio, o menos delirante, ha abrazado su naturaleza disparatada y su argumento loco, loco, loco para seguir contando la historia con otro tono, más cercano a la comedia negra. Y por eso defiendo Wayward Pines, porque, además de funcionar estupendamente como pasatiempo, se ha ido transformando de drama o “appointment television” en potencia a serie puramente veraniega. No llega al nivel casposo de cosas como Zoo o a los límites de autoconsciencia de True Blood, pero desde luego ha empezado a tomarse mucho menos en serio, y eso le ha sentado de maravilla. Para la segunda temporada (ambientada varios años después de la acción de la primera, en 4.032), Jason Patric (el robacorazones de Jóvenes ocultos) sustituye a Matt Dillon como leading man ex-promesa de los 80-90 que quedó en nada (para la tercera espero ver a Bill Paxton). Su Dr. Theo Yedlin sería el personaje que mantiene a raya la poca seriedad que se puede permitir ya la historia, pero a su alrededor, todo se vuelve cada vez más caricaturesco (el personaje de Hope Davis, más exagerada y lunática con cada episodio que pasa, el líder de secta chiflado que es David Pilcher, la pareja creepy interpretada por Tom Stevens y Kacey Rohl, que espero que pronto se descubra que son hermanos), más satírico (la trama sobre las adolescentes obligadas a tener hijos, la hilarante “Procreation Room”, ) y más bobo (la divertidísima Siobhan Fallon Hogan flirteando con Patrick y dejándonos las frases que nos indican que podemos relajarnos como espectadores: “Lo que pasa en Wayward Pines se queda en Wayward Pines. No hay más remedio, no queda nadie más”).

Wayward Pines 3

Wayward Pines no es el fenómeno televisivo que quería ser, pero, aun con sus muchos despropósitos y sinsentidos (o precisamente por ellos), es una serie entretenida a la que es mejor no exigirle rigor o coherencia, porque no es su principal objetivo, que es recomendable ver como la chaladura que es. Con Shyamalan menos involucrado en esta segunda temporada (está preparando el reboot de Cuentos de la Cripta, que yo no me perderé), la serie se adentra un poco más en el terreno de la comedia de ciencia ficción y sigue desarrollando una mitología en la que todo vale. A ratos da la sensación de que no contaban con ser renovados y están improvisando (y seguramente ese sea el caso), pero esto ha provocado un efecto que a la larga la ha beneficiado: a Wayward Pines se va a abandonar los problemas fuera de la verja y a dejarse llevar por su divertida estupidez.

Crítica: Mi amigo el gigante (The BFG)

THE BFG

Mi amigo el gigante (The BFG) supone el regreso de Steven Spielberg al cine familiar después de varios dramas históricos seguidos. Basada en el popular libro infantil escrito por Roald Dahl, la película trata de recuperar el espíritu clásico de Amblin, la mítica productora de Spielberg. De hecho, Mi amigo el gigante ha sido comparada en más de una ocasión con E.T. El extraterrestre, ya que cuenta la historia de una amistad imposible, en este caso entre una niña y un anciano de más de 15 metros de altura. El director de Parque Jurásico se ha mantenido fiel al libro de Dahl, a la vez que ha tratado de llevar la sensibilidad del autor británico a su terreno personal y al del cuento de hadas Disney. El resultado de esta simbiosis, sin embargo, no es tan perfecto como cabía esperar, sino que más bien pone de manifiesto a un Spielberg a medio fuelle que no es capaz de reproducir la magia nostálgica de Amblin. No es que Mi amigo el gigante sea una mala película, nada más lejos de la realidad. Es lo suficientemente bonita y entrañable como para salvarse, pero no es un trabajo a la altura del “Spielberg para toda la familia” que más nos gusta.

Mi amigo el gigante nos cuenta la historia de una pequeña huérfana londinense, Sofía (Ruby Barnhill), niña revoltosa y con insomnio que todas las noches se queda despierta en el orfanato leyendo hasta las 3 de la mañana, es decir, la que para ella es la Hora de las Brujas (contrario a la creencia popular de que es a medianoche). En una de esas noche en vilo, Sofía ve por su ventana a un gigante deslizándose de incógnito por las calles de Londres. El gigante la rapta y se la lleva a su país para evitar que la niña desvele al resto del mundo su existencia. Enfrentada a la idea de pasar el resto de sus días junto a él en el País de los Gigantes, Sofía entabla una bonita amistad con el BFG (siglas de “Big Friendly Giant”), que resulta ser un hombre bonachón y apacible cuyo cometido en la vida (desde que la Tierra es Tierra) es enviar sueños a la gente del mundo. Sofía llegará para ocupar un vacío muy grande en el corazón del BFG, al que ayudará a librarse de sus propios bullies, un grupo de gigantes (mucho más grandes que él) que le hacen la vida imposible. Para ello, la niña tratará de convencer a la Reina de Inglaterra (divertidísima Penelope Wilton) para que le preste su ejército con la idea de derrocar a los gigantes abusones.

A la película no le sobran momentos entrañables, sobre todo gracias al gigante interpretado mediante la captura de movimiento por un fantástico Mark Rylance (El puente de los espías), que personifica a la perfección lo que hace al BFG tan peculiar y simpático: su carácter inicialmente retraído y refunfuñón, y su forma tan singular de comunicarse, nullinventándose palabras y retorciendo el lenguaje hasta crear el suyo propio. Como decía, la interpretación de Rylance (muy visible bajo las mil capas de CGI del personaje, íntegra e impecablemente realizado por ordenador) es lo que bombea la película, pero no es suficiente. Falta algo. Quizá sea que el exceso de efectos digitales o lo irregulares que son (la textura y expresividad del BFG es maravillosa, pero la integración de la niña en el entorno digital es inaceptablemente tosca) truncan el asombro que las imágenes deberían proporcionarnos, o quizá sea que el cuento de Dahl no es lo suficientemente robusto como para llenar una película de casi dos horas (metraje innecesariamente extenso). En su empeño por permanecer fiel a la esencia de Dahl, Spielberg y su guionista Melissa Mathison se olvidan de algo importante: darle ritmo y estructura cinematográfica a la película. Esto provoca que Mi amigo el gigante caiga en lo que menos debería permitirse Spielberg con un film de estas características: el aburrimiento.

Mi amigo el gigante no está desprovista de escenas divertidas (las primeras interacciones entre Sofía y el gigante en casa de este último, los tronchantes encuentros con la Reina, los pasajes flatulentos), emotivas (Sofía descubriendo el triste secreto del gigante, la despedida), 100% Spielberg (Sofía leyendo bajo la manta con una linterna, símbolo cinematográfico por excelencia de la infancia en su/el cine), o simplemente hermosas (cuando el BFG enseña a Sofía su trabajo repartiendo sueños). Además, como adaptación dahliana se podría considerar precisa y adecuada (lo que no se puede negar es que las historias de Dahl son especiales y Spielberg captura sus idiosincrasias sin problemas). Sin embargo, al producto final le falta fuerza, resulta soso. Spielberg echa mano de todo lo que lo convirtió en un mago del cine familiar (incluidos el imprescindible score de John Williams, evocador de E.T. y otras aventuras del Rey Midas de Hollywood, y la etérea fotografía de Janusz Kaminski, que le otorga ese aspecto onírico tan característico). Pero detrás de la vorágine digital y la tramoya del asombro no encontramos ese corazón spielbergiano que nos arropaba cuando éramos pequeños, sino a un director trabajando por inercia para sacar a la superficie una magia que no está ahí.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Demolición

Jake Gyllenhaal Demolition

Jake Gyllenhaal… ¿qué clase de nombre es ese? Suena a superhéroe o algo por el estilo. Esa pregunta nos la hacíamos hace quince años cuando conocimos a un adolescente apocado y bastante tocado de la cabeza en Donnie Darko. Pronto nos aprendimos cómo se escribía ese apellido y nos prometimos no fallarle para que nunca estuviese solo. Durante estos años, le hemos visto salvar dramas indies (The Good Girl, El compromiso), dar visibilidad (Brokeback Mountain), enseñar cacho (Amor y otras drogas, Jarhead) y pegársela con blockbusters (El día de mañana, Prince of Persia o Everest). Gyllenhaal ha sabido construir una notable carrera gracias a una serie de varones duros cortados por el mismo patrón: el desquicio. Sus papeles en Nightcrawler, Enemy, Zodiac o Prisioneros lo han afianzado como uno de los intérpretes más solventes de su generación, y a su colección de hombres más o menos desequilibrados se le une Davis, protagonista de Demolición, la nueva cinta de Jean-Marc Vallée.

Davis es un hombre que de buenas a primeras ve cómo su vida perfecta se va al garete. La desaparición de su esposa en un accidente de tráfico en el que él mismo conducía lo deja sumido en un estado cuasi zen que le impide reaccionar de manera normal ante la pérdida. Esta ausencia de sentimientos le lleva a obsesionarse con un hecho tan nimio y común como una barrita atorada en una máquina expendedora en el hospital donde su mujer acaba de fallecer. Lejos de dejarse llevar por la rabia (emoción lógica ante el aperitivo perdido y la muerte de un cónyuge), Davis decide escribir una reclamación a la empresa que gestiona la máquina. De esa manera, conoce a Karen, peculiar encargada de responder ese tipo de misivas, interpretada por Naomi Watts (Mulholland Drive, Birdman), y sobre la cual empieza a construir una especie de segunda vida. Pero para tener una nueva oportunidad, hay que terminar el pasado de una vez por todas. Demolición narra la destrucción completa del viejo Davis y el inicio de un nuevo Davis, pero, ¿se puede hacer desaparecer de una vez por todas los demonios del pasado?

La cinta de Vallée se centra en la idea de que puede que Davis crea que haya podido acabar con el pasado, pero lógicamente el pasado no ha terminado con él. Demolición muestra un Davis trastornado, alejado de la realidad, que actúa por impulsos sin importar las consecuencias. Un comportamiento que puede llegar a provocar alguna que otra sonora carcajada en el espectador más insensible, pero su enajenación no es ninguna tontería. He aquí uno de los grandes problemas del film: no saber posicionarse, ni saber jugar sus bazas. El director de Dallas Buyers Club intenta crear el melodrama de superación definitivo. Para ello cuenta con un actor especialista en este tipo de papeles (Gyllenhaal), la mujer que mejor llora en toda la historia del cine (Watts) y ciertas secuencias espectaculares (el accidente, la demolición real del hogar), ¿por qué razón entonces no consigue su cometido? La razón tiene nombres y apellidos: Jean-Marc Vallée. Encumbrado hace una década con la sobrevalorada C.R.A.Z.Y., el realizador canadiense se ha consolidado como un gran director de actores, o por lo menos los premios y las candidaturas lo avalan: Matthew McConaughey y Jared Leto hicieron doblete en los Oscars con Dallas Buyers Club, Reese Whiterspoon consiguió otra candidatura con Alma salvaje y dio el espaldarazo definitivo a la que va a ser la nueva Mary Poppins, Emily Blunt en La Reina Victoria. Para seguir con esa tónica, Vallée eligió a Gyllenhaal para dar vida a Davis. Esta conjunción debería haber colocado de una vez por todas en la terna de candidatos al Oscar a mejor actor, pero todo ha quedado en agua de borrajas… Gyllenhaal recurre una vez más a sus trucos más conocidos pero no logra en ningún momento llegar a ese punto de genialidad que sí consiguió en Enemy o Nightcrawler. En esta ocasión se acerca más a su experiencia en Southpaw, otro papel hecho por y para los premios que fue justamente ninguneado. Al no lograr la excelencia interpretativa en esta ocasión, la película se desmorona, pero no solo por culpa de Gyllenhaal (él es lo más salvable), sino por las labores artísticas de Vallée como director.

Demolición

Todo pierde fuelle a medida que Vallée va dejando al descubierto su verdadera naturaleza. Su sentimentalismo desbarata el posible interés que debería tener la enajenación del personaje y hace que la oscuridad de Davis tenga la misma profundidad psicológica que la de un protagonista de una película de sobremesa. Como espectador, se puede aceptar todo tipo de comportamientos ante la pérdida, pero lo que no se debe aceptar es dejarse tomar el pelo (o por lo menos no de manera consciente). En vez de ahondar en el conflicto emocional de Davis, Bryan Sipe, guionista de la cinta y encargado de la adaptación cinematográfica de una novela de Nicholas Sparks (dato nada gratuito), decide incluir subtramas que resultan tan innecesarias que parecen buscar únicamente las lágrimas y/o los tags a la hora de catalogar la película (homosexualidad, bullying, mujer, etc.). y un tramo final que sobrepasa todos los límites de la pornografía sentimental.

Vallée entrega otra película a medio hacer, ya que sigue estando más preocupado en provocar esa lágrima fácil y vacua que en causar un impacto mayor. Demolición nos vende una especie de guía de autoayuda semibuenrollista que no sabe (o no se atreve a) hacer una reflexión adulta sobre la incomunicación y/o la paulatina ausencia de sentimientos que sufrimos en nuestra generación.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Todos queremos algo (Everybody Wants Some!!)

DSC_9088.NEF

Después de la increíble hazaña cinematográfica que supuso Boyhood, Richard Linklater regresa con Todos queremos algo (Everybody Wants Some!!), una propuesta a priori más ligera y sencilla con la que, en el fondo, se propone (y logra) el mismo objetivo que con aquella magnum opus de tres horas: hallar el sentido de la vida en los momentos más efímeros y atrapar en la pantalla al mismísimo tiempo mutando en sus personajes (solo que en vez de en 12 años, en 3 días). Se dice pronto, pero pocos cineastas son capaces de reflexionar sobre la vida, el paso del tiempo y lo que nos hace crecer y cambiar con la aparente facilidad con la que Linklater lo hace. En Todos queremos algo, “secuela espiritual” de Movida del 76 (Dazed and Confused)el director sigue examinando el comportamiento humano con precisión, capturando en imágenes ese momento escurridizo que tan difícil es de explicar con palabras, el que hace que de repente todo tenga sentido. Y lo hace de forma tan disimulada y recreándose tanto en lo trivial que puede que el carácter tan desenfadado y liviano de la película haga que a muchos se les escape lo que esconde debajo.

Linklater retrata en Todos queremos algo un periodo de transición dentro de otro periodo de transición. El de una sociedad y una cultura cambiante que da la bienvenida a una nueva década (la de los 80) sin saber muy bien qué se encontrará en ella, y el de un equipo de béisbol universitario a cuyos miembros les espera la inevitabilidad de enfrentarse pronto a la decisión de qué hacer con sus vidas. Para plasmar el estado de ánimo de sus personajes en este momento tan concreto (la euforia, la energía, las ganas de vivir, de aprovechar el tiempo que queda), Linklater deja que sus chicos se diviertan a sus anchas durante los tres días anteriores al arranque de las clases, es decir, previos al regreso a la vida real. Tres días de desfase, fiestas universitarias, alcohol, sexo, marihuana, nuevos amigos, amores incipientes y sobre todo, búsqueda, en los que el director indaga en la esencia misma de la juventud. Claro que hay que destacar que los protagonistas no tienen todos la misma edad, hay novatos, hay veteranos, hay incluso alguno que ronda los 30 y se niega a salir de la burbuja que proporciona la vida universitaria para afrontar el mundo exterior. Es la manera que tiene Linklater de decirnos que este momento de cambio, de transición, no tiene por qué llegarnos a todos a la vez.

El reparto de Todos queremos algo no podría estar mejor escogido. Blake Jenner, Ryan Guzman, Wyatt Russell, Temple Baker y Glen Powell están completamente entregados, en sintonía con la visión del director, y forman un grupo muy gracioso y compenetrado (mención aparte merecen la encantadora Zoey Deutch y el explosivo Tyler Hoechlin, robaescenas mayor de la película, con permiso de Powell). Linklater coreografía el caos de la fraternidad con inteligencia y buen ritmo, sacando todo el partido al físico de los actores, dando libertad a sus personajes para que sean ellos mismos, para hacer Todos queremos algopayasadas y a gastar bromas pesadas sin convertirlos en capullos desagradables (se nota que los quiere). Una sensación de afectividad y buen rollo recorre todo el film, y nos invita a seguir con complicidad a los personajes, a involucrarnos en sus conversaciones sobre deporte, pantalones y tías buenas, a interesarnos por sus preocupaciones banales y coquetas, a disfrutar con esas muestras “violentas” de cariño tan de machotes (Linklater se divierte acentuando lo 70s gay porn que es todo sin que sus personajes sean conscientes de ello), a acompañarlos de fiesta en fiesta, degustando diferentes estilos (disco, country, punk…) experimentando y probándose personalidades como disfraces. En definitiva, a pasar un rato genial con ellos mientras se buscan a sí mismos. De este modo, Todos queremos algo funciona primero como una comedia irresistiblemente nostálgica que evoca a las cintas estudiantiles de los 80, un producto ante todo divertido y refrescante que atrae con su carácter revoltoso para desvelar poco a poco una gran sensibilidad e inteligencia con la que nos habla entre otras cosas de la inmadurez y cómo salir de ella (la respuesta está en el mito de Sísifo y nos la proporciona Jake durante la bonita recta final de la película, cuando esta alcanza su máximo nivel de trascendencia).

En Todos queremos algo volvemos a vivir los últimos días del eterno verano cinematográfico. Entre birras, sexo y el Cosmos de Carl Sagan nos hacemos, como el que no quiere la cosa, las grandes preguntas. Quiénes somos, quiénes queremos ser, adónde queremos ir, y sobre todo, qué queremos. Porque todos queremos algo, lo complicado es saber qué exactamente. Lo último de Linklater es camaradería, es optimismo, vitalismo, testosterona rebotando por las paredes, es juerga, música a todo volumen, exploración, un entrañable retrato generacional y una gran celebración de la juventud. Es el tipo de película que nos dice mucho más de lo que parece a simple vista, que, sin que nos demos apenas cuenta, nos convierte en cine.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Independence Day – Contraataque

DSC_4348.tiff

Nunca fui fan de la primera Independence Day. No sé si fue que me pilló en una época en la que renegaba de ese tipo de cine porque estaba en la edad del pavo del cinéfilo y solo veía Truffauts y Fellinis (no soy tan viejo, es que no la vi en sala, sino unos años más tarde en vídeo), o es que de verdad la película tenía poco que ofrecerme más allá (o a pesar) de la supina estupidez ultra-patriótica y descerebrada que es. Es decir, que se me olvidó intentar pasármelo bien con ella. Tampoco sé si su secuela, Independence Day: Contraataque (Independence Day: Resurgence), me ha pillado en una segunda edad del pavo cinéfila, pero a esta sí le he visto la gracia que no le vi a la primera. Supongo que tendrá que ver la disposición que he llevado esta vez, los 20 años que han pasado entre una y otra (tiempo suficiente para que uno se dé cuenta de que con el cine, como con todo, es mejor liberarse de prejuicios), o quizá el hecho de que Roland Emmerich se ha vuelto más autoconsciente con los años y en esta ocasión se ha propuesto hacer una película de catástrofes más mamarracha y divertida que de costumbre.

Sea como fuere, Independence Day: Contraataque me ha hecho pasar un rato fantástico. Me he reído de ella, pero también con ella. Y eso es lo más importante, que Emmerich sabe exactamente lo que está haciendo, puro cine de palomitas para desconectar. Otra cosa no, pero siempre (o casi siempre), el cine catastrófico del director alemán como mínimo entretiene, y le da a sus fans exactamente lo que esperan y lo que quieren de él. La diferencia en esta ocasión es que Emmerich ha decidido tomarse un poco menos en serio, utilizar esa fórmula que tan bien se le da (no falta ninguno de los tópicos del género) y jugar con ella para reírse de sí misma, e invitar al espectador a la broma. Como la reciente Ninja Turtles: Fuera de las sombrasIndependence Day: Contraataque sabe perfectamente lo rematadamente tonta que es, lo absurdo de sus planteamientos, lo fortuito y ridículo de sus giros narrativos, lo extravagantemente implausible que es hasta para una cinta de acción sci-fi, pero le da igual mientras te lo pases bien con sus espectaculares, mareantes y ensordecedoras secuencias de acción, con sus chistes malos, sus naves molonas y sus simples emociones de blockbuster estival. Porque no aspira a otra cosa.

Independence Day_0110_ref_still-comp-01048_v0014

El (estupendo) eslogan promocional de la película reza “Hemos tenido veinte años para prepararnos. Ellos también”. Efectivamente, Emmerich ha tenido dos décadas para orquestar este nuevo ataque extraterrestre a la Tierra, y si bien en este tiempo no se le ha ocurrido una premisa mejor o un desarrollo más elaborado (los deus ex machina y las “investigaciones científicas” que llevan a cabo los secundarios no podían ser más perezosas e irrisorias), al menos en el apartado destructivo cumple de sobra con un despliegue acumulativo de acción desbordante (muy bien el disparatado clímax), efectos digitales aun más impresionantes (pero también más empachosos y saturadores) y bien de destrucción masiva (qué gozada la secuencia de la llegada a la Tierra de la nave nodriza, que ocupa una tercera parte del planeta). Y ni que decir tiene que la muerte de millones de personas alrededor del mundo no impide a los protagonistas hacer chistes (literalmente) en cualquier situación, por muy dramática que sea, o celebrar el triunfo personal de un grupo de héroes, que vienen a representar el crisol mundial para lanzar un mensaje de celebración del ser humano que no es sino el enésimo discurso patriótico debidamente camuflado de acuerdo a la sensibilidad del siglo XXI. ¿Cómo nos vamos a tomar todo esto en serio?

Menos Will Smith, que tenía cosas mejores que hacer (no te he echado de menos y cuanto menos te vea, mejor), el reparto original de Independence Day regresa para la secuela, con Jeff Goldblum y su oportuno sentido del humor como principal atracción. Sin desmerecer a Brent Spiner, que además de estar muy simpático, añade algo que las demás superproducciones de Hollywood no tienen: un personaje abiertamente LGBT en una relación que no solo no se invisibiliza, sino que tiene su propia subtrama (aunque sea para luego caer en el lugar común de siempre, así que una felicitación a medias para Emmerich). Por otro lado, como mandan los cánones de las secuelas tardías actuales, también hay jóvenes incorporaciones que recogen el testigo de la anterior generación para rejuvenecer la saga. Obviemos a Charlotte Gainsbourg, que pasaba por ahí y no tenía nada mejor que hacer. Liam Hemsworth, Maika Monroe, Jessie T. Usher, Travis Tope y Angelababy se convierten en los nuevos rostros de I:D, con la intención de continuar estirar la historia en la estela de las franquicias cinematográficas actuales, que más que películas son productos continuadores de una marca.DSC_5858.tiff

DSC_5858.tiff

El final de Contraataque prepara el terreno (de la forma más tosca y sobre-explicativa) para la inevitable tercera parte, con la que Emmerich planea llevar la acción al espacio. Si la segunda película ha sido así de mema y excesiva, no me quiero ni imaginar cómo será la siguiente teniendo esto en cuenta. Y no me lo quiero imaginar porque lo quiero ver. Cuando Independence Day 3 llegue, ahí estaré yo para ver a Maika Monroe pateando culos alienígenas en el espacio. Espero que a la actriz de It Follows le den el protagonismo que merece (debería convertirse en la heroína central de la nueva I:D) y que el planeta que visite nuestro “supergrupo” de intrépidos justicieros espaciales tenga su propia Londres o Nueva York para diezmar. Con eso me daré por satisfecho. Pedir otra cosa sería absurdo.

Pedro J. García

Nota: ★★★