Crítica: Buscando a Dory

FINDING DORY

Aunque no lo creáis, han pasado ya 13 años del estreno de Buscando a Nemo, la joya acuática de Pixar. Por tanto, los niños que fueron a verla al cine rondan ya la veintena, y recuerdan la película como parte de su infancia. Es algo similar a lo que ocurrió con Toy Story 3, en la que su público había crecido con Andy. Pixar se ha vuelto incluso más astuta con los años, y (dejando a un lado el caso de la muy lucrativa Cars) de momento ha sabido elegir bien el momento adecuado para lanzar las secuelas de sus éxitos (atención, porque la de Los Increíbles llegará 15 años después de la original). Buscando a Dory (Finding Dory) hace lo mismo que la tercera parte de Toy StoryMonstruos University, aprovechar la nostalgia que las primeras películas del estudio de Emerville generan en tiempo récord para contar una historia empapada de recuerdos y afecto. La jugada les ha salido redonda, porque Buscando a Dory no solo ha roto el récord de mejor estreno de la historia para una película animada, sino que es una secuela más que digna, una película que despierta un cariño enorme y divierte sin parar. Es decir, lo que uno espera normalmente de Pixar.

Buscando a Dory empieza tocando la fibra desde el primer minuto. En el prólogo conocemos a Dory cuando era una adorable cría de pez con los ojos enormes intentando aprender a vivir con su dificultad para el aprendizaje, la falta de memoria a corto plazo, con ayuda de sus padres, Charlie y Jenny. De esta manera, la película dirigida por Andrew StantonAngus MacLane apela a una mayor compasión (y admiración) hacia un personaje ya de por sí querido por la audiencia, para a continuación contarnos más sobre su historia, descubrirnos la tragedia existencial que la define (pero no la “hunde”, porque ya sabéis, “sigue nadando”): en un despiste, Dory es arrastrada por una corriente y se pierde. Aunque trata de recordar a sus padres, pronto se olvida de que está buscándolos, hasta que un día se acuerda de su gran propósito y decide emprender una odisea junto a Marlin Nemo para reencontrarse con ellos.

La premisa de Buscando a Dory es similar a la de su predecesora. Con una diferencia: esta vez no sabemos si Charlie y Jenny siguen vivos, y si lo están, si seguirán en el mismo sitio donde Dory los vio por última vez. Esto añade un factor de inquietud (y ansiedad) que funcionará como combustible para vivir el viaje de Dory con mayor implicación y desear aun más que la protagonista halle la satisfacción emocional que busca (y nosotros a través de ella). Con esta incertidumbre, pero también con empeño y voluntad de hierro, Dory cruza el océano valiéndose de la ayuda de sus amigos, hasta llegar al Instituto de Vida Marina de California (“La joya de Morro Bay, California” se convierte en algo así como la “P. Sherman Calle Wallaby 42 Sídney” de la secuela), donde Sigourney Weaver nos da la bienvenida, con el que será uno de los gags recurrentes más geniales que Pixar ha hecho. Allí es donde Buscando a Dory se distancia considerablemente de la primera entrega, planteando una vuelta de tuerca que, a pesar de resultar trepidante y ocurrente, hace que se pierda parte de la magia y el asombro que caracterizó a Buscando a Nemo. Y es que, paradójicamente, la mayor parte de la historia de Buscando a Dory transcurre en tierra firme. Es decir, los personajes siguen bajo el agua (en tanques, peceras, cubos, jarras de cafetera, etc), pero la acción en el Instituto tiene lugar fuera del agua. Esto obliga a que los guionistas se vuelvan más creativos que de costumbre para encontrar la manera de que mover (literalmente) a sus protagonistas (que no pueden avanzar fuera del agua por sí solos) y que la historia no se estanque. Y lo cierto es que, aunque salen airosos en general, a ratos da la sensación de que la aventura está demasiado forzada, de que los giros, los trucos para progresar narrativamente y las soluciones a los obstáculos son demasiado azarosos, hasta para una cinta de animación protagonizada por peces parlanchines.

FINDING DORY

A pesar de perder parcialmente el encanto misterioso y la belleza de sumergirse el océano para atravesar el gran desconocido junto a los personajes, Buscando a Dory compensa la ausencia de factor sorpresa con armas de sobra: diálogos de gran ingenio, un timing cómico perfecto (gracias de nuevo al excelente cast de voces originales, encabezado por Ellen DeGeneres), brillante humor físicoacción sin freno, fantásticos nuevos personajes (el film combina acertadamente lo conocido y lo nuevo) y por encima de todo, grandes dosis de ternura. También huelga decir que técnicamente sigue siendo sobresaliente, que a pesar de mostrarnos escenarios más “mundanos”, la película sigue fascinando con su animación, sus colores más vivos que nunca y sus texturas etéreas y resplandecientes (aunque no se vea en 3D, la experiencia de Buscando a Dory es lo más semejante a las tres dimensiones sin gafas que nos ha dado el cine de animación reciente). Y por supuesto, como casi todo lo que hace Pixar, esta secuela está llena de momentos memorables (nunca mejor dicho), de escenas que provocarán la risa y el llanto con la misma facilidad (es decir, con la misma maestría)

Si bien llega un momento en el que la amnesia de Dory puede resultar inevitablemente repetitiva, la película se las arregla para que nunca llegue a ser un problema grave, desarrollando al personaje (y a sus compañeros) de la manera más satisfactoria posible. Enseñándonos que, si la película se titula Buscando a Dory, y no Buscando a Charlie y Jenny, es por algo. Es porque la verdadera búsqueda que nos cuenta la película es la que Dory realiza para encontrarse a sí misma, para seguir nadando a pesar de las dificultades que conlleva vivir con una discapacidad (uno de los temas más importantes de estas películas) y descubrir la importancia de la familia y los amigos, que, como no podía ser de otra manera, en el caso de Dory son lo mismo. Y a su vez, Dory funciona como ejemplo a seguir para sus amigos (“What Would Dory Do?”), que observan cómo su amnesia le obliga a estar más alerta a los peligros (y también las maravillas) de la vida, a vivir el presente al máximo, y a no rendirse ante las adversidades. De esta manera, Buscando a Dory se alza como otro gran triunfo para Pixar, una comedia de acción infalible y profundamente entrañable que, por encima de todo, nos enseña una gran lección de perseverancia y compañerismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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Comentarios (4)

 

  1. Mara dice:

    Maravillosa. Me trago toda la animación con mis criaturas y esta peli está en el top del año junto con Inside Out (primera incontestable)

  2. Ricardo dice:

    Muy de acuerdo con la crítica. Pese a presentar todos los síntomas de “secuelitis” q existen, y haber varios momento de “venga ya” durante la cinta, yo salí de allí con una sonrisa de oreja a oreja y tarareando “sigue nadando” y dispuesto a convertirlo en mi nuevo mantra

    En cuanto lo de no saber si los padres están vivos o no, yo lo llegué a pensar en un momento, pero luego me dije: esto es Disney, tienen q estar vivos.

    Y, por último, los clinex y la lágrima a mano en casi toda la peli. Q manera de jugar con nosotros

  3. Ricardo dice:

    Y el pulpo es un sidekick no muy sidekick y muy digno, así q genial

  4. Ricardo dice:

    Septopus, perdón

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