Crítica: Warcraft – El origen

Warcraft

Los videojuegos emulan cada vez más al cine, y muchos blockbusters parecen videojuegos, tanto visual como narrativamente. La influencia recíproca de estos medios es tan evidente como inevitable, un fenómeno similar al que tiene lugar entre cine y series de televisión. Sin embargo, en todos los casos, es necesario tener bien claras cuáles son las fronteras, porque por muy romántico que sea este derribo de muros entre medios, no todo lo que funciona en un videojuego funciona en una película, y viceversa. Ese es uno de los (muchos) problemas de Warcraft: El origen, que hace reverencia al multimillonario juego en el que se basa, sin darse cuenta de que corre el riesgo de alienar a los espectadores que no han jugado nunca.

Claro que esto es solo la punta del iceberg. Warcraft: El origen es una adaptación fiel y reproduce con respeto el universo que tantos millones de jugadores conocen, fans que seguramente quedarán satisfechos viéndolo en pantalla de cine. Sin embargo, el grado de fidelidad de una película a su material de referencia no es necesariamente sinónimo de calidad. Si ante las reacciones negativas sobre una película se repite frecuentemente la pregunta “¿Pero has leído el cómic/libro?” o en este caso “¿Has jugado alguna vez a Warcraft?” es que algo falla. Como decía, una adaptación respetuosa y fidedigna no es necesariamente una buena adaptación. Y este es evidentemente el caso de Warcraft, que claramente se ha hecho con amor por el videojuego, pero no se ha sabido adaptar a las necesidades narrativas de su nuevo medio. Esta es una película tediosa, farragosa, con una historia mal contada (y peor montada), personajes indefinidos, motivaciones inexistentes y un sentido atrofiado del ritmo que puede resultar en una experiencia frustrante y desesperante para el espectador que no vaya con el aliciente de reconocer lugares, nombres o motivos narrativos del videojuego.

Duncan Jones (prometedor director de MoonCódigo fuente y fan confeso de World of Warcraft) desaparece en la genérica vorágine digital de la película, cuando muchos teníamos la esperanza de que sus inquietudes aportaran algo interesante al film. Pero nada más lejos de la realidad, Jones es fagocitado por la maquinaria del blockbuster, que aquí se pone en marcha a todo gas para disponer los cimientos de un universo que, a juzgar por lo visto, no parece tener mucho más que dar. Warcraft: El origen rasca historia de la superficie a duras penas, pero no consigue darle forma, resulta confusa, vacía, y además da la sensación de ser una película inacabada. Y no solo porque esté diseñada como un capítulo de orígenes que deja la historia a medias de cara a futuras entregas (esa escena final sacada directamente de Una nueva esperanza es toda una declaración de intenciones), sino también porque se complica demasiado para contar algo muy simple y al final no sabemos muy bien qué Warcraft el origenestá pasando o por qué los personajes hacen una cosa u otra. Esto se puede deber en parte a la tijera que ha sufrido en la sala de montaje, o al hecho de que la película se adscribe a la épica fantástica medieval (un género en el que suelen importar más las idiosincrasias del universo creado que la propia historia), pero me da a mí que la causa principal es la ineptitud narrativa y la falta de visión general a la hora de acometer el proyecto.

En el apartado visual, Warcraft tampoco es precisamente consistente. Industrial Light & Magic hace maravillas con las texturas y la expresividad de los orcos en primeros planos, pero al CGI de los planos generales y las batallas parece faltarle trabajo, dejándonos momentos espectaculares de fotorrealismo y chapuzas digitales en el mismo minuto. Además, el entorno es un híbrido extraño de escenarios reales y animación en el que los actores de carne y hueso pintan más bien poco. Por no hablar de las caracterizaciones, looks que, de nuevo, pueden resultar muy atractivos en un videojuego, pero no tanto en una superproducción de 2016, donde algunos estilismos son demasiado casposos (no llegamos al nivel de la infame Dragones y Mamorras de 2000, porque aquí salta a la vista que hay mucho más dinero, pero ahí la dejo citada). Y es que Warcraft: El origen es un videojuego llevado al cine de manera literal. Había mucho miedo a la hora de hacer una adaptación tan cara, teniendo en cuenta el historial de fracasos en este campo, y se ha optado por reproducir meticulosamente el universo que los jugadores conocen sin importar su entidad como película. El resultado es un ejercicio cinematográfico absolutamente plano y soporífero, falto de originalidad y consistencia en todos los aspectos. ¿Será que es imposible adaptar un videojuego hallando el maridaje adecuado entre medios? Nuestras esperanzas están depositadas en Justin Kurzel y su Assassin’s CreedPero visto lo visto, será mejor no apostar demasiado.

Nota: ★½

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