Crítica: Esperando al rey

Esperando al rey fotograma Tom Hanks

¿Qué es Tom Tykwer? Casi 20 años después de su película revelación Corre, Lola, corre no hemos llegado a descifrar al director alemán. A pesar de haberse forjado una filmografía de la que destacan un par de señas de identidad personal, el estilo de Tykwer (si es que tuviera uno, y si es que tuviera que definirlo obligatoriamente) se sigue escapando a nuestra percepción. Su última película, Esperando al rey (A Hologram for the King) no nos ayudará precisamente a entenderlo como cineasta, porque, a juzgar por ella, dudamos que él tenga muy claro qué pretende con cada proyecto en el que se embarca.

Basada en Un holograma para el rey, el best seller escrito por Dave Eggers (El círculo, Donde viven los monstruos), Esperando al rey es una comedia dramática que cuenta la historia de Alan Clay (Tom Hanks), un empresario estadounidense en horas bajas que viaja a Arabia Saudí para vender al rey un sistema de comunicación revolucionario con hologramas. Estancado en lo profesional y en lo personal, Alan espera que este importante trato le saque del pozo y le ayude a dar un giro en su vida. Pero los días pasan, y el rey va retrasando su llegada por otros compromisos, obligando al empresario a hacer balance de su vida en medio del choque de culturas que supone su estancia en Oriente Medio. Gracias al dicharachero taxista (Alexander Black) que lo lleva todos los días al complejo donde debe hacer la presentación y a una atrayente doctora saudí (Sarita Chodhury), Alan tratará de entender el país mientras halla la raíz de su estancamiento existencial esperando a su Godot particular.

Esperando al rey pósterEsperando al rey es una película con potencial que parte de una base fértil, pero Tykwer no es capaz de darle forma y la historia se queda en mera acumulación de tramas a medio hacer. La película tiene destellos de belleza y melancolía costumbrista, observaciones acertadas sobre las interacciones sociales (el lenguaje corporal, el absurdo de la burocracia) y momentos en los que parece que vamos a llegar a algún tipo de revelación que ilumine el camino, pero estos retales nunca llegan a formar un todo. El problema principal es una evidente falta de visión general y estructura narrativa, lo que hace que la historia fluctúe frecuentemente entre estilos y tonos, y resulte en desorganización y desorientación. Aunque se queda cerca en algunas escenas y no se le da mal transmitir buen rollo (al fin y al cabo, lo único que parece claro es que Tykwer quería hacer una cinta ‘feel-good’) Esperando al rey se va desintegrando poco a poco en la mayor de las indiferencias hasta llegar a un desenlace bonito, pero despegado. Al final, lo que parecía ser una reflexión potencialmente interesante sobre la tristeza y la soledad de un hombre en plena crisis de mediana edad se queda en un relato intrascendente.

Una pena sobre todo teniendo en cuenta la sobresaliente interpretación de Tom Hanks. El actor realiza un retrato muy afinado a la hora de transmitir el nerviosismo, la ansiedad y el deseo de hallar una vida nueva de un hombre agotado de existir en la suya. Pero aunque Hanks se esfuerce en llenar los vacíos que el director de El perfume no consigue cubrir, no es suficiente, porque la película simplemente no está a su altura.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Antes de ti

Antes de ti

Antes de ti (Me Before You) es la adaptación al cine del best-seller de 2012 escrito por Jojo Moyes. La autora británica se encarga de escribir ella misma (y ella sola) el guion de la película, por lo que los fans de la novela deberían estar cubiertos (vaya por delante que no la he leído, pero doy por sentado que se habrá mantenido fiel a su propia obra). Antes de ti es la historia de Louisa Clark (Emilia Clarke), Lou para los amigos, una peculiar chica de 26 años que vive en un pintoresco pueblo en mitad de la campiña inglesa y trabaja en una pastelería para ayudar a su familia a llegar a fin de mes. Tras ser despedida, Lou encuentra un trabajo en el castillo local y se convierte en la cuidadora y “animadora” de Will Traynor (Sam Claflin), un joven banquero adinerado que se quedó tetrapléjico después de un accidente. Antaño espíritu aventurero y emprendedor, Will ha perdido las ganas de vivir y se ha convertido en una persona cínica y huraña. Por eso Lou se propone enseñarle que la vida merece ser vivida y lo lleva en mil y una aventuras para devolverle la ilusión, lo que, como no podía ser de otra manera, resulta en enamoramiento.

posterantesdetiDirigida por Thea Sharrock, que debuta en el largometraje tras varios trabajos en la tele británica (The Hollow Crown¡Llama a la comadrona!), Antes de ti es el clásico melodrama romántico confeccionado a medida para “la chica de hoy en día”. Es decir, la película es pura fórmula; todo truco, cero corazón. Aunque viene disfrazada de romance moderno (las inevitables y empalagosas baladas de Imagine Dragons o Ed Sheeran que no falten, la personalidad chispeante y singular de su protagonista, heroína “actual” que se diferencia de las demás vistiéndose de niña de 5 años), Antes de ti sigue tirando de los mismos clichés rancios de siempre para contar una historia que perpetúa los roles de la mujer y el hombre a través del género: A ver cuándo va a ser un chaval joven y dicharachero el que cuide y se enamore perdidamente de una mujer mayor que él, rica, y enferma en el cine. Antes de ti es el peor tipo de romance aspiracional, el que te da la falsa sensación de que tienes el control de tu vida, de tu futuro, cuando en realidad lo estás poniendo en manos de un hombre, que en última instancia será quien decida darte o no alas para volar. Lou es una marioneta, de los padres de Will, que la contratan como una novia de pago para que saque de la depresión a su atribulado niño con sus encantos; de Will, que le dice lo que tiene que hacer mientras él se mantiene férreo en sus propias decisiones, por muy cuestionables que sean; y de la autora, que la utiliza para lanzar su atrofiado mensaje motivador.

Emilia Clarke está muy bien como Daenerys Targaryen en Juego de Tronos, pero en esta película deja al descubierto sus limitaciones, con un trabajo interpretativo caracterizado por la sobreactuación y los tics (Sam Claflin pilla mucho mejor el punto a su personaje, lo cual afortunadamente amortigua lo de Clarke). La intención con Lou es construir a un personaje adorkable y desbordante a la hora de mostrar sus emociones, pero a Clarke se le va de las manos y acaba resultando empachosa, excesiva e irritante. Claro que la culpa no es solo suya, sino sobre todo de la directora, que explota esa supuesta adorabilidad para manipular constantemente las emociones del espectador con primeros planos de reacción en los que la sutilidad brilla por su ausencia. Y es que Antes de ti es pura pornografía sentimental (o “disability porn”, como dicen muchos), una película que discurre por los derroteros más predecibles y trata de compensar su falta de originalidad o personalidad forzando las emociones del espectador. El resultado es un trabajo plano y artificial, una pastelada lacrimógena (que supongo que los fans del libro apreciarán mucho más que yo) digna del “mejor” Nicholas Sparks.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: The Program (El ídolo)

The program El ídolo Ben Foster

A pesar de haber firmado buenos trabajos, la carrera de Stephen Frears ha estado caracterizada por la inconsistencia y la dificultad para alcanzar la grandeza. Recientemente, el director se ha acomodado en el terreno del biopic, donde está realizando filmes con poder para ingresar en la carrera de los premios cada año, pero sin verdadero impacto a largo plazo (La reinaPhilomenaFlorence Foster Jenkins). Su última incursión en el cine biográfico es The Program (El ídolo), basada en la vida del ex ciclista Lance Armstrong, que en 2012 fue acusado de dopaje, retirándosele sistemáticamente sus siete victorias consecutivas en el Tour de Francia. Un escándalo que sacudió el mundo del deporte y en el que Frears trata de adentrarse, sin demasiado éxito.

Más que una película narrativa, The Program es una serie de viñetas que nos muestran diferentes etapas de la vida y la carrera de Armstrong, haciendo hincapié en los acontecimientos que trascendieron a los medios de comunicación. Es decir, The Program no cuenta nada que no sepamos ya. Esto no sería un problema si la conocida historia del ciclista se hubiera utilizado para ofrecer una visión más inédita o reveladora del mismo, pero Frears no parece interesado en llevar a cabo un retrato psicológico (o no es capaz), sino que se conforma con reproducir momentos puntuales de la historia de Armstrong y ponerlos uno detrás de otro. Es decir, The Program carece de estructura narrativa, transcurre con ritmo atrofiado, sin sentido de la dirección, a base de elipsis mal empleadas que, en lugar de cumplir su función, entorpecen la narración. Y lo que es peor, el film se queda en la superficie de la historia de Armstrong, sin llegar a dejar muy claro quién es este personaje. Es decir, The Program es una película sin forma ni fondo.

The ProgramLo único positivo que podemos sacar de la cinta es su apartado interpretativo, en el que destacan Jesse Plemons (que se está labrando una carrera estupenda como secundario, con El puente de los espíasBlack Mass Fargo), y por supuesto Ben Foster. A pesar de que el protagonista roza la parodia exagerada en algunos momentos (los diálogos de sus escenas más dramáticas están tan mal escritos que no le queda más remedio), su trabajo es lo suficientemente potente como para ponerse por encima de las circunstancias (como curiosidad, llegó a doparse como Armstrong en un alarde de “método“, aunque, ¿para qué?). Pero si bien es cierto que en muchas ocasiones una buena interpretación puede salvar una mala película, no es ese el caso de The Program, que hace aguas por todos los lados y ni la fuerza y la presencia de Foster son suficientes para evitar que se hunda.

Con The Program, Frears desaprovecha un material rico en posibilidades para hacer una película anodina e insustancial, cuando podía haber sido empleado para llevar a cabo una aproximación interesante a la vida de un ídolo caído. Aunque hay escenas en las que parece que va a mostrarnos la verdadera cara de Armstrong, el film nunca llega a hacerlo, terminando sin conclusiones, dando la sensación de que en ningún momento se supo qué se quería contar con ella.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: Buscando a Dory

FINDING DORY

Aunque no lo creáis, han pasado ya 13 años del estreno de Buscando a Nemo, la joya acuática de Pixar. Por tanto, los niños que fueron a verla al cine rondan ya la veintena, y recuerdan la película como parte de su infancia. Es algo similar a lo que ocurrió con Toy Story 3, en la que su público había crecido con Andy. Pixar se ha vuelto incluso más astuta con los años, y (dejando a un lado el caso de la muy lucrativa Cars) de momento ha sabido elegir bien el momento adecuado para lanzar las secuelas de sus éxitos (atención, porque la de Los Increíbles llegará 15 años después de la original). Buscando a Dory (Finding Dory) hace lo mismo que la tercera parte de Toy StoryMonstruos University, aprovechar la nostalgia que las primeras películas del estudio de Emerville generan en tiempo récord para contar una historia empapada de recuerdos y afecto. La jugada les ha salido redonda, porque Buscando a Dory no solo ha roto el récord de mejor estreno de la historia para una película animada, sino que es una secuela más que digna, una película que despierta un cariño enorme y divierte sin parar. Es decir, lo que uno espera normalmente de Pixar.

Buscando a Dory empieza tocando la fibra desde el primer minuto. En el prólogo conocemos a Dory cuando era una adorable cría de pez con los ojos enormes intentando aprender a vivir con su dificultad para el aprendizaje, la falta de memoria a corto plazo, con ayuda de sus padres, Charlie y Jenny. De esta manera, la película dirigida por Andrew StantonAngus MacLane apela a una mayor compasión (y admiración) hacia un personaje ya de por sí querido por la audiencia, para a continuación contarnos más sobre su historia, descubrirnos la tragedia existencial que la define (pero no la “hunde”, porque ya sabéis, “sigue nadando”): en un despiste, Dory es arrastrada por una corriente y se pierde. Aunque trata de recordar a sus padres, pronto se olvida de que está buscándolos, hasta que un día se acuerda de su gran propósito y decide emprender una odisea junto a Marlin Nemo para reencontrarse con ellos.

La premisa de Buscando a Dory es similar a la de su predecesora. Con una diferencia: esta vez no sabemos si Charlie y Jenny siguen vivos, y si lo están, si seguirán en el mismo sitio donde Dory los vio por última vez. Esto añade un factor de inquietud (y ansiedad) que funcionará como combustible para vivir el viaje de Dory con mayor implicación y desear aun más que la protagonista halle la satisfacción emocional que busca (y nosotros a través de ella). Con esta incertidumbre, pero también con empeño y voluntad de hierro, Dory cruza el océano valiéndose de la ayuda de sus amigos, hasta llegar al Instituto de Vida Marina de California (“La joya de Morro Bay, California” se convierte en algo así como la “P. Sherman Calle Wallaby 42 Sídney” de la secuela), donde Sigourney Weaver nos da la bienvenida, con el que será uno de los gags recurrentes más geniales que Pixar ha hecho. Allí es donde Buscando a Dory se distancia considerablemente de la primera entrega, planteando una vuelta de tuerca que, a pesar de resultar trepidante y ocurrente, hace que se pierda parte de la magia y el asombro que caracterizó a Buscando a Nemo. Y es que, paradójicamente, la mayor parte de la historia de Buscando a Dory transcurre en tierra firme. Es decir, los personajes siguen bajo el agua (en tanques, peceras, cubos, jarras de cafetera, etc), pero la acción en el Instituto tiene lugar fuera del agua. Esto obliga a que los guionistas se vuelvan más creativos que de costumbre para encontrar la manera de que mover (literalmente) a sus protagonistas (que no pueden avanzar fuera del agua por sí solos) y que la historia no se estanque. Y lo cierto es que, aunque salen airosos en general, a ratos da la sensación de que la aventura está demasiado forzada, de que los giros, los trucos para progresar narrativamente y las soluciones a los obstáculos son demasiado azarosos, hasta para una cinta de animación protagonizada por peces parlanchines.

FINDING DORY

A pesar de perder parcialmente el encanto misterioso y la belleza de sumergirse el océano para atravesar el gran desconocido junto a los personajes, Buscando a Dory compensa la ausencia de factor sorpresa con armas de sobra: diálogos de gran ingenio, un timing cómico perfecto (gracias de nuevo al excelente cast de voces originales, encabezado por Ellen DeGeneres), brillante humor físicoacción sin freno, fantásticos nuevos personajes (el film combina acertadamente lo conocido y lo nuevo) y por encima de todo, grandes dosis de ternura. También huelga decir que técnicamente sigue siendo sobresaliente, que a pesar de mostrarnos escenarios más “mundanos”, la película sigue fascinando con su animación, sus colores más vivos que nunca y sus texturas etéreas y resplandecientes (aunque no se vea en 3D, la experiencia de Buscando a Dory es lo más semejante a las tres dimensiones sin gafas que nos ha dado el cine de animación reciente). Y por supuesto, como casi todo lo que hace Pixar, esta secuela está llena de momentos memorables (nunca mejor dicho), de escenas que provocarán la risa y el llanto con la misma facilidad (es decir, con la misma maestría)

Si bien llega un momento en el que la amnesia de Dory puede resultar inevitablemente repetitiva, la película se las arregla para que nunca llegue a ser un problema grave, desarrollando al personaje (y a sus compañeros) de la manera más satisfactoria posible. Enseñándonos que, si la película se titula Buscando a Dory, y no Buscando a Charlie y Jenny, es por algo. Es porque la verdadera búsqueda que nos cuenta la película es la que Dory realiza para encontrarse a sí misma, para seguir nadando a pesar de las dificultades que conlleva vivir con una discapacidad (uno de los temas más importantes de estas películas) y descubrir la importancia de la familia y los amigos, que, como no podía ser de otra manera, en el caso de Dory son lo mismo. Y a su vez, Dory funciona como ejemplo a seguir para sus amigos (“What Would Dory Do?”), que observan cómo su amnesia le obliga a estar más alerta a los peligros (y también las maravillas) de la vida, a vivir el presente al máximo, y a no rendirse ante las adversidades. De esta manera, Buscando a Dory se alza como otro gran triunfo para Pixar, una comedia de acción infalible y profundamente entrañable que, por encima de todo, nos enseña una gran lección de perseverancia y compañerismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Capitán Kóblic: Ricardo Darín como subgénero cinematográfico

Kob_F2

Ricardo Darín ha conseguido una hazaña que no muchos han logrado. Puede que no tenga tantos galardones o miles de seguidores más en Twitter que otros, pero el argentino ha logrado que su nombre eclipse el de todas y cada una de las películas que estrena y eso es algo excepcional. “Vamos a ver la de Darín” sustituyó el título de candidatas al Oscar como Relatos salvajes o eclipsó a intérpretes como Javier Cámara, Truman pasó a la historia como “la de Darín y el perro”. Pero ese fenómeno no es debido únicamente a su supuesto magnetismo cinematográfico, sino que gracias a una serie de decisiones a la hora de elegir sus proyectos, ha logrado cultivar un ‘personaje tipo’ cercano al rol de vividor pero con un corazón de oro que no le cabe en el pecho. Esa identificación trae consigo que se pueda citar a Darín como un subgénero cinematográfico propio.

Cuando se entra en una sala de cine a ver “la de Darín”, no solo se tiene que estar preparado para ver una película en la que el argentino vaya a robar todos los planos en los que aparezca, sino que se tiene que ser consciente que se va a vivir también una aventura tipo, propia de una “película de Darín”. Sus historias muestran un personaje masculino fuerte, siempre jodido, pero nunca vencido, ya que tiene la mirada fija en un horizonte de esperanza. A su lado, una mujer que escucha y se deja engatusar, un perro, una vaca o Javier Cámara. Ese hombre Darín luchará contra las adversidades hasta el final, sin importar nada ni nadie, ya sea como defensor de la libertad individual (Truman), mutando en Liam Neeson (Séptimo), en representante de la fe (Elefante blanco), o ante las resacas de la dictadura chilena (El baile de la Victoria) o argentina (Kamchatka, El secreto de sus ojos o el estreno que nos ocupa hoy). Siendo consciente de todo ello, de su capacidad como babosa cerebral que obnubila, así como su apetencia por repetir papeles, ¿por qué me sorprende que no me guste nada esta Capitán Kóblic?

Fiel a los anteriores razonamientos, Capitán Kóblic es una película que podemos catalogar a la perfección dentro de ese subgénero de películas de Ricardo Darín. En esta ocasión, se mete en la piel de un comandante de la Armada Argentina que horrorizado tras su participación en un vuelo de la muerte, decide dar carpetazo a su vida militar y huir a un pequeño pueblo en el que sobrevive como piloto fumigador. Aunque en un primer momento esta huída recuerde a la que en su día emprendió junto a Cecilia Roth en Kamchatka, esta nueva entrega de Darín contra el régimen no es un solvente ejercicio de recogimiento y ternura como sí lo era la cinta de Piñeyro. Capitán Kóblic bebe de estereotipos, pero lejos de lograr un producto con un mínimo que cumpliese y encontrase su hueco en el nicho de este tipo de películas removedoras de conciencia a través de un acto de memoria histórica, se deja arrastrar por esos lugares comunes e incurre en uno de los mayores errores que pueden cometerse en este tipo de dramas: no emocionar lo más mínimo.

Kob_F5

Los gestos, las miradas, los personajes sufrientes, las situaciones potencialmente lacrimógenas… todo en Capitán Kóblic parece de cartón piedra. Pido perdón por la broma fácil, pero Darín parece estar con el piloto automático durante todo el metraje. Su interpretación podría considerarse correcta pero al no aportar ni una sola gota de sangre en la misma, es insuficiente, haciendo que todo se desmorone. Porque como buena película de Darín, todo el peso de la misma recae sobre él, por lo que si no es capaz de aguantarlo, nadie es capaz de maquillar el resultado. En este desbarajuste, ¿quién podría acudir a su ayuda? ¿Acaso el caricaturesco cacique local que interpreta Óscar Martínez, sorprendentemente premiado en Málaga, o una desorientada Inma Cuesta? El caso de Cuesta es uno de los mayores crímenes de Capitán Kóblic. ¿Cómo es posible escribir un papel femenino tan plano y misógino a estas alturas de partida? Se podría aceptar cierta sumisión teniendo en cuenta el contexto del film (mujer abusada que vive en un pueblo durante la dictadura), pero lo que no se pasar por alto es la nula profundidad de su personaje. Sus minutos de presencia en la película se encuentran supeditados únicamente al número de calentones que tenga a lo largo del día el personaje interpretado por Darín. Una comparsa de personaje que duele ver en pantalla en 2016, especialmente si en ello se está desperdiciando una de las intérpretes más en forma de los últimos años.

Capitán Kóblic debería ser la primera película de este subgénero que molestase a los fans de Darín y que pusiese las pilas al intérprete, obligándole a salir de ese espacio de seguridad en el que se encuentra tan acomodado.

David Lastra

Nota: ★★

Crítica: Expediente Warren – El caso Enfield

Conjuring 2 1

¿Recordáis el dicho “segundas partes nunca fueron buenas“? ¿A que ya no lo oís tanto? Puede que hace años esa fuera una regla de oro del cine con unas cuantas honrosas excepciones, pero las cosas han cambiado en la última década y Hollywood, que está volcado de lleno en las franquicias y los universos cinematográficos, se está empleando para derribar esa idea. Esto no quiere decir que todas las secuelas sean buenas, pero por lo general están mucho más cuidadas que antes y en muchos casos llegan a mejorar a las películas originales. Además, el público se muestra mucho más receptivo a ellas. Sin embargo, hay un género que escapa a esta tendencia al alza, el terror. Es difícil encontrar secuelas de un éxito de terror que igualen o mejoren a su predecesora. Esto cambia con Expediente Warren: El caso Enfield (The Conjuring 2), la segunda parte de la muy estimable Expediente Warren: The Conjuring, una película que, si no es mejor que la primera, al menos es igual de buena.

James Wan se ha convertido en uno de los directores más solicitados y mejor valorados del cine comercial actual, llegando a ser considerado por muchos como “el rey del terror mainstream“. Su estilo sofisticado y eficiente le ha hecho ganarse una muy buena reputación y, antes de centrar todos sus esfuerzos en el cine de acción con Aquaman (ya dirigió uno de los mayores éxitos de este género, Fast & Furious 7), ha decidido seguir poniendo su granito de arena a eso que él mismo llama “la dignificación del cine de terror“. Con la primera The Conjuring, un ejercicio de terror a la vieja usanza, sólido y muy elegante, Wan ya dejó claras sus intenciones. Con su secuela, el director se ha propuesto “volver a hacer que el terror sea personal” y para ello, ha hecho algo más que repetir el festival de sustos y momentos escalofriantes de la anterior: ha potenciado aun más a los personajes y ha promovido una fuerte conexión emocional y psicológica entre ellos, el terror que los amenaza y el espectador.

Estableciendo una especie de juego meta (inspirado en Adaptation. de Charlie Kaufman, según ha confesado el propio director) en el que Wan introduce en la narración el dilema de qué es real y qué un montajeEl caso Enfield nos traslada hasta Inglaterra, donde tuvo lugar uno de los fenómenos paranormales más famosos de los 70. El poltergeist de Einfeld lleva al matrimonio Ed y Lorraine Warren a cruzar el océano después de visitar otro célebre lugar embrujado, Amytiville, para investigar el caso de una familia pobre que está experimentando extraños sucesos en una casa que se cae a pedazos. Aunque los espectadores somos testigos (y víctimas) de los sucesos paranormales que atormentan especialmente a la hija menor de la familia (espléndida Madison Wolfe), los Warren tienen dificultades para detectar la presencia hostil y por tanto demostrar a la Iglesia lo que está ocurriendo en Enfield. Y ahí está el reto y la novedad a la que se enfrenta el matrimonio esta vez, un demonio más ingenioso y con más recursos de lo habitual.

Conjuring 2 2

Con El caso Enfield, Wan vuelve a realizar una película de terror sorprendentemente cuidada en todos los aspectos, un producto muy refinado, estilizado y con un regusto vintage que, afortunadamente, no se queda en mero ejercicio de estilo. La película sobresale por su envolvente atmósfera, su creativa puesta en escena y su gran empaque visual. Pero como adelantaba, al final lo que más diferencia Expediente Warren del resto de cintas de miedo de centro comercial es que en estas películas hay personajes de verdad, y que, en relación a esto, las interpretaciones están muy por encima de lo que cabe esperar del género -sin la fuerza expresiva de Vera Farmiga y la presencia gallarda de Patrick Wilson Expediente Warren no sería lo que es. El caso Enfield no innova demasiado (a pesar de introducir variaciones con respecto al primer caso, si hemos visto la anterior, así como la saga Insidious, sabemos exactamente lo que nos vamos a encontrar en ella). Pero tampoco le hace falta, porque Wan tiene completamente dominada la fórmula y sabe exactamente cómo asustar sin dejar de involucrar al espectador en la historia y los personajes, concretamente el matrimonio Warren, el núcleo emocional de estas películas, con los que el espectador no puede sino empatizar.

El caso paranormal es lo que nos mete en la película, pero los Warren y la familia Hodgson (hay que destacar también a una estupenda Frances O’Connor como la sufrida madre de los pequeños) son los que hacen que nos quedemos enganchados en su historia hasta el final y nos sometamos encantados a los mil y un sustos que Wan nos tiene preparados. Y he ahí otra de las diferencias entre Expediente Warren y las demás propuestas terroríficas actuales, que los sobresaltos, por muy traicioneros que sean, llevan detrás un trabajo de planificación sobresaliente. Wan ya ha demostrado con creces que es todo un artesano del terror. Para asustarnos, el director hace gala de un pulso excelente y mueve la cámara con inventiva y virtuosismo, retorciéndose por el escenario, jugando inteligentemente con el espacio y sus recovecos más oscuros, y deteniéndose en planos enervantes que aumentan la tensión y hacen que los sustos casi siempre funcionen como catarsis. Y no solo eso, sino que, cuando el terror toma forma concreta, Wan reduce la decepción que suele causar el paso de lo sugerido a lo desvelado, con tres criaturas demoníacas que resultan convincentes a diferentes niveles: un monstruo de cuento de hadas (reminiscente del Babadook) que no asusta demasiado por culpa de su naturaleza enteramente digital, un anciano que se encarga de ponernos de los nervios con algunas de las mejores secuencias de la película, y la maldita monja, que acechará a los espectadores en sus pesadillas durante mucho tiempo (o quizá hasta que su spin-off le quite la gracia).

Conjuring 2 3

Con El caso Enfield, Wan consigue lo que se proponía, realizar una secuela más que digna que enriquece considerablemente el panorama del terror comercial. La segunda aventura de los Warren en el cine supone una experiencia casi inmersiva, una historia bien contada, con personajes definidos y oportunos toques de humor, que nos mantiene interesados hasta su emocionante clímaxhace que nos lo pasemos en grande pasando miedo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Ninja Turtles – Fuera de las sombras

TEENAGE MUTANT NINJA TURTLES: OUT OF THE SHADOWS

La primera Ninja Turtles, estrenada con éxito de taquilla en 2014, era todo lo que cabe esperar de una superproducción made in Michael Bay: acción exagerada, efectos digitales a porrillo, humor pueril, agresivo product placement y objetificación de la mujer. Pero cumplía una regla de oro de los blockbusters estivales: proporcionar pura evasión y entretenimiento. Que sí, que se podría haber hecho un producto más cuidado, responsable o ingenioso, pero la película tampoco engañaba a nadie, se ofrecía como pasatiempo para apagar el cerebro y dejarse llevar. En este sentido, Ninja Turtles lograba su propósito, y su secuela, Ninja Turtles: Fuera de las sombras sigue en la misma línea, solo que esta vez, como mandan las reglas del blockbuster, la acción es más grande, el reparto más numeroso y la amenaza a la que se enfrentan los héroes más apocalíptica.

Ninja Turtles: Fuera de las sombras vuelve a estar orientada a los más pequeños de la casa. Es más, en esta ocasión la franquicia abraza con más fuerza todavía su naturaleza de cartoon noventero (u ochentero)Fuera de las sombras es, a casi todos los efectos, un largometraje de animación que reproduce el espíritu de los dibujos -la acción tontorrona, el humor estúpido, las tramas arquetípicas-, pero con el habitual ritmo espídico y el tono épico del blockbuster actual. Y es que, además de rendir ese tributo modernizado a los dibujos de nuestra infancia, Fuera de las sombras se construye a imagen y semejanza de las películas de superhéroes que dominan el panorama estos días. La primera película ya presentaba a las Tortugas bajo el prisma superheroico, pero esta insiste aun más en el conflicto del justiciero que salva el mundo ocultando su verdadera naturaleza, e incluso reproduce el esquema marveliano, con tres actos que recuerdan inevitablemente a Los Vengadores y un clímax sacado directamente de la película de Joss Whedon. Y lo cierto es que, aunque carezca de cualquier atisbo de originalidad, no se maneja mal del todo con el género.

El argumento de Ninja Turtles: Fuera de las sombras es lo de menos. Lo importante es saber que la secuela introduce a viejos conocidos del universo TMNT que se quedaron fuera de la primera entrega: los descerebrados Bebop y Rocksteady (los peores secundarios de un blockbuster junto a Jar Jar Binks y los coches “gemelos” de Transformers, Skids y Mudflap) y el icónico villano Krang, que toma el relevo de Shredder (también presente) como la mayor amenaza a derrotar por las Tortugas. En el apartado humano también hay nuevas incorporaciones, Casey Jones, el justiciero patinador que interpreta (con cierta gracia) Stephen Amell (Arrow) y la jefa de la policía Rebecca Vincent, mala-que-en-realidad-no-es-mala interpretada por la actriz comodín que estaba libre en ese momento, Laura Linney. Retoman sus papeles originales Will Arnett como Vernon Fennwick, convertido en un chiste recurrente con patas, y Megan Fox como April O’Neil, que esta vez parece pasárselo un poco mejor haciendo la película, seduciendo, dando saltos (pero no le pidas que luche, que es una señorita y para eso están los hombres) y ofreciéndose como carnaza para pre-adolescentes salidorros. Sin embargo, los protagonistas siguen siendo las Tortugas (de nuevo, creaciones CGI fluidas y excelentemente integradas en los escenarios), cuyos diferentes caracteres y relaciones se desarrollan un poco más en esta secuela, a partir del obligatorio cisma que se produce entre ellos (como dictan los cánones comiqueros).

TEENAGE MUTANT NINJA TURTLES: OUT OF THE SHADOWS

El desconocido Dave Green toma el relevo de Jonathan Liebesman como director intercambiable de la franquicia (que podría tener los días contados después de su batacazo en la taquilla estadounidense) y lleva a cabo un espectáculo digital de acción colorista, frenética y mareante, evidentemente confeccionada para su “lucimiento” en 3D. Si uno aguanta los artificiales movimientos de cámara que hacen que parezca que estamos jugando al Sonic en vez de viendo una película, tiene muchas posibilidades de disfrutar Ninja Turtles 2, un producto hecho para el consumo rápido, que no viene mal de vez en cuando. Porque aunque se le podrían reprochar muchas cosas más, al final esta película no es más que una chorrada inofensiva totalmente consciente de su naturaleza casposa (es como la nueva Howard, un nuevo héroe. En serio). Ninja Turtles: Fuera de las sombras no solo sabe lo tonta que es, sino que se regodea en ello, encadenando sin complejos chistes dolorosamente malos entre sinsentidos narrativos y agujeros gigantescos. Se esfuerza (demasiado) en ser cool, y provoca el efecto contrario (cuidado con el lamentable doblaje español, debuti incluido, que hará que la vergüenza ajena aumente), pero es que le da exactamente igual, no le importa quedar como el tonto de la clase, siempre y cuando sus bufonadas nos diviertan, y por tanto a vosotros tampoco debería preocuparos, sobre todo si estáis repitiendo después de haber visto la primera y sabéis a lo que vais.

Entre sonrojantes juegos de palabras, efectos vistosos y divertidos y ruidosos set piecesNinja Turtles: Fuera de las sombras desempeña con soltura su misión principal: darnos una aventura desenfadada y nostálgica que hace las veces de dibujos para merendar. Y nada más. Se recomienda su visionado comiendo un bocadillo de Nocilla para completar la experiencia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Dos buenos tipos

null

Arma letal, Tango y CashHot Fuzz, 21 Jump Street… La tradición de las “buddy films” tiene un largo recorrido de eficacia demostrada. En estas películas se repite siempre el mismo esquema, una pareja de tipos (normalmente policías) debe aliarse forzadamente para resolver un caso y enfrentarse a un enemigo común. Aunque hay honrosas excepciones (The Heat), las buddy films suelen estar protagonizadas por dos hombres, y Shane Black, director de Kiss Kiss Bang BangIron Man 3, no tiene intención de cambiar esto ni renovar el género con Dos buenos tipos (The Nice Guys). Sin embargo, lo que sí hace es dignificarlo considerablemente con una comedia de acción ejemplar que, gracias al guion y los actores adecuados, saca el mayor provecho de la fórmula y sus clichés para dejarnos un producto infalible.

Jackson Healy (Russell Crowe) es un imponente matón a sueldo y Holland March (Ryan Gosling) un detective privado desastrado e incorregible. Ambos se encuentran investigando la misteriosa desaparición de una misma chica (Margaret Qualley) y la muerte de una estrella del porno que podría estar relacionada, lo que los convierte en el blanco de una banda de asesinos. A pesar de no tener nada en común, March y Healy deben trabajar juntos utilizando todos sus recursos (la mayoría poco ortodoxos, claro) para resolver el misterio y destapar la conspiración que hay detrás, una trama que les llevará hasta las entrañas del mundo del porno y las esferas más altas del poder en Los Ángeles de la revolucionaria década de los 70.

Esta es una de esas películas que es mejor no comerse de vista, porque parece mucho peor de lo que en realidad es. Su propuesta suena a priori excesivamente tópica, algo que ya hemos visto demasiadas veces, y aunque esto es técnicamente cierto, Black ha logrado circunvalar con ardid los lugares comunes para realizar un film rebosante de carisma y frescura. Sin duda, el mayor atractivo de Dos buenos tipos es su excelente dúo protagonista, dos actores que emplean con acierto su talento cómico por separado y desprenden una sorprendente y explosiva química nulljuntos. March y Healy son un tándem divertidísimo, sobre todo gracias a Gosling, que está irresistible encarnando al clásico canalla patético pero encantador de este tipo de cine -atención a la descacharrante escena en la que rompe un cristal para colarse en una casa, un ejemplo (de muchos) tanto del talento cómico de Gosling como de la inteligencia de Black a la hora de abordar los tópicos de la historia para reírse de las situaciones ridículas y de la propia liviandad de su película. Además, ambos actores están magníficamente respaldados por la pequeña Angourie Rice, que da vida a la astuta hija de March y es la auténtica revelación del film. Sin la argucia investigadora y la osadía de la genial Holly March (que se merece un spin-off para ella sola), la misión de estos dos espantajos adorables no tendría oportunidades de acabar en éxito.

Recuperando el espíritu desenfadado y old-fashioned del cine de acción de los 70 y 80, con un ritmo que no decae en ningún momento y un velo de surrealismo lisérgico y excéntrica psicodelia popDos buenos tipos se construye sólidamente como un noir efervescente repleto de situaciones memorables (el muy onírico accidente de la pornstar, la absurda protesta en las escaleras), violencia “sofisticada”, diálogos chispeantes, una gran banda sonora y un timing cómico impecable. Gosling se lleva la película de calle con su dominio absoluto del humor físico, pero en general, Black lleva a cabo un trabajo muy afinado en todos los departamentos con el que nos deja un absorbente misterio y una brillante comedia negra que tiene mimbres para convertirse en saga (está hecha para ello, otra cosa es que lo consiga). March y Healy se han ganado a pulso su oportunidad para ingresar en el club de los mejores “buddies” cinematográficos. Claro que, si no llega a haber continuación de sus aventuras, al menos siempre podremos revisitar esta gozada una y otra vez hasta convertirla en la cinta de culto que debería ser.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Green Room

null

Crítica escrita por David Lastra

El ‘green room’ es la sala donde los artistas se acomodan antes de salir a escena y donde descansan minutos después de haber realizado su espectáculo. Esta suerte de camerino debe ser considerado como un santuario, por lo que las visitas deben estar restringidas y cualquier perturbación debe considerarse como un crimen. Dentro de esas cuatro paredes, tanto los artistas como sus managers, pipas o cualquier acompañante, pueden hacer lo que quieran, desde dormitar a consumir cualquier tipo de estupefaciente, pasando por un buen momento de lectura o pegar una soberana paliza a alguien. Dicho esto, ¡atención!: pregunta. ¿Debe ser considerado como delito si uno de los habitantes del ‘green room’ asesina a otro? La respuesta es no. Ese crimen ha ocurrido dentro de la inmunidad del cuartito, es un vacío legal cercano a lo que acontece en la noche de las bestias de la saga La purga. Preparen sus pases para Green Room. Todo el que no esté en lista, puerta.

Si en su primeriza Murder Party colocaba a un pobre controlador de estacionamiento en mitad de una performance snuff en la noche de Halloween y en Blue Ruin nos mostraba a un aprendiz de Liam Neeson llevando a cabo la venganza más estrepitosa de la historia, en Green Room, Jeremy Saulnier va más allá, puteando a sus protagonistas hasta niveles que rozan el sadismo, maltratándoles más que a sus némesis. En esta ocasión, estos pobrecitos son un grupo punk que de buenas a primeras termina actuando en un antro skin de tendencia neo nazi. Como buenos punks que son, ellos no comulgan con esas creencias (realmente tienen las pelotas de hacer una versión de ‘Nazi Punks, Fuck Off’ de los Dead Kennedys ante semejante audiencia) y solo lo hacen por ver algo de pasta. Su bolo sale bastante bien y se deciden a abandonar el local, no sin antes intentar recuperar un móvil que se ha quedado olvidado en camerinos. Es entonces cuando ven la escena de un crimen y lejos de respetar las normas del santuario, deciden (intentar) denunciarlo a la policía. He aquí el detonante de Green Room. Nuestro grupo punk tendrá que luchar por sus vidas ante el empeño de una legión de neonazis por preservar ese santo orden.

Desde ese momento, la película se convierte en un survival en toda regla, más bruto si cabe que el que Adam Wingard nos regaló hace un par de años en Tú eres el siguiente. Como si de un videojuego en primera persona se tratase, nos enfrascamos en una cacería sin piedad por los pasadizos de ese antro nazi. Nadie está a salvo y las heridas son de verdad (y muy explícitas, por cierto). El gran acierto de Saulnier es saber construir unos personajes que enganchan con el espectador desde un primer momento. No son carnaza de película slasher, sino que congeniamos con ellos gracias al realismo de sus pequeños momentos de debilidad, ya sea ante un pedo en el monótono viaje por carretera o ante el cuerpo inerte de su compañero. Mientras nuestros héroes van haciendo acopio de utensilios y armas, descubriendo escondrijos y callejones sin salida, la dificultad de los niveles va subiendo cada vez más. Green Room desquicia gracias a su endiablado ritmo y a la ingente cantidad de pruebas a las que somete a sus héroes, sentimiento de agobio que acentuado gracias a la enfermiza atmósfera de tonos verdes que domina los pasillos.

null

A la hora de elegir tu personaje, tienes una amplia galería de rostros jóvenes conocidos, aunque si optas por el lado de los villanos, no podrás sino decantarte por un gigantesco Patrick Stewart como el grandísimo hijo de puta que orquesta la cacería. Si decides ser de los buenos puedes meterte en la piel del omnipresente Anton Yelchin (Star Trek: Más allá), Alia Shawkat (Arrested Development), Joe Cole (Peaky Blinders), Callum Turner (Assassin’s Creed) o Imogen Poots (Filth). Elige bien o en tu pantalla aparecerá un GAME OVER como una casa, y en esta ocasión sin opción de continuar.

Green Room es un estilizado producto de terror de serie B y una justa compañera de cintas como It Follows o la citada You’re Next en la lista de películas de culto de esta década.

Nota: ★★★★

The Real O’Neals: Visibilidad del adolescente LGTB+ en una sitcom familiar

real o'neals 1

Artículo escrito por Juan Naranjo

Identificando la homosexualidad con algún tipo de fetiche sexual (en lugar de como una orientación tan válida y ordinaria como la heterosexualidad), el heteropatriarcado ha hecho creer a los Mass Media que la homosexualidad es una cosa sólo de adultos. Como si los adultos LGTB no fueran anteriormente adolescentes LGTB o niños/as LGTB. Es decir, nos resulta lo más cotidiano del mundo ver heterosexuales menores de edad en la TV y en el cine, ejerciendo su heterosexualidad de forma activa (tanto romántica como sexualmente) pero sigue pareciendo que al colectivo LGTB sólo se le puede retratar ya en su vida adulta, a menos que hablemos de productos muy minoritarios o muy enfocados al público LGTB.

Así que mientras que los adultos LGTB son “aceptables” en muchas series y pelis (aunque en una versión descafeinada, desexualizada, anecdótica, secundaria, etc etc) los adolescentes LGTB sólo están presentes en las producciones pequeñas tanto en presupuesto como en índices de audiencia. Esto, en mi opinión, perpetúa la idea de la homosexualidad entendida como algo pecaminoso, como algo sólo para adultos, como algo que ha de esconderse a los niños. Pero, no sé, no hay ningún pudor de hablar de embarazos adolescentes, de la primera vez de los heterosexuales, o incluso de sexualizar a la infancia (en la publicidad, sobre todo) hasta límites grotescos. La heterosexualidad es, según la TV, lo apropiado, lo de todos los públicos, lo generalista: la homosexualidad, algo sórdido, minoritario, sólo para adultos.

Pues, desde un formato completamente convencional (sitcom familiar),”The Real O’Neals” viene para darle una bofetada a todos estos estereotipos de género, edad e identidad. Y es que, aún contando la historia de una familia tradicional católica de origen irlandés, el centro de toda el asunto es la historia y el proceso de crecimiento del hijo mediano, Kenny, que sale del armario en el primer capítulo. Aunque a los heterosexuales les pueda sorprender, los gays también tenemos familia (no salimos de los árboles, ni nos encuentran en los inicios de los arcoiris), y también nos pasan cosas durante la adolescencia, antes de convertirnos en los amigos graciosos de las mujeres heterosexuales chic que ellos pretenden vender.

NOAH GALVIN

La temática de los capítulos es convencional (que si la primera cita, que si la prom night…) pero cuenta con la ventaja de ser una de las primeras producciones en las que se muestran estas acciones al público generalista. Y es que, os lo prometo, la vida de un gay recién salido del armario es, literalmente, de las cosas más interesantes que pueda haber. Y es una pena que nos hayamos acostumbrado a que, si de jóvenes LGTB se trata, la mayoría de las producciones terminen cuando empieza lo interesante, con la salida del armario. O que tengan un tono dramático y sórdido que siguen perpetuando la imagen del colectivo en su versión más vulnerable.

Sin melodrama y con muchísimo humor, “The Real O’Neals” cuenta situaciones con las que muchos nos sentimos muy identificados. Hay escenas memorables como el primer intento de flirteo por parte de Kenny, como la primera vez que le llevan a un sitio de ambiente, o como su relación con su ultraprotectora madre (la inconmensurable Martha Plimpton de, por ejemplo, “The Good Wife” o “Raising Hope”).

Gran parte del encanto de la serie recae sobre su maravilloso protagonista, Noah Galvin, un actor capaz de encajar a la perfección las inseguridades propias del momento y el humor inherente al formato. Aciertan los guionistas muchísimo con las ensoñaciones del protagonista, o con el “humor gay” con referencias que sí son realmente propias del colectivo, y no las típicas que los heteros creen que nos son propias.

“The Real O’Neals” es, para mí, un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas, y de cómo se ha de trabajar en relación a la visibilidad e integración del colectivo. Bien por Kenny O’Neal y los suyos 

Crítica: Summer Camp

summer camp

El slasher es un subgénero del cine de terror con unos parámetros muy concretos y una reglas narrativas muy férreas. Tanto es así que en los últimos años la moda ha sido desmontarlo haciéndole meta-homenajes en clave de comedia (como La cabaña en el bosqueThe Final Girls). En cierto modo, la gracia de este tipo de películas de asesinos dando caza a un grupo de atractivos y despistados adolescentes es precisamente que nos da justo lo que queremos de ella. Pero aun teniendo esto en cuenta, es de agradecer cuando una de estas películas ofrece algo distinto. Se ha rizado tanto el rizo que cada vez es más importante innovar, y a Jaume Balagueró y Alberto Marini (productores de la saga [REC]) se les ocurrió una vuelta de tuerca muy interesante: ¿Y si en lugar de un asesino acechando a los jóvenes, fueran los jóvenes los que adoptasen el papel de asesino por turnos? Esa es la base sobre la que sustenta la ópera prima de Marini, Summer Camp, co-producción hispano-estadounidense diseñada por y para fans del género.

En la película acompañamos a cuatro jóvenes (Diego Boneta, Jocelin Donahue, Maiara Walsh y Andrés Velencoso formando un reparto acertado) a su llegada a un campamento de verano en España, al que se han apuntado en busca de diversión y nuevas experiencias. La noche anterior a la llegada de los niños, los cuatro empiezan a atacarse violentamente después de ser contagiados por un virus de origen desconocido. Los efectos duran poco, lo que hace que no todos estén infectados a la vez. De esta manera, tan pronto son depredadores como se intercambian los roles para ser la presa, con lo que se inicia un juego del gato y el ratón en el que los protagonistas deben sobrevivir a sí mismos para encontrar el origen de la infección. Este es el argumento de Summer Camp, que como podéis comprobar, parte del slasher ochentero para a continuación hibridarse con el cine de infectados o zombies y llevar a cabo una cuanto menos curiosa fusión de ambos géneros.

Pero claro, una cosa es tener una buena idea, y otra muy distinta es ejecutarla de manera satisfactoria. Y ahí es donde falla Summer Camp. La originalidad de su planteamiento se ve completamente anulada por un guion mecánico, repetitivo y sin pies ni cabeza. La idea pedía más mala leche, más autoconsciencia y sobre todo, más ingenio, algo que escasea tanto en los diálogos como en la acción, con escenas mal conectadas que se suceden una detrás de otra de manera torpona, sin ritmo ni chispa, desaprovechando completamente la premisa para acabar haciendo algo excesivamente monótono y convencional (no puedo evitar pensar que esta película habría funcionado mucho mejor en manos de los productores de Tú eres el siguiente por ejemplo). La película invitaba a jugar con los tópicos, pero se conforma con reproducirlos de la forma más básica, contrariando las intenciones innovadoras (y la experiencia en el género) de sus responsables.

Summer Camp 2

Summer Camp propone una variación llamativa del slasher, pero se pierde completamente en la ineptitud narrativa y de la puesta en escena (suspense cero), por no hablar de que su conflicto principal no podría ser más predecible: de las posibles respuestas al misterio se elige la más obvia, después de poner las pistas tan a la vista que uno no puede evitar pensar si le están tomando por tonto. Es cierto que esta es una cinta que aspira principalmente a divertir y no debe verse con demasiadas exigencias (aunque lo parezca por este texto, os prometo que fui sin expectativas concretas y con ganas de pasármelo bien), pero aun teniendo esto asumido, se queda demasiado escasa hasta para lo que cabe esperar de su género. A menos, claro, que se vea en el ambiente propicio. Summer Camp está hecha para ver en grupo, y funciona como la típica película comodín de festival de cine fantástico. Puede resultar efectiva en ese entorno jaleador y cachondo, donde los espectadores nos lo pasamos pipa vitoreando a los protagonistas por sus continuas decisiones estúpidas, o por las chapuceras escenas de acción y los giros sin sentido (y mira que esta película tiene de todo eso para hartar), pero si se saca de su ‘hábitat natural’ (y lo ideal sería que una película no exigiera que su visionado tuviera lugar en determinadas circunstancias para ser disfrutada), lo que queda ya no es una estupidez divertida sino una película frustrantemente estúpida. No hay más.

Nota: ★½

Crítica: Eddie el Águila

028A4319.CR2

Hay vidas que son dignas de contar en el cine porque se han dedicado a una causa que ha cambiado el mundo o han contribuido a algún avance histórico. Y después hay historias más sencillas que merece la pena conocer porque nos enseñan algo esencial sobre el espíritu humano, aunque no provenga necesariamente de un genio o un campeón. Este sería el caso de Eddie el Águila, biopic del tenaz saltador de esquí Eddie Edwards, que conquistó al mundo tras convertirse en el primer representante de Gran Bretaña en esta categoría durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 1988. La particularidad de Edwards no era ser un atleta prodigioso, sino que se negó a rendirse a pesar de no tenerlas todas consigo, y halló la gloria en el triunfo personal en lugar de la excelencia deportiva.

Eddie, apodado ‘El Águila’ de forma irónica y cariñosa durante la competición en Canadá, era un underdog, es decir, un deportista muy por debajo de la media que no tenía ninguna posibilidad de ganar, pero aun así se presentó a los Juegos para cumplir su sueño de toda la vida y conseguir el récord de salto para su país. Todo un ejemplo de perseverancia y optimismo que ha inspirado una película altamente motivadora e irresistiblemente buenrollistaEddie el Águila está dirigida por Dexter Fletcher, actor visto en Kick-Ass, y producida por Matthew Vaughn, director de Kingsman. Pero que el curriculum de sus responsables no os engañe. Eddie el Águila no es la comedia que cabría esperar del productor de esas dos irreverentes películas, sino un amable biopic de manual.

La historia de Edwards es sin duda peculiar y extraordinaria, pero no se puede decir lo mismo sobre la película que la ha inspirado, ya que esta sigue las reglas del género biográfico al pie de la letra. Hasta el punto de resultar quizá excesivamente convencional y rutinaria. La excentricidad de Eddie no se traduce en una película excéntrica (como podría ser el caso de la reciente Foxcatcher), sino en un auténtico ‘crowd-pleaser’, es decir, una cinta diseñada para agradar y complacer al público (más cercana a la comedia británica reciente que a Hollywood). Para ello, Flecther echa mano de todos los lugares comunes del cine deportivo: los tiras y aflojas para llegar a la competición, los fracasos antes del triunfo, el mensaje sobre la importancia de participar por encima de ganar (un lema que engloba el espíritu de las Olimpiadas y que la Eddie El Águila_Posterpelícula celebra con contagioso convencimiento), sin olvidar por supuesto el obligado montaje musical de entrenamiento -la excelente banda sonora a base de sintetizadores ochenteros y temas rock brillantemente escogidos es uno de los puntos fuertes de la película. Todos estos elementos predecibles pueden hacer que el film resulte demasiado mecánico, pero afortunadamente sabe compensarlo con grandes dosis de encanto.

Y este encanto proviene principalmente de su pareja protagonista, Taron Egerton como Edwards, y Hugh Jackman interpretando a su entrenador, Bronson Peary, personaje ficticio creado para la película, que precisamente contribuye a que los tópicos del cine deportivo (y concretamente los de la relación entrenador-deportista) se multipliquen exponencialmente. Jackman ya ha demostrado en muchas ocasiones que es un actor de talento, y en Eddie el Águila es fácilmente el intérprete más destacado. Y es que, aunque Egerton esté entrañable y derroche simpatía a raudales, lo cierto es que compone una interpretación que se apoya demasiado en la caricatura y los mohínes (por otro lado comprensible, ya que no le queda más remedio que hacerlo para afearse y ser lo más fiel posible al Edwards verdadero). Por suerte, la fantástica química que hay entre los dos actores hace que esto acabe importando menos. Al final, no puedes sino rendirte a la irresistible energía de Egerton, de la misma manera que el público se entrega a Eddie en las Olimpiadas y acaba celebrando su discreta victoria como el gran logro personal y la gran lección de superación y humildad que supone. Eddie el Águila es una película ‘feel good’ libre de ambición (como su protagonista), una que no dejará huella en el tiempo, pero sí una sonrisa de oreja a oreja al verla.

Nota: ★★★

Crítica: Warcraft – El origen

Warcraft

Los videojuegos emulan cada vez más al cine, y muchos blockbusters parecen videojuegos, tanto visual como narrativamente. La influencia recíproca de estos medios es tan evidente como inevitable, un fenómeno similar al que tiene lugar entre cine y series de televisión. Sin embargo, en todos los casos, es necesario tener bien claras cuáles son las fronteras, porque por muy romántico que sea este derribo de muros entre medios, no todo lo que funciona en un videojuego funciona en una película, y viceversa. Ese es uno de los (muchos) problemas de Warcraft: El origen, que hace reverencia al multimillonario juego en el que se basa, sin darse cuenta de que corre el riesgo de alienar a los espectadores que no han jugado nunca.

Claro que esto es solo la punta del iceberg. Warcraft: El origen es una adaptación fiel y reproduce con respeto el universo que tantos millones de jugadores conocen, fans que seguramente quedarán satisfechos viéndolo en pantalla de cine. Sin embargo, el grado de fidelidad de una película a su material de referencia no es necesariamente sinónimo de calidad. Si ante las reacciones negativas sobre una película se repite frecuentemente la pregunta “¿Pero has leído el cómic/libro?” o en este caso “¿Has jugado alguna vez a Warcraft?” es que algo falla. Como decía, una adaptación respetuosa y fidedigna no es necesariamente una buena adaptación. Y este es evidentemente el caso de Warcraft, que claramente se ha hecho con amor por el videojuego, pero no se ha sabido adaptar a las necesidades narrativas de su nuevo medio. Esta es una película tediosa, farragosa, con una historia mal contada (y peor montada), personajes indefinidos, motivaciones inexistentes y un sentido atrofiado del ritmo que puede resultar en una experiencia frustrante y desesperante para el espectador que no vaya con el aliciente de reconocer lugares, nombres o motivos narrativos del videojuego.

Duncan Jones (prometedor director de MoonCódigo fuente y fan confeso de World of Warcraft) desaparece en la genérica vorágine digital de la película, cuando muchos teníamos la esperanza de que sus inquietudes aportaran algo interesante al film. Pero nada más lejos de la realidad, Jones es fagocitado por la maquinaria del blockbuster, que aquí se pone en marcha a todo gas para disponer los cimientos de un universo que, a juzgar por lo visto, no parece tener mucho más que dar. Warcraft: El origen rasca historia de la superficie a duras penas, pero no consigue darle forma, resulta confusa, vacía, y además da la sensación de ser una película inacabada. Y no solo porque esté diseñada como un capítulo de orígenes que deja la historia a medias de cara a futuras entregas (esa escena final sacada directamente de Una nueva esperanza es toda una declaración de intenciones), sino también porque se complica demasiado para contar algo muy simple y al final no sabemos muy bien qué Warcraft el origenestá pasando o por qué los personajes hacen una cosa u otra. Esto se puede deber en parte a la tijera que ha sufrido en la sala de montaje, o al hecho de que la película se adscribe a la épica fantástica medieval (un género en el que suelen importar más las idiosincrasias del universo creado que la propia historia), pero me da a mí que la causa principal es la ineptitud narrativa y la falta de visión general a la hora de acometer el proyecto.

En el apartado visual, Warcraft tampoco es precisamente consistente. Industrial Light & Magic hace maravillas con las texturas y la expresividad de los orcos en primeros planos, pero al CGI de los planos generales y las batallas parece faltarle trabajo, dejándonos momentos espectaculares de fotorrealismo y chapuzas digitales en el mismo minuto. Además, el entorno es un híbrido extraño de escenarios reales y animación en el que los actores de carne y hueso pintan más bien poco. Por no hablar de las caracterizaciones, looks que, de nuevo, pueden resultar muy atractivos en un videojuego, pero no tanto en una superproducción de 2016, donde algunos estilismos son demasiado casposos (no llegamos al nivel de la infame Dragones y Mamorras de 2000, porque aquí salta a la vista que hay mucho más dinero, pero ahí la dejo citada). Y es que Warcraft: El origen es un videojuego llevado al cine de manera literal. Había mucho miedo a la hora de hacer una adaptación tan cara, teniendo en cuenta el historial de fracasos en este campo, y se ha optado por reproducir meticulosamente el universo que los jugadores conocen sin importar su entidad como película. El resultado es un ejercicio cinematográfico absolutamente plano y soporífero, falto de originalidad y consistencia en todos los aspectos. ¿Será que es imposible adaptar un videojuego hallando el maridaje adecuado entre medios? Nuestras esperanzas están depositadas en Justin Kurzel y su Assassin’s CreedPero visto lo visto, será mejor no apostar demasiado.

Nota: ★½