Crítica: El olivo

El olivo 2

Texto de David Lastra

El abuelo solo estaba orgulloso de dos cosas en su vida: su nieta y su olivo. ¡Y no necesariamente en ese orden de preferencia! Para hacer que todo fuese más bonito, el abuelo le presentó a su nieta a su árbol querido, y a su olivo a la niña de sus ojos. Aunque la niña encontró un monstruo en el enrevesado tronco, el flechazo fue total y comenzaron a crecer y a jugar como hermanos. Uno a sus mil años, y la otra rozando su primera década. Una bonita historia de amistad que se truncó con una excavadora que se llevó el olivo hasta el hall de una sede de una multinacional en Centroeuropa. De buenas a primeras, la niña perdió a su oleaginoso hermano, el árbol su reinado sobre el olivar y el abuelo la cabeza.

He aquí El olivo, el esperado retorno de Icíar Bollaín a la ficción. Agridulce fue la despedida con Katmandú, un espejo en el cielo y su documental En tierra extraña no convenció del todo al que aquí escribe. Pese esas últimas experiencias, las expectativas ante su regreso eran bastante altas. Por desgracia, esta El olivo debe colocarse en la balanza de su filmografía junto a cintas fallidas como la citada Katmandú, También la lluvia o Mataharis, muy lejos de su multipremiada Te doy mis ojos, su simpática y dramática Flores de otro mundo o su debut Hola, ¿estás sola?, una película que merecería el estatus de culto y que se encuentra injustamente olvidada por el gran público.

El tándem Bollaín-Laverty construye en las primeras escenas una fábula con cierto mimo. Coloca las piezas, que aunque tópicas, resultan ciertamente interesantes: una especie de Juani agrícola capaz de cruzar media Europa para recuperar el olivo de su abuelo (floja Anna Castillo), su tío arruinado por la especulación que bebe los vientos por su sobrina (un Javier Gutiérrez con el piloto automático), un camionero enamorado (Pep Ambrós, de lo más salvable de la película), un abuelo ido y un padre gris (Manuel Cucala). El problema es que a medida que avanzan los minutos, ninguno de ellos termina por desarrollarse, quedando deslavazados y, por qué no decirlo, caricaturescos. El olivo termina siendo una fábula, pero no una de las de pensar y buscar su sentido, sino de esas en la que todo está tan mascado que su moraleja pierde toda la gracia.

EL olivo 1

De poderoso tótem de la Antigua Grecia a símbolo empresarial hortera. Poderosa es la premisa antineoliberalista que domina El olivo, pero igualmente pobre es su argumentación. La crítica al poder del talonario está pobremente estructurada y bastante mal contada. Es una verdadera pena (y una gran sorpresa), que dos pesos pesados del cine social como Bollaín y Paul Laverty (no olvidemos que además de ser compañero sentimental de la directora, es la mano derecha oficial de Ken Loach) no sepan cómo desarrollar una historia de estas condiciones y terminen haciendo un pastiche que se acerca más a un trabajo de instituto (perdonen la generalización, queridos adolescentes) que a la denuncia social de altura que tenía que haber sido. No contentos con no saber criticar el aspecto neoliberalista, El olivo introduce infinidad de temas universales tales como el machismo, los abusos sexuales, los chanchullos financieros, la burbuja inmobiliaria… ¡en una sola escena! Problemas a los que luego no se volverá a hacer referencia en el resto del metraje.

Esa superficialidad en la exposición hace que la película empeore cuanto más combativa se pone. Si hay algún momento en que El olivo funciona de manera adecuada, es cuanto más costumbrista y localista se muestra. Todo hubiese sido mejor si los personajes nunca hubiesen salido de Castellón y se hubiese ahondado en los problemas económicos de la familia y no en la lucha ego-idealista de la nieta. Se podría llegar a tolerar (y aplaudir) la propuesta de dotar de cierto aroma naif de todo el film, pero es la citada ausencia total de fuerza y profundidad a la hora de tratar un tema tan jugoso lo que hace que esa insubordinación parezca más bien una pataleta de una rebelde de salón. Una suposición que se justifica con creces con la reacción final de la protagonista y se ve complementada por la acartonada y falsísima forma de mostrar el apoyo y las movilizaciones de las redes sociales.

El olivo es una historia que debería interesarnos a todos, pero que por culpa de sus narradores desespera y aburre al más pintado.

Nota: ★½

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