Bates Motel: De serie de planchar a serie de calidad

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Cuando se estrenó Bates Motel, la precuela televisiva de Psicosis, hace ya cuatro años, la empecé a ver sin muchas expectativas. Los primeros capítulos no me dijeron demasiado. La elección de Freddie Highmore como el Norman Bates adolescente, y sobre todo la de Vera Farmiga como su madre amantísima, Norma, me pareció el mayor acierto de la serie. Pero más allá de eso, no lograba encontrar muchos alicientes. Las dos primeras temporadas de Bates Motel transcurrían en el terreno de lo convencional (sobre todo la primera), aunque fueran salpicadas de vez en cuando con algún episodio por encima de la media o algún momento impactante que ejercía como gancho para seguir viendo la serie. Aun así, me costó mucho seguir con ella, y la dejé aparcada durante mucho tiempo. Hasta que hace apenas un mes la retomé (en uno de estos arrebatos completistas) y me vi sus dos temporadas más recientes (tercera y cuarta) en un suspiro, cambiando por completo mi apreciación de la serie.

Lo bueno de Bates Motel es que se ha decidido que termine en su quinta temporada, con un total de cincuenta episodios. Carlton Cuse ejerce como showrunner, guionista principal y productor ejecutivo de la serie, y sabe mucho de la importancia de no alargar demasiado una serie, gracias a su experiencia en Perdidos. Además, en el caso concreto de Bates Motel es especialmente recomendable no estirar de más la historia, porque todo el mundo conoce su desenlace. Así que el sentido común ha prevalecido, y como en Breaking Bad, Bates Motel termina antes de se cumpla su fecha de caducidad. Por eso sus dos últimas temporadas han sido realmente buenas, porque la historia ha ganado ímpetu y ha evolucionado hacia el punto que todos esperábamos desde que comenzó. Esto hace que cada acto de Norman, cada decisión que toman los Bates y cada giro de la historia adquiera mayor significado y esta pueda ser apreciada por el espectador en toda su riqueza de matices. Como conocemos (o creemos conocer, que nunca se sabe) la conclusión de la historia, resulta muy satisfactorio ver cómo las piezas van encajando y la serie se va transformando en algo más oscuro y macabro, como la película de Alfred Hitchcock.

Pero más allá de la emoción que supone conectar serie y película, Bates Motel ha conseguido crear su propia narrativa y desarrollar su propio universo, para llevar a cabo una reinvención retro-moderna de la cinta de Hitchcock, ya que, como sabéis, la historia se ha llevado a nuestros días conservando ese estilo influenciado por los 60. Por supuesto que no han faltado las tramas de relleno, principalmente las protagonizadas por el hijo mayor de Norma, que afortunadamente pasa a segundo plano en la cuarta temporada (Dylan nos gusta, pero sus historias siempre nos han sobrado, al menos hasta que las han cruzado con la de la adorable Emma). Pero como decía, a partir de la tercera temporada, la serie toma un camino mucho más definido, y esto se nota en todos los capítulos. No es que antes fuera una serie a la que se le pudiera reprochar mucho (dentro de su carácter de serie ‘menor’, nunca se pudo tachar de ‘mala’), pero Bates Motel ha ido subiendo hasta culminar en una cuarta temporada excelente, en la que Highmore y Farmiga se han vuelto a superar (y mira que ya estaban espléndidos desde el principio) y la serie ha pasado de ser un pasatiempo sin más a un drama de calidad a tener en cuenta.

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Ha sido fascinante asistir a la evolución de la enfermiza relación entre Norma y Norman, y sobre todo conocer mejor a la madre del asesino, uno de los personajes más cautivadores que hay actualmente en televisión. Sin desmerecer a Highmore, que este año se ha empleado a fondo en las escenas dramáticas, Farmiga es la auténtica estrella de Bates Motel. Un cuerpo celeste del que no se puede apartar la mirada. El trabajo de la actriz a la hora de componer al personaje y dotarlo de dimensiones es tan increíble como infravalorado. Verla pasar de la ternura sobreprotectora a la histeria desbocada en una décima de segundo ya hace que la serie merezca la pena. Pero es que además, Farmiga tiene una vis cómica excelente, y hace que Norma no solo sea un personaje interesante, sino también sorprendentemente divertido. Y aunque está claro que Bates Motel es mejor cuando Norma está en pantalla, esta penúltima temporada ha conseguido elevar la calidad en todos los aspectos para ponerse a la altura de su deslumbrante protagonista femenina.

La cuarta temporada de Bates Motel ha llevado la relación de Norman y Norma un paso más allá, arriesgando todo lo que la serie puede arriesgar en una cadena como A&E. Esto no es Showtime, así que no esperéis que aborden el tema del incesto hasta sus últimas consecuencias (mejor de esta manera, sugerente, furtiva y enormemente tensa e incómoda). Claro que eso no quiere decir que la serie huya de lo controvertido o de lo provocador, todo lo contrario. Estos últimos capítulos han servido precisamente para explorar más a fondo el complejo de Edipo de Norman y los trastornos psicológicos que lo convertirán (o ya han convertido) en el asesino en serie de Psicosis, y ha vuelto a manejar el componente morboso de frente, pero con sensibilidad e inteligencia, sin caer en lo gratuito, y lo más importante, poniéndolo siempre al servicio de la historia y los personajes. Que navegue con soltura esos farragosos grises morales (tan propios de la televisión de nuestro tiempo) es lo que hace que Bates Motel sea una serie mucho mejor de lo que parece, de lo que se cree. Si en su quinta y última temporada logra mantener esta trayectoria ascendente, tiene la posibilidad de despedirse como un producto digno de esta época de televisión de calidad, aunque no se le reconozca.

Preacher: Predicando una promesa

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Preacher era uno de los estrenos televisivos más esperados de la temporada. Rodeada de mucha expectación, tanto por parte de los fans del género fantástico y los cómics, como de los serieadictos, la nueva serie fantástica de la cadena AMC por fin se ha manifestado en su forma corpórea. Preacher llega para inaugurar por todo lo alto la temporada estival y la cadena tiene muchas esperanzas depositadas en ella, ya que necesita encontrar un éxito que no esté directamente relacionado con su buque insignia The Walking Dead. ¿Conseguirá AMC la repercusión esperada con Preacher? De momento su piloto no tuvo malos índices de audiencia, pero tampoco fueron para tirar cohetes, así que queda esperar a ver si es capaz de atraer a un público fiel, para que el boca-oreja haga el resto. Ingredientes para conseguirlo no le faltan, eso seguro.

Preacher está basada libremente en los cómics de Garth Ennis y Steve Dillon pertenecientes al sello Vertigo de DC, y conocidos en España bajo el título de Predicador. Detrás de la serie se encuentra el tándem creativo formado por Seth Rogen y Evan Goldberg, que cambian considerablemente de tercio después de haber trabajado juntos en numerosas comedias ‘gamberras’, desde Lío embarazoso hasta la próxima La fiesta de las salchichas, pasando por 50/50Juerga hasta el fin. Con Preacher Rogen y Goldberg abandonan el humor fumado y la crisis de los 30-40 para contar la historia de Jesse Custer, pastor de un pequeño pueblo de Texas que regresa a su comunidad después de haberle fallado varias veces y es poseído por un ente demoníaco que lo convierte en un ser todopoderoso.

El piloto de Preacher plantea la historia y los personajes de forma un poco deslavazada y con un ritmo irregular, pero es normal, se trata de un primer capítulo, una introducción a un universo del que todavía nos queda mucho por saber. Y la experiencia nos dice que es preferible que un piloto nos deje con ganas de más a que una serie despliegue todo su arsenal demasiado pronto. De momento se nos ha dado a conocer la premisa y se nos ha presentado a los personajes principales, Custer, un religioso poco convencional interpretado por un Dominic Cooper ‘humeante’ y muy atinado (hemos visto poco, pero de momento parece todo un acierto de casting), su ex, Tulip (Ruth Negga), que tiene la presentación más explosiva (literalmente) del episodio, y Cassidy (muy divertido Joseph Gilgun), vampiro irlandés que aporta el alivio cómico principal de la serie (qué ganas de verlos a los tres juntos en acción). Claro que, además de este trío de ases, el piloto de Preacher nos da la bienvenida a la sofocante Annville, Texas, en la que sus habitantes forman un microcosmos que recuerda en cierto modo a la entrañable Bon Temps de True Blood, y no solo por el acento redneck de Texas, similar al de Louisiana, o el ambiente caluroso del pueblo (aquí árido y asfixiante), sino también por el tono, la violencia y la manera de introducir los elementos fantásticos de la historia. Solo faltan los desnudos y el sexo, pero tiempo al tiempo (aunque mejor no esperar demasiado de AMC en este sentido).

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Está claro que Preacher no aspira a la locura camp de True Blood, pero a juzgar solo por el piloto tampoco se queda muy lejos, postulándose como un pasatiempo veraniego brutal e irreverente, como lo fue durante un tiempo la serie de HBO, solo que mucho más ambicioso y adaptado a la imagen de AMC. La primera hora de Preacher nos deja altas dosis de violencia gráfica, sangre, vísceras y huesos rotos, una llamativa fauna de personajes (qué adorable Caraculo), y mucho estilo en la puesta en escena. Todo lo que cabe esperar de una serie basada en una novela gráfica ‘para adultos’ como Predicador, sin entrar a valorar su grado de fidelidad al material de referencia -algo que debería darnos igual si la serie funciona, y de momento, Preacher funciona. Como decía, la historia da sus primeros pasos de una forma algo caótica, pero esto es habitual en la mayoría de series (especialmente las de esta cadena), que tardan unos cuantos capítulos en enderezarse y encontrar su voz definitiva. Lo importante es que la serie tiene potencial de sobra para enganchar, y su carta de presentación promete un producto muy potente y divertido.

Algo me dice que Jesse Custer va a darnos muchas alegrías, y que la serie nos va a dejar con la boca abierta en más de una ocasión. Si juega bien sus cartas, Preacher podría tener mucha cuerda y convertirse en una serie fantástica imprescindible. Esperemos que sepa aprovechar su materia prima para darnos algo más que shock value y nos deje un producto con el que merezca la pena sermonear a los demás para que lo vean.

Crítica: La bruja

La bruja

La bruja (The VVitch) no es una película de terror al uso. Y por “al uso” entendamos lo que uno se puede encontrar hoy en día en la cartelera de cualquier cine de centro comercial (una acepción reductiva, pero necesaria para entender qué ha pasado con esta película). ¿El problema? Que quizá se ha percibido -porque se ha vendido- como eso mismo. Una cinta de miedo orientada comercialmente a pandillas de adolescentes y espectadores con ganas de sobresaltos. Nada malo en buscar esto, pero La bruja no ofrece este tipo de experiencia terrorífica, sino otra completamente opuesta, la de la atmósfera, la incertidumbre y lo desconocido por encima del susto o la acción, la de lo sugerente, lo extraño, incluso lo libidinoso… Terror, sí, aunque muchos lo nieguen (erróneamente), pero no del que los estudios han convertido en normativo. De ahí la confusión e indignación por parte de un sector del público ante una película que no es lo que creía.

Habiendo dejado claro lo que no es La bruja, centrémonos en lo que es. El primer largometraje de Robert Eggers supone un excelente ejercicio de estilo y ambientación, pero no nos lo comamos de vista. Además de recrear con enorme detallismo la Nueva Inglaterra del siglo XVII, esta es una historia rebosante de significado y contada con suma inteligencia, un relato que planta constantemente la duda en el espectador, jugando con lo que puede ser real y lo que puede ser fantasía, dosificando la información de manera que no haya conclusiones precipitadas y la historia tome vida propia en la mente de cada uno. Si se entra en la propuesta de Eggers, La bruja tiene el potencial de convertirse en una de las experiencias cinematográficas más inmersivas y envolventes de los últimos años, una de la que cuesta tiempo salir después de su final.

La bruja cartelCon ciertas reminiscencias a El bosque de M. Night Shyamalan, La bruja nos cuenta la fascinante historia de una familia que subsiste a duras penas en una granja junto al aterrador bosque que hay a las afueras del pueblo, del que han sido exiliados por una misteriosa razón (una que, precisamente por no conocerla, influye en cómo percibimos la historia y tratamos de sacar conclusiones). El film nos lleva a la época previa de los juicios de las brujas de Salem en 1692, y nos presenta su folclore de forma realista, con un naturalismo que hace que lo que vemos (o intuimos) sea aun más sobrecogedor. Alrededor de los conceptos de la magia negra y la posesiónLa bruja traza un absorbente relato sobre el miedo y la ignorancia, un retrato que pretende ser fidedigno (no en vano se usaron transcripciones reales de la época para escribir los diálogos) de la histeria de la época y el fanatismo religioso que conducía hacia la violencia y el horror. Todo visto a través de los ojos de una adolescente, Thomasin (fantástica Anya Taylor-Joy), junto a la que vivimos la progresiva destrucción de su familia en una serie de acontecimientos que exploran la naturaleza del mal en relación al paso de la adolescencia a la vida adulta de una mujer.

Todos los elementos que conforman La bruja están meticulosamente construidos para dar como resultado una opera prima de gran pulsión cinematográfica: las impactantes y perturbadoras imágenes que recorren todo el film (bellamente fotografiado por Jarin Blaschke), la increíble banda sonora de Mark Korven, las interpretaciones (de adultos y niños, inolvidable la escena de posesión del pequeño Harvey Scrimshaw), los diálogos, cadencias y acentos, la imponente voz de Ralph Ineson, ese poderosísimo clímax que redefine la historia y obliga a revisitar todo lo acontecido para saber qué nos ha estado contando en realidad, sin olvidar la inquietante (omni)presencia de la cabra Black Phillip, animal en el que confluyen todos los miedos y angustias que sostienen el film. Todo esto hace que La bruja presente una visión escalofriante y hermosa de un terror que pocas veces se nos manifiesta de forma tan lúcida y sugestiva, y se postule seriamente como un clásico moderno del género.

Nota: ★★★★★

Crítica: X-Men – Apocalipsis

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Bienvenidos de nuevo al Instituto Xavier para Jóvenes Talentos. Recorred sus pasillos y estancias para comprobar que está más vivo y abarrotado que nunca. La juventud se puede oler en el ambiente (seguro que sabéis exactamente cómo huele la adolescencia), hay más luz, más color, más energía y ganas de juerga. Y es que la Mansión-X no solo está atestada de mutantes adolescentes, es que además estos mutantes son adolescentes de los 80. Después de llevarnos a los 70 (y luego hacernos saltar por el tiempo) en X-Men: Días del futuro pasado, la saga mutante avanza hacia la feliz década del “Take on Me”, el “Girl Just Wanna Have Fun” y las chapas en las solapas vaqueras, donde transcurre la acción de X-Men: Apocalipsis (X-Men: Apocalypse), la nueva entrega de la Patrulla-X dirigida por Bryan Singer.

Y se nota, vaya si se nota. X-Men: Apocalipsis es una aventura espléndidamente ochentera (o noventera, que al caso es prácticamente lo mismo) y decididamente nostálgica. Si bien Singer podía haber arriesgado aun más en su puesta en escena y hacerla incluso más fiel a la época, la película rebosa espíritu 80s por los cuatro costados, y no solo en lo que respecta a la estética hortera y sin complejos (los cardados, la cresta de Tormenta, el estilo jock de Cíclope, ¡las hombreras de Jean Grey! Todo aderezado por una lluvia de cassettes, juegos Arcade y cuero, cortesía de Quicksilver), sino también a la historia, más simple y desenfadada, prácticamente ajena a la evolución que el género de superhéroes está experimentando en los últimos años.

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Lejos de innovar, el argumento de X-Men: Apocalipsis presenta la clásica trama con villano megalómano que amenaza con destruir el mundo, una que pasa por todos los clichés narrativos del género como si no se hubiera hecho tantas veces últimamente, y vuelve a caer en el error de la destrucción masiva sin miramientos ni consecuencias (imperdonable a estas alturas). Si se hubiera estrenado unos años antes, quizá su falta de originalidad o novedad no habría llamado tanto la atención, pero la proximidad con Capitán América: Civil War, el listón cada vez más alto y la amenaza de la “superhero fatigue” juegan en detrimento del film. Claro que lo que propone Singer es precisamente un acto de fe, un regreso a la sencillez del género, a las páginas del cómic, que entendamos que lo que Apocalipsis pretende es recuperar esa candidez narrativa de los 80 y los 90, y no le importa nada que su película tenga tantos tópicos, mecanismos narrativos anticuados o elementos camp. Porque esa es la intención, realizar una cinta de mutantes nostálgica de una época dorada del tebeo, una fantasía épica construida casi al margen del Zeitgeist superheroico, es más, con un punto de ironía. Es decir, Apocalipsis no viene a cambiar el género, pero sí ofrece lo que se espera (o al menos todo lo que yo quiero) de una película de la Patrulla-X: espectacular despliegue de acción y superpoderes, personajes imposiblemente molones y lo más importante, diversión.

Y sin embargo, la saga mutante tiene algo que no tienen las películas de Marvel Studios, y que compensa su falta de originalidad: una mayor osadía. Mientras que la calificación PG-13 sirve para coartar a otros blockbustersX-Men: Apocalipsis la aprovecha para desmarcarse del UCM con sorprendentes dosis de violencia gráfica (incluso gore) y lenguaje malsonante. Puede parecer una tontería, pero esto aporta frescura a un género demasiado puritano que promete cambiar después del éxito de Deadpool. Esta actitud más punk no resulta en una película necesariamente más adulta, por supuesto, pero sí menos preocupada por escandalizar o salirse de los parámetros establecidos. El resultado es un híbrido extraño y curioso, una película en cierto modo más infantil que se preocupa menos por los niños pequeños y busca satisfacer más a los niños grandes.

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En cuanto a la historia, no hace falta complicarse demasiado para explicarla, ya que lo que tenemos aquí es cinecómic clásico. El eslabón más débil de Apocalipsis es su villano titular, interpretado por Oscar Isaac. El talentoso actor hace lo que puede para sacar adelante a un personaje más bien plano y desdibujado, intentando transmitir con la mirada y la boca, pero su interpretación queda sepultada por los kilos de maquillaje y látex de una caracterización demasiado cutre incluso si tenemos en cuenta el factor camp del que hablaba antes. Afortunadamente, Apocalipsis no tiene tanto En Sabah Nur como cabía esperar. Su amenaza está presente durante toda la película, pero esta se centra más en Magneto, Xavier y los mutantes ‘modernos’, por un lado con la formación de los Jinetes del Apocalipsis (con el villano manejando los hilos desde la sombra) y por otro con los jóvenes mutantes en la Mansión X, estudiantes aprendiendo a controlar sus superpoderes. En este sentido, Singer vuelve a acometer una empresa imposible (y ya normativa en el género): barajar multitud de tramas y personajes que, por muy bien que se haga, acabarán resultando en saturación. Sin embargo, X-Men: Apocalipsis está contada de manera más fluida y consistente de lo que cabía esperar, reduciendo la fragmentación con transiciones coherentes que aportan mayor unidad narrativa y muy buen ritmo. Por el lado malo, el exceso de frentes abiertos obliga de nuevo a que algunos personajes queden relegados a un segundo o tercer plano (Júbilo no es más que una extra), a que otros estén infra-caracterizados (la Mariposa Mental de Olivia Munn es muy contundente, pero también muy plana) o a eliminar escenas que habrían ayudado a que la historia se airease y conociéramos mejor a los novatos, como la del centro comercial, de la que incluso habíamos visto alguna foto oficial, y cuya ausencia del montaje final nos priva de más momentos de descanso y el más-o-menos-cameo de Dazzler. Muy mal, Fox.

Dejando a un lado estos problemas, X-Men: Apocalipsis sigue en la línea de las dos anteriores entregas del reboot mutante. El humor continúa siendo muy importante y no se considera un signo de debilidad, y la película vuelve a tener una gran carga emocional, de la que se saca el mayor partido gracias a su magnífico reparto de talentos interpretativos, que como ya dijimos con respecto a DoFP, no se ‘relajan’ porque sea una de superhéroes. Michael Fassbender, James McAvoy y Jennifer Lawrence vuelven a conseguir que lo exagerado y rocambolesco de la historia funcione, levantando escenas que en manos de otros habrían caído en el ridículo. El Quicksilver de Evan Peters tiene otra secuencia épica (quizá demasiado parecida a la de DoFP pero igualmente impresionante) y además esta vez está más implicado en el argumento, protagonizando algunos de los mejores momentos cómicos de la película. Moira, interpretada por la fantástica Rose Byrne, tiene mucho peso en la historia y lo mejor es que, a pesar de no ser mutante, no sobra nada de ella. Y por último, las nuevas incorporaciones de Apocalipsis no podrían ser más acertadas: Alexandra Shipp destaca especialmente como Tormenta (el Jinete más definido como personaje), Tye Sheridan clava al Cíclope versión teenage angst, Kodi Smit-McPhee es toda una revelación presentándonos contra todo pronóstico a un entrañable y gracioso Rondador Nocturno y Sophie Turner (y sus hombreras) encandila como Jean Grey, dejándonos uno de los momentos sin duda más satisfactorios y catárticos para los fans, que augura un futuro muy interesante para la saga. Todos ellos se reúnen y prosperan como grupo bajo el amparo de Charles Xavier, cuyo sueño para ese futuro (una Mansión-X en la que convivan mutantes y humanos) recupera un tema en el que, tristemente, en esta ocasión no se profundiza demasiado.

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X-Men: Apocalipsis no es la película de superhéroes perfecta, pero sí es una entrega de X-Men muy sólida, cargada de grandes emociones, imágenes diseñadas para humedecer al geek (¡culpable!), regalos al espectador en forma de cameos (el de Lobezno es breve pero brutal, y sirve para abrir boca de cara a su tercera película, Rated-R) o guiños meta (afortunadamente nada excesivo o fuera de lugar) que harán las delicias de los fans (atención al ataque a X-Men: La decisión final) e interacciones entre personajes que demuestran que, a pesar de todo, Singer sabe que lo más importante es no descuidar sus relaciones y motivaciones (ojalá pudiera decirse lo mismo del villano). Quiero creer que Apocalipsis habría gustado más en general si no hubiera llegado tan cerca de Civil War y Batman v Superman, y si no estuviéramos tan preocupados comparando y tratando de encontrar la fórmula perfecta del cine de superhéroes, en lugar de dejarnos llevar por lo que esta película en concreto propone: diversión exagerada, comiquera e iconoclasta. La siguiente película de la Patrulla-X transcurrirá en los 90. Espero que para entonces, Singer vuelva a darle más importancia a los temas centrales de las anteriores entregas de la saga (identificación mutantes-personas LGTB/minorías y los problemas de identidad de los héroes) para seguir avanzando el discurso, hacer evolucionar la franquicia y darnos una X-Men que no solo sea un gran estallido pop como esta, sino también una cinta de superhéroes más trascendental.

Nota: ★★★★

[Reseña y sorteo] Miniblogger: ¿Vivir del cuento?

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

Miniblogger

El mundo de la fama ha cambiado por completo. Ahora cualquier persona tiene al alcance de un click o un golpe de dedo en el móvil la posibilidad de convertirse en una celebrity. Desde la erupción de las redes sociales, y en especial con el éxito de Instagram, se ha creado un perfil muy concreto de persona que vive por y para la fama en el ciberespacio, y si le dejan, in RL (en la vida real, qué poco puestos estáis). El ‘influencer‘, concretamente el de moda, es esa persona que ha hecho una profesión de airear su día a día, lo que come, lo que se compra, lo que se pone, y que encima gana dinero con ello (¿o no?). Los que consiguen una legión de seguidores llaman la atención de las empresas, que usan a esta figura influyente para promocionar sus marcas y llegar así a más gente. Pero el sueño de convertirse en un influencer, tuitstar o blogstar no es un camino de rosas. A veces supone sacrificar muchas cosas: tu tiempo libre, tus amigos,tu pareja, incluso tu cordura. “Porque la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor”.

Eso es lo que nos cuenta Georgina Gerónimo en Miniblogger, consejos prácticos para vivir en la blogosferacómic al estilo libro ilustrado que nos narra a modo de guía práctica con sencillos consejos y mucho humor la vida de una persona que desea convertirse en ‘famosa de Internet’, que le paguen por asistir a saraos, y le envíen ropa gratis. A través de un dibujo simple pero muy efectivo, de colores pastel y con diseños ‘cursis’ que evocan con acierto a ese ámbito de la moda Instagram que retrata, Miniblogger nos introduce en un mundo superficial en el que para sobrevivir hay que conocer muy bien las prioridades: hacer una foto al desayuno es más importante que comérselo, que haya luz adecuada para un ‘shooting’ está por encima de la calidad de la comida a la hora de elegir restaurante, y si tienes sueño, no importa, tres horas de sesión de maquillaje y peluquería para hacerte una foto de ‘Buenas noches’. Porque para muchos, ser blogger de éxito o influencer es vivir del cuento (y quizá tengan razón), pero, aunque parezca un perfil laboral irónico del que se burlan en Broad CityPortlandia, ya es real, requiere mucho esfuerzo y se puede convertir en algo más que un pasatiempo vanidoso: en un trabajo de verdad.

Miniblogger portadaPara enseñarnos este proceso, Gerónimo se adentra en este mundo sin un ojo excesivamente crítico o juicioso, al contrario, echando mano de la sátira, pero sin llegar a ridiculizar, explorando el universo de la blogosfera con ‘sarcasmo amable‘. Así, la autora realiza un exhaustivo recorrido por una realidad virtual que se ha colado en todos los ámbitos de nuestra vida real (los selfies, los trending topics, la importancia de los likes para auto-validarse, el narcisismo, el engaño o ‘embellecimiento’ de la realidad…) y ha contribuido a crear el perfil del joven que marca tendencia a través de las redes sociales. Para muchos, esto es un trabajo, es más, un trabajo ideal. Si, a pesar de los inconvenientes que relata Gerónimo, sois expertos en los filtros del móvil, queréis ser un gurú de las redes sociales, asistir a premieres, y llenar vuestro armario sin gastar un duro, solo tenéis que seguir los consejos de Miniblogger. Pero no os preocupéis, el libro está escrito y dibujado también para lectores que no están familiarizados con el mundo de la moda o la blogosfera, así que también puede resultaros divertido aunque no esté entre vuestros planes convertiros en la próxima Tavi Gevinson o el próximo Pelayo.

Miniblogger, consejos prácticos para vivir en la blogosfera forma parte del sello Evolution, de Panini Cómics, línea con la que la editorial pretende desmarcarse de la todopoderosa (y acaparadora) Marvel, con títulos menos comerciales y más independientes. El libro de Georgina Gerónimo es el la obra ganadora de la Beca Carnet Jove Connecta’t al Còmic 2015 y se ha publicado en catalán y castellano.

¡SORTEO!

 

Si después de leer esta reseña os ha picado la curiosidad, tenéis la oportunidad de conseguir uno de los DOS EJEMPLARES de Miniblogger que sorteamos en el blog, cortesía de Panini Cómics. Lo único que tenéis que hacer es seguir la página de Facebook de fuertecito y responder a esta pregunta en esta entrada:

¿SOBRE QUÉ TEMA PODRÍAS CONVERTIRTE EN UN ‘INFLUENCER’?

Miniblogger sorteo

Bases:

– De entre todos los participantes elegiremos dos ganadores al azar que se llevarán totalmente gratis 1 ejemplar de Miniblogger cada uno. Los ganadores lo recibirán en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos) para facilitar la realización del sorteo y el contacto.

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el miércoles 25 de mayo de 2016 a las 23:59 (hora peninsular española). Los ganadores serán anunciados a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

Crítica: Angry Birds – La película

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Es el juego para dispositivos móviles más vendido de la historia, una obsesión para niños y mayores, un fenómeno de mercadotecnia, y por supuesto, tenía que convertirse en una gran película de Hollywood. Llega la inevitable adaptación al cine de Angry Birds, dirigida por los debutantes Clay Kaytis (animador de Disney desde mediados de los 90) y Fergal Reilly (del departamento de arte de El gigante de hierro, Los pitufos Lluvia de albóndigas entre muchas otras), y escrita por Jon Vitti (productor y guionista de Los SimpsonAlvin y las ardillas), que se encargan de convertir el sencillo mecanismo del juego de la compañía finlandesa Rovio Entertainment en un largometraje con argumento y personajes elaborados en la tradición del cine de animación 3D reciente.

La película nos presenta una isla poblada enteramente por aves que viven en perfecta armonía, a pesar de no saber volar. En este paraíso de luz y color, donde las crías de pájaro (adorables pompones de colores con pico) crecen felices y los días transcurren con normalidad, hay tres individuos con problemas de mal genio que nunca han terminado de encajar en Bird Island. Obligado a asistir a clases de control de la ira, el cascarrabias y solitario Red conoce a Chuck, un pájaro amarillo hiperactivo que se mueve a gran velocidad (básicamente un Quicksilver con plumas) y el orondo y volátil Bomb, que estalla (literalmente) cuando se enfada (o sea, un Hulk con plumas). Cuando la isla recibe la inesperada visita de unos misteriosos cerdos verdes (muy en la línea de Los Minions) que traman algo contra los pájaros, los tres inadaptados unirán fuerzas para buscar a la legendaria Águila Poderosa y con su ayuda enfrentarse a los invasores.

nullComo adaptación, Angry Birds. La película sale más que airosa, ya que se puede decir que saca mucho provecho de una premisa muy limitada, pero si no tenemos en cuenta su origen, no es más que otra cinta de animación de usar y tirar, cine equivalente a la comida rápida con la que se sirven los juguetes de la película. Y aquí la palabra clave precisamente es “rápido“. Esta es una de esas películas que confunden ritmo cinematográfico con bombardeo continuo de chistes, hiperactividad y desenfreno. A pesar de tener muchos guiños para adultos (chistes sexuales, ¡un cerdo que se llama Jon Hamm!), Angry Birds está pensada para que los niños no quiten ojo de la pantalla, y en ese sentido se puede decir que cumple su propósito. Los más pequeños se lo van a pasar teta con las aventuras de Red y sus colegas, porque otra cosa no, pero Angry Birds es un no parar de acción y humor pensado para luchar contra el déficit de atención de los niños. Pero a la vez, su acumulación narrativa puede llegar a cansar, y el elevado número de chistes y gags hace que estemos ante otro caso animado de cantidad por encima de calidad. Al final, el argumento queda sepultado por el ruido, los bombardeantes chistes visuales (algunos efectivos, la mayoría mediocres, en general nada que no hayamos visto en las mil y una Shreks, Grus y demás) y la exaltación de las imágenes.

Por el lado bueno, esas imágenes están muy cuidadas, y técnicamente Angry Birds está a la altura de lo que se espera en la animación por ordenador hoy en día. La película resulta especialmente espectacular sobre todo durante su clímax (la gran guerra de pájaros contra cerdos en el reino de los segundos), despidiéndose al menos con buena letra. Angry Birds es una aventura alocada, con un punto gamberro (incluso picante) y una animación muy expresiva, pero también una historia excesivamente rutinaria que ya hemos visto mil veces, una que cumple predeciblemente con todos los clichés y cucamonas del cine familiar de centro comercial, lo que puede resultar en el efecto contrario al deseado (sobre todo para los mayores): insensibilidad y aburrimiento. Eso sí, para ser la adaptación de un juego de móvil bastante simple, da más de lo que se podía pedir. Que ya es algo.

Nota: ★★½

Índice de cancelaciones y renovaciones 2016

Como todos los años por estas fechas, las cadenas generalistas estadounidenses desvelan su parrilla para la próxima temporada, y esto conlleva hacer hueco para las series de nuevo cuño, y por tanto, despedirnos de varias series que estaban en la cuerda floja. Este año las cadenas que se han tomado más en serio su papel de verdugo en mayo son ABC y NBC.

La primera se ha cargado de un plumazo varias series muy, muy queridas por la audiencia que, sin embargo, tenían índices tan bajos que ni el amor de sus fans ha sido capaz de obrar el milagro. Aunque nos lo esperábamos, no deja de doler que la cadena haya cancelado Agent Carter, The Muppets Galavant. Por otro lado, ha sorprendido la cancelación de Nashville tras su cuarta temporada, mientras que Castle queda finalmente también cancelada después de la marcha (¿forzada?) de Stana Katic. Lo sentimos, Nathan Fillion, aunque la serie tuviera el nombre de tu personaje nombre por título, no tenía sentido continuar sin Beckett. Por último, el spin-off de Agents of S.H.I.E.L.D.Marvel’s Most Wanted también queda cancelado antes de empezar. ¿Regresarán ahora Bobbi y Lance con el equipo de Coulson?

En NBC (que ya ha tenido otros años negros) han cancelado prácticamente todas sus nuevas comedias. Está claro que desde que eliminaron su ‘Jueves de Comedia‘ (antaño con Friends Will & Grace, recientemente con 30 RockParks and Rec) el género no levanta cabeza en la network. Mientras, la saga Chicago aumenta con una nueva serie (la cuarta ya): Chicago Justice.

Por el lado bueno, CBS ha renovado Supergirl, aunque la serie de DC Comics se muda a The CW, donde quizá debería haber estado desde el principio. Ahora los crossovers con el resto de series DC serán seguramente más frecuentes. Y aunque en esta lista no incluya las nuevas series para la próxima temporada, la misma cadena nos ha dado una gran alegría después del polémico final de The Good Wife: Habrá spin-off sobre Diane Lockhart (Christine Baranski), en el que también participará Lucca (Cush Jumbo). Con esta gran noticia las cancelaciones duelen un poco menos.

Como la lista de series de network es larguísima, os dejo con un índice completo donde podréis consultar el destino de vuestras series favoritas. Están agrupadas por cadena y ordenadas alfabéticamente.

¿Qué serie cancelada echaréis más de menos?

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ABC

 

American Crime RENOVADA
black-ish RENOVADA
Blood & Oil CANCELADA
Castle CANCELADA
The Catch RENOVADA
Dr. Ken RENOVADA
The Family CANCELADA
Fresh Off the Boat RENOVADA
Galavant CANCELADA
The Goldbergs RENOVADA
Grey’s Anatomy RENOVADA
How to Get Away with Murder RENOVADA
Last Man Standing RENOVADA
Marvel’s Agent Carter CANCELADA
Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. RENOVADA
The Middle RENOVADA
Mistresses RENOVADA
Modern Family RENOVADA
The Muppets CANCELADA
Nashville CANCELADA
Of Kings and Prophets CANCELADA
Quantico RENOVADA
Once Upon a Time RENOVADA
The Real O’Neals RENOVADA
Scandal RENOVADA
Secrets & Lies RENOVADA
Wicked City CANCELADA

 

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CBS

 

2 Broke Girls RENOVADA
Angel from Hell CANCELADA
The Big Bang Theory RENOVADA
Blue Bloods RENOVADA
Code Black RENOVADA
Criminal Minds RENOVADA
Criminal Minds: Beyond Borders RENOVADA
CSI: Cyber CANCELADA
Elementary RENOVADA
Extant CANCELADA
The Good Wife FINALIZADA
Hawaii Five-0 RENOVADA
Life in Pieces RENOVADA
Limitless CANCELADA
Madam Secretary RENOVADA
Mike & Molly FINALIZADA
Mom RENOVADA
NCIS RENOVADA
NCIS: Los Angeles RENOVADA
NCIS: New Orleans RENOVADA
The Odd Couple RENOVADA
Person of Interest FINALIZADA
Rush Hour CANCELADA
Scorpion RENOVADA
Supergirl RENOVADA (se muda a The CW)
Under the Dome CANCELADA
Zoo RENOVADA

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THE CW

 

The 100 RENOVADA
Arrow RENOVADA
Containment CANCELADA
Crazy Ex Girlfriend RENOVADA
The Flash RENOVADA
iZombie RENOVADA
Jane the Virgin RENOVADA
Legends of Tomorrow RENOVADA
The Originals RENOVADA
Reign RENOVADA
Supernatural RENOVADA
The Vampire Diaries RENOVADA

 

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FOX

 

Bob’s Burgers RENOVADA
Bones RENOVADA
Bordertown CANCELADA
Brooklyn Nine-Nine RENOVADA
Cooper Barrett’s Guide to Surviving Life CANCELADA
Empire RENOVADA
Family Guy RENOVADA
Gotham RENOVADA
Grandfathered CANCELADA
The Grinder CANCELADA
The Last Man on Earth RENOVADA
Lucifer RENOVADA
Minority Report CANCELADA
New Girl RENOVADA
Scream Queens RENOVADA
Second Chance CANCELADA
The Simpsons RENOVADA
Sleepy Hollow RENOVADA
Rosewood RENOVADA

 

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NBC

The Blacklist RENOVADA
Blindspot RENOVADA
The Carmichael Show
Chicago Fire RENOVADA
Chicago Med RENOVADA
Chicago PD RENOVADA
Crowded CANCELADA
Game of Silence CANCELADA
Grimm RENOVADA
Heartbeat CANCELADA
Heroes Reborn CANCELADA
Law & Order: SVU RENOVADA
The Mysteries of Laura CANCELADA
The Night Shift RENOVADA
The Player CANCELADA
Shades of Blue RENOVADA
Superstore RENOVADA
Telenovela CANCELADA
Truth Be Told CANCELADA
Undateable CANCELADA
You, Me and the Apocalypse CANCELADA

Fuente: TvBytheNumbers

Crítica: El olivo

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Texto de David Lastra

El abuelo solo estaba orgulloso de dos cosas en su vida: su nieta y su olivo. ¡Y no necesariamente en ese orden de preferencia! Para hacer que todo fuese más bonito, el abuelo le presentó a su nieta a su árbol querido, y a su olivo a la niña de sus ojos. Aunque la niña encontró un monstruo en el enrevesado tronco, el flechazo fue total y comenzaron a crecer y a jugar como hermanos. Uno a sus mil años, y la otra rozando su primera década. Una bonita historia de amistad que se truncó con una excavadora que se llevó el olivo hasta el hall de una sede de una multinacional en Centroeuropa. De buenas a primeras, la niña perdió a su oleaginoso hermano, el árbol su reinado sobre el olivar y el abuelo la cabeza.

He aquí El olivo, el esperado retorno de Icíar Bollaín a la ficción. Agridulce fue la despedida con Katmandú, un espejo en el cielo y su documental En tierra extraña no convenció del todo al que aquí escribe. Pese esas últimas experiencias, las expectativas ante su regreso eran bastante altas. Por desgracia, esta El olivo debe colocarse en la balanza de su filmografía junto a cintas fallidas como la citada Katmandú, También la lluvia o Mataharis, muy lejos de su multipremiada Te doy mis ojos, su simpática y dramática Flores de otro mundo o su debut Hola, ¿estás sola?, una película que merecería el estatus de culto y que se encuentra injustamente olvidada por el gran público.

El tándem Bollaín-Laverty construye en las primeras escenas una fábula con cierto mimo. Coloca las piezas, que aunque tópicas, resultan ciertamente interesantes: una especie de Juani agrícola capaz de cruzar media Europa para recuperar el olivo de su abuelo (floja Anna Castillo), su tío arruinado por la especulación que bebe los vientos por su sobrina (un Javier Gutiérrez con el piloto automático), un camionero enamorado (Pep Ambrós, de lo más salvable de la película), un abuelo ido y un padre gris (Manuel Cucala). El problema es que a medida que avanzan los minutos, ninguno de ellos termina por desarrollarse, quedando deslavazados y, por qué no decirlo, caricaturescos. El olivo termina siendo una fábula, pero no una de las de pensar y buscar su sentido, sino de esas en la que todo está tan mascado que su moraleja pierde toda la gracia.

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De poderoso tótem de la Antigua Grecia a símbolo empresarial hortera. Poderosa es la premisa antineoliberalista que domina El olivo, pero igualmente pobre es su argumentación. La crítica al poder del talonario está pobremente estructurada y bastante mal contada. Es una verdadera pena (y una gran sorpresa), que dos pesos pesados del cine social como Bollaín y Paul Laverty (no olvidemos que además de ser compañero sentimental de la directora, es la mano derecha oficial de Ken Loach) no sepan cómo desarrollar una historia de estas condiciones y terminen haciendo un pastiche que se acerca más a un trabajo de instituto (perdonen la generalización, queridos adolescentes) que a la denuncia social de altura que tenía que haber sido. No contentos con no saber criticar el aspecto neoliberalista, El olivo introduce infinidad de temas universales tales como el machismo, los abusos sexuales, los chanchullos financieros, la burbuja inmobiliaria… ¡en una sola escena! Problemas a los que luego no se volverá a hacer referencia en el resto del metraje.

Esa superficialidad en la exposición hace que la película empeore cuanto más combativa se pone. Si hay algún momento en que El olivo funciona de manera adecuada, es cuanto más costumbrista y localista se muestra. Todo hubiese sido mejor si los personajes nunca hubiesen salido de Castellón y se hubiese ahondado en los problemas económicos de la familia y no en la lucha ego-idealista de la nieta. Se podría llegar a tolerar (y aplaudir) la propuesta de dotar de cierto aroma naif de todo el film, pero es la citada ausencia total de fuerza y profundidad a la hora de tratar un tema tan jugoso lo que hace que esa insubordinación parezca más bien una pataleta de una rebelde de salón. Una suposición que se justifica con creces con la reacción final de la protagonista y se ve complementada por la acartonada y falsísima forma de mostrar el apoyo y las movilizaciones de las redes sociales.

El olivo es una historia que debería interesarnos a todos, pero que por culpa de sus narradores desespera y aburre al más pintado.

Nota: ★½

Crítica: Espías desde el cielo

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La reciente Objetivo: Londres finalizaba con una escena en la que el gobierno de los Estados Unidos bombardeaba una aldea donde se escondía un grupo de terroristas. La escena en cuestión servía como clímax triunfal, acompañada de música épica y explosiones a cámara lenta con las que se regocijaba patrióticamente en la destrucción del enemigo. El desenlace de Objetivo: Londres es a grandes rasgos la premisa de Espías desde el cielo, el mismo concepto abordado de dos maneras diametralmente opuestas. Firma este impecable thriller moral el irregular Gavin Hood, director de la vapuleada primera película de Lobezno. Hood recupera en cierto modo uno de los temas de otra de sus películas anteriores, la infravalorada El juego de Ender, para introducirnos en la sala de operaciones militares de la inteligencia británica, dirigida por la coronel Katherine Powell (Helen Mirren), donde tiene lugar un dilema imposible.

Un grupo de terroristas se reúnen en su piso franco de Nairobi para preparar una misión suicida en un lugar concurrido de la capital de Kenia. Desde Londres tiene lugar una operación secreta con drones para capturar a los terroristas. Sin embargo, en el transcurso de la misión, Powell descubre que el ataque es inminente, y decide cambiar la operación de ‘capturar’ a ‘matar’. Desde su base de Nevada, el piloto de drones Steve Watts (Aaron Paul) recibe la orden de destruir el piso franco, pero antes de apretar el botón descubre a una niña que se encuentra dentro del radio de mayor peligro, por lo que solicita que se vuelva a realizar una valoración de la operación. Ante un posible daño colateral que no solo acabaría con una vida inocente, sino que podría destruir la imagen del ejército y el gobierno británico y americano, la disyuntiva se vuelve cada vez más compleja, pasando por todos los niveles de una jerarquía formada por abogados, políticos y figuras de poder que siguen la misión desde distintas partes del mundo. Mientras los implicados sopesan las consecuencias del ataque, el tiempo se va agotando y hay que tomar una decisión.

Espías desde el cielo plantea un dilema incómodo y muy delicado, y lo hace sin recurrir a la demagogia, sin buscar salidas fáciles ni heroicidad, sino más bien todo lo contrario. Estamos ante un thriller que encuentra el equilibrio entre reflexión y entretenimiento, que no cae en ningún momento en la frivolización o la pornografía moral. Es muy difícil hacer una película sobre un tema tan sensible como este y salir airoso, y Hood lo ha conseguido. Espías desde el cielo es un trabajo maduro que maneja la tensión con maestría y mantiene pegado al asiento, una película que funciona como tratado sobre los grises morales y las decisiones imposibles de la guerra contra el terror y a la vez como sólido entretenimiento cinematográfico. Y además de navegar con soltura esa línea entre seriedad y espectáculo, consigue encajar toques de humor y sátira política que, lejos de desentonar con la propuesta, la enriquecen aun más. El resultado es un film soberbio, uno de esos raros casos de cine que no solo evade, sino que también informa y hace pensar.

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Por supuesto, en una película que transcurre en su mayor parte en salas de operaciones, despachos y cabinas de mando, es muy importante que el reparto sea capaz de mover la historia de manera que la acción ‘estática’ sustituya con éxito a la acción espectacular. Y en este sentido, Espías desde el cielo tampoco falla en el departamento interpretativo, con un reparto magnífico del que destacan la siempre infalible Helen Mirren, que domina un papel nada complaciente, un estupendo Alan Rickman en la que es su última gran interpretación, Barkhad Abdi desde el campo de guerra confirmando su valía después de Capitán Phillips, y Aaron Paul, que ejerce como baliza moral de la película y punto de vista del espectador demostrando una empatía emocional absoluta y gran fuerza dramática (su rostro resume perfectamente el devenir de la historia). Ellos representan las distintas caras de una misma entidad, esos ojos desde el cielo de los que habla el título original del film (Eye in the Sky), y que no solo se refiere a los drones estratégicos, sino a los ojos que miran y deciden el destino del mundo jugando a ser Dios.

Nota: ★★★★

Crítica: Alicia a través del espejo

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

El remake en acción real de Alicia en el País de las Maravillas fue uno de los mayores éxitos de 2010, superando en taquilla la impresionante cantidad de mil millones de dólares en todo el mundo. Sigue resultando sorprendente, ya que la película dirigida por Tim Burton no está considerada a día de hoy como uno de los mejores trabajos del director de Eduardo Manostijeras o uno de los títulos más aclamados de Disney, que lleva ya unos cuantos años imparable en la box office y con la crítica y el público en el bolsillo. Pero lo cierto es que Alicia supuso un éxito extraordinario para la Casa de Mickey Mouse (y no solo en los cines, sino que también generó un boom duradero de mercadotecnia), por lo que era de cajón que volveríamos al País de las Maravillas para vivir más aventuras junto a Alicia Kingsleigh (Mia Wasikowska) en la secuela que nos llega ahora, Alicia a través del espejo.

James Bobin, director de las dos películas del reboot cinematográfico de Los Muppets, toma el relevo de Burton, que permanece en la franquicia como productor. En Disney debieron pensar (lógicamente): ‘Si algo funciona, ¿por qué arreglarlo?‘ Muchos elementos de la primera Alicia no recibieron el beneplácito de la audiencia, pero en lugar de intentar corregirlos, se ha hecho una secuela continuista al 100%. Es decir, Bobin sigue la senda marcada por Burton, y aunque se podría detectar algo de su sentido del humor en algunas escenas, en general el director se ha encargado de reproducir al dedillo la visión de Burton. De esta manera, Alicia a través del espejo se basa de nuevo muy libremente en la obra de Lewis Carroll para continuar la reimaginación de sus historias en clave de épica fantástica. La nueva Alicia es la misma Alicia, un estallido de color y animación digital que puede resultar tan goloso como empalagoso y que repite las mismas claves de la primera película.

Una de las novedades que planteaba la película de Burton era una Alicia de armas tomar, es decir, una versión más fuerte y decidida de la creación de Carroll, que lejos de llorar ante las adversidades como la Alicia animada de Disney, se enfundaba en una armadura para derrotar al Galimatazo, en un glorioso arrebato feminista que ha calado hondo en la Disney reciente y que por supuesto se recupera en la nueva película. En A través del espejo nos reencontramos con esa misma chica valerosa y resuelta, ahora convertida en capitana de su propio barco, siguiendo los pasos de su padre. A su vuelta a Londres, Alicia se encuentra con que el mundo sigue regido por los anticuados puntos de vista sobre el papel de la mujer, y tanto ella como su madre ven cómo sus planes de futuro peligran por culpa de esto. Pero antes de poder lidiar con sus problemas allí, Alicia atraviesa un espejo mágico para regresar al Submundo, donde tendrá que embarcarse en una aventura en el Océano del Tiempo para salvar a un “descolorido” Sombrerero Loco (Johnny Depp), sumido en una depresión después de perder a su familia en la batalla contra el Galimatazo. Efectivamente, Alicia a través del espejo no solo se distancia enormemente del material original, sino que además hace retcon de su predecesora para contarnos varias historias de orígenes, la del Sombrerero (que no está loco de nacimiento, sino que su carácter tiene su origen en su relación con su padre) y la de las hermanas Mirana (Anne Hathaway) e Iracebeth (Helena Bonham Carter).

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

Alicia a través del espejo es más comparable a Regreso al futuro que a la obra de Carroll. Para salvar al Sombrerero, Alicia debe tomar prestada la Cronosfera de Tiempo (un muy acertado Sacha Baron Cohen) y viajar al pasado para resolver un misterio que la llevará a cruzarse con sus amigos y enemigos en diferentes etapas de sus vidas, a la vez que huye de Tiempo, que corre el peligro de perecer (y con él el mundo entero) sin la Cronosfera. Así, la película se construye (por decirlo de alguna manera) como una odisea a través del tiempo, aumentando considerablemente las dosis de acción y, sin embargo, perdiéndose en mil y un dobleces temporales y las correspondientes paradojas que no hacen sino añadir confusión y caos a la ya de por sí endeble historia (una historia a la que el caos le debería sentar bien, porque es su estado natural, no perjudicarla tanto). Al final, a Alicia a través del espejo le falta imaginación (pecado capital teniendo en cuenta el material del que parte) y vuelve a caer en el mismo error que la primera entrega: dar prioridad al envoltorio sobre lo que hay (o debería haber) dentro de la caja, al espectáculo sobre la sustancia. Y aunque hay bastante que admirar en Alicia a través del espejo (sobre todo el diseño de producción y el suntuoso vestuario de Colleen Atwood), falta lo más importante, la emoción y la profundidad que otras recientes adaptaciones en acción real de Disney sí nos han dado, lo que ha elevado el listón de lo que esperamos del estudio.

Por el lado bueno, en un universo creado casi enteramente por ordenador, el reparto ‘humano’ vuelve a compensar el exceso CGI, tanto los que están de cuerpo (más o menos) presente como los que prestan sus voces a la fauna de Wonderland (como Alan Rickman, que provoca escalofríos con sus cuerdas vocales por última vez). Con permiso de una más que correcta Wasikowska, son Helena Bonham Carter y Anne Hathaway las que más vuelven a brillar con luz propia, la primera además añadiendo capas de matices a su divertidísima interpretación (es mala porque está dolida por el pasado) y la segunda demostrando de nuevo su gran vis cómica, con un personaje que parece haber tomado apuntes de la Giselle de Encantada. El eslabón más débil sigue siendo Johnny Depp como el Sombrerero Loco, que, aunque esta vez no baile (gracias al Cielo), sigue saturando tanto o más que los cromas. Claro que su interpretación caricaturesca encaja perfectamente con la propuesta cuasi-animada de la película, y otra cosa habría desentonado. En este sentido, Alicia a través del espejo no engaña. Su objetivo es contentar a esos millones de personas que disfrutaron (suponemos) con el (intencionado) exceso hortera y la épica colorista de este rediseño de los mundos de Carroll (que sigue teniendo cuerda para más partes, ya que las películas han desarrollado un universo propio con vida más allá de los libros). Se podía haber intentado corregir lo que no funcionaba de la primera entrega, pero se ha optado por repetir la fórmula del éxito, aunque haya supuesto volver a vender el alma al tiempo.

Nota: ★★½

“Nada acaba nunca”: Sobre el final de ‘The Good Wife’

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Que The Good Wife es mucho más que una ‘serie de abogados’ es algo que a estas alturas todos saben de sobra. La serie de CBS rompió el molde para convertirse en una de las más inteligentes que hemos visto recientemente, y dejarnos a uno de los personajes femeninos más interesantes, complejos y fascinantes de la televisión, Alicia Florrick (sublime Julianna Margulies). De acuerdo, no ha sido perfecta, pero ¿qué serie lo es? A pesar de sus altibajos, pasos en falso y de dos últimas temporadas que no han estado a la altura de las anteriores, la serie de Michelle y Robert King no ha descuidado nunca su calidad (un episodio menor de The Good Wife sigue siendo mejor que la mayoría de episodios de otras series de network, y con temporadas de 22 capítulos eso es toda una hazaña), y lo más importante, no ha dejado de seguir sus propias reglas, construyendo un universo de ficción tan rico como sorprendente, que nos ha tenido atrapados hasta su episodio final. Un desenlace que es una bofetada literal para su protagonista y una figurada para su audiencia, por si quedaba alguien que pensaba que The Good Wife era una serie normal.

En lugar de un final complaciente, los King han optado por uno consecuente. Una decisión valiente que ha tenido su precio: Sacrificar a Santa Alicia y perder el favor de muchos espectadores que esperaban fanfarrias emocionales y un final feliz. Realizar una conclusión satisfactoria para una serie longeva (7 temporadas, 156 episodios) con una trayectoria tan cambiante como apasionante y compleja, es una tarea muy complicada. Y los King han decidido simplificarla hasta cierto punto, negándose a proporcionar a los fans la clausura a la que otras series nos han (¿mal?) acostumbrado. “End” es un regreso al principio para cerrar ciclo. Hasta ahí, nada que no sea habitual en cualquier series finale, pero este cierre no se aplica a todos sus personajes y es más uno metafórico que real. Porque, como se insiste varias veces a lo largo del episodio, “nada acaba nunca”.

Por eso los King se han centrado en el planteamiento con el que arrancaba la serie: Alicia mateniéndose al lado de su marido mientras este atraviesa el escarnio público por su comportamiento reprobable. Con la trama del juicio de Peter Florrick (patético hasta el final), The Good Wife ha construido una recta final decepcionante para los que esperaban fuegos artificiales, pero lógica y coherente si tenemos en cuenta que esta siempre ha sido la historia de Alicia Florrick. Y es que su evolución, particularmente durante los últimos años, estaba preparando el terreno para esa impresionante y merecida bofetada que la protagonista recibe en la espectacular escena final del episodio (apenas unos segundos que justifican todos los premios para las increíbles Julianna Margulies y Christine Baranski). Víctima ingenua, abogada de éxito, política en ciernes, rebelde arrogante y, en última instancia, relativista moral y cuasi-villana: así se podría resumir (muy a grandes rasgos) su recorrido durante estos siete años. El comportamiento de Alicia en “End”, donde la protagonista traiciona vilmente a la que fue su mentora y amiga, Diane Lockhart, es un reflejo del de Peter Florrick. Y este reflejo proyecta una imagen análoga a la del principio de la serie. En el piloto de The Good Wife, Alicia abofetea a su marido. En el final, es ella quien recibe la bofetada. Lo dicho, ciclo completo, y sí, sensación amarga y desconcertante al ver que nuestra heroína, para la que siempre quisimos lo mejor, a la que hemos visto sobrevivir, ascender y hacerse cada vez más fuerte y poderosa, se queda sin nada (aunque como siempre ha hecho, se recomponga del revés de Diane y siga caminando con la frente en alto). Pero es que The Good Wife nunca ha sido predecible, nunca se ha conformado con ser lo que se esperaba de ella, y no iba a marcharse dejándonos indiferentes. Si aceptamos y celebramos el final de Walter White, como mínimo debemos hacer el esfuerzo de comprender el de Alicia Florrick.

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En lugar de atar todos los cabos (una exigencia injusta pero inevitable que los espectadores hacemos a las series) y darnos lo que deseábamos, “End” arriesga y reduce el ‘fan service’ al mínimo (la aparición de Will Gardner, por muy emocionante que sea, y lo es, porque vaya llorera con el “I will love you forever”, no es tanto para contentarnos a nosotros como para que Alicia tome su decisión y la historia se dirija hacia el desenlace planteado). Esta negativa a proporcionarnos una despedida emocional da lugar a otro sacrificio: los personajes secundarios se quedan en ‘animación suspendida’, sin sus finales correspondientes, y nosotros con la sensación de necesitar más, de que este no puede ser el final para Cary (discreta y tristemente retirado a segundo plano hace bastantes capítulos), Lucca, Eli Gold, la mejor secundaria de las últimas temporadas, Marissa, David Lee o el mismo bufete. Entonces es cuando nos planteamos si habría sido mejor continuar hacia una octava temporada sin sus creadores, entre otras cosas para que una serie que nos ha hablado del empoderamiento femenino y la posibilidad de amistad entre mujeres ambiciosas no termine con un enfrentamiento entre ellas después de otra disyuntiva entre dos hombres. Pero los what if ya no tienen sentido. The Good Wife ha terminado, y tenemos que aceptar su final tal y como los King lo pensaron hace mucho tiempo (¿habría sido distinto si Will siguiera vivo? No lo creo). Y su final no es un final definitivo, porque recordad, “nada acaba nunca”.

Ahora es tarea nuestra imaginar hacia dónde se habrían dirigido los personajes si la serie hubiera continuado, qué será lo siguiente que hagan en ese universo con vida propia, tan idiosincrásico y poblado por una fauna de personalidades tan inolvidable, uno que continuará a todas luces, aunque nosotros no lo veamos (las pistas que nos deja el episodio indican que Alicia podría acabar como gobernadora, y quién sabe qué más, algo que desde el principio muchos imaginamos ver en el último capítulo) [Actualización 13/05: Tendremos spin-off de Diane Lockhart, por lo que no hará falta imaginarse qué será de algunos personajes de la serie o de ese bufete dirigido por mujeres, ¡porque lo veremos!]. Si lo analizamos como un capítulo más, “End” es una hora de televisión sobresaliente que deja constancia por última vez de la suma inteligencia con la que se escriben (escribían) los guiones de esta serie. Pero como final ‘definitivo’ es comprensible que haya decepcionado a gran parte de la audiencia. Se trata de una coda cruel, una conclusión fría, y por tanto se debe analizar fríamente, aunque en el fondo deseáramos perder los papeles y llevarnos las manos a la cabeza con un desenlace épico a la altura de los episodios más grandes de la serie (el inconmensurable “Hitting the Fan” sería el principal referente). The Good Wife no ha querido despedirse de forma convencional, no lo ha envuelto todo perfectamente y con un lazo precioso, ni ha canonizado a nuestra Santa Alicia, sino que ha preferido responder más a las necesidades (¿caprichos?) de la propia historia que a las de la audiencia (como hicieron Los SopranoMad Men), sin por ello subestimarla. Es decir, nos ha dado la bofetada que merecíamos. Y yo elijo disfrutar del dolor que va a dejar en mi cara durante mucho tiempo.

Unbreakable Kimmy Schmidt: ¡Es un milagro!

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¿Alguien se puede sacar de la cabeza la contagiosa sintonía de cabecera de Unbreakable Kimmy Schmidt? No, ¿verdad? ¿Pero alguien quiere hacerlo? Es escuchar esas primeras notas y los coros celestiales con los que empieza la canción y los niveles de felicidad se salen de la gráfica. Y si tenéis suerte, lo mismo os pasará con la serie en sí, comedia creada por Tina Fey y Robert Carlock (30 Rock) que está hecha básicamente para hacer feliz al espectador, una explosión de color, extravagancia y buen rollo que hace justicia al leit motiv de su opening: “Females are strong as hell!” 

Sin embargo, Unbreakable Kimmy Schmidt no es para todo el mundo. En más de un aspecto, la serie es muy similar, prácticamente igual que 30 Rock, principalmente en lo que respecta al humor, tan marciano, autorreferencial, absurdo e idiosincrásico como el de la brillante serie de NBC. E incluso para los que disfrutan esta propuesta surrealista y alocada, Kimmy Schmidt puede ser lo que los anglosajones denominan ‘hit or miss’. Es decir, que lo mismo te da en la cara con el peor chiste de la historia que te deja caer un gag tan genial que recordarás (y usarás como gif) durante el resto de tus días, o bien te deja un rato pensando si es lo primero o lo segundo… “Bunny and Kitty being best friends, together forever the fun never ends” ♪ ♫ ¿Por dónde iba? Ah, sí. Esa es pues, su mayor baza y a la vez su mayor debilidad, un ‘todo vale’ (pero dentro de unos parámetros de corrección, no política, sino humana) que hace que la serie resulte algo irregular, a pesar de ser siempre divertida.

Para quien no la haya visto nunca, Kimmy Schmidt es la historia de una joven optimista y bondadosa (uno no sabe donde termina Ellie Kemper y empieza Kimmy) que trata de recuperar su vida después de su cautiverio de quince años en un búnker. Raptada por el Reverendo (Jon Hamm), Kimmy permanece aislada junto a otras tres ‘hermanas’ bajo tierra, creyendo que el mundo se ha acabado. Pero cuando es rescatada descubre que no solo no se ha acabado, sino que lo tiene a su disposición, por lo que decide irse a vivir a Nueva York a buscarse la vida. Sin embargo, Kimmy se ha perdido quince años de evolución (o involución, según se mire), y vive estancada como pre-adolescente en los 90, como demuestran sus referencias anticuadas, su desconocimiento de los avances tecnológicos o su colorista e inocente sentido de la moda. A pesar de todo, Kimmy conserva la buena disposición ante las adversidades, se empeña en aprender para ponerse al día y convertirse en adulta, es una brillante bola de energía, y se mantiene ‘irrompible’ e impermeable a la maldad/realidad que la rodea (aunque tenga que descubrir que para crecer a veces hay que romperse y que no es necesariamente bueno que siempre sea Navidad). En definitiva, un buen ejemplo de la ‘strong as hell female’ de la que habla el opening.

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Al menos hasta que la segunda temporada llega a su ecuador. Lejos de tener las piernas cortas, la premisa de Kimmy Schmidt ha dado mucho de sí en estos nuevos capítulos, y promete tener más cuerda para el próximo año. A nivel de chistes y tramas, la segunda temporada no se ha diferenciado mucho de la primera, pero en cuanto a la historia de Kimmy, hemos avanzado bastante. Para empezar, con estos capítulos se nos ha dejado claro que aun nos queda mucho por saber sobre lo que ocurrió en el búnker (el cliffhanger final da fe de ello, y garantiza la presencia de Jon Hamm en la tercera temporada, ¡yay!) y no solo eso, sino que el síndrome post-traumático de Kimmy no solo se basa en su experiencia como rehén de la Secta del Reverendo, sino que se remonta años atrás. Para indagar en el pasado de Kimmy, la segunda temporada va dejando píldoras a lo largo de los capítulos (los eructos, los prontos violentos, los triggers) e introduce un nuevo personaje, una psicóloga alcohólica encarnada por la propia Tina Fey (que el año pasado interpretó a una parodia de Marcia Clark que, afortunadamente, no ha repetido) para unir las piezas del puzle de Kimmy. A través de sus sesiones de terapia y sus viajes nocturnos en Uber (el nuevo trabajo de Kimmy), la protagonista halla el origen de sus problemas: su madre (“siempre es la madre”). Así, en el último capítulo de la temporada asistimos al reencuentro de Kimmy con la mujer a la que culpa de su tragedia (Lisa Kudrow), un ‘enfrentamiento’ en busca de explicaciones que, a pesar de no ayudarle obtener las respuestas esperadas, le sirve para madurar y crecer como persona.

“¿Por qué te gustan tanto las montañas rusas?”
“A veces solo quieres gritar como una loca y una montaña rusa es el único sitio donde puedes hacerlo sin que nadie te mire raro”.

Pero Unbreakable Kimmy Schmidt no es solo Kimmy Schmidt. Sus secundarios se han vuelto aun más grandes que en la primera temporada. Jacqueline (Jane Krakowski) también ha crecido como persona, y aunque sigue siendo una especie de Jenna Marooney descafeinada, su personaje está evolucionando (forzada por sus ‘precarias’ circunstancias) para tener consciencia de las injusticias del mundo en el que ha vivido hasta ahora, y por tanto de sí misma (atención a cómo la serie, lejos de recular, ha transformado la polémica trama de las raíces indias de Jacqueline en algo más comprometido). La entrañable Lillian (Carol Kane), que es como Phoebe Buffay 30 años después, también ha tenido su propio arco de temporada, en el que la hemos visto luchando contra la gentrificación/hipsterizamiento de su querido barrio de Brooklyn, una historia de amor más épica que lo suyo con Robert Durst (Fred Armisen). Y por último, y por ello más importante, Titus Andromedon, la gran estrella de Unbreakable Kimmy Schmidt. Tituss Burgess es un animal escénico, da igual que esté en segundo plano, la mirada se va inevitablemente hacia él y su maravillosa expresividad. Y lo suyo en esta segunda temporada ha sido una barbaridad. Qué espectáculo, qué timing para la comedia, qué de matices, y de momentos para la posteridad. Su trama romántica con el adorable Mikey (Mike Carlsen) ha sido un gran acierto, y ha hecho que el personaje crezca aun más si cabe. Como Kimmy, los tres secundarios han emprendido su propio viaje de autoconocimiento (que está lejos de haber acabado) y así, Unbreakable Kimmy Schmidt ha sabido ir más allá de sus rebuscados (en el mejor sentido) chistes y juegos de palabras para no estancarse.

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Claro que, como decía al principio, esta serie no es para todo el mundo. O conectas con su humor o no. Pero si lo haces, te espera un divertidísimo viaje repleto de cameos geniales (grande y muy oportuno el de Joshua Jackson) y fantásticas estrellas invitadas (Amy SedarisAnna Camp), inteligentes referencias pop (como la que identifica al Reverendo con Don Draper, y que solo los que han visto Mad Men pillarán), momentos musicales (de hecho, UKM podría considerarse un semi-musical) y surrealismo para para un tren (¡El Eccehomo de Borja!). Pero lo mejor de Unbreakable Kimmy Schmidt es que no se queda ahí, sino que también sabe ser introspectiva, romántica, reivindicativa, y sobre todo un infalible chute de optimismo y empoderamiento. Todos juntos: They alive dammit! It’s a miracle!

Crítica: Trumbo

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Texto escrito por David Lastra

Hay momentos para la lucha y momentos para el arte, pero a lo largo de la historia hemos comprobado con creces que esa diferenciación no es tan clara y que el arte ha sido utilizado como arma para la lucha política en infinidad de ocasiones. Uno de los mejores y más claros ejemplos de esa hibridación lo tenemos a unos pocos kilómetros (a un par de paradas de metro o un puente aéreo, dependiendo desde donde estés leyendo este texto), en el Museo Reina Sofía. El Guernica de Picasso no solo capta como ningún otro documento el horror de la Guerra Civil española, sino que debido a su fiereza descarnada hace que ese espanto sea fácilmente extrapolable a otros conflictos. Esa universalidad convierte al Guernica en la mejor definición gráfica de los horrores de la guerra y en el arma política de concienciación social definitiva. ¿Casualidad? No, Picasso creía en que el arte no se debía concebir con una finalidad puramente hedonista, sino que debía tener una finalidad combativa, que conectase al artista con su vertiente activista. En la actualidad, Banksy y Ai Weiwei recogen ese testigo rebelde desde un punto de vista más callejero y más tocapelotas, respectivamente. La utilización del arte como arma política es, valga la redundancia, un arte en sí mismo, con una fuerza que es capaz de mover masas. Por esa razón, los gobiernos (sin importar tendencia ideológica) se han preocupado sobremanera en fomentar y, especialmente, controlar el arte que se lleva a cabo en sus territorios a través de diferentes acciones, ya sea a través de galardones, subvenciones o directamente censura. Para el gobierno, el arte es algo muy poderoso, y por ello es necesario que existan una serie de figuras que filtren lo que le llega al pueblo. Habrá quien afirme que ese tipo de organismos y acciones no tienen cabida en este nuestro gran país, pero en la cabeza de todos siguen resonando palabras como mordaza. De acuerdo, España ya no es una dictadura, ni tampoco la Inquisición campa a sus anchas, pero la realidad dista de ser tan ideal como se pinta y sin entrar a hablar de temas como LGTBfobia o machismo porque ya sí que no hablaríamos en ningún momento de Trumbo, la verdadera razón de la existencia de toda la perorata anterior.

La caza de brujas lleva a cabo por el senador Joseph McCarthy en Estados Unidos durante una década es un claro ejemplo de cómo un gobierno pretende controlar la industria cultural de su propio país. Trumbo se acerca a la figura más reconocible de los llamados Diez de Hollywood, una decena de hombres relacionados con la industria cinematográfica que fueron vapuleados y apartados de su labor profesional por su condición de demonios comunistas. Lejos de dejarse achantar, estos Diez rojos se enfrentaron al sinsentido de incriminaciones falsas y demás chorradas provenientes del Comité de Actividades Antiamericanas, llegando a ser acusados de desacato, crimen por el que Dalton Trumbo terminó cumpliendo condena de un año de cárcel. Puede que la elección de Jay Roach a la hora de plasmar el infierno que vivieron tanto Trumbo como sus camaradas (una palabra que como muy bien expuso Chaplin en su deposición ante el Comité, no es exclusiva de los comunistas) suene arriesgada, ya que Roach saltó a la palestra gracias a sagas como Austin Powers o Los padres de ella, pero no debemos olvidar que también está detrás de una de las mejores cintas políticas de la década: Game Change, película de HBO sobre la figura de Sarah Palin. Al igual que en su laureado telefilm, Roach sabe conjugar en Trumbo su base como director de comedia con su activismo personal. No olvidemos que además de Game Change, Roach ya se acercó a temas políticos con El recuento (sobre los recuentos de Florida que colocaron a George W. Bush en la Casa Blanca), En campaña todo vale (sátira política con Will Ferrell y Zach Galifianakis) o el piloto de The Brink (serie cómica de HBO cancelada sobre una supuesta crisis internacional en Pakistán). Roach muestra lo ridícula que es esta caza de brujas, aportando numerosos momentos de humor, especialmente gracias a las pullas del propio Trumbo (interpretado como no podía ser de otra manera por Bryan Cranston) o por el humor directo y físico de Frank King (grande John Goodman), pero no se olvida de las fatales consecuencias que tuvieron esas acusaciones: pérdida de empleos, familias resquebrajadas, escarnio público, penas de cárcel, depresiones y hasta suicidios.

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Roach expone lo absurdo de la cuestión, no el absurdo estúpido de los Fockers, sino el absurdo del ser humano. Un absurdo que bien utilizado puede provocar tanto carcajadas como escalofríos. Puede que a media película sientas que estás en una suerte de Ocean’s Eleven, con todos los personajes toreando al sistema, trabajando con seudónimos y ganando Oscars, pero Trumbo no pierde de vista esa realidad de la que hablábamos. La hostia de realidad se personifica en Arlen Hird, personaje ficticio que es un contubernio de los otros Diez de Hollywood y que sirve como contraposición realista (y violenta) al ego de Trumbo. El personaje interpretado por Louis C.K. recuerda en todo momento que la lucha es algo muy serio, que la finalidad de todo no es el reconocimiento individual, sino la justicia social. El conflicto se completa con el choque entre Trumbo y su mujer Cleo (Diane Lane), en la que la desmesurada personalidad del artista vuelve a hacer acto de presencia, una contienda que Roach plantea de un modo demasiado convencional que no perjudica el resultado final del film gracias a la buena labor de ambos actores, y ayuda a mostrarnos los aspectos ególatras y oscuros del guionista. Cranston es la elección perfecta para un personaje tan carismático y complicado como Dalton Trumbo. A pesar de cierto exceso de mohines especialmente en las primeras escenas de su personaje, Cranston compone una interpretación hecha por y para recibir premios creando una verdadera correspondencia entre su Trumbo y el Trumbo real. Una pena que este fuese el año de recompensar a Leonardo DiCaprio con un premio a toda su carrera.

El lastre de la película es cierto tufillo a telefilm lujoso, producto de ciertas decisiones en el montaje, un ritmo no muy cinematográfico y la presencia de mil y un rostros televisivos en su reparto. Además de los citados Cranston, Goodman y Louie, tenemos a Alan Tudyk (Firefly) como Ian McLellan Hunter (camarada guionista que firmó Vacaciones en Roma al no poder hacerlo Trumbo), Dean O’Gorman (El joven Hércules) como Kirk Douglas, David James Elliott (JAG. Alerta roja, Mad Men) como John Wayne o Michael Stuhlbarg (Boardwalk Empire) como Edward G. Robinson, entre otros. Completan el reparto dos damas bastante reconocibles: Helen Mirren y Elle Fanning. Mirren se encarga de uno de los personajes más apetitosos: Hedda Hopper. La Dama comendadora de la Orden del Imperio Británico opta por el histrionismo más desbocado a la hora de dar vida a esta suerte de Pérez Hilton de la época, capaz de hundir cualquier reputación desde su columna de opinión (más o menos el poder que tiene esta página). Es una pena que su personaje no tenga más escenas en Trumbo, Hopper es uno de los grandes villanos del film (junto a McCarthy y el propio John Wayne) y su personaje no llega a desarrollarse como merece, quedando bastante deslavazado y caricaturesco. No sería mala idea un biopic del áspid de las letras protagonizado por la propia Mirren. En el otro extremo de intensidad interpretativa tenemos a Elle Fanning, que se encarga de poner rostro a la hija mayor de Trumbo en la última etapa del film. La mejor actriz de la saga Fanning se recrea en su laciedad para componer una adolescente creíble, que admira y choca con las ambiciones de su padre, consiguiendo ser de lo más destacable en materia interpretativa del film.

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Dalton Trumbo puede gritar aquello de “¡Yo soy Espartaco!” con todas las de la ley. No solo porque él firmó la adaptación cinematográfica de la novela de Howard Fast para Stanley Kubrick, sino porque también luchó contra el ingrato e injusto sistema establecido y contra la estupidez humana. Sirva esta Trumbo como una bonita manera recoger su contienda. Una cinta notable y muy adictiva que hace que queramos saber más del caso original y que nos alienta a ser no ser tan conformistas como somos en nuestro día a día, porque “Everyone’s a hero in their own way”.

Nota: ★★★½