Crítica: Toro

Toro Mario Casas

Con la ambiciosa Eva, el barcelonés Kike Maíllo se postuló en 2011 como uno de los directores noveles más prometedores del panorama español, y concretamente del cine de género. Olvidemos su segunda película (él seguro que lo intenta todos los días, yo ni sabía de su existencia), Tú y yo, protagonizada por David Bisbal, y centrémonos en su nuevo trabajo, Toro, que llega a los cines rodeado de expectación. Con un reparto de excepción, formado por uno de los actores más prominentes del actual star system español, Mario Casas, la fantástica Ingrid García-Jonsson y pesos pesados como Luis Tosar y el renacido José SacristánToro es un thriller de acción que transcurre durante 48 horas al límite y nos lleva en un recorrido repleto de peligro y violencia por la Andalucía más corrupta y salvaje.

Toro (Casas) lleva en la cárcel cinco años, después dar un golpe en un restaurante con sus hermanos, un último trabajo para el capo de la mafia marbellí Romano (Sacristán). Tras conseguir el tercer grado, el joven se gana la vida honradamente conduciendo un taxi y rehace su vida con una profesora (García-Jonsson). Sin embargo, el reencuentro de Toro con su hermano, López, le llevará de nuevo por el camino de la sangre, arriesgando la vida de los suyos y su libertad en un viaje junto a López y su hija para huir de los matones que los persiguen. La odisea de Toro abrirá viejas heridas del pasado y obligará a los hermanos a reconciliarse con él para sobrevivir a la amenaza de Romano, que tiene ojos allá donde van, para culminar en un encarnizado enfrentamiento cuando parece que todo está perdido.

Los referentes de Maíllo a la hora de construir la historia y definir el estilo de Toro saltan a la vista. Por un lado, el catalán se fija en el thriller de acción coreano, representado principalmente por Park Chan-wook, de cuyas películas más populares, Oldboy o las dos Sympathy, se pueden oír claros ecos en la película. Y es que, aunque no es el tema principal, Toro orbita el subgénero del cine de venganza, dejando entrever también cierta inspiración en Tarantino (donde todo converge). Por otro lado, el film tiene trazas de actioner contemporáneo, de ese tipo de cine de acción heredero de las películas protagonizadas por Bruce Willis y otros héroes “testosterónicos” de los 90, y que en los últimos años ha atravesado un proceso de sofisticación que ha dado lugar a películas como la que nos ocupa. En Toro tenemos todo lo que hace falta para edificar un buen thriller de acción de manual: un héroe imperfecto y humano, una mujer en peligro por su culpa, un villano megalómano y exagerado, una niña a la que hay que proteger, una trama con dinero robado… Pero todo pasado por el filtro del sigo XXI, que por lo visto hoy en día tiene que ser obligatoriamente un filtro de neón.

Toro-646624330-largeNo es que Nicolas Winding-Refn haya inventado nada, pero su Drive puso de moda una estética muy concreta que estamos viendo reproducida en muchas cintas de acción. Un neo-noir caracterizado por el colorismo fluorescente, el minimalismo narrativo, los personajes crípticos y la hiperviolencia estilizada. Al ver Toro queda patente que Maíllo ha visto Drive muchas veces, y que quería hacer algo parecido, pero en versión patria (el teaser póster es toda una declaración de intenciones). Por eso, para hallar su estilo propio arraigado en lo autóctono, el director adereza la película con elementos cañís, como la obsesión por las marchas de Semana Santa de Romano, la banda sonora de Joe Crepúsculo, la (preciosa) voz flamenca de Soleá Morente o el imaginario católico, tan característico sobre todo de la Andalucía profunda y mítica que pretende retratar. Sin embargo, el resultado no es más que un pastiche sin sentido, un corta-pega que acaba resultando en la ausencia de estilo, precisamente por su empeño en reproducir el de los demás.

En el apartado interpretativo, Toro sale más airosa. Casas ya ha probado con creces que puede ser un buen leading man, y que cuando quiere demostrarlo, tiene talento. Claro que suele hacerlo más en comedia, y aquí se le requiere mantenerse sobrio, monótono, callado (“Yo es que hablo poco”, se autodescribe en el film), como el Driver de Ryan Gosling. Aun así, a pesar de su inexpresividad chulesca y esos morritos perennes, Casas no compone un mal personaje precisamente. Pero quien más destaca, como de costumbre, es Tosar, que sale mejor parado que Sacristán, cada vez más acartonado, y últimamente actuando igual de plano en todo. Es cierto que tanto ellos como el director tienen buenas intenciones, y se nota. Toro está hecha con cariño y convicción, creyendo en lo que se está haciendo, y sacando provecho de los medios para hacer algo muy vistoso (aunque peque de fantasma y gestione muy mal algunos recursos estilísticos, como la cámara lenta). Pero una buena factura no es suficiente. Hace falta una historia con menos agujeros, más definida y menos superficial, una que no se deje sepultar por los clichés que maneja y los referentes a los que emula.

Nota: ★★½

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Comentarios (1)

 

  1. Ana Robles dice:

    Pues yo este fin de semana me decidí por fin a ver la película “Toro”. En parte porque ya había visto su tráiler y me había encantado. Pues he de decir que he salido muy contenta. Las interpretaciones me han parecido muy buenas y la historia me ha gustado mucho también…Muy recomendable y entretenida la verdad.

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